Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

diciembre 25, 2008

Me gusta la navidad

Filed under: Noticias — Palimp @ 3:57 pm
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No me importa que me llamen abrazanenúfares. Soy una persona muy familiar y no los veo porque vivo lejos (a lo mejor por eso soy tan familiar). En estas fiestas, como dice el anuncio, uno vuelve a casa a encontrarse con los suyos.

Además, siempre he pensado que cualquier excusa es buena para tener una fiesta. Hace tiempo que no estoy un fin de año toda la noche de juerga, pero el espíritu permanece. Quizás algún dia vuelva a las andadas.

No me molestan lo papanoeles, la cantidad de gente que hay por la calle, ni los simpáticos gruñones que navidad tras navidad protestan y reniegan del espíritu de estas fiestas. ¿Consumismo? Sólo si tú quieres y lo que hagan los demás no importa. ¿Hipocresía? Si un malnacido intenta portarse bien cuatro días siempre será mejor que nunca ¿no? Igual hasta le coge gusto.

Es sabido que estas fiestas tienen raices paganas. El solsticio de invierno marca el punto en el que el sol vuelve a calentar la tierra, el dios renace y trae esperanza y prosperidad. Esto queda muy bien explicado en el especial de navidad de las Reflexiones de Repronto cuya frase final es, como es habitual, certera y genial. No la reproduzco porque tienen que ver el capítulo entero.

Pero paganismos aparte la historia cristiana también tiene su aquel, incluso para un ateo como yo. Un dios hecho carne, naciendo con humildad en un pesebre, adorado por pastores y gente humilde, escapando de los poderosos, trayendo gloria a la gente de buena voluntad. Es un programa que cualquiera firmaría. No me sorprende que Connie Willis la considere una de las mejores historias de navidad. Como tampoco me extraña que aborrezca las historias de Andersen con niños pobres muriendo de frío. Esa pequeña cerillera debería haber dado mejor uso a sus fósforos; como cantaba el grupo Potato para calentar, vamos a quemar, el ayuntamiento y la catedral. Al final les transcribo completo el prólogo de Willis a su libro

Les dejo con un acompañamiento musical muy adecuado a estas fiestas. La versión de Kamakawiwo’ole de Somewhere Over the Rainbow. Una versión tan famosa que la he visto en dos o tres anuncios y que he podido rescatar gracias a las estupendas recopilaciones que hacen en Milinkito. Esta año va de Versiones bastante originales y les aseguro que no tienen desperdicio. La mejor manera de pasar estas bonitas fiestas.

Feliz navidad y un próspero año nuevo, lleno de lecturas, a todos.


Kamakawiwo’ole – Somewhere Over the Rainbow

Las imágenes de los árboles están tomadas de aquí: Unsual and creative christmas trees. Esta bitácora está de vacaciones hasta despues de reyes.

Connie Willis, prólogo al libro El espíritu de la navidad

Me encanta la Navidad. Toda ella: decorar el árbol y cantar en el coro y hornear galletas y envolver los regalos. Incluso me gustan las partes que la mayoría de la gente odia: ir de compras a los atestados centros comerciales y leer los boletines de noticias navideños que me envían la familia y los amigos e ir a ver a la familia y esperar junto a la cinta de los equipajes en el aeropuerto.

Está bien, he mentido. A nadie le gusta esperar junto a la cinta de los equipajes en el aeropuerto. Sin embargo me encanta ver a la gente salir de los aviones, y el muérdago y las velas, y el ponche de leche y huevo y los villancicos.
Pero, sobre todo, me encantan las historias y las películas sobre la Navidad. Está bien, he mentido de nuevo. No me encantan todas las historias y las películas sobre la Navidad. Qué bello es vivir, por ejemplo, y El abeto de Hans Christian Andersen.

Pero me encanta De ilusión también se vive y El árbol de Navidad que no fue decorado de Christopher Morley y el poema de Christina Rosetti Pleno invierno. Mi familia ve Juegos de amor en la universidad e Historias de Navidad cada año, y nosotros leemos en voz alta El traje para la nieve de ¡as Navidades pasadas de George V. Higgins cada Nochebuena, y buscamos ansiosamente nuevos clásicos que añadir a nuestras tradiciones.

No hay muchos. Eso se debe a que las historias de Navidad son mucho más difíciles de escribir de lo que parece, en parte porque el tema es más bien limitado y la gente lleva escribiéndolas desde hace cerca de dos mil años, de modo que simplemente han agotado todas las variaciones posibles de muñecos de nieve, Santa Claus y pastores.

Se han contado historias desde el punto de vista del cuarto rey mago (que fue asaltado camino a Belén), el posadero, la esposa del posadero, la muía y la estrella. Ha habido historias acerca de los Santa Claus de los grandes almacenes, falsos Santa Claus, Santa Claus quemados, Santa Claus sustitutos, Santa Claus reluctantes y Santa Claus sometidos a dieta, sin decir nada de la esposa de Santa Claus, sus elfos, sus renos, y Rudolph. Hemos tenido nacimientos en Navidad (¡por supuesto!), muertes, separaciones, encuentros, líos, intentos de suicidio y enfermedades de todo tipo. Y Navidad en Hawai, en China, en el pasado, en el futuro y en el espacio profundo. Hemos oído hablar de pastorcillos, de reyecitos magos, de angelitos y del ratoncito que no hacía ruido. No hay mucha cosa que no se haya dicho ya.

Además, el escritor de historias de Navidad tiene que caminar por la cuerda floja entre el sentimentalismo y el escepticismo, y la mayoría de escritores terminan cayendo en el cinismo o en la más empalagosa simpleza.

Y sí, estoy hablando de Hans Christian Andersen. Él inventó la ultrasensiblera historia lacrimógena, cuya trama Máximo Gorki, en un arranque de acrimonia, describió como tomando a una pobre niña o niño y abandonándolo «para que se helara en algún lugar debajo de una ventana, detrás de la cual suele haber un árbol de Navidad que arroja su radiante esplendor sobre él». Desamparadas muchachitas, firmes soldados de hojalata, incluso muñecos de nieve (fundidos, no helados) se enfrentan a un destino que ninguno de ellos (ni nosotros) merecemos, especialmente en Navidad.

Nadie, antes de la llegada de Andersen, había pensado en escribir unas historias de Navidad tan deprimentes. Ni siquiera Dickens, que había matado a un respetable número de niños en sus libros, mató al Pequeño Tim. Pero Andersen, al parecer proclive a estropear las vacaciones a todo el mundo, congelaba a los inocentes niños, fundía los leales juguetes hasta convertirlos en masas de plomo, y talaba inofensivos abetos que simplemente estaban allí tan tranquilos en el bosque, ocupados de sus propios asuntos, para convertirlos en leña.

Peor aún, inspiró a docenas de imitadores, que se dedicaron a matar piadosos niños (algunos de los cuales, debo admitir, eran absolutamente insufribles y merecían morir) y otra pobre gente durante todo el resto de la época victoriana.

En el siglo xx, el lacrimógeno estilo Andersen se trasladó al cine, con la estrella Margaret O’Brien (que definitivamente merecía morir) y otras estrellas infantiles, elegidas por su palidez y su habilidad para toser. Tenían títulos como La promesa y Vidas truncadas, que engañaban a los incautos espectadores que pensaban que iban a ver una alegre película de Navidad (N. del T.: El título original inglés de Vidas truncadas es The Christmas Tree, El árbol de Navidad) cuando realmente trataban de niños pequeños que sucumbían al envenenamiento por radiación en Nochebuena.

Cuando llegó la televisión, este tipo de historia se convirtió en el «episodio especial de Navidad» de muchas series televisivas, la peor de las cuales era La casa de la pradera, que mató a un enorme número de niños en ventiscas y otros desastres tipo pionero cada Navidad durante un buen número de años. ¿Acaso ninguno de sus guionistas había oído nunca que se supone que las historias de Navidad tienen un final feliz?

Bien, desgraciadamente, muchas veces sí los tenían, y de ello resultó una cantidad de improbablemente sentimentales y sacarinadas historias demasiado numerosas para mencionarlas aquí.

Así que, ¿hay alguna buena historia de Navidad ahí fuera? Apuesten a que sí, empezando con la original. El relato de la
primera Navidad (ya saben, el niño en el pesebre) tiene todos los elementos de una gran historia: dramatismo, peligro, efectos especiales, sueños y advertencias, traiciones, escapadas por los pelos y —combinada con la historia de la Pascua— el más feliz de todos los finales.

Y tiene grandes personajes: José, que se ve superado por lo que ocurre a su alrededor pero hace todo lo que puede; los reyes magos, que esperan un palacio y encuentran un establo; el vil Herodes que decía: «Cuando encontréis a ese rey, decidme donde está a fin de que pueda ir a adorarle», y enviaba luego a sus esbirros a intentar matar al niño; el ambivalente posadero, y María, con sus catorce años, que reflexionaba sobre todo ello en lo más profundo de su corazón. Es una gran historia…, no es extraño que haya durado dos mil años.

Las modernas historias de Navidad que me gustan (para una lista más completa, ver al final de este libro) incluyen El regalo de los magos de O’Henry, El viaje de los magos de T. S. Eliot, y La mejor representación de Navidad de todos los tiempos de Barbara Robinson, acerca de una representación de Navidad en una iglesia invadida por una pandilla de gamberros llamados los Vaqueros. Los Vaqueros intimidan a todo el mundo y fuman y maldicen y acuden solamente porque han oído que después hay refrescos. Y transforman lo que era una tranquila y aburrida representación de Navidad en algo extraordinario.

Puesto que soy escritora de ciencia ficción, me siento inclinada por supuesto hacia las historias de Navidad de ciencia ficción. La ciencia ficción siempre ha tenido la habilidad de hacernos ver el mundo desde un ángulo distinto, y la Navidad no es una excepción. La ciencia ficción ha contemplado la primera Navidad desde una nueva perspectiva (el clásico de Michael Moorcock He aquí el hombre) y bajo un nuevo envoltorio (Oscura concepción de Joe L. Hensley y Alexei Panshin).Nos muestra la Navidad en el futuro (La huella de una leyenda de Cyntia Felice) y la Navidad en el espacio (la maravillosa El regalo de Ray Bradbury). Y se centra en la propia Navidad (la inquietante El bosque virgen de Mildred Clingerman).

Mis historias de Navidad de ciencia ficción preferidas son La estrella de Arthur C. Clarke, que cuenta la historia de la estrella de Navidad que guió a los reyes magos a Belén, y la hilarante historia de Thomas Disch El compromiso de Santa Claus, en la cual dos intrépidos periodistas de investigación de seis años ponen al descubierto el impresionante escándalo que se esconde detrás de Santa Claus.,

También me gustan los misterios. Pensarán ustedes que el asesinato y la Navidad no encajan demasiado bien, pero el marco y la posibilidad de asesinatos conectados con el muérdago/budín de ciruela/Santa Claus ha inspirado a un gran número de escritores de misterio, empezando con Arthur Conan Doyle y su La aventura del carbunclo azul, que implica un ganso de Navidad. Algunos de mis misterios preferidos son El collar de perlas de Dorothy Sayers, Asesinato en Navidad de Agatha Christie, y El día más corto: Asesinato en la celebración de Jane Langton. Mi preferida absoluta es la cómica historia de John Mortimer «Rumpole y el espíritu de la Navidad», que presenta a un viejo y gruñón Scrooge en la figura de un abogado, Horace Rumpole, y su maravillosa esposa, La Que Tiene Que Ser Obedecida.

Las comedias son probablemente mi tipo preferido de historias de Navidad. Me encanta La Navidad de Dancing Dan de Damon Runyon (en realidad me encanta todo lo que escribió Damon Runyon, y si nunca lo han leído, deben ir a ver inmediatamente Ellos y ellas. Lo mismo puedo decir de P. G. Wodehouse, cuyo Jeeves y el espíritu de la Navidad y Otra canción de Navidad son puro Wodehouse, lo cual significa que son indescriptibles. Si tampoco han leído nunca a Wodehouse, ¡no saben lo que se han perdido! Escribió más de un centenar de libros: empiecen con cualquiera de ellos). Tanto Runyon como Wodehouse equilibran sentimiento y cinismo, ironía, y el espíritu de la Navidad, la naturaleza humana y los finales felices, sin el menor paso en falso.

Y luego está El árbol de Navidad que no fue decorado de Christoher Morley, escrita claramente como reacción a El abeto de Hans Christian Andersen. Al contrario que Andersen, Morley comprende que la finalidad de la Navidad es recordarnos no solo el sufrimiento, sino también la salvación. Su historia duele, luego desespera. Y luego regocija.

Casi todas las grandes historias (de Navidad u otras) poseen ese terrible momento en el que todo parece perdido, cuando estás seguro de que las cosas no funcionarán, los tipos malos ganarán, la caballería no va a llegar a tiempo, y ellos (y nosotros) no nos salvaremos. El western navideño de John Ford, Los tres padrinos, posee uno de estos momentos. Lo mismo que El milagro de Morgan ‘s Creeky De ilusión también se vive, que considero las mejores películas jamás rodadas sobre la Navidad.

Lo sé, lo sé, Qué bello es vivir se supone que es la mejor película jamás rodada sobre la Navidad, con diez millones de exhibiciones y merchandising complementario. (La última Navidad vi una alfombrilla para ratón de ordenador Qué bello es vivir.) Y no estoy negando que haya algunas grandes escenas en ella (vean mi historia El espíritu déla Navidadsobre este tema), pero la película tiene auténticos problemas. Por una parte, el villano Mr. Potter todavía sigue suelto y sin castigar al final de la película, algo que ningún buen cuento de hadas permite nunca. El desagradable pequeño psicólogo en De ilusión también se vive es sumaria y muy apropiadamente despedido, y el fiscal del distrito, que después de todo solo está haciendo su trabajo, se arrepiente.

Pero en Qué bello es vivir no solo Mr. Potter queda libre, sin que su villanía sea detectada, sino que ha demostrado ya ser un villano vengativo y malicioso. Puesto que esto no funciona, intentará evidentemente alguna otra cosa. Y el pobre George se ve todavía enfrentado a acusaciones de malversación, que la última vez que la vi no desaparecen simplemente porque devuelvas el dinero, aunque el policía esté sonriendo en la última escena.

Pero para mí el peor problema me parece ser que el final depende de la bondad de la gente de Bedford Falls, algo que (en especial a la luz de los acontecimientos anteriores) parece más bien una proposición aleatoria.

De ilusión también se vive, por su parte, no confía en eso. La ironía del milagro (y, enfrentémonos a ello, quizá lo que realmente irrita mi alma es que Qué bello es vivir es una obra completamente desprovista de ironía) es que el milagro ocurre no a causa del comportamiento de la gente, sino pese a él.

Se supone que la Navidad se basa en la abnegación y la inocencia, pero hasta el mismo final de De ilusión también se vive, virtualmente nadie excepto Kris Kringle exhibe esas cualidades. Más bien lo opuesto. Todo el mundo, incluso el héroe y la heroína, actúa por un cínico y muy moderno egoísmo. El Santa Claus de Macy’s se va de juerga inmediatamente antes del desfile del Día de Acción de Gracias de Macy’s, Doris contrata a Kris para salir de un aprieto .y salvar su trabajo, y John Payne invita a la niña Susan a presenciar el desfile como una forma de conocer a su madre.

Y pese a los decididos esfuerzos de Kris Kringle de restablecer el auténtico espíritu de la Navidad en la ciudad, la cosa continúa. Macy’s y luego Gimbel’s siguen con la broma de recomendar otros almacenes, no porque crean en ella, sino porque significa más dinero. El juez en el caso de la cordura de Kris dictamina favorablemente solo porque quiere ser reelegído. Incluso los carteros que proporcionan el desenlace solo desean librarse de todas las cartas amontonadas en sus oficinas.

Pero pese a esto (en realidad, en una deliciosa ironía, debido a esto), con solo muy débiles vislumbres de humanidad de los jefes, y pese a lo irremediable que parece todo, el milagro de Navidad ocurre, exactamente en el momento previsto. Tal como se repite cada año.

Es esta capa de simbolismo lo que hace de De ilusión también se vive una película tan satisfactoria. Junto con su guión (de George Seaton) y su perfecto reparto (en especial Natalie Wood y Thelma Ritter) y todo un número de deliciosos momentos (Santa Claus cantando un villancico holandés al pequeño huérfano holandés y el desastroso episodio del chicle y la disgustada expresión de Natalie Wood cuando se le dice que debe tener fe aunque las cosas no funcionen). Además, por supuesto, del hecho de que Edmund Gwenn puede hacer que cualquiera crea en Santa Claus. Todo eso se combina para convertirla en la mejor película jamás rodada sobre la Navidad.

No, sin embargo, en la mejor historia. Ese honor pertenece a Dickens y su inmortal Canción de Navidad. El rumor de que Dickens inventó la Navidad no es cierto, como tampoco lo es, probablemente, la historia de que, cuando murió, una pobre niña vendedora ambulante sollozó: «¿Dickens ha muerto? Entonces, ¿también ha muerto la Navidad?» Pero debería serlo.

Porque Dickens hizo lo imposible: no solo escribió una obra maestra que captura la esencia de la Navidad, sino una que era lo bastante buena como para sobrevivir a su propia fama. Ha habido un millón, la mayor parte de ellas horribles, de versiones en cine, televisión y musicales, con Scrooge interpretado por todo el mundo, desde Basil Rathbone hasta el Fonz, pero ni siquiera el peor de ellos ha conseguido dañar la maravillosa historia de Scrooge y el Pequeño Tim.Una razón de que sea una historia tan grande es que Dickens amaba la Navidad. (Y no es extraño. Su infancia fue la de Oliver Twist y la Pequeña Dorrit combinadas, sin ningún abuelo cariñoso o Arthur Clennam a la vista. Toda su vida adulta debió de parecer como una gran Navidad). Creo que uno tiene que amar la Navidad para escribir sobre ella.

Por otra parte, sabía mucho acerca de la naturaleza humana. Recordar el pasado, ver realmente el presente, imaginar las consecuencias de nuestras acciones en el futuro, son la forma por la cual crecemos y cambiamos. Dickens conocía esto años antes de Freud.

También sabía mucho acerca de escribir. La trama es sensacional, los diálogos estupendos, y la frase que abre el libro: «Dígase para empezar que Marley estaba muerto…» es superada tan solo por «Llámame Ismael» como una de las grandes primeras frases de la literatura. Sabía también cómo terminar las historias, y que se supone que las historias de Navidad tienen finales felices.

Finalmente, la historia nos emociona porque deseamos creer que la gente puede cambiar. No lo hace. Todos hemos aprendido por la amarga experiencia (aunque probablemente no tan amarga como la de Dickens) que el mundo está lleno de avarientos y ladrones, que Scrooge sigue siendo Scrooge hasta el final, y nadie alzará un dedo para ayudar al Pequeño Tim.

Pero la Navidad es acerca de alguien que ¿reía, pese a las pruebas abrumadoras, que la humanidad es capaz de cambiar y digna de ser redimida. Y la historia de la Navidad de Dickens es de hecho «la» Historia de la Navidad. Y el endurecido corazón que se abre al final es el nuestro.

Si parezco apasionada (y a veces susceptible) acerca de las historias de Navidad, es porque lo soy. Me encanta la Navidad, con toda su complejidad e ironía, y me encantan las historias sobre la Navidad.

Hasta tal punto que llevo años escribiéndolas. Aquí están…, un puñado de historias acerca de coros de iglesia y regalos de navidad y vainas del espacio exterior, acerca de deseos que se hacen realidad de formas que no esperabas y deseos que no se hacen realidad y deseos que no sabías que tuvieras, acerca de estrellas y pastores, reyes magos y Santa Claus, muérdago y Qué bello es vivir y tarjetas de felicitación sobre papel recicla-do. Incluso hay un asesinato. Y una historia acerca de una Navidad Aún Por Venir.

Espero que les gusten. ¡Y espero que tengan una muy feliz Navidad!

diciembre 22, 2008

Bitácoras y Libros en Barcelona VIII, sexo con aroma navideño

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BLB

El pasado sábado se celebró la octava edición de Blocs i Llibres a barcelona / Bitácoras y Libros en Barcelona con los siguientes asistentes:

Sergi Bellver (Bitácora de Sergi Bellver)
Quiosquero y Quiosquera (Pies para quiosquero)
Iván Humanes (Últimas palabras)
Anna (Veleidades vitales)
Frida, (Porque el mundo me ha hecho así)
María José (32 líneas)
Musa Rella (Las tres musas)
Mezkal (Sumidero Mental)
Silvia (Tots a l’Agora, Contes al cove)
Vigo (La librería, Poemas en inglés, Poemas en francés)
Palimp (Cuchitril Literario)

(creo no dejarme a nadie)

Aunque el tema de los deberes era explícitamente sexual, el espíritu de la navidad se infiltró en nuestros corazones y resultaron tener un importante componente de ternura. En vez de detalles escabrosos y subidos de tono tenemos aventuras curiosas, graciosas y ligeramente eróticas. Al final tienen la lista, referencias a Terelu incluidas.

Fue un placer conocer a Sergi Bellver, al que agradecemos su presencia y reencontrarse con el núcleo duro de estas quedadas. Hacía tiempo que no nos veíamos y se echaba de menos. Tuvimos una cena tranquila porque inexplicablemente no había nadie más en el restaurante, pero para la copa posterior tuvimos problemas para encontrar sitio. Estar en buena compañía hace agradable incluso el estar dando vueltas. Repetiremos pronto, cuando nuestra musa particular vuelva de vacaciones.

No les entretengo más y voy a lo que realmente están esperando; los deberes:

(Aviso: salvo cuatro historias creadas para rellenar y preservar el anonimato todas son -o deberían ser- auténticas)

Era una noche de luna llena y aunque eso era lo que menos nos importaba, no estaba de más poder ver algo dentro de aquel coche. La cosa tenía su encanto. Romanticismo, caricias subiditas de tono, era nuestra primera vez… Nos había costado mucho encontrar aquel sitio tan escondido, detrás de unas casas de campo. Ladraban algunos perros, pero nosotros ajenos a lo que se nos venía encima hicimos oídos sordos. Todo crecía y tomaba dimensiones desconocidas. Crecía el deseo y todo lo demás. Ya se sabe. Pero de pronto la luz de una linterna alumbró el interior del vehículo como un rayo que nos cegó a los dos. Empezaron los temblores y los extraños abrieron la puerta. Una pareja de la guardia civil. No podía ser. Uno de ellos llevaba una espada láser de la guerra de las galaxias, o una porra iluminada. La cuestión es que nos hicieron salir del coche y nos pidieron la documentación y muy amablemente nos propusieron que continuáramos la noche juntos. Yo argumenté que mi coche era algo pequeño para los cuatro pero a ellos eso no pareció importarles. La verdad es que desde entonces tengo otra idea muy distinta de la guardia civil y de las porras iluminadas…


Salía con un tío desde hacía un par de semanas y me propuso jugar con una pluma. Me dio curiosidad. Me desnudó y me preguntó si quería que me atara. A tanto no llegué, me dio un poco de miedo pero prometí no moverme. Empezó a acariciarme con una pluma larga y blanca. Muy suavemente. Se veía que no era la primera vez que lo hacía ¡menudo arte! Las sensaciones son muy sutiles, demasiado. Te vas calentando tan poco a poco que ni lo notas, hasta que estás en la frontera de la excitación y el ¡cabreo! porque lo que quieres es sentir algo de verdad y no algo casi virtual. Como había prometido no moverme y soy cumplidora, aguanté. Aguanté las marejadillas de placer que me iban subiendo por las piernas, las sensaciones confusas que me iban invadiendo y el estar durante diez minutos a punto, casi a punto de llegar pero no del todo… rozando el climax una eternidad. De pronto, como si cayera de un décimo piso, me corrí. Probablemente duro un minuto, pero me pareció correrme durante media hora. Me dejó exhausta.

Edward Bulwer-Lytton lo dijo, pero yo lo confirmo: la pluma es mucho más poderosa que la espada.


Ella me pidió que no lo hiciera, que tenía miedo, que con su marido le dolía, que por ahí no.

No le hice caso, insistí, trabajé con varias armas, derribé sus defensas, la derroté a lengüetazos.

Entré.

Al final me pidió que no parara, sobre todo, que no parara, por ahí.


Creo que lo más raro que me han pedido nunca me lo pidió un antiguo ¿novio? A mí no me hubiera importado hacer las típicas escenitas de el paciente y la enfermera o el profesor y la alumna, pero me pidió que nos lo montáramos como si yo fuera Terelu y el Pipi Estrada. Lo que hay que oir. Accedí, pensando que se lo contaría a mis nietas -y mira por dónde me sirve para contarlo aquí. No daré detalles, pero os aseguro que oir ‘Terelu, Terelu’ mientras llegaba al orgasmo es una de las experiencias más extravagantes de mi vida. No duramos mucho, por suerte para mi salud mental. Cada vez que veo a Terelu en mira quien baila me acuerdo de él. Se estará poniendo las botas.


No es exactamente lo más raro que me han pedido en una relación sexual, pero servirá. Perdí mi virginidad de una forma bastante rara. Salí una noche con la que era entonces mi pareja por los locales del Born. Entramos en una especia de garito underground de donde recuerdo que había cuadros colgados de cuerdas como si de lámparas se tratase. La sala estaba prácticamente vacía. En un momento de calentón, vimos unas escaleras en un rincón y subimos, y allí inexplicablemente nos encontramos con una cama con forma de corazón. Posiblemente estaba allí para realizar algún tipo de performance. Nosotros nunca llegamos a la cama; nos quedamos en el camino. Hicimos “el amor” entre el espacio que separaba la escalera de la cama, mientras resonaba en el ambiente lo que comúnmente denominamos como música máquina. Estuvo divertido y todo fue bien. ¿Y que decir? Siempre será una anécdota inolvidable.


Lo más raro: una vez que me pidió sexo una persona que no estaba borracha. Ni drogada.


¿A quién se le habrá ocurrido que un servicio puede ser divertido para tener sexo? Si es el lugar más inadecuado, vamos.

Encima de la lavadora… con un calentador en la cabeza.

Sobre el inodoro… son demasiado bajos y no se puede uno/a mover a gusto.

En el lavabo… uno piensa que están pegados ¡solo están apoyados, señores!

En la ducha… Seguro estará imaginándose la escena del jacuzzi, pero no: hablamos de un piso de 35 metros cuadrados, con un cuadrito minúsculo donde cae el agua, que por algo le dicen “plato” de ducha y no “fuente” de ducha. Y claro, es lo más parecido a una pecera, y el sexo oral se convierte en una especia de ahogamiento, casi un método de tortura de Guantánamo. Y ni hablar de patinarse, o de que en invierno inevitablemente uno queda debajo del chorro de agua caliente y el otro no. Definitivamente el menage a trois es elitista, el día que me gane la lotería será lo primero que haré.


Mal hecho está el mundo que te da pan cuando no tienes dientes y una líbido activa las 24 horas cuando vives en casa de tus padres y no tienes ni un mal simca mil dónde hacer el amor. En esos casos la naturaleza viene al rescate, y no faltan lugares idílicos dónde puedes adentrarte de noche con tu pareja para echar un polvo ecológico. Ahí estábamos los dos, en pleno bosque, al pie de un hermoso árbol -muy aconsejable para apoyarse en ciertas posturas. Pero mi novia pensó que alguien podría tener la misma idea y que no le gustaría ver interrumpido el coito por la aparición de espontáneos. No digamos si en vez de otra pareja son mirones o cosas peores. Así que me propuso subirnos por las ramas. Las del árbol, se entiende. Cualquier tío está dispuesto a descender dos peldaños en la escala evolutiva si de follar hablamos, sin contar que una erección nos suele dejar con la inteligencia de una ameba. Así que trepamos, buscamos y encontramos una postura agradable, y dimos rienda suelta a nuestra pasión. En el kamasutra no hay consejos y en internet tampoco he encontrado nada, pero desde aquí hago un llamamiento a investigar este terreno inexplorado.


Los deberes de esta noche sí que me ponen en un verdadero apuro. Mis parejas siempre han sido personas bastante normales y ni siquiera bajo la influencia del alcohol suelen pedir cosas raras. Con esto no quiero decir que nunca haya explorado el sexo más allá de lo tradicional. Como ya he dicho, he tenido varias parejas e incluso he participado en tríos, tanto de dos hombres con una mujer como de una mujer con dos hombres. Por eso puedo hablar con conocimiento de causa tanto de cunnilingus como de felaciones, de “griegos” o de “cubanas”. Sin embargo, nadie me ha pedido nunca que le golpee con un látigo, o que le espose a la cama, o que le recite la alienación de un equipo de fútbol. Por eso, es una suerte que se mantenga el anonimato, ya que si no, me temo que suspendería el examen irremediablemente.


Me pidió verme mientras me masturbaba. No es muy raro, cierto. Pero le gustaba mirar mientras yo me acariciaba, cambiando de postura y cuando llegaba al orgasmo -casi olvidando su presencia- se tumbaba encima de mí y me penetraba ansioso. Una vez decidí montar el numerito por todo lo alto. Representaría que estábamos rodando una película pornográfica, él el director y cámara y yo la actriz. No teníamos cámara y tampoco lo hubiera permitido, así que él sólo imaginaba que tenía una. Compramos un consolador para darle más realismo. Empezamos más o menos como siempre, aunque estaba ridículo con su cámara invisible. Poco a poco nos fuimos metiendo en el papel, él dando indicaciones y yo mostrándome cada vez más lujuriosa. Nunca había usado un consolador, pero lo lamí como si fuera lo más apetecible del planeta. Lo hundí en mi sexo gimiendo como una perra en celo (no fue así, pero es más acorde con la imagen de una película pornográfica). El numerito duro tanto que cuando mi novio dejó de lado la cámara y vino conmigo a la cama no duró ni medio minuto. No me importó mucho ya había tenido dos orgasmos y estaba servida. Ahora me da pena no haber tenido cámara. Creo que mi actuación fue memorable, y digna de ser conservada.


Proponerme, lo que es proponerme, nunca me han propuesto nada. Digamos que, en este terreno, las cosas siempre han ido rodadas, un entendimiento, un acuerdo tácito, sin ruptura de continuidad. Quizá la única vez fue cuando… bueno, no sé como surgió la idea, o sí lo sé, lo propuse yo. “Mi fantasía sería hacer un trío”. Y allí estaba él/ella para cumplir todos mis deseos. “Se lo digo a alguien de confianza, a mi hermano/a. Quedamos en un bar para que le conozcas y si no te gusta no hacemos nada”. Viéndole podía imaginar a su hermano/a y pasé unos días cachondo/a perdido/a pergeñando el plan. Pero no pudo ser, mi fantasía me exigió derechos de antigüedad… y me quedé con ella: sabía que ella duraría más conmigo que yo con aquel/lla noviete/a.


Mi novia me planteó hacer un trío con otro tío. Me convenció con el cebo de que después haríamos uno con dos tías. Acepté y una noche nos lo montamos con un amigo suyo. Como a los dos nos daba cosa tocarnos en vez de trío tuvimos duos alternados y cuando me tocó a mi de ‘mirón’ tuve que aguantar como otro se tiraba a mi novia, mientras ella gemía de placer. Os juro que en mi vida he visto algo más excitante. Las emociones iban por otro lado, pero me puso la polla a punto de explotar. Con el tiempo lo dejamos, el otro tío no tuvo nada que ver, no sé si el trío quiso decir algo, pero yo todavía utilizo el recuerdo de aquella noche para masturbarme. Lo del trío con dos tías, maldita suerte, nunca llegó a realizarse.


No sé si por mi falta de perspicacia o por mi mala memoria lo cierto es que no recuerdo que nunca me hayan pedido nada raro, sexualmente hablando, y en la época de descubrimientos y novedades todo me parecía de lo más natural y lamentaba no haber sido yo quien cayera en la cuenta de aquello que me parecía de lo más obvio. Pero si puedo contar lo que me sucedió con un amante de temporada; no poeduo decir que fuera un joven imberbe más bien estaba en la frontera de los cuarenta, pero… Sólo sabía hacer el cunnilingus en la posición del 69, de forma que algo que suele ser de lo más divertido, al finalizar las emana se ha´bia convertido en pura rutina, así que me vi en la necesidad de enseñarle alguna variante. Un día, o una noche, o una tarde… le puse boca arriba, me arrodillé a la altura de sus orejas y… ya saben, le gustó tanto que al finalizar la semana siguiente me vi, de nuevo, en la obligación de enseñarle otra modalidad lingüística, habíamos caído de nuevo en la rutina, variante horcajadas.

Actualización: Anna nos proporciona las siguientes fotos del evento (click para ampliar).

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diciembre 21, 2008

Enrique Vila-Matas

Filed under: Audiovisual — Palimp @ 7:04 pm
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Los últimos domingos no he tenido mucho tiempo para subir la habitual entrevista, pero antes de las vacaciones navideñas quiero dejarles este programa de televisión cuyo protagonista es Enrique Vila-Matas. Está en catalán pero se entiende fácilmente. Hay demasiadas canciones y poca chicha, pero lo que cuenta está bien. Curioso -y muy de Vila-Matas- es la influencia que tuvo en su escritura Gombrowicz al que no había leído, pero que se imaginó lo que había escrito. Cuando por fin lo leyó no era lo que se había imaginado pero ya era tarde.

diciembre 20, 2008

Esta noche, BLB

Filed under: Noticias — Palimp @ 1:57 pm
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BLB

Como ya hemos anuciado esta noche celebramos el octavo encuentro de Bitácoras y Libros en Barcelona. Como remarcaba Neus esta es la cena de empresa de la blogosfera literaria de Barcelona. Están invitados.

He aprovechado para añadir a la lista del esclavo lector mis últimas adquisiciones. Aunque he intentado no comprar libros este año no lo he conseguido del todo. Otra vez mi lista de libros pendientes supera los 240. Tengo trabajo para este año que empieza. Hagan sus votaciones.

Las reseñas que he estado colgando estos días estaban escritas hace tiempo, pero últimamente no tengo mucho tiempo para escribir nuevas. Así que cuando se acaben es probable que su extensión se reduzca aún más. Pero seguiremos adelante.

diciembre 19, 2008

Ignacio Vidal-Folch. No se lo digas a nadie.

Filed under: Novela — Palimp @ 4:24 pm
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Editorial Anagrama, 1987. 126 páginas.

Ignacio Vidal-Folch, No se lo digas a nadie
Reportera intrépida

La primera novela de Vidal-Folch sigue la estela gamberra de El crimen no paga -un libro que tendré que releer algún día, porque era divertidísimo-.

Leda es una periodista con ambiciones pero de escaso talento. Mediante turbios manejos consigue que su jefe le permita hacer un reportaje, así que se adentrará en la cárcel Modelo -que ahora quieren convertir en hotel de lujo, por aquello de que la realidad supere a la ficción- buscando información interesante. Allí conocerá a Abdullah, que trabajaba de mensajero en una extraña compañía y que le descubrirá los trapicheos de la Barcelona nocturna.

Está escrito como si fuera la serie de artículos que Leda publica en el diario y los personajes sufren las consecuencias de las revelaciones de la periodista. Tiene la frescura y la gracia de sus relatos anteriores y encaja muy bien dentro de la línea canalla de la colección contraseñas, que echo de menos con nostalgia. Ahora Anagrama es demasiado seria.

Divertido, surrealista y más desaforado que sus novelas posteriores -aunque con la misma mala leche. Muy bueno.


Extracto:[-]

El ordenador de la Oficina Marítima verbalizó, sardónico: «No computable.» Y dije mi adiós a los guanos. Pero no me afectó el contratiempo, sino que rumiaba: «Zote, ¿quién te apremia a doblar el lomo, si ello es verano, tú, joven, y tu condición la de nuevo en plaza? Y la mar de jocundo subí las Ramblas, en cuyas historiadas esquinas docenas de señoritas (quizá apostadas por el Ayuntamiento para dar cortés recibida a los turistas) me agasajaron con rica muestra de sonrisas y sugestivos caderazos; deferencias a las que correspondí besando las aceras y bramando «Viva España, Visca Catalunya» cada cien metros, hasta encontrar en los asquerosos aledaños de la plaza Real una pensión clavadita a «La Sórdida»: aquí en el vestíbulo, las mismas chinches y agria fetidez; acá tras el mostrador, parejo posadero corpulento, rubicundo de vino e irritable; al fondo del lóbrego pasillo, otro huésped pálido de huidiza mirada que camina frotando las paredes con la manga; y doquiera, roña fermentada, e inmundicia, y fracaso. Ya digo: me sentí como en casa.

Firmé en el libro de registro, pagué, y una vez el posadero me hubo asignado litera en una alcoba cuartelaria, volví a salir en busca de trabajo. Durante las primeras semanas, mi única ocupación fue leer las ofertas de empleo en la prensa, y pasear en autobús, a la descubierta por Barcelona. Practicaba un magnífico sistema de ahorro: no comer; el ayuno me hizo hipersensible, y cualquier cosa —un rótulo de tráfico, unas hojas muertas, un resplandor fugaz…— me revelaba el hondo sentido de la vida. El tiempo se detuvo en plácido letargo.

—¿Y con ese palmito que te gastas no te salió ningún empleo? ¡Vamos, anda!

—Cierta multinacional requería un ingeniero técnico industrial con espíritu emprendedor y experiencia probada en gestión financiera, mejor si miembro del Opus; mi retrato robot. Ofrecían integrarme en un equipo joven y dinámico así como un sueldo de aquí te espero. Pero al carecer de padrinos y papelotes burocráticos… ¡me rechazaron! ¿Para cuándo la revolución?… Postulé en vano a una docena de trabajos. Con la invernía, el tiempo volvió a ponerse en marcha y pobreza asomó su negro morro. Se desvaneció aquel cariz lírico de los paseítos en autobús. Contemplar las bellezas de Barcelona, fastuosas e infinitas como las yerbas de las playas, devino asaz latoso. Y el ayuno controlado y ahorrativo se trocó en un hambre lobuna que me descarnó. Fui un esqueleto mondo que se desvanecía por las calles.

Y cada noche, tras doce horas de callejeo sin un amigo a quien hablar, las tripas aullando a muerto, y todo yo hecho intensísimo deseo de catre, de sueño y de olvido, cuando volvía a la pensión, el posadero intratable me restregaba por la cara una factura cada semana más luenga, impetrando su satisfacción con grosería inmunda. Para esquinarle, yo solía aguardar hasta las dos de la madrugada en un banco de la vecina plaza de la Iniquidad: a esa hora, el posadero era relevado por el conserje nocturno: un viejo a cuya modorra todo le daba un comino, y medio comino el que yo pagara o no el catre.

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