El canon, de nuevo
Hace aproximadamente un año me hice eco de la decisión del gobierno de no aplicar el canon comunitario en las bibliotecas. El uno de marzo la Unión Europea inició un expediente contra España por no hacerlo. La protesta del personal de las bibliotecas fue ejemplar, y de momento se ha preferido pagar las multas que cumplir la ley.
Leo con estupor que La Asociación Colegial de Escritores de Cataluña y la de Escritores en Lengua Catalana ha aprovechado la festividad de San Jordi para lanzar un comunicado en el que reivindican que se cumpla la normativa.
No es nada nuevo; si en Alemania se gravan los discos duros, aquí en seguida la SGAE pide lo mismo. El caso es cobrar de donde se pueda. Espero no ver el día en que se cree una asociación de blogueros que exija cobrar un canon por las líneas de ADSL.
La excusa es que el coste de esos derechos no repercutiría en el usuario, sino en el presupuesto de las bibliotecas ¡acabáramos! Estos chicos de tontos no tienen un pelo -para algo son escritores- y saben que de cobrar una cantidad, aunque fuera pequeña, la gente dejaría de hacer uso del préstamo. No voy tanto por las bibliotecas como antes, pero todavía visito alguna de vez en cuando. Y puedo asegurar que nunca encuentro grandes filas, ni gente peleando a brazo partido por las últimas novedades. Las mesas están ocupadas por estudiantes -normalmente de bachillerato-, jubilados leyendo el periódico y cuatro despistados husmeando los libros.
Señores escritores, sean valientes. No carguemos el escaso presupuesto de las bibliotecas -mal surtidas de libros y personal- con lastres innecesarios. Tampoco hagamos pagar a justos por pecadores; si alguien toma en préstamo El Quijote no debería contabilizarse por no tener derechos de autor. Por eso lanzo la siguiente propuesta: Que cada autor decida si quiere o no cobrar canon. Sus libros tendrían un distintivo especial (una pegatina con el símbolo del euro, por ejemplo) y cada vez que alguien quisiera llevárselo abonaría el canon. Al final de año se echan cuentas y listo. Si es que hay alguna cuenta que echar, claro.
Aprovecho para colocar el texto que publiqué en su momento sobre las bibliotecas
Yo no soy bibliómano; no tengo primeras ediciones, libros antiguos, lujosos ni nada parecido. Pero si soy bibliotecómano. Me encantan las bibliotecas, me siento a gusto en ellas. He visitado las bibliotecas de todas las ciudades en las que he estado de visita (pocas, por desgracia).
Mi primera biblioteca estaba en el instituto Sagasta, de Logroño (por aquel entonces su única biblioteca). Era una biblioteca antigua, de las de antes, con bibliotecarios severos y largos pupitres inclinados con luces centrales. Era tan joven que no podía sacar los libros en préstamo. Tenía que leerlos allí. Con el tiempo hicieron una biblioteca decente, en la antigua tabacalera, que es la que todavía tenemos. Una biblioteca moderna, con varias plantas y, lo que es más importante, bien surtida. Cuando llevaba apenas un año disfrutándola, me fui a estudiar a Donostia.
En Donostia la cosa estaba muy mal. La biblioteca era pequeña, estaba en una habitación en la plaza de la Constitución (una habitación grande, pero habitación al fin y al cabo), apenas había sitio para estudiar y libros, pues no había muchos. Por esas casualidades del azar cósmico dentro de su catálogo había una colección de ciencia ficción bastante decente (unos 500 ó 600 libros), que devoré sin misericordia. Al cabo de un par de años se trasladó a otra habitación del mismo edificio, pero como cuatro veces más grande; ya pudieron sacar algunos libros del almacén donde tenían guardadas bastantes donaciones, y la cosa mejoró bastante. En esta biblioteca tengo dos anécdotas reseñables. La primera es que sólo se podían sacar dos libros por persona, y sólo abrían miércoles y viernes. Como la vida de estudiante da para mucho, y mi afán de lectura era inagotable, apunté a mis cuatro compañeros de piso e iba a sacar libros con los cuatro carnets. La segunda es que tenía un ¿amigo? que un día empezó a robar a mansalva los libros. La cosa podía haber tenido incluso un tinte romántico, pero los robaba por docenas y no leía casi ninguno; los vendía malamente para sacar cuatro cuartos. Confiaba en que no lo descubrirían porque ‘los empleados no se dedican a eso’, pero le pillaron, claro.
También me suscribí al Ateneo; una asociación totalmente inactiva en todos los planos, pero de la que resultaba barato hacerse socio, y que disponía de una biblioteca con solera (casi todos los libros eran anteriores a 1950), en la que buceé con curiosidad y encontré cosas interesantes (como la casi completa bibliografía de Chesterton). Con el tiempo, también en Donostia hicieron una biblioteca decente; el Koldo Michelena; también con varias plantas, también moderna y también muy bien surtida. A los dos años de disfrutarla me vine a Barcelona.
Si uno se siente bien en bibliotecas ajenas ¿Cómo no va a construirse una propia? Con mis escasos dineros de estudiante, visitando las librerías de saldo, y desangrándome en las ferias del libro, fui juntando un proyecto de biblioteca. Al vivir ‘de prestado’ en pisos de estudiante no la podía tener toda conmigo, pero siempre me acompañaba ‘la portatil’, una selección de unos cien libros para hacerme compañía. Y justo cuando tenía todos los libros en Logroño, antes de ir a Barcelona, la desgracia. Se declaró un incendio en nuestra casa en el que afortunadamente nadie resultó herido; pero que dejó la casa en ruinas. De ese día siempre me quedará una imagen. Caminaba por la calle e iba recogiendo las hojas que me encontraba; hojas que, en la mayor parte de los casos, podía decir de que libro eran.
Pero me instalaba en Barcelona. ¡Que bibliotecas no tendrían aquí! Pues bien, poca cosa; muchas bibliotecas de barrio, algunas de la diputación, modestas, y otras de La Caixa, todavía más modestas. Todavía recuerdo con cariño la de Meridiana con Padre Claret, chiquituja, pero de donde sacaba mis primeros libros. Barcelona tiene una buena biblioteca, la central de Cataluña, con un catálogo excelente, en un parque entre la calle Hospital y la Calle del Carmen, pero, por desgracia, no pueden sacarse libros. Me hice también socio de la fundación La Caixa (hoy CaixaForum) que contaba (y supongo que seguirá contando) con una excelente colección de libros y revistas de arte, amén de una discoteca de lo mejorcito del mundo en música clásica (de la que, por desgracia, sólo se podían sacar discos viernes y sábado a devolver el lunes). Pero gracias al mercadillo de los Encantes, y al sueño de cualquier lector que es el mercado de San Antonio (donde se encuentran libros muy buenos a precios realmente regalados), he conseguido volver a juntar algunos libros, y ya puedo sentirme en casa. En las bibliotecas públicas, sigo fiel a la cadena de la diputación, y espero el día en que se haga una moderna, con varias plantas, y bien surtida en Barcelona. Esta vez, prometo quedarme.




