Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

junio 30, 2006

Ignacio Vidal-Folch. La cabeza de plástico.

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Editorial Anagrama, 1999. 120 páginas.

VidalFolchCabezaPlastico
¿Arte?¿Contemporáneo?

Ya comenté en esta entrada que Vidal-Folch es un autor que me gusta. Decidido a reestrenar la biblioteca de al lado de mi casa tomé en préstamo este libro que prometía ser interesante.

Nos encontramos en Holanda, donde Cees Wagner, director del Stedelijk Museum, ha conseguido lo imposible; conseguir que el hombre de la calle se interese por las más rabiosas vanguardias. Exposiciones interesantes y apariciones en televisión rubrican su éxito. Hasta que un día Kasperle, un joven artista, lo utiliza como motivo de una obra de arte. ¿Conseguirá Wagner soportar con entereza el bofetón conceptual?

Estoy seguro de que la sin par Vailima disfrutaría de este libro. La historia sirve de excusa para una serie de reflexiones sobre el estado del arte contemporáneo. No se pierdan las que aparecen en el diálogo entre Wagner y su amigo Lammers reproducidas al final de la entrada. Aunque es un extracto un poco largo, merece la pena.

Curiosamente, mientras leía el libro me venía a la cabeza el teorema de Gödel, que viene a afirmar que en cualquier sistema matemático lo suficientemente potente como para incluir los números naturales existen aformaciones que son verdaderas, pero que no pueden demostrarse dentro del sistema. Wagner parece haber conseguido un sistema en el que cualquier manifestación puede considerarse como arte, pero Kasperle consigue sacarle de sus casillas con una obra que, a la vez que ofensiva, él parece ser incapaz de evaluar.

Hoy en día hay obras de arte que más que polémicas parecen verdaderas tomaduras de pelo, y la prosa corrosiva de Vidal-Folch desmonta con eficacia mucha de la superchería intelectual del momento, con conocimiento de causa y derrochando humor. De lo mejorcito que he leído últimamente.

Escuchando: How High. Madonna.


Extracto:

-Mi querido amigo, te rogaría…, y sabes que te considero genial, el mejor prestidigitador en tu especialidad…, pero te rogaría que cuando te reñeras a las cosas que estáis exhibiendo desde hace treinta años en esas funerarias que son los museos no mencionases los conceptos «artista» y «arte». Si entendemos como arte las obras que proporcionan satisfacción de las necesidades de armonía espiritual y estética, o que incorporan al mundo lo que yo llamaría «espacios de sentido», esas cosas nada tienen que ver con él.

Wagner entornó los ojos para que no se cruzasen con los de la linda camarera que les traía los segundos platos, unos peces insólitos, rarezas abisales de escamas plateadas, brillantes de aceite, con multitud de dientes en las bocas abiertas, que a la luz de la vela le parecieron trágicos como un Caravaggio; y los dos amigos, con reconcentrada gravedad, se aplicaron a la tarea de separar la blanca carne de las espinas.

-¿De qué estábamos hablando? ¡Qué bien cocinan aquí!

-Está buenísimo. Enterrabas al arte muy profundamente.

-La muerte del Arte. -Lammers paladeó las cuatro palabras como un vino excepcional, antes de lanzarse a uno de sus didácticos monólogos-. Verás: tal como yo lo veo, una obra de arte es reconocible como tal en el preciso momento en que da pie a una transacción económica. ¡Hablo en serio! Hasta que el autor la vende, o sea, hasta el momento en que alguien manifiesta un interés real por la obra, ésta no se ha mostrado, no ha superado el estado de mera posibilidad; y, como tú sabes, la única manera fiable de manifestar interés por algo, en nuestro mundo de incesante mercadeo, es pagar por ello, pagar, pagar; pagar buen dinero de curso legal; el dinero del que estás dispuesto a desprenderte: ésa es la prueba de fuego de la realidad delas cosas. Si al mendigo que te pide limosna no le das unas monedas, entonces, por mucho que le compadezcas y lamentes la injusticia y la dureza del mundo, e incluso si esa noche no duermes pensando en él, no puedes pretender que tienes buen corazón.

-Es una comparación ofensiva -dijo Wagner-. Aquí nadie pide limosna.

-¿No?… Dejémoslo. A ver si te gusta más este otro ejemplo: un chico juega con lodo; y modela… una figura, la efigie contrahecha de su perro. No tiene ningún valor para nadie salvo para su emocionado papá. Pero si pasa por allí un señor, ve ese perro y encuentra en él algo sugestivo; le recuerda algo que no había hasta ahora encontrado su forma, una forma que quizá cree advertir en la cabeza contrahecha, las cuatro patas desiguales… y se la compra al niño… y se la lleva a casa… y la exhibe en la repisa de la chimenea, como un enigma resuelto; y se la muestra a las visitas, a los amigos… ¿Entonces, qué? Entonces ese perro de barro ya no es el juguete de un niño. Es un objeto artístico. ¿Estamos de acuerdo?

-Lo admitiría -dijo Wagner-. Pero un interés que se manifiesta de manera no fiable, o incluso que no se manifiesta, no deja de ser real.

-En ese caso no pasaría de una forma embrionaria del interés, y nosotros no podemos estudiar ni valorar cosas en potencia, sino las cosas que se manifiestan, las cosas cumplidas. Querido amigo, me gustaría en esto ser todo lo claro y exacto que sea posible y que nos refiriésemos a los hechos, no a estados de ánimo y eventualidades. Ahora dime, Wagner: ¿quién adquiere el tipo de cosas que expones en el museo, esas piezas, obras e instalaciones sobre las que hablas en tus conferencias y escribes en las revistas?

-La gente las compra -dijo Wagner-. Acude a las exposiciones. Y paga la entrada, así que ya ves, su interés es fiable, por usar tus propios términos.

En la mesa vecina, el jefe de aduanas del puerto, hombre de elegantes y plateadas sienes, que se sentía eufórico porque aquella misma tarde, cerrando los ojos al paso de un contenedor procedente de Rusia, había ganado diez mil florines, y antes de salir a cenar aún había tenido tiempo para torturarse en el gimnasio, tomar una sauna y vestirse una muda limpia y planchada, le preguntó a su mujer: «¿Ese canoso del flequillo no es un político? Su cara me suena, creo que lo he visto en televisión.» Ella sonrió: «Tonto; es Jan Wagner. Un artista muy conocido. Debe de ser muy rico.» Y siguieron comiendo.

-… No, la gente no las compra -dijo Lammers-, Las compra el Estado, las corporaciones, los bancos y demás entidades y superestructuras desalmadas… No lo digo en sentido moral; entiéndeme: las llamo desalmadas porque, consagradas a la plusvalía y a la usura, carecen de alma y no atienden ningún interés remotamente humano, aunque precisamente cada una de esas entidades abstractas necesita y posee su propia colección de arte para modelarse un «rostro humano», o sea, un rostro interesado en las cosas que se hacen desinteresadamente y en las cosas sin interés.

A estas palabras Wagner manifestaba su escepticismo escupiendo espinas en la pala de pescado.

-Me dirás -le azuzó Lammers- que no son entidades abstractas quienes reúnen esas colecciones, sino hombres de carne y hueso: los funcionarios, ejecutivos, consejeros y especialistas de las fundaciones dotados de sensibilidad estética y acceso a los presupuestos. Y yo te objetaré que esos funcionarios no «pagan» la obra con dinero real, laboriosamente adquirido, sino con fondos de los que disponen gratuitamente; dinero y obra, pues, sin valor, aunque, naturalmente, tienen su precio. Lo cual anula el sentido de la transacción, que no pasa de ser una representación gratuita, objeto simbólico para una mascarada. Seguimos, pues, en el terreno de la virtualidad. Pero aun poniéndonos en el mejor de los casos, aun en el supuesto de que esas piezas fuesen objeto de una transacción real y honesta, aun en el supuesto de que hubieran despertado en el comprador, ese funcionario o ejecutivo de la casa de usura, un interés que no se manifiesta, dime, Wagner: ¿es a él a quien se dirigen esas obras? ¿Para quién se pintan esos cuadros, se instalan esas instalaciones tan aparatosas de tus Beuys…, Kelley, Nauman et alia?

-Para todo el mundo -respondió pacientemente Wagner-. Para las multitudes hambrientas de valor y sentido que hacen colas para contemplarlas cuando esas obras son donadas a los museos públicos…

-Me enterneces, amigo mío.

-Bueno, ríete si quieres, ahora soy yo el que está hablando en serio… Para los millones de aficionados que acuden a las grandes exposiciones. Que reservan sus entradas con meses de antelación. Que entran en el museo como en una fiesta, porque saben que allá dentro van a encontrar más belleza y verdad, más misterio y más realidad que casi en cualquier otro momento de su vida. Para ellos, para cada uno de ellos.

Un camarero recogió los platos con las cabezas y espinas de los monstruos marinos; el pastelero vio rechazado su carrito de tartas, frutas tropicales y fantasiosos helados, pero al bodeguero le aceptaron un aguardiente legendario.

-¿De qué hablábamos? -dijo el profesor-. ¡Es delicioso este armagnac!

-De los que entran en el museo como en una fiesta.

-¡Pareces un político en campaña! ¡Te veo a la puerta del Stedelijk, besando a los niños que entran! No, tú eres inteligente y no puedes creerte ese cuento de bonitas palabras. -Extrajo del bolsillo un cigarro, lo encendió en la vela, lanzó una bocanada de humo y, repantigándose, se quedó un instante contemplando la brasa-. Querido amigo, deberías fumar habanos. Lo más agradable de los puros, además de la encantadora regresión implícita en el hecho de chupar este simulacro de pezón, son los diez minutos últimos. La nicotina se acumula en la colilla y satura el humo, que a través de la sangre libera los neuro-transmisores cerebrales para que rieguen de endor-finas todas las conexiones nerviosas… ¿No te encantaría encoger un día a tamaño microscópico, ser inyectado al interior de un cerebro y presenciar el derrame de las endorfinas?… Las cosas agudas pierden sus aristas y se redondean placenteramente. Así podemos pronunciar sin sonrojarnos palabras como belleza, verdad, prodigio, misterio… pero tú no fumas, así que tu devoción democrática es de un cinismo intolerable, porque sabes tan bien como yo que a esos infelices los puedes llevar a emocionarse y disfrutar en los museos con lo que a ti te dé la gana, de igual forma que otros los llevan a misa, a los estadios de fútbol, a las urnas comiciales o a las trincheras, con entusiasmo tan genuino, y tan inducido, como el de esos aficionados al arte de que me hablas. Aficionados que, permite que te lo diga, no son exactamente como tú los pintas.

-¿Y cómo lo sabes, Diederik, si tú nunca visitas los museos?

-A veces lo hago. A escondidas. Qué quieres, uno tiene sus debilidades. A veces, arrastrado por una nostalgia, por un atavismo, me visto de luto y voy a presentar mi pésame. ¡Pero no contemplo los cuadros, observo a la gente! Y encuentro allí a jóvenes desorientados, tratando de cultivar su espíritu para disponer de un plus cultural el día que tengan que seducir a una chica u optar a un puesto de trabajo; y a familias ofuscadas y con los pies doloridos; los padres preferirían estar en casa, ellos bebiendo unas cervezas ante el televisor, ellas cocinando y hablando por teléfono, pero tienen que permanecer allí para educar a los crios, que a su vez preferirían estar jugando a fútbol o viviseccionando ranas junto al estanque que hay a las afueras del pueblo, detrás de la casa donde viven una vieja bruja y un oligofrénico la mar de curioso…, y allí sí encontrarían belleza, prodigio, misterio y verdad. Pero cuando tú y los sabios comisarios como tú, y, por qué no aceptarlo, los profesores como yo, les decimos: «Venerad esta mamarrachada, familias, venerad esta plancha de madera ondulada, esta escoba, porque la ha mirado un artista y mirarla os mejorará, os depurará», ellos la venerarán con la misma unción beata con que en el servicio militar besarán un trapo de colores.

-El estanque del oligofrénico… -dijo Wagner. Si Lammers estuviera en lo cierto la ofensa de Kasperle no tendría la menor importancia. Ellos y él, y sus amigos, y sus adversarios, serían personajes de una farsa sin trascendencia. Reconfortado por la caricia ardiente del armagnac, se sorprendió distanciándose de sí mismo y aceptando que el Retrato de Cees Wagner le parecía una obra ingeniosa, brutal, pero llena de verdad y humor-. Vamos, vamos todos, y yo el primero, a torturar ranas junto al estanque…

-Me conmueve y maravilla ese interés tuyo por la gente, querido amigo. Pero ahora apartemos de nosotros a todas esas buenas gentes tuyas, ¿quieres? Al ñn y al cabo no es para ellos para quien actúa el teatro del arte -prosiguió Lammers con alegría. El puro en la boca le daba una expresión de bellaco refinado, y cuando lo dejaba en el cenicero y, empujado por su propia elocuencia, se inclinaba hacia su amigo acentuando la sonrisa, parecía más que nunca un fauno en el momento de atrapar a la ninfa más gordita-. Te voy a contar un secreto, Wagner: ellos son sólo la excusa, los figurantes, el ejército de soldados de terracota en la tumba de Qin Shi Huangdi. Los que proporcionan el estado de carencia y de envidia, y el sentimiento de asombrada inferioridad que es lo que hace que el hecho de comprar esos bultos con escobas y… violines clavados en persianas metálicas… y pedruscos esparcidos con estudiado desorden sobre el enlosado de mármol rosa del Palazzo Grassi… y tubos de neón más apropiados para anunciar pescado y patatas fritas en un kiosco del barrio chino…, en fin, toda esa pacotilla, resulte trascendente para tus artistas y codiciable para sus verdaderos clientes: los ricos, los banqueros, los reyes del neumático y del pollo asado, los actores de Hollywood, los modistos con complejos, todos esos acaparadores de moneda falsa, esos monederos con patas. ¡Para ellos trabajan con dolor tus pintamonas! ¡Para ellos se rascan sus llagas a ver qué encuentran dentro! ¡Para ellos se suicidan! ¡A ellos se dirigen, con plena conciencia cínica, o con patética candidez! Y naturalmente, dirigiéndose a ellos, como pavos reales a los dueños del jardín, ¿qué maravillas realizarán? ¿Qué plumas les van a mostrar? Las que esos…, esos patanes consideren más pertinentes para decorar sus jardines, las nulidades para decorar el espacio vital de la trivialidad. Y si no aciertan a entenderse, que es lo más frecuente porque la transacción se produce entre dos especies diferentes y las negociaciones se siguen en jergas igualmente irracionales, pero incompatibles, no hay problema, para eso tú y yo, los mamporreros del arte, les explicaremos cómo llegar a un acuerdo en que los dos salgan ganando, y nosotros con ellos.

-Algo de eso hay -concedió Wagner, que, pensando en Kasperle, no había escuchado atentamente- y siempre es un placer escucharte, Diederik. Pero fíjate, para disparar contra el arte contemporáneo has tenido que bombardear el mundo entero. Y el mundo sigue rodando, rodando. Tú no pareces comprender algo fundamental, algo muy sencillo: mientras exista la humanidad, habrá energía creativa y la imperiosa necesidad de imaginar variaciones para lo que nos ha sido dado. Y una parte sustancial de esa energía se dirigirá a la representación y se plasmará en arte. Éste, como cualquiera de las actividades humanas, está sujeto a ciclos y vive épocas de esplendor y también épocas de vacas flacas. Si te empeñas, admitiré, para complacerte, que nos ha tocado vivir una mala época, aunque para juzgar una época lo que se necesita es precisamente que haya pasado el tiempo; pero desde luego esas «escobas» y esos pedruscos y persianas que tanta risa te dan son las formas de nuestro tiempo, y quienes las conciben son los artistas de nuestro tiempo. Dales la espalda si no te interesan, pero deja de gritarles que no están yendo a ninguna parte y de maravillarte porque, a pesar de tus voces, no te hagan caso. En cuanto a los compradores, ya te he dicho que no son todos reyes del neumático. Podría darte ejemplos…

El profesor Lammers tenía respuesta a eso: -Para el rey del neumático y la oficina del ministro, la pieza monumental. Para los que aspiran a serlo también tenemos algo, no faltaría más: unos «pequeños formatos» muy monos, unas cuantas xilografías y grabados, migajas seriadas del gran pastel y obras interesantes de jóvenes que empiezan…

Wagner torció el gesto; la demagogia de Lam-mers, que tanto le divertía en otras cenas, le estaba empezando a irritar.

-Mi querido amigo, pensando como piensas no comprendo que no renuncies a tu cátedra de estética.
El profesor lanzó una suave carcajada. Qué hombre tan atractivo y apasionado, pensaba una mujer que cenaba sola en una mesita frente a él. Acababa de quedarse viuda, prolongaba las veladas en los restaurantes esperando que algo le sucediese y se pasaba las noches despierta en la cama, imaginando que llamaban a la puerta, abría, y era su marido.

-Ten por seguro que si pudiese ejercer un oficio honesto, cambiaría inmediatamente a él -dijo Lam-mers-. Pero ya no hay oficios honestos. O por lo menos no los hay que me permitan vivir decentemente y pagarme cuatro cosas sin las que la vida me resultaría insoportable, entre ellas cenar de vez en cuando contigo. Todos consisten en vender bisutería a precio de auténticas gemas. Así que asumo mis contradicciones, y sigo adelante.
En cambio, el albino parece un cerdo en el espetón, chorreando grasa, pensó la viuda. Pues, en efecto, a causa del calor en el restaurante y de los alimentos y alcoholes ingeridos, Wagner sudaba copiosamente. Notaba la camisa pegada al cuerpo, se sentía incómodo y sucio, empapado en su propio jugo, y por eso dijo:

-He leído ese artículo tuyo sobre las esculturas de Damien Hirst en la Royal Academy. Te escandalizabas como una maestrilla…

-Perdona, no me escandalizaba. No me escandalizaba, me reía -puntualizó el profesor-. Mejor dicho: me reía tristemente.

-…y tuviste que tomar un taxi que te alejase de allí y te llevase al Museo de Artes Decorativas para contemplar una exposición de Rothko que te serenó, ¿no era eso lo que escribías?

-Marcus Rothkovitz, sus manchas son la «última explosión cegadora de la luz antes del apagón general: la luz del hongo atómico». Y disculpa que me autocite.

-No me parece afortunada la alusión a Hiroshima -dijo Wagner, que se enervaba por momentos-. ¿Sabes, mi querido amigo, por qué te gusta la pintura de Rothko?

-Adelante. Explícame.

-Precisamente porque se suicidó. Porque ya es historia. Y qué bonita historia, con su presentación, su nudo y su desenlace. Pero si ahora viviese un nuevo Rothko, no lo verías ni aunque te estuviera embadurnando de color las gafas… Vosotros…
(Oh, Kasperle no, ni hablar, sólo ha acertado una vez por casualidad, no vi en su estudio indicio de nada, sólo las previsibles chapuzas.)

-… Vosotros los intelectuales de izquierdas (porque a los de derechas no los tomo siquiera en consideración), los columnistas sutiles de los periódicos, los novelistas exquisitos con succés d’estime, un éxito de ventas no, por favor: sería una ordinariez o un malentendido…, vosotros los profesores de estética en las facultades de sociología, y de filosofía en las de economía, caballeros sensibles, cultivados, razonables, conformáis la nueva Academia, vosotros los burgueses rancios del año dos mil. Sois doctos en historia del arte, y ciegos, sordos y mudos al arte vivo…
Notó en la expresión burlona y alarmada de su amigo que se estaba exaltando, alzó la copa y sonrió:

-Brindo por tus desafortunados alumnos.

-Oh, yo les abro los ojos. -Lammers levantó su copa-. Les hablo del arte como de un glorioso vestigio del pasado, como de una lengua muerta. Pero no te preocupes por ellos: no me creen, todos se empeñan en ser Picasso…

-A partir de ahora lo van a tener más fácil -explicó Wagner-. Estoy preparando un decreto para la ministra que cancelará la ley de becas BKR.

Se refería a la ley, única en el mundo, que Lammers definía como «el feliz y significativo acuerdo entre el burócrata y el artista», por la que todo ciudadano holandés, licenciado en Bellas Artes, que se dedicase exclusivamente a la creación tenía derecho a que el Estado le comprase una o más obras al mes, a precios variables según sus necesidades económicas.
El objetivo de la ley era asegurar la manutención de los artistas sin que tuvieran que dispersar su talento en trabajos alimenticios; a cambio, el Estado se dotaba con pinturas y esculturas para decorar sus oficinas administrativas y salones; pinturas y esculturas que, según habían calculado los expertos, con el tiempo cotizarían en el mercado y permitirían recuperar parte de la inversión.

junio 23, 2006

Sergio Pitol. El desfile del amor.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:52 pm
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Editorial Anagrama, 1984. 254 páginas.

PitolDesfileAmor
Colección de máscaras

El tercer libro que tomé en préstamo de la biblioteca. Me habían gustado tanto los cuentos de Pitol que quería probar con alguna novela; de ahí que comprara El tañido de la flauta (tercero en la lista de esclavo lector) y me llevara éste.

El libro no es una novela, sino un desfile. El protagonista es un historiador mexicano al que el hallazgo casual de unos documentos le hace recordar un nebuloso suceso de su infancia. Cuando tenía diez años dispararon en la puerta de su edificio a los invitados a una fiesta. El resultado, un muerto y dos heridos. Decidido a averiguar lo ocurrido años atrás se entrevistará con cuantos conocidos puedan darle información del suceso.

La resolución del misterio es lo de menos; Pitol aprovecha para mostrarnos una singular galería de personajes; la tía del protagonista, de una nobleza venida a menos, la hija de una intelectual a la que le gustan las bromas coprofágicas, la organizadora de la fatídica fiesta, glamurosa dueña de una galería de arte, un excéntrico escritor no del todo en sus cabales y un misterioso y sórdido personaje al que el protagonista no logra conocer pero que todos nombran.

No me ha gustado tanto como sus cuentos, pero no cabe duda de que es una novela memorable. Ganó el II premio Herralde de Novela -por unanimidad- y es el número 13 de la colección Narrativas hispánicas de Anagrama (una colección que está a punto de alcanzar su libro 400). No es de extrañar que Pitol aparezca tan joven en la fotografía de la solapa:

Pitol

Un autor recomendable.

Escuchando: Lo que no hay es que morirse. Chocolate Armenteros.


Extracto:

—Sí, señor mío —prosiguió—, toda profesión puede ser honorable, hasta la literaria, si se le puede llamar a eso profesión. ¡Honorable! Por desgracia la mayoría de los literatos no lo son. ¡Gente sin amor al oficio! Lo único que buscan es el poder que les confieren sus fotografías al aparecer en la prensa. Cuando lleno un formulario, jamás se me ocurre llenar el espacio dedicado a la profesión con la palabreja «escritor», ni siquiera «editor», sino «librero». La considero, sabe usted, una actividad más noble y limpia. Por regla general, el librero no odia a sus compañeros de profesión. El escritor sí. Mueve cielo y tierra para cerrarles el paso. Se dedica a desprestigiarlos, a hacer llover sobre ellos mares de inmundicia, toneles de carroña, cubos de escoria. ¡Vil mierda, señor, si es que uno ha de llamar al fin a las cosas por su nombre! La gente les teme. Los directores de revistas y suplementos literarios, los jefes de redacción, los responsables de página viven espantados. ¿Y qué me dice de los amedrentados editores? ¿No le dijo Cruz-García que yo no era sino un simple librero? ¡Un librero de viejo! Me parece oírlo. Un periodista, no. Mucho menos, ¡ah no, eso nunca!, un escritor. Y no es que no me considere como tal, se lo aseguro, sino que, rata cobarde como es, teme al desprestigio que las mafias pueden causar a su editorial. Yo me río. Siempre he sido independiente. Han querido abatirme, han intentado hasta destruirme físicamente. ¡Mire cómo me dejaron! Pero no han logrado hundirme, no lo he permitido. Me río en sus barbas, y sigo trabajando en lo mío. Un día, muy pronto, daré a conocer lo que he gestado durante estos años largos de silencio aparente. Voy a mostrarles mi obra en medio de un estruendo de carcajadas.

junio 20, 2006

Un nuevo valor de la literatura

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:35 pm
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El que dijo que los periódicos no valían para mucho porque anunciaban la muerte de un gran hombre, pero nunca nos avisaban de su nacimiento tenía más razón que un santo. En el Cuchitril siempre estamos dispuestos a arriesgarnos y apoyar a los nuevos valores. Pero a los nuevos nuevos de verdad.

Es el caso de Daniel Martí Tubau ganador del accesit de la última edición de los Juegos florales de Ciutat Vella. Quizá se pregunten por qué no publicamos al ganador del primer premio. En primer lugar porque si esta narración no fue la ganadora es por el injusto castigo que sufren las obras con un toque de humor. Y en segundo lugar porque Daniel es un gran amigo mío y el ganador del primer premio no.

Para que vean que no es un caso de favoritismo y que estamos ante un escritor que con sólo diez añitos ya da muestra de un innegable talento les voy a reproducir (con permiso del autor) el texto premiado, junto con una traducción preparada al alimón entre mi morenaza y yo. Espero que les guste y que cuando el nombre de Daniel empiece a sonar en los cenáculos literarios se acuerden de decir El Cuchitril ya nos lo avisó.

La frase inoblidable

Un dissabte ja fa molt de temps estava estirat al meu llit mirant la televisió i menjant llaminadures. S’ha de reconèixer que jo era molt desendreçat en aquella època i tenia una habitació que amb prou feines s’hi podia caminar. Quan a la tele començava la meva sèrie preferida es va sentir una veu que va dir:

- Endreça l’habitació o no hi entraràs mai mes!!!

Jo, en sentir aquella amenaça, ràpidament em vaig posar a recollir, però de cop vaig pensar que com podia ser, el pare tenia una reunió de feina i s’havia anat molt aviat. La mare havia anat a comprar el dinar a la plaça i com que estava bastant lluny sempre trigava mitja hora aproximadament, i justament feia cinc minuts que s’havia anat. De cop em vaig aturar a pensar i en veu alta vaig dir:

- Doncs si no hi son ni el pare ni la mare qui ho ha dit això?

Llavors molt espantat em vaig arraconar a una punta de l’habitació i vaig dir:

- Qui ets? Que hi fas a casa meva?

I es va sentir un altre cop:

- Endreça l’habitació o no hi entraràs mai mes!!!

Llavors vaig pensar que la mare havia entrat a casa perquè s’havia descuidat alguna cosa i em volia aixecar la camisa per a que endrecés l’habitació. Vaig decidir trucar-la al mòbil i així la delataria. Ho vaig fer però no se sentia res, de cop va respondre però la música del mòbil a casa no va sonar.

Estava molt espantat. Podia ser que hagués entrat algun desconegut a casa?

Vaig agafar un bat de beisbol que tenia per allà escampat i vaig anar a plantar cara a l’intrús.
La frase s’anava repetint i jo més o menys m’anava guiant gràcies a ella. L’intrús estava a la sala de convidats n’estava més que seguríssim, vaig agafar un munt de valor i hi vaig entrar. Segur que no endevineu a qui em vaig trobar. Doncs em vaig trobar, ni més ni menys que al meu lloro.

Ara ho entenia tot, el lloro, que per cert es deia “Kai”, havia sentit tantes i tantes vegades la mateixa frase que ja la deia fins i tot ell.

Aquella experiència em va servir de molt, i ara sempre tinc l’habitació endreçada i encara que no us ho creieu el lloro s’ha oblidat completament d’aquella frase però jo, jo aquella frase no l’oblidaré mai.

La frase inolvidable

Un sábado, hace ya mucho tiempo, estaba estirado en mi casa mirando la televisión y comiendo gominolas. Tengo que reconocer que yo era muy desordenado en aquella época y tenía una habitación en la que a duras penas se podía caminar.

Cuando en la televisión empezaba mi serie preferida, se oyó una voz que dijo:

-¡Ordena la habitación o no entrarás nunca más!

Yo, al oír aquella amenaza, me puse rápidamente a recoger pero de golpe pensé que cómo podía ser, mi padre tenía una reunión de trabajo y se había ido muy pronto. Mi madre había ido a comprar la comida a la plaza y como estaba bastante lejos siempre tardaba aproximadamente media hora y justo hacía cinco minutos que se había ido. De repente me paré a pensar y dije en voz alta:

- Pues si no están el papa ni la mama ¿Quién ha dicho esto?

Entonces muy asustado me arrinconé en una punta de la habitación y dije:

- ¿Quién eres? ¿Qué haces en mi casa?

Y se oyó una vez más:

-¡Ordena la habitación o no entrarás nunca más!

Entonces pensé que mi madre había entrado en casa porque se había olvidado alguna cosa y me quería tomar el pelo para que ordenara la habitación. Decidí llamarla al móvil y así la delataría. Lo hice pero no se oía nada, de repente respondió pero la música del móvil no sonó en casa.

Estaba muy asustado. ¿Podía ser que hubiese entrado algún desconocido en casa?

Cogí un bate de béisbol que tenía por ahí tirado y fui a plantarle cara al intruso.
La frase se iba repitiendo y yo me iba guiando más o menos gracias a ella. El intruso estaba en la sala de invitados, estaba más que segurísimo, me armé de valor y entré. Seguro que no adivináis a quién me encontré. Pues me encontré, ni más ni menos, que a mi loro.

Ahora lo entendía todo, el loro, que por cierto se llamaba “Kai”, había oído tantas y tantas veces la misma frase que ya la decía incluso él.

Aquella experiencia me sirvió de mucho y ahora siempre tengo la habitación ordenada y aunque no os lo creáis, el loro se ha olvidado completamente de aquella frase pero yo, yo aquella frase no la olvidaré jamás.

junio 14, 2006

Pablo Sánchez. Caja Negra.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:19 pm
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Educiones Lengua de trapo, 2005. 254 páginas.

SanchezCajaNegra
Obsesos de la literatura

A la hora de escoger autores desconocidos suelo fiarme de la editorial que los publica. Si es de Anagrama o Acantilado estoy seguro de que me van a gustar -quitando alguna excepción-. Como últimamente me han recomendado varios libros de la editorial Lengua de trapo cuando lo vi en la sección de novedades de la biblioteca decidí llevármelo.

El libro (cuya ficha pueden ver aquí) nos cuenta la historia de Raúl Garay, un escritor cuya primera novela Indicios del caos ha resultado ser un éxito. Después de todas las tribulaciones que un escritor primerizo suele sufrir antes de disfrutar del reconocimiento público, a Raúl le espera un infierno particular: recibe una denuncia por plagio. La denuncia prospera y muy pronto su carrera se derrumba mientras que la de su rival florece. ¿Conseguirá Raúl vengarse y demostrar su inocencia?

Una novela sobre escritores con el tema de la literatura como centro corre el riesgo de ser excesivamente ombliguista, pero no es el caso. El protagonista reparte candela a tirios y troyanos mientras su vida se va por el desagüe. Sólo el odio hacia su antagonista parece mantenerle en pie.

La novela tiene ritmo, está bien escrita y demuestra una cultura literaria envidiable. La trama argumental quizá sea demasiado floja; la lucha entre los dos escritores no es muy creíble y lo único que pasa en toda la novela (esa fugaz y condenada historia de amor) tampoco sirve para cimentar la estructura. Lo mejor -aparte de las toneladas de metaliteratura- es la correspondencia entre el libro de Raúl y el que tenemos entre manos. Indicios del caos tiene, según el escritor, la estructura de una caja negra; la historia de los acontecimientos que llevaron a un desastre. Caja negra es también eso.

Se lee con agrado y da un poco de pena que le falte ese puntito de sal para ser una novela redonda. Especialmente recomendada a filólogos y escritores en ciernes.

Escuchando: Julia. Ingenting.


Extracto:

El ejemplo de mi vida de escritor, con sus absurdos, sus dramas y sus miserias, permite muchas interpretaciones, y algunas incluso bastante apocalípticas. Tal vez sí estamos llegando a algún tipo de final, de precipicio, aunque no sea precisamente aquel para el que nos prepararon los oráculos agoreros de la modernidad. Pienso que en cierto modo la cultura nos está matando cancerosamente. ¿Es que soy el único que siente esa opresión invisible de los discursos? ¿Esa algarabía de textualidades que ha convertido en tentadora la ignorancia, esa masificación de la cultura que ha creado una raza de intelectuales y artistas potenciales, de doctores, críticos, opinantes, analistas y creativos, de propagadores del relativismo? No es tarea fácil la discriminación de la cultura entre tanto sonambulismo del pensamiento, entre tanta macrocompetencia, entre tanta originalidad aplebeyada. La cultura es la segunda naturaleza, la orografía multidimensional por la que patinamos sin que nos demos cuenta.

junio 11, 2006

¡Cuidado, padres!

Filed under: Sin categoría — Palimp @ 8:33 pm
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¡Sus hijos están en peligro! ¿Sabían que la Generalitat obliga a leer para la selectividad un libro pornográfico? ¿Van a permitir que perviertan a sus retoños?

Dicho libro, compuesto por una serie de cuentos cortos, contienen en una gran parte de ellos, un fuerte contenido erótico y sexual explícito. En ellos se usa un lenguaje obsceno y vulgar que no es ni apto ni recomendable para los estudiantes, no destacan por su calidad literaria y rebosan en mal gusto. Las escenas relatadas en ellos pueden herir gravemente la sensibilidad de los escolares.

Hazte oir

Los relatos presentan a personajes pervertidos que hacen apología del crimen, la violación, la pederastia o el consumo de drogas, siempre acompañado de toda forma de desviación sexual.[..]Las universidades tienen también la posibilidad de sugerir, como debería ocurrir en este caso, la improcedencia de un texto que relata a los jóvenes un mundo de pervertidos sexuales, adictos a las drogas, violadores, pederastas o defensores del crimen como necesidad o diversión.

Libertad digital

¿Cuántos padres están de acuerdo en que sus hijos lean un libro de estas características en la escuela?

Red liberal

¿De quién estamos hablando? ¿Es el marqués de Sade redivivo? No, se trata de Quim Monzó, del que se afirma:

Lo que me parece más feo es que las autoridades de la Generalitat no tengan bastante con colmar de subvenciones al -pésimo- escritor ultraderechista y xenófobo Quim Monzó, que tengan que hacer su tediosa lectura obligatoria

Iblnews

Gracias, señores, me han alegrado el día. Uno creía que la capacidad de escandalizar de la literatura estaba en horas bajas y que mentalidades tan pacatas sólo podían aparecer en videos de broma, pero veo que me equivocaba.

Gracias también por hacer publicidad gratuita al que considero uno de los mejores cuentistas contemporáneos. Con lo difícil que es convencer a los jóvenes de las bondades de la lectura y ustedes solitos habrán conseguido despertar más atención por los libros de Monzó que todas las ferias del libro.

Qué mundo.

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