Ana MarÃa Matute. Primera memoria
Ediciones Orbis, 1982. 224 páginas.
La crÃtica que hice de Olvidado Rey Gudú no fue muy buena por una razón. Si Ana MarÃa Matute es capaz de escribir libros como éste nos acostumbra mal y luego nos quejamos cuando baja la guardia.
La protagonista del libro es una pre-adolescente atrapada durante la guerra civil en las islas baleares (si da indicaciones precisas de la ubicación no la recuerdo). En un ambiente asfixiante vivirá los odios que hay en el pueblo desde su mundo, el mundo de los niños que están a punto de dejar de serlo.
¿Podré decir prosa sabrosa? No, pero lo es. Un lenguaje acorde con el ambiente y los personajes que pueblan el libro. Lo que se cuenta ya es bastante explÃcito (el chantaje al preceptor por parte de Borja, la fascinación que provoca Jorge, la oveja negra de la familia, ya mayor y retirado, el odio a la familia de rojos) pero se lee todavÃa más.
Que quien lo cuenta sea ya una persona mayor que mira con distancia lo sucedido le añada otra dimensión más. Un libro para paladear.
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Matute, Ana Maria – Primera Memoria.pdf
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Extracto:[-]
TenÃan un perro que aullaba a la luna, al mar, a todo, y que enseñaba los dientes desde que los Taronjà se llevaron a José, el padre, de madrugada. Ellos eran como otra isla, sÃ, en la tierra de mi abuela; una isla con su casa, su pozo, la verdura con que alimentarse y las flores moradas, amarillas, negras, donde zumbaban los mosquitos y las abejas y la luz parecÃa de miel. Yo vi a Manuel inclinado al suelo, descalzo, pero Manuel no era un campesino. Su padre, José, fue el administrador del señor de Son Major, y luego se casó con Malene. Sa Malene estaba muy mal vista en el pueblo —lo decÃa Antonia— y el señor de Son Major les regaló la casa y la tierra.) Y otra vez sin comprender cómo, ni por qué, y tan rápidamente como en un soplo, recordé: «José Taronjà tenÃa las listas», dijo Antonia a la abuela. La abuela la escuchaba mientras dos mariposas de oro se pegaban ávidamente al tubo de la lámpara de cristal, se morÃan temblando y caÃan al suelo como un despojo de ceniza. Lauro lo explicó más detalladamente. «Lo tenÃan todo muy bien organizado: se repartieron Son Major y él lo distribuyó muy bien: quiénes iban a vivir en la planta, quiénes en el piso de arriba… Y ésta su casa también, doña Práxedes…» Era la misma voz de cuando decÃa: «En un pueblo de Extremadura han rociado con gasolina y han quemado vivos a dos seminaristas que se habÃan escondido en un pajar. Los han quemado vivos, malditos… malditos. Están matando a toda la gente decente, están llenando de Mártires y Mártires el paÃs…» (El Chino y los Mártires, las vidrieras de Santa MarÃa con sus hermanos muertos allà arriba, y detrás el sol feroz y maligno empujando con su fulgor el rojo rubÃ, el esmeralda, el cálido amarillo de oro. Y el Chino continuaba como un sonámbulo: «Tendremos altares cubiertos de sangre y en
nuevas vidrieras veremos los rostros de tantos y tantos hermanos nuestros…»)
Era el padre de Manuel a quien se llevaron los TaronjÃ, los de las altas botas de jinetes que no montaban jamás a caballo. Manuel dejó el convento donde vivÃa, y estaba allÃ, en el huerto, trabajando para ellos porque nadie del pueblos les ayudaba. Y otra vez recordé la voz del Chino, que decÃa: «Pues como antes, que iban los leprosos con campanillas a la puerta de David, y se retiraban los hombres puros al oÃrlos, asà debÃan ir por donde pasan con la peste de sus ideas…» Era Manuel el muchacho que salÃa detrás de la barca, no cabÃa duda; era aquella su espalda inclinada al suelo, vista por nosotros al otro lado de la puerta corroÃda por el aire del mar; era su nuca de oscuro color moreno, del bronco color del sol sobre el sudor, no del dorado suave de Borja’Y, también, habÃa sol en el color de su pelo quemado, seco por su fuego, en franjas como de cobre. «Pelirrojo como todos ellos —dijo Borja, entonces — . Pelirrojo. Chueta asqueroso.»









