Cuchitril Literario

Febrero 11, 2006

Terry Pratchett. Hombres de armas.

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 9:55 pm
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Ed. DeBols!llo, 2005. Trad. Albert Solé.
Tit. Original: Men at arms, 1993. 351 pág.

HombresArmas
Canción triste de Ankh-Morpork

Con el reciente lanzamiento de Mascarada es apropiado traer otra reseña más del gran Pratchett. Este libro iba a prestármelo, en principio, mi amigo Mezcal, pero lo vi estas navidades en edición de bolsillo y, ¿que quieren? la carne es débil, y la mía este invierno lo ha sido bastante.

Si los protagonistas de otros libros del Mundo Disco son hechiceros, equipajes mágicos, brujas e incluso la muerte, en este cambiamos de registro y serán los humildes policias de la ciudad de Ankh-Morpork los protagonistas. Pero ya saben que en la policia no existe la discriminación de minorías étnicas y para capturar al misterioso asesino -no afiliado al gremio- que anda suelto por las calles con una nueva y mortífera arma el capitán Vimes contará con la inestimable ayuda del cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalificado de la carrera evolutiva por hacer trampas). El caos está asegurado… y también la diversión.

Quizá es por ser la primera vez que me encuentro con estos protagonistas, pero es uno de los libros de este autor que más me ha gustado. Cierto es que con cualquiera de las ideas que a Pratchett le sobran (y que aprovecha para esos increíbles pies de página) otros escritores escriben tomos de mil páginas, pero también es cierto lo que afirma mi buen amigo y recientemente vuelto a la actividad bloguera The Happy Butcher; mucho Pratchett puede llegar a aburrir.

Yo, que no tengo medida, en vez de tomar el descanso oportuno, me he vuelto a embarcar en la lectura de otro libro con los mismos protagonistas (El quinto elefante). Sé que a los seguidores habituales no hace falta convencerlos, pero si no lo conocen es mi deber advertirles: se están perdiendo algo importante.

(Un día, un libro 306/365)
Escuchando: Man or mouse. Magic Slim.

Febrero 10, 2006

Wenceslao Fernández Flórez. Las gafas del diablo.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 8:36 pm
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Espasa Calpe col. Austral 1940, 1943, 1944, 1946 y 1952. 146 páginas.

GafasDiablo
Derroche de ingenio

De Wenceslao sólo había leído ‘El bosque animado’, una novela tan productiva que dos películas le deben su guión, la de 1987, dirigida por José Luis Cuerda y la de 2001, de animación, dirigida por Ángel de la Cruz y Manolo Gómez. La novela me gustó lo suficiente como para querer repetir, pero hasta hace poco no pude encontrar este libro de saldo en el -cómo no- mercado de San Antonio.

El libro es una colección de artículos costumbristas, y empecé a leerlo con un poco de hastío. Nunca he sido amigo de recolecciones periodísticas y en el primer artículo el autor nos cuenta als vicisitudes que tuvo que pasar para cobrar un cheque, novedad del momento (casualidades de la vida, en esos momentos estaba cobrando yo uno). Recuerdo que pensé que como todo el libro fuera así, comentando peculiaridades de la vida de hace diez lustros, tostón a la vista. Menos mal -me consolé- que no tiene muchas páginas…

La cosa cambió con el siguiente artículo, ‘Lances entre caballeros’ que empezó a arrancarme las primeras sonrisas. ‘Psicología de los banquetes’ puede leerse hoy en día sin cambiar ni una coma. La cosa empieza a animarse con ‘Teoría del Gallego’, que empieza a alcanzar cotas de obra maestra. El autor empieza confesando su aversión a las entrevistas y narra el final abrupto de la primera que le hicieron:

Suspiramos los dos ruidosamente. Luego me preguntó:

—¿Cuáles son los escritores favoritos de usted?

—Zutano, Mengano y Perengano —dije.

Pero mientras escribía los nombres, se me ocurrió que esta declaración mía habría de agraviar a J., a H. y a K., y los cité también. E instantáneamente pensé que los literatos que encuentro en algún café o en algún círculo y los que me envían sus obras, y los que no pueden publicarlas, y muchos que ni siquiera puaden escribirlas, y -todos aquellos, en fin, con quienes charlo o con quienes cambio un saludo, habrían de dolerse de mi olvido y no me perdonarían jamás el no tenerles en mi devota preferencia, cuando esta preferencia iba a ser expresada públicamente en un periódico. Entonces comencé a pronunciar nombres y nombres.

Primero fui leyéndolos en el lomo de los libros de mi biblioteca; luego apelé al cuaderno de direcciones, a la memoria, a las cartas viejas, a los periódicos atrasados.

—Escriba usted: Pérez, el ilustre Pérez; López, Gómez, Fernández, un tal Juanito, de mi pueblo, que no recuerdo ahora cómo se apellida, pero al que todos le llamamos Juanito; González, Ramírez, Menéndez …

Era un censo, un verdadero censo. Mi colega sudaba. Llenó de garabatos tres cuartillas, diez, veinte cuartillas …

—¡Basta ya! —rogó, extenuado.

—Perdone usted —objeté—; creo indispensable consignar todos mis escritores favoritos. No pasaremos a otro asunto mientras tanto.

Al fin dijo que volvería al día siguiente con un taquígrafo, y se fue alabando mi erudición con dolorido tono.

No volvió.

Y acaba contándonos como transcurrió su entrevista con un político ilustre, ex ministro de la Corona. ¿El tema? El problema de las regiones ¿Sus opiniones? Poniendo como ejemplo a los gallegos, el sabio político demostrará su conocimiento de la región gallega.

El artículo sobre el cuplé también esconde alguna joya:

Cuando hay cupletistas, sus canciones pasan a una previa censura: se limitan por centímetros sus escotes y se les hace entender que la Empresa prefiere el uso de las medias de algodón. No se toleran alusiones dudosas ni frases de doble sentido. Se exige una escrupulosa formalidad. Cierta cupletista de repertorio regional cantó una noche la conocida canción asturiana que dice:

Caminito del puerto
ya no va nadie.
Ya no va nadie, no;
ya no va nadie, sí;
ya no va nadie.

Al día siguiente la llamó la Empresa.

—Hemos observado —le dijeron— que en su repertorio hay una canción poco seria. Es una en que asegura que nadie va por el camino del puerto. Eso bastaría para disgustarnos, porque no queremos que en el puerto creanque nosotros le tenemos inquina. Pero es que inmediatamente dice usted: «ya no va nadie, no; ya no va nadie, sí». Y esto no lo podemos tolerar. Esta casa es muy seria. Nuestros abonados salen de la función sin saber, a la postre, si va alguien o no va nadie por ese camino. Nuestros abonados son gentes tranquilas; son rentistas apacibles, señores del Roperillo de San Juan, jóvenes de buenas costumbres y jefes de familia bien. Ninguno de ellos viene aquí para buscar preocupaciones. Usted les dice: «Ya no va nadie, sí; ya no va nadie, no», y les quita el sueño. ¿Es sí? ¿Es no?… Decídase usted por uno de los monosílabos.

En todo caso, elija usted una fórmula intermedia. Puede usted decir, por ejemplo, que le parece que ya no va nadie por ese camino, sin que pueda asegurarlo muy concretamente; que usted lo ha oído decir por ahí… Cualquier cosa, en fin; pero sin contradecirse …

Y cuando la cupletista iba a retirarse, la Empresa añadió:

—¡ Oiga! … Y … en el caso de que insista usted en que ya no va nadie… pues … a ver cómo se las arregla para decir que no va nadie al puerto asturiano porque todo el mundo viene a este otro puerto, que tiene una hermosa playa, un Gran Casino, hoteles de primer orden e hipódromo … Esto como cosa suya, ¿eh?

Pero basta de citas, o me saldra una entrada descomunal. Les apunto el resto de títulos, como es costumbre en este Cuchitril:

Los ricos y los pobres
La madre Naturaleza
El ilustre americanista
El asesinato como función social
Los viajes
El tapete verde
Los remeros
Los pelotaris
Meditaciones sobre el «Juanito»
Jerusalén libertada

Todos son muy buenos, pero con ‘Los Viajes’ no podía reprimir las carcajadas. Como ven, mis vaticinios eran equivocados; no sólo no es un tostón, sino que es el libro más gracioso que he leído este año, y al final ha sido una pena que tuviera tan pocas páginas.

Si el ‘El bosque animado’ me gustó, con éste he acabado de enamorarme del autor. Si hacen la prueba, creo que no quedarán defraudados.

(Un día, un libro 305/365)
Escuchando: Baila la pulga. Los Brincos.

Febrero 9, 2006

Connie Willis. El libro del día del juicio final.

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 7:56 pm
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Ed. B, 2005. 782 páginas.
Tit. or. The Doomsday book. Trad. Rafael Marín Trechera.

LibroDiaJuicioFinal
La peste negra

Ya comenté en esta entrada que éste fue el primer libro que leí de Connie Willis. Como lo acaban de sacar en edición de bolsillo por un módico precio y era uno de los poco volúmenes que me faltan en la biblioteca de la autora me animé a comprarlo -y releerlo-.

Al igual que en Por no mencionar al perro… nos encontramos en el departamento de Historia y Kivrin, una estudiante, ha pedido viajar en el tiempo para estudiar la época medieval… justo antes de la peste negra. Tras conseguir convencer a su tutor y prepararse adecuadamente, la envían al pasado. Pero entonces ocurre algo grave; el técnico encargado de la operación cae gravemente enfermo y no saben si Kivrin ha llegado correctamente. Pero lo peor todavía está por llegar: una epidemia de origen desconocido pondrá a toda la ciudad en cuarentena.

Una de las principales bazas del libro es la alternancia entre la historia de Kivrin, la estudiante lanzada a un pasado que no es exactamente como lo esperaba encontrar, y los problemas de su tutor en una ciudad atacada por una epidemia. La otra es la capacidad de la autora para crear unos personajes totalmente creíbles a los que no se les puede dejar de coger cariño. Añadan unas grandes dosis de emoción, suspense, y una visión de primera mano de la sociedad medieval. El resultado es, sin duda, uno de los mejores libros de ciencia ficción contemporánea. No en vano ganó el premio Nébula, el Hugo y el Locus.

No es de mis libros preferidos de la autora, pero es todo un clásico. Muy recomendable.

(Un día, un libro 304/365)
Escuchando: El color de los días perdidos. Kiki d’akí

Febrero 8, 2006

William Shakespeare. Els dos cavallers de Verona.

Archivado en: Teatro — Palimp @ 11:45 pm
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Institut del teatre, 1981. Biblioteca teatral. 159 páginas.
Tit. Or. Two Gentlemen of Verona. Trad. Josep M. de Sagarra.
14 personajes. 11 hombres y 3 mujeres.

DosCavallersVerona
Enfrentamientos amorosos

Esta obra fue escrita en 1594, el mismo año que Romeo y Julieta y está considerada como una de las comedias menores de Shakespeare. Si la comparamos con una de las obras cumbres del teatro no cabe duda de que se merece el calificativo de ‘menor’, pero no teman; la obra se aguanta por si sola.

Proteo y Valentín son los dos caballeros de Verona. Al comenzar la obra están discutiendo sobre el amor; Proteo está enamorado de Julia y Valentín le echa en cara lo que sufre por ello. Pero Valentín se va a Milán y se enamora perdidamente de Silvia, mientras que Proteo consigue, por fin, el amor de Julia. Proteo debe ir a Milán y, como es habitual en muchas comedias de Shakespeare, intercambia anillos con Julia. Al llegar a Milán se enamora perdidamente de Silvia. El drama está servido.

El modo en que se resuelve el enredo y se restaura la calma entre las dos parejas es parecido al que utiliza el autor en El sueño de una noche de San Juan, que se escribió, según se cree, entre 1594 y 1596. La figura del criado tiene los rasgos de clown que tanto usaría Shakespeare en toda su producción, incluyendo la escena memorable del monólogo con un bastón, un sombrero y sus zapatillas.

Incluso una de las obras menores de Shakespeare tiene elementos geniales. ¿Hace falta seguir recomendándolo?

(Un día, un libro 303/365)
Escuchando: Born to be a dancer. Kaiser Chiefs.

Febrero 7, 2006

José Cadalso. Cartas marruecas. Noches lúgubres.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:25 pm
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Ediciones Cátedra, 1985. 349 páginas.

CartasMarruecas
Cuadros costumbristas

Llevaba mucho tiempo este libro rondando por mis estanterías sin que me decidiera a abrirlo. José Cadalso (1741-1782), está considerado el precursor del romanticismo en España. Tuvo una vida interesante, cuyos comienzos fueron muy cosmopolitas:

De familia de ricos comerciantes, por parte de su abuelo materno y de su mismo padre, nació José Cadalso y Vázquez en Cádiz, el 8 de octubre de 1741. La familia, sin embargo, procedía por línea paterna del señorío de Vizcaya, donde era tenida por noble. La madre murió, según confiesa el propio Cadalso, a consecuencia del parto, y el padre, ausente por negocios en América, iba a tardar casi trece años en conocer al niño. Tuvo que encargarse de su educación un tío jesuíta, el padre Mateo Vázquez, hombre de letras que llegó a ser rector del Colegio de jesuítas gaditano. Él fue quien envió al futuro escritor, ornado desde entonces con esta aureola europeizante, a estudiar a Francia, al Colegio de Luis el Grande, de París, también de jesuítas, famoso a mediados del siglo xviii por el nivel de sus estudios y la calidad de sus alumnos. Cuenta el mismo Cadalso en sus Apuntaciones autobiográficas, hasta hace muy poco desconocidas y que aquí tendremos en cuenta en esta semblanza, que llegó al Colegio de nueve años, cuando estaba a su frente el padre Latour, protector de Voltaire en su incorporación a la Academia.

Vuelto el padre de Indias, desembarcó en España y se dirigió a París a conocer a su hijo. Y ansioso siempre de nuevos ambientes, se fue después a Inglaterra, donde tanto se entusiasmó, que llamó con él a Londres al educando, que también llegó a hacerse con el idioma inglés. Tras otro año de estancia en París, pasando por Holanda, regresó por fin a España el muchacho cosmopolita, entrando en un país, según declara, que le era «totalmente extraño», ya que «lengua, costumbres, traje, todo era nuevo para un muchacho que había salido niño de España y volvía a ella con todo el desenfreno de un francés y toda la aspereza de un inglés».

Párrafo que extraigo del excelente prólogo de Joaquí Arce. Es costumbre que los libros de esta editorial vengan precedidos por unas introducciones bien documentadas, debido, creo, a que están dirigidos a los estudiantes. En el libro El estudiante de Salamanca la introducción ocupaba bastante más que la obra.

Las Cartas Marruecas son una colección de retratos de la época. Para ello el autor sigue un modelo que ya había sido utilizado con éxito por Montesquieu en las Cartas Persas. Por un lado escribir el texto en forma epistolar, y por otro, describir la sociedad actual desde el punto de vista de alguien de una cultura completamente diferente a la nuestra. Esto le da la libertad de acentuar los aspectos más censurables sin tener que hacer un ataque directo.

En Noches lúgubres el registro es completamente distinto. Estamos ante una historia a la que no le falta ningún elemento romántico; la luna, la amada muerta, las tumbas, la desesperación del amado. Durante tres noches un joven intentará desenterrar a su amada con la ayuda del sepulturero, aunque diversos factores le impedirán conseguirlo.

El libro ha envejecido bastante bien, aunque hay momentos en los que resulta algo pesado. El tremendismo de las noches no tiene nada que envidiarle a Edgar Allan Poe, y aunque a los ojos modernos resulte algo patético sigue manteniendo su fuerza. Algunas de las estampas se repetirán ayer, hoy y siempre con mínimos cambios. Veamos la sorpresa que le causa al autor escuchar a una joven que habla ‘a la moda’:

Hoy no ha sido día en mi apartamiento hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de té. Púseme un desabillé y bonete de noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca de ocho versos del segundo acto de la Zaira . Vino Mr. Lavanda; empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía. Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo; jugué una partida de mediator; tiré las cartas; jugué al piquete. El maitre d’hotel avisó. Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar de París. La crapaudina, mi plato favorito, estaba delicioso. Tomé café y licor. Otra partida de quince; perdí mi todo. Fui al espectáculo; la pieza que han dado es execrable; la pequeña pieza que han anunciado para el lunes que viene es muy galante, pero los actores son pitoyables; los vestidos, horribles; las decoraciones, tristes. La Mayorita cantó una cavatina pasablemente bien. El actor que hace los criados es un poquito extremoso; sin eso sería pasable. El que hace los amorosos no jugaría mal, pero su figura no es previniente. Es menester tomar paciencia, porque es preciso matar el tiempo. Salí al tercer acto, y me volví de allí a casa. Tomé de la limonada. Entré en mi gabinete para escribirte ésta, porque soy tu veritable amiga. Mi hermano no abandona su humor de misántropo; él siente todavía furiosamente el siglo pasado; yo no le pondré jamás en estado de brillar; ahora quiere irse a su provincia. Mi primo ha dejado a la joven persona que él entretenía. Mi tío ha dado en la devoción; ha sido en vano que yo he pretendido hacerle entender la razón. Adiós, mi querida amiga, hasta otra posta; y ceso, porque me traen un dominó nuevo a ensayar.

Creo que hoy en día nadie dice que algo es piyotable ni hasta otra posta, pero veamos que es lo que más le sorprende a Cadalso:

Lo del desabillé también me apuró, y me di por vencido[..]También me dijo lo que era modista, piquete, maitre d’hotel y otras palabras semejantes. Lo que nunca me pudo explicar de modo que acá yo me hiciese bien cargo de ello, fue aquello de que el jefe de cocina era divino. También lo de matar el tiempo, siendo así que el tiempo es quien nos mata a todos, fue cosa que tampoco se me hizo fácil de entender…

¿Que diría si viera que hoy en día son expresiones de lo más normal?

(Un día, un libro 302/365)
Escuchando: No pensis en mi. Josmar.

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