Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

octubre 31, 2014

Antonio José Osuna Mascaró. El error del pavo inglés.

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Antonio José Osuna mascaró, El error del pavo inglés
Universidad de Granada, 2012. 270 páginas.

La anécdota que da título al libro es curiosa: un pavo real, Mister P., empeñado en cortejar a un surtidor de gasolina. ¿Por qué ese curioso comportamiento? ¿Es un error del pavo o de la evolución? Esta es la excusa para buscar respuestas y preguntas acerca de quienes somos y nuestros parecidos y diferencias con el resto de animales.

Aunque el libro tiene siete capítulos, se puede decir que está estructurado en dos partes. En la primera se explican diversas sobre la ciencia, como la teoría de la evolución, qué es la vida o la conciencia y por qué cometemos algunos errores (como el del pavo inglés).

La segunda, más interesante, se dedica a analizar cuales son las características que nos hacen humanos y examinarlas una a una para ver si realmente son exclusivas nuestras o si las compartimos con otros animales. La moralidad, por ejemplo, puede encontrarse en los primates, tal y como explica el primatólogo Frans de Waal. La cultura y la racionalidad también aparecen en muchos animales capaces de seguir reglas lógicas, construir herramientas e incluso enseñar como hacerlo. La conclusión está clara, somos animales y eso debería darnos un baño de humildad.

Aunque el libro es interesante y proporciona datos curiosos y reveladores (adjunto como siempre extractos), también tiene algunos defectos que dificultan su lectura. El primero y más importante la falta de una tesis general e incluso una contradicción entre título y contenido. El pavo real se equivoca porque le han cambiado el contexto, pero en el libro no está orientado a este tipo de problemas. Más claro está el objetivo de la segunda parte, la demostración de lo poco que nos diferencia de los animales, y por eso también es la más consistente.

El segundo fallo, en mi humilde opinión, es el lenguaje. Intenta ser fresco y divertido, pero lo segundo sólo lo consigue a veces y lo primero se convierte en una verdadera maraña de asociaciones que despista más que otra cosa. Lo ha editado la universidad de Granada y creo que con una buena revisión editorial profesional hubiera ganado mucho. Porque el material vale la pena, pero no acaba de cuajar.

Dos reseñas hay en Naukas: El error del pavo inglés, de BioTay y Sábado, reseña: “El error del pavo inglés” de Antonio José Osuna Mascaró. Pese a los elgios (más en la primera que en la segunda) no es difícil leer entre líneas. Espero que si el autor lee esta reseña la tome como una crítica constructiva.

Calificación: No está mal.

Extractos:
El caso de Howard Dully es un buen ejemplo que luego trataremos, él vive actualmente y sufre una dolencia similar. El doctor W. Freeman, neurólogo (pero no cirujano) desarrolló en 1936 una técnica quirúrgica, que suponía iba a solucionar los problemas psiquiátricos de muchos individuos, era una «versión práctica» de la lobotomía desarrollada por Moniz (que le valió el Nobel, aun no habiendo demostrado su «eficacia» más que en un chimpancé)… Los utensilios de Freeman eran sencillos, un picahielo, un mazo de caucho y un tipo de anestesia, muy «especial»… como describe él mismo en este fragmento.
La técnica consiste en aturdir a los pacientes con un golpe y, mientras están bajo el efecto del «anestésico», introducir con fuerza
deja de comer y de aparearse únicamente para pulsar un botón conectado a su «centro del placer cerebral» apuntan en esta dirección.
un picahielo entre el globo ocular y el párpado a través del techo de la órbita, hasta alcanzar el lóbulo frontal; en este punto se efectúa un corte lateral moviendo el instrumento de una parte a otra. Lo he practicado en ambos lados a dos pacientes y a otro en un lado sin que sobreviniera ninguna complicación, excepto en un caso un ojo muy negro. Puede que surjan problemas posteriores, pero parece bastante fácil, aunque ciertamente es algo desagradable de contemplar. Hay que ver cómo evolucionan los casos, pero hasta ahora los pacientes han experimentado un alivio de los síntomas, y solo algunas de las nimias dificultades de comportamiento que siguen a la lobotomía. Incluso son capaces de levantarse e irse a casa al cabo de más o menos una hora.
Lejos de horrorizar a la gente con este método, o con sus resultados (pues el daño producido en los lóbulos frontales alteraba sensiblemente la conducta de los pacientes de por vida), tuvo éxito, se hizo popular, e incluso llegaron a imitarlo… En 1949 se habían practicado ya más de diez mil de estas operaciones en los Estados Unidos, y otras tantas más en los dos años siguientes. El doctor Walter Freeman recorría el país en su furgoneta, la lobotomóvil («loboto-mobile», como él la llamaba) destrozando el cerebro de la gente con un picahielo y en cualquier lugar, incluso en habitaciones de hotel. Por supuesto, no hacía seguimiento alguno de sus pacientes, pues el lobotomóvil continuaba su recorrido incansablemente…
Las películas de terror tendrán que mejorar a partir de ahora, pues la realidad les anda muy cerquita… Howard Dully fue uno de sus pacientes más jóvenes, era un chico rebelde e intranquilo, probablemente un chaval hipercinético como tantos otros, su madre preocupada por el comportamiento del chico de sólo 12 años, y decidida a cambiarlo recurrió a la experiencia del doctor Freeman para dar solución a sus problemas. Puedo imaginar que poco sabría esta madre sobre los métodos del doctor, o quizás la gente en 1960 tenía por regla general el estómago menos sensible de lo que lo tenemos ahora, no lo sé, pero ese niño llamado Howard fue ese año un paciente más de Freeman, y los resultados fueron los que hoy seríamos capaces de predecir. Dully en lugar de transformarse en un chico responsable pasó a ser todo lo contrario, perdió la responsabilidad y se sentía totalmente descontrolado, Howard Dully había recibido un tratamiento que consistía en destrozar sus lóbulos frontales.


Son estos casos los que más nos suelen impresionar, cuando un animal ayuda a otro totalmente distinto, ya sea Kuni tratando de ayudar al estornino, la leona que en una reserva natural cuidó durante días a una cría de óryx (un tipo de antílope) impidiendo que la atacasen otros leones y leopardos, el delfín que arrastra a los marineros accidentados hasta la orilla, o aquella gorila llamada Binti Jua, que al ver caer a un niño (desde cinco metros de altura) al foso del zoológico de Brookfield (EEUU), ante la sorpresa de todos los asustados humanos, y llevando a su hija de 18 meses a la espalda, cogió al niño entre sus brazos, lo alejó de todo gorila que se acercase, y cuidadosamente se acercó a una puerta de servicio para que los empleados del zoo lo recogiesen. Hay casos similares en montones de especies distintas, en la mayor parte de los casos podemos pensar que es el «instinto maternal» el causante, pero no en todos, no lo es en el comportamiento de Kuni ya descrito o en la protección gratuita que aportan los delfines. Pero en todos los casos lo que apreciamos es una extensión de la moral destinada originalmente a un grupo concreto. La moral es el cimiento que une los grupos animales en sociedad, cuando el rango del grupo traspasa el nivel por el que fue seleccionado encontramos «el error del pavo inglés», animales que cuidan y salvan a otros de distintas especies sin beneficio evolutivo de ninguna clase. Llamarlo un «error» quizá no sea lo más éticamente correcto, pero «describir» y «apoyar», como ya he comentado antes en el caso de E. O. Wilson, son dos cosas muy distintas, aunque pueda ser considerado un error, y en mi opinión, deba ser descrito así, no por ello hemos de luchar por eliminarlo, sino por incentivarlo.

octubre 29, 2014

Pola Oloixarac. Las teorías salvajes.

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Paola Oloixarac, Las teorías salvajes
Alpha Decay, 2010. 276 páginas.

Si mi memoria no me falla llegué a este libro a partir del programa radiofónico Literatura en breve, en el que relataban su comienzo:

En los ritos de pasaje practicados por las comunidades Orokaiva, Nueva Guinea, los niños que van a ser iniciados, varones y niñas, son primero amenazados por adultos que se agazapan tras los arbustos.

Me llamó la atención y en la biblioteca, leyendo las frases de la contraportada, pensé que estábamos ante la revelación del siglo XXI. Como siempre exageran y no sé si es conveniente poner el listón tan alto.

La novela habla de todo un poco, ambientada en una Argentina que va dejando atrás las heridas de la dictadura y que se adentra en el desencanto del 2.0. Dos son básicamente las historias centrales, la de una joven universitaria empeñada en tener una relación con uno de sus profesores al que sólo ella es capaz de entender (y de desarrollar sus teorías) y dos adolescentes intelectuales que se encontrarán con otra pareja con la que tener extraños encuentros sexuales.

Creo que es una novela con muchos defectos, principalmente de estructura, comienza tambaleándose y acaba en el vacío. Pero por el camino hay escenas memorables, preocupación por la prosa y buenos momentos de estilo. Ni tanto como se indica en la contraportada, ni tan calvo como en algunas críticas que he leído por ahí que la ponen a bajar de un burro. Talento hay, veremos como sigue, aunque han pasado seis años desde esta novela y no ha publicado nada más.

Aquí la ponen muy mal e incluyen un artículo que la pone peor: LAS TEORÍAS SALVAJES (2008), Pola Oloixarac, del que saco este extracto:

Pola Oloixarac. Creo que todo el engaño puede resumirse en este significante atractivo y vacío. Es pretencioso, único, complejo. O, en realidad, es una idiotez: «Pola» en lugar de «Paula», «Oloixarac» como una inversión de «Caracciolo», una «x» para decorar, y listo. Paula Caracciolo entonces es quien escribe esta fábula sin mucho brillo pero con grandes adornos, casi como una joya de bijouterie, un Rolex trucho.

En la tormenta como es habitual la ponen bien: Las Teorías Salvajes, Pola Oloixarac y aquí se pasean por Buenos Aires: Las teorías salvajes.

Calificación: Bueno.

Extracto:
Sentí por ella un desprecio similar al que me inspirase una de mis primeras psicoanalistas, a quien tomé de rehén en su propio consultorio hasta que admitió que ninguna de las estupideces que había dicho durante la sesión era una frase bien formada ni una proposición con sentido. Lo importante es abrazar cada prueba del destino con fuerza y temeridad. «He aquí mi propio Rubicón -me dije-; aquí, entre las calles Pedro Goyena y Puan». La distancia que se extiende sobre los veinticuatro kilómetros de la desembocadura del Rubicón en el mar Adriático se encuentra contenida varias veces en la osamenta formidable que abarca la ciudad de Buenos Aires, el piso de mis días, así como el pedazo de mundo que va de Massachussets a Carolina del Norte, en Estados Unidos, corresponde a la latitud que encierra la gesta del Manchego cervantino en tierra madrileña; pero he aquí mi distancia: el riacho insignificante que separa al destino del valor. En filosofía política este tipo de acontecimientos disparan la violencia contenida, la verdadera naturaleza de los hombres. Miré hacia abajo: el agua corría por las alcantarillas.
¿Te gusta la música? Apuesto a que algún ventrículo de tu corazón de viejo adora los boleros. Quizás unos standards románticos nos acerquen una nueva variación de nuestro tema:
¿ Qué vale más: yo niña o tú orgulloso, o vale más tu débil hermosura? Piensa bien, que en el fondo de la fosa llevaremos la misma vestidura.
Y ¿qué vale más?, justamente, te preguntarás tú. Corazón: la respuesta se encuentra en la sintaxis delicadísima que da a elegir una alianza entre la juventud y el poder -la soledad del trono. Es en la soledad del trono donde te rodeas de gordos ineptos; es en el poder de los novi donde te afianzas en mí. La estrofa se repite para desembocar en una sutil -y no menos conspicua- conclusión: vestidura cambia por sepultura. Sugestivo dilema. (Nota: también hay crueldad en el modo soberano de la reverencia). Qué vale más, yo niña o tú orgulloso: debes aceptar -¡piensa bien!- que tu hermosura es débil, que la fosa está cerca. Debes escucharme antes de que sea demasiado tarde.
Entiendo que a tu avanzada edad supongas que lo mejor es mantener una estrategia cerrada para salvaguardar tu poder dentro de la facultad, como la romana formación en testudo buscaba resistir y al cabo arrasar con las hordas humanas.

octubre 27, 2014

Emilio Bueso. Cenital.

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Emilio Bueso, Cenital
Salto de página, 2012. 282 páginas.

Me lo recomendó una amiga avisando Da mucho miedo. Y lo da, pero no de susto, que aparece un espectro y te come. Miedo de que la parte de verdad de lo que se cuenta nos lleve si no al mismo sitio, a uno cercano. Que se acabe el combustible y los recursos naturales y nos quedemos con el culo al aire en el colapso de la civilización.

En la ecoaldea de Drestal se han juntado unos cuantos supervivientes, que siguieron en su momento las proclamas y advertencias que éste había colgado en su blog y que, cuando llegó el momento, estaban preparados. No ha sido un camino fácil, han tenido batallas, pero de momento aguantan. Pero los peligros no se acaban nunca…

Sinceramente me ha parecido peor que Diástole, y la veo más como una novela juvenil que de terror. Tiene sus cosas buenas, no está mal escrita, la trama avanza bien y el desenlace está bien conseguido. Pero, dejando de lado el terror psicológico de la catástrofe ecológica, no hay nada excesivamente destacable, como sí lo había en su anterior novela.

Eso sí, se lee bien, lo que no deja de ser una virtud. Encontré esta reseña: Sobre “Cenital” de Emilio Bueso que enlaza a su vez con una negativa y otra positiva: Cenital de Emilio Bueso y Reseña-entrevista de Cenital, de Emilio Bueso: el caleidoscopio del fin de los días , con lo que me ha hecho ya el trabajo.

Calificación: Entretenida.

Extracto:
Un día apareció en la cantina un teniente diciendo que apenas quedaban combustibles en la reserva estratégica de Defensa y que eso era señal de que algo muy malo sucedía. Para entonces ya escaseaba la comida en varias tiendas, pero los medios únicamente hablaban de un escandaloso caso de dopaje en el mundo del fútbol y del romance entre una presentadora de televisión de fuste escaso y un torero escaso de fuste.
La cosa en el acuartelamiento empezó a ser preocupante cuando tanta tropa movilizada permaneció inmóvil una semana mientras el caos campaba poco a poco por toda la ciudad, la información confusa y contradictoria comenzaba a circular por Internet y el teniente se subía a una mesa para decirle a la compañía que al otro extremo del casco urbano se había iniciado algo de una catálisis a escala industrial para obtener gasolina a partir de carbón, y que eso era lo que estaba haciendo que el aire apestara, que lloviera ceniza y que enormes columnas de humo negro se adueñaran del cielo cada dos por tres. Nadie entendía nada. Y nadie supo qué se hizo del teniente, porque desapareció de aquel sitio.
Lo mismo que muchos otros mandos.
Entonces, vino uno realmente importante y les explicó que se avecinaban días de extraños disturbios a los que tendrían que enfrentarse convertidos en infantería ligera. Nada de vehículos o armas pesadas, había un severo problema de desabastecimiento. La crisis galopaba hacia los efectivos de Defensa: el suministro de carburantes básicos andaba bajo mínimos, y sin perspectivas de mejorar.
Acto seguido, la telefonía móvil empezó a funcionar mal. Internet se vació de gente. La televisión comenzó a poner
comedias de risas enlatadas a la hora de los informativos. Y Saig’o recibió un telefonazo. El último de su vida.
Su familia.
Tenía hambre. Y miedo. Y mil preguntas.
Lo mismo que las familias del resto de los efectivos de aquel acuartelamiento.
Todas hablaban de algo que pasaba en Sol.
Pero, para todo aquel regimiento, afuera no había ningún enemigo, ninguna amenaza exterior conocida. Nadie a quien atacar. No había órdenes que obedecer, ni parecía que hubiera un mando estratégico operando. La cosa no se podía resolver ni echándose a la calle ni invadiendo otro país árabe.
La cosa era una implosión societal.
Nadie les había instruido para enfrentarse a eso. Tampoco estaban preparados para entenderlo bien, pero empezaron a hacerse alguna idea al respecto.
Lo cierto era que no estaba claro qué podía hacer el ejército ante lo que acontecía. ¿Mandar a sus casas a las gentes que deambulaban furiosas y desesperadas por cada callejón? ¿Tratar de detener los saqueos y los destrozos? ¿Imponer la ley marcial? ¿Cerrar los accesos a la ciudad cuando llevaban varios días colapsados por una caravana que ya no fluía y en la que nadie sabía a ciencia cierta qué estaba pasando?
Y lo más importante de todo… ¿Vas a obedecer a un sargento cuando el conflicto consiste en que tu hijo no encuentra para comer?
¿O prefieres hacerte al monte?
Una mañana amaneció y el acuartelamiento estaba vacío. Saig’o se había pasado la noche viendo a sus hombres hacer el petate y salir vestidos de civiles en plena noche. Ni una palabra en todo el barracón. Apenas algún último cigarrillo, de tanto en tanto un gesto de despedida y otro soldado menos.
El goteo duró horas. No hubo estridencias ni amenazas ni órdenes. Sólo gente cagada en los gallumbos que partía hacia la nada, en plena noche.

octubre 24, 2014

Clay Shirky. Excedente cogintivo.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 7:59 am
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Clay Shirky, Excedente cogintivo
Deusto, 2012. 232 páginas.
Tit. Or. Cognitive Surplus. Trad. Sandra del Molino.

Éste es un libro a la vez estimulante, por los diversos temas que toca, y decepcionante, porque no profundiza en ninguno, no tiene tesis articulatoria y no llega a demostrar lo que parece defender.

La idea principal se explica en un par de frases. Hasta la llegada de internet todo nuestro tiempo libre lo gastábamos consumiendo productos de ocio, principalmente televisión. Pero la red ha cambiado las reglas del juego añadiendo la posibilidad de interaccionar y crear contenido y valor añadido. La Wikipedia es el ejemplo estrella, ha podido construirse utilizando sólo el 1% de las horas que los estadounidenses usan para ver la televisión. Incluso algo tan pasivo como ver vídeos de Youtube permite comentar, puntuar y recomendar.

Hasta aquí de acuerdo. El resto de ejemplos de aplicaciones que se basan en el contenido aportado por los usuarios son también buenos ejemplos. Pero ¿Va a cambiar el mundo gracias al excedente cognitivo? Desde luego, las cosas están cambiando y cambiarán más. ¿Se usará para crear contenido valioso? Creo que en un pequeñísimo porcentaje. La potencialidad está ahí, que se aproveche es otra cosa.

Por tomar la Wikipedia, hay muchísimas más consultas que ediciones. Y aunque, como bien se indica en el libro, nos permite hacer desde pequeños cambios hasta grandes ediciones, la realidad es que los editores se implican bastante, casi no hay términos medios. Hubiera estado bien tener información sobre estos temas, que en el libro no se dan, probablemente porque no hubieran reforzado su tesis.

Otro ejemplo: el botón de publicar cuando nacieron los blogs fue toda una revolución. Por primera vez cualqueira podía publicar sin tener que pasar por revisiones y con un público mundial. Pero ¿Ha cambiado las reglas de la edición? No. Salvo algunos aficionados que por talento, trabajo, suerte o combinación de lo anterior han conseguido un público numeroso el resto de blogs que no está en manos de empresas generadoras de contenidos no tienen excesivas visitas. Poco es menos que nada, cierto, y yo soy el primero en reconocer sus ventajas (esta bitácora es la prueba) pero no ha sido el fin del formato tradicional.

El libro proviene de una charla TED y ese es su problema: para una charla de 15 minutos está bien, para un libro, aunque corto, es demasiado. Eso sí, da que pensar. Lo vi recomendado por Sergio Parra: [Libros que nos inspiran] ‘Excedente cognitivo’ de Clay Shirky y no he encontrado mejor reseña.

Ojo a las críticas a los aficionados que pongo en el extracto.

Calificación: Entretenido pero mejorable.

Extractos:
Consideremos, como comparación alternativa, un bar local. Se trata de una gestión comercial, pero los productos que vende son invariablemente más baratos si se consumen en casa, en general por un margen considerable; gran parte del servicio ofrecido por el personal se reduce a abrir botellas y fregar platos. Si una cerveza cuesta el doble en un bar que en una tienda, ¿por qué no se hunde todo el negocio y la gente opta por tomarse una cerveza más barata en casa?
Al igual que ocurre con los propietarios de YouTube, el dueño del bar está en el curioso negocio de ofrecer valor más allá de los productos y servicios que vende, un valor creado por los consumidores. La gente paga más por tomarse una cerveza en un bar que en casa porque este local es un lugar con más camaradería para beber algo; reúne a personas en busca de una pequeña conversación o que únicamente quieren estar con otra gente, individuos que prefieren estar en el bar que solos en casa. Este aliciente es suficientemente poderoso para que merezca la pena pagar la diferencia de precio. La lógica de la aparcería digital sugeriría que el dueño del establecimiento está explotando a sus clientes, porque sus conversaciones en el bar son parte del «contenido» que comporta que acepten pagar más por la cerveza, pero ningún cliente se siente realmente así. Por el contrario, recompensan con gusto al dueño por crear un entorno social acogedor, un lugar en el que pagarán más por la posibilidad de juntarse con otros seres humanos.


La espectacular reducción de costes para dirigirse al público y el incremento espectacular de la población conectada significan que ahora podemos convertir conjuntos masivos de pequeñas contribuciones en algo de valor duradero. Este hecho, clave en nuestra época actual, ha sido una continua sorpresa. Constantemente, los observadores escépticos han atacado la idea de que establecer un fondo común con nuestro excedente cognitivo pudiera funcionar en el momento de crear algo que mereciera la pena, o han sugerido que, si funciona, es como hacer trampa, porque compartir en una escala que compite con viejas instituciones de algún modo está mal. Steve Ballmer, de Microsoft, denunció la producción compartida de software como comunismo. Robert McHenry, un antiguo editor de la Enciclopedia británica, comparó Wikipedia con un baño público. Andrew Keen, autor de The Cult ofthe Amateur («El culto del amateur»), comparó a los bloggers con monos. Estas quejas, si bien eran por propio interés, se hacían eco de creencias muy extendidas. El esfuerzo compartido, sin control, puede estar bien para picnics y partidas de bolos, pero el trabajo serio se hace por dinero, por gente que trabaja en organizaciones apropiadas, con directores controlando su trabajo.

octubre 22, 2014

Geoffrey Regan. Historia de la incompetencia militar.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 7:22 am
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Geoffrey Regan, Historia de la incompetencia militar
Editorial Crítica, 2001, 2004. 422 páginas.
Tit. Or. Someone had blundered… A historical Survey of Military incompetence. Trad. Rafael Grasa.

Las victorias militares se glosan desde la invención de la épica, sobre las derrotas se ha escrito poco y sobre la incompetencia que las ha provocado todavía mucho menos. Cualquiera que haya trabajado en una gran empresa se habrá dado cuenta de la cantidad de incompetencia que florece a su alrededor. Imaginemos esa inutilidad en una guerra. Terrible.

Si un camarero se equivoca en el pedido, no pasa nada. Si un cirujano hace mal una operación puede matar a un paciente. Pero si un militar toma una decisión equivocada manda a la muerte a miles de personas. En el libro se ponen muchos ejemplos, algunos de los cuales ponen los pelos de punta.

Está estructurado en dos bloques, en el primero se da una clasificación de diferentes tipos de incompetencia (errores de los mandos por incompetencia o falta de comunicación, de intendencia, políticos…) aportando ejemplos de cada uno de ellos. En el segundo se nos presentan diferentes batallas en orden cronológico siendo cada una un ejemplo de un error concreto. Es trágico pensar que lo siguiente es cierto:

La guerra es el reino del error; cuanto mayor sea la presión a que está sometido un oficial, mayor será la probabilidad de que yerre. De hecho, como escribió Delbruck, la estrategia consiste precisamente en cometer menos errores que el enemigo.

Está centrado principalmente en la historia militar británica. De todos los ejemplos destacaría tres: La expedición a Cádiz de 1625, un cúmulo de despropósitos dificil de igualar, el desastre de Annual una vergüenza sobre todo por la corrupción de la que no nos hemos librado todavía y la guerra de Crimea, donde la burocracia provocó la muerte de muchos hombres por no suministrar la intendencia adecuada a causa de seguir con rigurosidad excesiva el reglamento. A destacar el tema de la protección contra las enfermedades venéreas (dejo extractos de estos apartados).

Realmente da que pensar. Más reseñas aquí: Historia de la incompetencia militar, Geoffrey Regan, Historia de la incompetencia militar – Geoffrey Regan y Historia de la Incompetencia Militar, de Geoffrey Regan

Calificación: Muy ilustrador.

Extractos:
Las enfermedades venéreas causaban más bajas que la guerra:
Las autoridades británicas muy prudentemente se rindieron a la evidencia y permitieron que los burdeles permaneciesen abiertos a condición de que las mujeres se sometieran a reconocimientos médicos periódicos. Como escribió un soldado, en Trípoli se organizaron bien las cosas:
El ejército, con su pormenorizada capacidad administrativa, organizó burdeles en un tiempo sorprendentemente corto y las aceras de Trípoli soportaban el peso de largas colas de hombres en fila de a cuatro, que esperaban con orden y paciencia pagar un dinero para romper la monotonía del celibato que imponía el desierto … Los burdeles para oficiales estaban situados en otra zona de la ciudad…”
Sin embargo, el capellán general del ejército intervino raudamente para cerrar los burdeles oficiales, pero el resultado fue sencillamente que éstos volvieron a abrir aunque las mujeres no pasaban ya sus reconocimientos periódicos. El general Montgomery agudizó el problema al cerrar los burdeles de El Cairo y más tarde los de la zona noroccidental de Europa, con la ayuda de las autoridades canadienses y estadounidenses. Otras «zonas de peligro» notables estaban situadas «fuera de los límites» en Napóles y en Bombay.
Según John Ellis las autoridades militares se equivocaron al tomar esta medida, provocada por la mojigatería de las críticas de ciertos religiosos y cuyos efectos fueron desastrosos.
En Delhi, por ejemplo, el ejército frecuentaba lo que se conocía como burdel del regimiento, en un edificio cercano al Hakman Astoría. La entrada era parecida a la de un cine, con un cabo dentro de una cabina de cristal a quien cada uno daba las tres últimas cifras de su número en el ejército y cinco rupias. El cabo entregaba entonces una nota con el número de una habitación y un «babú» indio le acompañaba hasta ella y le proporcionaba condones. Las mujeres estaban bien pagadas —al menos de acuerdo con las pautas indias— y una vez a la semana pasaban una revisión médica que efectuaban miembros del cuerpo médico del ejército real. Desgraciadamente, esto llegó a oídos de algunos «benefactores» de Inglaterra y se levantó una oleada de protestas. Los burdeles oficiales se cerraron rápidamente, pero esto solamente sirvió para que las prostitutas anduviesen por las calles o por otros establecimientos ilegales. «En menos de tres semanas —según el cabo John Brat del cuerpo médico del ejército real— se llenaron todas las camas de la sala de enfermedades venéreas, antes prácticamente desierta, más todas las que se pudieron habilitar en la terraza.»”
Durante el resto de la contienda la incidencia de las enfermedades venéreas fue muy elevada en todos los escenarios de la guerra, hasta el punto de que causaron más bajas que el propio enemigo. En Oriente Medio la cifra anual de bajas en combate fue de 35,5 por 1.000 en 1941, 31,4 en 1942 y 22,5 en 1943, mientras que las producidas por las enfermedades venéreas fueron 41,2 por 1.000 en 1941, 31,4 en 1942 y 21,8 en 1943. En Italia el número de bajas por enfermedades venéreas fue particularmente elevado, alcanzando un 68,8 por 1.000 en 1945 en un momento en el que las bajas por combate eran solamente de un 9,8 por 1.000. En Burma la cifra alcanzó un sorprendente 157,9 por 1.000 frente al 13,9 de las bajas en combate. No hay que pensar por ello que las cifras alcanzadas por el ejército británico eran poco habituales: en 1943 en Túnez los soldados norteamericanos blancos llegaron a una cifra del 33,6 por 1.000, mientras que los negros alcanzaron un asombroso 451,3 por 1.000.”
Estas cifras eran alarmantes, no por razones morales, sino militares. Está claro que no se puede mantener la eficiencia de un ejército si las lesiones autoprovocadas —entre las que consideramos las enfermedades venéreas— alcanzan semejantes proporciones. Un paciente medio de enfermedades venéreas estaba veinte días en el hospital recibiendo cuidados, en un momento en que existía una grave escasez de soldados y en el que se necesitaban las camas de los hospitales para los soldados heridos en combate. Las autoridades norteamericanas pensaban en los condones como potencial solución, aunque temían ofender a la opinión pública de su país. John Steinbeck describió el problema con claridad, al tiempo que criticaba una hipocresía que pretendía
que cinco millones de hombres y de muchachos perfectamente normales, jóvenes, llenos de energía y concupiscentes abandonasen, durante el tiempo de guerra, su habitual preocupación por las mujeres.
El hecho de que llevasen consigo fotografías de mujeres desnudas, las llamadas pin-up, no le pareció a nadie algo paradójico. La convención era la ley. Cuando el Departamento de Suministros del ejército pidió X millones de preservativos de goma y artículos para prevenir la enfermedad hubo que decir que se utilizarían para proteger de la humedad los cañones de las ametralladoras. Quizás lo hicieron.

Los problemas burocráticos causando bajas:

El oficial médico del Charity, un vapor de hélices anclado en el puerto de Balada va para acoger a los enfermos, se dirigió a tierra para ver al funcionario del comisariado a cargo de las estufas.
—Tres de mis hombres —le dijo— han muerto esta noche con síntomas de cólera, que contrajeron a causa del terrible frío del barco. Me temo que muchos más seguirán por la misma causa.
—¡Bien! Tiene usted que hacer la petición de acuerdo con el procedimiento al uso; enviar el impreso al cuartel general, con las firmas necesarias.
—Pero mis hombres mientras tanto morirán.
—Yo no puedo hacer nada al respecto. Tengo que tener una petición formal.
—Otra noche en las mismas condiciones acabará con mis hombres.
—Realmente no puedo hacer nada. He de tener una petición debidamente cumplimentada y firmada para que pueda darle las estufas.
—¡Por Dios! Déme algunas. Yo me hago responsable de ello.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada semejante.

En el desastre de Annual se perdió hasta el honor, todavía no lo hemos encontrado y la corrupción campa a sus anchas:

Cuando Berenguer conoció esas noticias envió refuerzos a Melilla y declaró a la prensa: «Se ha perdido todo, hasta el honor». Quizá Berenguer tenía razón. La derrota del ejército español en Annual fue el mayor desastre sufrido en siglos por una potencia europea a manos de un ejército «incivilizado». Para España las pérdidas fueron enormes, ya no sólo en prestigio, sino en vidas, material y territorio. Las cifras de bajas oscilan según la fuente, pero incluso las Cortes admitieron más de 13.000 muertos, aunque la cifra más probable sea la de 19.000, ya que los rífenos no hacían prisioneros. Las pérdidas en material incluyen 20.000 fusiles, 400 ametralladoras y 129 cañones; todas las inversiones españolas en el norte de Marruecos —ferrocarriles, minas, equipamiento agrícola, escuelas, puestos militares, etcétera— se perdieron en cuestión de días.
Resulta sencillo criticar al comandante Silvestre, a sus tropas de conscriptos o a los estrategas, que construyeron fuertes y bases y dispersaron sus tropas como semillas por el desierto. Pero los políticos también deberían rendir cuentas por haber permitido que el ejército se desintegrase por falta de suministros y de dinero. La corrupción se había convertido en parte integrante de la vida cotidiana española y en ella estaban implicados tanto los políticos como los profesionales liberales, la iglesia y el ejército. Hizo falta un desastre como el de Annual para que la gente se diese cuenta de las consecuencias de sus acciones. Las revelaciones que salieron a la luz a propósito del comportamiento del ejército español en Marruecos fueron una lección dura de aprender.
Los hallazgos de la comisión de investigación del desastre presidida por el general Picasso revelaron el amplio alcance de la corrupción. Aunque no se podía acusar a todos los oficiales de incompetentes y de corruptos, la mayoría eran ambas cosas. Durante 1920 once capitanes que habían actuado como tesoreros de su cuerpo de ejército habían abandonado el ejército para evitar la acusación de malversación; uno de ellos llegó a suicidarse. El dinero que las Cortes españolas habían destinado a la construcción de carreteras fue a parar a los bolsillos de los altos oficiales. Los oficiales inferiores habían robado todo cuanto habían podido en los almacenes del ejército para venderlo e incrementar así sus salarios. Los oficiales pasaban mucho tiempo lejos de sus tropas y los más veteranos o bien vivían en España o «jugaban y putañeaban» en Melilla.

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