DeBols!llo, 2003. 268 páginas.
Tit. Or. Invisible Monsters. Trad. Catalina Martínez Muñoz.

Esclavos de la belleza
Sigo con Palahniuk y si el primer libro que me leí me decepcionó un poco, este directamente no me ha gustado -y ha hecho bueno el anterior.
Shannon es una modelo hermosa hasta que un disparo le arranca media cara -que se comen los pájaros- y la deja desfigurada. Su novio la abandona y su mejor amiga se pone su ropa. Su vida parece irse por el desagüe hasta que conoce a Brandy Alexandeer, un transexual a quien conoce en el hospital y que le fabricará una vida nueva.
Los personajes están muy bien: la protagonista con unos padres obsesionados por su hermano muerto de Sida, la amiga rica con ganas de ser modelo pero sin aptitudes, el novio ex policia reconvertido amodelo y bisexual, las tres hermas Rhea: Pio Rhea, Dia Rhea y Gono Rhea y la verdadera alma de la fiesta, Brandy Alexander, la Princesa obsesionada en cambiar su cuerpo completamente.
La manera de narrarlo, estilo revista de moda, con fragmentos temporales desperdigados, también está muy bien. Pero creo que todo se queda en nada. Lo que me pareció poco creíble de nana, las curiosas casualidades que cruzan a los protagonistas, aquí alcanzan dimensiones fantásticas y totalmente increíbles.
¿Quiero decir con esto que tacho de mi lista a Palahniuk? No, voy a seguir insistiendo. Porque aunque el libro no me haya gustado, prefiero algo original como esta novela que otras más vulgares. A ver como resulta el tercero.
Pueden descargarlo en inglés:
Chuck Palahniuk – Invisible Monsters Comic.pdf
Chuck Palahniuk – Invisible Monsters.doc
Chuck Palahniuk – Invisible Monsters.pdf
Escuchando: Save the Children. Gil Scott-Heron.
Extracto:[-]
Volvamos a hace veinte años, a la casa blanca donde crecí mientras mi padre rodaba películas en súper-8 de mi hermano y de mí correteando por el jardín.
Pasemos al presente, donde mis amigos se sientan en hamacas cuando llega la noche para ver las mismas películas en súper-8 proyectadas en la pared blanca de la misma casa blanca, veinte años después. La casa es la misma, el jardín el mismo, las ventanas proyectadas en las películas se alinean perfectamente con las ventanas reales, la hierba de la película se alinea con la hierba real y mi hermano y yo, de pequeños, corremos frenéticamente mientras la cámara nos filma.
Pasemos a mi hermano mayor, aniquilado y muerto por la plaga del sida.
Pasemos a mí cuando ya soy adulta y me enamoro de un detective de la policía y me voy para convertirme en una supermodelo famosa.
Recordad, tal como ocurre en Vogue, que no es necesario seguir los saltos de cerca.
Continuarán en cualquier página.
Por más que lo intentes, siempre tendrás la sensación de haberte perdido algo, el sentimiento metido bajo la piel de no haberlo vivido todo. Ese corazón abatido te dirá siempre que has pasado por alto momentos en los que deberías haberte fijado.
Bien, acostumbrémonos a esta sensación. Algún día, la vida se reducirá tan solo a eso.
Todo es cuestión de práctica. Esto no tiene importancia.
Estamos calentando motores.
Saltemos al aquí y ahora, a Brandy Alexander desangrándose en el suelo y a mí arrodillada junto a ella, contándole esta historia antes de que llegue la ambulancia.
Volvamos atrás unos cuantos días, a la sala de estar de una casa acomodada de Vancouver, en la Columbia Británica. La habitación está forrada de caoba tallada estilo rococó, como un caramelo duro, con zócalos de mármol, suelo de mármol y una especie de chimenea de mármol tallada con fiorituras. En las casas acomodadas, donde vive gente mayor y acomodada, todo es tal como cabe esperar.
Los lirios de los jarrones de esmalte son reales, no de seda. Las cortinas color crema son de seda, no de algodón pulido. La caoba no es pino teñido para que parezca caoba. No hay candelabros de cristal prensado que pasen por cristal tallado. El cuero no es vinilo.
Estamos rodeadas de muebles estilo Luis XIV.
Frente a nosotras hay otra inocente agente de la propiedad inmobiliaria, y la mano de Brandy se dispara: la muñeca, hinchada de huesos y venas, la cordillera de sus nudillos, los dedos marchitos, los anillos con su neblina roja y verde, las uñas de porcelana pintadas de rosa chillón. Y Brandy dice:
—Encantada, de verdad.
Si hubiera que empezar por un solo detalle, este sería las manos de Brandy. Cargadas de anillos para que parezcan aún más grandes, las manos de Brandy son enormes.