RBA editores, 2008. 60 páginas.

Esterilidad
Tragedia de sentimientos profundos, subterráneos. La esterilidad como símbolo de la falta de amor y de cariñoa, de la potencia del deseo. No se puede concebir sin pasión. Yerma lleva dos años buscando un hijo, pero nunca lo conseguirá de un marido al que no quiere.
En ésta y otras obras me recuerda mucho a Shakespeare. El talento de construir a partir de un argumento trivial una maetáfora del corazón humano. Lo dicen muchos, pero he tenido que verlo por mí mismo: menudo talento el de Shakespeare y Lorca. Teatro fieramente humano.
El sufrimiento en estas obras viene derivado de la sociedad cerrada y asfixiante en la que viven. En una sociedad más moderna no existiría drama. Una fecundación In Vitro o un divorcio a tiempo ahorraría sufrimientos.
Puedes leerlo aquí: Yerma, de Lorca
Extracto:[-]
VIEJA. Oye. ¿A ti te gusta tu marido?
YERMA . ¿Cómo?
VIEJA. ¿Qué si lo quieres? ¿Si deseas estar con él?…
YERMA. No sé.
VIEJA. ¿No tiemblas cuando se acerca a ti? ¿No te da así como un sueño cuando acerca sus labios? Dime.
YERMA. No. No lo he sentido nunca.
VIEJA. ¿Nunca? ¿Ni cuando has bailado?
YERMA. (Recordando.) Quizá… Una vez… Víctor…
VIEJA. Sigue .
YERMA. Me cogió de la cintura y no pude decirle nada porque no podía hablar. Otra vez, el mismo Víctor, teniendo yo catorce años (él era un zagalón), me cogió en sus brazos para saltar una acequia y me entró un temblor que me sonaron los dientes. Pero es que yo he sido vergonzosa.
VIEJA. ¿Y con tu marido?…
YERMA. Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y yo lo acepté. Con alegría. Ésta es la pura verdad. Pues el primer día que me puse novia con él ya pensé… en los hijos… Y me miraba en sus ojos. Sí, pero era para verme muy chica, muy manejable, como si yo misma fuera hija mía.
VIEJA. Todo lo contrario que yo. Quizá por eso no hayas parido a tiempo. Los hombres tienen que gustar, muchacha. Han de deshacernos las trenzas y darnos de beber agua en su misma boca. Así corre el mundo.
YERMA. El tuyo, que el mío, no. Yo pienso muchas cosas, muchas, y estoy segura que las cosas que pienso las ha de realizar mi hijo. Yo me entregué a mi marido por él, y me sigo entregando para ver si llega, pero nunca por divertirme.
VIEJA. ¡Y resulta que estás vacía!
YERMA. No, vacía no, porque me estoy llenando de odio. Dime, ¿tengo yo la culpa? ¿Es preciso buscar en el hombre el hombre nada más? Entonces, ¿qué vas a pensar cuando te deja en la cama con los ojos tristes mirando al techo y da media vuelta y se duerme? ¿He de quedarme pensando en él o en lo que puede salir relumbrando de mi pecho? Yo no sé, pero dímelo tú, por caridad. (Se arrodilla.)
VIEJA. ¡Ay qué flor abierta! ¡Qué criatura tan hermosa eres! Déjame. No me hagas hablar más. No quiero hablarte más. Son asuntos de honra y yo no quemo la honra de nadie. Tú sabrás. De todos modos, debías ser menos inocente.
YERMA. (Triste.) Las muchachas que se crían en el campo, como yo, tienen cerradas todas las puertas. Todo se vuelven medias palabras, gestos, porque todas estas cosas dicen que no se pueden saber. Y tú también, tú también te callas y te vas con aire de doctora, sabiéndolo todo, pero negándolo a la que se muere de sed.
VIEJA. A otra mujer serena yo le hablaría. A ti, no. Soy vieja y se lo que digo.