Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 27, 2009

Robert L. Wolke. Lo que Einstein le contó a su barbero.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 10:06 am
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Tit. Or. What Einstein told his barber. Trad. Luis Crespo Mejía, revisión técnica Pedro Crespo.

Robert L. Wolke, Lo que Einstein le contó a su barbero
Respuestas precisas

Normalmente no suelo leer libros de divulgación con títulos como éste por prejuicios elitistas. Pero un amigo lo estaba leyendo y me lo dejó prestado. En buena hora. Lejos de ser una compilación descafeinada de tonterías más o menos científicas es un título más de una serie que, si todos son así, es de alta categoría.

Debe serlo cuando otro amigo, ingeniero nuclear, me comentó que los tiene todos. Yo sólo puedo opinar de éste, pero me ha encantado. La estructura es sencilla; se plantea una pregunta (v.g. ¿Por qúe las armas hacen girar las balas? ¿Cuan alta debe ser la alta tensión para ser un peligro serio?) y el autor la responde. Sencillo y eficaz.

Sobre todo cuando se combina rigor y amenidad. Robert L. Wolke hace gala de un sentido del humor envidiable, y escribe muy bien. Esa es la mitad del éxito de estos libros. La otra mitad es la selección de preguntas y lo bien documentadas que están.

Asequible para todo el mundo responderá alguna de sus dudas y otras que les resultarán curiosas. Muy recomendable.

Escuchando: Los de siempre. Mama Ladilla.


Extracto:[-]

Si pudiera conducir mi coche más rápido que la velocidad del sonido, ¿todavía podría oír la radio?

Tal como insinúa la pregunta, esto se trata puramente de un ejercicio de «¿qué pasaría si…?». Los automóviles, por supuesto, no se construyen con la suficiente robustez ni aerodinámica como para superar la velocidad del sonido o como para soportar el esfuerzo físico de la barrera del sonido (véase pág. 172). Pero es divertido pensar sobre ello. La respuesta es simple: sí.

O bien podría haber planteado una pregunta diferente que hubiera zanjado el asunto: en el avión supersónico Concorde, ¿pueden conversar los pasajeros? A esos precios, más les vale. Pero ¿cómo, si están viajando más rápido que el sonido?

Incluso si usted estuviera conduciendo más rápido que la velocidad del sonido, está en un coche y la radio y sus aterrados pasajeros estarían todos moviéndose a exactamente la misma velocidad relativa con respecto al paisaje. Por decirlo de alguna manera, están todos en el mismo barco. En lo que concierne al sonido, lo importante es darse cuenta de que usted y la radio y el aire que hay en medio no se están moviendo el uno respecto al otro; la radio tiene la misma relación espacial con usted que si el coche estuviera quieto. Emite ondas de sonido a través del aire del coche a sus oídos con la velocidad del sonido como si nada inusual estuviera ocurriendo, puesto que dentro del coche nada inusual está ocurriendo. De hecho, si el velocímetro y las ventanas se cubriesen (Dios lo ayude), no podría ni siquiera saber que se está moviendo excepto por el ruido y la vibración del viento y las ruedas (véase pág. 248).

¿Y qué pasaría si estuviera conduciendo un coche descapotable supersónico sin parabrisas y el altavoz de la radio estuviera en la parte trasera? ¿Todavía podría oírla? No. Ni siquiera considerando los efectos del viento en sus pobres y maltratadas orejas y cerebro sería capaz de oír la radio. Las ondas de sonido del altavoz están siendo transmitidas por el aire hacia usted a la velocidad del sonido, pero el aire mismo (el medio de transmisión para el sonido) se está moviendo hacia atrás aún más rápido. De modo que el sonido nunca lo alcanzará. El sonido es como un barco de remos remanda corriente arriba más lento que el agua que fluye corriente abajo.

Por cierto, la radio recibe sus señales mediante ondas de radio, no ondas de sonido, y las ondas de radio viajan a la velocidad de la luz, que es un millón de veces más rápida que la velocidad del sonido. Así que cualquier movimiento de su coche claramente no va a tener ningún efecto en la capacidad de la radio para sonar.

Pero ¿qué hay de los sonidos que emite su coche? ¿Qué oiría una vaca junto a la carretera? (Espero que no esté haciendo esto por las calles de la ciudad.)

Los sonidos que emite su coche, ya sean de la radio, ruedas, motor o gritos de los pasajeros, están siendo enviados en todas direcciones a la velocidad del sonido. Pero se está usted acercando a la vaca más rápido que eso: está realmente adelantando su propio sonido. Conforme su coche se acerca a la vaca, ella no puede oír nada de los ruidos del coche que lo persiguen hasta justo después de que pase, momento en el que oirá un boom sónico (véase pág. 172) y todo el ruido del coche. Observe que si está adelantando al sonido no será capaz de oír nada que venga detrás de usted, porque esos sonidos no pueden atraparlo. Por eso puede ver las luces intermitentes de ese coche de policía que lo persigue, pero no puede oír la sirena. Aunque dudo que el agente acepte eso como excusa.

febrero 26, 2009

Eduardo Angulo. Monstruos.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 8:48 am
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451 editores, 2007. 248 páginas.

Eduardo Angulo, Monstruos
Aquí hay monstruos

En mi paso por Papel en blanco escribí sobre la editorial 451 y su propuesta de reinventar los clásicos. Una de sus colecciones se titula 451.jpg y se dedica a:

Ensayos ilustrados con cuidado artesanal, atractivos e inquietantes. Libros de lectura ágil que dejan poso.
El discurso se llena de color. Para quienes intuyen que en el origen de cada historia hay una imagen, y en el origen de cada imagen hay una historia.

El primer título es este Monstruos un recorrido por los más famosos animales de la literatura acompañados por una exquisita selección de fotografías e ilustraciones de bestiaros medievales.

Desde que el hombre es hombre ha encontrado monstruos en todas partes. Los relatos de viajeros aparecían salpicados de descripciones de bestias extrañas y maravillosas. Ahora que el mundo está totalmente explorado ¿hay lugar para la sorpresa? Pues sí, porque la criptozoología se dedica al estudio de animales desconocidos para la ciencia pero presentes en la mitología y el folclore.

No son pocos. Desde el monstruo del lago Ness hasta el Yeti pasando por el chupacabras los mitos se resisten a morir. El autor analiza cada uno de los casos a la luz de la ciencia y saca a flote lo que hay en realidad: nada. Muchas veces se ha visto y fotografiado a Nessie, pero cuando se ha explorado el lago con instrumentos modernos no se ha encontrado ningún animal, mucho menos la pequeña población que sería necesaria para mantenerse en el tiempo. Tampoco hay pruebas de la existencia del Yeti, pero en Estados Unidos mucha gente cree en la existencia del BigFoot, un pariente. Las pruebas son escasas y en muchos casos son fraudes declarados, pero el BigFoot Research Project sigue investigando. Como dice el autor, que en el país con la mejor teconología de vigilancia militar y civil puedan esconderse con tanto éxito grupos de Pies Grandes parece bastante increíble.

Pero los criptozoólogos no desisten ¿Acaso no se encontró al Celacanto, que se creía extinguido? ¿No se admitió al hombre de Piltdown, que era un fraude? También da respuesta el autor a estas preguntas. En el caso de animales como el Celacanto o el Okapí su descubrimiento, aunque inesperado, siguió los cauces de la ciencia normal, sin ningún tipo de misterio. En el caso de Piltdown el fraude se mantuvo un tiempo, pero al final se descubrió. Porque el funcionamiento de la ciencia hace que tenga la capacidad de corregirse cuando las pruebas así lo indican. Algo que no pasa en la investigación de animales fabulosos; por muchas pruebas que haya en contra nunca pierden la esperanza.

El libro pasa la prueba del algodón escéptico. Los temas están tratados con rigor científico y no se deja ninguna puerta abierta al pensamiento mágico del tipo esto queda sin explicación. El autor es biólogo, conoce el tema, y sabe poner el dedo en la llaga. Con todo, al contrario que en otros libros de divulgación escéptica, no es agresivo; se limita a exponer los hechos y a explicar por qué las pruebas no son suficientes. Algo que es de agradecer y que sin duda conseguirá convencer a mucha gente.

El único defecto es que los textos que acompañan a las ilustraciones están en un lado en vez de debajo. Queda muy bonito, pero es muy incómodo de leer; tienes que estar girando el libro a cada rato.

Dada la escasez de libros con este talante sólo podemos felicitar a la editorial 451. Podía haber publicado un libro al uso, lleno de cosas misteriosas pero se ha decantado por la ciencia. Gracias.

Escuchando: Loomer. Japancakes.


Extracto:[-]

Tal vez cuesta aceptar la existencia del Yeti porque nos creemos únicos, pero, por otra parte, necesitamos fabricarnos hombres salvajes para que nos asusten. Sin embargo, queremos seguir estando solos. Cuesta aceptar que debamos compartir nuestro mundo con otros a los que siempre consideramos diferentes y, por supuesto, inferiores. Según Helmut Loofs-Wissowa, criptozoólogo suizo que trabaja en Australia y es especialista en hombres salvajes de Viet-nam y Laos, este deseo de estar solos ya aparece documentado en la zoología del siglo xvm, aunque indudablemente es una tendencia cultural muy anterior. En la décima edición del Systema Natu-rae de Linneo, publicada en Uppsala en 1758 y libro clave en la literatura zoológica de todos los tiempos, se incluyen dos especies de Homo: sapiens, es decir, nosotros, y troglodytes, que es el actual orangután. Quizá estos sean los gigantes que Antonio Pigafetta encuentra en la Patagonia durante el viaje de Magallanes alrededor del mundo iniciado en 1519. Dice de uno de ellos que «era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura».

Darwin, en su viaje en el Beagle, visita los mismos lugares y también encuentra a los gigantes patagones, pero los disminuye hasta una altura más aceptable, unos 1,80 metros.
[...]
Pero la leyenda no se rinde. Con pocos datos y escasos materiales, la criptozoología crea una nueva leyenda sobre la antigua tradición. Como la especie real y aceptada es un calamar pelágico, la nueva leyenda se centra en un pulpo bentónico que, además, será mucho más difícil de encontrar si su habitat es a gran profundidad. Para los criptozoólogos, si no se puede demostrar que algo no existe, es que existe. Para los científicos es al contrario, mientras no se demuestre que existe, es que no existe.

¿Por qué no murió la leyenda con el nacimiento del Architeuthis? ¿Por qué nació otra criatura basada solamente en las tradiciones de los pescadores de unas islas y en dos cadáveres medio descompuestos? ¿Qué necesidad de asombro escondemos que no deja morir una leyenda? Y para que la leyenda perdure, hay que torturar la ciencia y retorcer hasta límites inaguantables el método científico; al final, el método se rompe y la criptozoología se convierte en una pseudociencia. Después de destrozar la metodología de la ciencia tradicional, solo queda un simulacro de ciencia, una verborrea circular y por ello sin fin, un humor amargo, la descalificación del desacuerdo, un sentimiento de persecución sin fin, una meta que nunca se alcanza pues no existe. Lo que más desea un criptozoólogo, y lo que más le repele es el reconocimiento de la ciencia oficial. Si la aceptación llega será porque su ciencia ya no existe, pues se incluiría en la ciencia oficial. Si alguna vez ocurriera, la criptozoología perdería la base principal de su existencia. Pero nunca llega; es su destino, la periferia, siempre la periferia de lo tolerable, bordear la obsesión, a veces rozar la locura.

febrero 25, 2009

Sarah Kane. Ansia – 4.48 Psicosis.

Filed under: Teatro — Palimp @ 8:27 am
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Editorial Losada, 2006. 154 páginas.
Tit. Or. Crave – 4.48 Psychosys. Trad. Rafael Spregelburd.

Sarah Kane, Ansia - 4.48 Psicosis
Destrucción

Me gusta el teatro pero no voy, así que sólo me queda leerlo. Siempre ando a la busca de nuevos autores, y mi amigo Vigo me puso los dientes largos con esta entrada: Sarah Kane o revienta. Por suerte no fue difícil encontrala.

La primera sorpresa del teatro de Sarah Kane es, precisamente, su falta de teatralidad. Como se dice en el prólogo:

La escritura de Kane es sincrónica con las nuevas formas de registrar literariamente el acontecimiento escénico y con el desafío para los directores de descubrir teatralidad en lo aparentemente no teatral.

En Ansia todavía hay cuatro personajes que tienen un discurso, pero 4.48 Psicosis es un largo monólogo que apenas se diferencia de una poesía. Ha pasado mucho tiempo desde que los autores teatrales dejaban largas acotaciones sobre como se debería plasmar su obra en escena.

Cuando leo obras como esta lo primero que pienso es ¡Ay del que tenga que montar esto!. Porque lo que se encuentra el director es una serie de textos difíciles de colgar. Tanta libertad puede ser atractiva, pero también todo un reto. Las cuatro voces de Ansia tienen ritmo y una música propia que permiten construir algo pero para montar 4.48 Psicosis hace falta tener imaginación y mucho temple.

El texto lo vale, es estremecedor leer esto:

¿Tienes algún plan?

Tomar una sobredosis, cortarme las muñecas y después colgarme

¿Todo junto?

No podría interpretárselo erróneamente como un pedido de auxilio.

Después de haber leído en el prólogo esto:

Psicosis 4:48 no es sólo la última obra que escribió Kane, sino su intensa carta de despedida al amor, la vida, la muerte y sobre todo al dolor inevitable detrás de los tres. Sólo meses después de terminar esta pieza y cansada ya de soportar el infierno de una depresión que se negaba a abandonarla, Kane ingirió una sobredosis de barbitúricos esperando acabar para siempre con su sufrimiento. Rescatada a tiempo por los paramédicos, la joven autora fue resucitada y dada de alta. De regreso en su casa, Sarah Kane se subió a una mesa con una cuerda y se ahorcó en una viga de su departamento, silenciando para siempre a sus crueles demonios y a la que se transformaba en una de las voces más importantes del teatro contemporáneo.

Una obra que merece ser conocida.

Sólo he encontrado datos suyos en la wikipedia inglesa: Sarah kane, aunque pueden leerse cosas interesantes en otros sitios: Escritoras y pensadoras: Sarah Kane y El teatro feroz de Sarah Kane

febrero 24, 2009

Bruce Sterling, Mirrorshades, una antología ciberpunk.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 9:21 am
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Ediciones Siruela, 1998. 314 páginas.
Tit. Or. Mirrorshades: the cyberpunk anthology. Trad. Andoni Alonso e Iñaki Arzoz.

Bruce Sterling, Mirrorshades
Gafas de espejo

Soy amante del Punk y del Ciberpunk, aunque sean dos cosas que no tienen nada que ver. Mirrorshades es una antología mítica del género escrita en 1986 y que he leído veinte años después. Contiene los siguientes relatos:

El Continuo De Gernsback. William Gibson.
Ojos De Serpiente. Tom Maddox.
Rock On. Pat Cadigan.
Cuentos De Houdini. Rudy Rucker.
Los Chicos De La Calle 400. Marc Laidlaw.
Solsticio. James Patrick Kelly.
Petra. Greg Bear.
Hasta Que Nos Despierten Voces Humanas. Lewis Shiner.
Zona Libre. John Shirley.
Stone Vive. Paul Di Filippo.
Estrella Roja, Órbita Invernal. Bruce Sterling Y William Gibson.
Mozart Con Gafas De Espejo. Bruce Sterling Y Lewis Shiner.

Leer antologías punteras con decadas de retraso no ayuda mucho a evaluarlas objetivamente. Me pasó con Visiones peligrosas que no me lo parecieron tanto, y me ha pasado con esta antología. Hay relatos bastante flojos.

Pero otros -algunos de los cuales ya había leído en otras antologías- son soberbios. , donde un fotógrafo es capaz de ver un futuro dónde las ciudades de las portadas de las revistas de ciencia ficción de los años veinte se han hecho realidad, es poesía pura. Además de una interesante reflexión. El surrealismo delirante de Petra sigue teniendo su fuerza veinte años después. Estrella Roja, Órbita Invernal es un anticipo en toda regla de la web 2.0, aunque ambientado en el espacio. Tierno, además. Mozart Con Gafas De Espejo da la vuelta a la imagen de los universos paralelos e incluye otra vuelta de tuerca más.

Los cinco o seis relatos magníficos salvan por completo el volumen entero. No es un clásico de la ciencia ficción por nada.


Extracto:[-]

Kihn peinó su pelo rubio con entradas y salió a ver lo que Ellos habían tenido que decir últimamente en la frecuencia del radar; corrí las cortinas de mi habitación y me tumbé en la oscuridad con el aire acondicionado funcionando para seguir preocupándome. Todavía estaba en ello cuando me desperté. Kihn había dejado una nota en mi puerta; volaba hacia el norte en un avión chárter para comprobar un rumor acerca de la mutilación de ganado (los «mutis», los llamaba él, otra de sus especialidades periodísticas).

Me fui a comer, me duché, tomé una pastilla para adelgazar medio desmigada, que había estado dando tumbos por mi estuche de afeitado durante tres años, y me dirigí a Los Ángeles.

La velocidad limitaba mi visión al túnel formado por los focos delanteros de mi Toyota. El cuerpo podía conducir, me dije a mí mismo, mientras la mente aguantara. Aguantara y se apartara de la visión alterada por las anfetaminas y el cansancio de las ventanillas laterales, de la vegetación espectral y luminosa, que crece en el rabillo del ojo de la mente a lo largo de las autopistas a media noche. Pero la mente tiene sus propias ideas, y la opinión de Kihn sobre lo que había pensado que era mi «visión» giraba interminable en mi cabeza en una corta órbita circular. Fantasmas semióticos. Fragmentos del Sueño de Masas, en torbellino tras la estela de mi ruta. De alguna forma, este bucle retroalimentado agravó el efecto de la píldora adelgazante, y la fugaz vegetación a lo largo de la carretera comenzó a tomar los colores de las imágenes infrarrojas de un satélite, mientras semillas fosforescentes se desprendían por el rebufo del Toyota. Me hice a un lado y una media docena de latas de cerveza me lanzaron un guiño de buenas noches cuando apagué las luces. Me pregunté qué hora sería en Londres, e intenté imaginarme a Dialta Downes tomándose el desayuno, entre figurillas aerodinámicas de cromo y libros sobre cultura americana.
Las noches del desierto, en ese país, son enormes. La luna está más cerca. La miré durante un buen rato, y decidí que Kihn estaba en lo cierto. Lo principal era no preocuparse. A diario, por todo el continente, gente mucho más normal que lo que yo nunca he aspirado a ser veía pájaros gigantescos, yetis, refinerías de petróleo volantes… Eso era lo que le daba trabajo y dinero a Kihn. ¿Por qué debía estar molesto por un fragmento de la imaginación pop de los treinta que andaba suelto sobre Bolinas? Decidí ir a dormir con nada peor de qué preocuparme que las serpientes de cascabel y los hippies caníbales, a salvo entre la basura de la cuneta de mi propio «continuo» familiar. Por la mañana bajaría a Nogales y fotografiaría los viejos burdeles, algo que había querido hacer durante años. La píldora de adelgazamiento había dejado de dar guerra.

Una luz me despertó, y luego lo hicieron las voces.

La luz venía de algún lugar detrás de mí y arrojaba sombras saltarinas dentro del coche. Las voces eran serenas, impersonales, un hombre y una mujer enzarzados en una conversación.
Mi cuello estaba rígido y sentía los globos oculares rozar contra las cuencas. Una pierna se me había dormido apretada contra el volante. Palpé en el bolsillo de mi camisa de faena buscando las gafas hasta que finalmente las encontré.

Luego miré hacia atrás y vi la ciudad.

Los libros de los años treinta estaban en el maletero; en uno de ellos había bocetos de una ciudad idealizada inspirada en Metrópolis y Things to Come, pero lo mostraban todo ascendiendo hacia unas perfectas nubes de arquitecto, además de puertos para zepelines y agujas de delirante neón. Esa ciudad era un modelo a escala de la que tenía a mis espaldas. Un chapitel sucedía a otro como en los escalones de un resplandeciente zigurat, subiendo hasta la torre central de un templo dorado que estaba rodeado por los locos anillos de radiador de las gasolineras de Mongo. Se podía ocultar el Empire State Building en la más pequeña de esas torres. Carreteras de cristal se elevaban entre las agujas, atravesadas y vueltas a atravesar por suaves formas plateadas, como gotas de mercurio derramándose. El aire estaba abarrotado de naves, gigantescas alas voladoras, minúsculos objetos plateados en forma de flecha (en ocasiones, una de esas rápidas formas plateadas se elevaba grácilmente en el aire, desde los puentes celestes, y volaba hacia arriba para unirse al baile), aeróstatos de una milla de longitud, cosas en forma de libélula que parecían autogiros…

Cerré los ojos con fuerza y me di la vuelta en el asiento. Cuando los abrí, me esforcé en ver el cuentakilómetros, el blanco polvo de la carretera en la guantera de plástico negro, el desbordado cenicero. Los cerré.

febrero 23, 2009

Carlos Maza, Salvador Alario e Iván Humanes. 101 Coños.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 8:29 am
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Asociación cultural Grafein, 2008. 144 páginas.
Ilustraciones de Vanesa Domingo

101 Coños
Exquisita variedad

Es una suerte conocer en persona a Iván Humanes, uno de los autores de este excelente libro, lo que me ha permitido no pasarlo por alto. 101 coños hace honor a su título; 101 piezas breves alrededor del sexo femenino. Microrelatos, piezas poéticas, reflexiones en prosa; textos cuidados que van más allá de la provocación alcanzando -perdón por el chiste involuntario- una profundidad insospechada.

No diré que todos son magníficos -entre tantos de todo tiene que haber- pero muchos lo son, y en general son muy buenos. Las ilustraciones acompañan muy bien y el libro se convierte en una pequeña obra de arte, muy bien editada.

Al final tienen una mínima selección para que se hagan una idea. Mis elogios son sinceros y no tiene nada que ver mi amistad con uno de los autores. Al revés, cuando presté el libro a un amigo mío me lo devolvió diciendo ¿De verdad conoces a uno de los escritores?. Siempre que cuento alguno de estos textos el público los recibe muy bien.

Seguro que todavía puede encontrarse. Búsquenlo, merece la pena.


Extracto:[-]

—¡Ábrete, Sésamo! —dijo Alí. Y el coño se abrió. Lunas después ella le confesaría que habían sido bastantes más de cuarenta los ladrones en entrar antes ahí.

Con Internet llegó también la democracia a la contemplación, rápida y sin contem­placiones. Claro está que no es lo mismo verlo en la pantalla de un ordenador que delante de uno, vivito y coleando, como quien dice; poder olerlo, acariciarlo, probarlo. Y el mecanismo de la excitación no depende tanto del “elemento privado” en particular, o al menos no en su mayor parte, sino de la circunstancia que rodea su aparición. Les pongo un ejemplo y prometo dejarles en paz: hace unos días estaba esperando la salida de mi avión en el Tegel de Berlín cuando se sentó enfrente de mí una joven de unos veinte y pocos. Llevaba una falda algo corta y cuando separó las piernas observé que no llevaba ni tanga ni bragas. La luz en el aeropuerto era diáfana y la distancia entre ella y yo corta, de modo que pude observar claramente aquel cono depilado contrayéndose mientras ella comía un bocadillo. Los días anteriores los había pasado en compañía de una amiga berlinesa y he de decir que no había tenido poco sexo, al contrario, mucho y bueno. Pero en aquel momento tuve que meterme en uno de los servicios del aeropuerto y masturbarme. Hoy es el principal recuerdo de mi viaje y, por supuesto, el que cuento a todo el mundo.

Eva le dio a Adán la manzana con que la serpiente pretendía tentarlo, pero él prefirió el higo.

Los oiremos pasar, los verás pasar, y trenzaremos piernas, liaremos brazos y uniremos sexos, haciendo nacer de la nada el árbol milenario. Ellos se posarán en nuestras ramas (tejemos mundos, no lo olvides; ellos unen aire). Los monos que duermen en las copas del árbol saldrán del sueño y a mordiscos querrán destrozar a las aves celosas. Cada segundo se ajustará a sus graznidos, si somos débiles: el follaje entristecerá. Nos mirarán. Seremos dos y ellos. Y esperaremos a que se vayan y nos dejen otra vez solos, con los monos —vigilantes eternos— durmiendo el universo, para que tú y yo construyamos un árbol más grande, para que del árbol nazca una selva inmensa bien enredada, infinita, que cubra el mundo de negro, tape el cielo, y cante nuestra victoria sobre el vuelo cruzado de las aves.

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