Cuchitril Literario

Abril 9, 2007

Wenceslao Fernández Flórez. La novela número 13.

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Espasa Calpe, 1941, 1944, 1946, 1962. 226 páginas

Wenceslao Fernández Flórez, La Novela Número 13
Panfleto fascista

Visto lo que me divertí con Las gafas del diablo decidí leer cuanto pudiera de este escritor. El azar me deparó buenos encuentros en el mercado de San Antonio y pude comprar a un precio más que razonable tres libros suyos, que pasaron a la lista del esclavo lector. Sus votos hicieron que fuera éste el primero que tuve que leer.

Al detective británico Charles Ring, famoso por haber resuelto casos tan complicados como el de tal y el de cual el gobierno le encarga una misión difícil y peligrosa. Han robado a Wotan, caballo de pura raza ganador del Derby y se sabe que está en España. El problema es que estamos en el año 1937, en plena guerra civil, y el detective tendrá que superar mil y un obstáculos para lograr su objetivo.

Esperaba encontrar un libro gracioso y me he llevado un chasco tremendo. Escrito poco tiempo después de acabar la guerra civil el libro es un panfleto fascista dedicado a tirar por tierra al bando republicano mediante una serie de caricaturas exageradas y de mala fe. Creía tener capacidad de reirme hasta de mis propias ideas, pero no ha sido el caso; me he encontrado con pasajes que me han dolido. Los líderes republicanos son todos unos brutos sanguinarios que se dedican a asesinar y violar sin contemplaciones. Más curioso es el caso de los voluntarios internacionales. Ya comenté en la reseña de La esperanza que Malraux ensalzando el valor de la fraternidad evitaba hablar de un enemigo que era, en realidad, parte del mismo pueblo. Fernández Flórez explica la afluencia de voluntarios explicando que, por un lado, se componía de presos de las cárceles de Europa que venían ‘a ver que pillaban’ y que, por otro, se trataba de artesanos que venían engañados en busca de trabajo. Esta es sólo una de las mentiras que pueblan el libro.

De más está decir que no me ha gustado nada. Creo que, con independencia de mi sesgo ideológico, el libro apenas tiene un par de momentos graciosos. Y me gustaría saber hasta que punto el autor comulgaba con las ideas que escribe. En el prólogo explica que esta novela no tiene título, pero que al ser la número trece que escribía decidió titularla así: La novela número trece. Quizá la falta de título se debe a que el contenido no tiene nombre.

Escuchando: Vysehrad de Ma Vlast. Bedrich Smetana.


Extracto:[-]

—Carlyle dice que el talento no es un instrumento determinado, sino una mano para manejar cualquier instrumento.

—También lo dijo Ramón y Cajal con otras palabras.

—¿Lee usted mucho?

—Los empleados de poco sueldo leen todo lo que pueden. Cuando alcanzan las quinientas pesetas, ya no leen más.

—¿Es usted socialista?

—Naturalmente.

—¿De qué matiz?

—¡De qué matiz, de qué matiz! ¡Yo qué sé! ¿Es éste el momento de hablar de matices? Pues soy del matiz de los que piensan que ya ha durado bastante la broma.

—Eso es, quizá, un poquito vago.

—Mire usted: el lunes me pusieron en la calle los del Banco. Los negocios se han restringido, con la revolución, y sobran piernas, manos, ojos, orejas y demás instrumentos. Yo era la adquisición más reciente, y me tocó marchar. Bueno —pensé—, ¿qué hago yo aquí cuando todos los desheredados de la suerte están luchando en España por un orden mejor? De cuanto ofrecen los programas revolucionarios hay una regla que basta para que yo les otorgue un auxilio frenético: la justicia social. Y allí ya alborea en la vida de los hombres.

—¿Qué entiende usted por justicia social?

—Muchas cosas…; unos poseen con exceso y otros carecen de lo preciso… Esto en tesis general… Luego…, cada uno tiene sus reclamaciones particulares, sus cuentas que arreglar… Me gustaría saber qué piensa ahora él dueño de ciertos almacenes, que era un avaro…, y la dueña de cierta casa de modas, que estaba loca…, y, sobre todo, un caballerete genealogista…

—¿ Qué hacía ése ?

—Le decía usted sus dos apellidos, le ponía unos billetes en la mano y averiguaba todos los entronques, cruces y líos que habían tenido que ocurrir para que usted descendiese de cualquier señor más o menos conocida en la Edad Media. Algunas cabezas bonitas perturbó el tal con sus cuentos. Pero ésta es una historia que no le importa a nadie más que a mí. Le estaba refiriendo que el lunes me despidieron del Banco y el lunes me presenté al accionista delegado señor Mendigorría. Creo que pensó que iba a reclamar algo, pero cuando le dije: “Me voy a luchar a Madrid”, me alargó su mano. “Te envidio, Saldaña —confesó—; eso debiera hacer yo también, pero no puedo; estoy condenado a ser un burgués asqueroso; nací burgués, como se puede nacer artrítico, y así bajaré al sepulcro.” ¡Curioso caso este del señor Mendigorría! Tiene todos los vicios de un capitalista y vive como un romano corrompido, pero siempre aseguró que, en el fondo, es de ideas avanzadas y que nadie es más ^revolucionario que él. Muchas veces nos ha confiado —porque habla con nosotros con gran llaneza— que esa contradicción le hace sufrir mucho. La verdad es que no puede corregirse y él le echa la culpa a la ley de herencia. Su padre fue banquero también, y muy rico. “Marcha, Leonardo —me animó—; te pagaré el billete para tener un tanto por ciento en tus hazañas; y, en el fondo, ya me gustaría que te llevases a alguno de tus colegas, especialmente al auxiliar de Caja, que es tan bruto que haría un buen dinamitero, y aquí bien sabe Dios que no sirve para nada.” El señor Mendigorría siempre diferencia lo que piensa él y lo que piensa con el fondo de él, y hace bien, porque el fondo de Mendigorría no tiene que ver con Mendigorría. Es raro, ¿no?
—No es demasiado raro —bostezó Ring.

Al pasar la frontera volvieron a encontrarse. Ring abría sus ojos atentos hacia los hombres y hacia el paisaje. Saldaña, un poco excitado, auguraba, apoyado en la ventanilla entreabierta:

—Ahora, a mezclarme con el pueblo, con esa sagrada nebulosa que es el pueblo, de la que salen mundos espirituales, estrellas guiadoras; a sentirme pueblo, a encenderme en sus esperanzas, a quemarme en sus furores magníficos. ¡Pueblo! ¡Pueblo! ¡Cómo me une esa palabra a todos los demás hombres; cómo me deja sentir un poco Partícipe de sus virtudes, de su genio, de su bondad, de todo lo bello posible que hay en suspensión en ese mar de sudor y de sangre!

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