Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Febrero 9, 2010

Entrevista a Fernando Argenta

Archivado en: Noticias — Palimp @ 7:11 am
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Vía Libro de notas llego a esta entrevista a Fernando Argenta:

Entrevista a Fernando Argenta

Para todos los que se quedaron huérfanos cuando acabó clásicos populares y el conciertazo. A este hombre la gente le quiere:

El cariño de la gente. Verás, me sucedieron cosas increíbles. Antes cuando estaba en activo, la gente me reconocía, me miraban, pero no se atrevían a decirme nada; pero cuando desaparecieron mis programas… Fue como si una barrera se hubiera roto, y me abordaban, venían a hablar conmigo, me abrazaban. Me sucedieron anécdotas inimaginables, como cuando subí a un autobús con mi mujer, tenía preparadas las monedas para pagar, y el conductor me las rechazó diciendo: “yo a usted no le cobro”. O aquella vez que unos guardias civiles me pararon en un control rutinario de alcoholemia y, al reconocerme, exclamaron: “usted es el del Conciertazo”, y no me dejaron soplar. Entonces, pienso, que si suceden cosas como éstas, será que algo bueno he hecho.

Y no me extraña. ¿Para cuando todo clásicos populares en la web de RTVE? Seguro que sería un record de descargas.

Febrero 8, 2010

Patricia Highsmith. Once.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 6:35 pm
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Editorial Planeta, 2001. 190 páginas.
Tit. Or. Eleven. Trad. P. Elías.

Patricia Highsmith, Once
Angustia

Titular un libro de relatos once porque tiene once cuentos no es muy original, pero me sirve para cumplir con el apartado de cuatro letras del reto 2010. Ya comenté la sorpresa que supuso la lectura de Catástrofes, así que he seguido con los siguientes cuentos:

El observador de caracoles
Los pájaros a punto de emprender el vuelo
La tortuga de agua dulce
Cuando la escuadra llegó a Mobile
En busca del Tal o cual Claveringi
Gritos de amor
Señora Afton, entre tus verdes laderas
La heroína
Otro puente por cruzar
Los bárbaros
La pajarera vacía

Que quizá no me han impactado tanto pero cuya calidad no puede cuestionarse. Cuando la escuadra llegó a Mobile es una obra maestra. La obsesión por los caracoles en El observador de caracoles y En busca del Tal o cual Claveringi no puede sorprender, ya que su viscosidad los hace aptos para relatos tenebrosos. El terror que nos provoca una aparente buena chica como la protagonista de La heroína puede hacer que miremos con desconfianza a todo el mundo, y el animal misterioso de La pajarera vacía puede ser una alegoría de muchos terrores, pero también un horror tangible capaz de quitarnos la paz para siempre.

Totalmente recomendable.


Extracto:[-]

Clark movió la cabeza arriba y abajo, como si asintiera, y su mano, su cuerpo rígido, siguieron la nariz del hombre como si fueran parte de él, y una voz clamó dentro de ella: «No hubiese ni soñado en hacer esto si existiera otra manera, pero no me deja ni salir de la casa.»

Se acordó del gesto de aprobación de la señora Trelawney cuando le dijo que quería sacrificar al Rojo, porque era peligroso que los desconocidos se acercaran a la casa, pues el Rojo les mordiscaba con su único colmillo.
Miró el pulso en la sien de Clark. Latía en el punto más bajo de una culebreante vena verduzca, pegada al nacimiento de su pelo, que siempre le recordaba un mapa del río Mississippi. Entonces el trapo topó con la nariz de Clark, éste movió la cabeza a un lado, y la mano de la mujer siguió pegada a la nariz, como si no pudiera arrancarla si hubiese querido, y tal vez de veras no le habría sido posible. Pero las negras pestañas no se movieron y recordó cuan distinguido le parecía, antaño, con las sienes hundidas a ambos lados de la alta y estrecha frente y el negro pelo como una mata salvaje, y el bigote negro, tan ancho que resultaba pasado de moda, pero que le sentaba bien a Clark, como sus chaquetas a medida también pasadas de moda y sus botas de puntera cuadrada.

Miró al despertador gris que, colocado en la repisa, estaba viéndolo todo desde hacía ya unos siete minutos. ¿Cuánto tiempo se necesitaba? Abrió la botella y puso más líquido en el trapo, hasta que lo sintió frío en su palma, y volvió a acercárselo bajo la nariz. El pulso de la sien seguía latiendo, pero la respiración era más breve y débil. Le dolía el brazo, de modo que miró afuera, a través del porche, y trató de pensar en otra cosa. Un gal’0 cacareó cerca del establo, como si despuntara un nuevo día, se dijo recordando una canción. Y contó veinte tic-tacs del reloj, uno por cada uno de sus años, y volvió a mirarlo y ahora ya llevaba doce minutos, y cuando DJ0 los ojos otra vez en la sien, ya no había pulso. Pero no debía dejarse engañar por esto, y concentró su atención en los pelos de la nariz, que ya no se movían, y que tsu

vez no se hubieran movido tampoco si él respirara, pero no oía nada. Entonces se levantó y después de una vacilación dejó el trapo sobre el negro bigote. Miró el brazo que descansaba en la sábana, y la mano, que siempre encontró elegante, a pesar de que era peluda, y vio el estrecho anillo de oro en el meñique, que, decía él, era el de boda de su madre, pero era, sin embargo, la misma mano izquierda que le había pegado muchas veces, y probablemente sintió el anillo dándole en los huesos. Se quedó allí varios segundos, sin saber por qué, y luego se precipitó a la cocina, y se quitó apresuradamente el delantal y la bata.

Se puso el vestido de verano, con flores estampadas, que deliberadamente se había abstenido de llevar cuando salía con Clark, porque le recordaba los días más felices de Mobile; enderezó las cortas mangas fruncidas con un movimiento familiar y ya casi olvidado de los hombros, que le hizo sentirse otra vez ella misma, y con el vestido todavía sin abrochar, corrió de puntillas hasta el porche y vio que el trapo estaba todavía sobre la boca de Clark. Para asegurarse, derramó lo que quedaba de cloroformo sobre el trapo. ¿No parecía absurdo, ahora, el martillo? Lo devolvió a la caja de las herramientas.

Febrero 5, 2010

Alberto García Salido. El tipo que escucha.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 8:49 am
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Editorial Alfasur, 2009. 88 páginas.

Alberto García Salido, El tipo que escucha
Espacio interior

Recibir un libro siempre es una alegría. Si encima te gusta, todavía más. Así que empiezo dando las gracias a Alberto por hacerme llegar un ejemplar de este volumen de cuentos, pequeño pero bien editado.

Empieza con un cuento de una niña que sube a la azotea para ver las estrellas escapando de su situación familiar, continúa con las dificultades de Mario el vagabundo para apropiarse de una manzana y acaba con el cuento que da título al libro sobre un tipo cuya única labor es escuchar las intimidades -casi confesiones- de tres desconocidos. Y rematado por un epílogo pseudopoético. La lista completa es la siguiente:

Las estrellas mismas de la creación
Quedan demasiado lejos
Era la primera vez
Cierta majestad en su forma
Agujero en la tierra
Reparar lo que otros han vendido antes
Quiero irme de aquí
Mi primera jornada de trabajo
Pistas
Dulces sueños
Rodeado
Siempre
El tipo que escucha
Si te mira fijamente (epílogo pseudopoético)

Creo que al autor todavía le queda camino por recorrer, pero este comienzo promete. Sin ser conocido algunos de sus cuentos me han gustado tanto como algunos de autores de más renombre, pero con menos cosas por decir. Seguiremos a la escucha.


Extracto:[-]

Silencio en una sala con cuatro sillas.Tres de ellas vacías.

En la que está ocupada encontramos un tipo que apenas se mueve y parece estar esperando a alguien.
Se encuentra vestido con vaqueros, camiseta y zapatillas de deporte. Informal. Con el pelo húmedo, sin peinar, y unas gotas de agua tambaleándose sobre la punta de su nariz. Me referiré a él desde este momento como “el tipo que escucha”.

La puerta que da acceso al cuarto se abre y aparecen tres hombres. Los tres de mediana edad y vestidos con traje oscuro. Recién afeitados. Cada uno se sienta en una silla idéntica a la del que les estaba esperando.
Tenemos así a cuatro hombres sentados en el interior de una pequeña habitación. Este cuarto se encuentra en la tercera planta de una de las muchas plantas que hay en la ciudad. En uno de los laterales tiene una ventana que permite ver que junto al edificio hay un parque lleno de niños corriendo. Es verano y el aire acondicionado exhala una ventisca fría que hace que “el tipo que escucha” se frote un poco los brazos. Quizá se arrepienta de no estar más abrigado.

Cada uno de los hombres que acaban de sentarse tiene en el suelo, junto a su silla, un papel en blanco,[...]

Febrero 4, 2010

Mundo académico vs mundo empresarial

Archivado en: Noticias — Palimp @ 2:04 pm
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Es antiguo y no viene a cuento en esta bitácora, pero como me ha pasado hace poco algo parecido, aquí está:

Mundo académico vs mundo empresarial

academia_vs_business

Febrero 3, 2010

Esteban Gutiérrez Gómez. El colibrí blanco.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:55 am
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EH Editores, 2009. 88 páginas.

Esteban Gutiérrez Gómez, El colibrí blanco
Schindler en castilla

Esteban Guiérrez ya tuvo la gentileza de regalarme un ejemplar de El laberinto de Noe y repite de nuevo. Mis agradecimientos por adelantado.

El libro narra la historia de Antonio Menéndez Seoane el carnicero, encargado de dar matarile por la vía no oficial a detenidos del regimen franquista. Trabajando en solitario despachaba a cuantos le ordenaban. Pero el carnicero esconde un secreto.

Leyéndolo me ha recordado a un Manuel Rivas de la meseta castellana (como elogio lo digo y espero que así lo entienda el autor). Me ha gustado más que el Laberinto de Noe y es una buena incursión en el terreno de la novela.

Esperaremos las próximas obras del autor.


Extracto:[-]

Al instante aparecieron Julián, el pastor, y su hermano, Flores. No les sorprendió la noticia. Tras un beso a las mujeres, se refugiaron en el cuartillo de la entrada, a espaldas de la antigua herrería que regentó el padre de Flora durante la época de las bestias. Sin que nadie dijese nada prendieron unos troncos en la pequeña chimenea del zaguán. Se sentaron a su alrededor. Luego llegó Manolo, vio el fuego del hogar, les saludó con un alza cejas y se metió dentro de la casa. Al poco tiempo salió en dirección al zaguán. Por el pórtico veían entrar mujeres de negro que hacían restallar lamentos dentro de la casa, imploraciones a Dios y resignaciones. Cuando acabé de resolver los papeles por teléfono, me uní a ellos. Llevé una botella de cazalla de las que Antonio guardaba en el sobrado. Me hicieron sitio junto al fuego y, a gollete, bebimos de la botella. Tardamos muchos minutos en empezar a hablar.

Triste noche, compañeros, dijo Julián mientras colocaba los troncos en el fuego golpeándolos con el hierro, haciendo que se elevase hacia el agujero negro de la chimenea un enjambre de pavesas que pronto se tornaban ceniza.

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