Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 22, 2009

Julio Cortázar. Todos los fuegos el fuego.

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Editorial RBA, 2008. 140 páginas.

Julio Cortázar, Obras Completas
Decir adios

Otro de los grandes escritores de esta colección, para mí, en concreto, el más grande. Ya lo he comentado en alguna otra ocasión (Julio Cortázar) y es una alegría tener sus obras completas.

En este libro se incluyen los siguientes cuentos:

La autopista del sur
Un atasco en la autopista dura varios días, hasta el punto de tener que organizarse para conseguir agua y comida.

La salud de los enfermos
Para evitar que la enfermedad de su madre empeore, la familia le oculta la muerte de uno de sus hijos.

Reunión
Una guerrilla ha desembarcado en la isla. El protagonista (espoiler) es el propio Che: La revolución más profunda y Che Cortázar.

La señorita cora
Un quinceañero de buena familia se somete a una rutinaria operación de apéndice y será asistido por una joven enfermera.

La isla a mediodía
Un asistente de vuelo se obsesiona con una isla que se ve en el mediterráneo al mediodía, hasta el punto de decidir ir a visitarla.

Instrucciones para John Howell
Al asistir a una obra de teatro a un espectador le obligan a participar como uno más de los actores bajo oscuras amenazas.

Todos los fuegos el fuego
Separados por dos mil años de distancia dos triángulos amorosos -uno en el antiguo imperio romano y otro en la actualidad- comparten destino común.

El otro cielo
Antes de su boda un joven descubrirá el paraiso en el barrio de alterne, asustado por la sombra de un asesino de prostitutas.

Si hay un eje común en todas las historias es la pérdida de algo: un ser querido, un conocido, el paraíso. Cuando leí La autopista del sur, hace ya veinte años, me impactó su final, que nunca he olvidado. También recordaba bien La señorita cora, todo tristeza. Igual melancolía provoca El otro cielo, entrada en el mundo adulto y sustitución del cielo por un purgatorio gris.

Junto con la misteriosa La isla a mediodía son mis cuatro relatos preferidos. Todos los fuegos el fuego es un título imponente, pero nunca me ha emocionado, a pesar de sus reminiscencias borgianas. Parecido planteamiento tiene -creo recordar- Noche boca arriba y está mejor resuelto.

Cortázar es bueno y además muy asequible. Para leer y releer hasta el fin de los tiempos.

Descárgalo gratis:

Julio Cortazar – Todos los fuegos el fuego.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Y sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí nomás asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos. Esto tengo que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en la mesa de operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre con esa carucha arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría hacer para que no me pase eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, qué sé yo. Se debe haber ido furiosa, estoy seguro de que escuchó perfectamente, no sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le pregunté si podía llamarla Cora no se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación pero no estaba enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes, primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder. Ahora estamos peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de pastillas. La barriga me duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan liso, lo malo es que me vuelvo a acordar de todo y del perfume de almendras, la voz de Cora, tiene una voz muy grave para una chica tan joven y linda, una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada. Cuando oí pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería verla, no me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una mano tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la cama. Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. “A ver, m’hijito, bájese el pantalón y dese vuelta para el otro lado”, y el pobre a punto de patalear como haría con la mamá cuando tenía cinco años, me imagino, a decir que no y a llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre no podía hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos debajo de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador en la cabecera, tuve que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco el trasero para correrle mejor el pantalón y deslizarle una toalla. “A ver, subí un poco las piernas, así está bien, echate más de boca, te digo que te echés más de boca, así.” Tan callado que era casi como si gritara, por una parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de nuevo me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera castigando por lo que me había dicho. “Avisá si está muy caliente”, le previne, pero no contestó nada, debía estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la cara y por eso me senté al borde de la cama y esperé a que dijera algo, pero aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra hasta el final, y cuando terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: “Así me gusta, todo un hombrecito”, y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más posible antes de ir al baño. “¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta que te levantes?”, me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle que era lo mismo, algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y entonces me tapé la cabeza con las frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto que nadie, nadie puede imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le clavaba un cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me había hecho.

febrero 21, 2009

Stefano Benni. ¡Tierra!

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Círculo de lectores, 1987. 290 páginas.
Tit. Or. Terra!. Trad. Joaquín Jordá.

Stefano Benni, ¡Tierra!
Paraiso ahora

Comenté en esta entrada: La última lágrima ser admirador de este libro. Tras la decepción de esa última lectura tenía ganas de releerlo para ver si en su momento me gustó porque ahora soy un morro fino o porque la calidad de ¡Tierra! es superior. Ha resultado esto último.

La tercera guerra mundial estalla por una tontería, y después vienen tres guerras mundiales más. Todos viven bajo un invierno nuclear, apenas tienen energía -a excepción de los jeques árabes- y las perspectivas son muy negras. Pero un cosmonauta loco ha enviado un vector con información sobre un planeta muy parecido a la tierra donde podría trasladarse la humanidad. Se manda una expedición en su busca, que será seguida por una astronave japonesa y otra árabe. Mientras sufren mil y una peripecias en el espacio, en la tierra el ordenador más inteligente del mundo, un niño prodigio y un chino anciano excavan las ruinas de Cuzco en búsqueda de una misteriosa fuente de energía.

Cuando lo leí hace años me pareció que la trama de ciencia ficción era previsible. Realmente lo es, pero no es lo importante. Es sólo una excusa para desarrollar una multitud de historias que se entrecuzan, apilar referencias y parodias, jugar con el lenguaje y crear páginas de auténtica diversión. Con más años en mis espaldas entiendo más cosas, los jóvenes de 20 años nos creemos muy listos.

Al leer me daba cuenta que recordaba casi todas las historias. Supongo que algo querrá decir. Para que se hagan una idea me extenderé con los fragmentos -que además pueden degustarse por si solos. Por ejemplo, la versión espacial de Robin Hood:

-¡Calla, provocador! Nuestro lema en aquellos tiempos era: robar a los ricos para dar a los pobres. Asaltábamos las naves que transportaban oro a las bases espaciales. Después de lo cual llevábamos el botín a los mineros de los planetas apagados. Inmediatamente después otra nave de nuestra flota atacaba los planetas apagados, cuyos mineros, con nuestro botín, se habían hecho muy ricos. Les robábamos y dábamos el oro a los pobres agricultores de los satélites verdes. Éstos, locos de agradecimiento, gritaban: ¡somos ricos, somos ricos! Pero acto seguido, al oírles, llegaban otros como nosotros y les robaban para llevar el oro a los pobres. La cosa continuó así durante años, y nunca le encontramos solución. No se podía robar al rico para dar al pobre sin que el pobre se volviera rico y todo recomenzara. Por dicha razón, una noche, en la sobrecubierta, se levantó Mortensen, y habló. Mortensen era un viejo marinero del norte, y en su rostro bronceado sus ojos claros brillaban como dos huevos fritos en una sartén. ¿Te gusta esta imagen?

-Es una de las más horribles que he oído nunca.

-Gracias, LeO. Así que Mortensen se levantó y dijo: «Capitán, llevamos años errando por el cosmos comiendo bistecs de rata, con turnos durísimos, alejados del afecto familiar. Cuando partí mi mujer era joven y hermosa, y mis hijas tenían seis años. Cuando regresé al cabo de veinte años de ausencia mi mujer no me reconoció, y mis hijas habían crecido mucho, eran once más tres chicos. Estoy cansado de hacer el rebelde. Le pido permiso para amotinarme.»

-¿Y qué dijo el capitán?

-El capitán estuvo un instante en silencio. Luego nos miró fijamente a los ojos y dijo: «Quien piense como Mortensen, puede irse inmediatamente.» Nosotros miramos entonces su hermoso rostro altivo y leal. Al cabo de quince minutos nos habíamos ido todos, llevándonos todo lo que se podía saquear, sin olvidar las bombonas de oxígeno y los tiradores de los waters. El capitán no se inmutó: al día siguiente, en solitario, atacó una nave rusa armada con misiles. Se acercó y dijo: contaré hasta diez, y después mi cañón disparará. Los rusos contestaron: entonces nosotros sólo contaremos hasta seis. El capitán Sir Greamur se disolvió sin un solo lamento.

-Era un gran idiota -dijo LeO, emocionado.

-Es verdad. Ya no quedan idiotas como él

¿Cómo se combate el mayor mal que sufren los viajeros del espacio? Contando historias:

-Yo sé lo que tiene Mei. Mei tiene el mal del navegante, el spleen espacial: el slok-slok p’i.

-El slok-slok -confirmó Caruso- baja de noche, con un manto de color viejo hotel. Se hace acompañar por músicas como blues, tangos y milongas…

-Oculta con frecuencia bajo el manto unas fotografías -dijo LeO-, casas de campo, abuelos, domingos en el mar, cachorros muertos, viejos equipos de fútbol, crepúsculos, y…

-Y la cara del amado -suspiró Chulain- que te mira, y saluda entristecido, mientras la astronave parte.

Mei rió.

-¿Y no hay remedio contra el slok-slok p’i espacial?

-Hay quien -dijo seriamente Chulain- prueba con las drogas. Café, cocaína, lumpiridión, alucinógenos. ¡Ay! ¡En el estallido de los sentidos la droga todavía muestra más vivo el rostro del amado!

-Hay quien… -dijo LeO- juega con los videojuegos de a bordo hasta que el dedo se le hincha y durante toda la noche sueña con ataques de astronaves verdes y asquerosas y alienígenas fosforescentes, pero, ¡ay!, de una pequeña astronave verde desciende en sueños el amado gritando: eh, no me dispares, soy yo, soy yo.

-Otros -dice Caruso- hacen crucigramas, o bien se masturban, o ambas cosas a un tiempo y de ambas se avergüenzan después.

-Otros -confió Chulain- combaten el slok-slok de la mejor manera, o sea contándose historias.

-¡Exacto! -confirmó LeO-, los concursos de historias. Cada cual cuenta una historia: el slok slok p’i llega, escucha las historias, escucha una, dos o tres, al final se cansa y se duerme. Entonces basta con cogerle por sorpresa y arrojarlo por la ventanilla. Todos vuelven a estar alegres.

La paranoia del poder:

-Majestad -dijo Alya inclinándose-, haría cualquier cosa por demostraros mi fidelidad.

-Eso es exactamente lo que vas a hacer -dijo el rey, ofreciéndole el cáliz-. ¡Bebe! Una de las dos copas está envenenada. Tengo pruebas de que uno de vosotros dos es un traidor. Pero si tienes la conciencia tranquila, Alya, bebe. Y tú también, El Dabih.

El adivino miró al soberano a los ojos. Bebió lentamente su vino. Alya, por el contrario, se quedó con el cáliz en la mano, temblando.

-De modo que no bebes -dijo el rey-. ¿Tu fidelidad ya vacila?

-Pero si… la copa de El Dabih no estaba envenenada… si él sigue vivo… entonces es la mía… majestad… yo… -balbuceó Alya- ¡perdonadme!

-¿De qué? -rugió el rey, apoyando el sable en su garganta.

-No lo sé, de lo que sea, pero ¡perdonadme! -imploró el ministro, arrojándose a los pies del Escorpión.

El rey lo alejó de un puntapié.

-Guardias -gritó-, ¡lleváoslo! ¡Torturadlo! ¡Hacedle confesar… lo que sea! ¡Cualquier cosa por la que pueda ser condenado a muerte! ¡Y matad a su secretario! ¡Y matad a los soldados que estaban de guardia cuando estalló la bomba! ¡Ay de quien quiera traicionar al Escorpión!

Cuando los gritos y las invocaciones de Alya se apagaron en los vastos corredores, Akrab se acercó al adivino y señaló la copa vacía:

-¡Así que tú me eres fiel, El Dabih! -dijo.

-Tú lo sabes, rey. He bebido porque, si tú has decidido que yo muera, es mejor que muera inmediatamente. ¿Cómo podría oponerme?

-¡De modo que ni siquiera de tu fidelidad puedo estar seguro! -dijo enfadado el rey-. Entonces, ¿por qué sigues a mi lado?

-Porque confío en poder detener tu locura -explicó el adivino-. ¿Crees acaso que sembrar el terror en esta nave, matar a tu antojo, puede servir de algo? Tú sabes perfectamente que Alya no ha conspirado contra ti. Puedes matar a todos tus ministros y a todas tus leyes, pero el miedo sigue dentro de ti. ¡No puedes cortarle la cabeza!

Unas peculiares cartas de amor:

CARTAS DE AMOR EN EL ESPACIO

Kook a Mei

Querida Mei: tal vez te sorprenda esta carta que te dejo bajo la almohada. Mañana nos adentraremos en el Mar Universal: podría tratarse del último día de nuestra vida; por dicho motivo he decidido escribir lo que nunca he tenido el valor de decirte.

Desde el primer momento en que te vi, Mei, he experimentado ante ti una extraña sensación. Como si del pasado retornara algo conocido, como si en el tejido de los pensamientos racionales se insinuara una mano que los perforara, y revelase un paisaje ya olvidado, el paisaje de los sentimientos. Pues bien, Mei, yo no creo racionalmente en el amor: creo que no es más que una serie de pequeños compromisos, de felices improvisaciones en las que dos actores fingen que unas necesidades concretas, o atracciones, llevan un título más noble en el cartel del teatro de la vida. Un intelectual y cierítífico, como soy yo, deberá, incluso en el momento de máximo abandono, identificar las señales de esta interpretación: un beso no es el apostrofe rosado entre las palabras «te amo» y «¡oh, no!». Un beso es la firma al pie del contrato que te impone amar.

Esta es mi actitud racional. Pero en la vida todo ha ocurrido de manera muy diferente: una larga serie de locuras amorosas. Comenzó con una compañera de escuela: a escondidas, le enviaba car-titas con poemas. Me sonreía. Le enviaba cartitas con breves relatos. Los aceptaba. El segundo trimestre, le enviaba cada día un cuaderno con una novela sobre ella en unos diez capítulos. Dejó de sonreírme para siempre.

En la universidad, tuve una relación con una joven rusa, alumna como yo del Curso de matemáticas. Un día me preguntó: ¿cuánto me quieres? Y yo dije «mucho» y abrí los brazos. Ella contestó que «mucho» era una expresión numéricamente ambigua y que yo debería darle una demostración más precisa de la magnitud de mi amor. Le formulé la siguiente:
«Mi amor eterno por ti sólo sería expresable con una apertura de mis brazos equivalente a la circunferencia del mundo al cuadrado.»
Lo pensó un poco y luego me demostró que la frase podía ser matemáticamente expresada así: A e (amor eterno) = a me2 (Apertura de brazos mundo circunferencial al cuadrado).
Pero, puesto que las dos «A» podían ser eliminadas, en tanto que términos iguales de la ecuación, quedaba

e=mc2

O sea, la fórmula de la relatividad. De modo que mi amor no era eterno ni grande, sino absolutamente relativo en el espacio y en el tiempo. Una vez demostrado eso, me abandonó.

A continuación, conocí a una programadora de ordenador. Era una mujer muy lúcida y organizada. Me dijo que tenía nueve días de plazo para una experiencia amorosa completa. El primer día nos amamos, el segundo discutimos, el tercero nos reencontramos, el cuarto nos casamos, el quinto nos traicionamos, el sexto nos reconciliamos, el séptimo nos aburrimos, el octavo nos dimos cuenta de que todo había terminado entre nosotros, el noveno volvimos a sentirnos amigos, y publicamos nuestra experiencia en una revista especializada. Todo fue muy espontáneo.

Desde aquel día ya nada me había acercado al amor. Contemplaba en mi microscopio cómo las amebas y las células se acoplaban y se desdoblaban y se perseguían, y no me producían ningún estremecimiento los oscuros vínculos amorosos que unen la abeja a la flor, y la luna en el cielo a la trufa subterránea y el sol al girasol, y el instinto del salmón y de la anguila y la loca pasión de la orea hembra por la orea macho, e inútilmente mi maestro Fabre decía: «Vamos, apártate de los libros, sal, Kook, es primavera: en el invernadero hay una orgía en cada flor. ¡Quien consiguiera inventar un motel para insectos, se haría millonario!»

Yo permanecía encerrado en mi cápsula. ¡Hasta que llegaste tú! ¡Pues bien, sí, te amo! Quisiera vivir contigo en una casa junto al mar y enseñarte el nombre de las estrellas, y tú llenarías la casa de flores, a excepción del dormitorio porque las flores consumen el oxígeno, y podríamos tener un perro con el que hacer experimentos, no crueles, claro está, y un niño que crecería sano e inteligente y neodarwinista[...]

Para acabar, el cuento de los Castores Gordos, o como derrotar al adversario a golpe de progreso:

LOS CASTORES GORDOS

Érase una vez en el Norte, en la región de los Grandes Lagos, una tribu india llamada de los Castores Gordos, cuyo jefe era Muslo de Águila, casado con Nutria Panzuda. Eran indios alegres y gordinflones, y vivían felices en las orillas de un lago de aguas azules y claras, el Chanawatasaskawantenderoga, que en dialecto castórico significa «sin colorantes aditivos».

Un día nefasto llegó a las orillas del lago azul un grupo de hombres blancos. Eran míster Joe Tifone, de los ferrocarriles Tifone, S. A., y sus técnicos. Estaban construyendo un camino de hierro que desde Nueva Orleans llegaría al corazón de los grandes lagos, para un intercambio comercial: de los bosques del norte llegaría la leña para las cocinas y las calderas de Nueva Orleans, y de Nueva Orleans la ceniza y la basura para los grandes lagos. Míster Tifone se presentó ante los Castores Gordos lleno de regalos: cajas de aguardiente, revistas porno, relojes sumergibles y jerseys de Armani. Él sabía perfectamente que las tribus indias se sienten muy atraídas por esas cosas y que, en poco tiempo, esta riqueza conseguiría corromper su naturaleza honesta y les encaminaría por la pendiente de la extinción. Míster Tifone le dijo al jefe Muslo: mis hombres harán un pequeño agujero en el bosque para hacer pasar el camino para Caballo de Hierro, y a cambio llegarán grandes regalos a la tribu de los Castores Gordos. El gran jefe le escuchó, y después habló del siguiente modo:

«Rostro pálido habla con lengua doble como bifurcación ferroviaria. Donde pasa vuestro camino, árboles caen como hojas de otoño, e indios mueren. Caballo de hierro escupe nubes de humo que interfieren con nuestra red de comunicaciones. Si cortáis un sólo árbol, nosotros enviar nuestros castores a mordisquear vuestros hombres. Recoged vuestros regalos. Timeo yankees et dona ferentes. ¡Augh!»

Tifone se largó ofendido y enfadado. Mientras salía de la aldea se le acercó el hechicero Salmón Obeso, un corpulento indio famoso por su avidez.

«Hombre blanco -dijo-, yo gustar mucho tus revistas, tu agua de fuego, tu moda casual. ¡Tú escúchame! ¡Gran árbol no cae con gran cabezazo, sino con muchos golpecitos! Poco a poco, derribaremos Castores Gordos. Tú darme regalos, yo corromper y extinguir stop.»

«De acuerdo, Salmón Obeso -dijo Tifone-, somos socios. Tendrás todas las cajas de agua de fuego que quieras.»

«Yo contentarme con tres por ciento acciones tu ferrocarril», dijo el indio.

Así comenzó el intento de destrucción de la pobre tribu india-Como primera medida, Salmón Obeso abrió una boutique en la aldea. En poco tiempo, desaparecieron los trajes tradicionales de los Castores. Las mujeres caminaban por la nieve con minifalda y camisetas con lentejuelas, los hombres llevaban pantaloncitos de baloncesto y camisetas con la inscripción «Dallas cowboys». Pero todos seguían tan gordos y saludables como antes, y se sentían muy elegantes.

«¡El frío no nos asusta -decía Nutria Panzuda-, hemos cambiado los vestidos, pero la Gran Luz nos calienta!»

Al mes siguiente, Tifone llamó al hechicero.

«Querido Salmón -dijo-, ¡he gastado una fortuna en prendas de ropa y los castores están más gordos que antes! De toda la región me llegan noticias de tribus arruinadas. Los Narices horadadas están obstruidos por el resfriado, los Seminólas devastados por el fernet, los Mohicanos dan las últimas boqueadas. ¿Cómo es posible que los Castores resistan tanto el frío?»

«Cambiarles los trajes y acortarles las faldas no basta -dijo el hechicero-, porque la Gran Luz les calienta. Pero no temer: ¡cuando un pueblo queda sin dios, entonces todo ir mal! Tú trae a mí material lista adjunta stop.»

Tifone le contentó: al cabo de pocos días Salmón Obeso convocó a la tribu, y se presentó en smoking blanco con adornos dorados y una guitarra en bandolera. Dijo que había tenido un sueño. Manitú se le había aparecido remando en una canoa biplaza en compañía de un joven blanco con tupé.

«Oh, hechicero -le había dicho Manitú en el sueño-, estoy viejo y cansado. Me retiro al Gran Prado Celeste, a una gran granja con una gran squaw (había utilizado otra palabra). Éste es vuestro nuevo dios: se llama Elvis the Pelvis, y le adoraréis con el nombre sagrado de Shakarockawa, el hombre que canta y mueve un poco todo, y le invocaréis con el nombre de Bebopalula. Pero, por favor, no me recéis más: adoradle a él, comprad sus discos, bailad y, sobre todo, no trabajéis. He dicho. ¡Augh! ¡Yeah!»

Después de estas palabras, y con la música que el hechicero comenzó a tocar, todos los indios comenzaron a bailar como locos, incluido el jefe Muslo que cogió a su consorte y la volteó tres veces por el aire ocasionando varios heridos.

«Podemos seguir bailando toda la noche together -dijo el gran Jefe-, y dejar de adorar a Manitú, y de trabaja-a-aar. ¡La Gran Luz nos dará fuerza!»
Al mes siguiente Tifone volvió a llamar al hechicero.

«Mi querido pez gordo -le dijo enfadado-, ¿qué estamos haciendo? ¡Llevo cuatro meses esperando! Todas las tribus indias de los lagos están destruidas. Alcoholismo, peleas, crisis cardíacas y de identidad. Sólo nuestros Gordos Castores bailan, cantan, y lo último en que piensan es en extinguirse.»

«Impaciente hombre blanco -dijo el hechicero-, la Gran Luz da su fuerza. Hemos borrado sus trajes y su religión. Ahora no nos queda más que eliminar su ecosistema.

«¿Su eco qué? -preguntó Tifone.

«Ecosistema es una palabra mágica india -explicó el hechicero-que significa: Gran esfera de la vida-agua-cielo-tierra. Destruyamos el bosque y el lago, y los Castores Gordos desaparecerán.»

Y aquel mes la tierra de los Castores conoció la furia de Tifone. Comenzó por envenenar el lago con una gran mancha de petróleo. Todos los salmones se pusieron negros y murieron cantando desgarradores espirituales. Luego le tocó al bosque, que fue destruido por un incendio doloso: todos los castores (animales), se quedaron sin trabajo y tuvieron que emigrar a las carpinterías de Montreal. Los alces huyeron lejos y fueron abatidos a tiros, y huyeron aún más lejos y el último fue muerto por un cazador en un motel de Chicago donde había intentado ocultarse bajo el nombre falso de Wilbelk Mitchum, dentista. El campamento de los castores se hallaba ahora en medio de una llanura calcinada donde, todas las noches, Tifone descargaba barriles de bacilos y vibriones del cólera, tenias y sanguijuelas, vaciaba sprays de sífilis y enharinaba a los gatos con piojos.

«Realmente, el hombre blanco es una porquería -dijo Muslo de Águila a su pueblo-, nos ha robado el lago y el bosque. Pero la Gran Luz nos protege, y nos salvará del hambre y de las enfermedades.»

Al cabo de dos meses, los Castores seguían gordos y alegres como siempre, aunque ya nada creciera sobre su tierra. Habían replantado algún árbol, encargado con un telegrama una familia de castores, y excavado un estanque artificial, en el que se paseaban en canoa con una densidad propia de las vacaciones en el Adriático, y pescaban peces rojos de importación. Cantaban, fumaban el calumet, y eran felices.

«Cochino montón de pescado podrido -le dijo entonces Tifone al hechicero-, de todos los demás indios en un radio de mil kilómetros sólo han quedado tres ejemplares, en la sección de reanimación del hospital de Ottawa. ¡Los Gordos Castores, por el contrario, nunca han estado tan gordos!»

«Oh, pestífero hombre blanco -dijo Salmón-, contra la Gran Luz sólo nos queda una última arma: la Muerte Negra.»

«¿Y eso qué es?»

«Un quintal de chocolate deshecho en lata. Nada puede resistírsele. Dientes, hígado, estómagos, todo se deshace al paso del negro y pegajoso huracán.»
«Tendrás el chocolate -dijo Tifone-, pero, recuérdalo, es lo último que intentas.»

Y Tifone esperó tres largos días. Al cuarto, oyó un coro de lamentos fúnebres procedentes del campo indio.

«Lo he conseguido», exclamó radiante, y corrió hacia allí, con el corazón lleno de esperanza.

Pero le esperaba una desagradable sorpresa. Los Castores estaban oficiando la ceremonia fúnebre de Salmón Obeso. Aquella noche había sido hallado muerto: junto a su cuerpo, sesenta latas vacías de chocolate. Tifone se arrancó los cabellos de rabia y consultó una empresa especializada en exterminios de indios, la «Bill». También ellos se mostraron perplejos: en efecto, ninguna tribu había resistido jamás a la desaparición de la indumentaria, de la religión y del ambiente. Esta «Gran Luz» designaba evidentemente una fuerza espiritual muy fuerte. ¡Llegados a este punto, la única solución era el fusilamiento en masa!

«No -dijo Tifone-, en mi carrera nunca he disparado contra un indio. Siempre lo he matado a golpes de progreso. ¡Nunca haré una cosa semejante!»

«En tal caso, apáñese», dijo la empresa Bill.

Tifone pasó unas cuantas noches meditando. Hasta que una mañana salió de la aldea para dar un paseo. Y vio un joven indio que cavaba en la tierra quemada con gran cuidado. Terminado el trabajo, el indio se inclinó tres veces sobre la tierra.

«¿Qué haces?», le preguntó Tifone.

«Saludo y venero a la Gran Luz», dijo el joven.

Tifone tuvo una sospecha: esperó a que el indio se fuera, y luego cavó febrilmente en el campo. ¿Y sabéis qué encontró? ¡Una PATATA! ¡Una PATATA, eso era la Gran Luz que mantenía gordos a los Gordos Castores, que les daba calor en el frío, energía en el baile, y les quitaba el hambre cuando todo cuanto había sobre su tierra había sido destruido, ¡porque la patata crece BAJO TIERRA! ¡Ése era su tesoro, y no una fuerza espiritual! ¡Se trataba de proteínas!
Al día siguiente, el malvado Tifone se presentó ante el jefe Muslo con expresión contrita.

«Gran jefe -dijo-, te presento mis excusas. He intentado exterminar tu tribu. Pero ahora he entendido que sois un gran pueblo, iluminado por la Gran Luz. Por ello te pido, humildemente, que me perdones, y que permitas que yo también pueda disfrutar de la Gran Luz.»

«¿Y cómo?», preguntó jefe Muslo.

«Dentro de poco -dijo Tifone- pasarán por este ferrocarril millares de personas. Pescadores que van a los lagos, familias de picnic, esquiadores, buscadores de oro. ¡Imagínate que también ellos, durante el largo viaje hacia el Norte, pudieran conocer la Gran Luz!»

El rostro del jefe Muslo de Águila se iluminó.

Exactamente un año después, cuando el ferrocarril estuvo terminado y el tren se detuvo en la estación de Fatbeavertown (cas-toresgordostown), doscientos indios con uniforme blanco y gorrita con el rótulo «patatas fritas Castor» esperaban a los viajeros, mientras una gigantesca nube con olor a fritanga envolvía bosques y valles. En el interior del snack de la estación el gran jefe Muslo y su señora, con gorros de cocineros, servían pasteles de patata, croquetas y preparados de puré para el viaje. No tardó en aparecer una fábrica en el lugar, y las «patatas fritas del castor» invadieron el mercado. Al cabo de pocos años, de los cinco mil indios de la tribu, sólo quedaban ochenta y seis, y el más gordo pesaba sesenta kilos. El Gran Jefe les hacía trabajar dieciséis horas diarias en los campos y en la fábrica. La mitad murió intoxicada por los conservantes, y otros se frieron al caer en las sartenes gigantes. Pasado muy poco tiempo, en la zona contaminada ya no crecía una sola patata. Jefe Muslo y su mujer murieron cuando volvían de un banquete en el rotary de Quebec, al salirse dé la carretera con su Ferrari amarillo.

El último Castor Gordo, que se llamaba Ciervo Chupado, siguió vendiendo bolsas de viaje para el tren hasta los noventa y seis años. Como ya no veía tres en un burro, con frecuencia se ponía a pregonar las «patatas fritas» en medio de las vías, creyendo encontrarse en el andén. En una de estas ocasiones, fue arrollado por el rápido de Winnipeg de las 8,40. Sus últimas palabras fueron:

«Siempre me habían dicho que un día me encontraría con mi gente en las Grandes Praderas Lejanas de Manitú. Pero no sabía que se llegaba en tren.»

Así se extinguieron los Castores Gordos.

Espero que con este aperitivo se les haya despertado el apetito.

febrero 20, 2009

Gonzalo Barr. The last flight of José Luis Balboa.

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Houghton Mifflin Company, 2006. 192 páginas.

Gonzalo Barr, The last flight of José Luis Balboa
Miami insólito

He tenido mucha suerte con internet, he conocido a gente muy buena. Lo que es mejor, a escritores muy buenos. El 90% de todo es porquería, también en la literatura, pero el 90% de los que he encontrado son una maravilla. Un ejemplo es Gonzalo Barr, cuyo blog sigo desde hace tiempo y cuyo libro The last flight of José Luis Balboa pude comprar gracias a la venta por internet.

Un libro de relatos ambientado en Miami que contiene:

Braulio wants his car back
Coup d’Etat
Faith
Melancholy guide through the country of want
Nothing
The sleppless nights of Humberto Castaño
Bay at Night
A natural history of love
The last flight of José Luis Balboa

Pensaba que tendría más problemas con el inglés, pero salvo una mayor lentitud en la lectura lo pude seguir bastante bien. Lo más sorprendente, que su calidad me atrapó incluso a través de mi dificultad idiomática. Hay cuentos muy buenos. El primero Braulio wants his car back me recordó a un Dahl latino. La historia de amor de Coup d’Etat me dejó pensativo -y sigo recordando dónde acabé de leer el cuento. En The sleppless nights of Humberto Castaño y Bay at Night es más lo que se adivina que lo que se cuenta. La protagonista de A natural history of love me sedujo desde el primer momento pese a su aparente sencillez.

Además de su calidad hay detalles que me han encantado: el uso a veces irónico del arte contemporáneo, la profundidad -y originalidad- de sus personajes o la visión de un Miami diferente de los tópicos. Es de estos libros que se quedan en el recuerdo -la melancolía de alguna de sus páginas invita a ello- y que quedan para relectura.

Ahora a esperar que se publique su próxima novela, que ya tengo ganas de leer.

febrero 19, 2009

Vicente Blasco Ibáñez. Cañas y barro.

Filed under: Novela — Palimp @ 12:21 pm
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Editorial RBA, 2008. 230 páginas.

Vicente Blasco Ibáñez, Cañas y barro
Albufera profunda

Tenía ganas de leer algún libro de Blasco Ibáñez por su particular estátus dentro de la literatura. En su tiempo fue un super ventas, con numerosas adaptaciones en Hollywood. La crítica no ha alabado la calidad de su obra, pero tampoco la ha calificado de basura.

Para mí, como para muchos de mi generación, Cañas y barro es la serie de televisión. No la recuerdo mucho porque era un niño, pero algunas imágenes, muy crudas, las tenía todavía en la memoria. A media lectura aparecieron de repente en mi cabeza.

La historia transcurre en la albufera, más agua que tierra, dónde la gente vive cultivando arroz o de la caza y la pesca. Los Palomas son una saga de pescadores que viven allí desde tiempos inmemoriales, pero las últimas generaciones romperan la tradición familiar. El tío Tono se convertirá en arrocero, para desesperación de su padre, y su hijo Tonet sale un bala perdida, sin mucha afición al trabajo. Su noviazgo con Neleta, que posteriormente se casará con el tío Paco, el más rico de la albufera, será el corazón de la trama.

Se entiende que estas novelas vendieran mucho; a mí me enganchó desde el comienzo. Eso quiere decir que ha envejecido bastante bien. No hay grandes alardes estilísticos, pero la riqueza de personajes, situaciones y ambientes merece la pena. Pese a que el autor era republicano (pidió que no se trajeran sus restos a España hasta que no hubiera una república) uno detecta un leve aroma conservador en el texto; el progreso sólo se consigue mediante el trabajo, hay que ser pobre y honrado, etcétera.

Pero los estamentos pobres -y aún miserables- son retratados con cariño, mientras que los estamentos del poder se llevan su parte de palos. Resumiendo: me ha gustado bastante y se lee de un tirón. Puestos a leer best-sellers, que sean de Blasco Ibáñez.

Descárgalo gratis:

Blasco Ibanez, Vicente – Canas y barro.zip

Blasco Ibañez – Cañas y barro.pdf

(Te hará falta el programa EMule)

En el proyecto Gutemberg hay mcuhas obras de descarga directa:

Gutenberg, Blasco Ibáñez


Extracto:[-]

Así era; pero el hombrecillo, volviendo hacia ellos el informe muñón de su oreja cortada como para no oírles, esparcía lentamente por la barca las cestas y los sacos que las mujeres le entregaban desde la orilla. Cada uno de los objetos provocaba nuevas protestas; los pasajeros se estrechaban o cambiaban de sitio, y los del Palmar que entraban en la barca recibían con reflexiones evangélicas la rociada de injurias de los que ya estaban acomodados. ¡Un poco de paciencia! ¡Tanto sitio que encontrasen en el cielo…!

La embarcación se hundía al recibir tanta carga, sin que el barquero mostrase la menor inquietud, acostumbrado a travesías audaces. No quedaba en ella un asiento libre. Dos hombres se mantenían de pie en la borda, agarrados al mástil; otro se colocaba en la proa, como un mascarón de navío. Todavía el impasible barquero hizo sonar otra vez su bocina en medio de la general protesta… ¡Cristo! ¿Aún no tenía bastante el muy ladrón? ¿Iban a pasar allí toda la tarde bajo el sol de septiembre, que les hería de lado, achicharrándoles la espalda…?

De pronto se hizo el silencio, y la gente del correo vio aproximarse por la orilla del canal un hombre sostenido por dos mujeres, un espectro, blanco, tembloroso, con los ojos brillantes, envuelto en una manta de cama. Las aguas parecían hervir con el calor de aquella tarde de verano; sudaban todos en la barca, haciendo esfuerzos por librarse del pegajoso contacto del vecino, y aquel hombre temblaba, chocando los dientes con un escalofrío lúgubre, como si el mundo hubiese caído para él en eterna noche. Las mujeres que le sostenían protestaban con palabras gruesas al ver que los de la barca permanecían inmóviles. Debían dejarle un puesto: era un enfermo, un trabajador. Segando el arroz había atrapado las fiebres, las malditas tercianas de la Albufera, y marchaba a Ruzafa a curarse en casa de unos parientes… ¿No eran acaso cristianos? ¡Por caridad! ¡Un puesto!

Y el tembloroso fantasma de la fiebre repetía como un eco, con los sollozos del escalofrío:

-Per caritat! Per caritas..!

Entró a empujones, sin que la masa egoísta le abriera paso, y no encontrando sitio, se deslizó entre las piernas de los pasajeros, tendiéndose en el fondo, con el rostro pegado a las alpargatas sucias y los zapatos llenos de barro, en un ambiente nauseabundo. La gente parecía acostumbrada a estas escenas. Aquella embarcación servía para todo; era el vehículo de la comida, del hospital y del cementerio. Todos los días embarcaba enfermos, trasladándolos al arrabal de Ruzafa, donde los vecinos del Palmar, faltos de medicamentos, tenían realquilados algunos cuartuchos para curarse las tercianas. Cuando moría un pobre sin barca propia, el ataúd se metía bajo un asiento del correo y la embarcación emprendía la marcha con el mismo pasaje indiferente, que reía y con- Vicente Blasco Ibáñez 6 versaba, golpeando con los pies la fúnebre caja.

Al ocultarse el enfermo volvió a surgir la protesta. ¿Qué esperaba el desorejado? ¿Faltaba aún alguien…? Y casi todos los pasajeros acogieron con risotadas a una pareja que salió por la puerta de la taberna de Cañamel, inmediata al canal.

-¡El tío Paco! -gritaron muchos-. ¡El tío Paco Cañamel!

El dueño de la taberna, un hombre enorme, hinchado, de vientre hidrópico, andaba a pequeños saltos, quejándose a cada paso con suspiros de niño, apoyándose en su mujer, Neleta, pequeña, con el rojo cabello alborotado y ojos verdes y vivos que parecían acariciar con la suavidad del terciopelo. ¡Famoso Cañamel! Siempre enfermo y lamentándose, mientras su mujer, cada vez más guapa y amable, reinaba desde su mostrador sobre todo el Palmar y la Albufera. Lo que él tenía era la enfermedad del rico: sobra de dinero y exceso de buena vida. No había más que verle la panza, la faz rubicunda, los carrillos que casi ocultaban su naricilla redonda y sus ojos ahogados por el oleaje de la grasa. ¡Todos que se quejasen de su mal! ¡ Si tuviera que ganarse la vida con agua a la cintura, segando arroz, no se acordaría de estar enfermo!

Y Cañamel avanzaba una pierna dentro de la barca, penosamente, con débiles quejidos, sin soltar a Neleta, mientras refunfuñaba contra las gentes que se burlaban de su salud. ¡Él sabía cómo estaba! ¡Ay, Señor! Y se acomodó en un puesto que le dejaron libre, con esa obsequiosa solicitud que las gentes del campo tienen para el rico, mientras su mujer hacía frente sin arredrarse a las bromas de los que la cumplimentaban viéndola tan guapa y animosa.

febrero 18, 2009

Antón P. Chejov. Flores Tardias y otros cuentos.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:58 pm
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Editorial Espasa-Calpe, 1975. 160 páginas.

Antón P. Chejov, Flores Tardias y otros cuentos
El origen de la modernidad

La colección Austral tiene buenos títulos y en su momento a buenos precios. Pero si en las primeras ediciones las portadas se deshacían en las manos, en las nuevas -de hace 30 años- es el libro el que se desencuaderna. Casi podía leerlo en fascículos.

Los cuentos incluidos en este relato son los siguientes:

Flores tardías
El gordo y el flaco
Un caso en la rutina de los juzgados
El preceptor
En la casa de baños
La lota
El cazador
El malhechor
La tristeza
La corista
El invitado inquieto
La bromita
Ana colgada al cuello
Una casa con buhardilla
El Pechenega

Retratos de personajes, situaciones y costumbres muy reales, que me han recordado en algunos momentos a Leopoldo Alas. Algunos ya los había leído en otras compilaciones, como La corista, dónde la catadura moral de la familia bien es bastante inferior a la de la corista. La melancolía de Flores tardías o lo crudo de La tristeza emociona pese -o a causa de- su naturalismo. Otros, como El Pechenega, te mantienen con una sonrisa en los labios.

Relatos que no envejecen, conté en una sesión el cuento de Un caso en la rutina de los juzgados recién leído y podía estar escrito hoy. Me encanta Chejov, su teatro y sus cuentos. Un verdadero genio.

Puedes descargar muchas obras de Chejov aquí:

Chejov, Anton Pavlovich (1860-1904)


Extracto:[-]

UN CASO EN LA RUTINA DE LOS JUZGADOS

El hecho ocurrió en el juzgado de distrito de N., durante una de las últimas sesiones.
Ocupaba el banquillo de los acusados el trabajador de N., Sidor Shelmetsov, un hombre de unos treinta años, con rostro inquieto de gitano y ojos astutos. Se le acusaba de robo con escalo, estafa y vivir a costa ajena. La última acción ilegal consistía en atribuirse títulos que no le pertenecían. Le acusaba el sustituto del fiscal. La cantidad de estos sustitutos de fiscal era infinita. No se distinguían por ningunos indicios ni ningunas cualidades que dan popularidad y sólidos honorarios: eran lo que parecían. Hablaba por la nariz, no pronunciaba la letra le, se sonaba a cada minuto.

La defensa corría a cargo de un famosísimo y popularísimo abogado. A ese abogado le conocía todo el mundo. Se citaban sus magníficos discursos, su nombre se pronunciaba con veneración…

En las novelas malas, que terminan con la total absolución del héroe y los aplausos del público, desempeña un papel importante. En esas novelas hacen derivar su apellido del trueno, de los relámpagos y de otros elementos no menos convincentes.

Cuando el sustituto del fiscal supo demostrar que Shelmetsov era culpable y que no merecía indulgencia, cuando lo puso en claro y dejó convencidos a todos, dijo «He terminado», se levantó el defensor. Todos prestaron atención. Eeinó el silencio. El abogado se puso a hablar y… ¡se fueron al diablo los nervios del público de N.! Estiró su cuello ligeramente moreno, inclinó la cabeza a un lado, sus ojos resplandecieron, alzó las manos, y una dulzura inexplicable se derramó en los oídos tensos delpúblico. Su lengua vibró en los nervios como en una balalaika… Después de sus dos o tres primeras frases alguien del público lanzó un profundo suspiro y sacaron de la sala a una señora empalidecida. Al cabo de tres minutos el presidente se vio obligado a coger la campanilla y tocar tres veces. El alguacil, con su naricilla encarnada, se agitó en su silla y empezó a mirar amenazante al público arrastrado por el entusiasmo. Todas las pupilas se dilataron, los rostros palidecieron, se alargaron, con la espera apasionada de las frases siguientes… ¿Y qué era lo que ocurría en los corazones?

—¡ Señores del Jurado: Somos hombres y, por tanto, vamos a juzgar con clemencia! —dijo el defensor, entre otras cosas—. Este hombre, antes de comparecer ante vosotros, ha sufrido seis meses de prisión preventiva. ¡A lo largo de seis meses su mujer se ha visto privada del amante esposo, y en los ojos de los niños no se han secado las lágrimas ante la idea de no tener junto a ellos a su querido padre! Tienen hambre, porque no tienen quien les dé de comer; lloran, porque son profundamente desgraciados… ¡Mirad, por favor! ¡Tienden hacia vosotros sus manecitas, pidiendo que les devolváis a su padre! No están aquí, pero os los podéis imaginar. (Una pausa.) Reclusión… ¡Ejem!… Lo han encerrado junto con ladrones y criminales… ¡A él! (Una pausa.) Es necesario imaginar únicamente su sufrimiento moral en este encierro, lejos de su mujer y de sus niños, para… Pero ¡¿a qué hablar?!

Entre el público se oyeron algunos sollozos… Una jovencita, que llevaba un gran broche en el pecho, se echó a llorar. A continuación lloriqueó su vecina, una viejecita.

El defensor hablaba y hablaba… Evitaba los hechos y se apoyaba mayormente en la psicología.

—Conocer su alma significa conocer un mundo aparte, especial, lleno de movimiento. Yo he estudiado ese mundo… Al estudiarlo, lo confieso, he estudiado primero al hombre. He comprendido al hombre… Cada movimiento de su alma me dice que en mi cliente tengo el honor de ver al hombre ideal…
El alguacil dejó de mirar amenazador y metió la mano en el bolsillo para sacar el pañuelo. Sacaron de la sala a otras dos señoras. El presidente dejó en pazla campanilla y se puso los lentes para que no vieran las lágrimas que habían invadido su ojo derecho. Todos sacaron sus pañuelos. El fiscal, ese hombre de piedra, ese témpano, el más insensible de los mortales, empezó a girar inquieto en el sillón, enrojeció y se puso a mirar bajo la mesa… Las lágrimas brillaron a través de sus lentes.

«¡ Tenía que haber renunciado a la acusación! —pensó—. ¡Para sufrir semejante chasco! ¿Eh?»

—¡Fijaos en sus ojos! —proseguía el defensor, a quien le temblaba la barbilla, le temblaba la voz y a sus ojos asomaba el alma sufriente—. ¿Acaso estos ojos dóciles, afectuosos pueden mirar con indiferencia el crimen? ¡Bajo esos pómulos calmucos se ocultan unos finos nervios! ¡ Bajo ese pecho rudo y tosco late en el fondo un corazón inocente! ¡¿Y vosotros, hombres, os atreveréis a decir que es culpable?!

Aquí ya no pudo soportarlo ni el propio acusado. También le llegó el turno de echarse a llorar. Parpadeó, se echó a llorar y se revolvió inquieto…

—¡ Soy culpable! —empezó a decir, interrumpiendo al defensor—. ¡ Soy culpable! ¡ Eeconozco mi culpabilidad! ¡He robado y he cometido estafas! ¡Soy un hombre execrable! ¡ Cogí el dinero del baúl, el abrigo de piel robado se lo mandé guardar a mi cuñada!… ¡Lo confieso! ¡ Soy culpable en todo!
Y el acusado contó cómo habían sucedido lo hechos. Le condenaron.

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