Cuchitril Literario

Marzo 31, 2008

Joseph Conrad. Freya la de las siete islas.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 6:56 am
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Ediciones Destino, 1981. 300 páginas.
Tit. Or. ‘Twixt land and sea. Trad. Rafael Vázquez Zamora.

Joseph Conrad, Freya la de las siete islas
Los mares de oriente

La vida de Joseph Conrad fue bastante movidita e incluso llegó a ser capitán de la marina mercante británica. Es normal que muchas de sus obras tengan como protagonistas a hombres de la mar. El título original de este libro es Entre la tierra y el mar, y comprende los siguientes relatos o novelas cortas:

Freya, la de las siete islas

Una historia de amor entre el dueño y patrón del bergantín Bonito y la hija de Nelson, un holandés afincado en una de las Siete Islas. Un amor que un tercero, envidioso, intentará hacer naufragar.

Una sonrisa de la fortuna

Inspirado al parecer en una experiencia personal el protagonista de esta historia conoce a los dos comerciantes principales de la isla. Uno de ellos consigue enredarlo por medio de su hija, accediendo a comprar un cargamento de patatas.

Mi otro yo

Un oficial oculta en su camarote a otro que ha cometido un asesinato.

No soy un admirador de Conrad; leí El corazón de las tinieblas y que me maten si guardo algún recuerdo -debería releerlo. Pero su calidad es innegable y su capacidad de entretener, también. El último relato es el que me ha gustado menos, pero en general es un libro que se lee con placer.

Aquí tienen sus obras completas (en inglés): Joseph Conrad

Reto 2008: Polonia.

Escuchando: Verano Fatal. Nacho Vegas & Christina Rosenvinge.


Extracto:[-]

¡Ah! Lástima de intereses comerciales… Lo estropean todo en este mundo. ¿Por qué se utilizará el mar para el comercio… y para la guerra? ¿A santo de qué estropearlo con el tráfico y la muerte? Y, después de todo, para fines que no tienen una gran importancia. Cuánto mejor hubiera sido limitarse a navegar de un lado para otro, con un puerto, y un pedacito de tierra de cuando en cuando para estirar un poco las piernas, comprar unos cuantos libros y cambiar de cocina por unos días. Pero la realidad era que me encontraba en un mundo más o menos homicida y rabiosamente mercantil, y mi deber era sacar el mayor partido posible de las ocasiones que se me presentaran.

Mis navieros me dejaban en su carta — como dije antes—la facultad de utilizar el barco a mi buen parecer, procurando obtener el mayor beneficio dentro de las circunstancias. Pero habían añadido una posdata en estos términos, poco más o menos:

«Sin que esto suponga una intromisión en la libertad de acción que le hemos conferido, escribimos por correo aparte a algunos de los comerciantes de ahí, amigos nuestros, que pueden ayudarle. Nos interesa especialmente que visite usted al señor Jacobus, destacado comerciante y fletador. Si logra ponerse en contacto con él, podrá orientarle a usted muy eficazmente sobre la mejor manera de emplear el barco.»
¡Ponerme en contacto con él! No tenía que esforzarme mucho para lograrlo. ¡Allí estaba, pidiéndome que le favoreciera con una taza de café! Y, como la vida no es un cuento de hadas, me dejó casi estupefacto la improbabilidad del aconteciniiento ¿Habría descubierto un rincón encantado de este mundo en el que los comerciantes poderosos acudían apresuradamente a bordo de los barcos antes de que estuvieran éstos atracados como Dios manda? ¿Era esto magia blanca o, simplemente, algún truco tenebroso del comercio? Llegué a la conclusión, mientras me hacía el lazo de la corbata, de que a lo mejor no entendí bien el nombre de mi visitante. Durante la travesía había pensado a menudo en el «destacado» señor Jacobus y pude haberme confundido por alguna semejanza fonética… Quizá dijera el mozo Antrobus… O puede que fuera Jackson.

Pero al salir de mi camarote, diciendo con incertidumbre: «¿Señor Jacobus?», me respondió con un «Sí», acompañado de una sonrisa. El «sí» era de cumplido. No parecía darle mucha importancia al hecho de ser el señor Jacobus. Su rostro era grande y pálido; el cabello, escaso; las patillas, también poco pobladas, de un color marchito, de difícil descripción; y los párpados, pesados. Sus labios, gruesos y suaves, parecían pegados el uno al otro cuando estaba callado. La sonrisa, apagada. Un hombre tranquilo y corpulento. Le presenté a mis dos oficiales, que bajaban a desayunar en aquel momento. Pero lo que no pude entender fué por qué reflejó la actitud silenciosa del señor Burns una indignación contenida.
Mientras nos instalábamos alrededor de la mesa me llegaron al oído algunas palabras inconexas de Un altercado que tenía lugar junto a la escotilla.al parecer, un desconocido insistía en entrevistarse conmigo, y el mozo se lo impedía.

Marzo 30, 2008

Fomento de la lectura

Archivado en: General — Palimp @ 12:25 pm
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De vez en cuando a los políticos les da por hacer -o decir que hay que hacer- alguna campaña de fomento de la lectura. Después del último informe PISA, por ejemplo. Nunca he creído en este tipo de campañas. Primero, dudo de su eficacia ¿Hasta que punto una campaña puede realmente conseguir que a la gente le guste leer? Segundo, dudo de que la lectura tenga en si misma un valor positivo. Esto es algo que se da por hecho y que yo no tengo tan claro. Es mejor ver Los Soprano que leer a Dan Brown.

A pesar de todo, voy a hacer una excepción y a extender este hábito ¿Cómo? Aumentando en uno el número de lectores:

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Bienvenida, Júlia :)

Marzo 28, 2008

Algis Budrys ¿Quién?

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 8:20 am
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Ultramar, 1990. 176 páginas.
Tit. Or. Who?. Trad. Rafael Marín Trechera.

Algis Budrys ¿Quién?
Identidad desconocida

Esta colección era muy buena y, por suerte para los agarrados como yo, salió de saldo hace unos años. Aproveché para hacerme con un buen número de ejemplares y a excepción de algún que otro libro infumable le saqué buen partido. Muchos los he leído dos o tres veces. Aprovechando que estoy recorriendo la geografía europea releo ¿Quién?, un clásico de la ciencia ficción en una época de guerra fría.

Lucas Martino es el científico a cargo del proyecto secreto K-88, un dispositivo que puede ser clave en la lucha de poder entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Pero ha ocurrido un accidente en su laboratorio, y los rusos han llegado primero. Cuando devuelven al científico, descubren que para salvarlo de sus heridas es casi totalmente biónico, con una cabeza metálica. ¿Se trata del verdadero Lucas Martino, o han aprovechado para colarles un espía?

Lo primero que llama la atención de este libro es lo que ha envejecido. Hoy en día no habría ningún problema en averiguar la identidad por medio del ADN. Es curioso que el autor imaginara una tecnología capaz de reconstruir a un ser humano tras un accidente tan terrible, pero no imaginara que podría hacerse una secuenciación de ADN. También -afortunadamente- la guerra fría nos parece algo muy lejano.

Pero eso no le quita interés al libro. Al contrario. Refleja como nadie el ambiente de paranoia que se vivía en esa época, y aunque esté escrito en clave de ciencia ficción, transmite una imagen muy realista. Por otro lado, el tema del libro es qué define la identidad humana, y en ese aspecto no podrá envejecer nunca. La incógnita sobre quién es realmente el protagonista se mantiene hasta el final, como en el mejor de los thrillers, pero con una importante carga filosófica detrás.

Un libro que podría gustar incluso a los que no son amantes de la ciencia ficción.

Reto 2008: Lituania.

Escuchando: Barrio negro. Tomatito.


Extracto:[-]

Es más, todo lo que veía representaba un hecho para él. No hacía ningún juicio, así que nada era trivial. Todo lo que había visto u oído era colocado en algún lugar de su cerebro. Su memoria no era fotográfica (no estaba interesado en obtener una imagen estática de su pasado), sino completamente inclusiva. La gente decía que su mente era un amasijo de extraños conocimientos. Y él siempre estaba intentando hacer encajar aquellas cosas, para ver a qué mecanismo conducían.

En las clases, era callado y sólo respondía cuando se le preguntaba. Tema la costumbre de depender de sí mismo para hacer encajar todos sus hechos, y la idea de consultar a alguien (incluso a Starke) haciendo una pregunta impulsiva le era extraña. Estaba habituado a un orden natural de las cosas donde se suministraban pocas respuestas. Pedirle a Starke que le ayudara le habría parecido injusto.

En consecuencia, sus notas mostraban impredecibles altibajos. Como todas las clases de ciencia de instituto, lo único que la clase de física de Starke tenía que enseñar era la parte principal de la amplia base teórica. Se esperaba que los estudiantes aprendieran de memoria las diferentes leyes y fórmulas más simples, como si fueran ladrillos arrancados de una estructura neblinosa y posiblemente útil. No se esperaba aún (y tal vez no se esperaría nunca) que construyeran con ellas nada propio. Lucas Martino no lo advertía. Se habría sentido incómodo con aquel pensamiento. Tenía la idea de que Starke le estaba lanzando pistas, y que se suponía que era capaz de rellenar el resto por sí mismo.

Así, había ocasiones en las que veía la inevitable dirección de un tema antes de que dijeran sus primeras frases, y saltaba a la conclusión de un experimento antes de que Starke hubiera terminado de instalar el aparato. Una cosa tras otra encajaba para él, cobrando estructura de su almacén de semiideas, atisbos y datos sin relacionar. Cuando esto sucedía, experimentaba lo que cualquier otra persona habría llamado un destello de genialidad.

Pero había otras ocasiones en las que las cosas sólo parecían encajar y realmente no lo hacían, y entonces recorría un callejón sin salida persiguiendo un error de concepción, cometiendo un fallo ridículo que nadie más habría cometido.

Cuando esto sucedía, recorría dolorosamente el camino de vuelta por la falsa cadena de hechos, cogiendo cada uno por turno y examinándolo para ver por qué se había dejado engañar, hasta que por fin regresaba al sendero correcto. Pero, tras haber construido una estructura, le resultaba imposible descartarla por completo. Así, otra parte de su mente era un almacén de ideas interesantes que no habían funcionado, pero seguían siendo interesantes…, teorías que eran descabelladas, pero que habían parecido sostenerse. Hasta cierto punto.^estas herejías fantasmas servían para dar color a su pensamiento. Nunca sería un tejedor de teorías ortodoxas.

Mientras tanto, seguía recopilando hechos.

Starke era un profesor veterano. Había visto a muchos alumnos destacados cuyas miras sólo estaban puestas en el discurso de despedida de la noche de graduación. Había dejado de sentir resentimiento hacia ellos, y mucho antes de eso había dejado atrás el punto de malgastar palabras con ellos. Había descubierto hacía mucho que sus intereses no coincidían con los suyos.

Lucas Martino le atraía, y se sentía obligado a establecer alguna especie de unión con el muchacho. Tardó varias semanas en encontrar la oportunidad, e incluso entonces tuvo que forzarla. Era torpe, porque ser sociable no era su fuerte. Era un hombre parco, y no veía ninguna relación para establecer relaciones sociales con nadie a quien no respetara, y respetaba a pocas personas.

Marzo 27, 2008

Memorial a Max Aub

Archivado en: General — Palimp @ 12:44 pm
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Con esta nueva legislatura puede que las cosas estén menos crispadas. Ian Gibson, hispanista de reconocido prestigio, hace la siguiente denuncia:

Vergüenza en Alicante

La serie de los Campos… de Max Aub son los libros del esclavo lector que más ganas tengo de leer. La historia del memorial a este escritor es la siguiente:

En noviembre de 2004, la Comisión Cívica de Alicante para la Recuperación de la Memoria Histórica solicitó al Ayuntamiento, con mayoría absoluta del Partido Popular, un monumento que recordara el trágico fin de la Guerra Civil en la ciudad. Al día siguiente, el Pleno acordó por unanimidad crear una comisión temporal para estudiar el asunto. Ante la prolongada inactividad de la misma, la Comisión Cívica solicitó, en mayo de 2006, una parcela concreta de suelo público en Los Almendros, de unos mil metros cuadrados, acompañando la necesaria documentación. La solicitud fue reiterada cuatro veces a partir de entonces y hasta finales de 2007, sin ser atendida por el Ayuntamiento. Entretanto, la Comisión Cívica consiguió una subvención del Gobierno de España para edificar el memorial, subvención que vencerá a finales de marzo de 2008.

El domingo 20 de enero de este año se convocó una manifestación en el Campo de los Almendros -hoy en día mayormente urbanizado- con la finalidad de reclamar, una vez más, la construcción del memorial. Según el testimonio de varios presentes, fue un acto emotivo: hablaron algunos supervivientes del campo (ya quedan pocos) de su experiencia de aquellos terribles días, y luego se plantó un simbólico almendro florecido.

Pocas horas después el árbol fue arrancado. Sobre el cartel que lo acompañaba algún energúmeno había pintado la palabra “asesinos” al lado de una esvástica.

El alcalde de Alicante, Luis Díaz Alperi, preguntado por su opinión acerca del proyecto, manifestó: “La culpa la tienen ellos, porque, ¿a quién se le ocurre pedir una subvención sin tener previamente el permiso del Ayuntamiento?”. “¿Entonces se construirá el memorial?”, insistió el periodista. “Cuando Dios quiera”, repuso el edil. Así es el talante del Partido Popular en Alicante, y ello a las pocas semanas de aprobada en las Cortes la llamada Ley de la Memoria Histórica.

Por suerte, la niña que nazca hoy en España no tendrá que aguantar este talante. Al menos, durante cuatro años.

Marzo 26, 2008

Frans de Waal. El mono que llevamos dentro.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 7:57 am
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Editorial Tusquets (Metatemas), 2007. 940 páginas.
Tit. Or. Our inner ape. Trad. Ambrosio García Leal.

Frans de Waal, El mono que llevamos dentro
Origen común

Desde que Darwin bajó del pedestal al ser humano haciéndole compartir ancestros con los simios la gran pregunta ha sido ¿somos en realidad tan diferentes de nuestros primos? Que el tema sigue levantando ampollas lo demuestra la vigencia del creacionismo -ahora con unevos disfraces- empeñado en sostener contra la ciencia y el sentido común que nuestro origen es más divino que terrenal.

Una postura contraria sostiene Frans de Waal, eminente primatólogo para quien nuestras más nobles características -la generosidad, la amabilidad, el altruismo y la solidaridad- forman parte de la naturaleza humana, pues proceden de nuestro pasado animal.

Para ilustrar su tesis expone sus numerosas observaciones de grandes simios. Se ha repetido muchas veces el riesgo de antropomorfizar los comportamientos de los animales, pero el autor afirma -con mucha razón- que en unos animales sociales como los chimpancés es imposible no tener en cuenta sus motivaciones. Afirma que la política de los chimpancés, como la política humana, es una cuestión de estrategias individuales que chocan para ver cual sale adelante. Como los biólogos no hablan de intenciones ni de emociones, acudió a Maquiavelo para interpretar el comportamiento de su colonia.

En contra de la tendencia actual de hacer afirmaciones exageradas a partir de alguna observación de campo, no se afirma que tengamos que compartir etología con los primates. Pero los paralelismos saltan a la vista, así como también las diferencias. Evidentemente hay un problema cuando en los congresos hay cientos de psicólogos pero decenas de primatólogos. No es fácil extraer demasiadas conclusiones de datos escasos. Por eso es de extraordinaria utilidad un libro como éste, con informaciones de primera mano.

Lo que vemos es una sociedad bastante más compleja de lo que podríamos imaginar. Existen jerarquías, definidas de una manera clara y transparente para eliminar conflictos. Si todo el mundo sabe cual es su lugar no se pierde el tiempo reafirmándose. Pero estas jerarquías no son rígidas. En primer lugar, el rol de control no lo tiene exclusivamente el macho alfa; pueden darse alianzas más poderosas y existen chimpancés influyentes. Estos son capaces de movilizar a la opinión pública aunque no tengan un puesto elevado en la jerarquía. Si un lider no está a la altura en muchos casos es destituido en favor de otro aunque individualmente sea más débil.

En el terreno sexual existe mucha promiscuidad, sobre todo en los bonobos. Éstos utilizan el sexo como lubricante social. Que nuestra conducta sexual sea diferente no se debe a condicionamientos culturales o religiosos. Nuestros testículos son más pequeños que los de los chimpancés, lo que implica una menor promiscuidad. Aún así el lugar común de que los hombres sean polígamos y las mujeres monógamas no es cierto. En un experimento hicieron una encuesta a mujeres con un falso detector de mentiras. El número de parejas reconocido se duplico y llegó a niveles similares a los masculinos.

Los sentimientos altruistas son frecuentes en las colonias de chimpancés, algo que parece indicar que no son exclusivos del ser humano ni construcciones culturales -no digamos ya religiosas. Todo esto ya lo expresó el sabio chino Mencio, que vivió en una fecha tan temprana como el 372-289 a.c.:

Si los hombres ven a un niño que está a punto de caer en un pozo todos sin excepción experimentarán un sentimiento de alarma y pesar. No sentirán así como una estrategia para ganarse el favor de los padres del niño, ni para buscar el elogio de sus vecinos y amigos, ni para evitar dar la mala impresión de no conmoverse por ello. Este caso nos permite percibir que el sentimiento de conmiseración es esencialmente humano.

Actitudes que revelan bondad, altruismo, sentimiento de la justicia están documentadas. Como dice el autor:

Las religiones modernas sólo tienen unos cuantos milenios de antigüedad. Es difícil imaginar que la psicología humana fuera radicalmente distinta antes de que surgieran las religiones. No es que la religión y la cultura no tengan papel alguno, pero está claro que los sillares de la moralidad anteceden a la humanidad.

Como decía al principio no podemos extrapolar sin más las actitudes que se observan en las colonias de chimpancés a los seres humanos. Pero la lectura de este libro nos deja la impresión de mirar en un espejo en el que no es difícil reconocer muchas de las características que consideramos humanas.

Reto 2008: Países bajos.

Escuchando: Mister Sandman. Emmylou Harris.


Extracto:[-]

Ajenos a este ideario revolucionario, mis chimpancés exhibían las mismas tendencias arcaicas, pero sin trazas de disonancia cognitiva. Eran celosos, sexistas y posesivos, simple y llanamente. Entonces ignoraba que iba a seguir trabajando con ellos el resto de mi vida, y que no volvería a permitirme el lujo de sentarme en un taburete de madera y contemplarlos durante miles de horas. Fue la época más reveladora de mi vida. Me quedé tan absorto que intenté imaginar cómo decidían mis chimpancés sobre esta o aquella acción. Comencé a soñar con ellos por las noches y, lo más significativo, empecé a ver a la gente que me rodeaba bajo un prisma diferente.

Soy un observador nato. Mi mujer, que no siempre me dice lo que compra, ha aprendido a vivir con el hecho de que puedo entrar en una habitación y detectar en cuestión de segundos cualquier novedad o cambio, por pequeño que sea. Puede ser un libro nuevo insertado entre otros o un bote diferente en el frigorífico. Lo hago sin ninguna intención consciente. De manera similar, me gusta fijarme en el comportamiento humano. Cuando me siento en un restaurante quiero tener delante cuantas más mesas mejor. Disfruto siguiendo la dinámica social (amor, tensión, aburrimiento, antipatía) a mi alrededor basada en el lenguaje corporal, que considero más informativo que el lenguaje hablado. Como espiar a la gente es algo que hago de manera automática, convertirme en una mosca en la pared de una colonia de antropoides fue un paso natural para mí.

Mis observaciones me ayudaron a contemplar el comportamiento humano bajo una luz evolutiva. No me refiero sólo a la luz darwiniana de la que tanto se oye hablar, sino también al modo simiesco de rascarnos la cabeza ante un conflicto, o la cara de desánimo que se nos queda si un amigo presta demasiada atención a algún otro. Al mismo tiempo, comencé a cuestionarme lo que me habían enseñado sobre los animales: sólo se rigen por el instinto; no tienen visión de futuro; todo lo que hacen es en interés propio. Esto no encajaba con lo que estaba viendo. Perdí la capacidad de generalizar sobre «el chimpancé», del mismo modo en que nadie habla nunca de «el ser humano». Cuanto más observaba, más se parecían mis juicios a los que hacemos sobre otras personas, como si ésta es amable y amigable o aquélla es retraída. No hay dos chimpancés iguales.

Es imposible seguir lo que ocurre en una comunidad de chimpancés sin distinguir entre los actores e intentar comprender sus metas. La política de los chimpancés, como la política humana, es una cuestión de estrategias individuales que chocan para ver cuál sale adelante. La literatura biológica demostró su inutilidad para comprender las maniobras sociales, debido a su aversión al lenguaje de las motivaciones. Los biólogos no hablan de intenciones ni de emociones. Así pues, acudí a Nicolás Maquiavelo. En los momentos de tranquilidad durante la observación leía un libro publicado cuatro siglos atrás. El príncipe me situó en el marco mental adecuado para interpretar lo que estaba viendo en la isla, aunque estoy seguro de que el filósofo nunca anticipó esta aplicación particular de su obra.

Entre los chimpancés, la jerarquía lo impregna todo. Si traemos dos hembras al edificio, como hacemos a menudo para efectuar pruebas, y les asignamos la misma tarea, una se pondrá enseguida a ello mientras que la otra se quedará atrás. La segunda hembra apenas se atreverá a aceptar recompensas y no tocará el puzzle, ordenador o lo que se use en el experimento. Puede tener tantas ganas de participar como la otra, pero cede el paso a su «superior». No hay tensión ni hostilidad, y en el grupo pueden ser las mejores amigas. Simplemente, una hembra domina a la otra.

En la colonia de Arnhem, la hembra alfa, Mama, reafirmaba de manera ocasional su posición con fieros ataques a otras hembras, pero en general era respetada sin discusión. La mejor amiga de Mama, Kuif, compartía su poder, pero esto no era comparable con una coalición masculina. Las hembras ascienden porque todo el mundo las reconoce como líderes, lo que implica que no hay mucho por lo que contender. Puesto que el rango femenino es en gran medida una cuestión de personalidad y edad, Mama no necesitaba a Kuif; ésta compartía el poder de Mama, pero no contribuía a afianzarlo.

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