Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

julio 24, 2009

Vacaciones

Filed under: Noticias — Palimp @ 1:30 pm
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Esta bitácora quedará inactiva hasta finales de agosto porque me voy de vacaciones, primero a Tenerife (dónde espero conocer al autor de Oteando desde proa) y después a Logroño, mi tierra. A la vuelta aparecerán por aquí importantes novedades.

Si no quieren aburrirse pueden leer cualquiera de las ediciones de Letralia, disponibles on line o buscar libros de autores desconocidos de Cuba:‘Raros’ de la literatura cubana.

Buenas vacaciones.

julio 20, 2009

Susan Griffin. Las Cortesanas.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 3:59 pm
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Editorial RBA, 2003. 268 páginas.
Tit. Or. The book of courtesans. Traducción: Jorge Fondebrider.
Susan Griffin, Las Cortesanas
Insulso catálogo

Para escribir sobre las cortesanas a través de la historia se necesita organizar el material. Uno puede ir colocando fichas biográficas a modo de catálogo o bien organizarlo de otra manera como hace la autora. El subtítulo es catálogo de virtudes y bajo diferentes epígrafes va comentando diferentes anécdotas de cortesanas famosas.

El libro pretende ser un elogio de las cortesanas, algo que en mi opinión está de más. No hace falta defender a esos personajes famosos a menos que se parta de un prejuicio en contra de sus actos. Quitando esto las historias tampoco son demasiado profundas, el fragmentarlas por virtudes hace que cueste seguir el hilo de algunas de ellas y las reflexiones de la autora no son excesivamente brillantes.

Pero lo peor de todo es que el libro resulta tremendamente aburrido. Hace falta tener un talento especial para aburrir con un libro sobre las cortesanas, pero Griffin lo consigue. Terminarlo me costó horrores, y lo hice sólo por ver como acababan algunas historias.

El caso es que me picó el gusanillo de saber más de algunas de las protagonistas, pero no desde luego en este libro. Nada recomendable.


Extracto:[-]

Dentro de los auditorios, las imágenes continuarían superponiéndose en intrincadas capas, mientras recordábamos los retratos de damas y caballeros en sus palcos, así como aquellas descripciones de Daumier del sector del teatro llamado «paraíso», en el piso superior, donde se agrupaban los miembros más pobres del público.

Al volver a las calles, nos habría impresionado el cuadro de Béraud sobre el bulevar de Montmartre, justo enfrente del teatro que acabábamos de dejar. Caminando hacia un café, habríamos encontrado un hombre con sombrero de seda que podría haber salido de una pintura de Caillebotte, así como muchas mujeres que nos habrían recordado a Laparisienne, de Manet. Y al comenzar el nuevo siglo habríamos pensado que fue en ese mismo bulevar donde Chéri, el personaje de Colette, lloró la pérdida de la cortesana de la que estaba enamorado, mientras pasaba las noches borracho. Al llegar al Tortoni, sabríamos que fue allí donde Swann, el héroe de Proust, buscó desesperadamente, y en vano, a la cortesana Odette.

Y a nuestro alrededor, mientras mirábamos o cenábamos o bebíamos o bailábamos, nuevas historias tomaban forma. Los boulevardiers, orgullosos de sus comentarios ingeniosos, los difundían. De una forma u otra, más temprano que tarde todos terminaron enterándose de la famosa respuesta de Feydeau en Maxim’s (tras servirle una langosta que sólo tenía una de sus pinzas, el camarero le explicó que con frecuencia esos animales peleaban entre ellos y terminaban mutilados, a lo que el escritor replicó: «Pues entonces llévese ésta y tráigame a la que ganó».) Y todo el mundo repetía la historia de la vez en que la Bella Otero, forzada a dejar su palco en la Comédie-Francaise para dejárselo al zar de Rusia y su séquito, amenazó: «Muy bien, me voy; pero nunca volveré a comer caviar.»

Así como se repiten todas estas historias, Nadar fotografía a Sarah Bernhardt, a Labiche, a los dos Dumas y a los hermanos Goncourt: todos ellos actores principales de aquella mascarada. Y si ahora, al verlos con la perspectiva que da el tiempo, esos retratos se nos antojan un tanto elegiacos, es porque, a pesar de que el placer se multiplicaba en el tiempo y en el espacio, y cada acontecimiento se reproducía en sucesivos reflejos produciendo la impresión de una serie infinita, lo cierto es que ese instante de eternidad llegaba a su fin como cualquier otro. Es algo inevitable, propio de cada momento de alegría.

julio 17, 2009

Pedro A. de Alarcón. El Sombrero de tres picos.

Filed under: Novela — Palimp @ 11:54 am
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Pedro A. de Alarcón, El Sombrero de tres picos
Comedia de enredos

Ahora no recuerdo muy bien como llegó este libro a mis manos. Es de la biblioteca pero juro que no lo he robado. En mi bilioteca hay una estantería con libros que deja la gente o descatalogados y Sfer me ha apartado alguno cuando en la suya hacen limpieza. Sí, señores, las bibliotecas limpian de vez en cuando sus fondos y muchos libros van a parar a la papelera. Estas iniciativas permiten que los usuarios puedan dar a esos libros una segunda oportunidad.

El caso es que tenía a este más bien apartado pero en alguna de las conferencias de la Fundación March -no recuerdo bien en cual- se hablaba de él y lo fui votando hasta que me tocó leerlo. Pedro Antonio de Alarcón ha tenido valoraciones oscilantes, hay quienes lo consideran bueno y quienes lo consideran un autor menor. Pero casi todos coinciden en que este Sombrero de tres picos es buena literatura.

Basado en una canción popular en la que un corregidor cortejaba a una molinera casada hasta que le declaraba directamente sus intenciones, la anécdota crece hasta convertirse en una historia de celos, enredos y final feliz gracias a la astucia y la honradez de la protagonista.

Falla creo un ballet: El sombrero de tres picos que puede verse en YouTube:

La obra es divertida y conserva su frescura. La he leído con placer -se tarda más en leer el aparato crítico que la rodea que la propia obra- y con una sonrisa en los labios.

Leelo aquí:

El sombrero de tres picos


Extracto:[-]

PREFACIO DEL AUTOR

Pocos españoles, aun contando a los menos sabios y leídos, desconocerán la historieta vulgar que sirve de fundamento a la presente obrilla.

Un zafio pastor de cabras, que nunca había salido de la escondida Cortijada en que nació, fue el primero a quien nosotros se la oímos referir. Era el tal uno de aquellos rústicos sin ningunas letras, pero naturalmente ladinos y bufones, que tanto papel hacen en nuestra literatura nacional con el dictado de pícaros. Siempre que en la Cortijada había fiesta, con motivo de boda o bautizo, o de solemne visita de los amos, tocábale a él poner los juegos de chasco y pantomima, hacer las payasadas y recitar los Romances y Relaciones; y precisamente en una ocasión de estas (hace ya casi toda una vida…, es decir, hace ya más de treinta y cinco años) tuvo a bien deslumbrar y embelesar cierta noche nuestra inocencia (relativa) con el cuento en verso de EL CORREGIDOR Y LA MOLINERA, o sea de EL MOLINERO Y LA CORREGIDORA, que hoy ofrecemos nosotros al público bajo el nombre más trascendental y filosófico (pues así lo requiere la gravedad de estos tiempos) de EL SOMBRERO DE TRES PICOS.

Recordamos, por señas, que cuando el pastor nos dio tan buen rato, las muchachas casaderas allí reunidas se pusieron muy coloradas, de donde sus madres dedujeron que la historia era algo verde, por lo cual pusieron ellas al pastor de oro y azul; pero el pobre Repela (así se llamaba el pastor) no se mordió la lengua, y contestó diciendo: que no había por qué escandalizarse de aquel modo pues nada resultaba de su Relación que no supiesen hasta las monjas y hasta las niñas de cuatro años…

–Y si no, vamos a ver–preguntó el cabrero–: ¿ qué se saca en claro de la historia de EL CORREGIDOR Y LA MOLINERA? ¡Que los casados duermen juntos, y que a ningún marido le acomoda que otro hombre duerma con su mujer! ¡Me parece que la noticia!… –¡Pues es verdad!–respondieron las madres, oyendo las carcajadas de sus hijas.

–La prueba de que el tío Repela tiene razón–observó en esto el padre del novio–, es que todos los chicos y grandes aquí presentes se han enterado ya de que esta noche, así que se acabe el baile, Juanete y Manolita estrenarán esa hermosa cama de matrimonio que la tía Gabriela acaba de enseñar a nuestras hijas para que admiren los bordados de los almohadones…

–¡Hay más–dijo el abuelo de la novia–: hasta en el libro de la Doctrina y en los mismos Sermones se habla a los niños de todas estas cosas tan naturales, al ponerlos al corriente de la larga esterilidad de Nuestra Señora Santa Ana de la virtud del casto José, de la estratagema de Judit, y de otros muchos milagros que no recuerdo ahora. Por consiguiente, señores…

–¡Nada, nada, tío Repela–exclamaron valerosamente las muchachas–. ¡Diga usted otra vez su Relación; que es muy divertida!

–¡Y hasta muy decente!–continuó el abuelo. Pues en ella no se aconseja a nadie que sea malo; ni se le enseña a serlo; ni queda sin castigo el que lo es…

–¡Vaya, repítala usted!–dijeron al fin consistorialmente las madres de familia.

El tío Repela volvió entonces a recitar el Romance; y, considerado ya su texto por todos a la luz de aquella crítica tan ingenua, hallaron que no había pero que ponerle; lo cual equivale a decir que le concedieron las licencias necesarias.

* * *

Andando los años, hemos oído muchas y muy diversas versiones de aquella misma aventura de EL MOLINERO Y LA CORREGIDORA, siempre de labios de graciosos de aldea y de cortijo, por el orden del ya difunto Repela, y además la hemos leído en letras de molde en diferentes Romances de ciego y hasta en el famoso Romancero del inolvidable don Agustín Durán.

El fondo del asunto resulta idéntico: tragicómico, zumbón y terriblemente epigramático, como todas las lecciones dramáticas de moral de que se enamora nuestro pueblo; pero la forma, el mecanismo accidental, los procedimientos casuales, difieren mucho, muchísimo, del relato de nuestro pastor, tanto, que este no hubiera podido recitar en la Cortijada ninguna de dichas versiones, ni aun aquellas que corren impresas, sin que antes se tapasen los oídos las muchachas en estado honesto, o sin exponerse a que sus madres le sacaran los ojos. ¡A tal punto han extremado y pervertido los groseros patanes de otras provincias el caso tradicional que tan sabroso, discreto y pulcro resultaba en la versión del clásico Repela!

Hace, pues, mucho tiempo que concebimos el propósito de restablecer la verdad de las cosas, devolviendo a la peregrina historia de que se trata su primitivo carácter, que nunca dudamos fuera aquel en que saliera mejor librado el decoro. Ni ¿cómo dudarlo? Esta clase de Relaciones, al rodar por las manos del vulgo, nunca se desnaturalizan para hacerse más bellas, delicadas y decentes, sino para estropearse y percudirse al contacto de la ordinariez y la chabacanería.

Tal es la historia del presente libro… Conque metámonos ya en harina; quiero decir, demos comienzo a la Relación de EL CORREGIDOR Y LA MOLINERA, no sin esperar de tu sano juicio (¡oh, respetable público!) que “después de haberla leído y héchote más cruces que si hubieras visto al demonio (como dijo EsTEBANlLLo GoNzÁLEz al principiar la suya), la tendrás por digna y merecedora de haber salido a luz”. Julio de 1874.

julio 15, 2009

Ambrosio García Leal. El sexo de las lagartijas.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 8:23 am
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Editorial Tusquets, 2008. 214 páginas.

Ambrosio García Leal, El sexo de las lagartijas
¿Por qué existe el sexo?

El anterior libro de Ambrosio García Leal, La conjura de los machos era una exposición rigurosa y divulgatica sobre lo que la biología actual conoce acerca del sexo. En esta ocasión, además de profundizar más en el tema, el autor expone sus propias soluciones al enigma de la reproducción.

El título del primer capítulo no es irrelevante ¿Por qué existe el sexo?. Su ubicua presencia nos lo hace natural, pero la reproducción asexuada ha demostrado ser eficaz en muchos organismos. El sexo tiene un doble coste: por un lado sólo se transmiten la mitad de los genes a la descendencia, con lo que se pierden combinaciones genéticas óptimas, por otro la existencia de dos sexos reduce a la mitad los indivíduos reproductores. Sin contar con el esfuerzo de buscar y seleccionar una pareja adecuada.

Si esto es así alguna ventaja tiene que tener la reproducción sexual que compense estos costes. Hasta los años sesenta la opinión predominante era que su propósito era que los hijos no fueran idénticos a los progenitores, pero como bien indica el autor esta explicación contraviene la ortodoxia neodarwinista, porque requiere que los individuos renuncien a un beneficio genético inmediato en aras de una ventaja a más largo plazo. Una explicación más razonable en términos de ventaja a corto plazo es que el sexo suele estar ligado a la dispersión:

El juego de la vida es como una lotería: los organismos asexuales lo apuestan todo a un número, mientras que la reproducción sexual permite diversificar la apuesta, lo que incrementa las posibilidades de acertar. Así pues, el sexo sería la mejor opción reproductiva incluso a corto plazo cuando la progenie debe afrontar un destino incierto.

En el segundo capítulo, Sexo, parásitos e incertidumbre, el autor introduce lo que el considera la mejor explicación al rompecabezas del sexo; la independencia de la incertidumbre del entorno, cuyo aparato matemático se incluye en el apéndice. Los organismos no pueden aislarse de su entorno, y cuando éste es cambiante es importante tener una capacidad de anticipación. Pero esto implica la pérdida de la identidad genotípica, lo que de nuevo choca con la selección darwiniana a nivel de indivíduo.

No es la primera vez que se propone una unidad de selección diferente del individuo. Ronald Fisher interpretaba la reproducción sexual en términos de selección de grupo, y Richard Dawkins ha defendido que la unidad de selección es el gen. Para el autor la individualidad relevante en términos de reproducción es el grupo mínimo formado por la pareja de progenitores,[...] y la identidad que se perpetúa no es la genotípica, sino [...] la identidad de especie..

El tercer capítulo explica las razones por las cuales hay sólo dos sexos y no varios como en algunas especies de plantas. Desmonta también la concepción errónea de Trivers según la cual existe un conflicto sexual entre los dos sexos. En primer lugar la reproducción es una empresa cooperativa, no competitiva, y en segundo lugar los indivíduos no se perpetuan, ya que las identidades de los progenitores se confunden en la descendencia.

Todos los mitos relacionados con la guerra de los sexos, incluyendo el famoso estereotipo de que los machos son promiscuos mientras que las hembras son monógamas, se desbaratan en el capítulo cuarto. Para los que piensen que a los machos les interesa tener un harén de hembras y que la monogamia es un mal invento les convendría saber como es la vida del elefante marino norteño:

En un estudio de campo clásico, se constató que, de 115 machos congregados en las playas del islote de Año Nuevo, frente a la costa californiana, durante una temporada de cría, sólo cinco (los más dominantes) efectuaron 123 de las 144 cópulas observadas. La gran mayoría de los machos de esta especie no llega a conocer el sexo y, en todo caso, tienen que esperar hasta los cinco o seis años de edad para tener alguna opción de acceder a las hembras. Para colmo, sólo uno de cada cien supera los nueve años de edad, porque suelen morir prematuramente, extenuados y quebrantados por las secuelas de los combates.

Independientemente del regimen reproductivo las hembras tienen garantizado el sexo y la reproducción, pero en un regimen monogámico y pagando la cuota de una inversión parental los machos tienen al menos una oportunidad de tener descendencia.

En los últimos capítulos se explora la posibilidad de que sea adaptativa la violencia sexual -en el mundo natural la violación es la excepción y no la regla-, el funcionamiento de la selección sexual -y cual es la función de algo en apariencia poco ventajoso- y la polémica cuestión de si existen diferencias en los cerebros de hombres y mujeres. Numerosos estudios sobre competencia en diferentes aspectos cognitivos (matemáticas, orientación espacial) parecen indicar la existencia de un dimorfismo sexual. Pero estos estudios suelen encontrar unas diferencias casi imperceptibles y, como recuerda el autor:

La naturaleza es amoral y apolítica. Nuestra igualdad sexual es un resultado contingente de la evolución humana. La selección natural podría haber convertido a los machos homínidos en enanos descerebrados, como los machos de Ceratias. Pero no lo hizo, como tampoco les dotó de capacidades mentales ausentes o disminuidas en el otro sexo. En principio, no hay ninguna buena razón para pensar que la selección natural haya favorecido alguna diferencia intelectual innata entre varones y mujeres. Mientras no haya pruebas de lo contrario (pruebas fehacientes que vayan bastante más allá de los resultados de un test psicológico) es la igualdad sexual, y no la diferencia, la que debe darse por sentada.

Si los libros de divulgación científica son escasos y, en ocasiones, de un nivel bastante bajo, en este caso nos encontramos con lo contrario. No sólo se divulga de una manera rigurosa y bien documentada los conocimientos actuales sino que el autor va más allá al proponer interesantes soluciones a las aparentes paradojas que nos plantea el sexo. Si son correctas o no tendrán que decidirlo los expertos, pero después de la lectura de los dos libros de Ambrosio García Leal he llegado a una conclusión clara: el sexo es aún más interesante de lo que me pensaba.

julio 13, 2009

Javier Negrete. Señores del Olimpo.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 6:38 am
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Editorial Minotauro, 2006. 366 páginas.

Javier Negrete, Señores del Olimpo
Dioses en crisis

Cuando en esta bitácora se ha criticado un libro malo siempre hay algún comentario que me acusa deelitismo y defiende que la literatura de entretenimiento tiene que existir. Como si yo estuviera leyendo todos los días los grandes clásicos de la literatura universal y no leyera por puro placer.

Es más, un libro que ha conseguido hacerme pasar un buen rato es candidato a la relectura, por delante incluso que otras grandes obras. Una canción ligera puede escucharse en cualquier momento, para escuchar a Bach necesitas un momento especial.

De Javier Negrete me habré leído su libro La mirada de las furias dos o tres veces. No es una novela de ciencia ficción especialmente rompedora, pero disfrutas leyéndola. Porque Negrete no es literatura como Bolaño o Vila-Matas, pero no tiene frases que ofenden al oído como Ruiz Zafón o carencias de todo tipo como Dan Brown.

La situación de los dioses no atraviesa su mejor momento: los gigantes amenazan atacar el Olimpo, una extraña criatura llamada Tifón afirma ser hija de Cronos y heredera del trono y hace tiempo que no se ve en la tierra una auténtica primavera. Zeus necesitará de todo su ingenio y ayuda posible para solucionar tantos problemas.

Hilvanar los mitos griegos en una novela coherente sin traicionar su espíritu no es tarea fácil, y Negrete sale airoso y con nota. Al final se incluye un epílogo con las fuentes de los mitos; el cómo se hizo.

¿Quién dice que los clásicos son un rollo? Una mano maestra y los tenemos vivos y coleando. Leyéndolo no hacía más que pensar Que gran serie se puede sacar de este libro. Siempre que no la hagan en España, claro.

Descárgalo gratis:

Negrete, Javier – Señores Del Olimpo.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Atenea sabía quién andaba detrás del regreso prematuro de Ares. Su madre, Hera, hermana y esposa legítima de Zeus. No era ningún secreto que ambos llevaban dos años durmiendo en alcobas separadas, porque ella se había cuidado de pregonarlo a todo aquel que quisiera oírlo. Y al parecer el rey de los dioses no estaba dispuesto a aguantar dos años más privado de la compañía de su regia esposa. Pero Atenea prefirió no mencionar a Hera.

-Si tú mismo soslayas los principios sagrados sobre los que reinas, todo se tambalea -dijo.

-No sigas por ahí. Ni siquiera tú…

-¡Eres el señor del orden! Tú eres el padre de Dique, la Justicia. Se supone que ella no está nunca en el Olimpo porque la has enviado al mundo para verificar que los humanos la respetan. No me gustaría pensar que es porque no quieres que juzgue tus errores.

-¿Quién eres tú para decidir qué puedo hacer o no hacer? -exclamó Zeus, poniéndose en pie. Su estatura intimidaba incluso a Atenea, que retrocedió dos pasos-. ¿Pones en duda mi juicio y mi omnipotencia?

Atenea agachó la cabeza. Había llegado demasiado lejos. Amaba a su padre y compartía su visión de un cosmos ordenado. Sabía que, antes de que Zeus conquistara el poder, el mundo era un lugar inestable y volcánico, en el que tan pronto reinaban el fuego y las cenizas como el hielo y la escarcha, dominado por criaturas monstruosas que amenazaban la supervivencia de la recién creada humanidad. Cuando Zeus encerró a los titanes en el Tártaro, prohibió a los dioses que poblaban el Olimpo que siguieran cohabitando con monstruos y que volvieran a mudar de formas.

-No más dioses que se transforman en animales -había dicho-. Somos los olímpicos, y eso significa que debemos mantener nuestra dignidad.

Pues la naturaleza de los dioses, al contrario que la de los mortales, era tan moldeable y dúctil que ellos mismos podían alterarla en metamorfosis que, si bien resultaban dolorosas, también podían serles útiles. Pero a Zeus no le agradaba estar rodeado de criaturas de aspecto cambiante e insistía en que había una forma única que todos debían mantener: la suya. La olímpica. Aquel molde conforme al cual la raza humana, la favorita de Zeus, había sido creada por él y su antiguo amigo Prometeo, el titán que ahora colgaba de unas cadenas de hierro en un volcán del Cáucaso.

Atenea comprendía los preceptos de su padre. Lo que no entendía era que él mismo los traicionara. Pues cuando se dejaba llevar por sus caprichos (que casi siempre se materializaban en la forma de alguna bella hembra humana) no dudaba en adoptar las formas más peregrinas. Dentro del Zeus responsable y justiciero habitaba otro infantil y caprichoso, capaz de transformarse en toro para raptar a Europa, en cisne para seducir a Leda, en lluvia de oro para fecundar a Dánae, o incluso de adoptar la figura del tebano Anfitrión para seducir a su mujer Alcmena.

Al menos, nunca había solicitado la complicidad de Atenea para tales andanzas, en las que siempre recurría al inmaduro y voluble Hermes, sabedor de que él no le echaría nada en cara. Pero si Zeus creía que los demás dioses no conocían estas aventuras y no podían reprocharle que quebrantara sus propias normas, estaba muy equivocado. Pues la primera que siempre se enteraba era su propia esposa, Hera, y ella se ocupaba de contárselo a todos los demás. Incluida Atenea. Aunque no se llevaban bien, Hera la invitaba a cenar en sus aposentos cada vez que tenía la ocasión de denunciar una nueva infidelidad de su marido, con la esperanza de sembrar la cizaña entre Zeus y la diosa guerrera, o conseguir al menos que ésta reprobara la actitud de su padre.

Cosa que nunca había ocurrido. Lo que tuviera que censurar Atenea a Zeus, lo hacía sólo en su presencia. El problema era que su padre andaba cada vez más irritable, tal vez por la actitud de su esposa. Atenea no era tan ingenua de pensar que Zeus estaba sufriendo como un amante amartelado por no compartir el lecho de Hera. No, lo que le atormentaba era que todos en el Olimpo supieran lo que pasaba y pudieran pensar que el rey de los dioses no era capaz de meter en vereda a su esposa. Pues para Zeus las apariencias lo significaban todo.

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