Cuchitril Literario

Noviembre 13, 2006

H.P. Lovecraft y otros. Los mitos de Cthulhu.

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Alianza editorial, 1969, 1970, 1975, 1976, 1978, 1980, 1981, 1983. 532 páginas.
Selección, estudio preliminar, introducciones, bibliografía y notas de Rafael Llopis. Trad. Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis.

H.P. Lovecraft y otros, Los Mitos de Cthulhu
Dioses olvidados

Esta es la primera novela que leo de la segunda etapa del esclavo lector. Resultó ganadora gracias a una eficiente campaña de Marketing de un amigo y compañero de trabajo, y me alegra, porque tenía ganas de leerlo.

Siempre he sido un admirador de Lovecraft. Cuando estaba en la universidad utilicé en más de un programa como nombre de variables a dioses de su panteón. For nyarlathothep=1 to 100. Qué tiempos. Incluso una vez tuve un sueño de lo más realista en el que se había abierto un portal en una esquina de mi calle y debíamos cerrarlo antes de que aprovecharan los antiguos dioses para colarse por él. Todavía hoy, cuando paso por esa esquina, me acuerdo del sueño.

Pero me estoy adelantando un poco. Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 y con su producción literaria y la de su círculo tiene el honor de haber creado toda una nueva mitología con un panteón propio poblado de extraños y viscosos seres. Yog-Sothoth, El Guardián del Umbral y El que es Uno en Todo y Todo en Uno, Nyarlatothep, que camina libremente por nuestro mundo y, sobre todo, el gran Cthulhu, que yace dormido en la ciudad sumergida de R’yleh, hasta que sus sirvientes logren que despierte.

Todos estos seres están descritos en libros practicamente inencontrables: Le culte des goules, del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis, de Ludwing Prinn y sobre todo el infame Necronomicón, del árabe loco Abdul Al-Hazred. No los busquen en su biblioteca más cercana; pese a lo que quieran algunos seguidores, todos estos libros no existen, son geniales invenciones del círculo de Lovecraft. Pero si estos libros existieran, podríamos leer algo como lo siguiente:

De los Primero Engendrados, escripto está que esperan sienpre al unbral de la Entrada, é la dicha Entrada se encuentra en todas partes é en todos tienpos, ca Ellos non conoscen tienpo nyn lugar, sino esisten en lodo tienpo é en todo lugar, a la ves é syn parescer, é los ay dEllos que tomar pueden diferentes Fformas é Maneras, é revestir una Fforma dada é un Rrostro sabydo; é las Entradas dEllos están en cualquiera parte, mas la primera es aquella cuya fize avrir, a Saber: Irem, Cibdat de los munchos Pylares, Cibdat so el Desyerto, mas sy orne alguno dixere la Palavra prohibida avrirá allí mesmo una Entrada é podrá aguardar a Los Que Atravesaren la dicha Entrada, que asy podrán ser: Doles é el Mi-Go, ¿ el pueblo Cho-Cho, é los Profundos de la Mar, é los Gugos, é las Descarnadas Animalias de la noche, é los Chogotes é los Vormis, é los Santacos que fazen custodia de la Kadat del Desyerto de ios Yelos é la Meseta de Leng. Que todos por igual son Fijos de los Dioses Primeros. Pues aconstesció que, la Grande Rraca de Yit non aviendo conzierto con los Primigenios, nin éstos con aquella, nin ambos con los Dioses Primeros, é separados todos, dexaron a los Primigenios el señorío del Universo Mundo, ca tornando de Yit la dicha Grande Rraga, tomó la Su Morada en un tienpo de la Tierra por venir é todavía non conoscido de los que agora caminan por sobre delta. E aquí mesmo aguardan Ellos fasta que tornen otra vegada tos bienios é las Vozes que ante los llebaron é Lo Que Caminó sobre los Bienios del Mundo é de los espazios vacíos que están entre las Estrellas por sienpre.

Abdul Alhazred [Necronomicon]. Según la traducción castellana (León, ¿1300?), hallada por F. Torres Oliver en el Archivo Histórico de Simancas.

La edición de este libro está a cargo de Rafael Llopis, eminente estudioso de Lovecraft y su obra. Además de su excelente prólogo, bibliografía y notas, nos ofrece una estupenda selección de relatos dividida en tres partes, cada una con introducción propia. Bajo el epígrafe de Los precursores se engloban relatos que no pertenecen a los mitos pero que influyeron en Lovecraft de una manera u otra. Son los siguientes:

Días de ocio en el país del Yann, por Lord Dunsany
Un habitante de Carcosa, por Ambrose Bierce
El signo amarillo, por Robert W. Chambers
Vinum Sabbati, por Artbur Machen
El Wendigo, por Algernon Blackwood
La maldición que cayó sobre Sarnath, por H. P. Lovecraft

Muchos de los componentes de los mitos los tomó Lovecraft de otras fuentes. Así, en El signo amarillo ya aparece la idea de un libro maldito, en Un habitante de Carcosa ya aparece una ciudad olvidada y maldita. La idea de portales a otras dimensiones ya aparece en Una casa en el límite de Hodgson. El genio de Lovecraft estuvo en tomar elementos de aquí y de allá y, junto a otros de su propia cosecha, crear una mitología convincente. Tanto que, poco a poco, fueron sumándose escritores en su órbita. La segunda sección del libro, titulada Los Mitos, recoge una suculenta selección:

El ceremonial, por H. P. Lovecraft
Los Perros de Tíndalos, por Frank Belknap Long
La sombra sobre Innsmouth, por H. P. Lovecraft
La piedra negra, por Robert E. Howard
Estirpe de la cripta, por Clark Ashton Smith
En la noche de los tiempos, por H. P. Lovecraft
Reliquia de un mundo olvidado, por Hazel Heald
Las ratas del cementerio, por Henry Kuttner
El vampiro estelar, por Robert Bloch
El Morador de las Tinieblas, por H. P. Lovecraft

Podemos ver los mitos en todo su esplendor y apreciar las aportaciones de otros escritores: los sabuesos de Tíndalos que necesitan de ángulos rectos para entrar en nuestra dimensión, las piedra fantástica de Robert E. Howard, reliquia de eras olvidadas, el extraño híbrido de humano y algún horrible ser de Clark Ashton Smith o el extraño vampiro que habita en las estrellas y que puede acechar en la energía de un rayo, obra de Robert Bloch. Pero toda ascensión tiene su caída, y muerto el maestro y aglutinador los mitos empezaron su decadencia, de la que tenemos una muestra en la última sección, Mitos póstumos:

La Hoya de las Brujas, por H. P. Lovecraft y A. Derleth
El Sello de R’lyeh, por August Derleth
La sombra que huyó del chapitel, por Robert Bloch
La iglesia de High Street, por Ramsey Campbell
Con la técnica de Lovecraft, por Juan Perucho

Pero los mitos de Cthulhu, como los viejos roqueros, nunca mueren, y están más vivos que nunca. Busquen Cthulhu en internet y verán que hay más de ocho millones de páginas. El viejo dormilón sigue gozando de buena salud, y los dioses olvidados que acechan en dimensiones paralelas forman parte ya del acervo cultural de la humanidad.

Lovecraft dio una nueva forma al terror. Un terror ignoto, desconocido, casi místico, pero plausible y coherente dentro de la nueva ciencia que iba surgiendo a principio de siglo. Las ecuaciones de Einstein habrían la puerta a dimensiones desconocidas y la genética posibilita la creación de extraños seres. Pero no racionalicemos los mitos. Disfrutémoslos con las entrañas, y dejemos que nos provoquen pesadillas en las que, desde oscuras regiones de la mente, el aliento de Nyarlatothep nos erice la nuca.

Escuchando: Los latidos de siempre. Los Hermanos Dalton.


Extracto:[-]
Aquellas vidrieras estaban tan sucias de hollín que a Blake le costó un gran esfuerzo descifrar lo que representaban. Y lo poco que distinguió no le gustó en absoluto. Los dibujos eran emblemáticos, y sus conocimientos sobre simbolismos esotéricos le per-mitieron interpretar ciertos signos que aparecían en ellos. En cambio había escasez de santos, y los pocos representados mostraban además expresiones abiertamente censurables. Una de las vidrieras representaba únicamente, al parecer, un fondo oscuro sembrado de espirales luminosas. Al alejarse de los ventanales observó que la cruz que coronaba el altar mayor era nada menos que la antiquísima ankh o crux amata del antiguo Egipto.

En una sacristía posterior contigua al ábside encontró Blake un escritorio deteriorado y unas estanterías repletas de libros mohosos, casi desintegrados. Aquí sufrió por primera vez un sobresalto de verdadero horror, ya que los títulos de aquellos libros eran suficientemente elocuentes para él. Todos ellos trataban de materias atroces y prohibidas, de las que el mundo no había oído hablar jamás, a no ser a través de veladas alusiones. Aquellos volúmenes eran terribles recopilaciones de secretos y fórmulas inmemoriales que el tiempo ha ido sedimentando desde los albores de la humanidad, y aun desde los oscuros días que precedieron a la aparición del nombre. El propio Blake había leído algunos de ellos: una versión latina del execrable Necronomicon, el siniestro Líber Ivortis, el abominable Cuites des Gules del conde d’Erlette, el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el infernal tratado De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn. Había otros muchos, además; unos los conocía de oídas y otros le eran totalmente desconocidos, como los Manuscritos Pnakóticos, el Libro de Dzyan, y un tomo escrito en caracteres completamente incomprensibles, que contenía, sin embargo, ciertos símbolos y diagramas de claro sentido para todo aquel que estuviera versado en las ciencias ocultas. No cabía duda de que los rumores del pueblo no mentían. Este lugar había sido foco de un Mal más antiguo que el hombre y más vasto que el universo conocido.

Sobre la desvencijada mesa de escritorio había un cuaderno de piel lleno de anotaciones tomadas a mano en un curioso lenguaje cifrado. Este lenguaje estaba compuesto de símbolos tradicionales empleados hoy corrientemente en astronomía, y en alquimia, as-trología, y otras artes equívocas en la antigüedad —símbolos del sol, de la luna, de los planetas, aspectos de los astros y signos del zodíaco—, y aparecían agrupados en frases y apartes como nuestros párrafos, lo que daba la impresión de que cada símbolo correspondía a una letra de nuestro alfabeto.

Con la esperanza de descifrar más adelante el criptograma, Blake se metió el libro en el bolsillo. Muchos de aquellos enormes volúmenes que se hacinaban en los estantes le atraían irresistiblemente. Se sentía tentado a llevárselos. No se explicaba cómo habían estado allí durante tanto tiempo sin que nadie les echara mano. ¿Acaso era él, el primero en superar aquel miedo que había defendido este lugar abandonado durante más de sesenta años contra toda intrusión?

Una vez explorada toda la planta baja, Blake atravesó de nuevo la nave hasta llegar al vestíbulo donde había visto antes una puerta y una escalera que probablemente conducía a la torre del campanario, tan familiar para él desde su ventana. La subida fue muy trabajosa; la capa de polvo era aquí más espesa, y las arañas habían tejido redes aún más tupidas, en este angosto lugar. Se trataba de una escalera de caracol con unos escalones de madera altos y estrechos. De cuando en cuando, Blake pasaba por delante de unas ventanas desde las que se contemplaba un panorama vertiginoso. Aunque hasta el momento no había visto ninguna cuerda, pensó que sin duda habría campanas en lo alto de aquella torre cuyas puntiagudas ventanas superiores, protegidas por densas celosías, había examinado tan a menudo con sus prismáticos. Pero le esperaba una decepción: la escalera desembocaba en una cámara desprovista de campanas y dedicada, según todas las trazas, a fines totalmente diversos.

La estancia era espaciosa y estaba iluminada por una luz apagada que provenía de cuatro ventanas ojivales, una en cada pared, protegidas por fuera con unas celosías muy estropeadas. Después se ve que las reforzaron con sólidas pantallas, que sin embargo, presentaban ahora un estado lamentable. En el centro del recinto, cubierta de polvo, se alzaba una columna de metro y medio de altura y como medio metro de grosor. Este pilar estaba cubierto de extraños jeroglíficos toscamente tallados, y en su cara superior, como en un altar, había una caja metálica de forma asimétrica con la tapa abierta. En su interior, cubierto de polvo, había un objeto ovoide de unos diez centímetros de largo. Formando círculo alrededor del pilar central, había siete sitiales góticos de alto respaldo, todavía en buen estado, y tras ellos, siete imágenes colosales de escayola pintada de negro, casi enteramente destrozadas. Estas imágenes tenían un singular parecido con los misteriosos megalitos de }a Isla de Pascua.

Esclavo lector

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He añadido más libros a la lista del Esclavo lector. ¡Apadrinen un libro!

También he puesto una página donde pueden ver los libros leídos dentro del proyecto de esclavo lector. Sus reseñas irán apareciendo en breve (espero).

Noviembre 9, 2006

Enrique Serna. Ángeles del abismo.

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Editorial Joaquín Mortiz, 2004. 540 páginas.

SernaAngelesAbismo
Pícaros supervivientes

Llevar un blog no tiene, generalmente, beneficios económicos. Pero tiene otro tipo de recompensas. Además de las egorías, he conocido a muy buena gente gracias a mi blog. Una de ellas es Magda, que además de regalarme su amistad y cariño me envió tres excelentes libros por correo. Éste fue el que leí primero por estar en la lista del esclavo lector.

Crisanta Cruz es una niña que sueña con ser actriz. Tlacotzin es un indio cuya madre es cristiana y su padre Azteca. El padre de Crisanta abusa de ella en estado de embriaguez, y esta se venga fingiendo visiones místicas y obligándole a confesar en público su crimen. El padre de Tlacotzin quiere hace de él un buen azteca y lo lleva a reuniones secretas, pero éste, creyendo que lo van a sacrificar, escapa con la ayuda de su madre e ingresa en un monasterio. Aunque ya se imaginarán que ambos se encuentran, no quiero adelantarles más; para saber como acaba la historia deberán leer el libro.

Libro con una rara cualidad; es entretenido, se lee de un tirón pese a sus 540 páginas, a ratos es capaz de arrancar carcajadas, y está muy bien escrito. Una mejor reseña y la misma recomendación pueden leerla en el blog de Magda. Me gusta como retrata una época un tanto desconocida, los personajes que pueblan sus páginas (algunos reales, como Luis de Sandoval Zapata, y todos muy bien dibujados), la estructura de la novela y el estilo, novela picaresca puesta al día.

Se lo presté a mi mujer y también le encantó (ha sido mi libro más prestado este año). Muy bueno.

Escuchando: Vino Tinto. Estopa.


Extracto:[-]

—Entregadme a mi hijo, centuriones. ¿No véis que ha exhalado ya el último aliento? Haced menos amargo el dolor de una madre que os implora piedad.

Bajó de la cama y se arrodilló para besar las plantas de un centurión invisible.

—Levántate hija, estás delirando —Onésimo quiso alzarla del suelo, pero los vecinos le impusieron silencio.

—Déjela seguir —dijo doña Chole—. ¿No ve que está arrebatada?

Crisanta tenía en el puño a su público, y no pudo evitar una grata sensación de poder, pese a reprobar moralmente el sainete. Confiada en su talento, alargó el brazo como si el centurión le hubiera ofrecido un pañuelo.

—Gracias, buen hombre —se enjugó las lágrimas—. Por vuestra gentileza seréis recompensado en el reino de los cielos —quitó del lecho una sábana invisible y se la ofreció al fantasma—. Hacedme otra merced: envolved a mi hijo en este sudario.

Fingió contemplar el descendimiento de la cruz con el alma en un hilo, y cuando los centuriones terminaron la faena, se hizo a un lado para cederles el paso.

—Ponedlo aquí —dijo, señalando la cama— y tened la bondad de dejarme a solas con él.

Al hacer el ademán de retirar la sábana santa, las heridas del redentor le arrancaron del pecho un hondo lamento.

—Mira cómo te han puesto los hombres que tanto amaste —reclinó la cabeza en un cojín—, mira tu pobre cuerpo destrozado por la ingratitud humana. ¡Oh, estirpe de Caín, qué mal has recompensado a tu salvador!

Los Oropeza no pudieron resistir el impulso de arrodillarse. Crisanta fingió remojar un lienzo que Lorenza había colocado adrede sobre el buró, y limpió las heridas del redentor alternando los suspiros con los lamentos. Su mímica era tan convincente, que sólo faltaba oír el agua sanguinolenta cayendo en la jofaina. Terminada la tarea, forcejeó con un enemigo invisible, como si los centuriones volvieran por ella y la sujetasen por la espalda.

—¡Dejadme estar con él! —aulló—. ¡No me lo arrebatéis tan pronto! ¡Quiero acompañarlo al sepulcro!

Cayó al suelo arrastrada por los centuriones y al verse irremediablemente separada de Jesús volvió a perder el acuerdo, las mandíbulas trabadas y las piernas tiesas como estacas. Cuando Lorenza corrió en su auxilio intercambiaron un guiño de complicidad a espaldas de los mirones.

—Se ha vuelto a tullir —dijo la mulata, consternada.

Entre ella y Onésimo la levantaron en vilo. Las dos parejas rezaron un trisagio para rogar a Dios que la niña volviera en sí, pero Crisanta ya había trabajado lo suficiente por ese día y dejó a los vecinos con las ganas de presenciar la segunda jornada del sainete. Al despedirse, Lorenza les rogó, contrita, que guardaran absoluta discreción sobre las visiones de la pequeña, para incitarlos a divulgarlas con mayor ahínco. El ardid surtió efecto, y en pocos días la fama de la niña iluminada se extendió por mercados, iglesias, boticas y barberías. El relato de sus arrobos, deformado por quienes oían el chisme de segunda o tercera mano, despertó un morboso interés por conocerla en persona, lo mismo entre la plebe y las castas que entre las familias principales de Tacu-ba. Decenas de curiosos llegaban todos los días a preguntar por Crisanta, y para avivarles más la curiosidad, Lorenza salía a decirles que la niña no podía recibir visitas, por hallarse mal de salud. La pequeña celebridad estuvo encerrada a piedra y lodo un par de semanas, pues Onésimo temía empañar su fama de beata si algún chismoso la veía pasear en la calle. Para compensarla por el encierro, Lorenza le llevaba todos los días un rico surtido de antojitos y pasteles, que la niña devoraba de una mordida, como los osos amaestrados degluten el terrón de azúcar después de bailar para los viandantes.

Noviembre 5, 2006

Martin Amis. Niños muertos.

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Editorial Anagrama, 2002. 286 páginas.
Tit. Or. Dead babies. Trad. Marta Heras.

AmisNiñosMuertos
Muerte, drogas y perversión

Con lo que a mí me gusta Martin Amis, y este libro -publicado en 1975- no lo había leído. Me extrañaba porque tuve mi época Amis, me leía todo lo que veía de él. ¿Cómo se me había escapado este título? La solución, que Anagrama lo ha publicado con 27 años de retraso.

En la rectoría de Appleseed el brillante Quentin y su esposa Celia, la guapa Diana y el macarrilla de Andy , el obsesionado con su dentadura y rico Giles y el gordo y deforme Keith están esperando a unos invitados para el fin de semana. Lucy, que trabaja de prostituta y tres americanos; Marvell, Skip y Roxeanne. Los americanos traen drogas en abundancia como para alcanzar cualquier estado de conciencia (miedo, deseo, libertad) y parece prometer un fin de semana intenso. Pero nadie cuenta con que tendrán un invitado sorpresa, Johnny, que parece tener muy mala leche.

La idea de meter a unos jóvenes de buena familia con una buena provisión de droga en una mansión y dejar que pase de todo puede parecer -a estas alturas- un poco superada y arquetípica. Y no es así. Treinta y un años después de la publicación del libro todavía me parece una novela moderna y nada pasada de moda. El tinglado que monta Amis me parece menos falso, incluso, que la sordidez de otras novelas suyas como Dinero.

Que alguien me dé pistas de autores británicos, porque con los que leo parece que en inglaterra sólo existen dos tipos de personas; el lumpen y los aristócratas. O mi selección de lecturas es deficiente, o es que allí la diferencia de clases es brutal. ¿Alguien sería capaz de citar novelas españolas en las que se reflejen la nobleza patria?

Si te gusta Amis, te gustará Niños muertos. Y si no te gusta, puede que también. Una novela que me ha sorprendido agradablemente. Tomen nota.

Escuchando: Instituto Sangriento. F.A.N.T.A..


Extracto:[-]

-Un momento -dijo-. Son Conceptualistas. -¿Que son qué? -preguntó Marvell.

—Conceptualistas. —Andy se había puesto a escudriñar la sala con aprensión.

-Ah, ya, he oído hablar de ellos. Una especie de cruce entre los antiguos Angeles del Infierno y Chuck Manson.

-Nada de eso -dijo Andy, con tanta aversión que por un instante pareció mirar a Marvell con los agujeros de la nariz en lugar de con los ojos—. Nada de eso, ni mucho menos. Son algo nuevo, diferente. Creo que son los únicos que han sabido utilizar creativamente lo que le está ocurriendo al mundo actual. Para mí son los únicos que han sacado algo en limpio de lo que la tecnología ha hecho con el sexo y la violencia. Y durarán. -¿Sí?

-Más vale que te lo creas, tío.

-¿Cómo es eso?

Las dos marcas de fábrica de las actividades conceptualistas eran la precisión y la arbitrariedad. Inauguraron sus «Gestos», como ellos los llamaban, una mañana en la que quince humildes funcionarios fueron encontrados en su cama con el cuero cabelludo arrancado. Todos ellos eran funcionarios del servicio de depuración de aguas residuales. ¿Se trataba acaso de una organización política? Quince días después, cortaron el tendón de Aquiles de un grupo de médicos, inspectores de sanidad, asistentes sociales, secretarias de organizaciones de caridad y oficiales del Ejército de Salvación elegidos al azar, en una operación relámpago de ataques sincronizados. El primer día del siguiente mes, los periódicos informaron de que treinta propietarios de ferreterías de todo el país habían sufrido la extracción del ojo izquierdo. Cuatro semanas más tarde, unos cuantos helicópteros robados dejaron caer sobre algunas ciudades clave un peculiar confetti de postales pornográficas, fotografías de atrocidades, reproducciones médicas censuradas, placas de rayos X vetadas y análisis de orina que estaban en la lista negra. (Para entonces la policía no estaba exactamente preocupada, sino completamente histérica.) Periódicamente salían a la luz los restos de los escenarios de sus perversiones sexuales; no se les daba publicidad, pero se suponía que eran obra de la misma organización… Un accidente de automóvil cuidadosamente montado; los destrozados salpicaderos de los dos coches presentaban manchas de semen. Una sala de operaciones en la que entraron por la fuerza una noche para celebrar una sangrienta bacanal; hangares de aviación, laboratorios químicos, establos de los hipódromos, plantas de experimentación farmacológica y salones de exposición de aparatos eléctricos también sufrieron el mismo ultraje. Lisiados y dementes robados de diferentes asilos que regresaban mudos de asombro. Un cirujano secuestrado obligado a punta de pistola a realizar una extraña operación anal a un paciente enmascarado. Una niña de dieciocho meses de edad encontrada en la cuneta con graves heridas en los genitales.

La enérgica defensa que Andy había hecho de los Conceptualistas no era completamente desinteresada. Conocía a unos cuantos; era bastante amigo de uno o dos de ellos, y hacía mucho que se sentía impresionado por su calma y su crueldad, por su misterioso anonimato, por la vehemencia cas’ erótica con la que hablaban de sus Gestos, y sobre todo por su helada eficacia. De joven, Adorno había soñado con establecer su propio cabildo Conceptualista en Earl’s Court, donde él dirigiría a sus hombres con invisible destreza y presentaría sus propios proyectos al Cuartel General Conceptualista, llamando la atención sobre los miembros del equipo más endurecidos, escalando puestos en la organización hasta convertirse en un directivo y hacerse indispensable, hasta que por último le pidieran que se encargara de la organización de todos los Gestos… Aunque Andy ya contaba con uno de los dos requisitos para ser mismbro de los Conceptualistas (medía más de un metro ochenta) y pronto conseguiría el segundo (una licenciatura en humanidades), hacía mucho que su sueño había empezado a desvanecerse.

Noviembre 3, 2006

Novedades editoriales (y otras)

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Acaba de salir publicado el libro Malditos, la biblioteca olvidada de Iván Humanes Bespín y Salvador Alario Bataller. Tuve el placer de tomar el otro día una cerveza con Iván y Vigo y el primero nos hizo obsequio de un ejemplar. Un vistazo al contenido me permite anticipar que el libro es muy interesante ¡Corran a buscarlo!

Malditos

¿Se acuerdan de Un hombre de pago? Pues ya existe una segunda edición. Desde aquí mis felicitaciones a la autora y mis mejores deseos para el lanzamiento.

Hace un par de semanas estuve con mi mujer en Lloret de Mar por motivos mitad vacacionales, mitad de trabajo. Allí, además de tener tiempo para leer Apariciones, pude hacerle una fotografía a la calle dedicada al padre del escritor Féliz de Azúa:

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La hice pensando en Cristina, que se nos ha ido a Córdoba a convertirse en toda una escritora ¡Suerte!

Si se fijan en el contador de este blog se percatarán de que hemos superado las 250.000 visitas. Sumando las visitas a otros apartados (como la Biblioteca, el Esclavo lector o el Casino virtual -que no imaginan el éxito que tiene-) superamos las 300.000 visitas. Es hora de plantearse el traslado a otro servidor con más ancho de banda.

Hablando del Esclavo lector me gustaría recordar que pueden seguir votando. De momento ya he leído los siguientes libros:

Los Mitos de Cthulhu H.P. Lovecraft y otros
Nueva Dimension 99 Varios
La Novela Número 13 Wenceslao Fernández Flórez
Las Crisalidas John Wyndham
Pantaleon y las visitadoras Mario Vargas Llosa
Elogio y refutación del ingenio José Antonio Marina
Apariciones Juan Garcia Ponce

Prometo no tardar mucho con las reseñas. Los lectores habituales habrán notado que en estos últimos meses hay una escasez de las mismas. Les aseguro que tengo más de treinta escritas y otras tantas por escribir, algunas de libros leídos en Julio. Diferentes cuestiones laborales y anímicas hacen que me encuentre ligeramente desganado, pero espero que las cosas se solucionen pronto.

No acababa de escribir estas líneas cuando acaba de llegar mi mujer con un paquete con los libros Sin tetas no hay paraíso y New York Shitty de la editorial El tercer nombre. Dos libros más que pasarán a engrosar la lista del Esclavo lector. ¡Muchas gracias!

Se me olvidaba convocarles para las jornadas escépticas que se celebrarán el 10 y 11 de noviembre en Castelldefels con el título El Progreso Científico y sus amenazas. Pueden encontrar información sobre programa e inscripciones en esta dirección:

http://www.castelldefels.org/progreso

La conferencia de salida está a cargo del conocido pensador Mario Bunge. Merece la pena acercarse.

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