Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

octubre 24, 2014

Clay Shirky. Excedente cogintivo.

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Clay Shirky, Excedente cogintivo
Deusto, 2012. 232 páginas.
Tit. Or. Cognitive Surplus. Trad. Sandra del Molino.

Éste es un libro a la vez estimulante, por los diversos temas que toca, y decepcionante, porque no profundiza en ninguno, no tiene tesis articulatoria y no llega a demostrar lo que parece defender.

La idea principal se explica en un par de frases. Hasta la llegada de internet todo nuestro tiempo libre lo gastábamos consumiendo productos de ocio, principalmente televisión. Pero la red ha cambiado las reglas del juego añadiendo la posibilidad de interaccionar y crear contenido y valor añadido. La Wikipedia es el ejemplo estrella, ha podido construirse utilizando sólo el 1% de las horas que los estadounidenses usan para ver la televisión. Incluso algo tan pasivo como ver vídeos de Youtube permite comentar, puntuar y recomendar.

Hasta aquí de acuerdo. El resto de ejemplos de aplicaciones que se basan en el contenido aportado por los usuarios son también buenos ejemplos. Pero ¿Va a cambiar el mundo gracias al excedente cognitivo? Desde luego, las cosas están cambiando y cambiarán más. ¿Se usará para crear contenido valioso? Creo que en un pequeñísimo porcentaje. La potencialidad está ahí, que se aproveche es otra cosa.

Por tomar la Wikipedia, hay muchísimas más consultas que ediciones. Y aunque, como bien se indica en el libro, nos permite hacer desde pequeños cambios hasta grandes ediciones, la realidad es que los editores se implican bastante, casi no hay términos medios. Hubiera estado bien tener información sobre estos temas, que en el libro no se dan, probablemente porque no hubieran reforzado su tesis.

Otro ejemplo: el botón de publicar cuando nacieron los blogs fue toda una revolución. Por primera vez cualqueira podía publicar sin tener que pasar por revisiones y con un público mundial. Pero ¿Ha cambiado las reglas de la edición? No. Salvo algunos aficionados que por talento, trabajo, suerte o combinación de lo anterior han conseguido un público numeroso el resto de blogs que no está en manos de empresas generadoras de contenidos no tienen excesivas visitas. Poco es menos que nada, cierto, y yo soy el primero en reconocer sus ventajas (esta bitácora es la prueba) pero no ha sido el fin del formato tradicional.

El libro proviene de una charla TED y ese es su problema: para una charla de 15 minutos está bien, para un libro, aunque corto, es demasiado. Eso sí, da que pensar. Lo vi recomendado por Sergio Parra: [Libros que nos inspiran] ‘Excedente cognitivo’ de Clay Shirky y no he encontrado mejor reseña.

Ojo a las críticas a los aficionados que pongo en el extracto.

Calificación: Entretenido pero mejorable.

Extractos:
Consideremos, como comparación alternativa, un bar local. Se trata de una gestión comercial, pero los productos que vende son invariablemente más baratos si se consumen en casa, en general por un margen considerable; gran parte del servicio ofrecido por el personal se reduce a abrir botellas y fregar platos. Si una cerveza cuesta el doble en un bar que en una tienda, ¿por qué no se hunde todo el negocio y la gente opta por tomarse una cerveza más barata en casa?
Al igual que ocurre con los propietarios de YouTube, el dueño del bar está en el curioso negocio de ofrecer valor más allá de los productos y servicios que vende, un valor creado por los consumidores. La gente paga más por tomarse una cerveza en un bar que en casa porque este local es un lugar con más camaradería para beber algo; reúne a personas en busca de una pequeña conversación o que únicamente quieren estar con otra gente, individuos que prefieren estar en el bar que solos en casa. Este aliciente es suficientemente poderoso para que merezca la pena pagar la diferencia de precio. La lógica de la aparcería digital sugeriría que el dueño del establecimiento está explotando a sus clientes, porque sus conversaciones en el bar son parte del «contenido» que comporta que acepten pagar más por la cerveza, pero ningún cliente se siente realmente así. Por el contrario, recompensan con gusto al dueño por crear un entorno social acogedor, un lugar en el que pagarán más por la posibilidad de juntarse con otros seres humanos.


La espectacular reducción de costes para dirigirse al público y el incremento espectacular de la población conectada significan que ahora podemos convertir conjuntos masivos de pequeñas contribuciones en algo de valor duradero. Este hecho, clave en nuestra época actual, ha sido una continua sorpresa. Constantemente, los observadores escépticos han atacado la idea de que establecer un fondo común con nuestro excedente cognitivo pudiera funcionar en el momento de crear algo que mereciera la pena, o han sugerido que, si funciona, es como hacer trampa, porque compartir en una escala que compite con viejas instituciones de algún modo está mal. Steve Ballmer, de Microsoft, denunció la producción compartida de software como comunismo. Robert McHenry, un antiguo editor de la Enciclopedia británica, comparó Wikipedia con un baño público. Andrew Keen, autor de The Cult ofthe Amateur («El culto del amateur»), comparó a los bloggers con monos. Estas quejas, si bien eran por propio interés, se hacían eco de creencias muy extendidas. El esfuerzo compartido, sin control, puede estar bien para picnics y partidas de bolos, pero el trabajo serio se hace por dinero, por gente que trabaja en organizaciones apropiadas, con directores controlando su trabajo.

octubre 22, 2014

Geoffrey Regan. Historia de la incompetencia militar.

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Geoffrey Regan, Historia de la incompetencia militar
Editorial Crítica, 2001, 2004. 422 páginas.
Tit. Or. Someone had blundered… A historical Survey of Military incompetence. Trad. Rafael Grasa.

Las victorias militares se glosan desde la invención de la épica, sobre las derrotas se ha escrito poco y sobre la incompetencia que las ha provocado todavía mucho menos. Cualquiera que haya trabajado en una gran empresa se habrá dado cuenta de la cantidad de incompetencia que florece a su alrededor. Imaginemos esa inutilidad en una guerra. Terrible.

Si un camarero se equivoca en el pedido, no pasa nada. Si un cirujano hace mal una operación puede matar a un paciente. Pero si un militar toma una decisión equivocada manda a la muerte a miles de personas. En el libro se ponen muchos ejemplos, algunos de los cuales ponen los pelos de punta.

Está estructurado en dos bloques, en el primero se da una clasificación de diferentes tipos de incompetencia (errores de los mandos por incompetencia o falta de comunicación, de intendencia, políticos…) aportando ejemplos de cada uno de ellos. En el segundo se nos presentan diferentes batallas en orden cronológico siendo cada una un ejemplo de un error concreto. Es trágico pensar que lo siguiente es cierto:

La guerra es el reino del error; cuanto mayor sea la presión a que está sometido un oficial, mayor será la probabilidad de que yerre. De hecho, como escribió Delbruck, la estrategia consiste precisamente en cometer menos errores que el enemigo.

Está centrado principalmente en la historia militar británica. De todos los ejemplos destacaría tres: La expedición a Cádiz de 1625, un cúmulo de despropósitos dificil de igualar, el desastre de Annual una vergüenza sobre todo por la corrupción de la que no nos hemos librado todavía y la guerra de Crimea, donde la burocracia provocó la muerte de muchos hombres por no suministrar la intendencia adecuada a causa de seguir con rigurosidad excesiva el reglamento. A destacar el tema de la protección contra las enfermedades venéreas (dejo extractos de estos apartados).

Realmente da que pensar. Más reseñas aquí: Historia de la incompetencia militar, Geoffrey Regan, Historia de la incompetencia militar – Geoffrey Regan y Historia de la Incompetencia Militar, de Geoffrey Regan

Calificación: Muy ilustrador.

Extractos:
Las enfermedades venéreas causaban más bajas que la guerra:
Las autoridades británicas muy prudentemente se rindieron a la evidencia y permitieron que los burdeles permaneciesen abiertos a condición de que las mujeres se sometieran a reconocimientos médicos periódicos. Como escribió un soldado, en Trípoli se organizaron bien las cosas:
El ejército, con su pormenorizada capacidad administrativa, organizó burdeles en un tiempo sorprendentemente corto y las aceras de Trípoli soportaban el peso de largas colas de hombres en fila de a cuatro, que esperaban con orden y paciencia pagar un dinero para romper la monotonía del celibato que imponía el desierto … Los burdeles para oficiales estaban situados en otra zona de la ciudad…”
Sin embargo, el capellán general del ejército intervino raudamente para cerrar los burdeles oficiales, pero el resultado fue sencillamente que éstos volvieron a abrir aunque las mujeres no pasaban ya sus reconocimientos periódicos. El general Montgomery agudizó el problema al cerrar los burdeles de El Cairo y más tarde los de la zona noroccidental de Europa, con la ayuda de las autoridades canadienses y estadounidenses. Otras «zonas de peligro» notables estaban situadas «fuera de los límites» en Napóles y en Bombay.
Según John Ellis las autoridades militares se equivocaron al tomar esta medida, provocada por la mojigatería de las críticas de ciertos religiosos y cuyos efectos fueron desastrosos.
En Delhi, por ejemplo, el ejército frecuentaba lo que se conocía como burdel del regimiento, en un edificio cercano al Hakman Astoría. La entrada era parecida a la de un cine, con un cabo dentro de una cabina de cristal a quien cada uno daba las tres últimas cifras de su número en el ejército y cinco rupias. El cabo entregaba entonces una nota con el número de una habitación y un «babú» indio le acompañaba hasta ella y le proporcionaba condones. Las mujeres estaban bien pagadas —al menos de acuerdo con las pautas indias— y una vez a la semana pasaban una revisión médica que efectuaban miembros del cuerpo médico del ejército real. Desgraciadamente, esto llegó a oídos de algunos «benefactores» de Inglaterra y se levantó una oleada de protestas. Los burdeles oficiales se cerraron rápidamente, pero esto solamente sirvió para que las prostitutas anduviesen por las calles o por otros establecimientos ilegales. «En menos de tres semanas —según el cabo John Brat del cuerpo médico del ejército real— se llenaron todas las camas de la sala de enfermedades venéreas, antes prácticamente desierta, más todas las que se pudieron habilitar en la terraza.»”
Durante el resto de la contienda la incidencia de las enfermedades venéreas fue muy elevada en todos los escenarios de la guerra, hasta el punto de que causaron más bajas que el propio enemigo. En Oriente Medio la cifra anual de bajas en combate fue de 35,5 por 1.000 en 1941, 31,4 en 1942 y 22,5 en 1943, mientras que las producidas por las enfermedades venéreas fueron 41,2 por 1.000 en 1941, 31,4 en 1942 y 21,8 en 1943. En Italia el número de bajas por enfermedades venéreas fue particularmente elevado, alcanzando un 68,8 por 1.000 en 1945 en un momento en el que las bajas por combate eran solamente de un 9,8 por 1.000. En Burma la cifra alcanzó un sorprendente 157,9 por 1.000 frente al 13,9 de las bajas en combate. No hay que pensar por ello que las cifras alcanzadas por el ejército británico eran poco habituales: en 1943 en Túnez los soldados norteamericanos blancos llegaron a una cifra del 33,6 por 1.000, mientras que los negros alcanzaron un asombroso 451,3 por 1.000.”
Estas cifras eran alarmantes, no por razones morales, sino militares. Está claro que no se puede mantener la eficiencia de un ejército si las lesiones autoprovocadas —entre las que consideramos las enfermedades venéreas— alcanzan semejantes proporciones. Un paciente medio de enfermedades venéreas estaba veinte días en el hospital recibiendo cuidados, en un momento en que existía una grave escasez de soldados y en el que se necesitaban las camas de los hospitales para los soldados heridos en combate. Las autoridades norteamericanas pensaban en los condones como potencial solución, aunque temían ofender a la opinión pública de su país. John Steinbeck describió el problema con claridad, al tiempo que criticaba una hipocresía que pretendía
que cinco millones de hombres y de muchachos perfectamente normales, jóvenes, llenos de energía y concupiscentes abandonasen, durante el tiempo de guerra, su habitual preocupación por las mujeres.
El hecho de que llevasen consigo fotografías de mujeres desnudas, las llamadas pin-up, no le pareció a nadie algo paradójico. La convención era la ley. Cuando el Departamento de Suministros del ejército pidió X millones de preservativos de goma y artículos para prevenir la enfermedad hubo que decir que se utilizarían para proteger de la humedad los cañones de las ametralladoras. Quizás lo hicieron.

Los problemas burocráticos causando bajas:

El oficial médico del Charity, un vapor de hélices anclado en el puerto de Balada va para acoger a los enfermos, se dirigió a tierra para ver al funcionario del comisariado a cargo de las estufas.
—Tres de mis hombres —le dijo— han muerto esta noche con síntomas de cólera, que contrajeron a causa del terrible frío del barco. Me temo que muchos más seguirán por la misma causa.
—¡Bien! Tiene usted que hacer la petición de acuerdo con el procedimiento al uso; enviar el impreso al cuartel general, con las firmas necesarias.
—Pero mis hombres mientras tanto morirán.
—Yo no puedo hacer nada al respecto. Tengo que tener una petición formal.
—Otra noche en las mismas condiciones acabará con mis hombres.
—Realmente no puedo hacer nada. He de tener una petición debidamente cumplimentada y firmada para que pueda darle las estufas.
—¡Por Dios! Déme algunas. Yo me hago responsable de ello.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada semejante.

En el desastre de Annual se perdió hasta el honor, todavía no lo hemos encontrado y la corrupción campa a sus anchas:

Cuando Berenguer conoció esas noticias envió refuerzos a Melilla y declaró a la prensa: «Se ha perdido todo, hasta el honor». Quizá Berenguer tenía razón. La derrota del ejército español en Annual fue el mayor desastre sufrido en siglos por una potencia europea a manos de un ejército «incivilizado». Para España las pérdidas fueron enormes, ya no sólo en prestigio, sino en vidas, material y territorio. Las cifras de bajas oscilan según la fuente, pero incluso las Cortes admitieron más de 13.000 muertos, aunque la cifra más probable sea la de 19.000, ya que los rífenos no hacían prisioneros. Las pérdidas en material incluyen 20.000 fusiles, 400 ametralladoras y 129 cañones; todas las inversiones españolas en el norte de Marruecos —ferrocarriles, minas, equipamiento agrícola, escuelas, puestos militares, etcétera— se perdieron en cuestión de días.
Resulta sencillo criticar al comandante Silvestre, a sus tropas de conscriptos o a los estrategas, que construyeron fuertes y bases y dispersaron sus tropas como semillas por el desierto. Pero los políticos también deberían rendir cuentas por haber permitido que el ejército se desintegrase por falta de suministros y de dinero. La corrupción se había convertido en parte integrante de la vida cotidiana española y en ella estaban implicados tanto los políticos como los profesionales liberales, la iglesia y el ejército. Hizo falta un desastre como el de Annual para que la gente se diese cuenta de las consecuencias de sus acciones. Las revelaciones que salieron a la luz a propósito del comportamiento del ejército español en Marruecos fueron una lección dura de aprender.
Los hallazgos de la comisión de investigación del desastre presidida por el general Picasso revelaron el amplio alcance de la corrupción. Aunque no se podía acusar a todos los oficiales de incompetentes y de corruptos, la mayoría eran ambas cosas. Durante 1920 once capitanes que habían actuado como tesoreros de su cuerpo de ejército habían abandonado el ejército para evitar la acusación de malversación; uno de ellos llegó a suicidarse. El dinero que las Cortes españolas habían destinado a la construcción de carreteras fue a parar a los bolsillos de los altos oficiales. Los oficiales inferiores habían robado todo cuanto habían podido en los almacenes del ejército para venderlo e incrementar así sus salarios. Los oficiales pasaban mucho tiempo lejos de sus tropas y los más veteranos o bien vivían en España o «jugaban y putañeaban» en Melilla.

octubre 20, 2014

Jacques Bonnet. Bibliotecas llenas de fantasmas.

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Jacques Bonnet, Bibliotecas llenas de fantasmas
Anagrama, 2010. 136 páginas.
Tit. Or. Des bibliotêques pleines de fantômes. Trad. David Stacey.

El título no se entiende bien sin esta definición que aparece al final:

Fantasma: papel o cartón que se pone en el lugar de un libro retirado de un estante de biblioteca, de un documento que ha sido prestado.

Suele decirse que, ante un cambio tecnológico o de paradigma, sólo se puede ser apocalíptico o integrado. Pues no, también se puede ser nostálgico y sensato. En este libro el autor habla del amor a su biblioteca con ternura y apasionamiento pero sin ánimo de convencer, criticar a las nuevas tecnologías o erigirse en adalid del papel frente a nada.

Le entiendo a la perfección, ya que me siento igual. Aunque mi biblioteca apenas llegará a los 5.000 volúmenes, entiendo lo que tiene que ser tener una de 20.000, y me gustaría tenerla si las circunstancias de mi vida fueran otras. Dicho esto si eres un lector compulsivo puedes hablar de tu pasión con entusiasmo, sin tener que poner a la literatura como principal vía de acceso al conocimiento (como denunciaba Víctor Moreno en La manía de leer).

Les pondré muchas citas, porque a pesar de su brevedad el libro da para mucho. Si son lectores compulsivos no pierdan el tiempo con ellas y vayan a buscarlo, será como hablar con un amigo.

Lo que pasa cuando se tiene una biblioteca de gran tamaño y sus posibles peligros:

Una biblioteca no especializada, o mejor dicho especializada en tantos campos que acabó siendo generalista. Disertamos durante toda la comida sobre la felicidad y la maldición de nuestra suerte: los libros son caros cuando se compran, no valen nada cuando se revenden, alcanzan precios astronómicos cuando hay que encontrarlos una vez que se han agotado, son pesados, se empolvan, son víctimas de la humedad y de los ratones, son, a partir de cierto número, prácticamente imposibles de trasladar, necesitan ser ordenados de una manera específica para poder ser utilizados y, sobre todo, devoran el espacio. (He llegado a tener un baño con paredes tapizadas de estanterías, lo que imposibilitaba el uso de la ducha y obligaba a bañarse con la ventana abierta para evitar la condensación; y también anaqueles en la cocina, con lo que ciertos alimentos de olor particularmente penetrante estaban prohibidos. Como muchos de mis cofrades, ¡no tuve sino hasta tarde una situación inmobiliaria que me permitiera satisfacer mis ambiciones bibliófagas!) Sólo la pared de mi dormitorio en la que se encuentra la cabecera de la cama ha quedado siempre libre debido a un viejo trauma: me enteré, hace muchos años, de las circunstancias en las que murió el compositor Charles-Valentin Alkan, apodado el «Berlioz del piano»; lo encontraron muerto el 30 de marzo de 1888, aplastado por su biblioteca. Cada hermandad tiene su santo mártir y el mayor de los Alkan, pianista virtuoso admirado por Liszt y que heredó los alumnos de Chopin a su muerte, es sin duda el de los locos por las bibliotecas. Como de las leyendas griegas, existen varias versiones de su trágico final; hay quien dice que fue un pesado paragüero lo que le cayó encima, pero ante la duda… Así pues, poseo en mi discoteca, a modo de homenaje a esta víctima tutelar de nuestra dulce e inofensiva manía, un vinilo RCA clásico con su Gran Sonata Las Cuatro Edades, grabada al piano en enero de 1979 por Pierre Réach.

En mi primer piso compartido en Barcelona una estantería con mis libros se desprendió de la pared y se cayó rompiendo un mueble pero sin que tuviéramos que lamentar daños personales. Yo tampoco dormiría con libros encima de mi cabeza.

La curiosidad por la vida, por el conocimiento, va más allá de la muerte (sabemos que no podremos aprender todo lo que queremos, pero vivimos como si fuera a ser posible). El mejor ejemplo:

(Recuerdo esa historia que leí en algún sitio sobre un condenado a muerte durante el Terror revolucionario que leía un libro en la carreta que lo llevaba a la horca y que marcó la página en la que se había quedado antes de subir al patíbulo.)

O Victor Hugo en Marión De Lorme («El rey: ¿Por qué vives? I L’Angely: Vivo por simple curiosidad»)} La lectura expande nuestra realidad, forzosamente limitada, y nos permite penetrar en épocas lejanas, en los corazones, las almas y las motivaciones de los hombres, así como conocer costumbres ajenas, etc. ¿Cómo detenerse cuando se vislumbra la oportunidad de escapar de un mundo limitado? La libertad estaba al alcance de la mano, se trataba de leer, de leer más y más para poder seguir albergando la esperanza de escapar al propio destino. Para convertirme en un lector bibliómano bastó con añadir a esta curiosidad infinita cierto espíritu sistemático que me empujó a leer todos los libros de un autor, luego los libros sobre su persona, luego los de otro autor, así como todas las obras dedicadas a un tema, la literatura de cierta época o país y, también, que quisiera conservar todos los libros leídos conforme se fueron acumulando y agregar a éstos los recién publicados sobre el tema, y que con el tiempo me fueran interesando más y más temas.

Comparto ese espíritu sistemático que es más raro de lo que parece, pero que tan buenos resultados daba antes de la aparición de internet.

Leer es también olvidar:

Menciona también el olvido en el que caen la mayoría de nuestras lecturas: «De entrada, en la medida en que la lectura es el lugar de la evanescencia, resulta difícil saber con precisión si se ha leído o no un libro.» Ya que incluso cuando el libro se ha leído, y lo suficientemente bien como para que haya ocupado un lugar en nuestra mente, a veces no queda de él más que el recuerdo de la emoción sentida durante la lectura, y nada preciso en lo que a su contenido se refiere (uno sigue regalando el libro años más tarde porque recuerda haber experimentado un gran placer al leerlo, pero es incapaz de comentarlo con el destinatario porque ha olvidado absolutamente todos los detalles).

¡Cuantas veces he regalado Billar a las nueve y media sin acordarme de maldito el detalle! Sólo la sensación de que era un libro maravilloso.

Internet cambia las cosas pero ni a mejor ni a peor:

Se podría pensar que Internet lo ha trastocado todo. Por supuesto que sí, y es incluso una de las razones que me han empujado a escribir este librito. ¿Habría formado la misma biblioteca si hubiera sido de la generación Internet? Probablemente no. Si uno cree lo que dicen las estadísticas sobre el tiempo libre que de promedio pasa la gente frente a una pantalla de ordenador o de televisión, ¿cuándo leer? Internet y la televisión generalizada han eliminado el aburrimiento, que siempre ha sido el aguijón más poderoso de la lectura, pero ¿hay que lamentarlo? Además, la facilidad para conseguir libros a distancia —ya sean nuevos o usados—, la puesta a disposición de los textos fundamentales, la consulta de los textos digitalizados en los que es, por ejemplo, tanto más fácil encontrar un trozo concreto, transforman inevitablemente la condición de la biblioteca, que ya no es más que una manera, entre otras, de acceder al conocimiento.

Resulta increíble que alguien amante del papel escriba algo con sentido común y sin gritar sobre internet, esto es una buena muestra de la inteligencia del autor. Yo tampoco soporto los libros tras un cristal y practico una variante de prestar/regalar los libros:

Y la idea de libros detrás de cristales me resulta, no sé por qué, insoportable. En cuanto al famoso adagio «libro prestado, libro perdido», la solución es muy sencilla: no prestar, sino regalar, y así las cosas están claras. ¡Esto, por supuesto, tiene sus límites!

No es lo mismo buscar que encontrar:

Ahora es infinitamente más fácil que antes encontrar un libro agotado en Abebooks, un sitio que reúne a 13.500 vendedores de libros de segunda mano de todo el mundo. Sí, pero uno encontrará sólo lo que busca, a diferencia de lo que ocurre en una librería de viejo, donde uno puede tropezarse con un libro cuya existencia ignoraba hasta ese momento.

Ante las apariciones marianas, preguntas pertinentes:

En cuanto a Bernard Berenson, cuando se enteró de que se le acababa de aparecer la Virgen a Pío XII, hizo inmediatamente la pregunta que se plantea a todo historiador del arte: «¿En qué estilo?»

Una delicia de libro.

Calificación: Muy bueno.

octubre 17, 2014

José Ramón Alonso. La nariz de Charles Darwin.

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José Ramón Alonso, La nariz de Charles Darwin
Almuzara, 2011. 300 páginas.

Siempre es buena noticia la aparición de un libro de divulgación científica, máxime cuando tiene la calidad, frescura y buen hacer que tiene José Ramón Alonso. Un autor que desconocía y al que intentaré seguir de cerca.

El libro es una colección de mini historias relacionadas con la neurociencia, a veces de forma directa y otras más tangencial. No es, como dicen en la contraportada, al estilo Stephen Jay Gould. Los artículos de éste siempre intentaban llevar agua a su molino, tomaba cosas alejadas de la evolución para acabar relacionándolas dentro de su esquema conceptual. José Ramón Alonso también nos cuenta historias curiosas, nos descubre enlaces desconocidos entre temas aparentemente distantes, pero su afan es siempre divulgativo.

Que sean capítulos cortos tiene un riesgo, es difícil parar, siempre dices uno más y a dormir, pero cuando haces pop, ya se sabe. Lo devoré en dos tandas. Se tratan muchos temas, entre mis preferidos el que trata de los bebés (dejo un extracto), la recuperación de la figura de Negrín, el descubrimiento del Alzheimer, los trucos para enamorar (dejo otro extracto), las vicisitudes del cerebro de Einstein, los principios morales de los monos (dejo extracto y vídeo muy ilustrativo), y el último sobre Fray Junípero y el autismo, que casi me hace llorar.

También aparecen Freud, Dalí, Turing, Lenin, Leonardo Da Vinci, la anorexia, la vacuna de la poliomelitis y un largo etcétera siempre explicados con rigor, con mucha amenidad y con un colofón de referencias donde aprender más sobre los temas. Como curiosidad el final del libro se terminó de imprimir en la fecha es la del nacimiento de John Dalton y nos cuentan un poco de su vida.

Más libros de divulgación como éste hacen falta en el mundo. Otras reseñas: La nariz de Charles Darwin’ de José Ramón Alonso, La nariz de Charles Darwin… y Recomendación literaria: La nariz de Charles Darwin y otras historias de neurociencia.

Calificación: Muy bueno.

Extractos:
El mundo sensorial de los bebés también está muy desarrollado. El olfato es activo desde el momento de nacer. Las sensaciones quimiosensoriales, olfato y gusto, van acompañados desde los primeros instantes de vida postnatal, de reacciones afectivas contrastadas. Hay olores y sabores que causan atracción y bienestar en los recién nacidos, mientras otros les causan rechazo y repulsión. Es curioso que esas preferencias concuerdan bastante con las de los adultos, aunque es dudoso que sean innatas. Jacob Steiner de la Universidad de Jerusalén expuso a recién nacidos a una paleta de distintos olores (plátano, mantequilla rancia, vainilla, marisco y huevo podrido) y los bebés escogen los mismos que usted escogería. Es posible que sea un mecanismo de defensa. Muchos de los olores que nos resultan más desagradables son los que aparecen en alimentos estropeados por lo que su ingestión tendría un alto riesgo para la salud.
No sólo es el olfato el único sentido que ya funciona de una forma significativa en un recién nacido. Un equipo del Instituto de Psicología de Budapest midió la percepción del ritmo en un recién nacido usando un encefalograma. Los investigadores tocaban un ritmo de rock a 14 bebés de dos o tres días de edad, mientras dormían. La secuencia musical tenía en ocasiones una nota menos, un sonido que faltaba. Cuando eso sucedía, el bebé tenía una respuesta cerebral que señalaba que sus expectativas sobre ese ritmo habían fallado, que notaba que faltaba algo. Por tanto, el cerebro de un bebé recién nacido ya sabe seguir y entender un ritmo. No sólo eso, el niño recuerda y prefiere la música que oyó cuando estaba en el útero. Se ha hecho un experimento donde la madre pone una canción que le gusta durante
los últimos tres meses de embarazo. Un año después los niños prefieren esa canción a otra parecida desconocida. Y, en general, les gustan los ritmos vivos, rápidos, antes Mozart que cantos gregorianos.
Quizá lo más llamativo es que desde el principio, las crías de los humanos tienen un poder mágico, el poder de aprender. Los bebés pueden asociar una nueva información a una experiencia sensorial. Schaal y Delaunay-El Allam vieron que si extendían una pomada con olor a manzanilla sobre el seno materno, el recién nacido, que nunca había tenido acceso a esa sustancia, empezaba a preferir ese olor a cualquier otro. El bebé memoriza los olores naturales de su madre, los del pecho, el cuello y las axilas. Parece que los recién nacidos tienen una «teoría mental» sobre el mundo y su capacidad de aprender confronta esa imagen teórica con los datos que van captando de la realidad. Son como pequeños científicos que estuvieran constantemente generando hipótesis y descartándolas cuando las evidencias no encajan. También se ha visto que los bebés antes de saber hablar y entender los roles sociales ya relacionan conceptos como poder y dominio con tamaño. Lotte Thomsen y su equipo de la Universidad de Harvard han usado una pequeña animación de ordenador donde se ven dos bloques de distinto tamaño enfrentados entre sí. Los investigadores registraban hacia dónde miraba el bebé para saber quién esperaba que ganase la batalla y él, tan pequeño e inocente, ya esperaba que ganase el más grande.
La primera gran sorpresa en los estudios sobre las capacidades de aprendizaje de los niños fue qué pronto se desarrollan. Las investigaciones sobre el sistema olfatorio demuestran que el aprendizaje, la memoria, las preferencias de cada uno de nosotros comienzan incluso antes del nacimiento. Se ha visto que aromas complejos como los del comino, el curry, el anís, el ajo, el chocolate o la zanahoria pasan fácilmente al compartimento fetal. Parece que el cerebro del feto puede retener esta información sensorial y aplicarla después del nacimiento, prefiriendo los olores de aquellas cosas que su madre tomó al final del embarazo. Es también curioso que todos los bebés, incluso los alimentados con leche artificial, prefieren el olor de la leche materna,


4) Comparte detalles íntimos de tu vida… pero sin olvidar los riesgos que implica confiar en un desconocido. Arthur Arun, psicólogo de la Universidad de York, llevó a cabo el siguiente experimento: A varias parejas de desconocidos les pidió que pasaran treinta minutos de temas muy personales y que dedicaran luego otros cuatro minutos a mirarse a los ojos. El porcentaje de parejas en las que surgió una fuerte atracción fue muy superior al que habría cabido esperar en otras circunstancias. Por cierto, algunas de las parejas que participaron en este estudio para valorar las ventajas de compartir detalles íntimos terminaron en boda.


Mi experimento favorito de De Waal es uno en el que se entrenaba a monos capuchinos a realizar un test sencillo cuya recompensa era un trocito de comida: un pedazo de pepino. Ocasionalmente cambiaban la recompensa por algo más dulce y atractivo, mucho más tentador, una uva. Se ponía a dos monos juntos a hacer el mismo experimento, de manera que se veían entre sí. Si los dos monos eran premiados con pepino, les gustaba hacer el test y lo repetían siempre que se les proponía. Son como nosotros, les gusta la novedad, la competencia, los retos, resolver un enigma. Pero si uno de los dos monos empezaba a recibir uvas como recompensa y el otro seguía con los trozos de pepino, el que recibía pepino miraba asombrado, luego se enfadaba y tiraba el trozo de comida (de hecho se lo tiraba al experimentador) y finalmente se iba a una esquina de la jaula y se negaba a hacer más tests.

octubre 15, 2014

Víctor Moreno. La manía de leer.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 7:28 am
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Víctor Moreno, La manía de leer
Caballo de Troya, 2009. 398 páginas.

Ni dedicando más tiempo y extensión podré en esta reseña reflejar mínimamente las reflexiones, comentarios y opiniones sobre lo que se expone en este libro. Lo ideal hubiera sido tener un diálogo con el autor, pero como se dice en el mismo texto leer -por mucho que se nos diga lo contrario- nunca es ese diálogo. El autor suelta un sermón y uno asiente con la cabeza o replica enfadado pero ¡ay! no vamos a tener respuesta.

Como en la falacia naturalista, que parte de la base de que lo natural es bueno, también se nos dice que la lectura es lo más. Leer nos hace inteligentes, cultos, más libres, mejores personas, puede que incluso más guapos. Los libros son muy buenos y otras cosas, como la televisión, son muy malas. Eso sí, pruebas, ninguna.

Se recopilan muchos fragmentos de diversas personalidades que defienden la lectura y la verdad es que, puestas todas en fila, dan un poco de vergüenza ajena. El autor reparte estopa a diestro y siniestro sin dejar títere sin cabeza. Insistiendo en que afirmaciones, muchas, pero pruebas, pocas o ninguna. Aunque yo mismo he criticado muchas veces la sacralización de la lectura, reconozco también haber caído alguna que otra vez en esta alabanza sin medida de los libros. Espero no haber perdido mucho el norte. Hay otras actividades que también tienen esta aureola de bondad intelectual (pienso, por ejemplo, en la música clásica), pero es verdad que no son tan pesados. En esta sociedad si no lees eres un paria intelectual, aunque seas premio Nobel en física.

¿Quién es este Víctor Moreno, que ataca a quienes defienden la lectura? ¿Un enemigo de los libros? ¿Un científico envidioso de la reputación de las humanidades? ¿Un ecologista que quiere impedir la tala de árboles? Todo lo contrario. Copio la minibiografía de lecturalia: Escritor y filólogo, Víctor Moreno es conocido por sus obras y artículos dedicados al fomento de la escritura y lectura en las escuelas.. Ha escrito libros con títulos tales como Cómo hacer lectores competentes : guía práctica : reflexiones y propuestas o Leer con los cinco sentidos, aparte de confesarse lector impenitente.

Pero nada tiene que ver defender la lectura con cargarle unas virtudes exageradas y sin demostración. ¿Nos hace mejores personas? Que se cite algún estudio. ¿Nos hace más libres? Que se expliquen los mecanismos. ¿Hay un tipo de conocimiento que sólo se puede adquirir por este medio? Que se diga cual. ¿Correlaciona el nivel de lectura de un país con su felicidad? Parece ser que no.

Aunque he disfrutado leyendo este libro como un cochino jabalí, tengo bastantes críticas que hacerle. La más importante es que la mayor parte de los ataques se basan en diferentes versiones de Eso lo dirás tú, que si bien no le falta razón, se hace repetitivo. Por otro lado para negar que la lectura nos hace mejores personas -algo con lo que estoy bastante de acuerdo, aunque no del todo- se limita a decir que hay personas horribles muy leídas (asesinos, etcétera). Si criticamos la defensa por falta de pruebas no podemos criticar también con tan exiguos ejemplos.

Hay más cosas; comenta, por ejemplo, que en clase discutieron si Sherezade hubiera durado las noches que duró si no hubiera estado buena, concluyendo que no. No sé que derroteros tuvo esa conversación, pero no estoy de acuerdo. Nada nos molesta más que tener un cuento a medias, como bien saben los guionistas de las series. Y es que podemos vivir sin libros, pero no sin historias. Vengan estas de los libros, por tradición oral, por la televisión, cine, chismorreos de amigos o reality shows (una forma de ficción, sí, mal que le pese a algunos, que triunfa porque es capaz de generar contenido sin necesidad de guión).

Si damos eso por sentado es mi opinión, para la que no tengo ningún estudio contrastado, salvo mi experiencia particular, que la literatura es la forma de transmisión de historias que posee más densidad comunicativa, posibilidades de experimentación formal, flexibilidad y sería, por lo tanto, la más eficaz a la hora de promover lo que sea que promueva el escuchar historias (comprender el mundo, aportar conocimientos, entretenerse o nada de lo anterior). Pero igual no, que tampoco pasa nada.

Tendría mucho más que decir, pero no tiempo para decirlo, así que cierro con algunos comentarios basados en algunas citas (no he elegido muchas porque podría haber estado citando el libro entero y tmapoco era plan). La diferencia entre los libros y la realidad:

El contrapunto a este optimismo de Forster lo encontramos en otro escritor inglés, Julián Barnes, quien, irónicamente, sostiene:

En los libros las cosas quedan explicadas; en la vida, no. No me extraña que la gente prefiera los libros. Los libros le dan sentido a la vida. El único problema radica en que las vidas a las que dan sentido son las de otros; jamás a la del lector».

Que es lo mismo que mantenía Chesterton:

Los libros y las baladas hablan del bravo capaz de matar a un hombre o de arrojarse a los abismos del opio, mas incapaz de incurrir en falacia, cobardía, ni cosa alguna mezquina. Pero los seres humanos, como en realidad son, sienten sólo ocasionalmente la tentación de matar o de fumar; la tentación permanente de los seres humanos es la de ser vagos y mezquinos.

La labor del profesor es enseñar a leer bien, no a hacer lectores, y enterremos de una vez lo de que la educación tiene que ser divertida. Un docente tendrá que intentar hacer su asignatura lo más entretenida posible, pero si no lo es, no pasa nada, que el aprendizaje requiere un esfuerzo:

Si el alumnado asegura que leyendo se aburre, algo estará tallando en su encuentro con los libros. El aburrimiento es una llamada de atención acerca de los procesos de enseñanza y de aprendizaje que están teniendo lugar en el aula. Pues conviene admitir que en la mayoría de las ocasiones los caminos de la enseñanza van por Pinto y los del aprendizaje por Moro.
Es verdad que no todas las personas están llamadas a seguir la senda de la lectura, pero es importante que leer, lo que se dice leer, como dominio técnico, se haga bien. Para que, cuando alguien quiera hacerlo, lo haga libremente. Que es, al tin y al cabo, lo que hace todo el mundo. Leer cuando te apetece. Es imposible que alguien desee andar en bicicleta, si no sabe hacerlo. En esa situación, no dispongo siquiera de la posibilidad de elegir. Lo mismo le pasa al que no sabe leer. Es imposible que elija la lectura como ocio, si no sabe leer bien. Y, para leer bien, hav que leer mucho.
La lectura forma parte de todos los aprendizajes curriculares. A ningún alumno se le pide que experimente placer resolviendo problemas de matemáticas o aprendiéndose los nombres de los otidios o quelonios más representativos. Lo cual no estaría mal: aprender física y química por placer.
El compromiso de todo profesor es desarrollar la capacidad intelectual de sus alumnos para que éstos aprendan. Si, además, el alumnado se lo pasa bien, pues estupendo. Pero no es condición imprescindible ser gracioso para ser un buen profesional de la tiza curricular y significativa. Tampoco se puede medir la profesionalidad del profesorado si hace o no hace lectores, o si se interesa o no por hacerlos o deshacerlos. No es ése su cometido principal.

Por último se afirma que no elegimos nada, algo con lo que puedo estar en desacuerdo o no pero comenta esto y resalto un fragmento:

En realidad, ¿qué es lo que decidimos en la vida? El edificio de la moral sostenido en la voluntad está construido de materiales bastante deleznables. Nada de lo que fundamenta nuestra existencia lo hemos elegido: ni el lugar de nacimiento, ni los padres que tenemos —al alumnado que pregunto si cambiarían de padres caso de poderlo hacer, el noventa por ciento responde que sí—, incluso todo aquello a lo que podemos aspirar está colocado en el escaparate de las circunstancias.

Puede que su alumnado cambiaría a sus padres si pudieran hacerlo, imagino que serán edades entre 14 y 18 años. Si preguntáramos a niños pequeños, digamos que hasta 8 años, sus padres son dios, no los cambiarían por nada. Si preguntáramos a mayores de 30, es posible que el porcentaje se invirtiera y sólo un 10% hiciera el cambio. Si preguntamos a quien ya ha tenido hijos, no creo que hicieran ningún cambio y si bien sus padres ya no volverán a tene el estatus de dios, bien pudiera ser que les parezcan unos superhéroes. Así es como yo los veo ahora.

Otras reseñas: Víctor Moreno – La manía de leer, [Libro] La manía de leer, de Víctor Moreno y La manía de leer – Víctor Moreno. Cada una destaca algo diferente que yo mismo no he destacado, con lo que se confirma también lo que dice el autor en el libro; no hay dos lecturas iguales.

Calificación: Muy bueno.

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