Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

marzo 23, 2009

Francisco Casavella. Lo que sé de los vampiros.

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Ediciones Destino, 2009. 570 páginas.

Francisco Casavella, Lo que sé de los vampiros
¿Quiénes son los vampiros?

Esta novela fue premio Nadal del 2008 y en diciembre de ese mismo año fallecía Casavella de un infarto. Entonces no había leído nada suyo, pero después de leer este libro, me doy cuenta de lo que hemos perdido.

Martín de Viloalle, como hijo menor de una familia noble de poca alcurnia, estudia para sacerdote. Cuando está a punto de ordenarse llega la expulsión de los jesuitas y aunque no tiene por qué marchar, los acompaña en su destierro. Su habilidad para el dibujo lo salva de desembarcar en Córcega y a partir de entonces recorrerá las cortes de Europa de la mano de el señor Welldone, que no es otro que Saint Germain.

Lo digo por adelantado: me ha gustado mucho e incluso me ha emocionado. Cosa curiosa, me enganchó desde el principio. De acuerdo que como todo premio Nadal es una historia bien contada y no una sucesión de artificios lingüísticos, pero tiene la suficiente calidad y densidad como para aspirar a algo más. Pero a diferencia de lo que he leído por ahí, a mí me atrapó como si fuera un best-seller.

No es una novela histórica al uso, aunque ahí están los grandes personajes, como decorados de la historia de Martín. Una historia típica de aprendizaje y superación, sólo que nada se aprende y no hay superación. Sí redención. El talento del conde y su discípulo sobrevive al arbitrio de los gustos de la aristocracia de la época. En plena revolución el arbitrio cambia de manos, pero no se logra la ansiada libertad, igualdad y fraternidad. La ciudad del hombre nuevo tendrá que esperar mejores tiempos.

Hacia la mitad de la novela ya estaba, sin darme cuenta, identificado con Martín. Como se dice en la novela No nos dejaron ser nosotros mismos y más adelante, en referencia a los vampiros del título cada cual identifica a sus vampiros. Creo imaginar cuales eran los vampiros para Casavella. Es privilegio del lector tener razón aún cuando está errado.

Muy bien escrito. Me ha sorprendido encontrarme insertas en el texto frases de canciones modernas, bien integradas, pero que destacan. Así en la página 90 de esta edición nos encontramos con:

como el gato maula juega con el misero ratón

Del tango Mano a mano. Hay otras como ¡Que se mueran los feos! o el pirata con parche en el ojo y pata de palo y supongo que muchas otras que no he sabido ver.

La redención se encuentra en el amor y en la familia. Los vampiros siempre están ahí. A nosotros, cada jornada, nos toca levantar el telón.


Extracto:[-]

Señor de Welldone, no he pretendido ser grosero ni tedioso al sincerarme con Vuestra Merced. En mi relato le he hablado de mi hermano mayor, Gonzalo. Mi hermano se fue de casa siendo yo niño; sin embargo, un día, durante una excursión que hicimos para ver el mar, me planteó una pregunta. Encontramos huesos de calamares en la orilla y me dijo que las gentes de la costa creían que esos huesos casi transparentes pertenecían a las almas de los marineros muertos. Entonces, me preguntó: «¿Qué es mejor? ¿Creer o no creer?». Supongo que las dudas también pugnaban en su interior. Poco recuerdo de aquel día; sin embargo, no se me va de la cabeza lo que no puedo expresar sino como un estado de inquietud. Si yo pensaba que, en efecto, los huesos de calamar eran las almas de los marineros muertos, era agradable, como comulgar. Pero si pensaba que sólo eran huesos de calamar, y eso es lo que eran, sin duda, primero me sentía un poco mal, pero después me sentía mejor que bien. Aunque al mismo tiempo y de forma muy rara, peor que bien. Con sólo pensarlo, una máscara había caído y en su lugar nacía la verdad,
que en sí misma no es ni buena ni mala, pero requiere, para enfrentarla, cierta fortaleza de ánimo. Ahora he de añadir que esa fortaleza me ha sido otorgada por la lectura de las Cartas inglesas del señor de Voltaire, de las que sólo he de lamentar que su conocimiento me fuera vedado durante tanto tiempo. En el señor de Voltaire he encontrado mayor consuelo que en la eucaristía, y que Dios me perdone.

[...]

Y desde hace mucho se sabe que el Fuerte puede y el Débil sufre lo que debe.

Veamos ahora otro caso de «los que son tolerados». Una historia tiene relación muy directa con la otra. Y ya que hemos llegado a Inglaterra, aquí mismo iniciaremos el nuevo relato algunos años después. Esta historia la protagoniza un violinista. Un violinista que también es curioso del Arte y de la Filosofía. El Músico Humanista.

Cuando queremos iniciar nuestra historia, el Músico Humanista tampoco es demasiado joven, uno de esos caballeros que desde hace mucho y durante mucho, más allá de Ahora, pa~ rece habitar años intermedios. Un ojo puesto en la juventud y otro en la muerte. Demasiado inquietos si son inquietos; dermasiado tristes si son tristes; demasiado celosos de su soledad si gustan de ella y creen que la soledad les hace libres. Más ingenuos que nunca, si eso es lo que son. Una edad de importantes decisiones, de resignaciones, de arrogancias y hasta de locuras. La falsa noción de que ya se sabe todo y lo que uno sabe disgusta. Mozos otra vez de un golpe. Mozos ridículos esta vez.

El Músico Humanista es ducho en su arte. Como ha estado en Alemania, adora la música del Bach, Juan Sebastián, el que vivía en Leipzig. Intenta sin éxito que otros se deleiten con ella, pero la ligereza llena el aire de la época y nadie quiere saber nada que aupe por encima de ese aire. Olvidemos aquello, pues. Gustemos de lo que hay. Gustemos o muramos de hambre.

El Músico Humanista trata con Sabios y Nobles. Y lo hace mucho más allá del modo servil que requiere su oficio, ya que ha sido invitado a veladas de la Royal Society y también le han aceptado esos grupos, algo secretos, que se reúnen en banquetes tras una ceremonia previa en honor a la alquimia, la geometría y la arquitectura. Las experiencias con el sonido y el color. La certeza de que se es uno de los elegidos al ver tonalidades en el aire cuando suena la música. El Músico Humanista filosofa sobre ello en los banquetes. Como otros elegidos, percibe sensación de inminencia, la llegada de una nueva Edad de Oro. Esos amantes de lo furtivo parecen creer en lo que Píndaro decía de los misterios de Eleusis: «dan cohesión al mundo y le impiden caer en el caos». Ellos desean representarse como herederos de una estirpe muy antigua que se reúne en lugares donde se busca la idea perfecta: «Ni gobernar, ni ser gobernados». Los sótanos donde se respiran «antiguos sueños de reforma universal». ¿Cuántas veces, en cuántos tonos y declinaciones, se pueden enunciar «sueños de reforma universal»? Aquellos ingleses lo hacen al modo candido.

[...]

¡De qué modo torpe y tardío regresó la convicción que siempre tuve, por un tiempo arrinconada! Uno es lo que los demás hacen de ti. Ese es el único valor, y en mi caso, el único patrimonio. Al conde de Saint-Germain le da por filosofar, que consuela mucho. Y lo que filosofa el conde de Saint-Germain es lo siguiente: un mundo, unas cortes, donde el máximo valor es la apariencia y el máximo dolor no es la ignorancia, ni la esterilidad moral, es un mundo fracasado. Al mismo tiempo, ese mundo grita por medio de sus mejores bocas: «¡Sed razonables y seréis felices!». Me río yo de eso. Prueba a razonar y a ser feliz en un mundo en que Razón y Felicidad son tan vulnerables a B devastación del ridículo. La felicidad razonable es delicada como el cristal, no es nada solemne, y a todo se expone. Y no me gustaría hablar demasiado de ese afán de razonable felicidad en los mismos philosophes que la propugnan. En lo más hondo, esos individuos no soportan lo que vocean y si lo vocean sólo es para darse importancia: razón, felicidad. Unos y otros, esos y aquellos, sólo sienten una calma enfermiza cuando termina la fiesta, cuando el instante se agota, cuando todos miran a todos. ¿Y qué ven? El fin del baile. Los músicos se han dormido tras arrojar los violines al parqué. Chorretones de polvo y de pintura se deslizan cara abajo y revelan pieles lívidas, enlodadas, el eficiente espectáculo de muchas vanidades rotas. Ésa es la paz. Sólo eso enlaza corazones y libera. Y así camina el mundo, porque así ha de ser y será. Un mundo que desea marcar a fuego el destino de «los que son tolerados», de «los que toleran» y de todos aquellos infelices que, agazapados en la noche, miran ese mundo desde el otro lado de los ventanales. Pero, insisto, así ha de ser. ¿No ha sido siempre así? Y porque así ha de ser y ha sido siempre así y algunos carecemos de fortuna personal o la hemos derrochado, y ni poseemos un retiro donde refugiarnos del mundo, o lo hemos sacrificado por orgullo, por todas esas causas seremos vanos, y de los pedazos de nuestra vanidad rota surgirá una nueva vanidad. Porque si he de confesarme fingidor, también lo seré de mi vanidad. Por eso es tan exagerada, Martín, porque no sabe ser.

[...]

Mi compañero Canard va a Vicennes a recoger a su marido. Le apresaron ayer. Le sueltan a condición de que devuelva unos hijos que tienen por Dijon. Se ve que no ha hecho gran cosa, el marido. Hay delitos que no parecen tan serios cuando no se les quiere ver la seriedad y, bueno…

—Facile credemus quod volumus…

—Ahora sí que no te entiendo, ciudadano…

—Que es fácil creer lo que queremos creer.

—Eso mismo, monsieur. Qué buena es la instrucción… Cuántas cosas puede nombrar uno como es debido si le ordenan la cabeza desde pequeño…

No es mal hombre, Gustave. Ni bueno. Uno de tantos. Esos de quien se habla cuando se pronuncia solemne la palabra «pueblo». En tres años, muchos han arruinado su vida para que este hombre diga, como si lo supiese de siempre, un poco como un loro, que es importante la educación. Si Rousseau se hallara en el lugar de Martín, además de unas tremendas ganas de orinar, o quizá por ello, y por el acicate de esa simplicidad ni bonachona, ni mezquina, sino todo lo contrario, le odiaría.

marzo 22, 2009

Némesis

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Siguiendo con el tema de los superhéroes, aquí les dejo un vídeo muy divertido sobre el tema:

Vía Oink

marzo 21, 2009

Maus, Watchmen ¿Es para tanto?

Filed under: Audiovisual — Palimp @ 8:08 am
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Maus
Dos recomendaciones del Reto 2009 me sirven de excusa para releer estas dos obras y de paso para comentarlas aquí. Leo mucho cómic, sobre todo desde que existe internet y si no aparecen por estas páginas reseñas de lo que leo no es por elitismo, sino por pereza. Me gustaría reseñar las series que veo, la música que me acompaña, las conferencias que escucho, y lo haría si viviera de rentas. Como no es así, me limito a los libros.

Maus tiene como subtítulo relato de un superviviente y en su mayor parte es eso, la narración por parte del padre del protagonista de como consiguió sobrevivir a un campo de concetración Nazi, así como las relaciones en la actualidad entre padre e hijo. Las dos historias parecen ser autobiográficas.

Watchmen es una historia de superhéroes poco corriente. Es un mundo igual al nuestro, con la única diferencia la presencia de héroes enmascarados que al igual que en las historietas combaten el crimen en las calles. El asesinato deuno de ellos, el comediante, será investigado por Rorschach, siguiendo una intriga policial de la que parece depender el fin del mundo.

Las dos han recibido parabienes de público y crítica, multitud de premios y han sido saludadas como innovadoras y referentes de calidad. Watchmen, incluso, estuvo entre las cien mejores novelas del siglo según Time desde 1923 hasta el presente, compartiendo puesto con Rebelión en la granja, Lolita o Al Faro

Yo siempre me he preguntado ¿es para tanto? ¿Realmente es lo mejor del medio? En mi humilde opinión personal (y esto lo digo para que no me linchen los fans) son dos novelas gráficas sobrevaloradas. La primera juega la baza de tratar un tema como el holocausto, que, como dice Antonio Jiménez Morato Basta con agitar la bandera de los seis millones –de hecho basta con decir esa cifra para que sepamos de qué se nos habla- para que todo se revista con una pátina de seriedad que lo ennoblece. Watchmen va por el camino contrario. Cogió un género que carecía de prestigio y le metió un guión de calidad. Los lectores habituales de tebeos de superhéroes se debieron quedar a cuadros.

Hay gente que piensa que los tebeos son Zipi y Zape y Mortadelo y Filemón. Otros que la Patrulla-X y Superman. Los más jóvenes, el manga. Pero dentro del tebeo, cómic, novela gráfica o como queramos llamarlo hay tanta variedad como en cualquier otra manifestación artística. Hay superhéroes y obras de autor. Hay linea clara y línea chunga. Hay tiras, historietas, novelas y series. Hay mucho malo pero también cosas muy buenas.

Yo he tenido la suerte de haber tenido a mi alcance tebeos que se salían de lo clásico. En este país hubo una edad de oro en la que se editaban muchas revistas: Totem, 1984 -luego Zona 84-, Rambla, Metal Hurlant, El Papus, El Víbora, El Cairo, Bésame mucho, Cómix internacional… En sus páginas había de todo. Ahí pude leer antes de poder hacerlo completo gracias a la reciente edición de bolsillo la obra Paracuellos de Carlos Giménez, que por cercanía me resulta más conmovedora que Maus. También ha ganado muchos premios internacionales, pero nadie la cita como obra clave.

¿Qué otras cosas se habían publicado antes que Maus y Watchmen o por esas fechas? Lauzier ya había publicado sus Cosas de la vida adelantándose a la parodia y crítica que luego harían Houllebecq, Maier o Beigbeder. Fontanarrosa ya había hecho famosos a los inolvidables Boogie, el aceitoso e Inodoro Pereyra. Jean Giraud ya se había convertido en Moebius y los humanoides asociados vendían muy bien en Francia y otros países. Hugo Pratt había escrito casi toda su obra. Milo Manara no sólo había escrito dos tomos de las aventuras de Giuseppe Bergman, sino que ya había publicado su obra más famosa, El clic (primera entrega y la mejor). ¿Seguimos? Alvar Mayor ya era viejo, Bea había escrito sobre oníricas tabernas galácticas, había nacido Peter Punk de la mano de un joven Max y el gran Pazienza fallecería en 1988.
Watchmen
Me dejo muchos en el tintero, pero la lista es suficiente para dejar claro que cuando Maus y Watchmen se publicaron, ya existían otras obras de igual o superior altura, originalidad y fuerza dramática. Con esto no quiero decir que sean malas. Al contrario, son dos tebeos de obligada lectura(*), un must como dicen por ahí. No quiero criticar su calidad, sino la ceguera de los medios que, quizás despreciando un medio que no conocen, se limitan a escoger a un par de estrellas mediáticas y dejan en la sombra una variedad enorme de talento.

No están mal escogidas, porque en las dos se da el raro milagro de reunir calidad y asequibilidad. Les gustará tanto al lector habitual de cómics como a quien no ha leído ninguno en su vida. Y esta es la principal virtud de Maus y Watchmen, la que ninguna crítica parece destacar. Han sabido llegar a un gran número de lectores manteniendo un excelente nivel narrativo. Han conseguido que se hable de los tebeos en medios que ni sabían que en este género existían obras de calidad.

Si no los han leído, hagan la prueba. Si ya lo han hecho, no se detengan ahí. Hay todo un mundo de maravillas por descubrir. Si es un lector de super héroes, le animo a leer cómic de autor. Y si lo suyo es el tebeo europeo le diré un secreto: en el manga y el tebeo americano también hay grandes obras.

P.D. De Moore me gusta mucho más V de Vendetta, toda una invitación al anarquismo y La liga de hombres extraordinarios, repleta de referencias. De Spiegelman, por desgracia, no he leído nada más. Sólo una página en la que una mujer hacía el amor con un perro. Bien dibujada, en blanco (la mujer) y negro (el perro). Hasta que llega el marido que es… un perro blanco. Crítica certera.

(*) Aunque se diga que obligada lectura es un horror porque ninguna lectura puede ser obligada la expresión me gusta: refleja el estado de ánimo de quien quiere compartir un hallazgo especial con la humanidad.

marzo 20, 2009

Félix J. Palma. El mapa del tiempo.

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Editorial Algaida, 2008. 624 páginas.

Félix J. Palma, El mapa del tiempo
Wells en acción

Este libro me vino recomendado por Matías, aunque no hacía falta. Había leído buenas críticas, y todo lo que sea viajes en el tiempo me llama la atención.

El mapa del tiempo son tres historias relacionadas, como es lógico, por tratar el tema del tiempo, y cuyo hilo conductor es Wells, quizás el primer escritor que se planteó el tema. En la primera, Andrew Harrington intentará viajar al pasado para evitar el asesinato de su amada por Jack el Destripador. En la segunda Claire Haggerty, una joven descontenta con el tiempo que le ha tocado vivir, se enamorará de un hombre del futuro. El la última será Wells quien se enfrentará a un viajero del tiempo que quiere robarle sus obras.

Me ha gustado. Quería una novela de entretenimiento, pero de calidad y he acertado de pleno. Entretiene y está bien escrita. También he encontrado algo más. La primera historia no me ha llamado mucho la atención, pero la segunda me ha enternecido y la tercera supone una vuelta de tuerca curiosa que no quiero desvelar aquí. Sólo indicaré que el autor rompe las expectativas y además deja caer como de refilón, sin señalar con el dedo, la respuesta a la pregunta que planea sobre el texto ¿se puede cambiar el pasado?

Más que una buena historia, y tan divertida como un best-seller. Tiren a los templarios a la basura y compren este libro.


Extracto:[-]

Fue así como Andrew descubrió que el paraíso se hallaba en el miserable cuartito en el que se encontraba ahora. Aquella noche todo cambió entre ellos: Andrew la amó con tal reverencia, recorrió su cuerpo al fin desnudo y horizontal con tanto cariño, que Marie Kelly sintió resquebrajarse la recia armadura que tanto le había llevado construir para preservar su alma, esa capa de fría escarcha que impedía que nada calara en su piel, que mantenía todo tras la puerta, fuera, allí donde no podía hacerle daño. Para su sorpresa, los besos con que Andrew iba marcando su cuerpo, como una viruela dulce, volvieron sus caricias cada vez menos mecánicas, y pronto descubrió que ya no era la puta quien estaba en aquella cama, sino la mujer necesitada de ternura que nunca había dejado de ser. También Andrew comprendió que sus modales amatorios estaban liberando a la verdadera Marie Kelly, como si la estuviese rescatando de uno de esos tanques de agua donde los magos de los teatros sumergían a sus bellas ayudantes atadas de pies y manos, o como si su orientación fuese tan buena que le eximía de extraviarse en el laberinto donde se perdían sus amantes, permitiéndole llegar allí donde nadie podía, a una suerte de rincón clausurado donde pervivía la verdadera esencia de la muchacha. Ardieron en un mismo fuego, y cuando este se extinguió y Marie Kelly, clavando en el techo una mirada soñadora, comenzó a hablar de la primavera en París, donde había estado unos años antes trabajando como modelo para artistas, y de su infancia en Gales, en Ratcliffe Highway, Andrew comprendió que aquello que sentía prendiéndole el pecho y que jamás había sentido antes debía de ser amor, porque sin quererlo estaba experimentando obedientemente todo eso de lo que hablaban los poetas. Le enterneció el tono evocador que adquirió la voz de la muchacha al describirle cómo las petunias y los gladiolos asediaban las plazas parisinas, y cómo a su regreso a Londres había obligado a todos a pronunciar su nombre en francés, el único modo que había encontrado de atesorar aquellas fragancias lejanas que suavizaban los salientes del mundo; pero también lo conmovió el deje apesadumbrado que usó para detallarle cómo colgaban a los piratas en el puente de Ratcliffe Highway para que se ahogasen con la crecida del Táme-sis. Y es que eso era Marie Kelly: un contraste de piel dulce y amarga, un acierto equivocado de la naturaleza, pura divagación del Creador. Cuando ella le preguntó qué clase de trabajo tenía que al parecer le permitiría alquilarla de por vida si quisiera, Andrew decidió correr el riesgo y decirle la verdad, porque aquel amor, de eclosionar, debía hacerlo bajo la verdad o no hacerlo, pero también porque la verdad —el modo en que lo había hechizado su cuadro, abocándolo a aquella cruzada absurda, a internarse en un barrio tan distinto al suyo en su busca, y el hecho de haberla encontrado—, le parecía tan hermosa y extraordinaria como uno de esos amores imposibles propios de las novelas. Cuando sus cuerpos volvieron a buscarse supo que enamorarse de ella no había sido ninguna locura, sino quizás el acto más cabal que había realizado en su vida. Y al abandonar la habitación, con la memoria de su piel en los labios, intentó no mirar a Joe, su marido, que aguardaba apoyado contra la pared encogido de frío.

marzo 18, 2009

Paul Auster. El palacio de la luna.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:37 am
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Editorial Anagrama, 1990, RBA 2009. 310 páginas.
Tit. Or. Moon Palace. Trad. Maribel de Juan.

Paul Auster, El palacio de la luna
Luna llena

Vuelvo al antiguo Auster gracias a la colección RBA de Anagrama, una buena oportunidad de comprar por poco precio y en tapa dura algunos de los clásicos del siglo XX. No es como para hacerla entera, pero sí para mirar de vez en cuando en el quiosco a ver cual es la novedad.

El argumento se encuentra en la wikipedia (ojo que cuenta el final): El palacio de la luna. Narra la historia de Marco, que crece con su tío sin saber quien es su padre, vive una temporada como un sin techo en Central Park hasta que es rescatado por un amigo y una chica que conoció en una fiesta. Después entra al servicio de un anciano cascarrabias empeñado en que escriba su biografía.

Fiel a los temas que se harán comunes en la obra de Auster, la casualidad tiene un protagonismo especial y las revelaciones se van sucediendo casí como en un folletín -no diré ninguna para no chafar finales.

Recuerdo que no es una de mis novelas preferidas del autor, pero desde luego muy superior a lo último que he leído, como La noche del oráculo. Que está mejor escrita, pero tiene menos gracia. Me sigue pareciendo que hay una afinidad entre Murakami y Auster.

Leerlo en esta época de internet me ha permitido comprobar algunas de las referencias del texto y, sobre todo, contemplar los cuadros de Blakelock, con sus lunas misteriosas.

Descárgalo gratis:

Auster, Paul – El Palacio de la Luna.doc

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Pero la verdad era que yo no tenía el menor deseo de adaptarme. Si mis compañeros me colocaban la etiqueta de bicho raro, ése era su problema. Yo era el intelectual sublime, el futuro genio arisco y obstinado, el rebelde inconformista que se mantiene apartado de la manada. Casi me ruborizo al recordar las ridiculas poses que adoptaba en aquella época. Era una grotesca amalgama de timidez y arrogancia, y alternaba largos e incómodos silencios con furiosos ataques de verborrea. Cuando me daba la vena, pasaba noches enteras en los bares, fumando y bebiendo como si quisiera matarme, citando versos de poetas menores del siglo XVI y oscuras frases en latín de filósofos medievales, y haciendo todo lo posible por impresionar a mis amigos. Los dieciocho años es una edad terrible, y aunque yo iba por ahí convencido de que en cierto modo era más maduro que mis compañeros de clase, la verdad era que únicamente había encontrado una manera diferente de ser joven. Más que nada, el traje era una divisa de mi identidad, el emblema de la forma en que yo deseaba que me vieran los demás. Objetivamente considerado, el traje no tenía nada de malo. Era un tweed oscuro, de un tono verdoso, a cuadritos y con solapas estrechas, una prenda sólida y bien hecha, pero después de varios meses de uso constante empezó a dar una impresión azarosa; colgaba de mi descarnada osamenta como una ocurrencia tardía, un torbellino de lana deformada. Lo que mis amigos no sabían, claro está, era que lo llevaba por razones sentimentales. Bajo mi postura inconformista, satisfacía también el deseo de tener a mi tío cerca de mí, y el corte de la prenda no tenía casi nada que ver en el asunto. Si Victor me hubiese dado un traje morado de petimetre, sin duda lo habría llevado con el mismo espíritu con que usaba el de tweed.

[...]

—Se suponía que no teníamos que saber lo que era -dijo-, pero yo lo descubrí. Si hay que encontrar una información, se puede estar seguro de que Charlie Bacon la encontrará. Primero fue el Gran Chico, la que tiraron en Hiroshima con el coronel Tibbets. Yo estaba incluido en la tripulación del siguiente avión, tres días después, el que iba a Nagasaki. Por nada del mundo iban a obligarme a hacer eso. La destrucción a esa escala es cosa de Dios. Los hombres no tienen derecho a meterse en algo así. Les engañé fingiendo que estaba loco. Una tarde salí y eché a andar por el desierto, bajo aquel calor espantoso. No me importaba que me pegaran un tiro. Lo de Alemania ya había sido bastante horrible, pero no iba a permitirles que me convirtieran en agente de la destrucción. No, seftor, prefería volverme loco a tener eso sobre mi conciencia. En mi opinión, no lo habrían hecho si los japoneses fuesen blancos. Los amarillos les importan un comino. Sin ofender —añadió de pronto, volviéndose hacia Kitty-, por lo que a ellos respecta, los amarillos no valen más que los perros. ¿Qué cree que hacemos ahora en el sudesde asiático? La misma historia, matar amarillos allá donde podamos. Es como repetir otra vez las matanzas de indios. Ahora tenemos bombas H en lugar de bombas A. Los generales siguen fabricando nuevas armas en Utah, lejos de todo, donde nadie puede verlos. ¿Recuerdan esas ovejas que murieron el año pasado? Seis mil ovejas. Echaron un nuevo gas venenoso en el aire y todo murió en varios kilómetros a la redonda. No, señor, por nada del mundo aceptaré tener sangre en las manos. Amarillos, blancos, ¿qué diferencia hay? Todos somos iguales, ¿no es verdad? No, señor, por nada del mundo conseguirán que Charlie Bacon les haga el trabajo sucio. Prefiero estar loco a manejar esos bombazos.

[...]

En este punto, la novela de Barber empieza a fallar de mala manera. Sin el menor escrúpulo de conciencia, Kepler decide quedarse a vivir con los Humanos, renunciando para siempre a la idea de reunirse con su mujer y su hijo. Abandonando el tono preciso e intelectual de las primeras treinta páginas, Barber da rienda suelta a lascivas fantasías en largos y floridos pasajes, fruto de la desbocada lujuria masturbatoria de un adolescente. Las mujeres no parecen indias norteamericanas sino juguetes sexuales polinesios, hermosas doncellas de senos desnudos que se entregan a Kepler con alegre abandono. Es pura invención: una sociedad de inocencia paradisíaca poblada por nobles salvajes que viven en completa armonía con los demás y con el mundo. Kepler no tarda mucho en comprender que la forma de vida de ellos es muy superior a la suya. Se sacude las ataduras de la civilización decimonónica y entra en la edad de piedra, uniendo su suerte a la de los Humanos alegremente.

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