Cuchitril Literario

Julio 30, 2006

Más vale tarde que nunca

Archivado en: General — Palimp @ 7:39 pm
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Mi amigo The Happy Butcher me lanzó hace ya tiempo un meme. Como no he andado muy sobrado de tiempo no he podido cumplimentarlo, y a la puerta de las vacaciones he sacado un momentito para hacerlo.

La cosa va de recomendaciones. Más de una vez he dicho que no soy partidario de cosas del tipo mi mejor escritor o mi mejor película, así que tomen las siguientes recomendaciones como las que me han venido a la cabeza tal día como hoy; mañana quizás fueran diferentes. Eso sí, no están todas las que son pero les aseguro que son todas las que están. Al lío:

Recomiéndame tres libros de entretenimiento (novela, poesía, etc…):

- Los detectives salvajes. Roberto Bolaño. Sigue siendo mi preferida de Bolaño. Descubrirla fue todo un acontecimiento.

- Esperando al año pasado. Philip K. Dick. Quizá no sea su novela más redonda, pero siempre me ha gustado. Dick es un escritor peculiar; quizá no tenga un gran libro, pero tiene una visión del mundo -no me lapiden, señores puristas- comparable a la de Kafka.

- Las olas. Virginia Wolf. Otro libro que me causó un shock en su momento.

Recomiendame tres obras de tu área de conocimiento o de tu especialidad:

- Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle. Douglas R. Hofstadter. Me parece tan buen libro que me lo he leído nueve veces y tengo dos ejemplares: uno para prestar y otro para tenerlo en casa. Nunca he leído mejor divulgación científica.

- El dilema del prisionero. Poundstone, William. El tema es interesante y contiene la biografía de von Neumann.

- Pruebas y refutaciones. Imre Lakatos. Otro libro que habré leído como cinco o seis veces. Filosofía de la ciencia en acción.

Recomièndame tres direcciones de internet (no blogs)

- Arp-Sapc. Decana del escepticismo y con documentación muy interesante.

- Wikipedia. Al margen de polémicas sigue siendo la mejor enciclopedia de la red, y además libre.

- chistesmuybuenos. Hay que dejar sitio para el humor ¿no? Y la página es de un amiguete.

Recomièndame tres blogs:

- Cocaina Intelectual, por supuesto :P

- Bloc de naide. Siempre me han gustado las noticias bizarras o curiosas, hasta el punto de tener recortes de periódicos con títulos tales como Las patatas frenaron el IPC. Ahora las tengo todas al alcance de la mano en este blog y con comentarios jugosos. ¿Qué más puedo pedir?

- Recuerdos inútiles. De este blog me gustaría destacar los montajes entre libros y figuritas, como éste. Me encantan.

Recomièndame tres películas (actuales o antiguas)

- Cualquiera de Hal Hartley. Como todas son practicamente la misma, no hay diferencia. Para cumplir estrictamente el meme destacaría Amateur.

- Dias de futbol. Lo guay es echar pestes del cine español. Y no voy a decir que sea bueno pero ¿de verdad la gente cree que el americano es mejor? Soy fan del grupo de teatro Animalario, al igual que David Serrano, el director de esta descacharrante película.

- El Gabinete del Doctor Caligari. Cuando veo joyas como esta me pregunto que le ha pasado al cine ¡Si vamos a peor! Una joya del expresionismo que además puede verse gratis. ¡Chincha, SGAE!

Recomièndame tres discos

- Surfer Rosa. Pixies. El debut de estos monstruos de la música. Insuperables.

- Obras escocidas. Los enemigos. Despedida y cierre del mejor grupo de rock español. Unos genios inimitables.

- Dry. P.J. Harvey. Otro álbum de debut redondo. Sus canciones siguen teniendo la misma fuerza que entonces.

¿A quién mando el meme? A quien quiera cogerlo, no voy a poner en compromisos y menos en vísperas de vacaciones. A todos los lectores que se animen a hacerlo.

Julio 28, 2006

Chester Himes. Empieza el calor. Corre, hombre. Todos Muertos.

Archivado en: Novela — Palimp @ 6:17 pm
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Ediciones Orbis, 1984. 400 páginas.
Tit. Or. The heat’s on. Trad. Marcelo Cohen. Run, man, run. Trad. Antonio Prometeo Moya. All shot up. Trad. Ana Goldar.

HImesVarios
Negro y caliente

Me gusta Chester Himes y me gusta poder encontrar sus obras baratas. Dos euros me costó este ejemplar con tres de sus novelas. Imposible encontrar algo de tanta calidad a menos precio.

En Empieza el calor Ataud Johnson y Sepulturero Jones tendrá que desenredar una compleja trama que implica a un gigante albino un poco retrasado, un gurú africano, una curandera traficante de drogas, una mujer de alto voltaje e incluso a un perro. La solución sólo vendrá después de muchos muertos y alguna que otra explosión.

Corre, hombre es la historia de un hombre que estuvo en el momento incorrecto en el lugar inadecuado; testigo de un crimen por parte de un policía deberá ponerse a salvo si no quiere ser también una víctima. El problema es que nadie parece creer en sus palabras, ni siquiera su novia.

Todos muertos comienza con un timo que se complica. El asesinato de un travesti resultará estar relacionado con problemas políticos. Nuestros detectives, los hombres, deberán encontrar el hilo que une a los dos crímenes si quieren solucionar el caso y salvar al señor Holmes.

La única pega que le veo a esta colección de obras completas es que une diferentes traducciones. Así, en la primera novela los detectives son Ataud Johnson y Sepulturero Jones, mientras que en la tercera se llaman Coffin Ed y Grave Digger. Poco hubiera costado una pequeña revisión de los textos.

Sé que los hermanos Cohen se inspiraron en La llave de cristal de Hammet para su película Muerte entre las flores, pero no sería de extrañar que los excesos visuales de sus películas (pienso, sobre todo, en Fargo) debieran mucho a Chester Himes. Las descripciones de los personajes que pueblan Harlem son antológicas, pero cuando se trata de escenas sangrientas y surrealistas, estamos ante un autor que toca el cielo.

Leí este libro hace ya mucho tiempo y fue el que me decidió a incluir un extracto al final de estas entradas. No quería tener que describir como describe Himes, quería que lo leyeran ustedes mismos. Los azares del traslado han hecho que me retrasara en la reseña, pero les invito a leer los extractos del final y a que disfruten de su excelente prosa. Espero que les guste tanto como a mí.

Escuchando: Sonata op.5 Nr.4 Allegro. Arcangelo Corelli .


Extracto:


Tío Santo intenta robar a la hermana Celeste: (Empieza el calor)

Se levantó y abrió el paquete; ajustó la barrena en el taladro. Aferrándolo con la mano derecha, se acercó al catre, cogió la escopeta con la izquierda y entró a la habitación de la Hermana Celeste.

Dejó la escopeta en el suelo, frente a la cómoda, después desenchufó la lámpara de noche y enchufó el taladro.

La cerradura exterior no le ofreció ningún problema. Practicó una serie de agujero alrededor hasta que la faldilla cayó por su propio peso. Después empezó a perforar una superficie de una pulgada en la caja de seguridaa, a la derecha del dial. El acero no cedía como mantequilla; cuando por fin se abrió paso, la punta de diamante estaba casi gastada.

Ahora venía la parte peliaguda. Insertó el tubo de 1/4 de pulgada en el agujero de 3/8 hasta que tocó fondo detrás de la puerta. Más de treinta centímetros quedaron colgando fuera. Los cortó, de manera que sólo sobresaliera una pulgada. Con una hoja de papel, después, hizo un embudo e introdujo el extremo en el tubo de goma.

Fue hasta la cocina, cogió la botella de nitroglicerina y la llevó a la habitación. Con la punta de un imperdible quitó la delgada capa de goma que obturaba el cuello de la botella. Apelando a una precaución infinita, la respiración en suspenso, vació la botella en el embudo con un chorro medido y constante. Cuando acabó, dejó la botella en el suelo y soltó la respiración en un largo y profundo suspiro.

Empezaba a sentirse alegre. Lo había hecho. Quitó el embudo y ajustó la mecha al tubo de goma. Se puso a reunir el taladro, la barrena y la botella vacía, pero de pronto pensó: ¿para qué diablos?

Recogió la escopeta y se dispuso a encender un fósforo. Escuchó a alguien en la puerta del fondo. Adelantó la escopeta, retrajo el martillo de ambos cañones y entró a la cocina. Pero era sólo la cabra que intentaba meterse nuevamente. En un súbito acceso de ira, agarró la escopeta por los cañones y se preparó a golpearle la cabeza. Pero se le ocurrió una idea.

—Si quieres entrar, entra —murmuró, abriendo la puerta.

La cabra lo miró con agradecimiento, entró lentamente y miró alrededor como si jamás hubiese estado allí.

Mientras retornaba a la habitación y encendía el fósforo soltó una risa maliciosa. Llena de curiosidad, la cabra lo siguió y estaba inclinando el cuello para espiar por entre las piernas cuando él encendió la mecha. El no se dio cuenta de que la cabra lo había seguido. En el preciso momento en que la mecha comenzó a arder, giró sobre sus talones y se echó a correr. La cabra pensó que iba a por ella y también se dio vuelta y emprendió la carrera. Pero se equivocó de dirección y él no lo vio hasta que fue demasiado tarde. Tropezó con ella y cayó al suelo de bruces.

— ¡Cuidado, cabra! —gritó al caer.

Había olvidado bajar los martillos de la escopeta, que sostenía con la culata hacia adelante desde su intento de partirle la cabeza.

La culata dio contra el piso y los dos cañones se dispararon. La pesada carga de perdigones hizo impacto en la caja de seguridad, dentro de la cual había media pinta de nitroglicerina.

Por alguna extraña razón la casa se desintegró nada más que en tres direcciones. El frente se expandió a lo ancho de la calle, yendo elementos tales como cama, mesas, cómodas y una jofaina de esmalte semipintada, a estrellarse contra la fachada de la casa vecina. Las ropas de la Hermana Celeste, algunas de las cuales databan de los años veinte, se esparcieron sobre la calzada como un fantástico cubrecama multicolor. El fondo de la casa, junto al horno, el refrigerador, la mesa y las sillas, el catre y la caja de seguridad de Tío Santo, los cacharros y los cubiertos, pasaron por encima del cerco y fueron a parar al descampado. Después de aquello, los vagabundos que acampaban en el lugar pudieron preparar sus guisos con un inusitado despliegue de lujo. El garaje de hierro corrugado fue lanzado, intacto, a treinta metros de distancia, dejando al Lincoln desnudo bajo el sol. En tanto que la parte superior de la casa, incluido el altillo con su piano vertical, el trono de la Hermana Celeste y el baúl de los recuerdos, salieron disparados hacia el cielo, y aún mucho tiempo después de la explosión pudo seguir oyéndose que el piano muerto sonaba por sí mismo en alguna parte.

La puerta exterior de la caja de seguridad voló en la misma dirección que el horno de la cocina. La interna fue perforada como una bolsa de papel por un puñetazo y su cerradura salió despedida. Jirones de billetes de cien dólares flotaban en el aire como hojas verdes abandonadas a un huracán. Algunas horas después, aquel mismo día, aún había vecinos recogiéndolos hasta a diez manzanas de allí, y hubo quien pasó todo el invierno intentando unir los pedazos.

Pero la planta de la casa resultó intacta. Había sido despojada de todo desperdicio, todo alfiler o aguja, toda partícula de polvo; pero la lisa superficie de madera y linóleo no sufrió daño alguno.

Fue difícil determinar con posterioridad en qué dirección salieron impelidos Tío Santo y la cabra, pero cualquiera fuese ésta el hecho es que volaron juntos, dado que los dos auxiliares de la oficina de exámenes médicos del condado de Bronx no pudieron distinguir los trozos de carne de cabra de los de carne de Tío Santo, trozos que constituían todo el residuo de ambos sobre el que se pudiera trabajar.

El problema consistió en que Tío Santo nunca había volado una caja de seguridad antes de aquélla. Una quinta parte de la nitroglicerina empleada hubiera bastado, evitándose así que la caja se llevara con ella al violador y a la casa entera.

El detective asesina a Sam el Gordo (Corre, hombre):

Luego le daré en la boca, le romperé la mandíbula y le patearé los ojos… —Sam el Gordo contemplaba lleno de terror las exhibiciones de aquel loco— …y luego le patearé los cojones hasta dejarlo tieso como a un perro. —Hablaba con los dientes apretados mientras daba saltos. Un leve hilo de saliva se había acumulado en las comisuras de la boca.

Sam el Gordo nunca había visto a un blanco enloquecer de aquella forma. Nunca se había percatado de que la presencia de un negro pudiera volver majara a un blanco. Nunca lo hubiera creído. Por un momento había creído que todo aquello iba a suceder. Pero en aquellos momentos se desmoronó ante aquella violencia porque estaba aterrado como si estuviera ante el mismísimo diablo, en el que nunca había creído.

—Y luego dispararé al muy hijo de puta hasta que se le salgan las tripas —rugió el detective con voz que amenazaba muerte.

Uno tras otro, sonaron tres disparos seguidos como bufidos de motor frío.
Los ojos de Sam el Gordo se agrandaron de sorpresa.

—Ha disparado —dijo con voz llena de incredulidad.

Los pollos fueron cayendo uno por uno de sus dedos rígidos.

El detective bajó los ojos y contempló la pistola que tenía en la mano. Una finísima hebra de humo brotaba del silenciador y un olor a cordita comenzó a sentirse en aquella estancia helada.

—¡Jesucristo! —susurró con horror.

Sam el Gordo se sujetó a las asas de la pila de bandejas para no caer. Podía sentir en sus intestinos los cuerpos punzantes que le taladraban.

—¡Santo cielo! —susurró.

Cayó hacia delante, arrastrando consigo las bandejas de la estancia. Sobre su cabeza rizada cayó salsa de pavo hecha tres días atrás, espesa y helada, y él se dobló como un feto entre una lata de veinticinco litros de salsa picante y tres cajas de madera con lechugas congeladas.

—Por Dios, tenga compasión —se quejó con voz que apenas podía oírse—. Llame una ambulancia, jefe, me ha disparado usted porque sí.

—Demasiado tarde —dijo el detective con voz repentinamente sobria y fría como una piedra.

—No es demasiado tarde —suplicó Sam el Gordo en un susurro desmayado—. Déme una oportunidad.

—Ha sido un accidente —dijo el detective—. Pero nadie lo creería.

—Yo lo creo —dijo Sam el Gordo como si aquélla fuera su última oportunidad, pero su voz no contuvo ningún sonido.

El detective volvió a alzar la pistola, apuntó a la cabeza cubierta de salsa y apretó el gatillo.

Al gruñir el arma, el cuerpo de Sam el Gordo sufrió una ligera convulsión y se relajó.

El detective se dobló de pronto sobre sí mismo y vomitó en el suelo.

El detective seduce a la novia del perseguido (Corre, hombre):

El hombre se le acercó y le acarició los hombros con lentitud y dulzura. Podía sentir su carne vibrante bajo el fino quimono.

—No debería haberse peleado con él —dijo.

—¡Él se peleó conmigo! ¡Dios mío! —dijo, sollozando—. Ni siquiera pude decir una palabra.

—Tendría que habérselo imaginado desde el principio —dijo él, sin dejar de acariciarle los hombros—. No debería alterarse.

—¡Que no debería alterarme! No todos los días la deja a una el novio.

El pesado revólver con silenciador de su trinchera golpeaba suavemente contra el brazo del sillón mientras él proseguía sus caricias. Sentía que se le electrizaba la palma de la mano.

—Volverá —dijo—. No tiene otro lugar adonde ir.

Aquella idea intensificó el llanto de la muchacha.

El hombre sintió que se le debilitaban las piernas de tanto estar de pie, y empezó a sentirse incómodo en aquella estancia cerrada y caldeada. Buscó un sitio donde sentarse, pero el abrigo de pieles de la joven parecía ocupar el único asiento disponible. Vio la otomana raída junto a la mesita del televisor y la acercó para tomar asiento. Se quitó el sombrero, se sentó frente a ella, le cogió la mano izquierda y comenzó a acariciársela con lentitud y suavidad desde la punta de los dedos hasta la muñeca.

Ella bajó la vista, vio sus muslos descubiertos y se cerró el quimono.

—¿Consiguió que se lo dijera todo? —preguntó el hombre.

—¿Decir? ¡Pues no dijo poco ni nada! —exclamó la chica estallando en otra risa histérica.

—No se preocupe por eso ahora —dijo él, alargando las caricias desde la punta de los dedos hasta el antebrazo desnudo y el codo—. No piense en ello ahora. Ya encontraremos la manera de salvarle.

La chica advirtió entonces la mano que le acariciaba con dulzura el brazo desnudo. Sintió pinchazos en el cuerpo, como ligeras descargas eléctricas. Se secó las mejillas con la derecha e intentó dominar sus convulsiones. Pero su cuerpo seguía agitándose como cuando ponía todo su instinto sexual en una canción.

—Si fuera un hombre más apasionado —se quejó ella, temblándole un poco la voz todavía.

—Usted es una muchacha apasionada —dijo él, con voz intensa y baja, comenzando a acariciarle el brazo y el hombro—. Es usted demasiado apasionada para un hombre normal.

Se había acercado tanto a ella que la joven podía olerle el pelo húmedo. Su mano libre le tocó sin querer y su cuerpo se sintió recorrido por un escalofrío.
De pronto, la mano del hombre se cerró en torno de su pecho.

La joven se estremeció espasmódicamente.

Los labios del hombre se cerraron sobre los de la muchacha en un beso ardiente y feroz.
Cerró ella los brazos en torno del hombre y apretó el pecho contra él. Notó que la habitación se sumergía en un creciente torrente de deseo.

Asesinato en Todos muertos:

Un sobrio Cadillac negro estaba aparcado en la calle 134, a pocas puertas de la funeraria de Clay, junto a la acera opuesta. Por su sombría apariencia, bien se le podía tomar como un coche fúnebre.

El motor funcionaba a régimen mínimo de revoluciones y no se le oía. La calefacción funcionaba también, las luces estaban apagadas. Las escobillas barrían el parabrisas.

George Drake estaba sentado al volante, y se limpiaba las uñas con un diminuto cortaplumas de mango de oro. Era un nombre de color, de aspecto común, de edad indefinida. Hasta su cara ropa oscura parecía ordinaria en él. Lo único notable en sus facciones eran sus ojos, que apenas parpadeaban. No parecía aburrido ni impaciente; tampoco tenía aspecto de persona paciente. Al verle, cualquiera hubiese pensado que esperar a al¬guien era su tarea habitual.

Big Six estaba sentado junto a Drake, limpiándose los dientes con un viejo palillo de hueso. Su espalda parecía gigantesca dentro del abrigo colorido, ajustado a la cintura con un ancho cinturón. El sombrero negro, de alas anchas, le cubría los ojos. Su cara picada de viruelas era descomunal. Entre los dientes amarillos se advertían espacios vacíos.

Un borracho blanco se tambaleaba entre la nieve que le llegaba a los tobillos. Su sombrero de fieltro oscuro, abollado y sin forma se apoyaba sin firmeza en la parte trasera de su cráneo. El pelo liso, abundante y grueso estaba echado hacia atrás y descubría una frente tan amplia como la del Eslabón Perdido. La cara blancoazulada, con sus cejas espesas, pómulos altos, facciones rústicas y boca ancha de labios delgados, tenía algo de indígena. Un abrigo azul oscuro, con algunos copos de nieve a un lado, revoloteaba en torno a su cuerpo y, al abrirse, dejaba ver un arrugado traje ordinario de sarga azul, con chaqueta de doble botonadura.

El borracho se detuvo de pronto, abrió sus pantalones y empezó a orinar sobre el parachoques delantero del Cadillac, balanceándose hacia atrás y adelante.

Big Six bajó el cristal de su ventanilla y dijo:

—Sal de ahí, hijo de puta. Deja de mearnos el coche.

El borracho se volvió y le miró con ojos negros, inyectados en sangre.

—Te mearé a ti, negrito —murmuró una voz sureña.

—Ya veremos si te atreves —dijo Big Six, que guardó su palillo de dientes en un bolsillo del abrigo y abrió la puerta del coche.

—Déjale ir —dijo George Drake-. Aquí baja Jackson.

—Le voy a aplastar, nada más —anunció Big Six—. No me llevará ni un segundo.

En el espejo del lado derecho, George vio a dos hombres de color que caminaban junto a la casa frente a la cual él estaba aparcado. Llevaban viejas maletas Gladstone y parecían obreros de camino hacia su trabajo. Ambos comenzaron a cruzar la calzada. La ventanilla trasera del Cadillac estaba cubierta por la nieve, de modo que George les perdió de vista.

—¡Hombre, de prisa! —ordenó en el momento en que Big Six le ponía la mano encima al borracho.

El blanco describió un amplio arco con su mano derecha, que había

mantenido oculta, y sumergió la hoja de un cuchillo de caza en la cabeza de Big Six. La hoja se deslizó por sobre la sien izquierda y recorrió la parte interna del cráneo para emerger por encima de la sien derecha. Big Six quedó sordo, mudo y ciego, pero no inconsciente. Se inclinó hacia adelante y trastabilló sin rumbo fijo, como un viejo ciego.

—¡Maldicióooon! —gritó George Drake mientras abría la puerta del coche con la mano izquierda y con la derecha buscaba su pistola, por debajo de la chaqueta.

Ya tenía el pie izquierdo en la calzada, enterrado en la nieve, y su mano izquierda se aferraba al borde de la puerta para mantener el equilibrio, cuando un lazo corredizo cayó sobre su cabeza y se sintió arrojado hacia atrás. Una rodilla le golpeó la espalda y sintió un dolor que le hizo pensar que su columna vertebral estaba rota; luego se le cayó el sombrero. Una porra golpeó por encima de su oreja izquierda, luces multicolores estallaron dentro de su cabeza y perdió el sentido.

—Ponió atrás —ordenó el hombre blanco, desde el otro lado del coche—. Las demás cosas mételas dentro del maletero.

El hombre volvió la cabeza, echó una última mirada a Big Six y se olvidó de él.

Big Six caminaba lentamente por la acera, calle abajo, arrastrando sus pies entre la nieve. La herida casi no sangraba; un hilo de sangre le recorría la mejilla desde el lugar por donde sobresalía la punta de cuchillo. Sus ojos estaban abiertos; aún tenía el sombrero sobre la cabeza. A no ser por el mango de asta del cuchillo y los cinco centímetros de hoja que asomaban al lado opuesto de su cráneo, se le hubiera tomado por un borracho cualquiera. En silencio, Big Six clamaba por la ayuda de George.

El hombre blanco se sentó en la parte trasera del coche y recogió un extremo del lazo. Uno de los hombres de color se sentó al volante; el otro estaba atrás, guardando las maletas Gladstone en el maletero.

Un coche fúnebre negro y reluciente salía con lentitud del garaje de la funeraria. El conductor enderezó la dirección y acercó el vehículo a la acera. Un hombre negro y gordo, que llevaba un uniforme de chófer de tela oscura, descendió para ir a cerrar la puerta del garaje. Luego echó una mirada al Cadillac aparcado al otro lado de la calle.

—Haz centellear las luces —ordenó el hombre blanco desde el asiento trasero.

El conductor encendió las luces largas durante un instante.

Jackson agitó su mano derecha y se introdujo en el coche fúnebre.

La nieve no había bloqueado aún las calles secundarias y el coche fúnebre avanzó con lentitud hasta la Séptima Avenida. El Cadillac le seguía a media manzana de distancia, con las luces de posición encendidas.

El blanco había hecho girar el cuerpo de George Drake sobre el piso; apoyó entonces un pie entre los omóplatos del negro y luego otro sobre la nuca y tiró del lazo tanto como le fue posible. Lo mantuvo así mientras el Cadillac bajaba por la Séptima Avenida, ya limpia de nieve, y giraba por la calle 125.

Cuadrillas de obreros negros, deseosos de ganarse unos dólares en el día de descanso, paleaban las montañas de nieve y las cargaban en los camiones del municipio.

Los coches recorrían nuevamente las calles despejadas y borrachos alegres y decididos se encaminaban hacia los bares. Algunos vagos arroja¬ban puñados de nieve blanda a sus amiguitas, que corrían entre chillidos de regocijo. Un camión de correos se detenía junto a cada buzón para recoger la correspondencia.
Big Six seguía arrastrándose con paso tardo hacia la Séptima Avenida con el cuchillo atravesado en su cráneo. Pasó junto a una joven pareja. La mujer jadeó y se puso pálida.

—Es una broma —le explicó el hombre con aire de conocedor—. Esas cosas se compran en las tiendas de juguetes. Equipos para magos. Te pegas uno a cada lado de la cabeza.

La mujer se estremeció.

—Pues no tiene gracia —dijo—. Un hombre mayor como ése jugando con esas cosas de cuchillos.

En su camino, Big Six pasó junto a una mujer con dos niños, que iban de camino hacia un cine, para ver una película de terror. Los niños chillaron. La mujer se sentía indignada.

—Tendría que sentirse avergonzado de sí mismo. ¡Asustar así a los niños! —acusó.

Big Six seguía a paso lento, ajeno al mundo exterior. En silencio, la parte racional de su mente iba diciendo: «¡ George! George, ese hijo de puta me ha jodido.»
Comenzó a atravesar la Séptima Avenida. La nieve se había amontonado sobre el borde de la acera, y sus pies se hundieron en ella. Tropezó, pero pudo evitar la caída. Se metió en uno de los carriles, en medio del tráfico. Cruzó frente a un coche que había tomado velocidad. Rechinaron los frenos.

—¡Borracho idiota! —gritó el conductor. Luego vio el cuchillo que sobresalía de las sienes de Big Six.

El hombre descendió del coche de un brinco, corrió hacia Big Six y le tomó del brazo con suavidad.

—Dios del santo cielo —murmuró.

Era un médico de color, joven, que hacía su período de internado en un hospital de Brooklyn. Había visto un caso similar un año atrás. También aquella víctima había sido un hombre de color. El único modo de salvarle era dejar el cuchillo donde estaba.

Una mujer comenzó a descender del coche.

—Dick, ¿puedo ayudarte? —La joven sólo había visto el mango del cuchillo. No había visto la parte de la hoja que asomaba al otro lado.

—No, no, no te acerques —le ordenó — . Ve hasta el bar más cercano y llama una ambulancia… será mejor que vuelvas con el coche hasta el bar de Small. Haz un giro en U.

Mientras la mujer se alejaba, otro coche con dos hombres se detuvo.

—Sí, ayúdeme a acostar a este hombre en la acera. Tiene un cuchillo atravesado en el cráneo.

— ¡Jesús crucificado! —exclamó el segundo ocupante del coche, antes de abrir la puerta de su lado y descender—. Cada día piensan alguna nueva manera.

Julio 21, 2006

Empar Moliner. Feli, esthéticienne.

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Ediciones Destino, 2000. 276 páginas.

molinerFeliEstheticienne
Mujeres desesperadas

Hace más de un año que tenía planeado hacer un especial Empar Moliner en el Cuchitril. Tengo todos sus libros menos este de Feli, esthéticienne que encontré el otro día en la biblioteca. Ha sido el último que he leído -o releído- pero es tal el caos que tengo por motivo del traslado múltiple de mi casa y despacho que va a ser el que voy a reseñar primero. Aunque creo que ya he abierto todas las cajas, todavía hay libros que no he encontrado.

El talento de Empar para el cuento es innegable pero ¿qué tal se defenderá en una novela? Pues estupendamente. La mayor extensión le permite desarrollar una serie de personajes cotidianos pero extravagantes. ¿Se imaginan a un culturista que se convierte al budismo tras encontrar una imagen de Buda en un jamón? ¿A una trabajadora social todavía virgen con más de treinta años obsesionada con los juegos olímpicos de Barcelona 92? ¿Un dramaturgo en ciernes que cada vez que le surge una oportunidad de follar no puede por llevar los calzoncillos sucios? Pues todo eso y mucho más lo encontrarán aquí.

La única crítica que se me ocurre es la misma que se le puede hacer a Pratchett; apenas hay una historia. Pero no hace falta. El ingenio y la prosa corrosiva de Empar bastan y sobran para levantar el libro. Y muy alto. Un humor no sé si inteligente (etiqueta muy abusada) pero sí muy divertido y directo a la yugular. Me ha levantado el ánimo alicaído que tenía estos días.

No crean que es un libro de chistes; los personajes son una delicia, y la autora sabe colocarlos en situaciones muy jugosas. Todos obsesionados con el sexo y con dificultades para conseguir pareja. Pero no se preocupen, el buen corazón de Empar Moliner repartirá felicidad para todos.

Olvídense de la insulsa portada e incluso del título anodino, que esconden un excelente libro. Por desgracia sólo para los lectores catalanes ya que no existe -¿a que esperan?- traducción al castellano. No se lo pierdan.

Empar Moliner en el Cuchitril:

L’ensenyador de pisos que odiava els mims.
Feli, esthéticienne.
T’estimo si he begut.
Busco senyor per amistat i el que sorgeixi.
¿Desitja guardar els canvis?

Escuchando: Lefa’m. Albert Pla .


Extracto:


Va tornar a pujar a la bàscula i no va tenir temps de rumiar el seu sobrepès que la porta de la sauna es va obrir.
Va sortir-ne una mena de veterà del Vietnam, monstruós i inflable, amb dues cames com dues xemeneies de central nuclear. Estava tot suat i brillant i gastava una cara t’emprenya-me’n èpica. Es va quedar uns moments palplantat. Duia la tovallola embolicada a l’entorn de la cintura i unes xancletes que el Fede va calcular que eren del número 47-bis.
I bramulava emprenyat. Potser era un vàndal que s’acabava de pixar a les brases de la sauna i s’havia esquitxat.
Ell, de la bàscula estant, no va saber què fer: i si era un neonazi que degollava tots els fedes esquifits que entraven als vestuaris? Va empassar saliva; una cuixa d’aquell era com tota la seva cintura, i un dels seus dits (sense voler exagerar) era com un dels seus subalimentats canells.
Però potser no era un neonazi (a les ciutats érem molt desconfiats). Potser era un epilèptic i s’havia notat que era a punt de tenir un atac.
-Bona tarda -va decidir saludar-lo el Fede perquè l’altre advertís la seva presència en calçotets. Però el monstre no només no li va tornar la salutació sinó que va començar a donar-se cops de cap contra una taquilla. Ho va fer a consciència, còmodament assegut, però amb fúria, el soroll ressonava per tot el vestuari. Allò sí que era tenir metodologia a l’hora d’obrir-se el cap.
[…]
-Nnnyyy! -cridava cada cop que se’n donava un. I al cap d’un minut o dos va agafar la tovallola que duia nuada a la cintura i es va eixugar la suor.
Aleshores el Fede va haver d’empassar saliva per no ser ell qui cridés. Allò no era possible, no podia ser, no. Tenia el penis més immens que hagués ja no vist sinó imaginat mai.
Va provar de calcular. Quant feia exactament un pam? Perquè allò media els seus dos pams i mig! No es volia ni imaginar com seria sense estar en repòs. Allò devia fer mal a la seva parella, perquè vejam: dos pams, posats en línia recta a l’interior de la panxa d’una dona -encara que fos molt alta- donarien com a resultat que aquell fal•lus elefan-tíac li arribés fins al pit. Al pit, però per dins! Es devien morir totes traspassades, segur que el monstre tenia dificultats per mantenir relacions sexuals. Les dones quedaven amb ell, sopaven, xerraven i en el moment en què el veien despullat li deien «em sap molt greu però no puc fer-ho amb tu, no vull haver d’anar a l’hospital amb hemorràgia interna i haver d’explicar com me l’he fet». Perquè, és clar, el pitjor d’una cosa així és quan el metge et pregunta com t’ho has fet. Sort que no s’havia tret els calçotets. Sort. Sort!
-Nnnyyyy! -va esgargamellar-se ell, de nou, tot abonyegant la porteta metàl•lica d’una taquilla grisa amb la mà esquerra.
[…]
El Polla Man seguia donant-se cops, ara amb l’esquena, es devia haver avorrit de picar sempre amb el mateix tros de crani i amb els punys, i ho feia com els policies de les pel•lícules quan han d’obrir una porta d’un sospitós.
[..…]
En realitat es volia disculpar, però era d’aquell tipus de persones que per demanar perdó es pensen que n’hi ha prou amb asseure’s al costat de l’afrontat sense dir res.
-A mi em deixa! -va mig cridar el Fede, abans que l’al-tre fes res, tot donant-li petites bufetades molt ràpides a les mans.
El veterà es va quedar quiet, segurament desencantat per sempre de la raça humana.
Estava perdent els cabells i se’ls rapava; el fet que aquell dia no s’hagués afaitat la barba feia que li veiessis el conjunt de cara, cap i clatell de color marró, de manera que semblava un kiwi amb orelles (les orelles eren molt grosses).
[…]
-Em perdoni -va mormolar-li el noi-. Ho faig, perquè no vull agredir les persones vives.
Persones vives. Tenia la veu enrogallada, segur que era perquè aixecava pes i bramulava per ajudar-se.
[…]
-Dóna cops per entrenar-se? -va demanar-li el Fede, que ja havia vist que la commoció cerebral era de naixement i li havia de seguir la beta.
KJ
-Per desfogar-me.
-Ah, mira que bé -va exclamar amb to de reprovació. Ell era cívic, li agradaven coses com el mobiliari urbà i els pipi-cans. Estava content de viure en una ciutat amb caixers automàtics i botigues de revelat ràpid.
-I de què es desfogava? (si es pot saber).
-Del culturisme.
-I per què? (insisteixo, eh? Si es pot saber).
-Per coses.
-Que no ha pogut aixecar pes?
-Cent quaranta-cinc quilos -va contestar-li ell amb un sospir que tenia una culleradeta escumosa i volàtil d’orgull batut com una mousse.
-Però això és molt! -va animar-lo el Fede, que no en tenia ni idea del que era molt i el que era poc. Potser en aquell gimnàs el que era normal era aixecar-ne cent cinquanta (si era així, s’havia equivocat de gimnàs).

-Cent quaranta-cinc quilos és moltíssim -va repetir. -Sí, però… a quin preu econòmic? El Fede es va asseure al seu costat, meravellat per la naturalitat de la redundància: -A quin?
I el noi va balbucejar més que no pas parlar, però ho va fer de manera que la frase va quedar dividida en tres blocs diferenciats, com si després de cada un d’ells li hagués calgut agafar més aire. Va fer-ho amb les dents serrades i donant tres cops, un per cada bloc.
-Diuen!! -cop- que m’he!! -cop- dopat!! El Fede no va poder evitar de fer un somriure compacte amb la boca triangular d’un ocell amb dents: ara entenia el tema del priapisme; segur que era un efecte secundari de les píndoles. Tothom havia sentit explicar històries de dopatge on als gimnastes els sortia pit i a les gimnastes bigoti, per les hormones. Segur que quan deixés el tractament el membre se li aniria encongint, encongint fins que arribés a la mida normal (que era la del Fede). Fins i tot era possible que se li encongís una mica més, com a penalització per les substàncies que havia pres.
-I com és que s’ho pensen?
-Perquè he aixecat més que ells -i va afegir, molt críptic-: Es un miracle.

Julio 14, 2006

Harold Bloom. Genios.

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Editorial Anagrama, 2005. 940 páginas.
Tit. Or. Genius. A mosaic of one hundred exemplary creative minds. Trad. Margarita Valencia Vargas.

BloomGenios
Antología canónica

Le robé este libro a mi mujer por su inusitada extensión. En pleno fárrago del traslado pensé -acertadamente- que no tendría ni un minuto para reseñar, y no quería que se me fuera acumulando trabajo. Como leer este tocho me costaría mucho tiempo evitaría crecimientos innecesarios de pilas de libros. La estrategia ha sido bastante efectiva, aunque no del todo: sigo teniendo mucho trabajo pendiente.

Harold Bloom es un reconocido crítico literario con más de veinte obras en su haber. Genios es una monumental recopilación de semblanzas de cien personalidades de la literatura especialmente relevantes. Para aparecer en este compilación basta con ser considerado un genio por Bloom y estar muerto (supongo que para evitar polémicas con autores vivos del tipo ¿por qué está éste y no yo?). La lista al completo es ésta:

William Shakespeare
Miguel de Cervantes
Michel de Montaigne
John Milton
León Tolstoi
Lucrecio
Virgilio
San Agustín
Dante Alighieri
Geoffrey Chaucer
El Yavista
Sócrates y Platón
San Pablo
Mahoma
Doctor Samuel Johnson
James Boswell
Johann Wolfgang von Goethe
Sigmund Freud
Thomas Mann
Friedrich Nietzsche
Soren Kierkegaard
Franz Kafka
Marcel Proust
Samuel Beckett
Moliere
Henrik Ibsen
Antón Chéjov
Oscar Wilde
Luigi Pirandello
John Donne
Alexander Pope
Jonathan Swift
Jane Austen
Dama Murasaki
Nathaniel Hawthorne
Hermán Melville
Charlotte Bronté
Emily Jane Bronté
Virginia Woolf
Ralph Waldo Emerson
Emily Dickinson
Robert Frost
Wallace Stevens
T.S. Eliot
William Wordsworth
Percy Bysshe Shelley
John Keats
Giacomo Leopardi
Alfred, lord Tennyson
Algernon Charles Swinburne
Dante Gabriel Rossetti
Christina Rossetti
Walter Pater
Hugo von Hofmannsthal
Víctor Hugo
Gérard de Nerval
Charles Baudelaire
Arthur Rimbaud
Paul Valéry
Homero
Luis Vaz de Camoes
James Joyce
Alejo Carpentier
Octavio Paz
Stendhal
Mark Twain
William Faulkner
Ernest Hemingway
Flannery O’Connor
Walt Whitman
Fernando Pessoa
Hart Crane
Federico García Lorca
Luis Cernuda
George Eliot
Willa Cather
Edith Wharton
F. Scott Fitzgerald
Iris Murdoch
Gustave Flaubert
José María Eca de Queiroz
Joaquim Maria Machado de Assis
Jorge Luis Borges
Italo Calvino
William Blake
D. H. Lawrence
Tennessee Williams
Rainer Marie Rilke
Eugenio Móntale
Honoré de Balzac
Lewis Carroll
Henry James
Robert Browning
William Butler Yeats
Charles Dickens
Fiodor Dostoievski
Isaac Babel
Paul Celan
Ralph Ellison

Uno puede estar más o menos de acuerdo, pero no cabe duda de que la lista es bastante completa y acertada. Si la tomamos como referencia de lo que todo lector debería conocer mi nota sería de 55, un aprobadillo. ¿Se animan a calcular su nota? Basta con contar a cuantos autores de la lista han leído.

Los artículos están agrupados en diez grupos de diez autores cada uno, encabezados cada uno por el nombre de una sefirot cabalística. Se dividen en un frontispicio, especie de resumen o idea acerca del autor, seguido de un análisis de su obra, haciendo hincapié en las características de su genio. El resultado es un extraordinario recorrido por la historia de la literatura.

No a todos los autores les tiene Bloom el mismo cariño, y se nota. Algunos artículos están muy bien, pero otros parecen escritos por compromiso; la sensación es que algunos están hechos a peso. Quizá no debí leerlo de un tirón, porque hubo momentos en los que se me hizo pesado; sobre todo en los apartados dedicados a los poetas que, como ya he dicho alguna vez por aquí, no son mi fuerte. Se podrá discutir la relevancia de algunos de los autores o echar a faltar algunos, pero no cabe duda de que es una lectura estimulante. Recomendado para leer poquito a poco.

Escuchando: Once upon a time. Marlango.


Extracto:

La lujuria en acción es el abandono del alma en un desierto de vergüenza; la lujuria, hasta que es satisfecha, es perjura, asesina, sanguinaria, vergonzosa, salvaje, excesiva, grosera, cruel e indigna de confianza.
Apenas se ha gustado de ella se la desprecia, se la persigue, contra toda razón; y no bien saciada, contra toda razón, se la odia, como un incentivo colocado expresamente para hacer locos a los que en ella se dejan coger.
Es una locura cuando se la persigue, y una locura cuando se la posee; excesiva al haberse tenido, al tenerse y en vías de tener; felicidad en la prueba y verdadero dolor probada; en principio, una alegría propuesta; después, un sueño.
Todo el mundo lo sabe perfectamente; y, sin embargo, nadie sabe evitar el cielo que conduce a los hombres a este infierno.

Shakespeare cambió nuestra forma de presentar la naturaleza humana -si es que no cambió la misma naturaleza humana-: es lo menos que podemos decir de él; y sin embargo no aparece retratado en ninguna parte en su obra dramática. Y aunque es discutible que haya revelado su interioridad en sus 154 sonetos, en ellos su genio se manifiesta indefectiblemente. Los Sonetos fueron publicados en 1603 pero bien pudieron haber sido compuestos en 1593; y aun si tuviesen elementos autobiográficos, parecen distanciarse deliberadamente de la autor revelación. El más poderoso de ellos, el 129, se sostiene en un tono extraordinario de intensidad controlada a la vez que evade deliberadamente a todos los personajes de las demás piezas: el hermoso y joven noble, la Dama oscura, el poeta rival y, lo que es más relevante, el “yo” que pronuncia casi todos los demás sonetos. La voluntad, el deseo e incluso la repulsión son aquí impersonales, pero la furiosa energía de estas catorce líneas transmite, con terrible elocuencia, un juicio negativo del elemento discriminatorio en el impulso sexual masculino, cuya culminación orgás-mica es “una pérdida de vergüenza”. El “gasto” sexual no es más que una pérdida del espíritu en el “infierno” de las vaginas, de cualquier vagina, que concluye el poema.

Shakespeare creó a Rosalinda, a Falstaff, a Hamlet, a Yago, a Lear, a Macbeth, a Cleopatra -personajes que conocemos mejor que a nosotros mismos-, pero se niega a crearse a sí mismo en sus sonetos. Y aunque nos suministra una gama casi infinita de conjeturas, se retira incluso ante lo que parecen ser sus propias humillaciones y sufrimientos eróticos. Podría ser que su alejamiento de sí mismo sea una insinuación que nos hace para que podamos tolerar los sufrimientos formidables que son el don estético que nos hacen sus tragedias.

Julio 7, 2006

Iban Zaldua. Si Sabino viviría.

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Educiones Lengua de trapo, 2005. 190 páginas.

ZalduaSiSabinoViviria
Un futuro muy reciente

Las primeras noticias de este libro las tuve en esta entrada del lector a la sombra. Y lo cierto es que tenía buena pinta. Ciencia ficción psicodélica ambientada en Nueva euzkadi y protagonizada por un singular detective galáctico… no dudé un segundo cuando la vi en la biblioteca.

Cosmic Josemi es un Marlowe del siglo XXVI cuyas principales obsesiones son el mus y follar. El gobierno de Nueva Euzkadi le ha confiado una importante misión; debe encontrar los restos del cadáver de un importante prócer para utilizar su ADN en la construcción de una inteligencia artificial. Para ello deberá descender a la Tierra -algo peligrosísimo- y defenderse de los ataques que el planeta enemigo Tauro dirigirá contra él.

Aunque el libro es bueno, me costó entrar en él. No podía evitar compararlo (y salía perdiendo) con Los sueños del Canciller, que acabo de releer hace poco. He descubierto que, mal que me pene, soy un pureta de la ciencia ficción. Zaldua utiliza el género como recurso para realizar una excelente crítica social, pero a mí la primera mitad me rechinaba un poco -pese a tener hallazgos geniales. Probablemente le gustará más a quien no sea asiduo del género.

Con todo, a partir de la mitad del libro la cosa mejora bastante y empecé a disfrutar de su lectura. Incluso el final, que parecía previsible, logró sorprenderme con una ingeniosa vuelta de tuerca. El resultado, que me acabó de convencer y me gustó mucho. Ahora sólo me queda buscar su libro anterior, La isla de los antropólogos, para comparar un poco. Lo disfrutarán.

Escuchando: Volvíamos tarde. Manolo García.


Extracto:

Estuve a punto de protestar: mientras que la pareja de Muviro era una réplica de Clark Gable (nada que objetar; antes al contrario), el autómata que colocaron frente a mí lo era de Manuel Fraga, con tirantes y todo. Estaba claro que había un recorte de presupuestos en el casino del Mirador II, o que el encargado de sala era un maldito rácano: no era elegante, desde ningún punto de vista, utilizar el mismo autómata en las mesas de mus y en las de dominó. Además, me ponía nervioso, no sólo por las miradas aviesas que creía adivinar en las células fotosensoras que llenaban las órbitas oculares del muñeco, sino sobre todo por los bruscos movimientos de sus manos, más apropiados para hacer restallar fichas sobre una mesa que para repartir cartas o mostrarlas al final de la mano; sin embargo, hay que reconocer, nobleza obliga, que la cosa estaba genial para los órdagos.

La partida no pudo ir peor: los garbanzos y las alubias se acumulaban con mucha mayor rapidez en el lado de ellos que en el nuestro y pronto fue evidente que, a diez euros nuevos el garbanzo y cincuenta la alubia, mi compañero y yo íbamos a perder una fortuna. Muviro y su autómata, es decir, el tipo o la tipa del casino de Dune, se entendían a la perfección: creo que hasta los pillé un par de veces pasándose señas falsas, cosa difícil, dado que, en principio, la pareja había sido formada al azar y, por lo tanto, era muy raro que se conocieran de antemano; además, la capacidad gestual de un autómata de plexiglás es más bien limitada. Todo lo contrario nos ocurría a Fraga y a mí: cada vez que le hacía la señal de que andaba bien a chica, se reservaba para el juego y, claro está, la cagábamos; yo, por otra parte, no conseguía distinguir su seña para grande de la de pares: probara lo que probara, me equivocaba siempre. Llegué a pensar que aquella especie de ninot estaba aquejado de un ataque de senilidad, y juro que estuve a punto de llamar al encargado de sala para que retiraran aquella remora, pero un gesto autoritario del autómata impidió, en todas las ocasiones, que llevara a término mi propósito. Lo cierto es que no sé lo que me asustaba más: si el ademán horizontal que el Fraga de plexiglás hacía con uno de sus pulgares a lo largo de su cuello o la posibilidad de que el muñeco, o quien estuviera manejándolo a unos cientos de kilómetros de distancia en el éter, tuviera la capacidad de leerme el pensamiento. Si era así, pensaba yo, por lo menos podría utilizarla para adivinar las jugadas de nuestros contrarios. Bueno, quizás lo hacía, y lo que ocurría es que yo no le entendía las señas…

El juego tuvo un desenlace brusco. Había entendido (como siempre, mal) que mi pareja tenía treinta y uno, y, como él iba de mano, al ver que pasaba a juego, decidí que aquella era la mía: escenifiqué una tímida subida de la apuesta que para sí hubiera querido el mariscal Ney en la batalla de las Termopilas y, sin hacer caso de los elocuentes gestos de Fraga, aguanté las embestidas de Clark Gable con un nerviosismo fingido, lo que le llevó sin remedio a un ordago que acepté sin dudar y, claro está, perdimos: yo tenía treinta y cinco, y mi compañero, treinta y cuatro. Genial.

Llegamos a la Ensenada Caramelo pasado el mediodía, pero decidimos esperar a la noche: era lo más sensato y, además, habría marea alta, lo que facilitaría nuestros planes. Los escombros de los antiguos bloques de protección oficial de la zona no eran muy cómodos, pero nos resguardaban de las miradas indiscretas, al tiempo que me permitían observar la zona con mis prismáticos sin ser detectado. Al fondo a la derecha se veía el muro de contención que marcaba la frontera de Los Guggenheim, iluminado por focos, a unos tres o cuatro metros sobre el nivel del mar. Estaba cubierto de verdín en algunas partes y no eran pocos los signos de reparaciones recientes que presentaba, pero aun así seguía siendo una maravilla de la antigua ingeniería terrestre.

Antes del Gran Adiós, cuando el nivel del mar comenzó a subir, Gobierno Vasco decidió salvar al menos una de las joyas turístico-paisajísticas de la costa vasca y la elección no pudo recaer más que en el Gran Bilbao, evidentemente. Los ingenieros de Gobierno Vasco diseñaron un complejo sistema de esclusas y farallones de geometría variable, inspirado en el de Venecia, que empezaron a construir sin dilación. Sin embargo, los usamericanos, que por aquel entonces ya poseían la soberanía compartida del Museo Guggenheim y sus alrededores, decidieron que aquel proyecto no les inspiraba la confianza suficiente y acometieron el suyo propio, más modesto: un muro de contención semiflexible, de hormigón galvanizado, de mayor altura que los del plan de Gobierno Vasco, pero que sólo protegería la zona del museo, el parque de Doña Casilda y parte de Abandoibarra, así como la zona del Ensanche que iba hasta lo que alguna vez fue la Gran Vía. Un clon de Frank Gehry —el que presentó el presupuesto más ajustado entre todos sus hijormanos— fue el encargado del diseño.

Ni que decir tiene que el Gran Tsunami de 2078 se llevó por delante toda la obra de los ingenieros de Gobierno Vasco, quizás por la escasa experiencia de la empresa encargada de su construcción, recién creada para la ocasión por un fabricante de máquinas tragaperras afín al PNV; sin embargo, el muro de contención usamericano resistió, convirtiéndose en el único sector del Gran Bilbao que no quedó anegado por las aguas. Finalmente, la resolución 320/2246 de las Naciones Unidas reconoció la soberanía absoluta de UsAmérica sobre el lugar, que se convirtió en base militar, espacial y turística (en ese o en cualquier otro orden, según períodos).

Fue en la época de mayor auge turístico, a principios del siglo xxiv, cuando se construyó la reproducción del Museo Guggenheim de Frank Gehry y, por tanto, recibió la zona su denominación actual: el salitre del mar, la contaminación radiactiva y la halitosis de los visitantes estaban dañando el titanio que recubre el museo original y decidió construirse junto al mismo una copia en fibroplástico que reproduciría con exactitud tanto el aspecto exterior como el interior y la colección permanente. Resumiendo: las masas visitarían la reproducción, mientras que el museo original quedaría herméticamente cerrado y sólo se abriría a pequeños grupos de visitantes selectos. Lástima que el aumento del nivel de radiación resultante de la penúltima guerra, entre 2345 y 2465, acelerase la prohibición del turismo legal y, por lo tanto, sellase la decadencia de Los Guggenheim como destino vacacional.

(En la editorial pueden leer los primeros capítulos)