Cuchitril Literario

Febrero 24, 2008

Y luego dirán que el pescado es caro

Archivado en: Audiovisual — Palimp @ 3:18 pm
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El martes que viene (26 de febrero) actuaré en una sesión de cuentos eróticos en el Sex Shop Desig, situado en la calle Mare de Deu dels Desamparats 14-16 Local 5, en Gracia (al final pongo un mapa). El jueves 28 contaré cuentos en el cuentodos -Pati Llimona-. No hace falta decir que están todos invitados.

Para el audiovisual de este domingo recupero el montaje Y luego dirán que el pescado es caro, una excelente obra de teatro que espero que les guste. La calidad de la grabación no es excelente, pero se deja ver.

A ver si reconocen a alguien.

El mapa para llegar al sex-shop puede verse en el liguiente enlace:
Sex Shop Desig

El del Pati LLimona:


Ver mapa más grande

Febrero 23, 2008

Logroño, patria querida

Archivado en: General — Palimp @ 11:54 am
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Pues eso, que hoy estoy en Logroño totalmente desconectado y disfrutando de la compañía de mi familia. Les dejo esta entrada programada sólo para que me tengan envidia: me estaré poniendo morado de chuletillas.

Hasta la vuelta.

P.D. Esto lo escribía el jueves y el viernes me avisaban en el Fnac de que ya tenían mi pedido: 101 coños. Sólo le he echado un vistazo superficial, pero me gusta.

101 Coños

Febrero 22, 2008

Haruki Murakami. Kafka en la orilla.

Archivado en: Novela — Palimp @ 8:52 am
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Editorial Tusquets, 2006. 586 páginas.
Tit. Or. Umibe no Kafuka. Trad. Lourdes Porta.

Haruki Murakami, Kafka en la orilla
Edipo en Japón

Cuando visité la biblioteca de la Sagrada Familia jugaba con ventaja. La mayor parte de los vecinos estaban tramitando su carnet de biblioteca, pero yo ya iba con el mío. Pude quedarme con este ejemplar de lo último de Murakami sin ningún problema.

Kafka Tamura se ha escapado de casa. Acaba de cumplir quince años, su madre abandonó a su padre llevándose a su hermana y su padre le ha cargado con una ominosa profecía. Por otro lado Satoru Nakata también tiene problemas. De pequeño sufrió un accidente que lo dejó con una especie de olvido. Desde entonces no puede leer ni escribir, pero puede hablar con los gatos. Las vidas de los dos acabarán entrecruzándose en una curiosa biblioteca de Takamatsu.

Hasta ahora todos los libros de Murakami me habían gustado -algunos más y otros menos- pero con este no he podido. Me ha parecido flojo, un producto. Contiene muchos de los elementos característicos del autor (personajes extraños, sucesos misteriosos, presencia del mal), pero no tiene alma. Lo mejor es el personaje de Hoshino, un camionero inculto pero de buen corazón que da la réplica graciosa.

Con todo tiene la misma capacidad de enganchar que sus otros libros, aunque esto sea una dudoda virtud que puede compartir con cualquier bestseller con dosis de misterio. No lo recomiendo.

Escuchando: Aquí. La Ley.


Extracto:[-]

Veintiocho de mayo… En este día se ha repetido lo mismo de siempre y de la misma forma. No ha ocurrido nada especial. Hoy he ido al gimnasio y, después, a la Biblioteca Conmemorativa Kómura He hecho los mismos ejercicios con los aparatos de siempre y he leído a Natsume Sóseki sentado en el sofá de siempre. Luego, al anochecer, he cenado en el local de delante de la estación. Creo que he comido pescado. Salmón. Dos raciones de arroz. He tomado misosbiru* y ensalada. Y después… Lo que ha sucedido a continuación ya no lo recuerdo.

Siento un dolor sordo en el hombro izquierdo. Junto con la percepción sensorial, el dolor ha vuelto a mi cuerpo. Es el mismo dolor que cuando chocas con fuerza contra algo. Me acaricio la zona por encima de la camisa con la mano derecha. Al parecer no hay herida, tampoco está hinchado. ¿Habré tenido un accidente de tráfico? Pero mis ropas no están rasgadas y el dolor se circunscribe a un punto de la parte interior de mi hombro izquierdo. Tal vez sea sólo una contusión.

Envuelto por la maleza, me incorporo poco a poco, extiendo los brazos y tanteo durante unos instantes. Pero mis manos sólo alcanzan a tocar las ramas de los arbustos, duras y retorcidas como el corazón de un animal maltratado. Mi mochila ha desaparecido. Me registro los bolsillos. El billetero está. Dentro hay dinero, junto con la tarjeta magnética del hotel, tarjetas de teléfono. Y además, un monedero, un pañuelo, un bolígrafo. A tientas yo diría que no falta nada. Llevo unos chinos de color crema, una camiseta blanca de cuello de pico y, encima, una camisa tejana de manga larga. Y una chaqueta azul marino. Mi gorra ha desaparecido. Era una gorra de béisbol con el logo de los New York Yankees. Al salir del hotel la llevaba. Y ahora no. La habré perdido o me la habré dejado en alguna parte. En fin. No importa. letal, gorras como ésa las hay en cualquier tienda.

Al fin encuentro la mochila. Estaba apoyada contra el tronco un pino. ¿Por qué la habré dejado ahí y me habré introducido en maleza hasta desplomarme dentro? Por cierto, ¿dónde estoy? Mi memoría se ha congelado. Pero lo fundamental es que haya recupera la mochila. Saco una pequeña linterna del bolsillo de ésta y compruebo de una ojeada lo que hay dentro. Parece que no falta nada.

El sobre con el dinero permanece en su sitio. Suspiro aliviado.
Me echo la mochila a la espalda y, pasando por encima de la maleza o abriéndome camino a través de ella, salgo a un espacio abierto. Encuentro un sendero estrecho. Sigo este camino alumbrándome la linterna hasta que veo una luz y salgo a lo que parece ser el recinto de un santuario sintoísta. He perdido el sentido en un pequeño bosque que se encuentra detrás del pabellón principal de un santuario sintoísta.

Es un santuario bastante grande. En el interior del recinto hay una única y alta lámpara de vapor de mercurio que arroja su fría luz sobre el pabellón principal, las ema* y el cepillo de las limosnas. Mi sombra se extiende fantasmagóricamente alargada sobre la grava. Encuentro el letrero con el nombre del santuario y lo memorizo. No hay un alma. Un poco más adelante doy con los lavabos y entro. Están bastante limpios. Me descargo la mochila del hombro y me lavo la cara con agua del grifo. Luego observo mi rostro reflejado en el espejo poco nítido del lavabo. Hasta cierto punto era consciente de ello, pero el aspecto de mi cara es horrible. Pálido, las mejillas hundidas, pegotes de barro en la nuca. El pelo alborotado en todas direcciones.

Y me doy cuenta de que tengo algo negruzco adherido a la pechera de mi camiseta blanca. Y ese algo tiene la forma de una gran mariposa con las alas extendidas. Primero intento sacudirlo con la mano. Pero no se va. Al tacto lo noto extrañamente pegajoso. Para recobrar la calma, me quito muy despacio la chaqueta y me saco la camiseta por la cabeza. Y a la mortecina luz del fluorescente descubro que se trata de sangre ennegrecida. La sangre está fresca, todavía no se ha secado. Hay mucha. Me la acerco a la nariz, no huele a nada. También hay salpicaduras en la camisa tejana que llevaba encima de la camina, pero son pocas y, como el color de base es azul oscuro, apenas e notan. Sin embargo, la sangre que mancha la camiseta se ve terriblemente vivida y brillante.

Febrero 21, 2008

Más alcorques

Archivado en: General — Palimp @ 12:41 pm
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Cuando salió la palabreja de marras en la quinta BLB comenté que había un alcorque curioso en la Avenida de Roma. Allí alguien había montado un jardín particular con flores y hojas de plástico. El efecto es curioso. Por un lado pasa desapercibido, ya que parece vegetación natural, hierbas que podían haber crecido allí. Pero son de plástico, así que alguien se ha tomado la molestia de prepararlo. Les dejo las fotos:

AlcorqueAlcorque

Hay más reseñas de la última fiesta. Un que passava ha escrito Bitácoras y libros, cinquena edició, María José publica la entrada Quien no tiene un ramillete de secretos y El listo realiza un Interludio literario. Señales de que todos lo pasamos bien.

¿Recuerdan las Historias veinals? Organizadas por El veí de dalt han dado como resultado unas historias escritas a varias manos muy interesantes. Pues bien, el dibujante L’Avi -al que leí por primera vez en El Papus- va a llevar al cómic algunas de las historias, nos lo cuentan en Lavivei, sl. Todavía no ha empezado y ya estoy impaciente por conocer el resultado. La tercera tanda creo que todavía tiene abierta la inscripción ¿A que esperan para apuntarse?

Febrero 20, 2008

Alessandro Baricco. Seda.

Archivado en: Novela — Palimp @ 10:05 pm
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Editorial Anagrama, 2005. 125 páginas.

Alessandro Baricco, Seda
Caricias

No hay comparación entre leer un libro en papel y leerlo en una PDA o pocket PC. El tacto del libro, la legibilidad, son superiores en el formato tradicional. Pero el electrónico tiene otras ventajas. Podemos llevar toda una librería en el bolsillo y no hace falta luz para leer. Ideal, pues, si estás haciendo compañía a alguien en el hospital: no tienes que llevar peso y no molestas a nadie. En estas circunstancias leí Seda

Como siempre que puedo intento ahorrame trabajo les remito a la crítica que hace Thersuva en Regina Irae, que puede resumirse por la primera línea de su comentario: Este relato, al que le sobra texto, es la típica historia de un hombre, de un cobarde, de un ciego. . Una opinión diferente es la de Magda: Seda, para la que Me parece que dice más en lo que no dice, que en lo que dice. Tan sólo el erotismo que la puebla ya es una delicia..

Mi opinión está a mitad de camino. Primero, me decepcionó porque me la habían recomendado mucho y no me pareció para tanto. Estoy de acuerdo con Magda: la novela tiene muchas virtudes, la historia es redonda, los ingredientes son justos y están bien mezclados. Pero para que exista un libro tiene que haber un lector, y yo no soy el lector de este libro. No me ha enfadado como a Thersuva, pero tampoco me ha emocionado. Aunque sea un libro que trata sobre el amor.

Escuchando: Prayer For Jamey. Gene Marshall.


Extracto:[-]

HERVÉ JONCOUR partió con ochenta mil francos en oro y los nombres de tres hombres, procurados por Baldabiou: un chino, un holandés y un japonés. Cruzó la frontera francesa cerca de Metz, atravesó Württemberg y Baviera, entró en Austria, alcanzó en tren Viena y Budapest para luego proseguir hasta Kiev. Recorrió a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superó los Urales, entró en Siberia, viajó por cuarenta días hasta encontrar el lago Bajkal, que la gente del lugar llamaba: el mar. Remontó el curso del río Amur, caboteando la frontera china hasta el océano, y cuando llegó al océano se detuvo en el puerto de Sabirk por once días, hasta que un barco de contrabandistas holandeses lo llevó a Cabo Teraya, sobre la costa oeste del Japón. A pie, recorriendo caminos secundarios, atravesó las provincias de Ishikawa, Toyama, Niigata, entró en la de Fukushima y alcanzó la ciudad de Shirakawa, la rodeo por el lado este, esperó dos días a un hombre vestido de negro que lo vendó y lo llevó a un poblado en las colinas, donde pasó una noche, y a la mañana siguiente hizo el negocio de los huevos con un hombre que no hablaba y tenía el rostro cubierto con un velo de seda negra. Al atardecer escondió los huevos entre las maletas, le dio la espalda al Japón y se dispuso a tomar el camino de regreso.

Apenas había dejado las últimas casas del lugar cuando un hombre lo alcanzó, corriendo, y lo detuvo. Le dijo cualquier cosa en un tono conciso y perentorio; luego lo acompañó de vuelta, con firme cortesía.

Hervé Joncour no hablaba japonés, ni era capaz de comprenderlo. Pero entendió que Hara Kei quería verlo.

HICIERON descorrer un panel de papel de arroz, y Hervé Joncour entró. Hara Kei estaba sentado con las piernas cruzadas, en el piso, en la esquina más lejana de la habitación. Llevaba una túnica oscura; no tenía joyas. Único signo visible de su poder, una mujer extendida a su lado, la cabeza apoyada en su regazo, los ojos cerrados, los brazos escondidos en el amplio vestido rojo que se extendía alrededor, como una llama, sobre la estera color ceniza. Él le pasaba lentamente una mano por el cabello: parecía acariciar la piel de un animal precioso y aletargado.

Hervé Joncour atravesó el cuarto, esperó una señal del anfitrión y se sentó frente a él. Permanecieron en silencio, mirándose a los ojos. Llegó un siervo, imperceptible, y puso delante de ellos dos tazas de té. Luego desapareció en la nada. Entonces Hara Kei comenzó a hablar, en su lengua, con una voz cantilenante, disuelta en una especie de falsete fastidiosamente artificial. Hervé Joncour escuchaba.

Tenía los ojos fijos en los de Hara Kei y sólo por un instante, sin advertirlo casi, los bajó hacia el rostro de la mujer.

Era el rostro de una chiquilla.

Los alzó de nuevo.
Hara Kei se detuvo, levantó una de las tazas de té, se la llevó a los labios, dejó pasar un instante y dijo:

—Intentad decirme quién sois.

Lo dijo en francés, arrastrando un poco las vocales, con una voz ronca, verdadera.

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