Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

noviembre 30, 2008

Daniel Higiénico

Filed under: Audiovisual — Palimp @ 12:24 pm
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Ayer tuvimos nuestra primera noche de libertad y aprovechamos para ir a ver un concierto de Daniel Higiénico en el mítico Llantiol. Este domingo sustituiré los habituales documentales literarios por unos cuantos vídeos de este cantautor atípico:

Pueden escuchar más canciones suyas en su myspace o en goear. Como bola extra entre los amigos de Daniel he encontrado a los Marditos roedores, grupo que escuché una noche de San Juan y que no era capaz de encontrar en ningún sitio.

noviembre 29, 2008

Una vela…

Filed under: Noticias — Palimp @ 11:23 am
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… por el éxito de todos los sueños del mundo.

Y para que no se diga que nos estamos volviendo blandos, una crítica más acerada que la mía sobre El niño con el pijama de rayas (click para ampliar):

Más tiras en el blog del autor: Clodovico, un estudiante de arquitectura que en vez de estudiar hace cómics.

noviembre 28, 2008

Andrew Crumey. El principio de D’Alembert.

Filed under: Novela — Palimp @ 3:04 pm
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Siruela, 2003. 224 páginas.
Tit. Or. D’Alembert’s principle. A novel in three panels. Trad. José Luis López Muñoz.

Andrew Crumey, El principio de D'Alembert
La ecuación del universo

Con lo que me gustó Pfitz y Mobius Dick no sé cómo he tardado tanto tiempo en leer otro libro de este autor. Por suerte encontré este libro en la biblioteca de al lado de mi nuevo trabajo.

Como bien indica el subtítulo en inglés es una novela en tres partes completamente diferenciadas. En la primera vemos como la brillante mente de D’Alembert, brillante matemático y encicopledista obsesionado con encontrar una ecuación que describa perfectamente el universo. Pero su talento no le librará de enamorarse de la mujer equivocada. La segunda parte, titulada La cosmografía de Marcus Ferguson, narra la extraña historia de una persona que vive en un mundo aparentemente irreal mientras lee la descripción de unos viajes por el sistema solar. La tercera y última, los cuentos de Rreinnstadt, recupera al personaje Pfitz haciéndole compartir celda con un honesto ciudadano víctima de un malentendido.

El hilo que une las tres historias es sutil. En la primera vemos una confrontación entre la idea de D’Alembert de que una ecuación determinista gobierna el universo, frente a las ideas de un visitante de que es el azar quien tiene la última palabra. La segunda podría interpretarse como una novelización de la idea de los muchos mundos -algo que retomará en Mobius Dick- en la que se cuestiona la idea de realidad. La última viene a decirnos que en la literatura el autor es el que inventa la realidad y en este contexto ¿debemos pensar que el universo también se sustenta en las elecciones de alguien?

La sensación que me ha provocado es curiosa. Por un lado, me gusta menos que las otras dos que he leído de él. Por otro, me ha hecho pensar más una vez acabada la lectura. Con Crumey detrás de la prosa se esconden curiosas teorías.

Escuchando: Field Day for the Sundays. Wire.


Extracto:[-]

Saturno
No entiendo las cosas que me cuentan aquí, pero sí advierto que la sabiduría más excelsa que está al alcance de los seres humanos es para estas personas poco más que el saber de los perros. He procurado hablarles de nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra cultura. Mostraron interés, pero no vieron nada notable en nuestras ideas. Nuestro arte y nuestra ciencia eran una estilización de nuestros instintos, nada más. Si un perro pudiera escribir una novela, consistiría en muchos ladridos y gruñidos y en muchos movimientos de rabo. ¿Nos interesaría el valor dramático de tales emociones? La galería de arte de los perros estaría llena de retratos de su especie, o de campos adecuados para correr por ellos; su música sería la orquestación de una sucesión de aullidos. ¿Nos interesaría cualquiera de esas cosas? La historia de los perros sería un relato de territorios reclamados y marcados de la manera con la que todos estamos familiarizados, y de peleas en callejones; sus héroes serían los luchadores con más éxito, los productores de mayor cantidad de orines. ¿Es ésa la historia que nos gustaría enseñar a nuestros hijos?

Los habitantes de este mundo tienen su arte propio, su ciencia y su cultura; pero nada de ello posee significado alguno para mí. Ven los logros de Shakespeare o de Newton como las habilidades del animal que pastorea las ovejas, o de otro que ha aprendido a abrir puertas. Si consiguen enseñarnos algo, será una hazaña comparable a la de lograr que un perro camine sobre las patas traseras. En el mejor de los casos, quizá lleguemos a parecer, en nuestros fieles intentos de seguir su senda sin entenderla, una cómica imitación de nuestros profesores.

En cuanto a que estos seres sean buenos o malos, liberales ilustrados o déspotas tiránicos, risueños o melancólicos, nada de todo ello me resulta claro. Los considero benévolos y parecen contentos, pero quizá sea una ilusión y sus almas alberguen angustias y frustraciones secretas que son para mí tan invisibles como las de un padre para su hijo de corta edad.

He recorrido grandes distancias, he visto muchas cosas y sólo he aprendido que no sé nada y que debo dudar de todo. ¿Por qué tendría que haber esperado que el universo fuera inteligible? Todos los mundos que he visitado contradicen a algún otro, toda realidad implica la imposibilidad de las demás alternativas. Quizá todo es falso y carece de consistencia, el universo mismo no existe excepto como reflejo deformado del alma polifacética que lo observa, y mi propia vida no ha sido más que una visión fugaz, una figura entrevista en la región mal definida entre imágenes sucesivas en una multiplicidad de reflejos

noviembre 27, 2008

Retablo robado

Filed under: Noticias — Palimp @ 11:08 am
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La noticia es antigua y no tiene nada que ver con la literatura, pero cuando leo algo sobre La Rioja me entra la saudade. Hace casi un siglo robaron un retablo de la parroquia de Nájera y salía a subasta en Sotheby’s. Como alcanzó un precio excesivo el gobierno no la pudo recomprar. Una pena.

España se queda sin el retablo robado

“Es un día fatal”, lamenta el párroco de Nájera

noviembre 26, 2008

Carles Cano. Cuentos para todo el año.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 10:12 am
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Grupo Anaya, 1997. 118 páginas.
Tit. Or. Contes per a tot l’any

Carles Cano, Cuentos para todo el año
Jardinero cuentista

Amplio mi campo de acción al cuento infantil. Mi incipiente carrera como contador de cuentos me obliga a ello. Y ¡que caray! que uno disfruta leyendo estos cuentos igual que los críos.

Clara es una niña afortunada, cada vez que va a visitar a su abuela Aurora -que es bibliotecaria- su jardinero, Pompeyo, aprovecha para contarle cuentos… ¡Y tiene cuentos para cada estación! Juguetes que se rebelan, árboles de mariposas, estrellas de mar que ocultan secretos y oledores de vientos.

Me habían recomendado a este autor y no se equivocaban, los cuentos son buenos y originales. Las ilustraciones de Francisco Delicado -supongo que nada que ver con La lozana andaluza- acompañanan muy bien al texto. Mis preferidos, el del abeto friolero y el de los juguetes que se rebelan. Como epílogo hay una pequeña entrevista a autor e ilustrador.

¿Eres niño o te sientes como tal? Acerca la oreja a las historias de Pompeyo.

Escuchando: Honky Tonk Heroes. Waylon Jennings.


Extracto:[-]

«Había una vez un árbol, un abeto, que había nacido donde nacen la mayoría de los abetos, en un país frío del norte de Europa. Era increíblemente grande y majestuoso y desplegaba sus enormes ramas en todas direcciones. Era tan grande porque tenía tanto, tanto frío, que había crecido más que ninguno de sus hermanos buscando un poco de sol en las alturas del espeso bosque. Pero ni aun así podía quitarse aquel terrible frío que recorría hasta la última de sus hojitas en invierno, y en ese país los veranos y las primaveras eran tan cortos…

Así que, cuando se enteró de que el dueño de unos grandes almacenes de un país del Sur lo había comprado para trasplantarlo al jardín de la puerta principal de su tienda y decorarlo como árbol de Navidad, le entró tal alegría que le salieron brotes nuevos.

Lo transportaron, con sumo cuidado en un camión gigantesco, tumbado y con una buena cantidad de tierra para que no sufriera ningún daño, y a los pocos días ya estaba plantado a la puerta de los grandes almacenes, viendo pasar oleadas de gente. Era divertidísimo mirar las caras e imaginar sus pensamientos, pero lo mejor de todo era que ¡no pasaba frío!

De todas formas, como se acercaban las Navidades, lo llenaron de adornos de arriba abajo, y esto no fue lo peor, porque al encargado de los grandes almacenes se le ocurrió la brillante idea de cubrir el abeto de nieve el día de Nochebuena. Para ello, hizo traer un camión cargado de nieve de las montañas.

¡El pobre árbol no estaba dispuesto a aguantar aquello! Había permitido que lo llenaran de lucecitas intermitentes, de bolas brillantes, de paquetes de regalo, de figuritas de Papá Noel y ni siquiera había gritado cuando le clavaron la estrella en la coronilla, pero ¡aquello era demasiado! Había venido huyendo de los terribles fríos de su país y de las horrorosas heladas, y se negaba en redondo a pasar más frío. Ya pensaría cómo solucionarlo.

Aquel día lo cubrieron de nieve para que hiciera bonito y navideño, pero, al llegar la noche, cuando ya se habían apagado los últimos ecos de las zambombas y panderetas y nadie lo veía, con un esfuerzo descomunal, el abeto enrolló sus ramas alrededor del tronco y, al desenrollarlas con todas sus fuerzas, lanzó los copos de nieve tan lejos, tan lejos, que la mayoría cayeron en países muy distantes y produjeron curiosas historias.

Unos alcanzaron un lugar donde nunca antes habían visto la nieve y en su camino arrastraron algunas nubes que aliviaron la larga sequía que padecía aquella zona: aquello se interpretó como un milagro.

Otros copos fueron a parar a los agujeros de los cañones de dos países que estaban en guerra: las armas se estropearon y tuvieron que firmar la paz. Otros cayeron justo en el momento en que se producía un incendio en un hermoso bosque y lo apagaron.

Los paquetes de regalo aterrizaron en un pueblo tan pobre que apenas si les llegaba para comer, de modo que aquellas Navidades todos tuvieron bonitos regalos. Por fin, los copos que quedaron se convirtieron en estrellas fugaces que surcaron la noche y concedieron pequeños deseos a los que estaban tristes y no podían dormir.

Al día siguiente, por la mañana, sólo quedaban las tiras de espumillón por el suelo y la estrella que, obstinada, continuaba prendida en lo alto, pero todo el mundo se maravilló, porque nunca habían visto un abeto tan verde y resplandeciente como aquél.»

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