Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

octubre 30, 2009

Vonda N. McIntyre. Torrente de fuego.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 8:55 am
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Editorial Edhasa, 1981. 288 páginas.
Tit. Or. Fireflood and other histories. Trad. César Terrón.

Vonda N. McIntyre, Torrente de fuego
Lazos humanos

Uno de los libros que menos me han gustado desde que empecé con el Cuchitril fue La luna y el sol, de esta autora. No es masoquismo darle otra oportunidad; hasta el mejor maestro echa un borrón y cualquiera puede tener un mal día.

Por ser un libro de relatos es fácil que alguno guste más que los otros y salve la colección. La lista es la siguiente:

Torrente de fuego
De Niebla, Hierba y Arena
Espectros
Alas
Las montañas del ocaso, las montañas del alba
El principio del fin
Tapón Roscado
Sólo de noche
Recourse, Inc
Los monstruos del genio
Aztecas

Muchos ya los había leído en otras antologías o en la revista Nueva Dimensión. No me han parecido malos, pero no son de mi estilo. El único que me ha gustado -ya lo hizo en su momento- fue De Niebla, Hierba y Arena. El de Aztecas, que es muy famoso, siempre lo he considerado un poco simple; con dormir en camas separadas se solucionaría el gran problema que es el núcleo de la trama.

Relatos centrados en los problemas de las relaciones personales en mundos fantásticos y futuros lejanos. Sigue sin entrarme la autora, pero no agrede al cerebro.

Descárgalo gratis (es otra obra de la autora):

Mcintyre, Vonda – Serpiente del sueño .pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

La pasarela se detiene. Me vuelvo, ando dos pasos, y me deslizo en el asiento de mi tablero. El miedo que me afecta todos los días llega a más profundidad. He tratado de evitar el casco otras veces, y he aprendido a no hacerlo más. El casco absorbe mi cabeza y aisla las sombras de mi vista. Las sondas se estiran y tocan las cavidades metálicas que reemplazan a mis ojos. Retrocedo, pero no puedo apartarme. Las sombras penetran, y los esquemas comienzan.

Trabajo duro. Hago mi tarea. Contemplo los esquemas de oscuridad y luz y hago lo que me indican. Pero deseo ver el día otra vez.

El cielo y los árboles es lo que más recuerdo. Los árboles rozaban sus puntas en un fondo azul, alrededor de toda nuestra casa. La corteza era rugosa y las agujas blandas y agudas. Cuando yo trepaba por los árboles mis manos se ponían pegajosas con una resina dorada que dejaba el olor de la siempreviva en mis dedos. El cielo era del color de los ojos de mi madre (me pregunto si a ella también se los habrán sacado). Sólo una vez vi el final del cielo, cuando caminé hasta muy lejos y el bosque cesó. Yo era muy joven. Estuve al borde de un peñasco acompañado por el viento y el sol. Y vi que el cielo terminaba en una enturbiadora nube de color amarillo y castaño. Corrí hacia casa, llorando, con lágrimas reales de gusto salado en mi lengua, lágrimas que se secaban y se ponían rígidas en mi cara. Mi madre me consoló. Dijo que la nube nunca se acercaría más. No volví a pasear en aquella dirección, ni cuando crecí y no debía tener miedo.

Una moderada sacudida eléctrica me impulsa bruscamente a la conciencia. Se ha cometido algún error. Tres de nosotros trabajan en cada serie de esquemas, como un seguro contra errores. Observo otra vez, conscientemente, la imagen de mi cerebro. Hago lo que indica. Mi error es confirmado y corregido. No puedo escapar a mi castigo distrayéndome o preparándome. El castigo va traqueteando a través de mí, y mis dedos se cierran. No es demasiado fuerte esta vez, pero si me equivoco de nuevo será peor. Creo que es porque saben que a veces cometo errores a propósito. Los otros dicen que jamás cometen errores. No lo creo. Odio estos dibujos ridículos. Les costó largo tiempo enseñarme a deducir lo que cada grupo de líneas me indica hacer. Todos los grupos son diferentes, y yo no quería aprenderlos.

Cuando era pequeño podía hacer figuras en la oscuridad apretando los dedos contra las comisuras de los ojos. Surgían todos los colores, los que están en los arcoiris (es tan difícil recordar los arcoiris… ¿Qué había arriba? ¿El violeta o el rojo?) y algunos que no están. Las líneas y círculos mellados y las criaturas ondeantes se movían, bailaban y me hacían compañía por la noche.

Ahora, cuando se supone que estoy dormido, recuerdo a mis compañeros de infancia y toco mis ojos. Siempre confío en que los colores regresarán y en que volveré a ver el día. Es difícil recordar cómo eran realmente los colores. Tengo esperanza, pero toco mis párpados cerrados y no veo nada, y lo que percibo está duro y muerto. Cristales, circuitos y lentes que me permiten resolver bandas oscuras en líneas finas. Todo parece muy importante para ellos. Carece de sentido para mí, y eso me enoja. A veces araño mis ojos por la noche. Sé que no debería hacerlo…

Un día, cuando volvía a casa, oí voces. Oculto por la esquina de nuestra casa, observé. Escuché que llamaban egoísta a mi madre. Decían que no podíamos quedarnos allí por más tiempo. Ella dijo que estaban equivocados y ellos la derribaron a golpes. Yo grité ¡basta! y golpeé en su pecho con mis puños. Me empujaron. Miré al suelo y vi lo pequeña y frágil que era mi madre. Intenté golpearlos otra vez, pero se rieron de mí y también me derribaron a golpes, y cuando desperté me encontraba aquí, y el mundo era sombras grises. Me pregunto qué habrán hecho con mi madre.

octubre 26, 2009

Gonzalo Torrente Ballester. Cuadernos de La Romana.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 8:27 am
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Ediciones Destino, 1975. 264 páginas.

Gonzalo Torrente Ballester, Cuadernos de La Romana
Protoblog

Creemos que la web 2.0 es algo muy moderno y podemos llegar a extremos como el siguiente:

Biblioteca

Pero lo cierto es que las bitácoras llevan mucho tiempo existiendo. No sólo los diarios privados eran algo similar, también los escritores solían publicar columnas en los diarios de un estilo muy parecido al actual, mezclando opiniones de actualidad con experiencias personales, lecturas o artículos. Estos Cuadernos de la Romana (donde vivía el autor) se publicaron en el diario Informaciones y vienen a ser una serie de reflexiones de temas diversos. Ideales para montar una bitácora, como hicieron con Josep Pla. Como nadie lo ha hecho con Torrente Ballester, les dejo una extensa selección de artículos.

Gonzalo Torrente Ballester es uno de mis escritores preferidos. Los hay mejores, que duda cabe, pero a ciertos autores les coges un cariño especial que va más allá de su calidad artística. He leído todo lo que ha caído en mis manos y muy pocas veces me ha defraudado. Hagan la prueba.

Contra la interpretación psicoanalítica de los textos:

La lectura de estos textos me devuelve a Pessoa el cuatripartito, cuatro hombres en uno y todos grandes poetas. Quizá se haya escrito algo sobre esta curiosa personalidad múltiple y sin embargo unitaria. ¿Cómo puede ser? Tiemblo al pensar lo que dirán de él quienes sólo conciben la crítica a partir de Saussure, Marx y Freud (o mejor dicho, de los epígonos del uno y de los otros). Los hay que ven símbolos fálicos por todas partes, y esto me recuerda un estudio de no sé quién, publicado —creo— en esta misma revista, según el cual el pobre Don Quijote salía en busca de aventuras provisto de un símbolo fálico muy visible (la lanza). Yo añado el segundo, una especie de repuesto irrecusable como símbolo: la espada, y por completar la figura y su contradicción, la redondez de la rodela, que también tiene su significación sexual. Y pienso si no se está abusando un poco de todo esto. En los Estados Unidos tuve en mis manos una edición de «La vida es sueño», en cuyo prólogo se interpretaba como símbolos de valor sexual la torre y la cueva de Segismundo (también contradictorios, salta a la vista). El alibi del inconsciente impide toda discusión al respecto: es como los encantadores de Don Quijote. Pero se me ocurre pensar que no es legítimo atribuir significaciones a elementos poéticos cuando ni el autor ni el público a quien iban dirigidos las tenían en cuenta, porque ni Cervantes, ni Calderón, ni los lectores de uno ni el auditorio del otro veían falos en lanzas y torres, sino torres y lanzas sencillamente. Como cuando Antoñito el Camborio «va, con su vara de mimbre, / a Sevilla a ver los toros».

El siguiente texto le va al pelo al 90% de las bitácoras actuales:

Vamos, primero, con las personales. La invitación que mi crítico me hace podría más o menos formularse así: «Desnuda tu alma». Muy bonito, sí —en el caso de que a mi alma valiera la pena verla desnuda—. Pero a las almas les pasa como a las mujeres: en la mayor parte de los casos es preferible que vayan vestidas. Y como eso de «desnudar el alma» tiene cierto sabor romántico, recuerdo aquello que decía Ortega y que viene ahora oportunamente, cuando escribía (en «Musicalía», si no recuerdo mal) que las confesiones (equipárense aquí a los «strip-tease» del alma) son incomparables cuando el que se confiesa es un espíritu interesante o «egregio» (creo que Ortega usa en esta ocasión esta palabra tan. de su gusto); pero, en caso contrario, que es el más frecuente, las confesiones son una lata. Ahora bien: yo estoy convencido de mi irreparable vulgaridad, y no es cosa de que la vaya exhibiendo por ahí.

Sus opiniones sobre Joyce:

Acabo de terminar la lectura de una biografía de James Joyce. Su autora, una muchacha italiana bien informada. La traducción española del libro, publicada hace dos o tres años, me llega tarde. No es la primera biografía de J. J. que leo, y confío en que no será la última. Supone las anteriores y les añade algo. James Joyce, en cuanto hombre, no parece haber sido ejemplar, míresele como se le mire, pero no creo que la cosa tenga allá mayor importancia. Abundan los escritores, los artistas, de vida irregular. Cuando yo era niño y empezaba a estudiar literatura, el fraile que me la enseñaba, un mercedario granadino a quien, por la forma de su cabeza y el corte de su pelo, llamábamos «Cebolleta», nos aseguraba que el Señor tiene especial indulgencia con los pecados de estos hombres cuya normalidad queda desequilibrada por la presencia y actividad de unas dotes excepcionales. El fraile se refería concretamente a los pecados de la carne, pero de los del espíritu no decía nada. Solía también justificar las borracheras de don Marcelino, contándonos que a causa de sus dolores de estómago, bebía vino caliente, y, claro, a veces se excedía. De donde puede colegirse que los chicos de mi generación tuvimos a este respecto más suerte que los que después vinieron, ya que, al menos, supimos que don Marcelino era un curda, lo cual, después, se ocultó con aplicado celo. A alguien que le había conocido oí decir que sólo bebía café. ¡ Que ya es tupé!

Volviendo a J. J., confieso mi interés por su vida y por su literatura. Lamento no estar de acuerdo en esto con mi admirado y querido Juan Benet, cuya fobia antijoyciana es conocida, aunque con la ventaja de haberla expuesto en un excelente ensayo, lo único bueno, con otro (en gallego) de García Sabell, que se ha publicado en España, al menos que yo conozca. Me deslumhra de Joyce su dominio de la palabra, absolutamente incomparable, y si bien admito que su literatura pueda reducirse a eso, a palabras, no me parece poco. Pero la verdad es que, además de palabras, encontramos en Joyce formas, lo cual tampoco está mal. ¿ Qué es la literatura sino ¦palabras en forma? ¡Juegos de palabras! Como el «Quijote», en que juega con las palabras todo el mundo: el autor, el narrador, los personajes. ¿Qué hace don Quijote, sino levantar un mundo con la palabra? Como Joyce, ni más ni menos. Levanta un mundo destruyendo otro.

Su admiración por Eco y el mediterráneo:

Y ahora es otro italiano, Umberto Eco, quien da medida humana, inteligibilidad, orden, al galimatías estructuralista y a todos los galimatías lingüísticos que andamos padeciendo. Un librito de Eco, «Diario mínimo», que Jesús López Pacheco puso en español claro y legible, se lo recomendaría yo a algunos críticos jóvenes, y a otros, no críticos, pero también jóvenes, que demasiado fácilmente se dejan seducir por ideas y sistemas cuyo único atractivo es la pedantería. En este momento de desmitificación, lo correcto es empezar por desmitificarnos a nosotros mismos, a nuestro lenguaje.

Con esto, que no viene a cuento para mi tema, quiero dejar constancia de lo mucho que admiro y siento como mío el Mediterráneo y su cultura y, por supuesto, sus gentes. Por eso me pregunto: ¿por qué el Mediterráneo produce tanta cursilería? ¿Cómo fue posible que el país de Palestrina, de Corelli, de Vivaldi, se haya transformado en el de las canciones napolitanas? .¿Cómo aquellos hombres del Renacimiento, creadores de una elegancia y de un sistema de conducta, han degenerado hasta ciertos extremos que nos presenta el cine? La pintura italiana, uno de los mayores milagros del hombre, combinó los colores de todas las maneras bellas posibles. ¿Cómo entonces se tejen ciertas corbatas?

Mientras me pregunto esto, me vienen a las mientes recuerdos de una película vista fuera de España (no en Perpiñán, por supuesto), «Roma», creo que de Fellini. Para un puritano o para un perfeccionista, la gente que allí se muestra es repelente. Sin necesidad de ser ninguna de esas cosas, un norteamericano la encuentra divertida e inferior. (Inferior: es el mundo que, inserto en el norteamericano, inventa la «Mafia» y se ríe de los americanos.) Confieso mi entusiasmo, no a la vista del tonelaje de carne humana vestida o desnuda que Fellini nos hace contemplar, sino de su tremenda humanidad. Es humano, aunque lo sea demasiado. Curados de la cursilería gesticulante y de otros defectillos más bien estéticos, reintegrados a una moral de la que fueron despojados, volverían a ser ejemplo y modelo, ese precisamente que el mundo tanto necesita. Para ser justo, otro día hablaré de la cursilería anglosajona.

Saber popular:

San Gonzalo d’Amarante
ten unha pipa n’o monte:
as mulleres beben vino,
y, os homes, auga d’a fonte.

La defensa de la lengua propia:

Yo, que soy gallego, no escribo en gallego, porque el idioma que conocí y que hablo en mi intimidad ni era ni es apto para lo que escribo, aunque lo sea para otros géneros y, por supuesto, para otros autores, más dotados que yo para la invención verbal. Eso no quiere decir que no lo deplore. Los estudios que hice de acuerdo con programas oficiales vigentes no incluían el gallego, ni reconocían su existencia. Y a mucha gente he tratado (aquí y fuera de aquí) que con gusto hubiera visto su desaparición. Y de las otras también. Eran, son, los partidarios de la mente uniforme —los mismos, por otra parte, que están haciendo del castellano una lengua de ejecutivos, de horteras y de guías de turismo—, los que se irritan cuando alguien no piensa como ellos o no habla como ellos, los mi-tómanos de la «unidad» utópica y siniestra. Mi lengua «regional», insisto, era y casi es lengua agraria y marinera; aspira ahora a ser capaz de servir de instrumento expresivo a un hombre moderno y culto. ¿Qué hay de sentimentalismo en esto? Reprobarlo, ¿no será aprobar, a cinco siglos de distancia, el acto vandálico que nos la arrebató como lengua oficial y viva, y la confinó a los parias de la época y de las que siguieron? Hablo de la mía, con su historia. Los catalanes y los vascos hablarán de la suya. El catalán se salvó gracias al esfuerzo y al dinero de unos cuantos que en un siglo consiguieron hacerla lengua vivaz y suficiente. ¿Quién se atreverá a decir que conferimos valor a su literatura sólo por sentimentalismo? Durante la Dictadura de Primo de Rivera, alguien con sentido común logró que las lenguas «regionales» estuvieran representadas en la Academia; hoy, estas representaciones han desaparecido. La Academia se titula «Española», cuando después de esa exclusión, no es más que «castellana», porque el catalán, el gallego y el vasco también son «españoles». ¡Vamos, digo yo! Quizá sensibles a esta realidad, los hispanoamericanos no hablan casi nunca del «español», sino del «castellano», que dicen hablar y hablan según sus variantes propias. Que Rubén Darío y algún otro se hayan referido alguna vez al «español» no es más que la excepción, y lo encuentro justo, porque el «castellano» admite variantes, modalidades, mientras que el «español» parece mantener en su mero enunciado las connotaciones uniformistas a que hice referencia y trae la contrapartida de que los castellanohablantes nos quieran imponer lógicamente las suyas.

Camilo José Cela, preconizado director «constituyente» del Ateneo, propuso lo de las cátedras, que ahora se intentan conservar «por razones sentimentales». No creo que hayan sido ellas las que movieron a Cela, sino otras más reales y profundas. Felicité a Cela cuando renunció a su «posible» empresa, pero no por eso dejo de lamentar que la haya abandonado. Las ideas de la señora o señorita Llorca, funcionaría, al parecer, del Ministerio de Información y Turismo, no me parecen tan acertadas.

Lo importante no es la fama, sino tener calidad:

Por lo pronto, el hecho de que Octavio Paz, Julio Cortázar y Ramón J. Sender ignoren nuestros nombres no es de lo más grave; mucho más lo sería el que tuviesen razones de peso para ignorarlos, el que nuestros nombres no merecieran en absoluto ser conocidos. Y aquí conviene recordar que mucha gente piensa de su obra que es valiosa, cuando los otros, los de fuera, le reconocen algún valor. Pero este reconocimiento es, las más de las veces, fortuito, y en nuestro caso forma parte de una compleja situación en la que no tenemos arte ni parte. Nuestra obra tiene las mismas dificultades «exteriores» que nuestras naranjas, y por las mismas razones. Lo cual ni rebaja la calidad a las naranjas ni a la literatura, o así me lo parece.

En ciertos casos concretos, que quizá sean los citados, esto no basta como explicación. Mucha gente (que no es la misma de que líneas arriba hablaba) necesita que nuestra obra carezca de valor, porque parten del axioma de que la situación histórica en que vivimos no permite que la obra de valor germine y aparezca. Ergo, si tales obras existen, ^ese a la situación histórica, el axioma se viene abajo, y ya se sabe con qué pasión y con qué subterfugios dialécticos se defienden los axiomas apasionados. Ante tal evidencia, la postura de Umbral es legítima, pero también lo es la mía. A él le indigna, a mí me divierte. El reconocimiento de Fulano, Zutano o Perengano no añaden nada a mi propia estimación, que tiene enemigos mucho peores y más difíciles de convencer; los que yo mismo invento.

A Umbral le pareció feísimo que Cortázar ignorase mi nombre, y considera que mi pretensión de que el gran cuentista argentino me firmase un libro fue muestra de la humildad gallega de que padezco. Yo, mucho más exigente conmigo mismo que Paco Umbral, sé que no fue un acto de humildad, sino de buena educación: lo menos que puede hacerse con un coinvitado con el que se va a charlar durante un par de horas. La falta de información por su parte quedó debidamente compensada con el exceso de información por la mía, pues yo conozco toda su obra y pude hablarle de ella. Como el propio Cortázar dijo, con ciertas bromas insertas. Hay que pensar, pues, que, una de dos: o lo que hacemos tiene valor, y al desconocerlo ellos se lo pierden, o carece de él, y en este caso el desconocimiento se justifica por sí mismo. Pero jamás indignarse por un fenómeno que viene aconteciendo desde hace mucho tiempo, y que si hoy se justifica por nuestra situación histórica (y allá a quien le baste la justificación), en otros tiempos en que la situación histórica era distinta pasaba más o menos lo mismo. Yo diría que es nuestra fatalidad, que es nuestro modo de pagar errores que no hemos cometido, errores ya seculares.

Algo hay en el artículo de Umbral en que tiene más razón que un santo. Pocas generaciones de escritores españoles se habrán desenvuelto en medio de tantas dificultades como la mía. Lo milagroso es haber sobrevivido, y si yo, en cierto modo, puedo contarme entre los supervivientes, no dejo de recordar con pena los nombres y las personas de tantos colegas que no pudieron más, que arrojaron la esponja o se murieron de asco. Sin embargo, y pese al «contexto» hostil, podemos hombrearnos dignamente con los que nacieron en la libertad o la eligieron. El que se nos reconozca o no, a mí, personalmente, me trae sin cuidado.

Nixon y su final:

Reconozco que los últimos días de su aventura presidencial, el señor Nixon empezaba a darme lástima, si bien admita que cuanto le sucedió lo tiene bien merecido. Hoy me han llevado a un lugar donde los caballeros (también chillones, por supuesto) no hablaban de otra cosa, y pude oír que uno de ellos, de los muy importantes, decía: «Ese Nixon tiene que ser un imbécil. ¿Por qué no metió un batallón de “marines” en el Congreso y detuvo a los diputados?» La verdad, nunca se me había ocurrido semejante solución, y es probable que tampoco se les haya ocurrido a los consejeros de Nixon. Voy pensando que sólo en nuestro país quedan verdaderos políticos. En los bares, sobre todo.

Sin embargo, a lo mejor, los «marines» no hubieran obedecido.

Más sobre el escribir una bitácora:

Después vinieron las dudas. Ante todo, por el hecho mismo de publicar algo que pertenece a la intimidad. Por mucho que se disimule o justifique, ¿no se puede rastrear siempre, en esta clase de publicaciones, un plus, más o menos crecido, de petulancia? Pues se supone que el autor cree que lo que piensa puede interesar a los demás. Ahora bien: idea semejante sub-yace a toda actividad pública de cualquier escritor. Los hay, no lo dudo, que mantienen su lámpara encendida debajo del celemín, y se descubre su talento después de muertos. No deja de ser un ideal, sobre todo para los tímidos y humildes o para los en exceso pudorosos, si bien como ideal sólo convenga a quienes no necesitan de la pluma para ir viviendo o para ir tirando. Yo soy bastante tímido, razonablemente humilde y pudoroso en exceso, pero semejantes defectos he tenido que dominarlos, ya que desde muy pronto me vi obligado a vivir de la pluma. Y todo lo que llevo publicado en los periódicos, de una manera o de otra, pudiera reducirse a «diario» con sólo poner fecha y cambiar título. Ya que, a la inversa, un «diario», o al menos éste, no es más que una serie de artículos, largos o cortos, que se publican juntos porque hace, tipográficamente, más bonito. Se puede argüir que el escritor de artículos busca o simula buscar la objetividad, y que el «diario» es por definición subjetivo. Pero yo creo que, en la Prensa, la objetividad sólo se pide, siempre relativamente, en los «editoriales», que se escriben, no para expresar un modo personal de ver las cosas, sino el de la entidad que lo publica, y que todos cuantos llevan la firma de un autor son exudaciones suyas.

Descárgalo gratis (es otro libro, pero les gustará):

Torrente Ballester, Gonzalo – La saga-fuga de JB.pdf

(Te hará falta el programa EMule)

octubre 25, 2009

La guerra

Filed under: Audiovisual — Palimp @ 10:30 am
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No es la primera vez que hablo por aquí de la serie La vuelta al mundo en 80 libros, que voy escuchando y saboreando poco a poco. Todos los programas son buenos, pero el dedicado a la guerra es una pequeña obra de arte. Pueden escucharlo en el enlace anterior o aquí mismo:

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Soy de lágrima fácil, así que no es de extrañar que la interpretación de Araceli González Campa (a aprtir del minuto 30) me hiciera llorar mientras lo escuchaba caminando al trabajo. Escuchénlo y luego me cuentan.

octubre 23, 2009

Premios Del Tren

Filed under: Cuentos — Palimp @ 8:37 am
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Fundación de los ferrocarriles españoles, 2006. 144 páginas.

Varios, Premios Del Tren
Encarrilados

Suelo comentar por aquí muchos libros difíciles de encontrar y este supongo que será uno de ellos. Lo tengo porque me lo regaló un amigo que trabaja en la renfe, pero no creo que esté a la venta por ahí. Lo suponía una edición de un premio de baja categoría que tratase sobre ferrocarriles, pero parece ser heredero de los premios Camilo José Cela y Antonio Machado, aunque los temas sí que giran alrededor del tren.

En cualquier caso los participantes tienen nivel y el libro se leee con placer. El primer premio La biblioteca férrea, sobre como los libros que recoge un padre revisor van conformando la biblioteca y enseñanzas de su hijo, es correcto sin ser deslumbrante. El segundo premio, El concierto o tribulaciones de un tren hacia La Habana trata de un accidentado viaje en el que los pasajeros se van enfadando por los sucesivos cambios de locomotora -a cual peor- hasta llegar casi al punto del motín. El final es sencillo pero emotivo y muy eficaz. También es un homenaje a la autopista hacia el sur de Cortázar.
El rigor de las desdichas, con un Cervantes redivivo, resulta muy simpático.

El resto no desmerece y aquí está la lista:

La biblioteca férrea de José Fernández de la Sota
El concierto o tribulaciones de un tren hacia La Habana Leonel Pérez Pérez
El rigor de las desdichas Rubén Caba
Donde los trenes se desbocan Laura Blanca Cotón
Cuentos del tren Iciar Masip Orcajada
El jefe de estación Hernán Migoya

“Antonio Machado “de Poesía
La tierra que persigue Javier Lorenzo Candel
Recorrido interior Lorenzo Olivan
La insomne Jesús Aguado
Los trenes náufragos Luis Bagué Quílez
Estrofas del tren Martín López-Vega
Muslo de miel, alma de piel Julián Montesinos Ruiz

La sección de poesía la miré por encima y no me atreví. En general, una sorpresa agradable.


Extracto:[-]

Al entrar en la antiquísima y siempre atiborrada estación tunera me dirigí a la ventanilla en cuyo cristal se leía “información” a fin de hacer lo propio con relación al tren que nos correspondía y que si mal no recuerdo era el número 14 con origen en Santiago de Cuba y destino en La Habana. La muchacha que ocupaba su asiento del lado de allá del cristal interrumpió la faena que con mucho esmero realizaba en ese momento, limarse sus bien cuidadas y a punto de pintarse uñas, para decirme sonriente, como si lo disfrutara, que no me preocupara que la cosa no estaba tan mal después de todo, que el tren número 14 llegaría con sólo tres horas de retraso a Las Tunas, porque la locomotora había salido “con problemas” de Santiago y en Cacocum tuvieron que cambiarla. ¡Atiza, qué comienzo! Cuando regresé a donde había dejado a mi mujer, la maga, con los bultos y le comuniqué la no muy buena nueva estuvo a punto de que le diera una alferecía del berrinche que armó. Eran las 9 de la noche y el viaje estaba aún lejos de comenzar. Como en la estación no había el menor sitio donde pudiéramos sentarnos y tampoco tenía departamento de equipajes era verdaderamente incómodo irse al cine o a pasear a cualquier parte, donde pudiésemos matar las cinco horas que nos separaban de la llegada del tren, cargando con mi guitarra en su estuche, dos maletines medianos, dos mochilas repletas y una bolsa de plástico con agua y algunas cosas de comer porque en nuestros trenes estos productos gustan de brillar pero por su ausencia, y en condiciones de normalidad el viaje desde Las Tunas hasta La Habana debe durar doce horas. Optamos por dirigirnos al pequeño parque situado muy cerca de la estación. Este parque lo recordábamos perfectamente con sus bancos largos y duros, sus senderos poblados de arbustos y su despoblada cafetería interior, pues en ese mismo sitio la maga y yo nos habíamos despedido por primera vez hacía algunos años. Creo que fue un poco patético, porque mientras ella estaba de lo más triste y apesadumbrada por nuestra primera e inminente lejanía, yo, que en realidad estaba más triste y apesadumbrado que ella, por alguna razón que desconozco, tal vez los nervios o la ansiedad, sentí una voracidad tal que me espanté unos seis panes con tomate en tiempo record. ¡Dios mío, qué vergüenza, la maga llorando y yo moliendo! Creo que desde entonces mi mujer, la maga, odia los panes con tomate, pero en fin ésa es otra historia.

En la primera hora que permanecimos en espera de que apareciera el susodicho tren número 14 se nos acercaron, entre otros, una vieja que vendía toda clase de vasijas plásticas y de aluminio y un mulato con aire misterioso que durante un buen rato pretendió convencernos de que los perfumes que nos mostraba, envasados en unos flacu-chos pomitos que parecían tubos de ensayo en miniatura, tenían propiedades mágicas y si le comprábamos algunos, nuestra felicidad sería eterna; ése se jodio ahí mismo porque nuestra felicidad iba a ser eterna de todas maneras sin necesidad de sus perfumes, así que no le compramos nada. También se nos acercó una negra enorme vestida con un batilongo blanco, un pañuelo con floripondios en la cabeza, un megatabaco en la mano izquierda y un mazo de cartas en la derecha y se ofreció a echarnos la buenaventura sólo por tres dólares.

octubre 22, 2009

Bencreis pr n knbencreis

Filed under: Noticias — Palimp @ 5:46 pm
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Tenía que pasar. Sufir el ataque del lenguaje kontrakultural y políticamente correct@, las abrviaturs de los sms y los millones de comentarios en internet escritos en hoygan han acabado con la energía de ese entrañable grupo de ancianos que es la RAE. Ante la imposibiildad de fijar un lenguaje que cada vez resplandece menos, la rae se ha cansado de limpiar y ha tirado la toalla:

La rae tira la toalla

Tiempos interesantes para la lengua española, que a partir de ahora podrá crecer sin las normas asfixiantes que la constreñían. Por fin podre olvidarme de los acentos y eskribir komo kiero sin ke un listillo me kritike ¡Biba!

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