Cuchitril Literario

Enero 31, 2008

Retales

Archivado en: General — Palimp @ 6:44 pm
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Me entero por Papel en blanco que Martin Amis, un escritor admirado en este Cuchitril, ha hecho unas declaraciones que se pueden definir como poco afortunadas. La noticia puede leerse también en El Periódico. Concretamente dice:

La comunidad musulmana tendrá que sufrir hasta que ponga su casa en orden

Algo que no se sostiene por ningún sitio. Por poner un ejemplo, yo entiendo cuando en latinoamerica miran con recelo a los españoles por las barbaridades de la conquista, pero no lo acepto, porque yo no he hecho nada ni soy responsable de lo que hicieron los españoles de hace 500 años. Si fuera árabe entendería que la gente me mirara con prevención en el aeropuerto, pero tampoco lo aceptaría, porque por unos pocos terroristas no se puede juzgar a miles de personas.

En Diari d’un libre vell nos recuerdan que del 4 al 9 de febrero la novela negra invade Barcelona: BCNEGRA. Llena de charlas y exposiciones muy interesantes.

En Un que passava me entero de que Meri Gallego ha planteado el reto 2008: Viaje en libro por la Unión Europea en 366 días, que consiste en:

Hay que leerse un libro de cada país de la Unión Europea. El Reto consiste en completar los 27 países antes de la medianoche del 31 de diciembre del 2008.

Como a mí me encantan estas cosas ya me he apuntado. Se agradecerá información de autores o libros de los países más complicados (Chipre, Luxemburgo, Estonia…).

Como nota humorística, un dibujo que resalta la importancia de ser un gafapasta. Genial.

Esta noche, en el Pati Llimona hay Cuentodos, donde un servidor -entre muchos otros- contará cuentos. Les esperamos.

Enero 30, 2008

Antonio Di Benedetto. El silenciero.

Archivado en: General — Palimp @ 7:07 am
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Adriana Hidalgo Editora, S.A., 1999, 2003. 188 páginas.

Antonio Di Benedetto, El Silenciero
Ruido maldito

Después de escuchar la recomendación de Bolaño sobre Di Benedetto corrí raudo a la biblioteca decidido a llevarme cuanto encontrara. Lo primero que leí fue esta novela, escrita en 1964. Ya en el prólogo nos avisan de que nos encontramos ante algo excepcional, y no exageran.

El silenciero es un joven extremadamente sensible al ruido. Está enamorado de una muchacha del barrio y tiene un amigo que parece pertenecer a una sociedad secreta. Al lado de su casa instalan un taller de reparaciones y su vida se convierte en un infierno; el ruido es insoportable. Intenta denunciar el abuso de ruido, con escaso éxito. Ni encontrar el amor, ni las huidas frecuentes, conseguirán llevarle la paz.

El primer impacto, lo más sorprendente de este libro, es su prosa. Dice Juan José Saer, el prologuista, que es inútil buscarle antecedentes o influencias en otros narradores: no los tiene. Las frases son cortas, lacónicas, apenas hay adjetivos ni palabras extrañas. Pero con tan parvo material Di Benedetto contruye un estilo propio increíblemente original, que utiliza para construir un universo kafkiano donde todo es cotidiano pero a la vez irreal.

Las neurosis del protagonista se me hicieron algo pesadas casi en el final: no porque el libro lo sea, sino por su capacidad de arrastrarte a su interior. Recomiendo una lectura pausada -yo lo leí de un tirón en un viaje de autobús-, así podrán disfrutar de su extraordinaria calidad sin sufrir de angustia. Aunque por leer algo como esto bien merece la pena sufrir un poco. Imprescindible.

Escuchando: Dueño de mi silencio. Jarabe de palo.


Extracto:[-]
Él no transa.

Lo instruyo hacia otro orden:

-Usted no precisa abogado, precisa un carpintero.

-¿Tiene una idea?

-Sí.

Entre el tablero inferior de la puerta de Besarión y el piso del pasillo sobra luz. Que haga acoplar madera para formar un cierre tan severo que no tolere filtraciones.

-No preciso carpintero. Sabré hacerlo. Espero que sabré.

Guarda, dice, heredados instrumentos de un oficio y una artesanía. El no se inició, nunca los ha tomado para hacerlos servir. Sin embargo, en la calle suele recoger los listones de madera limpios y pulidos que, por cortos, otros desdeñan, y a él le gustan.

-Me servirán -dice- para contener la impureza.

Está contento.

Se desprende de mí.

Es la mañana y estoy en la oficina. Besarión me hace alcanzar un papelíto: “Cerré con madera. Terminé de taponar con un trapo de piso. Dormí bien. Al abrir, el agua se echó sobre mis piernas y ensució la casa. Durante la noche, sin salida por mi puerta, se había endicado”.

¡Gemidor sin gratitud, buscón de paternalismo!… Asediarme con su absurdo problema, justamente aquí y ahora, cuando el jefe ha impuesto la perturbación y el sobresalto (con una radio de transistores que suena sobre su escritorio).

Es otro día, diferenciado del anterior.

Aguardé al jefe con zozobra, por si persistía en ser jefe-más-radio. Y no, al parecer ha reconsiderado su conducta.

Que inmoderó la mía y me hizo juzgar a Besarión sin piedad, con furia /con desdén.

* * *

Anoche ha venido el gran gato gris de mi infancia. Le he contado que me hostiliza el ruido. El ha puesto en mí, lenta e intensamente, su mirada animal y compañera.

Besarión cree saber todo.

Dice que el gato fue intercesor del hombre ante los dioses.

Lo escarbo:

-Usted lo admite.

-No… Son creencias antiguas. Paganismo.

Le tiendo una trampa:

-Soñé con usted. En el sueño, usted era intercesor. No menosprecia el sueño que le miento. Se siente exigido y habla:

-No lo sé. No sé si servirá que yo interceda. Cuando llegue el momento, pediré, y nada para mí. -¿Qué pedirá, a quién? -No me investigue. No está bien hacerlo.

* * *

“Los zapatos ballerina fueron creados para ti.” La frase se me ha formado sola, y no sin complacencia he admitido que resultaría pasable para el uso publicitario.

En las vidrieras del centro, manos de maniquíes, marfileñas y rosadas, manos sin brazos ni cuerpo, sostienen ese calzado de cuero extremadamente flexible.

Los zapatos ballerina, esas zapatillas dóciles y delicadas, fueron creadas para ella, para Leila, que no las usa, ni las precisa tal vez, ya que circula, por la vereda de enfrente, con un paso leve y blando, de muchacha descalza, que elabora armoniosos movimientos de su cuerpo.

Saluda. Saludo.

Se reúne con la amiga, Nina, y hablan de mí. Lo sé: me han mirado las dos al mismo tiempo y tratando de no levantar del todo las pestañas.

Ahora, con vehemencia, toman otro asunto y las manos actúan en la discusión. Seguramente ya no estoy en eso: pueden hablar de mí, pero no tienen que disputar por mí.

Nina entra, al parecer, en busca de recursos. Leila queda afuera y me recuerda con los ojos, tal vez por comprobar si soy testigo. Por ahí, por la ventana, viene el argumento de Nina: es música de baile.

Nina reaparece y Leila le muestra cómo se hace. Nina aboceta los pasos y los giros de su opinión, pero Leila ríe, tapándose mal la boca. Nina se detiene y queda quieta y confundida. No tiene ritmo ni musicalidad. Pierde.

Lo cual la coloca de parte de mis simpatías.

Enero 29, 2008

René Petillon

Archivado en: Audiovisual — Palimp @ 10:05 am
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Otro autor del que apenas se encuentra información en la red. Se nota que los tebeos siguen siendo un medio minoritario, porque sólo he encontrado esta referencia en La cárcel de papel y esta entrevista en El diario montañés. Para mí ha sido una sorpresa reencontrarme con este autor, porque sólo conocía sus primeros trabajos, de un humor absurdo de los pies a la cabeza, con viñetas en ocasiones abarrotadas de personajes y con un detective, Jack Palmer, totalmente incapaz pero que al final acababa encontrando la respuesta.

Pero los tiempos cambian; Petillon ha suavizado el dibujo, acercándolo más a la línea clara, y ha empezado a escribir sobre temas serios pero sin abandonar el surrealismo ni la inutilidad de su detective. El resultado, dos álbumes: El caso del velo y El archivo Corso que fustigan sin piedad a todos los implicados en el terrorismo Corso y en los problemas de integración de los musulmanes en Francia. Uno echa de menos la oscuridad del doctor Supermarkenstein, pero agradece la cítrica (ácida) de su nueva etapa.

Poco podrán encontrar publicado de Petillon en nuestro país; yo lo he leído, si no me equivoco, en el Cimoc y en unos libros-comic ya desportillados que compré en no se que mercadillo. Los nuevos están editados por Norma y se pueden comprar en la propia web de la editorial.

Aquí tienen un surtido selecto del humor surrealista de Petillon:

Yolio

Casamiento

Collar

Claudel

ConsejoMinistros

Las siguientes viñetas son de El caso del velo:

HIja

Eleccion

Miedo

HastaElMoño

Enero 28, 2008

Marcela Serrano. Nosotras que nos queremos tanto.

Archivado en: Novela — Palimp @ 8:31 am
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Suma de letras, 2000, 2001. 438 páginas.

Marcela Serrano, Nosotras que nos queremos tanto
Mujeres de hoy

En los Encantes -de los que hablaremos en el Cuchitril- hay libros amontonados. Rebuscando, rebuscando, algo sale. Mi mujer me compró este libro junto con otros tres. Ya había leído el más famoso de Marcela Serrano, El albergue de las mujeres tristes.

Cuatro mujeres maduras se reunen en una especie de casa de campo para pasar sus vacaciones. Cada una es diferente, aunque el amor, el desengaño y las vicisitudes políticas las han marcado a todas. Sus conversaciones nos darán la clave de la historia de su vida.

La mujer ya no es una esposa sumisa que aguarda en casa al marido; tiene una vida propia, su propio trabajo y, sobre todo, sus propias ideas. Algo que todavía hoy le cuesta mucho entender a según que hombres. No es un libro militante o feminista; describe, simplemente, cuatro modelos de mujer que, a pesar de los años transcurridos y los kilómetros de distancia, todavía pueden reconocerse.

Una prosa agradable y unas historias reales, tiernas y sinceras. ¿Alta literatura? Quizá no, pero a mí me ha gustado.

Escuchando: Night of the Thumpasorus Peoples. Parliament.


Extracto:[-]

De esta pareja nacieron tres hijas mujeres: Magda, María y Soledad.

Las “niñitas”, como solía referirse a ellas su madre, estaban destinadas a cumplir un brillante itinerario: la educación básica y media en un buen colegio particular, católico y de habla inglesa. La educación superior —era bueno que la tuvieran, no necesariamente que ejercieran— sería en la Universidad Católica. Ojalá una pedagogía o algo relacionado al concepto de servir al prójimo (pero sin rebajarse, no Enfermería). Esto les daría una base intelectual y cultural que les ayudaría a batírselas bien en cualquier circunstancia. Podrían elegir entre los mejores hombres de la sociedad para desposarse, pues también contaban entre sus atributos con una buena dote. Serían socialmente cotizadas, no les faltaría savoirfaire en la vida mundana y terminarían siendo importantes apoyos para las carreras de sus maridos. Heredarían la belleza y sociabilidad de su madre, la inteligencia y disciplina de su padre. La elegancia era un don de todas las mujeres de la familia y con ella sabrían conquistar el espacio que les correspondía. Casi por sangre, habría acotado la abuela. Ojalá los maridos fuesen abogados, médicos o ingenieros. Había algunas prohibiciones, pero mínimas. No deberían casarse con un ex cura, con un sociólogo o con un funcionario de Relaciones Exteriores. Se miraría con muy buenos ojos que alguno resaltara en la política, hubo tantos en la historia de la familia. Quizás otro sería embajador: ¡qué bien harían ese papel las niñitas! Y si alguno entendía de agricultura, bienvenido sería para hacerse cargo de las tierras familiares en el futuro.

Pero también las niñitas debían ser buenas. Amar a su prójimo como a sí mismas. Nunca ostentarían riqueza pues ello no era piadoso, aunque de paso, eso también era característica de los nuevos ricos y considerado “siútico” en la familia. La caridad debería estar siempre presente y cada una elegiría su manera de hacer el bien según su situación en el mundo. (Doña Marita cargaba con una serie de protegidos, por lo cual nunca faltó una mano extra en la casa.) Serían los bastiones de sus familias, sabiendo situarse siempre en segundo lugar, sin opacar a los maridos ni haciéndoles ver cuánta fuerza tenían.

El matrimonio y la maternidad las realizaría de tal manera que no cabrían en sus vidas las turbulencias del espíritu ni el desasosiego. Y si por alguna circunstancia de la vida —nadie puede ignorar su posibilidad— los matrimonios les deportaran dolor, la maternidad lo sublimaría. Debían estar muy atentas a la elección del esposo, pues tendrían sólo uno. Para ello, la señora Marita era liberal: que tuviesen mucho tiempo y libertad en la edad de pretender.

Enero 25, 2008

Sergi Pàmies. Sentimental.

Archivado en: Novela — Palimp @ 11:23 am
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Quaderns crema, 1995, 1997. 182 páginas.

Sergi Pàmies, Sentimental
Cambio de rumbo

Sigo impenitente esquilmando la biblioteca de libros de Pàmies: como no quedaban más en la que tengo al lado de casa he tenido que acercarme a otra más grande. En realidad quería coger en préstamo otros libros de los que hablaré próximamente, pero ya que estaba aproveché la ocasión.

Fumar es un vicio muy malo, y para muestra la historia del protagonista de este libro. Va un día a por tabaco y las circunstancias le llevan a un hotel dónde se encuentra a un muerto. El choque es tan fuerte que abandona todo y después de tener un accidente de avión acaba metido de polizón en un barco con destino a Brasil. Allí comenzará una nueva vida.

Alguna vez se ha comentado por aquí que muchos relatos de Pàmies no son redondos; al acabar de leerlos te encuentras colgado en una viga de la que no sabes como bajar. Pues bien, esta novela es así. Una vez llegas a donde el autor te ha querido llevar descubres que no hay nada que ver.

La prosa sigue siendo buena, y los ambientes excelentemente construidos, pero de momento es el peor libro que he leído de este autor. Nada que ver con la otra novela reseñada aquí. Ni fu ni fa.

Escuchando: Everness. Leandro Fanzone.


Extracto:[-]
Li costa treure’s del cap la imatge del cambrer assassinat. Per esborrar-la, pensa en la família, en el passadís de casa, en les agulles d’estendre roba, en la taula parada i en el seu tovalló, agafat per una anella de fusta. I també en la dona, que deu haver hagut de mentir quan la nena li hagi preguntat: «^On és el pare?» Li sap greu fer-los patir, però, malgrat que ja té el tabac, no es veu amb cor de tornar, ni tan sols de trucar.

—Encara no—diu en veu baixa.

Entre el volant i la guantera del cotxe, l’home hi té enganxada la fotografia de la dona amb la filla, abraçades. És una foto recent que elles li van regalar el dia de l’aniversari, fa quatre setmanes. Per celebrar-ho, les va convidar a la fira. Van pujar als autos de xoc, a les vagonetes del túnel del terror i a la nòria. Van menjar crispetes i bolados. Van riure davant dels miralls deformadors i es van perdre pel laberint de vidre. En una parada de tir al blanc, la dona va guanyar un conill de peluix disparant contra mitja dotzena d’escuradents (el conill era de baixa qualitat: durant el viatge de tornada, li van caure els ulls). Quan van arribar a casa, van posar la nena a dormir. En acabat, van parlar de tenir un altre fill. Van decidir fer-se les anàlisis corresponents i fins i tot van especular sobre quin nom li posarien. No van arribar a cap acord. L’home s’emociona i abaixa el cap. Els records que el commouen li fan venir ganes de plorar. Es mossega el llavi infçrior. Encén un cigarret, se’l fuma, l’apaga, tanca la tapa del cendrer i engega el cotxe.

L’home ha arrencat la fotografia del cotxe i l’ha llençat per la finestreta, sense mirar enrera. Amb la targeta de crèdit, ha tret diners d’un caixer automàtic, el màxim autoritzat. Ha llogat una habitació d’hotel, s’ha dutxat amb aigua freda, ha trucat al servei de despertador automàtic i s’ha ficat al llit de seguida, sense sopar ni mirar la tele. Els llençols feien olor de pólvores de talc. Ha dormit profundament, com feia anys que no dormia. L’endemà, com que no duia pinta, ha hagut de pentinar-se amb els dits. Ha pagat el compte de l’hotel en efectiu i, novament, ha tret diners d’un caixer automàtic. Deu minuts més tard, era a l’aparcament d’un establiment de compra-venda de vehicles d’ocasió.

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