Roberto Bolaño. El Secreto del mal.
Editorial Anagrama, 2007. 186 páginas.
En 2007 los admiradores de Bolaño hemos tenido la alegría de ver la publicación de dos libros: La universidad desconocida, recopilación de su obra poética y este El secreto del mal, fragmentos y bocetos de relatos rescatados del ordenador del autor.
Como siempre, aquí tienen la lista de los cuentos -o fragmentos- incluídos en el libro:
La colonia Lindavista
El secreto del mal
El viejo de la montaña
El hijo del coronel
Sabios de Sodoma
La habitación de al lado
Laberinto
Derivas de la pesada
Crímenes
No sé leer
Playa
Músculos
La gira
Daniela
Bronceado
Muerte de Ulises
El provocador
Sevilla me mata
Las Jornadas del Caos
Algunos están completos -y no son inéditos- como Playa. Otros, pese a su estado fragmentario, funcionan bien tal y como están -un ejemplo podría ser Muerte de Ulises (aunque también podría ser el inicio de toda una novela)-. Los más son apenas esbozos que se truncan inesperadamente en lo mejor dejándonos en el vacío -y la sensación, extraña, no deja de tener su interés-: El secreto del mal es uno de ellos.
Este libro me provoca sentimientos contradictorios. Por un lado me parece excesiva la publicación de un libro como éste. Como si se intentara aprovechar el tirón Bolaño para vender lo más posible. Pero por otro no sólo lo he comprado, sino que lo he disfrutado y agradezco su publicación. ¿Me convierte esto en un necrófago?
Muy recomendable para todos los bolañistas. El resto, mejor abstenerse.
Escuchando: Teenage Queen. The Real Pros
Extracto:[-]
Hoy, que está tan de moda hablar de los nihilistas, aunque cuando se habla de éstos la gente se refiere a los terroristas musulmanes, que precisamente de nihilistas no tienen nada de nada, no estaría de más visitar la obra de un verdadero nihilista. El problema con Lamborghini es que se equivocó de profesión. Mejor le hubiera ido trabajando como pistolero a sueldo, o como chapero, o como sepulturero, oficios menos complicados que el de intentar destruir la literatura. La literatura es una máquina acorazada. No se preocupa de los escritores. A veces ni siquiera se da cuenta de que éstos están vivos. Su enemigo es otro, mucho más grande, mucho más poderoso, y que a la postre la terminará venciendo, pero ésa es otra historia.
Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza en obras memorables, como el cuento «Cecil Taylor» o la nouvelle Cómo me hice monja, pero que en su deriva neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte de las veces sólo es aburrida. Prosa que se devora a sí misma sin solución de continuidad. Acriticismo que se traduce en la aceptación, con matices, ciertamente, de esa figura tropical que es la del escritor latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien se la pida.
De estas tres líneas, las tres líneas más vivas de la literatura argentina, los tres puntos de partida de la pesada, me temo que resultará vencedora aquella que representa con mayor fidelidad a la canalla sentimental, en palabras de Borges. La canalla sentimental, que ya no es la derecha (en gran medida porque la derecha se dedica a la publicidad y al disfrute de la cocaína y a planificar el hambre y los corralitos, y en materia literaria es analfabeta funcional o se conforma con recitar versos del Martín Fierro) sino la izquierda, y que lo que pide a sus intelectuales es soma, lo mismo, precisamente, que recibe de sus amos. Soma, soma, soma Soriano, perdóname, tuyo es el reino.
Arlt y Piglia son punto y aparte. Digamos que es una relación sentimental y que lo mejor es dejarlos tranquilos. Ambos, Arlt sin la menor duda, son parte importante de la literatura argentina y latinoamericana y su destino es cabalgar solos por la pampa habitada por fantasmas. Allí, sin embargo, no hay escuela posible.
Corolario. Hay que releer a Borges otra vez.







