Cuchitril Literario

Mayo 9, 2008

Ladislav Mnacko. Invierno en Praga.

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Editorial Noguer, 1971. 236 páginas.
Tit. Or. Verspätete Reportagen. Trad. Gemma Strittmatter.

Ladislav Mnacko, Invierno en Praga
Días grises

El título original de este libro sería Reportajes tardíos; la traducción supongo que vendrá por la Primavera de Praga. Se supone que lo que ocurrió antes debería ser el invierno.

Estos reportajes son historias -supongo que en muchos casos reales o casi- sobre la Eslovaquia comunista. Los títulos son los siguientes:

En el cementerio
Monólogo nocturno
El mercado de los escándalos
Dos camaradas
Historia de una filiación
Las vías del tren
El vaporcito de recreo
Clara
La sonrisa
La agenda
La fiesta
El testigo
El doctor

Todas tratan de temas parecidos: el paraíso comunista resultó no ser tal. A estas alturas del siglo XXI es algo sabido, pero en su momento la cosa no estaba tan clara. Se denuncia la incompetencia y la mala fe de un sistema que no cumplió lo que prometía.

Así, héroes de guerra, auténticos luchadores contra el fascismo se ven perseguidos y encarcelados. Comunistas convencidos que sacrifican todo por hacer realidad un sueño se enfrentan a trabas burocráticas y al destierro. Ingenieros competentes tienen que trabajar a las órdenes de ignorantes y chapuceros. La ineficiencia campa por sus respetos y los inocentes se ven encarcelados cuando es conveniente.

Todos estos males, dice uno de los personajes, no son hechos aislados. Provienen del sistema. Un sistema que promueve a los mediocres siempre y cuando cumplan las consignas del partido y ataca a cualquiera que tenga pensamiento propio. Con estos mimbres poca cosa se puede hacer.

El autor afirma en el prólogo:

Soy comunista, amo a mi partido

Porque lo que transmiten estas historias no es un ataque vengativo al comunismo. Es la crítica de alguien que ama una idea y no le gusta que se pervierta y se transforme en lo que no es. No es un libro fácil de conseguir, pero creo que merece la pena.

Reto 2008: Eslovaquia.

Escuchando: Vengo de Lavapiés. La Cabra Mecánica.


Extracto:[-]

Pasaron meses, meses que no eran vida ni muerte, meses de rosada esperanza y negra resignación, en cuyas largas noches, junto a la escasa lumbre que escocía sus ojos, supieron uno de otro todo cuanto un ser humano puede saber de su semejante. Él empezaba ya a valerse por sí mismo y también podía ayudarla un poco, arrastrándose por la cueva, sus pies envueltos en trapos, aunque el peso y la responsabilidad de su vida, de sus dos vidas, seguía cargando sobre ella sola. Ella fue la que mató un corzo —¡qué pena le dio verlo tendido a sus pies!—; ella misma lo destripó, sin poder contener las lágrimas, lo arrastró hasta la cueva, lo despedazó y lo colocó cuidadosamente en una oquedad helada, próxima a la suya. En todo tenía que pensar, y este todo era mucho, muchísimo.

Hasta que, por fin, alguna vez tenía que ser verdad, los rusos llegaron efectivamente muy cerca, sólo a un par de jornadas de donde estaban ellos, y un buen día regresó ella de la aldea en el trineo tirado por un caballo, y con ella dos soldados con una estrella roja en la boina, provistos con una botella de aguardiente explosivo que olía a demonios pero sabía a gloria. Los rusos prodigaron cordiales palmaditas al hombro, vot molodec, nu mo-lodec, y el mundo, reducido a la cueva y al lecho de paja, abrióse para ellos y les pareció inmenso, maravilloso. En Bratislava, los médicos hicieron por sus pies cuanto estuvo a su alcance, los especialistas le confeccionaron dos pares de zapatos ortopédicos, y pudo andar, siempre con bastón, pero andar al fin…

Aún no estaba del todo recuperado, aún le fallaban un poco sus fuerzas, cuando llegáronse a él apremiándole. Comandante, héroe, comunista, no te duermas en tus laureles, es preciso poner manos a la obra; muchísimo nos queda por hacer; tenemos que luchar de firme. ¿Quién debe empeñarse en esta batalla sino tú y tus camaradas? Asume un cargo, acepta la dirección de algún negociado; lo que no ocupemos nosotros, lo ocupará la reacción; hemos de apresurarnos, porque ésos empiezan a organizarse, extienden ya sus tentáculos y enseñan sus dientes.

Aceptó el cargo, asumió la dirección de un negociado, en condiciones económicas tan miserables cuanto más importantes eran sus atribuciones. Otros ocuparon administraciones públicas, restaurantes, casas, residencias, siempre alardeando de su historial, de sus hazañas patrióticas, al tiempo que buscaban bajo el revoque de las viviendas, por si hubiera allí oro escondido; buscaban oro alemán, oro húngaro, carreras, sinecuras, coches, chóferes, secretarias. Él iba siempre a pie, caminando lentamente, apoyado en su bastón, puntual y escrupulosamente presentábase en su negocio, desarrollaba un ingente e importante trabajo. Al atardecer daba un paseo por el parque con su mujercita coja.

No se apropió de ninguna de las residencias anteriormente propiedad de alemanes o húngaros; ocuparon una pequeña vivienda en la que instalaron lo más indispensable, dos catres de campaña, algunas sillas viejas, una mesa de patas desniveladas… ¡un tipo raro! ¡Si a lo menos hiciera ostentación de su sencillez!, pero no, ni siquiera le daba importancia; a nadie cuidó de explicarle cuan satisfecho se sentía con lo poco que le era dado poseer, a nadie dijo lo que un catre de campaña significaba para él, acostumbrado a dormir sobre la paja en el fondo de una cueva helada… Él no deseaba tener más que lo permitido por sus menguados ingresos…

Ella se incorporó .otra vez a su trabajo del hospital, siempre solícita, siempre con su habitual buen humor. Todos la querían, los pacientes recibían de ella mucho más que medicinas, más que vendajes y apositos, porque tenía el don de transmitirles su propia alegría, su sola presencia obraba más curaciones que cualquier terapéutica. Más tarde le nació un niño y dos años después, una niña, dos criaturas sanas y hermosas. ¿Eran felices? Sí, el mutilado jefe de partisanos y su mujer, su pequeña cojita, se consideraban muy felices. Las calamidades sufridas uno junto a otro les unieron estrechamente y luego compartieron ambos la misma esperanza, igual perspectiva de una vida nueva, realmente nueva, con una moral nueva, nuevas relaciones humanas, nueva dignidad del hombre…

Mayo 8, 2008

Jaan Kross. El loco del Zar.

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Editorial Anagrama, 1992. 414 páginas.
Tit. Or. Keisri Hull. Trad. Joaquín Jordá con la colaboración de Jüri Talbet.

Jaan Kross, el loco del Zar
Decir la verdad al poder

No sabía nada sobre Jaan Kross, pero resulta que estuvo nominado varias veces al premio Nobel. Fue el más importante escritor estonio contemporáneo, y esta novela es su obra más famosa.

Timotheus von Bock fue un aristócrata de ideas peculiares. Se casó con una mujer del pueblo -hasta el punto que tuvo que comprar su libertad y la de su familia, pues eran siervos. Era el brazo derecho del emperador Alejandro I, pero tras enviarle un escrito es encarcelado durante nueve años y sólo es puesto en libertad tras calificarle de loco. Su cuñado Jakob lleva un diario en el que además de detalles de su propia vida nos desvela las claves para entender el comportamiento de Timo.

Por lo que se cuenta en el epílogo la mayor parte de los hechos narrados en el libro son históricamente ciertos. El libro gira alrededor de las consecuencias que tiene para Timo haber sido sincero consigo mismo y con el emperador. Pero también hay espacio para la historia personal de Jakob; un hombre de orígenes humildes que se ve de repente transportado a un estatus diferente y que no acaba de pertenecer a ninguno de los dos mundos, y cuya vida sentimental acaba siendo influida por las desventuras de su cuñado.

Esta muy bien escrito y los temas que trata resultan atractivos, pero no es enteramente de mi estilo.

Reto 2008: Estonia.

Escuchando: Den little floyten. Sinikka Langeland.


Extracto:[-]

—Vamos, el amor es más fuerte que cualquier otra cosa. Lo que te da tu fuerza, Eeva, es el amor, lo sé, te he observado a fondo. Y eso sobre lo que tú, Timo, te apoyas, también es el amor. Sí, el amor. Pero no es lo único. No acabo de saber muy bien qué es la otra cosa sobre la que te apoyas. Probablemente la filosofía. En fin, en su nombre también se ha ido a la hoguera. Qué pueden significar para ti los guiños y los murmullos de los queridos amigos de tu clase… Para hablar con la lengua del pueblo: ¡una mierda! -soltó una carcajada-. Siempre que tengáis confianza el uno en el otro. No sólo así, de manera general y superficial, sino a fondo, completamente, ¡en todo! Con una confianza total podéis retiraros al abrigo de todos los rumores… igual que…, ¡igual que en una concha completamente redonda! ¿Qué puede hacerle la tempestad por fuerte que sea…? Sólo acunarla cariñosamente…

En cuanto al silbido de las serpientes de la calumnia y a la absoluta necesidad de una confianza mutua, ya habían llegado algunas cosas a mis oídos. Las intenciones matrimoniales de Timo y de Eeva ya eran conocidas por unos cuantos. En San Peters-burgo, algunos buenos amigos habían comentado a Timo (y de manera, claro está, que no pudiera provocar a nadie en duelo) que Eeva, por aburrimiento, se había arrojado, según parece, a los brazos tanto de von Adlerberg de Uue-Varstu como a los del guapo paleto de Johannson, el sacristán de Viru-Nigula. Y varias damas bien informadas, de visita en casa de los Masing, habían contado, procurando ser oídas por Eeva, que en San Petersburgo el señor von Bock había pedido la mano, sí, nada menos que de la señorita Narychkina, la misma a la que el emperador, como era bien sabido, concedía una paternal atención… Que estando así las cosas, el afecto que el emperador sentía por el señor von Bock no había sido evidentemente tan profundo como para que Su Majestad llegara a ordenar a la señorita que aceptara la petición de matrimonio. No. ¡La señorita Narychkina había dado calabazas al señor Bock! No era extraño que se acordara después de su Cenicienta, ji, ji, ji, ji…

Aún no habían llegado los últimos días de septiembre cuando Timo y Eeva regresaron de San Petersburgo. Se habían casado según el rito ortodoxo. De acuerdo con sus documentos, Eeva incluso se llamaba ahora Catalina. Catalina von Bock. En un primer momento, me forcé a creer y a sentir que este nombre sólo podía designar a una persona totalmente extraña… Tanto más cuanto que su mirada me parecía ahora a veces más velada y otras más brillante que antes y a la seguridad de sus movimientos se había mezclado una cierta desenvoltura orgullosa que, sin embargo, tenía algo de inconveniente.

Pero después ella me explicó que los dos, Timo y ella, partían inmediatamente en dirección a Voisiku, que al principio vivirían allí y que, naturalmente, yo les acompañaría; sentí, pese a todo, que no tenía otra elección, que no podía hacer otra cosa.

La verdad es que, en cuatro años, yo había engullido tanta inteligencia libresca como puede contener un liceo; llegado a una edad en la que no sólo se está despierto sino que se es adulto (¡veintisiete años!), había adquirido también, debido a mi situación especial, una considerable comprensión de la vida y de los hombres. Pero no sabía qué hacer con ese saber. Salvo que, después de haber adquirido cierta experiencia práctica, lo utilizara para encargarme en Voisiku de la administración de la finca y serles más útil a los dos. Ocuparía el puesto de Klarfeldt, el intendente de entonces, del que Timo llevaba tiempo observando cómo a sus espaldas, hábilmente y poco a poco, se llenaba los bolsillos. Son muy escasos los intendentes a sueldo que no hacen lo mismo.

Así es como los cuatro (a Kásper, el lacayo, se le había ordenado que viniera a buscarnos a Aksi), cruzando los bellos paisajes secos y dorados por el otoño de las cercanías de Puurmani y Póltsamaa, llegamos aquí. Un viaje realizado enteramente en compañía de Timo y de Eeva. O, mejor dicho, de Timo y de Kitty —para dar a mi hermana el nombre con que su marido, mientras tanto, había comenzado a llamarla, a la inglesa.

Mayo 7, 2008

Juliette Frolich. Los Cuentos de Andersen.

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Editorial Crítica, 1987. 348 páginas.
Trad. Agustín López Tobajas y María Tabuyo.

Juliette Frolich, Los Cuentos de Andersen
Maravilla de lo cotidiano

Encontrar escritores de algunos países del Reto 2008 es bastante difícil, pero en el caso de Dinamarca la elección sólo puede ser una: Hans Christian Andersen. El danés más internacional, cuyas obras han sido traducidas a más de 150 idiomas y cuyas ventas pueden competir con el otro gran best-seller mundial, la biblia.

El título de este libro me hizo suponer que tendría algún estudio o comentario sobre la vida y cuentos de Andersen, ya que tengo prácticamente todos en formato electrónico (los pueden descargar aquí: Descargar cuentos de Andersen). El prólogo demuestra bastante conocimiento sobre el autor, pero apenas ocupa una docena de páginas y se hace corto. La selección supongo que intenta combinar los cuentos más famosos con otros desconocidos:

La princesa y el guisante
Las flores de la pequeña Ida
Pulgarcita
La pequeña ondina
El traje nuevo del emperador
El firme soldado de plomo
El baúl volador
Ole Cierraojos
El ángel
El ruiseñor
El patito feo
El abeto
La Reina de las Nieves. Cuento en siete historias
El hada del saúco
La aguja de zurcir
La pastora y el deshollinador
La sombra
Historia de una madre
El cuello duro
Los cinco de una vaina de guisante
La hija del Rey del Fango
El viento cuenta la historia de Valdemar Daae y sus hijas
Los doce de la diligencia
Lo que hace el marido, bien hecho está
La musa del nuevo siglo
La mariposa
«Los fuegos fatuos están en la ciudad», dijo la destiladora del pantano
La tetera
Vaeno y Glaeno
El lisiado

Títulos como La cerillera, el soldadito de plomo, la princesa y el guisante o las habichuelas mágicas son tan clásicos como el Quijote. La moraleja de El traje nuevo del emperador sigue siendo válida en un mundo de vende humos y de tecnología 3.0. Empecé a leerlos por Abuelita (reproducido al final) un cuento poco conocido pero que me gustó tanto que me hizo suponer que tenía ante mí horas de feliz lectura. Pero no ha sido así.

Dejando de lado que en toda autor hay obras de calidad desigual, lo que menos me ha gustado es una presencia bastante asfixiante de demagogia religiosa. Y no tiene nada que ver el que yo sea ateo. En muchos cuentos de Oscar Wilde hay valores similares, pero tratados de una forma bastante diferente. Wilde recupera los valores de ternura y amor, mientras que Andersen no siente tanta compasión por sus criaturas.

El mejor ejemplo es La sirenita. Se ha criticado mucho la adaptación de Disney porque tiene un final feliz con boda incluida, mientras que en el original la pequeña ondina muere. Lo que nadie dice es que la muerte no es el final del cuento. Los seres del agua no tienen alma -por eso viven alegres y despreocupados- y la boda con el príncipe le daría una alma a la protagonista. Al no conseguir casarse parece que su destino es fatal, pero no, porque existen unas hadas aéreas que tampoco tienen alma, pero pueden ganarla haciendo buenas obras. Como la sirenita tiene buena planta, también tendrá su oportunidad de ganar un alma y encontrarse con dios. Si tengo que elegir entre los dos finales, me quedo con el de Disney.

En La cerillera encontramos algo parecido. La niña pobre muere de frío, pero el amor de su abuela, que está en el cielo, la salva llevándola al paraíso. En otra época la protagonista bien pudiera haber quemado la catedral para calentarse, y de paso robar el cepillo. Los padres de Andersen eran muy pobres, y aunque el autor dijo:

Mi vida es un hermoso cuento, variado y alegre. Si en mi juventud, cuando eché a andar por el mundo, pobre y solo, me hubiese encontrado con un hada poderosa que me hubiese propuesto: «Elige tu vida y tu destino, y después, de acuerdo a tu propia evolución y respetando los límites de lo que en este mundo se considera razonable, yo te protegeré y te guiaré», mi suerte no hubiera podido ser encauzada de manera más favorable, hábil o acertada de lo que de hecho lo ha sido. La historia de mi vida anunciará al mundo lo que ella me ha revelado a mí: que hay un Dios bondadoso que todo lo conduce para bien.

Parece que no es del todo cierto, y que siempre arrastró un cierto resentimiento:

Sin embargo, y como nos recuerda Per Olov Enquist basándose en una extensa documentación (Hans Christian Andersen y el patito feo, Ed. Doxa, Lund, 1984), lo cierto es que Andersen no nació de un huevo de cisne. Por el contrario, aquel hombre llamado Hans Christian Andersen tuvo que debatirse contra el yugo de una doble restricción: nacido en la ciénaga del subproletariado urbano a comienzos del pasado siglo, contaba entre sus antepasados con una abuela mitómana y perturbada, un abuelo, loco oficial del pueblo, otra abuela prostituta, una madre, igualmente prostituta ocasional y alcohólica inveterada y un padre zapatero, sujeto a profundas depresiones. Debe a estos antecedentes una fisonomía ingrata, un aspecto exterior que invita a la caricatura y sobre todo una mentalidad depresiva de tendencias netamente paranoicas. Lejos de ser «el cisne ignorado», H. C. Andersen es, tristemente, un patito feo y, lejos de ser «feliz», será durante toda su vida, incluso en el momento del reconocimiento y de la gloria, un ser egocéntrico, narcisista, solitario, angustiado…

El cuento del patito feo sería, pues, la historia del autor; un cisne incomprendido entre patos. La libertad que se toman algunos para cambiar los cuentos muchas vecen los mejoran. Cuando leí Lo que hace el marido bien está me pareció un alegato por el entendimiento matrimonial. Tal como lo escribió el autor hace bueno el título: aunque el marido haga una tontería, estará bien.

Que mis preferencias vayan a Wilde no le quitan a Andersen sus méritos. Miles de reediciones lo avalan. Pero si van al original, tengan cuidado. La moralina, que no la moraleja, les asaltará cuando menos se lo esperen.

Reto 2008: Dinamarca.

Escuchando: San Francisco. Rufus Wainwright.


Extracto:[-]

Abuelita

Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.

Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! - sí, y vuelve a sonreír. Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y… abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.

Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.

- Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñecito.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habríase dicho que lo bañaba el sol… y entonces dijeron que estaba muerta.

La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.

En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él. El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodías. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros verán a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.

Mayo 6, 2008

En Sentido Figurado, Especial Autismo

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No es la primera vez que hablamos aquí de la revista En sentido figurado y volvemos a hacerlo con ocasión de un número especial dedicado al autismo.

Como dice Anabel Cornago en la presentación:

El autismo es un conjunto de síntomas, por eso se habla de síndrome de autismo. No hay dos autistas iguales. Afecta –aunque en las cifras no hay un acuerdo- a uno de cada 10.000 nacimientos, generalmente al sexo masculino (3 niños frente a 1 niña).

El número es una combinación de cuentos, artículos y testimonios que nos permitirán conocer mejor este desorden del desarrollo. Es un problema grave, pero si se diagnostica a tiempo puede tener un tratamiento temprano que puede mejorar mucho la calidad de vida del niño y su familia.

Puede visitarse en este enlace: Suplemento especial “Estamos con el autismo”, o descargarse en pdf: Estamos con el autismo en pdf.

Desde aquí felicitamos a los editores de este número que han conseguido colaboraciones de la talla de Miguel Gallardo, Arturo Pérez-Reverte o Miguel Ángel Zapata, entre otras no menos importantes. Y agradecemos la labor de concienciación que con toda seguridad conseguirán con este número. Si quieres colaborar con esta causa, anúncialo en tu bitácora.

Mayo 5, 2008

Emilio Salgari. La defensa de Chipre.

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Ediciones Orbis, 1987. 192 páginas.

Emilio Salgari, La defensa de Chipre
Piratas y espadachines

Como muchos de mi generación, conocí la obra de Salgari a través de la colección Joyas universales de Bruguera, que parece que están reeditando -aunque no he encontrado información en su web. También por la serie de televisión Sandokán, de la que no guardo mucho recuerdo. He tenido que esperar a ser mayor para leer sus libros. No hace mucho leí Los tigres de Mumpracén, que pensaba que tenía reseñado en este Cuchitril, y ahora le toca el turno -cosas del Reto 2008- a esta Defensa de Chipre.

Esta novela pertenece al ciclo del Capitán tormenta, un extraordinario espadachín que se enfrenta nada menos que al mismísimo León de Damasco y lo vence en buena lid. Sólo que el capitán Tormenta es una mujer -de armas tomar- que intenta liberar a su amado, preso en Chipre en manos de Haradja, una malvada mujer que intenta tirarle los trastos a Tormenta, lo que resulta en unas escenas de alto contenido erótico entre dos mujeres. Justo lo que busca la chavalería :)

Las novelas de Salgari son todo acción, ideales para adaptarlas a tebeo o películas. Puede que ese sea hoy en día un defecto; los jóvenes de ahora ya ven argumentos similares en las películas. Incluye escenas truculentas como los pescadores de sanguijuelas, dónde los cristianos presos sirven de cebo en pantanos hasta que están completamente cubiertos de sanguijuelas, muy buscadas en la época.

Por lo visto la vida del autor no fue precisamente un camino de rosas. En la siguiente página:Salgari, tigre y corsario podemos leer un párrafo como el siguiente:

Salgari era un alcohólico hosco, perverso, probablemente sifilítico, y su esposa fue ninfómana. En 1909 intenta el suicidio arrojándose sobre una espada. Finalmente lo logra, dándose de navajazos, en 1911, seis días después de la muerte de su esposa internada en un manicomio.

Para el lector, al final, sólo queda la obra. Una obra que merece la pena recuperarse.

Reto 2008: Chipre.

Escuchando: The Stranger. Billy Joel.


Extracto:[-]

EL INCENDIO DE LA GALERA
En tanto que en el camarote acontecía la escena ya descrita, el tío Stake, confinado en la sentina de la galera, se dedicaba a enviar al diablo a Mahoma y a todos sus sectarios.

El iracundo lobo de mar lanzaba insultos de continuo.

—¡Apresado! —clamaba, golpeándose en la cabeza y mesándose las barbas—. ¿Nos habrá abandonado la cruz de Jesucristo? ¡Es excesivo! ¡Ya va siendo hora de que la suerte cambie para los turcos! ¡Esto es imposible que siga así, o acabaré volviéndome turco! ¿Qué opináis, señor Perpignano?

El teniente, que se hallaba sentado al lado de El-Kadur, no consideró adecuado responderle.

—¡Por mil ballenas, reventadas, comidas y asadas! ¿Estáis todos muertos? ¿Permitiréis que os conduzcan a Hussif y que os empalen en aquellas puntas de hierro que hay en las torres? ¡Yo, desde luego que no, por cien mil bombas! ¡No me apetece lo más mínimo terminar mis días empalado!

—¿Y qué pensáis hacer, tío Stake? —indagó el teniente, abandonando el decaimiento que le dominaba.

—¡Yo! —barbotó con fiera entonación el tío Stake—. ¡Hacer volar la galera con todos los bribones que la tripulan y Ponernos a salvo nosotros!

—¡Pues hacedlo! —repuso El-Kadur con acento irónico.

-¿Acaso, pedazo de alquitrán, consideras que no soy capaz de prender fuego al polvorín? ¡Tú no eres veneciano, ni dálmata, y te tengo lástima!

-Soy un hombre que vale tanto como otro, y en Famagusta he dado pruebas de ello.

-¿Y yo no? —inquirió el tío Stake—. ¡Yo hice volar una torre que estaba a punto de ser tomada por los turcos y los mandé a todos al otro mundo! ¡Unos fueron directos al paraíso, otros al infierno y los demás a ver a sus hermosas huríes! ¿Imaginas, trozo de pan moreno, que un marinero vale menos que un soldado de tierra como, por ejemplo, tú?

El-Kadur estaba a punto de responder de bastante mala manera, cuando Perpignano cortó la discusión preguntando al irascible contramaestre:

-Hablad, tío Stake: ¿qué queréis intentar?

-Enviar al diablo esta galera antes que llegue a Hussif -repuso el viejo marino.

—Eso también quisiera hacerlo yo, pero no veo la forma.

—¡Hay que buscarla!

-¿Tenéis algún proyecto?

-Sí; pero no tengo las herramientas.

-¿Cuáles?

-Algún escalpelo, unas pinzas… Cualquier cosa, en suma, que sirva para practicar un agujero en la cala por donde Penetre el agua.

—No disponemos siquiera de cuchillos.

—¡Desgraciadamente, señor Perpignano!

-Yo tengo una idea tal vez más buena —intervino en aquel momento Nikola, que los había estado escuchando sin pronunciar una palabra.

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