Cuchitril Literario

Octubre 28, 2006

Entrevista a Andrew Crumey

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La editorial Elipsis ha tenido a bien enviarme un ejemplar de Möbius Dick, la última novela de Andrew Crumey. Un libro muy interesante que verán reseñado en breve en estas páginas.

También me preguntaron si me gustaría entrevistar al autor, que estaría el 23 y 24 de octubre en España. Ni que decir tiene que respondí afirmativamente y el lunes pasado pude realizar la entrevista que les reproduzco a continuación. Para hacer la trancripción he tenido que resumir algunos fragmentos, pero al final encontrarán tres archivos de audio con la integridad de la entrevista.

Andrew Crumey

CL En primer lugar me gustaría felicitarle por la publicación de este libro, creo que tiene cuatro o cinco publicados en España

AC Creo que este es el cuarto

CL El principio de D’Alembert, Pfitz,…

AC También ‘El señor MEE’

CL Yo sólo he leído este último, Möbius Dick y Pfitz. Por cierto ¿Cómo se pronunciaría?

AC Fiss, con pronunciación alemana.

CL Su libro arranca con una conferencia de una postmodernista deconstruccionista, me recordó un poco al libro de Sokal -en castellano se publicó como Imposturas intelectuales. Yo veo una actitud crítica a esa manera de hacer crítica literaria, y al respecto tengo dos preguntas ¿Esto es una respuesta a los que dijeron que usted era un autor postmoderno? Una manera de diferenciarse; de decir yo no soy postmoderno, o no soy postmoderno de esta manera

AC Mi primer libro fue calificado como postmoderno, pero yo distingo entre tener un estilo postmoderno y ser postmoderno filosóficamente. Como escritor utilizo todo el arsenal de trucos postmodernos: narración múltiple, intertextualidad… diferentes métodos de narrración. Pero el postmodernismo filosófico lo que viene a decir que la realidad es como una novela postmoderna. En la segunda parte del Quijote los protagonistas ven publicada la primera parte, algunos dirán que así es como funciona la realidad, pero yo creo que Cervantes estaba gastando una broma. Lo que hizo Sokal fue colocar una parodia, un pastiche que unía la física cuántica con la crítica literaria en una revista de prestigio como si fuera en serio, y fue aceptado en una revista literaria. Creo que los postmodernos no son unos charlatanes, hay un nivel en el que todo esto es razonable, aunque hay cosas que son completamente ridículas. El propio protagonista de Möbius Dick no está de acuerdo con esta manera de ver la realidad, pero el libro avanza en contra de sus creencias. Una manera de leer este libro es ver que los dos lados filosóficos son plausibles.

CL Podríamos hablar largo y tendido sobre esta cuestión…

AC Pregunta corta, respuesta larga…

CL Pero ligando un poco con esto, parece que la mecánica cuántica está de moda, la usa todo el mundo: desde curanderos a fabricantes de electrodomésticos. Los teléfonos Q que aparecen en el libro creo que son una ironía, una manera de reirse de todo esto, porque al final son cuánticos de verdad. ¿Cual es su opinión acerca de este abuso de la mecánica cuántica?

AC Los curanderos en general explican lo que hacen en términos místicos, por lo que usan cuanquier idioma que pueda explicar sus métodos. No creo que todos los curanderos son charlatanes, y cualquier persona que intenta hacer el bien a los demás está intentando hacer algo por el mundo (si exceptuamos a los que se aprovechan de esto). Ellos creen en lo que hacen y buscan una manera de explicar su misticismo, pero yo no veo ninguna conexión entre la mecánica cuántica y lo que ellos hacen. No tiene mucho sentido.

CL En Pfitz utiliza el recurso de la construcción de una ciudad imaginaria para jugar con el concepto de una realidad cambiante. En Möbius Dick es la superposición de estados de una onda cuántica y el trastorno de memoria el que le permite jugar con la realidad. ¿Por qué le resulta tan atractivo este concepto?

AC Es cierto que hay un parecido entre los dos libros. La idea subyacente es la de simulación: a mí me gustaban mucho los videojuegos de simulación, como Sim City, de hace diez años, y el proceso de la conciencia como una simulación también, como podría ser en Matrix. En Möbius Dick hay una idea que viene de la ciencia: el universo es una simulación, el universo es un enorme computador cuántico. ¿Y qué calcula este ordenador gigantesco? Pues lo que va a hacer el universo en el siguiente instante. Esto soluciona un viejo dilema del siglo XVIII de Laplace: si se conociera la posición de todas las partículas del universo podría predecirse el futuro, pero el tamaño del ordenador que lo calculara sería el del universo. Como el viejo dilema del determinismo y el libre albedrío, puede ser que las leyes de la naturaleza sean deterministas pero a efectos prácticos esto no sirva de nada.

CL Como las leyes de la mecánica cuántica, que son deterministas pero no nos permiten predecir lo que va a pasar…
La ciencia ficción parece estar en horas bajas, pero cada vez hay más escritores del mainstream que utilizan elementos fantásticos en sus novelas. Por ejemplo, Murakami, Amis, McEwan… ¿Usted se siente más cercano a una tradicción de ciencia ficción, como Brian Aldiss o J.G. Ballard o a la corriente general con elementos fantásticos como podría ser Amis, Murakami?

AC No me veo como un escritor tradicional de ciencia ficción, no he leído suficiente del género. He crecido viendo películas de ciencia ficción en la televisión, pero no soy un gran lector, así que no me siento cualificado para escribir obras de ciencia ficción. Por otro lado los lectores habituales de ciencia ficción no se sienten muy atraídos por el libro porque no sigue las normas del género. Veo una distinción entre la literatura realista e idealista. Las primeras se basan en el uso del detalle, las novelas tienen que adaptarse a lo que ocurre en la realidad. Para los idealistas el uso es más simbólico, sólo tienen que aparecer los detalles suficientes. Murakami es un idealista, McEwan es realista y Kafka es idealista; yo me inscribo en esta línea.

CL Suele decirse que tanto la realidad como el arte son contingentes, casuales, podrían haber ocurrido o no. Mientras que en la ciencia es al revés; si alguien no hubiera descubierto la ecuación de Einstein, otro la hubiera descubierto. Pero en el libro se deja entender que la ciencia podría ser también casual: si Schrödinger no hubiera descubierto la mecánica de ondas quizá esa interpretación no hubiera triunfado y la visión de la mecánica cuántica sería diferente.

AC En la ciencia hay dos partes diferenciadas: la ecuación y la interpretación. Las ecuaciones predicen lo que va a pasar en un experimento, por ejemplo, si disparamos una bala podemos saber dónde va a caer. La interpretación de esas ecuaciones no está tan definida y es bastante cultural. Si Einstein no hubiera existido seguro que alguien hubiera descubierto como se curva la luz, pero sin sus antecedentes quizá no hubiera sido así. En la famosa ecuación de Einstein la interpretación popular según la cual la materia y la energía son equivalentes está equivocada: son equivalentes la masa y la energía. Heisenberg y Shcrödinger obtuvieron ecuaciones diferentes: para el primero era la función de onda y para el segundo las matrices, más abstractas y matemáticas, y quizá una tercera persona hubiera obtenido otras ecuaciones que respondieran a los mismos datos. El principio de incertidumbre de Heisenberg según el cual cuando observas algo lo modificas es una idea vieja…

CL El libro se puede leer de muchas maneras, pero una posible lectura es que el mundo tal y como lo conocemos desaparece, mientras que el mundo en el que Schrödinger no descubre su mecánica ondulatoria parece sobrevivir. ¿Hacer o no un determinado descubrimiento puede tener unas consecuencias de tal magnitud?

AC Si cambias una cosa, por pequeña que sea, eso puede provocar grandes cambios acumulativos: no sólo que Schrödinger descubriera o no la función de onda, que un simple mosquito pique a alguien o la simple división de un átomo pueden hacerlo. Parece que sólo los grandes acontecimientos pueden cambiar el curso de la historia pero para mí cualquier acontecimiento pequeño puede hacerlo.

CL Voy a acabar con una pregunta típica. Aunque a ningún escritor le gusta que le digan que su libro puede parecerse a otro o puede tener influencias de algún escritor, leyendo su libro uno puede acordarse de El hombre en el castillo de Philip K. Dick, en el alguien es trasladado a un universo paralelo en el que Hitler ganó la guerra… Pero no es eso lo que quería preguntar, sino que autores han influido en usted, a que escritores admira…

AC No he leído ese libro. No puedo hablar demasiado sobre los autores vivos, pero a quienes admiro sin reservas es a autores como Cervantes -Quijote-, en primer lugar, Sterne -Tristan Shandy-. De los actuales, el que más me gusta es Milan Kundera y los que son muy diferentes a mí; en la diferencia está la riqueza. Murakami también me gusta mucho.

Cl Ya la última. Actualmente la narrativa británica es bastante potente: hay autores británicos muy interesantes, un poco a la sombra de Granta. Te consideras un escritor ‘generación Granta’?

AC Hay una historia interesante sobre Granta: me telefonearon para decirme que estaba en la lista, y yo les dije que pensaba que era para autores menores de cuarenta años. Me preguntaron que cuantos años tenía -cuarenta y uno, en esa época-. Colgaron y llamaron para decirme que estaba fuera de la lista. Así que no formo parte de la generación Granta (risas). No tengo miedo de ser de mediana edad y estoy orgulloso de ello.

CL Pues parece usted muy joven.

AC ¡Muchas gracias!


Octubre 20, 2006

David Brin. Gente de barro.

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Ediciones B, 2003. 553 páginas.
Tit. Or. Kiln people. Trad. Rafael Marín.

BrinGenteBarro
Almas fotocopiadas

La compra al por mayor de los ejemplares de saldo de la editorial Nova me ha reportado más decepciones que alegrías, como puede verse en este cuchitril. Si a eso le sumamos que la obra Arrecife brillante, de este mismo autor, me resultó muy floja no se entiende muy bien como es que compré este libro hace un mes. Hasta mi amigo Mon no me habló con excesivo entusiasmo de la novela.

Pero como siempre hay épocas en las que no te apetece pensar demasiado, nunca viene mal un poco de evasión, aunque no sea de excesiva calidad. Para mi sorpresa, el libro no está nada mal; ameno, entretenido y, salvo el final un poco cogido por los pelos, bastante redondo. Quizás mis pocas expectativas me hacen mirarlo con más cariño. En cualquier caso, nada que ver con aquel Arrecife brillante que era un tostón.

Estamos en una sociedad que permite crear una especie de golems, copias de barro de una persona con una duración limitada de un día. Así, mientras el original puede dedicarse a disfrutar de la vida, sus copias se encargan de trabajar por él, o de hacer las ingratas tareas de la casa. Al final del día las copias descargan los recuerdos en el original y se reciclan. A Albert Morris, uno de los mejores detectives de la época, le encargarán un trabajo sencillo en apariencia, pero que -como en cualquier novela negra- es más de lo que aparenta. El futuro del mundo está en juego.

El tener a varios dobles en marcha permite un interesante juego narrativo. La historia está contada desde diferentes puntos de vista que sin embargo son de la misma persona. El resultado es atractivo. Por fin un libro que contar entre los aciertos de la compra. No será un clásico de la ciencia ficción pero se lee con gusto. Recomendable.

Escuchando: El payaso. Elefantes.


Extracto: [-]

Yo soy demasiado agarrado para permitirme todas esas opciones a la moda. Pero una característica que siempre incluyo es la hiperoxigenación: mis ídems pueden contener mucho tiempo la respiración. Viene bien para un trabajo en el que nunca sabes si alguien va a gasearte, o a meterte en el maletero estanco de un coche, o a enterrarte vivo. He absorbido recuerdos de todas estas cosas. Recuerdos que no tendría hoy si el cerebro del ídem hubiera muerto demasiado pronto. Afortunado de mí.

El río, frío como el hielo lunar, corría ante mí como una vida desperdiciada. Una vocecita habló mientras me hundía cada vez más en las turbias aguas, una voz que había oído en otras ocasiones.

«Ríndete ahora. Descansa. Esto no es la muerte. El tú verdadero continuará. Hará realidad tus sueños. Los pocos que te quedan.»

Bastante cierto. Filosóficamente hablando, mi original era yo. Nuestros recuerdos diferían sólo en un horrible día. Un día que había pasado descalzo, en calzoncillos, haciendo trabajo de oficina en casa mientras yo investigaba por los bajos fondos de la ciudad, donde la vida vale menos que en una novela de Dumas. Mi continuidad presente importaba muy poco en la gran escala de las cosas. Respondí a la vocecita como de costumbre. «Al carajo el existencialismo.»

Cada vez que entro en la copiadora, mi nuevo ídem absorbe instintos de supervivencia que tienen un billón de años. «Quiero mi otra vida.»

Para cuando mis pies tocaron el resbaladizo fondo del río, estaba decidido a darle una oportunidad. Casi no tenía ninguna posibilidad, por supuesto, pero tal vez la fortuna estaba dispuesta a estrenar un nuevo mazo de cartas. Además, otro motivo me impulsaba.

No dejes que ganen los malos. Nunca les dejes salirse con la suya. Tal vez yo no tenía que respirar, pero moverse seguía siendo difícil mientras luchaba por plantar los pies, de cabeza en el lodo, donde todo era resbaladizo y viscoso al mismo tiempo. Habría sido difícil conseguir avanzar con un cuerpo entero, y el reloj de éste se estaba agotando.

¿Visibilidad? Casi ninguna, así que maniobré basándome en la memoria y en el sentido del tacto. Pensé en abrirme camino río arriba hasta los puntos de atraque de los transbordadores, pero recordé que el barco vivienda de Clara estaba atracado a un kilómetro más o menos, corriente abajo, desde la plaza Odeón. Así que dejé de luchar contra la fuerte corriente y me dejé llevar por ella, dedicando todos mis esfuerzos a permanecer cerca de la orilla.

No me habría venido mal ir equipado con sensores de dolor de control variable. Como carecía de ese rasgo opcional (y mientras maldecía mi propia tacañería), contuve una mueca de agonía mientras avanzaba paso a paso por el absorbente lodo. El duro fango me dio poco tiempo para pensar en el angst fenomenológico al que se enfrentan las criaturas de mi especie.

«Yo soy yo. Por poca vida que me quede, sigo considerándola preciosa. Sin embargo renuncié a lo que queda al saltar al río para ahorrarle a otro tipo unos pocos créditos.

»Un tipo que le hará el amor a mi chica y se aprovechará de mis logros.

»Uri tipo que comparte todos mis recuerdos, hasta el momento en que él (o yo) se tumbó en la copiadora, anoche. Sólo que él se quedó en casa en el cuerpo original, mientras que yo fui a hacerle el trabajo sucio.

»Un tipo que nunca sabrá qué día de perros he tenido.»

Es como lanzar una moneda al aire, cada vez que usas una copia-dora-y-horno. Cuando se termina, ¿serás el rig… la persona original? ¿O el rox, el golem, el mulo, el ídem-por-un-día?

A menudo apenas importa, si reabsorbes los recuerdos como se supone que tienes que hacer, antes de que la copia expire. Entonces es sólo como dos partes de ti que se vuelven a fundir. ¿Pero y si el ídem sufría o lo pasaba mal, como me había pasado a mí?

Me resultaba difícil mantener mis pensamientos unidos. Después de todo, mi cuerpo verde no había sido construido para un intelecto. Así que me concentré en la tarea que tenía por delante, arrastrando un pie tras otro, y avancé por el lodo.

Octubre 12, 2006

César Aira. Una novela China.

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Ed. DeBols!llo, 2004. 174 páginas.

AiraNovelaChina
Paciencia recompensada

Ya confesé en la reseña de Ema, la cautiva que me había sorprendido la calidad de César Aira. Tanto que compré este libro al poco de terminar el anterior. Son tan diferentes que no parecen del mismo autor.

Lu Hsin es una persona sorprendente; ingeniosa, inteligente y sobre todo, paciente. Sus actos son tan sutiles como efectivos. No es de extrañar que para alcanzar el amor tenga que recorrer un camino sinuoso y sin garantías. ¿Tendrá un final feliz el extraño juego que su talento ha comenzado?

Si la comparo con Ema la cautiva sale perdiendo. Pero el talento de Aira me sigue pasmando. Si en Ema no podía imaginar de dónde había sacado a esos indios barrocos, en Una novela china me cuesta entender como puede crear esos personajes, chinos hasta la médula. ¿Pero este hombre no es argentino?

Es una novela de fácil -y engañosa- lectura. Como un paseo por un jardín chino. Al acabar el recorrido uno sólo puede decir ha sido bonito, me ha gustado. Y quedan ganas de volver, claro, porque algún trozo del paisaje está pidiendo una nueva visita.

A mi amigo ericz no pareció gustarle El mago, también de Aira, pero mi marcador muestra dos de dos. Novelas breves, bien escritas y originales ¿hay quién dé más?

Escuchando: Suite nº 1, Obertura. Juan Sebastián Bach.


Extracto:[-]


—El respeto a las formas —decía Wen Tsi— no es tanto la conservación de lo mismo como la observancia del ritmo con que lo mismo adopta formas diversas. Ahí es donde ha fallado Chen a mi juicio: desde el momento en que alguien puede preguntarse, como lo venimos haciendo nosotros, si su estilo es real o sólo un espejismo, el artista como tal deja de existir para la historia de la etiqueta; no importa que la respuesta eventualmente le sea favorable.
Era un hombrecito pequeño, muy pálido y arrugado, con una formación anticuada en la que creía de una vez para siempre, y que apenas si teñía imperceptiblemente una tenue puesta al día en marxismo. Se lo habría dicho un teórico en Emperatrices, un reductor de ciudades trasladado por error al campo. Salvo que usaba invariablemente ropa occidental: pullóveres de cuello alto, y pantalones de franela, bajo los cuales las sandalias y las gruesas medias de lana verde constituían un anacronismo más. Le gustaba hablar, y como era endiabladamente tímido sólo lo hacía en ocasiones muy íntimas. Siguió exponiendo su punto de vista, mientras sostenía con índices y pulgares una tacita de té.

—Chen como pintor falla en las exterioridades, y no debería asombrarnos que haya sido más apreciado en Occidente…

—No es exacto —acotó el señor Hua.

—… donde el desprecio de las formas ha llegado a constituirse en la razón de ser del arte. La manifestación de un dolor o un anhelo, tan alabadas en su pintura, no son sino construcciones mentales a cargo del espectador, y es precisamente de ese exceso de trabajo al que obliga de donde nace, por inercia, el trabajo suplementario en el espectador de preguntarse si su obra no será un fraude al fin de cuentas.
Esbozó una sonrisa seca, como si él mismo se hubiera convencido al fin con una buena argumentación. El señor Hua era delgado en la parte superior del cuerpo, pero con gruesas caderas de matrona.

—Mi honorable amigo —dijo—, confunde elementos distintos: sus razonamientos se aplican al dibujo de Chen, pero no a su arte de colorista y poeta de la construcción pictórica.

—No entiendo de sutilezas técnicas —dijo Wen Tsi, que se proponía demostrar precisamente que las entendía mejor que su interlocutor— pero si he podido entrar en la discusión, y apreciar la peculiar ambigüedad…

—¿Llueve? —preguntó Lu levantando la cabeza de su taza de té.

—Mmm… así parece —dijo brevemente el señor Tsi, y prosiguió—: … de su desatar los hilos antiguos de la etiqueta de los movimientos amplios de la naturaleza…
Su perorata, por un súbito mimetismo, tomaba la cadencia aburrida del ruido de la lluvia. Con su paso bamboleante, el señor Hua había ido a la ventana. Efectivamente, estaba lloviendo, y se preguntaba cómo lo habían adivinado, pues era un movimiento atmosférico tan mudo como el desprendimiento del polen. Pensó que la casa de Lu Hsin era un buen refugio, en cuyo interior se extinguían los ruidos, pero no tanto como para ocultarles el inconveniente de volver a sus casas, pues no habían traído paraguas; y como era primavera, inevitablemente se formarían charcos. Se quedó un momento en la ventana, vagamente incómodo.

Los tres amigos se reunían por lo menos una vez a la semana en casa de Lu. Uno de los temas sobre los que volvían siempre era el que los ocupaba en esta ocasión: un pintor de la época de decadencia de los Ming (principios de siglo xvn), Chen Hong-Cheu, de Che-Kiang. Su obra, especialmente su famosa serie de retratos, pero también sus escenas imaginarias, paisajes e ilustraciones de situaciones búdicas, mostraban rasgos acentuados de deformación, como en ningún otro artista de su época. Deformaciones tan constantes, y por momentos tan enigmáticas en cuanto a sus finalidades estéticas, que desde entonces se discutía sobre la realidad de sus dotes; bien podría haber sido, decía la voz escéptica de cada cual, que Chen hubiera sido un fraude, un torpe. La duda volvía más fascinante su obra, y el encanto hacía más difícil la resolución de la alternativa.

Aunque aldeanos, los tres amigos no posaban de eruditos; tenían la elegancia suficiente como para reconocer, siquiera implícitamente, que ponían en Chen Hong-Cheu sólo sus deseos de conversar y las fluctuaciones de su imaginación.
Lo cual se probaba ahora mismo. La visión de la lluvia había causado melancolía en Hua, y se le ocurrió algo novedoso sobre el tema:

—Quizás —dijo— no es necesario que nos interroguemos sobre la verdad del estilo de Chen. Quizás bastaría con adivinar sus estados de ánimo.
Los otros dos lo miraron intrigados: después de tantas sutilezas, eso parecía un retroceso notorio.

—Las dos cosas van juntas —dijo suavemente Wen Tsi.

—En efecto. Pero no necesariamente para nosotros.
Lo pensaron. El dueño de casa volvió a servir té. Tenía una bata de sarga y un gorrito con el que cubría su calvicie bastante avanzada cuando temía que podía pescar un resfrío. Los tres encendieron cigarrillos, y consideraron el volumen de luz que entraba por las dos ventanitas de la sala. Era una luz gris, con cierta humedad por contagio imaginario: la luz peculiar de la lluvia, con su extra de esplendor, siempre tan discreto.

—Los estados de ánimo —dijo el señor Lu— son de quien los experimenta, efectivamente. Y con un estilo sucede lo mismo. Sólo que en ocasiones el estilo, como un dragón, se desliza sobre los estados de ánimo de la humanidad entera, como la luz sobre los objetos…
Hua sacudía la cabeza con gesto fatalista:

—No era a eso a lo que me refería.

Hua, pensaban sus dos contertulios, era un melancólico; por dentro era una verdadera señora; la forma de sus ancas no desmentía su modo de sentarse en el mundo.
Uno de los gatos se hizo notar de pronto, con un pequeño maullido. Como si lo hubiera oído, desde afuera respondió un pájaro, de los que se refugiaban en el alero de Lu los días de lluvia: una golondrina. El gato fue al centro de la sala, y lo siguió perezosamente el otro; los dos eran de un blanco amarillento, uno de ellos con máscara negra. El primero saltó al vano de la ventana y miró un instante, tal como lo había hecho Hua. Después volvieron a sus almohadones. Los sobresaltó un aleteo, y quedaron un rato con las orejas erectas. Había huecos en la inserción de las vigas del cielo raso, y las golondrinas debían de estar presentes también en la reunión, aunque ocultas.
Fue el turno de Lu Hsin de dar su propia opinión sobre el caso:

—A mi juicio, lo que propone Chen con la ambigüedad de su destreza, es nuestra comprensión. Se supone que al fin de una larga o breve deliberación ante sus obras, deberíamos llegar a una comprensión: es real, o es un fraude. Pues bien, en un sentido u otro, nuestra conclusión será incomunicable, por cuanto la comprensión misma es incomunicable. Y no me refiero a una pedagogía… Lo incomunicable lo es para con uno mismo. De ahí que somos nosotros mismos los que no comprendemos nuestra comprensión. —Hizo una larga pausa—. La misión del artista es hacernos comprender eso al menos, y creo que Chen lo hace bien.

Sus amigos asintieron.

Octubre 10, 2006

Juan Carlos Onetti

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Pese a mi admiración por Onetti sólo tengo en este Cuchitril la reseña de Los adioses. Así que quiero comenzar la categoría audiovisual con dos documentos de importancia sobre un hombre que eludió entrevistas, cenáculos y relaciones sociales.

A finales de los setenta existía un programa de televisión llamado A fondo conducido por Joaquín Soler Serrano donde se entrevistaron a destacadas personalidades del mundo de la cultura. Juan Carlos Onetti fue uno de ellos y aquí tienen la entrevista:

No se puede decir que Onetti se lo puso fácil al presentador, ni éste estuvo muy fino en la entrevista. Aún así, y a camara lenta, conseguimos enterarnos de algunas circunstancias de la vida del escritor. Acababa de llegar a Madrid y se quedaría hasta su muerte.

Los últimos años de su vida vivió recluido, los últimos diez años sin moverse de la cama. He encontrado esta otra entrevista en la que podemos tres años antes de su muerte. Entrevista motivada por el rodaje de la película El dirigible y conseguida, como parece, con algún engaño piadoso. Aquí la tienen:

Si quieren conocer más de este fascinante escritor pueden visitar su página oficial, la entrada en la wikipedia o visitar esta curiosa y completa página web.

Octubre 9, 2006

Sergio Pitol. El tañido de una flauta.

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Editorial Anagrama, 1986. 217 páginas.

PitolTañidoFlauta
Vida de artistas

No recuerdo si he comentado alguna vez por aquí cual es el método de trabajo que utilizo para escribir este blog. La cosa va más o menos así: primero voy leyendo los libros y los voy apilando al lado del ordenador. Cuando la montaña es peligrosamente grande y no me deja espacio en la mesa me voy planteando escribir las reseñas. Busco algún momento libre -normalmente el fin de semana- y me quito de encima las que puedo. Algunas veces el quitarse de encima es tan literal que así me salen. Consecuencia de todo esto es que muchas veces tengo que reseñar un libro que me he leído hace dos meses (y yo no tomo notas como la aplicada Cristina) y en ocasiones no me acuerdo muy bien del argumento. También implica que voy acumulando reseñas enlatadas que voy colgando cuando puedo y cuando ustedes leen una es de un libro que he leído hace tiempo.

El caso actual es todavía peor; aunque lo leí en mayo se despistó en el traslado y no ha aparecido hasta hace poco. Cuatro meses transcurridos que no han borrado de mi memoria las buenas sensaciones que me dejó pero que me han desdibujado trama y personajes. A ver que puedo reconstruir.

El tañido de una flauta es una ampliación de un cuento anterior Ícaro (que puede encontrarse en los mejores cuentos). Un productor de cine de cierta fama asiste en un festival a la proyección de una película japonesa -titulada, como el libro, El tañido de una flauta. En ella ve reflejada la historia de un antiguo amigo suyo, Carlos Ibarra, incluyendo detalles del final de su vida que hasta entonces desconocía. Un final de un fracaso sórdido e inevitable. Junto a los recuerdos de Carlos y de su vida Pitol narra la historia de un pintor que alcanzó cierto renombre en Londres y que regresa a un México en el que es un tanto desconocido.

Novela fragmentaria -como muchos de sus cuentos- y de oposición de sus protagonistas; el clásico artista genial pero intratable, excéntrico, carismático y de mala vida, el que asustado del éxito vuelve al hogar y el que ha abandonado las intenciones artísticas y ha alcanzado la fama pero en otro ámbito. Tres actitudes con un mismo resultado: naufragio de los ideales, olvido del arte.

Me gustó bastante más que El desfile del amor. Se parece más a sus cuentos, la prosa es excelente y los personajes de sus páginas también. El contar poco a poco, el relato astillado y mezclado deja la sensación de que nunca conoceremos del todo la historia -¿la sabe, acaso, el autor?-, aunque parezca que tenemos todas las claves.

Lo leí hace tiempo pero recuerdo perfectamente la sensación que tuve cuando acabé su lectura: que era un libro excelente.

Escuchando: Conozca el interior. Les luthiers.


Extracto -algo largo pero que merece la pena-:


Si alguien cinco, seis, diez años antes, le hubiera asegurado que llegaría un día en que recibiría con indiferencia la noticia de su muerte, habría tenido que enfrentarse no sólo a una total incredulidad sino que además quien lo dijera lo heriría en lo vivo. Sin embargo así fue. No hubo estupefacción, ni dolor, sólo tranquilidad. Se dijo que para el propio Carlos la muerte había sido seguramente la mejor solución. Su novela, el legendario, eterno work in progress se había quedado en un proyecto de realización imposible, con el cual, al final, ni siquiera él podía engañarse. Había perdido todo atractivo. Del joven brillante y divertido que conoció, cuya amistad mantuvo a través de diversos encuentros y de una nutrida correspondencia, no quedaba sino un viejo estrafalario, descuidado en el vestir —le parecía ver aún los zapatos innobles de la última vez—, mal afeitado, con un tufillo sospechoso y una impertinencia tan desmedida como su necesidad de alcohol.

Nunca logró, y por eso Hotel de frontera resultó, más que por cualquier otra razón, una película desvaída y poco convincente, constreñir a Carlos a un marco establecido, encasillarlo, encontrarle un sitio dentro de una jerarquía conocida. No fue un beatnik, a cuya época más bien pertenecía; cuando el auge de los hippies, él ya estaba liquidado; no hubiera podido incorporarse a ellos, no sólo por razones de edad, sino de temperamento. Su protesta era de otro tipo; enteramente natural e inconsciente. Nada tuvo de programático. En un principio fue muy simple; consistió sólo en ejercer su capacidad para el placer.

—Nuestro mundo, éste por el que tú y yo deambulamos, no admite la alegría, a menos que la haya previamente codificado. Debes, ü faut, bisogna, you need mostrar júbilo, felicidad, exultación, pero siempre y cuando sea como respuesta a un factor creado exprofeso: el circo, los bufones, la comedia, los chistes, la mujer gorda que se cae al suelo, la farsa, el ridículo, lo grotesco, el saínete, la caricatura, el pastel estampado en una cara mofletuda, todo en la dosis conveniente; sí, sí, muy bien regulado, de manera que hasta los suizos puedan lograr su cotidiana dosis de júbilo. Pero ser feliz sin un motivo determinado, reírte sin motivo como la genial hiena del cuento, eso ya es otra cosa y no te lo perdona nadie. Inténtalo y verás; verás que de repente te has acercado al desafío, que irritas a los demás en una zona imprecisa, en un flanco no custodiado y por ello su desconfianza será mayor. Descubrirás que casi todo el mundo, aun quienes navegan con banderas de heterodoxia, en el fondo sólo aspiran a la sacralización.

Fueron los pasos iniciales. No pudo mantener la línea. ¿Dejaría de creer en ella? ¿Le habría resultado imposible seguir siendo feliz? ¿O inofensivo? En definitiva, su verdadera protesta residió en el silencio, en no escribir nunca la novela, cuyos primeros capítulos le había oído leer mil años atrás en México. Pero también en eso resultó vencido. Su silencio no había sido el de Duchamp sino el del derrotado. El mundo terminó por moldearlo, sin que él lo percibiera con claridad, incapacitándolo para defenderse. El mundo conformó un producto del todo distinto al ser que él se había propuesto realizar. Por eso Hayashi no pudo tener los mismos problemas que él para asir al personaje. Cuando lo tomó, ya Carlos estaba catalogado. La vida terminó por reducirlo a un modelo prefabricado. De haber vivido un poco más habría repetido el desprestigiado anacrónico modelo del viejo literato latinoamericano varado en Europa, borrachín, desventurado, sin asideros, a quien hasta sus amigos le sacaban la vuelta, o saludaban, si acaso, con fastidio y a la defensiva contra el infalible sablazo. Y en parte ya Carlos era eso.

—Lo debes buscar. Encuéntralo a como dé lugar. Te mostrará todo lo que haya de interés en Londres. Lo conoces, ¿verdad? No dejes de localizarlo. Tiene miles de amistades formidables. Moreno y Gloria se divirtieron a morir los días que pasaron con él.

Pasó cinco semanas perfeccionando su inglés en una escuela, y en vano trató de convencer a sus padres para que le permitieran quedarse y estudiar cine. No buscó a Carlos. En realidad no eran amigos. Desde un principio se integró a un grupo de estudiantes mexicanos. Un mediodía, en vísperas del regreso, fue a la Embajada a despedirse de algunos amigos. Ahí, por azar, lo encontró. Estaba eufórico. Acababa de recibir un cheque de Venezuela, el pago de unos reportajes. Fueron a comer. Cuando le contó el tiempo que llevaba viviendo en Londres, le reprochó no haberse puesto en contacto con él, lo convenció de que pospusiera el viaje por dos o tres semanas y en ese tiempo lo sumergió en una fábula de acontecimientos, reuniones, amigos, pubs, pequeños y formidables restaurantes centroeuropeos y balcánicos, de modo que Londres adquirió de pronto una dimensión inimaginada. Su estancia, antes del encuentro, le llegó a parecer banal, inexistente, y las veces en que posteriormente volvió, la ciudad le produjo siempre una desilusión; como si un día hubiera poseído, para después perderlas, las armas que le permitían penetrarla. El mundo abigarrado de Carlos, su incoherencia aparente, sustentada por elementos incasables, antagónicos, por enlaces que le daban una unidad clandestina y estricta, no podía menos que enfebrecerlo. Se medio enamoró de Lucy, una chica uruguaya, y disfrutó intensamente con las andanzas, falsos éxtasis y tribulaciones de la Falsa Tortuga. Pasó también un fin de semana en Liverpool.

Recuerda la noche de la despedida en la estación Victoria, el fastidio de tener que ir al Havre a embarcarse, la pena de abandonar Londres. Estaban de pie en un bar de la estación. Habían bebido mucho. Sentía profundamente no poder quedarse a estudiar. Pero sus padres habían mostrado una intransigencia radical. La Europa de la posguerra no daba las garantías suficientes para su educación. Lucy no había podido ir a despedirlo. Ninguno de los dos hablaba. Bebían. Sentía deseos de abrazarlo y expresarle de alguna manera lo mucho que le dolía esa separación, la amistad que sentía por él, lo reconocido que le quedaba por esos días; lo consideraría siempre como a un hermano, no, como algo más. Comenzó a hablar; se sentía mareado; advirtió que los ojos se le empezaban a empañar y por pudor, por rabia, por miedo a sentirse poco viril, a que sus manifestaciones de afecto fueran interpretadas equivocadamente, o, peor, recibidas con algún comentario irónico, reaccionó con violencia. Le dijo que la estancia habíaN sido muy agradable, pero que se iba preocupado por el desperdicio de tiempo y de energía en que lo veía consumirse. Se divertía mucho, eso era estupendo, ¡para algo eran jóvenes!, pero también había que asumir ciertas responsabilidades, imponerse una disciplina. Veía serios riesgos en esa forma de vida tan grata como dilapidada que llevaba. Desde un punto de vista intelectual, también emocional, era necesario encontrar un eje, no perderse en esa dispersión absurda que podía convertirse en el mayor peligro para el desarrollo de una obra.

Carlos lo interrumpió y comenzó a declamar dramáticamente aquellas líneas que le volvería a oír infinidad de veces en ocasiones posteriores:

«¿Has advertido en qué cosa indigna pretendes convertirme?
¡Quieres tañerme!
Pretendes conocer todos mis registros.
Deseas penetrar hasta el corazón de mis secretos,
pretendes sondearme, para que emita desde la nota más grave
a la más aguda del diapasón.
¿Piensas acaso que soy más fácil de tañer que una flauta?
Tómame por el instrumento que más te plazca,
pero por mucho que me trates, te lo advierto, no conseguirás obtener de mí sonido alguno.»

Hubo un silencio de unos cuantos minutos. Por fin se atrevió a preguntar tímidamente:

—¿Es un poema tuyo?

—¿Piensas acaso que soy más fácil de tañer que una flauta? ¡Grandísimo imbécil!, ¿para esto me sirvió haberte arrastrado al Hamlet de Redgrave? ¿Para que tres días después no reconozcas uno de los monólogos más importantes?

Un silbatazo. El tren estaba por salir. Corrieron. A duras penas lograron que el mozo volviera a abrir la puerta para subir las maletas. Vio a Carlos desintegrarse, envuelto repentinamente por una nube de vapor. Levantó la mirada hacia el enrejado del techo; cuando volvió a bajarla, la nube había desparecido y con ella su amigo.

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