Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

septiembre 22, 2014

Marta Sanz. Black Black Black.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:37 am
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Marta Sanz, Black Black Black
Anagrama, 2010. 334 páginas.

Esta novela quedó, en el premio Herralde, detrás de Providence, de la que ya dije que me pareció muy mala. Lo lógico sería esperar que esta fuera peor, pero es todo lo contrario.

Zarco es un detective contratado por un matrimonio para investigar el asesinato de su hija, Cristina Esquivel. Parece que su objetivo es poder quitarle la custodia de su nieta a su yerno, de procedencia árabe. Pero las cosas se complicarán con un enamoramiento y un nuevo asesinato.

La novela está estructurada en tres partes con diferentes puntos de vista. Zarco narra la primera, el diario de Luz compone la segunda, y la ex mujer de Zarco, Paula, se hace cargo de la tercera parte y la resolución del caso. El esquema de novela negra se trata correctamente, pero la novela va mucho más allá tanto en sus personajes -originales y muy bien dibujados-, como en su lenguaje -exquisito. Un amante del género no puede verse defraudado y puede encontrar un nuevo punto de vista. Un amante de las buenas novelas la puede leer sin condicionantes de género.

Que la pretenciosidad vacua de Providence venciera a las impecables cualidades de este libro me hacen pensar que el jurado del premio Herralde es capaz de ver cosas que yo no. Por suerte para los lectores se recomendó su publicación.

Una delicia. Otras reseñas aquí: Black, black, black, Marta Sanz y “Black, black, black”, de Marta Sanz: novela negra parece… pero mucho más es y una negativa aquí: Arturo Zarco – Marta Sanz. Esta última me hace pensar que igual no todos los amantes del género la van a leer con buenos ojos.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
Luz Arranz y Olmo me invitan a comer porque se ha hecho muy tarde. Son las cuatro. También invitan a Claudia, pero ella no se queda. Dice que su marido la está esperando. Estoy contento de que Claudia esté casada y también de que no se quede a comer. Me avergüenzo un poco, pero se me pasa en un segundo: ahora Olmo me mira casi exclusivamente a mí.
Comemos con una jarra de agua del grifo. Croquetas de jamón y merluza en salsa verde. Mis intuiciones sobre Luz no andaban desencaminadas: se descubre como una magnífica cocinera. Mientras ella manipula sus cubiertos, me fijo en que se le ha quedado un poco de masa de harina pegada a sus anillos de cristales coloreados. Luz cocina sin quitarse sus anillos. No le importa que se manchen. Tal vez no soporta despegarse de ellos o tal vez no les concede ningún valor. Hay muchos gestos susceptibles de dobles interpretaciones: ésa es la mayor dificultad con que me tropiezo en el desempeño de mis funciones profesionales. Cada vez que aislo un detalle particular, los gestos son gárrulos, locuaces, incontinentes, extravertidos. Provocan un ruido que me impide oír la voz que, formando parte de ese
ruido, se pierde entre los timbrazos, las caceroladas, los chisporroteos, los sones, los gritos, los solos de clarinete, los golpeteos, los crujidos de los huesos de las manos, las pizarras que chirrían al apretar sobre ellas la tiza, los partes meteorológicos de la radio, el sonido de las uñas al cortarse con unas tijeras. Mientras comemos aislo dos comportamientos importantes: Luz come con avidez, Olmo sin ganas. Luz rebaña la salsa de su merluza; Olmo desmenuza el pescado, lo destroza, lo esconde entre el espesor de la salsa para evitar comérselo. En cuanto a mí, procuro comer respetando las reglas de urbanidad en la mesa: no coloco los codos sobre el mantel, me limpio la boca antes de llevarme la copa a los labios. Luz se sonríe cada vez que deja de prestar atención a su propia voracidad y me sorprende en uno de los gestos de mi refinamiento. Vuelvo a temer que intempestivamente se ponga a cantar.
—Discúlpeme por lo de la canción, señor Zarco. Le prometo que no volverá a ocurrir.
Luz se dirige a mí con pillería y yo tiemblo ante la posibilidad de que me lea el pensamiento. Pero debo sobreponerme, no permitir que Luz me juzgue: soy yo el que ha venido aquí a juzgar y a sacar conclusiones. No me debo dejar amedrentar ni seducir por una madre y por un hijo que son sencillamente maravillosos. Me da miedo herirlos o que mis preguntas me expulsen de este círculo cerrado alrededor de la mesa que me intimida en la misma proporción que me fascina. Pero no me queda más remedio que preguntar porque quiero, deseo, necesito saber:

septiembre 19, 2014

David Mitchell. Mil otoños.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:04 am
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David Mitchell, Mil otoños
Duomo ediciones, 2011. 632 páginas.
Tit. or. The thousand autumns of Jacob de Zoet. Trad. Víctor Úbeda.

Después del deslumbramiento con El atlas de las nubes confieso haber cogido en préstamo este libro con cierta reserva. Por el texto de la contraportada Una deslumbrante reinvención de los amores prohibidos.

Estamos en 1799, en Deshima, el único lugar donde los extranjeros (y sólo los neerlandeses) podían negociar con el Japón. Allí se entrecuzan las historias de Jabob de Zoet, escribano honesto que espera labrarse una posición y Orito, comadrona japonesa que se ha ganado el privilegio de estudiar con un profesor extranjero.

A pesar del contratítulo aquí no hay amores prohibidos, por suerte para mí y para desgracia de todos los engañados por las falsas publicidades de los libros que son, en mi opinión, pan para hoy y hambre para mañana. La historia es interesante, el lenguaje correcto, pero ¡ay! nada de la magia de aquel atlas. Parece otro autor.

Lo he pasado bien leyéndolo, la documentación es excelente y hay subtramas y personajes sabrosos a montones. En general ha gustado: Mil Otoños de David Mitchell y Mil Otoños, de David Mitchell pero a mí me ha decepcionado, esperaba más. Seguiré intentándolo.

Calificación: Bueno.

Extractos:
—En tiempos antiguos —dice la señorita Aibagawa—, hace mucho, antes de construcción de puentes grandes sobre ríos anchos, viajeros ahogaban a menudo. Gente decía: «Muertos porque dios de río enfadado». Gente no decía: «Muertos porque puentes grandes todavía no inventados». Gente no decía: «Gente muere porque nosotros tenemos demasiada ignorancia». Pero un día, antepasados inteligentes observan telarañas, tejen puentes de enredaderas. O ven árboles, caídos sobre ríos rápidos, y hacen islas de piedras en ríos anchos, y pasan de isla a isla. Construyen esos puentes. Gente ya no ahoga más en mismo río peligroso, o mucha menos gente. Por ahora, ¿mi pobre holandés es comprendido?
—Perfectamente —le asegura Jacob—. Hasta la última palabra.
—Ahora, en Japón, cuando madre, o bebé, o madre y bebé mueren en parto, gente dice: «Ah… muertos porque dioses deciden eso». O: «Muertos porque karma malo». O: «Muertos porque gastan poco dinero en o-mamori, magia del templo». Señor de Zoet comprende, es igual que puente. Razón verdadera de mucha, mucha muerte de ignorancia. Quiero construir puente desde ignorancia —Aibagawa forma un puente con sus dedos ahusados— a conocimiento. Esto —alza con veneración el texto del doctor Smellie— es trozo de puente. Un día yo enseño este conocimiento… construyo escuela… estudiantes que enseñan a otros estudiantes… y en futuro, en Japón, muchas menos madres mueren de ignorancia. —Contempla su ensoñación durante un instante antes de bajar los ojos—. Un plan loco.
—No, no, no. No se me ocurre una aspiración más noble.
—Perdón… —tuerce el gesto—… ¿qué es «respiración noble»?
—Aspiración, señorita: un plan, quiero decir. Un objetivo en la vida.
—Ah… —una mariposa blanca le aterriza en la mano—… un objetivo en la vida.


La lluvia silba como una serpiente sinuosa y los canalones gorgotean. Orito se fija en la vena que late en el cuello de Yayoi. La barriga ansia comida, piensa la comadrona, la lengua agua, el corazón amor y la mente relatos. Son las historias, está convencida de ello, las que hacen tolerable la vida en la Casa de las Hermanas, historias en cualquiera de sus formas: las cartas de los Dones, los cotilleos, los recuerdos y los cuentos chinos como el de la calavera cantarina de Hatsune. Orito piensa en los mitos de los dioses, de Izanami e Izanagi, del Buda y de Jesús, y tal vez de la diosa del monte Shiranui; y se pregunta si no obedecerá todo al mismo principio. La joven se imagina la mente humana como un telar que entreteje las diversas hebras de la fe, la memoria y la narración para formar una sola entidad cuyo nombre es «Ser», y que a veces se denomina a sí misma «intuición».

septiembre 17, 2014

Sergi Pàmies. Cançons d’amor i de pluja.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 7:56 am
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Sergi Pàmies, Cançons d'amor i de pluja
Quaderns crema, 2013. 182 páginas.

Tropiezo en la biblioteca con este libro que contiene los siguientes cuentos:

Primera cançó
Dos cotxes mal aparcats
La vida inimitable
La clau del son
Incineració
La llibreta
Autobiogràfic
El temps
Segona cançó
El col·loqui
Humor
Dos radiofonistes
Tercera cançó
Nova york, 1994 (notes per un conte)
Bufanda
Tothom ho fa
La llegenda del temps
Quarta cançó
Els millors contes del segle xx
El nínxol
Agraïments
Tornar a casa a peu
La tortuga
Última cançó
Breu història de l’art
La posteritat

Como puede verse por la cantidad se tratan de relatos breves, en ocasiones de un par de páginas. Como indica el título los temas generales son el amor (bajo la lluvia, o sea, desamor). Rupturas, desencuentros, tristeza. También algunas reflexiones del escritor -Agraïments, Nova york, 1994 (notes per un conte)-.

Normalmente en los libros de Pàmies suelo encontrar cuentos que me gustan mucho y otros que no me gustan nada. En las distancias cortas parece que ha hecho una media; no he encontrado cuentos excelentes, pero tampoco ninguno malo. El que más me ha gustado está al final.

Ojo con leerlo en momentos bajos. Otras reseñas: Sergi Pàmies, Cançons d’amor i de pluja y Cançons d’amor i de pluja / Sergi Pàmies .

Calificación: Bueno++.

Extracto:
TERCERA CANÇÓ

Kemenant els llibres de la prestatgeria he trobat el compte del restaurant on vam dinar el dia que em vas deixar. No és la mena de papers que m’agradi conservar i per això m’ha sorprès descobrir-lo esbarriat entre les pàgines de la biografia de Louis de Funès. He recordat que vas insistir molt a pagar, probablement perquè havies preparat l’escena i devies creure que hauria estat indigne que, a més a més, t’hagués de convidar jo. Que m’endugués el compte també m’ha sorprès. Vol dir que, tot i la duresa del moment, em va semblar important conservar-lo, potser com la prova documental d’una decepció—la tria d’un restaurant com a territori neutral em va doldre gairebé tant com el veredicte que, de-fugint-me la mirada, vas pronunciar—. M’ha fet somriure veure què vam menjar. Encara
que el document no especifica què va demanar cadascú, és fàcil deduir-ho. De primer, no hi ha dubte. Et van facturar dues amanides de tomàquet, formatge i orenga. De segon, uns raviolis de llagostins i porros (per tu) i un filet a la planxa (per mi). Que no prenguéssim ni vi ni postres em fa sospitar que fèiem dieta (si fos possible tornar enrere, no faria mai més règim: és un dels factors més devastadors de destrucció de les parelles). El restaurant encara existeix. No hi he tornat perquè no m’agrada. És el típic negoci fill de l’eufòria dels Jocs Olímpics on, seguint un ritual molt propi d’aquesta ciutat, s’ajunten la hipocresia dels clients, que fan veure que s’hi menja molt bé, i la falta d’escrúpols dels propietaris, que fingeixen que saben cuinar. I també perquè, encara que han passat molts anys, no vull arriscar-me a trobar-t’hi i haver-te de saludar, preguntar-te com va tot i que tu, una mica incòmoda, m’hagis de presentar el teu marit—encaixada vigorosa, cap dieta a la vista—o, pitjor encara, els fills, pas-tats a tu, que hauríem d’haver tingut.

septiembre 15, 2014

Jesús Carrasco. Intemperie.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:45 am
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Jesús Carrasco, Intemperie
Seix Barral, 2013. 224 páginas.

Si tenemos que hacer caso a la solapilla este libro ha sido todo un fenómeno y se va a publicar en no se cuantos países. Hay que comprobar, pues si es para tanto para poder hablar con conocimiento de causa.

Un niño se escapa en un ambiente de sequía perpetua, una España profunda intemporal que lo mismo puede ser de la postguerra que postapocalíptica. En su huída se encontrará con un cabrero, que le ayudará a esconderse frente a la persecución del alguacil.

Lo han comparado con La carretera y algo de eso hay. Comparten paisaje desolado, pero hacen hincapié en distintas soluciones. El lenguaje correcto, enjuto y seco como el ambiente, con cierto lirismo y salpicado de jerga agropecuaria -que ha asustado a bastantes.

No me ha parecido tan bueno como para levantar tanto revuelo, pero mucho más que los libros que suelen levantarlo. Se lee con gusto. Más reseñas: Intemperie, de Jesús Carrasco , Intemperie, por Jesús Carrasco y INTEMPERIE de Jesús Carrasco .

Calificación: Bueno.

Extracto:
Hizo memoria de su encuentro con el pastor. El perro oliéndole la mano y el hombre fumando encorvado, con la manta sobre las piernas. Al mediodía una gota de sudor le bajó por la frente hasta caerle sobre la tela del pantalón, donde desapareció en un instante. Se quitó la camisa, la extendió delante de él y sobre ella vertió el contenido de su bolsa de lona. Separó sus pertenencias de los víveres que le había dejado el pastor: tres tiras de carne de cabra, tensas como el afilador de un barbero, una corteza de queso para roer, un trozo de pan y una lata de cuarto de kilo vacía. «Te vendrá bien», le había dicho el viejo por la mañana, tirándosela a los pies.
«Te vendrá bien», se repetía bajo la sombra clara. ¿Por qué no le habría dado agua directamente? ¿Acaso abundaban los manantiales por las cercanías y había supuesto que hasta un niño como él los encontraría? ¿Era una invitación al reencuentro? ¿Tomaría leche en ella la próxima vez que se vieran?
Sed.
Con el sol en lo más alto volvió a meterlo todo en la bolsa, se puso la camisa y salió a la vereda. Caminó hasta la curva y antes de empezar a descenderla, se salió de las roderas y subió por la loma hasta alcanzar la palmera. Tenía el tronco agujereado y de lo alto colgaba una gran papada de ramas muertas. La sombra de la copa se proyectaba contra el suelo, dejando el tronco justo en el centro de la mancha. Se descolgó el morral y limpió de hojas y
piedras un trozo de terreno. Como había hecho anteriormente, se quitó la camisa y la extendió como mantel en la parte limpia. Sacó los alimentos de la bolsa, los ordenó sobre la tela y se sentó a comer. Royó la corteza, intentando alejar de sí la idea de que no tenía agua. El queso, rancio y sudoroso, formó una película en su paladar que ya no le permitió descansar porque la sensación encurtida que le producía sólo podía ser lavada con agua. Rascándose el cielo de la boca con la punta de la lengua, se puso de pie. Cerca del árbol, inspeccionó las ruinas de una vieja construcción de adobe que el sol y el viento habían erosionado hasta convertir sus muros en un reguero de arcilla sobre el suelo. Reconoció la planta rectangular de una vivienda con una sola estancia, como era costumbre en la provincia, y recordó su casa a las afueras del pueblo.
Ahora, solo bajo el sol, contemplaba aquel perímetro de dos palmos de altura con los bordes romos, como un cráter con cuatro esquinas. Se subió a una de ellas y oteó los contornos en busca de señales que delataran la presencia de sus perseguidores o de cualquier otra persona. El territorio se ondulaba liviano en todas direcciones y, allá donde mirara, la visión rasa se deformaba por los efectos del calentamiento del suelo.

septiembre 12, 2014

Steve Redwood. El pescador de demonios.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 7:03 am
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Steve Redwood, El pescador de demonios
El tercer nombre, 2008. 384 páginas
Tit. Or. Fisher of devils. Trad. Frank Schleper.

Ya he comentado por aquí ¿Quién necesita a Cleopatra?, una novela muy divertida. Aunque los temas y la estructura son muy diferentes el estilo y el humor se parecen mucho.

Les copio de la tormenta que estoy vago:

La historia que narra Steve Redwood no es precisamente modesta: comienza con la Creación y termina un poco después del Apocalipsis, un Apocalipsis muy especial. Sus escenarios son el jardín del Eden, el Infierno, el Limbo y el Cielo, con un par de paradas en la Estación de Tránsito. Sus protagonistas son Dios, Satán, San Pedro, Adán, Eva, la serpiente y su mujer, la Virgen María, los principales arcángeles y los principales demonios, más un par de santos y varios personajes infernales.

El argumento deja bastante que desear, ya que no hay una trama propiamente dicha, sino sucesiones de situaciones en el mismo ambiente mítico. La traducción cojea a veces, y el humor en ocasiones es de sal bastante gruesa.

Como ven, defectos muchos. Pero también virtudes que los compensan con creces. Hay escenas muy divertidas, mucha irreverencia y mucha humanidad (a veces donde menos uno se lo espera, como en los demonios). Cariño por los personajes y buen hacer.

No puedo evitarlo, el autor me gusta. Otras reseñas: El pescador de demonios, Steve Redwood y Reseña y Opinión : El pescador de Demonios (Steve Redwood) Val : 679.

Calificación: Bueno.

Extracto:
Aquella noche, a la luz de la Nube, trabajó hasta altas horas para suavizar, redondear y refinar las formas de su creación. Retocó mil veces los senos hasta que al final ya no parecían un mero añadido al cuerpo de Adán, sino la pura esencia del nuevo ser. Emergían como la promesa suave de alegría, paz y emoción, ofrecían tanto, lo desconocido y lo conocido a la vez, parecían seguros y al mismo tiempo extrañamente vulnerables, con el malicioso y triunfante empuje de los pezones sugiriendo el capullo indeciso de una flor que aún estaba por nacer. Proponían un mundo de sueños, mientras suplicaban ser tocados para evitar que ellos mismos se desintegrasen en un sueño. Se movían con desafiante sensualidad y, con el contacto más suave, se balanceaban como dos nenúfares fantasmas de Andrómeda a punto de abrirse, meciéndose sobre un lago plateado.
A su vez, también la fonda era mucho más que la mera ausencia de un colgante. Dios formó la arcilla con tal intensidad que la carne misma adquirió una consistencia diferente, más húmeda y elástica, llena de extrañas potencias y cubierta de delicadas capas de piel que parecían llamar con cantos de sirena y urgentes susurros de fuego y santuario, dominio y rendición. Si la naturaleza del colgante era estar preparado para quemarse en una rápida llama impetuosa, la de esta nueva maravilla era hervir a fuego lento, arder despacio, insinuando una paz que va mucho más allá del entendimiento.
Sin embargo, éstas eran sólo las diferencias más superficiales. Había un millar de otros cambios pequeños. Todo el cuerpo daba una impresión más suave —más suave, no más débil—, ya que Dios había destilado de la bruta fuerza física de los músculos de Adán el conmovedor poder de la belleza: la delicada curva de la nuca, los esbeltos brazos con apenas una sombra de pelo y una corriente sumergida de tímidas venas recorriéndolos, el elegante movimiento de cintura y cadera, los rizados arpegios del vello del vientre, las frescas y lánguidas cadencias de muslo y pierna. Una nueva clase de belleza. Una nueva clase de armonía. Una nueva clase de poder.


—Por cierto, ¿por qué se molestan en convencer a la gente para que vendan su alma si la mayoría viene al Infierno de todos modos?
—Eso es por una de las adendas del Tratado de Edén. Ya sabes que el alma en sí no siente dolor. Por consiguiente, cuando hablamos de almas, hablamos de los cuerpos que las contienen. Aunque no caigan por muerte natural, pueden morir aquí igual de rápido que en la Tierra, y luego las almas flotan por ahí y ya no sirven de nada; como mucho para que los niños sagarrines las utilicen en sus prácticas de catapulta. Es más, como ya no podemos hacerles más daño, se vuelven increíblemente insolentes. Por la noche tengo que cerrar la ventana porque, si no, se meten dentro y gritan cosas como “¡Dios mola!” y otras obscenidades.

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