Sergio Pitol. Los mejores cuentos.
Editorial Anagrama, 2005. 245 páginas.
Lo compré estas navidades para autoregalármelo y tuve la suerte de encontrar todavÃa la primera edición -ventajas de comprarlo en un pueblo- antes de la reedición obligada tras la concesión del Cervantes. Aunque tenÃa muchas ganas de leerlo no pude; éste era el libro que la desesperada búsqueda de una hipoteca me impidió leer. Como si estuviera en un bucle infinito debÃa releer los párrafos porque no me habÃa enterado de nada. Pasados los nervios pude disfrutar de su lectura.
En la portada encontramos el siguiente texto, donde nos descubren el origen del Pitol escritor:
Dice Pitol que en unas vacaciones, solitario en una casa de campo, comenzó a escribir sus primeros cuentos. DebÃa de tener veintitrés o veinticuatro años. Pasaba allà la convalecencia de una ruptura amorosa, también la primera. Se proponÃa odiar al mundo, pero no lo conseguÃa. Por las mañanas escalaba las alturas de una cordillera donde se enclavaba su cabana. En esos paseos intentaba rodearse de una aureola romántica, decadente, aun diabólica. Buscaba los acantilados más escabrosos, los más peligrosos, pero al llegar allà cualquier tentación tanática se disolvÃa de inmediato; le venÃan a la mente los acantilados de Devon y un viaje a Inglaterra: recorrer las mismas calles que James, la Woolf, Waugh, el doctor Johnson, Dickens, y entre ese deseo de viajar y la contemplación de un maravilloso paisaje -los bosques, algunos arroyos, una lejana iglesia del siglo XVI parecida a una fortaleza, muy cercana a un pequeño hotel donde descansaba Stravinski cuando iba a México-, se adormecÃa largo rato en la hierba, para después descender de la montaña, llegar, radiante de alegrÃa, a su casa, ponerse a leer a James, Kafka, Faulkner, Borges, Rulfo, Onetti (aún no llegaba Chéjov). Una noche escribió un cuento, el primero, «Victorio Ferri cuenta un cuento», incluido después en casi todas las antologÃas del cuento latinoamericano, y otros más, todos amargos y crueles, sobre personajes tocados por el diablo. El aire de la montaña y la escritura nocturna desprendieron las toxinas malignas. Durante varios años escribió cuentos y luego novelas, y en los últimos años, libros donde varios géneros se entreveran con pericia e imaginación. Todo eso es el fruto de aquellos cuentos escritos hace casi cincuenta años.
Ahora, cuando Sergio Pitol se ha convertido en uno de los escritores latinoamericanos más imprescindibles de nuestro tiempo, ganador del Premio Juan Rulfo a la obra de una vida, nos complace presentar esta antologÃa personal de sus mejores cuentos, encabezada por un extenso texto del gran escritor Enrique Vila-Matas.
El prólogo de Vila-Matas es casi otro cuento más, y nos descubre ¿o será ficción? facetas desconocidas de Sergio Pitol. Un buen entremés a la siguiente selección de cuentos:
Victorio Ferri cuenta un cuento
Semejante a los dioses
La pantera
Cuerpo presente
Hacia Varsovia
Hacia Occidente
El regreso
Ãcaro
Del encuentro nupcial
Los oficios de tÃa Clara
Cementerio de tordos
Vals de Mefisto
Nocturno de Bujara
El oscuro hermano gemelo
Es sorprendente la fuerza del primero, opera prima del autor y uno de los mejores de la selección. El mal, la gratuidad de la vida y la metaliteratura son los temas predominantes en unos cuentos que fascinan por la fuerza de su lenguaje y el misterio de sus temas. Uno de los mejores libros que he leÃdo este año y todo un clásico. Lo dice el Cervantes y se lo digo yo.
Escuchando: Grita fuego. Mala Rodriguez.
Extracto:
Pero el calor, pero aquella carrera ciega, inhumana, donde los cuerpos se apelmazaban en obsceno nudo como festÃn de arañas que trémulamente sorbieran la savia del insecto atrapado, donde su boca goteaba vaho y saliva en la espalda de la morena de los ojos de coca, no permitÃa el fluir de los recuerdos. Los quebraba, los confundÃa: la cara de su madre, las caderas finas, macizas de EloÃsa, la nuca de la morena, las carcajadas atronadoras de los jóvenes del asiento delantero, la voz del teniente coronel Hernández, los pasillos de la Presidencia, las charlas con la poetisa sudamericana, la idiotez reflejada en la mirada de su hijastro, el dinero, y más y más elementos que bogaban secretamente para configurar un rostro. ¡Poca cosa es un hombre! Nada, al fin de cuentas. Una sucesión de gestos, de frases. ¡Poca cosa! Cuando cree haber llegado, alcanzado el sitio al que aspiró durante tantos años y por el que libró tantas batallas, es para advertir que no ha valido la pena; que hágase lo que se haga algo hay que permanece definitivamente roto, un trocillo de vida extraviado en vaya uno a saber qué vericuetos, y en el que tal vez residÃa la clave, el santo y seña que le librara a uno de ser un granuja. No, una y mil veces tendrÃa que esclarecerlo, dilucidarlo, repetirlo atronadoramente a quien se negase a entenderlo, no era que él se sintiese un tal por en determinado momento haber hecho esto o aquello, por haberse ligado con los más deshonestos, por conseguir la concesión para explotar madera en bosques espesÃsimos de Chiapas y del sur de Tabasco sin desdeñar métodos que muy cerca anduvieron del chantaje. El servicio de investigaciones de que disponÃa le habÃa dado la oportunidad de asomarse por tantas ventanas que en un principio sintió vértigo, terror de conocer ciertos secretos, de tener llave y penetrar en esa inmensa miasma privada que los interesados mantenÃan con tanto rigor oculta; luego su innata cautela, su sagacidad, le permitieron echar mano de esa compleja red de noticias y fue obteniendo, sólo con presionar ligeramente, sabiamente alguna tecla de esa infinita maquinaria, toda la ayuda y protección que requerÃa, hasta que al fin le anunciaron que la concesión le habÃa sido otorgada. Y fue entonces cuando comenzó a romper papeles, a cerrar gavetas, a enviar como despedida cestos de flores y perfumes costosos y a gastar varias horas en el adiestramiento de un joven ambicioso, seguro y decidido como él, ávido de labrarse un porvenir, y conformarse con desempeñar tan sólo el papel de hombre de negocios: esposa distinguida, residencia en el Pedregal, enero en Acapulco, el otoño en Europa. ¡No estaba mal! No, de eso no podÃa arrepentirse; habÃa combatido con las armas que encontró a la mano para hacerse de una posición, con las armas válidas entre quienes la alcanzan, y, sin embargo, sin que pudiera explicarse el porqué, en el fondo uno no era sino un granuja, a menos que logre estar atento para que no se dé nunca la posibilidad de esa fisura, de que se escapen esos fragmentos de vida que contienen todos los secretos. Pero, ¿de qué servÃa reflexionar, tratar de encontrar la solución, remontarse al pasado para exigir aclaraciones? No habÃa esfuerzo que valiera la pena.




Junio 8th, 2006 at 8:09 am
Un gran libro te has regalado, Palimp.
Una pregunta: ¿qué opinión tienes de la obra de Vila-Matas?
Junio 8th, 2006 at 6:17 pm
No tengo mucha opinión al respecto; sólo he leÃdo un libro. Me han hablado muy bien y muy mal sobre el autor; tendré que leer más para poder opinar por mi mismo.
Junio 8th, 2006 at 6:20 pm
Justamente me ha sucedido lo mismo, me han hablado bien y mal de él, también me pondré a leerlo.
Junio 9th, 2006 at 5:21 pm
En el blog de Cristina puede verse alguna reseña elogiosa:
http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200508.htm#136
Junio 10th, 2006 at 6:21 pm
Gracias, Palimp, la leeré.
Junio 11th, 2006 at 7:53 pm
Gracias por la recomendación. Lo voy a leer con mucho gusto. Un saludo
Junio 11th, 2006 at 8:37 pm
Creo que te gustará
Junio 16th, 2006 at 12:46 pm
Pues lo poco que leà de Pitol (veo que haces referencia a ello) me encantó. Y si lo leÃ, fue gracias a ti, a que te habÃa leÃdo ponerlo estupendamente. Asà que igual me hago con éste, pero… a ver si sale en Compactos, que me entra una pereza de bolsillo con los otros…
Junio 17th, 2006 at 7:39 pm
Supongo que acabará saliendo en compactos, pero tardará un tiempo. El que leÃste es uno de los mejores.