Karel Capek. La Guerra de las Salamandras.
Ediciones Gigamesh, 2003. 240 páginas.
Tit. Or. Và lka s Mloky. Trad. Ana Falbrová.
ConocÃa a Karel Capek por ser el inventor de la palabra Robot -aunque parece que no fue él, sino su hermano. Desde entonces tenÃa ganas de leer algo suyo; sabÃa que tenÃa como obras famosas R.U.R. y esta Guerra de las salamandras, pero lo primero que encontré de él fue una edición en catalán de Contes de una butxaca. Muy buenos.
Como el libro que traigo aquà hoy, reeditado por Gigamesh y escrito en una fecha tan temprana como 1936. Un marino descubre en una isla a una especie anfibia, bÃpeda y que parece tener inteligencia. Los lugareños los consideran demonios pero el marino considera que podrÃan ser de mucha ayuda para buscar perlas. Consigue que un industrial apoye su idea y traslada ejemplares por todo el mundo: será el comienzo de una nueva época.
La historia de las salamandras es una excusa para realizar una fina crÃtica a la sociedad. Desde el esclavismo con el que se trata a las salamandras, que por otro lado han dado muestras de ser inteligentes, hasta el camino hasta el desastre que nadie es capaz de evitar, pasando por la frivolidad de las masas. Los defectos que retrata todavÃa pueden verse en nuestros dÃas, asà que mantiene totalmente su vigencia.
Aprovechen la reedición -lo he visto en varias librerÃas- para leer a un autor que les sorprenderá.
Dos reseñas -mejores que la mÃa-: La guerra de las salamandras (sitio de ciencia ficción) y La guerra de las salamandras (en pjorge)
Reto 2008: República Checa.
Escuchando: Um Girassol Da Cor De Seu Cabelo. Milton Nascimento & Lô Borges.
Extracto:[-]
Si busca usted en el mapa la islita de Tana Masa, la encontrará exactamente en el Ecuador, un poco al oeste de Sumatra. Pero si pregunta al capitán J. van Toch, a bordo del Kandong Bandoeng, qué es esa Tana Masa ante la cual acaba de echar anclas, maldecirá un rato y, después, le dirá que es el agujero más sucio de toda esta zona de los Estrechos, aún más miserable que Tana Bala y al menos tan maldito como Pinos o Banka; que el único hombre, con perdón, que vive allÃ, —sin contar, desde luego, a los piojosos batacos—, es un agente comercial borracho, un mestizo de cubano y portuguesa, y más ladrón, pagano y guarro que el cubano y la blanca juntos; y que si en el mundo hay algo maldito, señores, es la maldita vida en esa maldita Tana Masa. Después de lo cual, probablemente, le preguntará usted por qué, entonces, echó en ese lugar las malditas anclas, como si pensara quedarse tres malditos dÃas, y Van Toch refunfuñará irritado y murmurará algo parecido a esto: que «el Kandong Bandoeng no navegarÃa hasta aquà solamente por la maldita copra o por aceite de palma, eso es fácil de entender y, además, a ustedes no les importa y hagan el favor, señores, de ocuparse de sus propios asuntos». Y maldecirá con tanta fluidez y amplitud como corresponde a un viejo capitán de barco, bien conservado para su edad.
Pero si en vez de hacerle preguntas impertinentes, deja usted al capitán van Toch jurar y maldecir para sÃ, acabará enterándose de muchas más cosas. ¿Acaso no se le nota que necesita desahogarse? ¡Déjelo en paz! Su amargura acabará encontrando, por sà sola, una vÃa de escape.
—FÃjese usted, señor —exclama el capitán—, a aquella gente nuestra de Amsterdam, a aquellos malditos judÃos de allá arriba, se les ocurre de pronto: «¡Perlas, hombre! Averigüe dónde puede haber perlas.» Te dicen que la gente anda loca por las perlas y ¡nada más!
Aquà el capitán escupe asqueado.
—Está claro, ¡quieren invertir su dinero en perlas! Eso ocurre porque ustedes, todo el mundo, están pensando siempre en alguna de esas guerras o lo que sea… ¡El miedo del dinero!, eso es todo. ¡Y a esto le llaman crisis, señor mÃo!
El capitán van Toch duda un momento si ponerse a hablar con usted sobre cuestiones de economÃa polÃtica, porque, hoy en dÃa, no se habla de otra cosa. Sólo que aquÃ, en Tana Masa, hace demasiado calor y uno se siente perezoso. El capitán van Toch hace un gesto con la mano y gruñe:
—¡Perlas! Es fácil decirlo, señor mÃo. En Ceilán las agotaron hace ya cinco años, en Formosa se ha prohibido pescarlas… Pero ellos… «…trate Vd., capitán van Toch, de encontrar nuevos bancos. Vaya usted a aquellas malditas islas, quizás encuentre en ellas algún criadero completo»…
El capitán se suena con desprecio en su pañuelo azul.
—Aquellas ratas europeas se imaginan que aquà se puede encontrar todavÃa algo desconocido por todo el mundo. ¡Dios mÃo! ¿Serán estúpidos? Como no quieran que les suene las narices a esos batacos, a ver si echan perlas… ¿Nuevos bancos? En Padang hay un nuevo burdel, eso sÃ, pero ¿nuevos bancos de perlas? Señores, yo conozco estas islas mejor que mis propios pantalones, desde Ceilán hasta esa maldita isla de Cliperton… Si alguien piensa que aquà se puede encontrar aún algo que proporcione alguna ganancia, pues ¡feliz viaje, señor mÃo! Treinta años hace que navego por estos mares y ahora quieren esos idiotas que les descubra todavÃa algo…
El capitán van Toch casi se ahoga de rabia al pensar en tan ofensiva exigencia.
—¡Que manden aquà a algún novato y les descubrirá tantas cosas que se quedarán boquiabiertos! Pero pedirle eso a uno que conoce el lugar como el capitán van Toch… ¡Compréndalo, señor! En Europa podrÃan descubrirse quién sabe cuántas cosas, pero, ¿aquÃ? Aquà la gente viene solamente a husmear lo que se puede zampar y, ¡ni siquiera zampar! Lo que se puede comprar y vender. Señor mÃo, si en estos malditos trópicos quedara todavÃa algo que tuviese algún precio, habrÃa ya tres agentes, gesticulando y haciendo señas con sus sucios pañuelos a los barcos de siete naciones para que se detuvieran. Asà es la cosa, señor. Yo esto lo conozco mejor que los empleados del Ministerio de Colonias de S.M. la reina… con perdón.




Abril 4th, 2008 at 12:33 pm
Señor Palimp,
solicito su autorización (o bendición) para un link.
Saludos cordiales
Musa

Abril 4th, 2008 at 6:17 pm
Estimada Musa Rella, usted puede coger lo que quiera de este blog con todas mis bendiciones y autorizaciones.
Un abrazo
Abril 5th, 2008 at 11:11 am
¿El planteamiento de los hombres amfibios recuerda un poco al relato Dagón, de H.P. Lovecraft?
Abril 5th, 2008 at 8:25 pm
En que habÃamos quedado tú y yo???
Que pasa con las fotos??
No me hagas ir allÃ, que te enteras…
Abril 6th, 2008 at 6:44 pm
Scaramouche, no, sólo lo de ser anfibios.
Uncle, se hace lo que se puede