Manuel Lozano Leyva. De ArquÃmedes a Einstein.
Editorial DeBols!llo, 2007. 256 páginas.
¿Qué es más importante para el desarrollo de la ciencia? ¿La teorÃa o el experimento? El experimento de Michelson-Morley fue la base de la teorÃa de la relatividad especial, que a su vez hizo predicciónes para las que se diseñaron nuevos experimentos. Podemos decir que ambos aspectos son igual de importantes y, sin embargo, la mayor parte de los libros de divulgación se ocupan casi en su totalidad de las teorÃas, limitándose a citar de pasada los experimentos.
En el año 2002 se realizó una encuesta entre más de doscientos especialistas preguntándoles cuales eran, en su opinión, los experimentos más bellos de la fÃsica. El resultado fue el siguiente:
1. Difracción electrónica por doble rendija (Einstein, Bohr, De Broglie, Heisenberg).
2. CaÃda libre de los cuerpos (Galileo).
3. Carga del electrón por gotas de aceite (Millikan).
4. Descomposición espectral de la luz a través de un prisma (Newton).
5. Interferencia de la luz (Young).
6. Medición de la fuerza de gravedad por torsión (Cavendish).
7. Medida de el diámetro de la Tierra (Eratóstenes).
8. CaÃda de cuerpos rodando sobre planos inclinados (Galileo).
9. Descubrimiento del núcleo atómico (Rutherford).
10. Péndulo de Foucault.
Agrupando los número 2 y 8 y añadiendo el undécimo de la lista -principio de la hidrostática- Manuel Lozano Leyva aprovecha esta encuesta para construir un libro de divulgación en el que el protagonista es el experimento y no la teorÃa. El resultado es uno de los mejores libros de divulgación que he leÃdo en mucho tiempo.
De cada cientÃfico explica una breve biografÃa bastante completa y, lo que más me ha sorprendido, con una gran cantidad de datos que no suelen aparecer en otras obras de divulgación. Se nota que el autor no se ha limitado a hacer un copiar y pegar de otras fuentes. La prosa es amena y con una sana intención didáctica que se explica y justifica al final del libro. Tan entretenido resulta que me enganché más que a un best-seller.
¿Recuerdan aquel A Hombros de Gigantes? Un libro que me resultó aburridÃsimo. Pues viene al pelo esta afirmación que puede leerse en el apartado dedicado a Newton:
Como decÃamos al hablar de Galileo, lo peor que se puede hacer para entender a los clásicos de la fÃsica es leerlos: se trata de una tarea casi imposible. Para mà es un misterio insondable que al crear una teorÃa o modelo se utilicen una notación y una concatenación argumental farragosas. Con el tiempo, el mismo autor u otros, si el artÃculo o libro tuvo trascendencia, desbroza el asunto y lo aclara de manera meridiana. Salvando las distancias, por supuesto astronómicas, hice recientemente una limpieza en mi despacho y encontré manuscritos mÃos escritos hacÃa veinte o veinticinco años, y me costó mucho entender algunos de ellos. Para colmo, Newton era un crÃptico vocacional, por lo que su obra cumbre, los Principia, fue más admirada, incluso venerada, que leÃda. Asà que, dicho esto, paradójicamente no he visto manera mejor de explicar al lector el experimento del prisma que dándole la palabra al propio Newton, porque por una vez en su vida fue claro.
Lozano Leyva no es Newton, en la contraportada afirman: un derroche de amenidad y capacidad divulgativa y, por una vez, se quedan cortos. En algunas ocasiones indica de que manera podrÃamos reproducir los experimentos famosos -algo que es más sencillo en la época actual. Imprescindible.
Escuchando: Melody Lee. The Damned.
Extracto:[-]
A pesar de todos los avatares sociales y polÃticos por los que pasó Francia en aquella época, hubo un denominador común curioso y esperanzados desde Napoleón (el grande) hasta el otro Napoleón (el chico, por emplear el furioso epÃteto de VÃctor Hugo desde el exilio), todos los gobernantes mostraron una especial y efectiva sensibilidad hacia las ciencias y sus aplicaciones. Producto de aquella época revolucionaria fueron las grandes escuelas, en particular la Normal Superior, la de Minas y la Politécnica, e instituciones como la Oficina de Longitudes, dedicada a la astronomÃa, la geografÃa y la navegación, o el Conservatorio de Artes y Oficios, entre muchas otras. Todo ello favoreció el paso de la Francia aristocrática a la meritocrática.
La eficacia de estas instituciones se reflejó pronto en un desarrollo cientÃfico y tecnológico sin par. Nuevos cementos hidráulicos hicieron posible la construcción de puentes y presas de gran envergadura; la electricidad comenzó a aplicarse a la telegrafÃa y a numerosos procesos industriales; las máquinas de vapor impulsaban fábricas, barcos y trenes; los daguerrotipos exigÃan cada vez menos tiempo de exposición; la cirugÃa empezó a contar con la anestesia y la asepsia; la quÃmica favorecÃa la agricultura y la nutrición. Realmente aquella época de la primera industrialización fue excitante.
Jean-Bertrand-Léon Foucault fue un producto representativo de su época y, en buena medida, ésta fue producto de su trabajo. Su experimento más bello y simple, y a la vez más espectacular y mediático, el famoso péndulo al que dedicamos este capÃtulo, eclipsó su obra, a pesar de que en nuestro siglo xxi aún se utilizan varios de sus inventos. Por eso es justo y conveniente describirlos, apartándolos un poco de la sombra del péndulo.
Foucault nació en ParÃs en 1819 y allà murió (sin ausentarse apenas de la ciudad en su corta vida), en 1868. Su padre era un editor y librero que alcanzó cierta notoriedad por los excelentes libros de historia de Francia que publicaba. Un detalle interesante es que se volvió loco y en ese estado murió. A su hijo le pasarÃa lo mismo. El joven Léon vivió una buena infancia porque su familia tenÃa una situación económica magnÃfica gracias no a los libros, sino a las rentas de los numerosos inmuebles que poseÃa en ParÃs. Pero lo mejor fue que sus padres estaban dispuestos a gastar un buen dinero con prodigalidad en la educación del vastago, que además era hijo único. Asà que lo mandaron al Colegio Estanislao, el mejor de ParÃs. Pero Léon Foucault fue un mal estudiante. Tuvo que repetir más de un curso. Además, el pobre era bastante enclenque, enfermizo y bizco (véase la figura 7.1).
Sin embargo, Foucault dejaba pasmados a todos con su habilidad manual. Sus maquetas de barcos, sus pequeñas máquinas de vapor y sus telégrafos mecánicos eran perfectos y funcionaban con una precisión pasmosa. Siendo malo en matemáticas y bueno en manualidades, la mejor elección para su futuro era, con toda lógica, hacerse cirujano. Con veinte años, en 1839, entró en la insigne Escuela de Medicina de ParÃs. Le fue muy bien hasta que vio sangrar a un enfermo. Cayó desmayado. Su animadversión a la sangre le hizo replantearse seriamente el asunto, pero como se habÃa granjeado el aprecio de uno de sus profesores, Alfred Donné, gracias a su insistencia aceptó dedicarse a la microscopÃa médica.




Abril 21st, 2008 at 10:58 pm
Suena realmente interesante!
¿Lo pillaste de la biblioteca o lo tienes por casa?
Abril 23rd, 2008 at 9:29 am
Lo tengo, lo tengo, ya te lo prestaré.
Febrero 4th, 2010 at 12:05 am
Acabo de hacer uso de esta entrada que leà en su momento y olvidé.
Va a ser que escribes mucho y no puedo seguirte el ritmo
Saludos
Febrero 5th, 2010 at 7:16 pm
Gracias por la referencia. Escribir, estoy intentando volver a tener una entrada diaria.