Editorial Laetoli, 2006. 136 páginas.

La sindone al descubierto
Empecé la lectura del segundo volumen de la colección ¡Vaya timo! con un poco de precaución. Soy seguidor de la bitácora Escritos desde el páramo cuyo autor critica con toda solvencia a misteriólogos que intentan torcer la historia para sus fines. Y en esta bitácora se habían propinado palos a mansalva y se le había enmendado la plana a Félix en muchos aspectos.
Concretamente tenía miedo por el siguiente extracto:
“Lo de Filas y las monedas es sencillamente una bobada, pero muchos tontilocos con menos cerebro que un chorlito lo siguen repitiendo, y repitiendo.” (Pág. 66)
Al hilo del cual comenta el autor de Escritos desde el páramo:
Comencemos por el final. Creía que este libro más que dirigirse a los que ya consideramos que la Sábana Santa no fue nunca la mortaja de Jesús, se orientaba a los que piensan lo contrario pero, si ése es el caso, se me ocurre que tildar a los creyentes en el tema de las monedas de “tontilocos con menos cerebro que un chorlito” no es la mejor forma de exponer unos argumentos para que consideren si su creencia no es fruto de un error.
En muchas ocasiones he visto bastante prepotencia en libros escépticos -el excelente divulgador Martin Gardner es un ejemplo-, prepotencia que no ayuda nada a explicar un argumento.
¿Es culpable el libro de Ares de este delito? Pues la verdad es que no. El libro explica en diez capítulos la historia de diversos supuestos sudarios de Cristo para luego centrarse en el más famoso y detallar qué han dicho los diferentes estudios sobre la autenticidad del mismo. Con los datos en la mano, hay pocas dudas de que el supuesto sudario es una falsificación. En ningún caso el autor falta al respeto a los creyentes.
Sobre inexactitudes históricas pueden leer la serie completa que le dedica José Luis Calvo. Estoy de acuerdo en que la crítica tiene que hacerse también a los libros de divulgación, pero creo que en este caso puede aplicarse el dicho de se la ha cogido con papel de fumar. A los que estén al tanto de los piques entre ARP y el Círculo escéptico no les sorprenderá.
Resumiendo; desde mi humilde opinión, que no es la de un historiador experto, el libro cumple su misión. Explicar de una manera amena los hechos alrededor de la supuesta mortaja de Cristo. Interesante y muy recomendable.
Escuchando: Ven a venerar afecto mio. Antonio de Literes.
Extracto:[-]
No sabemos exactamente cuándo llegó el santo sudario a la abadía. La primera mención es de 1214: Simón de Monfort ofrece la cantidad de 25 libras del Périgord para mantener encendida una lámpara que debía arder día y noche delante del santo sudario.
¿Cuál era su origen? No hay datos históricos, pero un documento de 1135 señala que había sido descubierto en el transcurso de la primera cruzada, iniciada en 1097, por el obispo de Le Puy, quien lo confió a uno de sus capellanes, quien al morir se lo dejó a su vez a un monje del Périgord. La reliquia quedó depositada en una iglesia cercana a Cadouin. Al sufrir un incendio, los monjes de la abadía que habían acudido a sofocarlo descubrieron que el santo sudario milagrosamente no se había quemado. Se llevaron el lienzo a su abadía y, para poder estar cerca de él, el párroco de la iglesia incendiada (ahora sin iglesia) ingresó en la orden del Císter y en la abadía de Cadouin.
Del siglo XIII procede un documento de un monje de Trois-Fontanes, en la diócesis de Lieja, en el que se añaden algunos datos. Fundamentalmente dice lo mismo, pero proporciona más detalles. Por ejemplo, que el santo sudario fue descubierto en Antio-quía —la primera cruzada llegó a esa ciudad en 1097— en un recipiente de plomo y cerca de la santa lanza.
No creo que haga falta advertir que estos relatos se crearon en gran parte para demostrar la propiedad indiscutible de tan importante reliquia por parte de la abadía. Se duda de que reflejen la realidad, pero no de que a partir del siglo XIII hubo grandes peregrinaciones para ver el santo sudario, que atraía no sólo a los habitantes de Périgord sino a numerosos peregrinos.
Para evitar el pillaje durante la Guerra de los Cien Años, en la época del Gran Cisma de Occidente, el abad de Cadouin Bertrand de Moulins decidió transportar el santo sudario aToulouse en 1392. Los tolosanos tuvieron la reliquia en gran estima, tanto que cuando los de Cadouin pidieron que les devolvieran su santo sudario, se negaron a hacerlo. Hubieron de esperar a 1455 para recuperar lo que era suyo, y lo hicieron de un modo digno de una película de Hollywood.
La abadía de Cadouin envió a cuatro monjes a cursar estudios a Toulouse. Además de estudiar las asignaturas de su carrera, los monjes hicieron otro tanto con las protecciones del santo sudario. Así que lograron duplicar las llaves del relicario y un día entraron, lo abrieron y se largaron con él a todo correr hasta Cadouin. El retorno de la reliquia de modo tan espectacular aumentó su popularidad, pero el lienzo sufrió una serie de incidencias que resultaría muy prolijo enumerar aquí. En resumen, temiendo que los tolosanos hicieran algo parecido a los monjes de Cadouin, el abad se llevó el sudario a la abadía cisterciense de Obazine, en el Limousin. Pero cuando los de Cadouin se la reclamaron, los de Obazine hicieron oídos sordos. ¡Era demasiado valiosa para devolverla sin más!
En 1482, Louis XI se interesó por la reliquia. Los monjes de Cadouin fueron a hablar con él para exponer su caso y lograron que se la devolvieran. Pero no sólo eso, pues el rey permitió numerosos mercados y ferias en el pueblo para relanzar su economía. Y así fue. Mercados, ferias y una importante reliquia eran un fuerte atractivo para el turismo de la época.
Los peregrinos eran muy numerosos y hacían donativos cada vez más importantes. Quiero señalar dos de ellos, pues pueden mostrarnos la utilidad del sudario. Los habitantes de Saint-Aus-tremoines ofrecen a Cadouin “diez libras de cera, en honor de N. S. J. C, de la Virgen y del santo sudario para que cese la peste”.