Cuchitril Literario

Febrero 29, 2008

Serge Lang. El placer estético de las matemáticas.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 10:47 am
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Alianza universidad, 1992. 179 páginas.
Tit. Or. Serge Lang fait des maths en public. Trad. Pedro Jesús Salas.

LangPlacer
Matemáticas asequibles

Tenía ganas de leer este libro por su título. Soy de los que opinan que las matemáticas, y la ciencia en general tienen una belleza comparable a la de una pintura o un libro. Pensaba que encontraría un ensayo sobre este tema, pero no ha sido así.

Se trata de la transcripción de tres charlas divulgativas que el matemático Serge Lang impartió en el museo de la ciencia de París. La primera estuvo dedicada a los numeros primos, la segunda a las ecuaciones diofánticas (en las que sólo interesan las soluciones enteras) y la última a la topología. Su reto era hablar de temas que fueran a la vez entendibles por un público no preparado y que fueran problemas de actualidad en la matemática.

Parece ser que tuvieron bastante éxito y que muy poca gente huyó de las disertaciones (incluso pedían más). Lo que viene a demostrar que si se tratan de una manera atractiva, incluso las materias más complicadas resultan interesantes (y si no, véase la bitácora de Tío Petros).

La decepción por no encontrar lo que encontraba se vio compensada por el interés de las conferencias, con un sólo pero: el ser transcripciones sin elaborar de las charlas la lectura no es demasiado cómoda. Lo que puede resultar divertido o dinámico hablado en el papel pierde mucho de su fuerza.

Un libro entretenido indicado para no matemáticos que quieran acercarse a esta disciplina desde una nueva perspectiva.

Escuchando: Confesiones de un comedor de pizza. Ariel Rot.


Extracto:


Según Plutarco, trabajar para conseguir inmortalizar el propio nombre es un ideal noble. Desde que era joven, esperaba que mi nombre ocupara un lugar en la historia de las matemáticas. ¿No es ésta una motivación tan noble como intentar obtener el premio Nobel?

Es decir, no se trata tanto del honor del espíritu humano como del honor del propio espíritu. Yo creo, más bien, que uno hace matemáticas porque le gusta hacer ese tipo de cosas, y también de una forma mucho más natural, porque cuando se tiene talento para hacer una cosa, normalmente no se tiene talento para hacer ninguna otra y se termina haciendo aquello para lo que se tiene talento, si se es lo suficientemente afortunado para tenerlo. Debo añadir que también hago matemáticas porque son difíciles y es un bello reto para la mente. Hago matemáticas para probarme a mí mismo que soy capaz de aceptar el reto, y ganar.

Por tanto, se hacen matemáticas, pero eso no quiere decir que la gente sea desgraciada, porque el tipo de matemáticas que hacen no sea lo suficientemente bueno como para aparecer en los libros de historia. Por supuesto, todos los matemáticos que conozco son perfectamente felices cuando hacen matemáticas a ese nivel. Se sienten satisfechos con los honores que esto les puede reportar, y por el hecho de dejar un nombre en las matemáticas. Pero yo no diría que ése sea su objetivo cuando se entregan a las matemáticas, sean estas puras o aplicadas.

Si yo les preguntara lo que significa la música, ¿me contestarían: «la manipulación de las notas»? Cuando se hacen matemáticas puras, se hace algo bastante diferente a «manipular». Para aclarar las razones que impulsan a la gente a hacer matemáticas puras, desde un punto de vista estético, voy a ponerles un ejemplo. Para mostrarles qué son las matemáticas, si ustedes no se dedican a ellas, tengo tantas dificultades como si quisiera explicar a un japonés o a un hindú de otra época, que no hubieran tenido nunca contacto con la cultura occidental cómo es una sinfonía de Beethoven o una balada de Chopin. Si se toma a alguien que no ha tenido nunca contacto con la cultura occidental y además es sordo, ¿cómo se le puede explicar cómo es una sinfonía de Beethoven o una balada de Chopin? Es imposible. Incluso si la persona en cuestión no es sorda, y es capaz de escuchar, es casi imposible, si no ha oído antes esos temas varias veces. La música occidental es demasiado diferente a la japonesa o hindú; se toca con instrumentos muy distintos, con otras orquestaciones y ritmos. Hay, por tanto, grandes dificultades para hacérsela comprender a alguien completamente ajeno y, recíprocamente, no es muy frecuente que haya conciertos de Koto o Sitar en París, y cuando los hay, el público es muy reducido.

Hay una dificultad adicional que se produce en todas las situaciones en que entra en juego la estética: a uno le puede gustar una cosa y no otra. Hay gente a la que le gusta Brahms y no le gusta Bach; a quienes les gusta Bach y no Chopin; a quienes les gusta Chopin y no Dowland (compositor inglés de piezas y canciones de laúd de la época de Shakespeare).

¿Cómo se puede hacer que alguien comprenda cómo es una canción de Dowland o una balada de Chopin si no la ha oído nunca? ¡Es imposible! Sin embargo, sería mucho más fácil hacerles oír una pieza musical que hacer posible que ustedes hagan matemáticas, ya que cuando se escucha música se está en una postura pasiva. Uno sólo tiene que dejarse llevar por la estética de la música, mientras que se deja al compositor y al intérprete la parte activa. Para hacer matemáticas, sin embargo, se necesita un grado de concentración mucho más alto y un esfuerzo personal. Más aún, para conseguir que ustedes hagan matemáticas necesito encontrar un tema que sea suficientemente profundo, que sea un verdadero tema de matemáticas, reconocido como tal por los matemáticos…

Febrero 28, 2008

¡Cuidado, bibliotecarios!

Archivado en: General — Palimp @ 6:31 pm
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Los cenutriousuarios han encontrado una manera de camuflarse con el paisaje:

Camuflaje

Más fotografías de personas habilmente camufladas en la web de Desiree Palmen.

Esta tarde, Cuentodos en el Pati Llimona. A las nueve menos cuarto. No falten.

Febrero 27, 2008

Neil Gaiman. Los hijos de Anansi.

Archivado en: Novela — Palimp @ 8:29 am
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Editorial Roca, 2006. 380 páginas.
Tit. Or. Anansi boys. Trad. Mónica Faerna.

Neil Gaiman, Los Hijos de Anansi
Hijos de un dios embaucador

Tenía ganas de leer algo de Gaiman en solitario, como buen admirador de Sandman que soy. Ya comenté en su momento la novela Buenos presagios, escrita al alimón con Pratchett, una novela muy divertida.

Es normal que los padres avergüencen a sus hijos, pero el caso de Gordo Charlie es exagerado. Su padre es excepcionalmente llamativo y eso ha hecho que se aparte de él y viva en Londres sin saber de su vida. Pero cuando muere espectacularmente en un karaoke no le queda otro remedio que ir al funeral. Allí descubrirá que tiene un hermano del que no sabía nada y que su padre era un Dios: Anansi, el dios araña.

Gaiman es tan buen narrador en sus libros como en sus cómics. La historia es original y te atrapa desde el primer momento. El contrapunto entre el hermano serio y normal y el hermano mágico y enredador funciona a la perfección y aunque no está repleto de secundarios oníricos como Neverwhere, los que están fascinan igualmente. Anansi es el propietario de los cuentos, y parece ser amigo del autor que nos presenta un extraordinario cuento para adultos. Cuando lo acabé de leer me lancé de cabeza a leer otra obra del autor ¿Hace falta decir que lo recomiendo?

Escuchando: Juliette. Platero y tú.


Extracto:[-]
Gordo Charlie no tenía muy claro lo que estaba pasando pero, fuera lo que fuese, la culpa de todo la tenía su padre. Llevó a su madre con su tremenda maleta al aeropuerto de Heathrow, y le dijo adiós con la mano en la puerta de salidas internacionales. Su madre sonreía de oreja a oreja, llevaba su pasaporte y sus billetes bien agarrados, y parecía más joven de lo que él la había visto en muchos años.

Le envió postales desde París, Roma, Atenas, Lagos y Ciudad del Cabo. En la postal que le mandó desde Nanking le decía que no le gustaba en absoluto la comida china que hacían en China, y que estaba deseando volver a Londres para comer comida china de verdad.

Murió mientras dormía, en un hotel de Williamstown, en la caribeña isla de Saint Andrews.

En el funeral, que se celebró en el Crematorio del Sur, en Londres, Gordo Charlie estuvo todo el tiempo esperando ver aparecer a su padre: a lo mejor el viejo hacía una espectacular entrada encabezando una banda de jazz, o aparecía desfilando por el pasillo con un grupo de payasos o con media docena de chimpancés montados en triciclo y fumando puros; incluso se pasó todo el servicio mirando hacia la puerta de la capilla por encima de su hombro. Pero el padre de Gordo Charlie no apareció por allí, sólo acudieron los amigos de su madre y algunos parientes lejanos, la mayor parte de los cuales eran mujeres corpulentas que lucían sombreros negros, se sonaban las narices, se secaban las lágrimas y sacudían la cabeza con aire abatido.

Fue mientras cantaban el himno de despedida, después de que apretaran el botón y la madre de Gordo Charlie avanzara sobre la ruidosa cinta transportadora que la conduciría hacia la Eternidad, cuando Gordo Charlie se fijó en un hombre más o menos de su misma edad que estaba de pie al fondo de la capilla. No era su padre, evidentemente. Era alguien a quien no conocía, alguien que le habría pasado completamente desapercibido —allí atrás, entre las sombras—, de no haber estado mirando a ver si aparecía su padre… y ahí estaba aquel extraño; con su elegante traje negro, la mirada baja y las manos cruzadas.

Gordo Charlie se quedó mirándole un rato, y el extraño le miró y le dedicó una afligida sonrisa, como queriendo dar a entender que ambos compartían la misma pena. No era la clase de expresión que uno espera encontrar en el rostro de un extraño y, aun así, Gordo Charlie no conseguía ubicar a aquel hombre. Volvió la vista al frente de nuevo. Cantaron Swing Low, Sweet Chariot —Gordo Charlie sabía de sobra que a su madre no le gustaba nada aquella canción—, y el reverendo Wright invitó a todos los presentes a que se acercaran a casa de Alanna, la tía abuela de Gordo Charlie, a tomar un refrigerio.

No había nadie a quien no conociera en casa de su tía abuela Alanna. En los años posteriores a la muerte de su madre, se había preguntado varias veces por aquel extraño: quién era, por qué habría asistido al funeral. En ocasiones, Gordo Charlie pensaba, incluso, que había sido producto de su imaginación, sin más…

—Entonces —dijo Rosie, apurando su chardonnay—, llamarás a esa tal señora Higgler y le darás el número de mi móvil. Dile lo de la boda, la fecha… y ahora que lo pienso: ¿crees que deberíamos invitarla a ella también?

—Podemos invitarla si queremos —respondió Gordo Charlie—, pero no creo que venga. Es sólo una antigua amiga de la familia. Conoció a mi padre en los tiempos heroicos.

—Bueno, tantéala. Mira a ver si deberíamos enviarle una invitación.

Rosie era una buena persona. Había en ella algo del espíritu de san Francisco de Asís, de Robin Hood, de Buda y de Glinda, la Bruja Buena del Norte; el saber que estaba a punto de reconciliar a su verdadero amor con su repudiado padre le daba a su próxima boda una nueva dimensión, decidió. Ya no era una boda común y corriente: era más bien una misión humanitaria, y Gordo Charlie conocía a Rosie lo suficiente como para saber que jamás debía interponerse entre su prometida y la imperiosa necesidad que ésta sentía de Hacer el Bien.

Febrero 26, 2008

Antimeme, Amis, Anagrama

Archivado en: General — Palimp @ 11:00 am
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Me pasa The happy butcher el meme antimemes, el

Memes no, gracias

Que consiste en dar varias razones en contra de los memes. Aquí están las mías:

1.- Porque los memes no son memes, son cadenas que se ponen de moda y llamarlos así es una perversión del concepto de Dawkins

2.- Porque cuando te los pasan tienes que seguirlos si no quieres quedar mal con el que te los ha pasado, y para un bien queda como yo eso es fatal.

3.- Porque normalmente son poco interesantes, o poco originales o poco de nada.

4.- Porque son muy difíciles de matar; siempre hay alguien que te mandará uno nuevo.

Yo, como siempre, no lo mando a nadie ¡menuda contradicción, odiar los memes y difundirlos!

Ayer estuve en la entrevista que Rodrigo Fresán hizo a Martin Amis en la biblioteca Jaume Fuster. Cortita, con pocas preguntas del público y no especialmente deslumbrante, pero no siempre tiene uno la ocasión de ver a un pedazo de escritor como él. Aproveché para preguntarle sobre su sueldo como profesor de escritura creativa. En realidad la pregunta fue doble. Por un lado, si considera que estas clases sirven para algo, a lo que contestó que como decía Nabokov, la única escuela es la del talento y eso no se enseña, pero que él hubiera agradecido en su momento tener a un señor de 58 años que le hubiera explicado algunas cosas y le hubiera guiado un poco. Por otro le pregunté si sus clases valen lo que cuestan y comentó que su sueldo lo paga la universidad y es un intento de revitalizar culturalmente el norte de Inglaterra, y que por otro lado ahí se pagan sus veinte libros, su experiencia y que si lo comparan con lo que cobra un jugador de futbol tampoco es para tanto. Se metió con el mundo islámico, aunque no tanto como en sus últimas declaraciones -nadie preguntó al respecto-, habló de literatura, de Rusia y de la relación con su padre -que le regaló 144 condones cuando era adolescente-.

Martin Amis y Rodrigo FresánLibros de Martin Amis

Ya que estaba ahí aproveché para ver la exposición sobre Anagrama, editorial de mis amores. Básicamente se compone de fotos de Herralde con escritores de medio mundo -que envidia- y unos palés de libros en medio de la sala que dan ganas de robar. Aproveché para fotografiar algunas fotos, en especial en las que sale Bolaño:

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¡Que no se me olvide! En el FNAC del Triangle hay una exposición de portadas de la mítica revista Star:

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Y esta noche a las nueve en el Sex Shop Desig sesión de cuentos eróticos en la que participa un servidor. No se la pierdan.

Febrero 25, 2008

Eugenia Gallardo. No te apresures en llegar a la Torre de Londres porque la Torre de Londres no es el Big Ben.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 4:28 pm
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F&G editores, 1999. 128 páginas.

Eugenia Gallardo, No te apresures en llegar a la Torre de Londres porque la Torre de Londres no es el Big Ben
Un cuento por semana

Este no es un libro fácil de encontrar, y las circunstancias por las cuales llegué a conocer a la autora y a su libro son demasiado largas para contarlas. Baste decir que compré seis o siete ejemplares del libro para repartirlos y que nadie se quejó.

52 cuentos y un epílogo para que cada semana podamos disfrutar de la lectura. Cuentos breves, en ocasiones surrealistas, a veces con moraleja -que no con moralina- pero siempre sabrosos. Sólo en los últimos la autora parece perderse en vericuetos personales y en mi opinión flojea un poco, pero al final recupera el pulso.

En estas páginas conoceremos el origen de las palomitas de maiz, que la torre de Londres no es el Big Ben, y que a la fantasía es muy difícil matarla:

No es fácil asesinar a la fantasía. Lo intentaron monjas construyendo internados de dos pisos. Lo pretendieron tías evangelizando sobrinas en las montañas cuchuma-tanas. Probaron hombres fornidos, de labios carnosos y manos suaves. Países de todo el planeta aprendieron a lanzar cantos de sirena para ensordecerla al menos ya que se negaba a morir. Por algún tiempo la adormeció la hipnosis. En otro momento se dejó engañar por un diván negro, un viejo preguntón y un libro de notas. Hasta pareció derrotada cuando la culpa impuso sus argumentos de miedo. Pero la fantasía tomaba otras formas y aparecía siempre: tímida en un pie de página, rebelde en una sopa con sabor a “no te entiendo”, majestuosa en una hormiga retozona, caótica en una colección de relojes, vanidosa en cinco mil telas para una sola blusa.

En Madrid hay una librería donde se puede encontrar este libro, la Libería Iberoamericana. Si encuentran algo de esta escritora, no duden en comprarlo.

Escuchando: The Only Way. Jim Noir.


Extracto:[-]

Porque el inventor de los poporopos, nuevaorlandés de nacimiento, negro de color y viejo por desgaste, no sólo era sabio sino también curioso. Un día, sentado en la única silla donde lo dejaba sentarse su mujer cuando estaba con ropa de trabajo, miró fijamente a una semilla y le dijo:

—Eres cerrada por todos los costados, tu color de madera recién barnizada no parece indicar que haya vida dentro de ti y sin embargo sé, por mis largos años de jardinero en la gran mansión de Mr. Thompson, que germinarás si se te cuida o aun sin que se te cuide dejándote un poco a la casualidad y a tu carácter porfiado de semilla veleidosa. ¿Que pasaría, me pregunto, si te sacara el alma violentamente, sin agua, sin sol, sin gusano medidor que te abriera paso entre la vida de la tierra?

La semilla no podía creer que semejante viejito de barba recortada, bigote en moña y cejas nevadas fuera capaz de amenazar a una indefensa criatura de la naturaleza. Debe de estar aburrido de vivir con esa mujer mandona que no lo deja sentarse en otra parte hasta que se bañe y se cambie, pobrecito, —pensó— y abriendo una boquita que sólo ella sabe dónde la tiene dijo respetuosamente:

—Señor jardinero, le voy a ahorrar horas de experimentos y me voy a ahorrar siglos de torturas: sacarme el alma no es difícil, es cuestión de darme mucho amor, pero mucho, mucho, intensamente, sin dejarme tiempo de pensar ni de huir ni siquiera de respirar. El intenso calor de ese amor me hará explotar de felicidad y saldrá mi alma para gozo de quien quiera disfrutarme libre de esta caparazón protectora.

Mientras escuchaba, el viejito traducía mentalmente la receta a términos prácticos, al fin que era lo que había hecho toda su vida como jardinero: traducir las sutilezas del amor por la vida a términos prácticos de bulbos, gladiolas, abono, rastrillo.

Y fue así como el jardinero de Mr. Thompson pasó a la historia y de generación en generación nos ha llegado el conocimiento de que para sacarle el alma a una semilla es preciso enamorarla en el aceite, calentarla en el amor a fuego fuerte, taparla para que no huya ni respire y de ahí sale un manjar blanco con tanto sabor a ángel que para

equilibrar el bien con el mal, como debe ser, hay que ponerle un poco de sal.

La mujer del viejito se puso tan feliz con él por su descubrimiento que le cambió la silla al lugar más soleado de la casa, le puso alfombrita abajo, pantalón de trabajo recién planchado y lo dejó retratarse comiendo poporopos y sonriéndole con ojos de niño sabio al retratista.

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