Cuchitril Literario

Mayo 27, 2005

[*] Ernesto Sabato. Abaddón el exterminador.

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Editorial Seix Barral, 1984. 480 páginas.

Acceder al absoluto

De Sabato (o Sábato, que de las dos maneras lo he visto y no se con cual quedarme; en la edición que manejo es Sabato y así lo dejaré) siempre me venía a la memoria una anécdota que creo haber leído en la biografía verbal de Borges, que venía a decir así:

“Hace tiempo -comentaba Borges- una periodista me preguntó mi opinión sobre Ernesto Sótano, y yo le contesté -Ernesto Sótano, sí, ese escritor que siempre está escribiendo sobre túneles y tumbas, ¿quién no conoce a Ernesto Sótano? “

A pesar de tener esta anécdota en la cabeza desde hace más de diez años, y de saber de la calidad de este autor, no fue hasta el año pasado que leí ‘Sobre Héroes y tumbas’, su novela más famosa. Un libro pertubador y poderoso, que no me dejó indiferente. Así que me animé a comprar este ‘Abaddón el exterminador’ para ir leyendo su producción, y me he encontrado con la sorpresa de que este es el tercer y último libro de ficción que escribió Sabato, y que el primero -El Tunel- ya me lo había leído -sólo que no recordaba quién era el autor. Así que de una tacada me he leído las obras completas. Eso es eficacia.

Puede resultar extraño que con sólo tres obras (realmente importantes sólo una -y de ésta la más famosa es una parte; el informe sobre ciegos) haya conseguido este autor hacerse un hueco en la historia de la literatura universal. Pero es que la calidad de las mismas lo valen. Emparentado con la escritura atormentada de Poe y Kafka, sus escritos tienen la capacidad de remover los miedos ocultos -y oscuros- que nuestro interior esconde.

Siempre he minusvalorado la importancia de la literatura en la vida cotidiana, aunque tire piedras sobre mi propio tejado, frente a la creencia común de que la lectura es una experiencia cultural ‘de élite’ y los esloganes habituales que dicen ‘hay que leer’ ¿Por qué? Hay que leer si te gusta, si no, puedes llevar una vida perfectamente normal sin hacerlo. Pero cuando uno lee determinados libros, no puede evitar reconocer que hay ciertos tipos de experiencias que sólo pueden realizarse a través de la literatura. El cine sólo puede transmitirlas con grandes dificultades, el teatro, por su cercanía, un poco mejor. Pero es sólo tras la lectura de un buen libro cuando un autor puede transmitirnos un mensaje personal de tú a tú, a través del tiempo y las distancias. Dejemos que lo explique el propio Sabato:

Una novela sobre esa búsqueda del absoluto, esa locura de adolescentes pero también de hombres que no quieren o no pueden dejar de serlo: seres que en medio del barro y del estiercol lanzan gritos de desesperación o mueren arrojando bombas en algún rincón del universo. Una historia sobre chicos como Marcelo y Nacho y sobre un artista que en recónditos reductos de su espíritu siente agitarse esas criaturas (en parte visulmbradas fuera de sí mismo, en parte agitadas en lo más profundo de su corazón) que demandan eternidad y absoluto. Para que el martirio de algunos no se pierda en el tumulto y en el caos sino que pueda alcanzar el corazón de otros hombres, para removerlos y salvarlos.

Con estas palabras, entre otras, arranca la novela, una novela ‘total’, mezcla de historia, poesía, ensayo, y novela en estado puro. Una novela en la que, destrozando los límites del texto, el propio autor es un personaje más, y con ese cometido; el de personaje. Algo que, con posterioridad utilizarán otros escritores (y me vienen a la cabeza Auster, Amis, o, sin ir más lejos, el propio Javier Marías). Una novela que fascina por su lucidez y por su oscuridad. Por su aire de explicación y justificación y por el sufrimiento que pone Sabato en sus páginas. En muchas de las biografías que he leído para poner la que complementará estas páginas pone que Sabato no puede ‘leer ni escribir’ por prescripción facultativa, y, de ser cierto la mitad de lo que en las páginas de ‘Abaddón’ puede leerse, es perfectamente comprensible.

‘Abaddón..’ viene a complementar y cerrar ‘Sobre Héroes..’ y ya en el propio libro recomiendan no acometerlo sin haber leído el otro. Suscribo esta opinión, porque muchas veces te dan ganas de tener el libro al lado para ir consultando cosas (yo no pude hacerlo porque, o bien el libro se ha escondido bien en mi biblioteca, o bien lo cogí prestado de alguna biblioteca ajena y ya lo devolví, porque dentro de las dos categorías de tontos establecidas para los bibliofilos -los que prestan libros y los que los devuelven-, yo pertenezco a las dos). Es un libro de difícil resumen porque no tiene ‘tema’ o, como dice Sabato, ‘el asunto’. El libro se sustenta, principalmente, en tres historias; la de Bruno, un joven rebelde, escritor inconformista, la de Marcelo, cuya colaboración con la revolución le acarreará trágicas consecuencias, y la del propio Sabato, atormentado y perseguido por sus demonios. Hay más personajes (impagable el de Quique con su ingenio de fuego de artificio y, no obstante, sensato, y tierno, dolorosamente profundo, el de Carlucho, del que transcribo este fragmento como aliciente a todo el que quiera dejar de fumar: ‘A lo treinta año, cuando mi viejo tenía treinta año, el dotor Helguera le dijo a mi viejo vea don Salerno o deja de fumá o se muere en sei mese. -Y tu padre? -Mi padre? Qué te creé, vo. Mi padre era duro como fierro. Dejó de fumá y sanseacabó. Así son lo hombre, no esto tirifilo de ahora que te dicen que si pueden, que si no pueden, que sí, que no, que el cigarrillo, que no el cigarrillo, que el vicio, que no el vicio. Todo Manflora’).

Una novela que, como explica y define el propio autor en el libro (siendo estas disgresiones sobre el estilo unas de las mejores partes del libro), no se toma excesivas libertades estilísticas, pero que posee una estructura compleja y sabrosa. Desde las descripciones de los rituales ocultistas destinados a aliviar los maleficios de Sabato, hasta la narración de los últimos días del Che en boca de un joven guerrillero. Sabato no entiende el mal, aunque le fascina, y lo ve real, tangible, casi palpable; así se siente en sus novelas, y así intenta explicarnoslo, advertirnos, quizás prevenirnos para que podamos escapar de su influencia.

No se si la literatura podrá salvarnos. Si con la lectura podremos ayudar a construir un mundo mejor. Sabato necesitaba intentarlo ¿Lo haremos nosotros?

(Un día, un libro 46/365)

Mayo 26, 2005

Juan José Millás. Trilogía de la soledad.

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El desorden de tu nombre. La soledad era esto. Volver a casa.
Alfaguara, 1996. 457 páginas.

Realidad desdibujada

Lo primero que leí de Millás fue su libro ‘Tonto, muerto, bastardo e invisible’. Desde entonces he leído todo lo que he podido de él, y viendo su producción en la página de club cultura veo que como mucho he leído la mitad. Encontré este libro en un puesto de segunda mano que me es muy querido. Cerca del mercado de la Boquería, en las Ramblas, en la calle de las Cabras pueden encontrar libros de segunda mano muy buenos a muy buen precio. Cinco euros me costó éste a mi, prácticamente nuevo y con tres novelas.

Me permitirán que copie la sinopsis, porque llevo hoy mucho escrito:

El desorden de tu nombre

Julio Orgaz, cuarentón divorciado que trabaja en una editorial, frecuenta al psiquiatra Carlos Rodó y conoce en un parque de Madrid a una mujer casada, Laura, en quien cree reconocer una reencarnación de su amante Teresa Zagro, muerta en accidente poco tiempo atrás. Su relación se consuma y la pasión les arrastra a la idea de matar al marido de Laura, que no es otro que el doctor Rodó.

La soledad era esto

Narra la historia de una mujer en crisis. Relata la pérdida de identidad propia de la protagonista, al tener ésta como único punto de referencia la soledad. En la obra va desapareciendo la figura del narrador en la medida en que la mujer toma conciencia de su propia existencia.

Volver a casa

Juan, el protagonista, está empeñado en conocerse a sí mismo, es decir, en saber quién es. Difícil lo tiene Juan, o José, que de las dos maneras puede ser nombrado, según sus cambios de identidad, si quiere alcanzar la unidad de su ser en la vida y en la muerte. En principio fue José, pero luego, tras la permuta con Juan, su hermano gemelo, cambió de nombre y de personalidad. Pasados los años opta por recuperar su filiación anterior.

De las tres me quedó con la primera, que tiene momentos excepcionales. La que menos me ha gustado ‘La soledad era esto’. Sin duda una buena recopilación de novelas de un buen escritor. Asómense a sus páginas, que no les decepcionará.

(Un día, un libro 45/365)

Mayo 25, 2005

[*] Manuel Vázquez Montalbán. Milenio Carvalho. 2 En las Antípodas.

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Editorial Planeta, 2004. 413 páginas.

Final de Viaje

Continua el viaje de Biscuter y Carvalho alrededor del mundo, manteniendo la mínima trama argumental. Se reencontrará con Bangkok, escenario de ‘Los pájaros de Bangkok’, continuarán por Singapur, trabajarán en un crucero donde Biscuter conseguirá imponer su memoria culinaria a todo el pasaje, conocerán a ricos (y odiosos) exfalangistas, viajarán a Australia, se convertirán en improvisados (y no muy expertos) tripulantes en un velero que atravesará el pacífico capitaneado por un vasco, antiguo etarra, recalarán en Chile, viajarán a Argentina siguiendo la ruta del exilio de Neruda, recuperará Carvalho el ambiente y las amistades del ‘Quinteto de Buenos Aires’, incluyendo a un extorturador repentinamente sentimental, descenderán hasta la tierra del fuego, visitarán Brasil el tiempo justo para conocer a una ONG que los transportará en un vuelo charter hasta Dakar, y les hará de guías por el norte de áfrica, descubrirán en Alejandría al protagonista de la ‘Rosa de Alejandría’, habrá un viaje en patera, un reencuentro en una fecha tan señalada como navidad, y un final que se desliza suavemente en la irrealidad, como recordando aquel lejano origen de ‘Yo maté a Kennedy’.

Todo un despliegue de lugares, personajes y, por supuesto, comidas para enseñarnos que el mundo sigue dividido en vencedores y vencidos, globalizadores y globalizados, dejando claro donde están las simpatías de un autor que, a pesar del cinismo, el distanciamiento, y el pesimismo finalista que intenta transmitir con Carvalho, no puede evitar dejar la puerta abierta a la esperanza, no sólo en el personaje de un Biscuter cada vez más protagonista y más ilusionado, también en la multitud de personas que creen, como bien dice uno de los protagonistas que ‘Llegará un día en que podremos impedir los imperios’.

Libro de aluvión, en el mejor sentido de la palabra, resumen y compedio de la trayectoria de Carvalho, de las ideologías con que nos enfrentamos o sobrellevamos, y de las esperanzas y miserias repartidas por todo el planeta. Libro-denuncia, también, aunque no sea su intención principal y descarada, y libro solidario con todas las causas perdidas, perdidas de antemano ante unos poderes que las superan, causas muchas veces perdidas pero siempre justas. Libro crítico, en especial, con todas las religiones en su vertiente alienante, irracional y causante de buena parte de las desgracias de este mundo. Libro, para terminar, imprescindible.

Y definitivo. Muerto Montalbán, acabar este libro era para mí un homenaje y una despedida. Siempre he creído que los lectores mantenemos un diálogo secreto con los escritores, diálogo unilateral -es posible-, pero real. Y Montalbán ha acabado su último discurso, su último análisis de esta realidad tan fea tantas veces, pero donde caben tantas cosas. Y tengo una tristeza agazapada y una extrañeza en el alma porque la muerte es, casi siempre, difícil de aceptar.

¿Como no recomendarlo? Sólo un pequeño consejo: que no sea el primer libro del autor que leamos; dejemónos empapar antes de su peculiar universo dialéctico, de sus filias y sus fobias personales, de sus paradigmas omnipresentes que siempre dejaban sensación de firmeza, aun cuando uno no estuviera de acuerdo. Dejemos para el final este libro, no para cuando apreciemos la calidad de la literatura de Montalbán, sino para cuando la miremos con cariño.

(Un día, un libro 44/365)

Mayo 24, 2005

[*] Manuel Vázquez Montalbán. Milenio Carvalho. 1 Rumbo a Kabul.

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Editorial Planeta, 2004. 421 páginas.

La vuelta al milenio en ochenta mundos

Si comentaba el otro día que Juan Madrid era un escritor de novela negra ‘de casta’, muy diferente es el caso de Manuel Vazquez Montalbán. Todas las novelas de la serie de Carvalho, pese a estar inscritas en la más pura tradición de la novela negra, siempre han sido una excusa para que el autor nos obsequiara con un fino análisis sociológico-literario de su entorno más cercano. No en vano la génesis de Carvalho se encuentra en la novela ‘Yo maté a Kennedy’, una pirotecnia verbal y estilística más cerca de Breton que de Hammet. Pero con independencia del uso libertino de Montalbán del género, siempre se ha ceñido a los canones del mismo, con unos argumentos que algunas veces rondan lo sublime (como en el caso de ‘Los mares del sur’, quizá mi preferida).

No es este el caso. En Milenio Carvalho, Montalbán pasea a la pareja protagonista por un viaje alrededor del mundo, con la única (y difusa motivación) de una posible persecución de Carvalho por parte de un pez gordo barcelonés. Aprovecha el autor para presentarnos una extensa y curiosa galería de personajes, y una cartografía territorial y culinaria digna de aparecer en las mejores enciclopedias.

Bajo el nombre falso y extremadamente literario de Bouvard y Pecuchet (porque hubiera sido imposible utilizar los de Quijote y Sancho), viajarán a Italia, Grecia, Israel, Turquía y Kabul, perseguidos por misteriosos sicarios, envueltos en turbios asuntos de droga, convertidos en forzosos emisarios del Mosad, llegando a convertirse en secuestradores al estilo Willy Fog. Por el camino se presentarán Madame Lissieux, una francesa que desaparecerá misteriosamente, Malena, una argentino-israelí agente del Mossad y Paganel, un descreído empeñado en hacer una cartografía de las religiones del mundo.

Una primera parte que termina en el triángulo del opio, y que, leída con la muerte de Montalbán todavía en la memoria, sabe a despedida y a premonición. Las referencias a la muerte son contínuas, y uno no sabe si es que era intención del autor despedirse por fin de Carvalho, o que de alguna manera era él quien se despedía de nosotros. Siempre se ha señalado la circunstancia de que, al contrario que en casi todas las obras del género, Carvalho envejeciera con el tiempo; algo indispensable si quería ser un reflejo de la sociedad de su momento. Y, al fin y al cabo, todo escritor pone algo de su alma en cada personaje.

A la mitad de recorrido, con todavía la incertidumbre de como acabará este viaje, acompaño a Biscuter y Carvalho con ilusión y esperanza.

(Un día, un libro 43/365)

Mayo 23, 2005

Juan Carlos Onetti. Dejemos hablar al viento.

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Editorial bruguera, 1981. 254 páginas.

Cierre de un ciclo

Siempre me ha parecido sorprendente, o cuando menos injusto, que existan excelentes escritores que, sin embargo, sean relativamente desconocidos. Este es el caso de Juan Carlos Onetti, uno de mis escritores preferidos. Si alguien piensa que exagero, le propongo un juego. Vayan al google, escriban el nombre de un escritor, y vean cuantas páginas encuentra. Los resultados no son científicos, pero dan que pensar. Vean aquí una muestra:

Gabriel Garcia Marquez 511.000
Mario Vargas Llosa 255.000
Alejo Carpentier 92.200
Juan Carlos Onetti 27.900

Sin querer provocar enfados en los muchos admiradores de los dos primeros, en mi humildísima opinión los dos últimos tienen una calidad literaria superior. Pero así están las cosas. En la portada de este libro cuentan que fue candidato al nobel en 1980. Otra oportunidad perdida para dignificar el premio.

Heredero, al igual que Benet, de Faulkner, sus cauces literarios también son distintos que los del maestro. Faulkner dejó discípulos, pero no imitadores, y si Benet escogió el depurar el camino del estilo, Onetti prefiere ahondar en los sentimientos y nos deja una galería de personajes sórdidos y atormentados. Si Faulkner tuvo su Yoknapatawpha, y Benet su Region, Onetti tiene la ciudad de Santa María, escenario de sus novelas ‘La vida breve’, ‘Una vida sin nombre’, ‘El astillero’, ‘Juntacadáveres’, ‘La muerte y la niña’, y esta que nos ocupa, que cierra el ciclo de Santa María. Veamos el comentario de su página oficial:

La culminación del ciclo novelesco que gira en torno a Santa María. Su protagonista principal, Medina, médico frustrado, pintor amparado por una prostituta y comisario inmerso en el fracaso y el alcohol, es el eje central de esta nueva metáfora sobre la condición humana. Amordazados a sus vidas grises y vacías, Medina, sus amantes y todos los demás personajes permanecen impasibles y resignados, a la espera quizás de ser engullidos, en última instancia, por la nada en que se disuelven sus vidas y sus ya olvidados sueños.

El protagonista, amparado por una prostituta, ejercerá en Lavanda los oficios de médico-enfermero y de pintor de poca monta. De vuelta en Santa María retomará el cargo de comisario, pero no con eso mejorará su destino.

Esta es su página oficial, con múltiple y variada información. No es la única, aquí tenemos más y también aquí. Un autor de los que te dejan huella.

(Un día, un libro 42/365)

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