José MarÃa Merino. Leyendas españolas.
Ediciones Temas de Hoy, 2000. 326 páginas.
No es la primera vez que aparece en el Cuchitril José MarÃa Merino como antologista. Ya reseñé en su momento Cien años de cuentos, monumental antologÃa del cuento español en el que no faltaba casi nada.
En esta ocasión se ha dedicado a recopilar casi dos centenares de leyendas españolas que, por una u otra razón, me parecen memorables. La intención ha sido ser fiel, en la medida de lo posible, a la fuente tradicional y reescribir lo mÃnimo para no hacer literatura con ellas. El esfuerzo ha merecido la pena.
Agrupadas bajo diez epÃgrafes que van De fundaciones, caudillos y pérdidas a De aventuras y sueños disfrutaremos con historias que en muchos casos serán conocidas de nuestros mayores pero que cada vez más van cayendo en el olvido. Los cuentos de Viriato, Hércules o Don Rodrigo, el por qué de los nombres de algunas calles, qué misterios se esconden detrás de muchas fuentes de nuestra geografÃa, tesoros mágicos, brujas malvadas y castizos hombres-lobo. Una rica selección de historias que no han perdido la capacidad de maravillarnos.
Leyendas que no merecen caer en el olvido.
Escuchando: Se vale to-to. Calle 13.
Extracto:[-]
SANTO DOMINGO DE LA CALZADA
Nacido casi al hilo del año 1000, fue santo Domingo en su existencia mortal un hombre humilde e insignificante. Tanto que, según aseguran los cronistas, ningún monasterio lo quiso admitir para ser fraile, al menos hasta después de muchos años, cuando su conducta resultó bien conocida como ejemplo de vida piadosa.
Su vocación para el ejercicio de la caridad era muy grande y Domingo, al margen del mundo eclesiástico, se construyó una choza junto al camino de Santiago y dedicó todos sus esfuerzos a ayudar a los peregrinos, arreglando las sendas, mejorando los pasos difÃciles, tendiendo puentes y, con el paso del tiempo, fundando comedores y refugios.
Muchos años después de muerto aquel santo caminero, en una posada al borde del camino, entre el burgalés Belorado y la riojana Nájera, sucedió su milagro más famoso.
Llegó a la posada un matrimonio alemán que en compañÃa de su hijo peregrinaba hacia Santiago de Compostela desde su lejano paÃs. El hijo era un mozo esbelto y rubio y, al verlo, una de las mozas de la posada se sintió irremediablemente atraÃda hacia él. Que la atracción era fatal lo demuestra el comportamiento que tuvo la moza más adelante en el caso. Aquella noche, sin más preámbulos, fue a visitar al mozo en su cámara, y parece que se metió en su lecho dispuesta a tener con él amorosa comunicación. Mas el mozo, sea porque durante la peregrinación querÃa mantenerse casto, sea por cualquier otra razón o por la simple causa de encontrarse muy fatigado, rechazó sin contemplaciones los arrumacos y la disposición de entrega de la moza.
La muchacha se sintió tan despechada por el desprecio del joven alemán, que imaginó una venganza a la altura de su ira. Y como la malicia es capaz de nutrirse, para su ejercicio, hasta de los más sagrados ejemplos, debió de recordar, por haberlo oÃdo en algún sermón, la historia de José y sus hermanos, y la de aquella copa que él mandó esconder entre las pertenencias de ellos. Es el caso que la posadera tenÃa, como el tesoro de su ajuar, un vaso, taza o cuenco de plata que habÃa heredado de un abuelo suyo. La moza se hizo con el vaso y lo escondió en la mochila del joven alemán. Cuando los peregrinos hubieron seguido su camino y el vaso fue echado de menos por su dueña, la joven urdió los embustes precisos para que los agentes de la justicia fuesen en busca de los alemanes y, tras registrar su impedimenta, encontrasen el vaso escondido.
El joven fue acusado de ladrón y, sin que sirviesen de nada sus protestas y sus juramentos de que era inocente, el juez lo mandó ajusticiar. Fue ahorcado al alba del siguiente dÃa, y su cuerpo, como ordenaba la ley, quedó colgado entre los cuerpos de otros ahorcados que permanecÃan en el patÃbulo, las cuencas vacÃas y los rostros y las manos despellejadas por la voracidad de las aves carroñeras, para aviso y escarmiento de maleantes.
Los padres del joven siguieron su camino hacia Santiago, llenos de dolor, y consiguieron cumplir su voto de peregrinos. Al regreso de Santiago, los tristes padres quisieron ver el terrible lugar donde debÃa permanecer el cuerpo de su hijo. Cuando llegaron ante el patÃbulo, entre un revolar de cuervos y urracas, descubrieron que el cuerpo se conservaba incólume, con color en las mejillas y el aire de estar dormido y no muerto.
El ahorcado les sintió llegar, abrió los ojos y les sonrió. Luego, con voz tenue pero serena, les dijo que no estaba muerto, gracias a santo Domingo que, invisible, permanecÃa junto a él desde el momento de la ejecución, sujetando sus piernas para que el peso del cuerpo no hiciese correr y ajustarse a su cuello el nudo de la soga que debÃa haberlo estrangulado.
Con mucha alegrÃa y esperanza, los padres del joven acudieron al merino para informarle del prodigioso suceso y pedirle que ordenase soltar al joven. Era la hora del almuerzo y el merino se disponÃa a engullir dos rollizos pollos asados. El merino escuchó cortésmente lo que los padres del joven le contaron, pero luego, tras ajustarse al cuello la servilleta, aseguró con firme convicción que aquel hijo ahorcado de que hablaban estaba tan vivo como los dorados pollos que habÃa delante de él. En aquel momento, aquellos cuerpos hechos ya vianda por la virtud de la manteca y del horno, se pusieron torpemente en pie y, descabezados y cojos como estaban, saltaron tambaleantes de la mesa y hay quien asegura que escaparon por la puerta cacareando.
En el interior de la catedral de Santo Domingo de la Calzada se recuerda este milagro, y en una jaula hay siempre un gallo y una gallina tan vivos como aquel joven ahorcado que, con la ayuda del santo justiciero, pudo terminar felizmente su peregrinación.




Noviembre 6th, 2008 at 12:17 am
JMM debe tener el don de la hiperactividad: no deja de publicar cosas y todas muy interesantes. Por supuesto que me haré con un ejemplar, su antologÃa de cuentos en alfaguara ocupa una posición destacada en mi librerÃa.
Un abrazo
Noviembre 8th, 2008 at 12:07 am
Yo ambos los he cogido prestado de la biblioteca, aunque no me importarÃa tenerlos en la mÃa.