Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 26, 2010

Ana María Matute. Primera memoria

Filed under: Novela — Palimp @ 7:21 am
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Ediciones Orbis, 1982. 224 páginas.

Ana María Matute, Primera memoria
Adios a la infancia

La crítica que hice de Olvidado Rey Gudú no fue muy buena por una razón. Si Ana María Matute es capaz de escribir libros como éste nos acostumbra mal y luego nos quejamos cuando baja la guardia.

La protagonista del libro es una pre-adolescente atrapada durante la guerra civil en las islas baleares (si da indicaciones precisas de la ubicación no la recuerdo). En un ambiente asfixiante vivirá los odios que hay en el pueblo desde su mundo, el mundo de los niños que están a punto de dejar de serlo.

¿Podré decir prosa sabrosa? No, pero lo es. Un lenguaje acorde con el ambiente y los personajes que pueblan el libro. Lo que se cuenta ya es bastante explícito (el chantaje al preceptor por parte de Borja, la fascinación que provoca Jorge, la oveja negra de la familia, ya mayor y retirado, el odio a la familia de rojos) pero se lee todavía más.

Que quien lo cuenta sea ya una persona mayor que mira con distancia lo sucedido le añada otra dimensión más. Un libro para paladear.

Descárgalo gratis:

Matute, Ana Maria – Primera Memoria.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Tenían un perro que aullaba a la luna, al mar, a todo, y que enseñaba los dientes desde que los Taronjí se llevaron a José, el padre, de madrugada. Ellos eran como otra isla, sí, en la tierra de mi abuela; una isla con su casa, su pozo, la verdura con que alimentarse y las flores moradas, amarillas, negras, donde zumbaban los mosquitos y las abejas y la luz parecía de miel. Yo vi a Manuel inclinado al suelo, descalzo, pero Manuel no era un campesino. Su padre, José, fue el administrador del señor de Son Major, y luego se casó con Malene. Sa Malene estaba muy mal vista en el pueblo —lo decía Antonia— y el señor de Son Major les regaló la casa y la tierra.) Y otra vez sin comprender cómo, ni por qué, y tan rápidamente como en un soplo, recordé: «José Taronjí tenía las listas», dijo Antonia a la abuela. La abuela la escuchaba mientras dos mariposas de oro se pegaban ávidamente al tubo de la lámpara de cristal, se morían temblando y caían al suelo como un despojo de ceniza. Lauro lo explicó más detalladamente. «Lo tenían todo muy bien organizado: se repartieron Son Major y él lo distribuyó muy bien: quiénes iban a vivir en la planta, quiénes en el piso de arriba… Y ésta su casa también, doña Práxedes…» Era la misma voz de cuando decía: «En un pueblo de Extremadura han rociado con gasolina y han quemado vivos a dos seminaristas que se habían escondido en un pajar. Los han quemado vivos, malditos… malditos. Están matando a toda la gente decente, están llenando de Mártires y Mártires el país…» (El Chino y los Mártires, las vidrieras de Santa María con sus hermanos muertos allí arriba, y detrás el sol feroz y maligno empujando con su fulgor el rojo rubí, el esmeralda, el cálido amarillo de oro. Y el Chino continuaba como un sonámbulo: «Tendremos altares cubiertos de sangre y en
nuevas vidrieras veremos los rostros de tantos y tantos hermanos nuestros…»)

Era el padre de Manuel a quien se llevaron los Taronjí, los de las altas botas de jinetes que no montaban jamás a caballo. Manuel dejó el convento donde vivía, y estaba allí, en el huerto, trabajando para ellos porque nadie del pueblos les ayudaba. Y otra vez recordé la voz del Chino, que decía: «Pues como antes, que iban los leprosos con campanillas a la puerta de David, y se retiraban los hombres puros al oírlos, así debían ir por donde pasan con la peste de sus ideas…» Era Manuel el muchacho que salía detrás de la barca, no cabía duda; era aquella su espalda inclinada al suelo, vista por nosotros al otro lado de la puerta corroída por el aire del mar; era su nuca de oscuro color moreno, del bronco color del sol sobre el sudor, no del dorado suave de Borja’Y, también, había sol en el color de su pelo quemado, seco por su fuego, en franjas como de cobre. «Pelirrojo como todos ellos —dijo Borja, entonces — . Pelirrojo. Chueta asqueroso.»

febrero 24, 2010

Julio Cortázar, La otra orilla

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:52 am
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RBA, 2008. 90 páginas.

Julio Cortázar, Obras Completas
Orígenes

Tal y como se puede leer en Lecturalia:

Escritos entre 1937 y 1945, los cuentos que componen La otra orilla constituyen la primera incursión de Cortázar en el relato. Escritor modelo de autoexigencia, se negó a publicar casi todos ellos; cincuenta años después la crítica los aclamó como un muestrario impresionante que anticipaba las capcidadades del argentino.

Pero como leí en una bitácora (que no recuerdo y no puedo encontrar) con los papeles que tienen los genios en los cajones otros pueden alcanzar la fama. Los cuentos que aparecen en esta recopilación son los siguientes:

Plagios y traducciones
I. El hijo del vampiro
II. Las manos que crecen
III. Llama el teléfono, Delia
IV. Profunda siesta de Remi
V. Puzzle
Historias de Gabriel Medrano
I. Retorno de la noche
II. Bruja
III. Mudanza
IV. Distante espejo
Prolegómenos a la Astronomía
I. De la simetría interplanetaria
II. Los limpiadores de estrellas
III. Breve curso de Oceanografía
IV. Estación de la mano

Y si bien no están a la altura de sus posteriores creaciones la causa está en que la altura de los cuentos de Cortázar es de difícil alcance, incluso por el mismo en horas bajas. Por lo demás, a muchos les gustaría haberlos firmado.

Se anticipan modos y maneras de su producción posterior: un cuidado especial por el nelguaje y una elección de temas rozando lo fantástico, en ocasiones con finales impactantes (pienso, por ejemplo, en Las manos que crecen).

Pueden leerlo completo aquí:

Julio Cortázar – La otra orilla

No puedo dejar de recomendarlo.


Extracto:[-]

II. Las manos que crecen
Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además
un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en
esta vida.
Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que
Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una
velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz,
en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack
golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario.
Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea
como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al
compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que
sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary,
él sentía el corazón lleno de júbilo.
Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
—Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.
Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que
conducía lejanamente a la calle.
Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante
para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se
habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como
cualquiera.
El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en
recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles
de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos…? No existía en el
mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por
el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió
profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las
muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía
quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después
de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de
Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de
decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo

febrero 22, 2010

Andreu Buenafuente. Sense Llibre.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:55 am
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Editorial Planeta, 1999. 240 páginas.

Andreu Buenafuente, Sense Llibre
Orígenes

El primer programa de Buenafuente se llamaba Sense Títol y aunque yo nunca llegué a verlo algo debía tener porque fue el comienzo de una brillante carrera. Así que tocaba sacar un libro mediático explicando interioridades del programa y sucesos varios.

Normalmente este tipo de libros no suele valer mucho, pero este cumple con nota. Además de información útil para los admiradores de Buenafuente y su equipo contiene una serie de reflexiones generales que son interesantes de leer. Incluyendo la cita de Perich que inicia el libro:

¡Que maravilla, la tele! Te permite no hablar en casa y te da temas de conversación para hablar fuera de casa

La numeración de las páginas empieza por el final, originialidad que me ha gustado y que te permite saber en todo momento cuanto te falta para acabar. Algunas de las cosas que comenta Buenafuente se han mantenido a lo largo de los años, e incluso en algunas ha sido profeta. Por ejemplo, su admiración por Chiquito de la Calzada sigue incólume:

Fa molts mesos que dic «Sil» en lloc de «Sí», i «Nor» per dir que no. I el que és més preocupant: no trobo cap motiu raonable per deixar de fer-ho. Chiquito és únic. A la taula del despatx hi tinc emmarcada la postal que em va dedicar quan va venir al «Sense Títol». Doncs bé: faig com els toreros, sempre li reso una pregària abans d’afrontar una reunió important. Sé que el Gran Pare Espiritual de tota una generació d’humoristes ens observa les vint-i-quatre hores del dia i ens ajuda sempre que pot. Ja ho va dir en una entrevista: «Después de la muerte no sé si hay vida, però seguro que hay Fanta y Coca-Cola.» Això només ho pot dir un visionari. L’Església catòlica s’hauria de plantejar seriosament la beatificació de Chiquito. Però beatificar-lo en vida, eh? No fo-tem. La imatge del papa Joan Pau II al balcó de la plaça de Sant Pere, acompanyat d’un senyor baixet i calb, amb camisa estampada, esdevindria una de les imatges clau del segle xx, comparable a la caiguda del mur de Berlín, l’arribada de l’home a la Lluna o la compareixença als jutjats de Ruiz Mateos disfressat de Superman.

¿Por qué hacer un programa en directo? Porque es más fresco, el público lo disfruta más… así que aventura lo siguiente:

Assistiríem a un nou gènere anomenat «enregistrament en directe» que, potser, qualsevol dia veiem en alguna cadena. Si s’espatlla una camera en directe, continues amb una camera menys i surts del pas com pots. No hi ha cap altre remei. Normalment, fas una mica de broma, comentes el problema i a tothom li fa molta gràcia veure com un pobre home se’n surt d’aquell fangar de despropòsits. Tot queda «molt fresc i molt humà» i, si afegeixes allò de «són les coses del directe», tothom té la sensació d’haver-ho viscut abans. En canvi, si estàs enregistrant-ho, tens garantida mitja hora d’espera fins que el problema se soluciona. I la feinada més important és tractar de mantenir un clima de festa i emoció al plató. És evident que al públic no li agrada esperar, per molt que els mentalitzin abans d’entrar amb un entrepà en una mà i un refresc a l’altra. Quan vam enregistrar el programa especial de cap d’any de 1997, a Molins de Rei, vam batre tots els rècords coneguts fins aleshores. El públic va entrar al teatre cap a les quatre de la tarda i no el va abandonar fins passada la mitjanit. A la porta del teatre s’hauria de construir un monument que recordés per sempre aquelles víctimes: una estàtua dedicada a l’espectador desconegut, de mida real, amb el cul quadrat i aspecte d’estar patint una deshidratació.

Que es precisamente lo que hacer ahora: un programa en directo grabado. ¿Se puede competir con un Madrid-Barça? Pues no:

És com si el Rodríguez Picó ens fes una predicció catastròfica. Sabem que hi haurà tempesta i que «perdrem» abans de baixar de l’autobús. I és aleshores quan recordem allò que quasi havíem oblidat: que nosaltres no fem el programa per l’audiència —només faltaria!—, sinó per passar-ho bé. No tan sols tornem a dir mentides, sinó que ens les creiem; estem convençuts que, a pesar de tot, «sempre ens quedarà París, o sigui, el públic fidel del programa». Mireu: recordo un «Sense Títol» gloriós en què vam pretendre desafiar un partit del Barca pel Canal 33. Érem joves i inexperts. Més joves i més inexperts que ara, vull dir. Suposo que teníem l’autoestima més alta del que és recomanable, perquè vaig insistir al cap de programes, l’Albert Rubio: «Tu confia en mi, ja veuràs com no te’n penediràs.» Ell va provar de convènce’m, és clar; va dir que la parròquia del programa, per molt fidel que fos, miraria el futbol i passaria de nosaltres. Però jo no m’ho volia creure. «Et miraran a tu, et miraran a tu», em repetia davant del mirall del camerino. M’havia dutxat i el mirall era ple de baf; suposo que això m’impedia veure la meva pròpia imatge des-collonant-se de riure. El convidat era Gabino Diego, el programa pintava bé i no s’intuïa cap núvol de tempesta a l’horitzó. Bé: suposo que no veia cap núvol, ni res, perquè m’havia tret les ulleres abans de dutxar-me; això explica aquell atac de miopia estratègica que fins i tot un nen de sis anys hauria detectat.

Pero ahora, con las descargas y el streaming no hay esos problemas. La gente puede que no vea el programa, pero lo verá mañana en la web o se lo descargará (la mayor parte de los programas de Buenafuente se encuentran en el eMule).

Un libro de agradable lectura, aunque lo veo difícil de encontrar (yo mismo lo encontré en la calle).

Incluye una sección de fotos entre las que se pueden encontrar joyas como estas (click para ampliar):

Buenafuente Buenafuente2

febrero 19, 2010

Connie Willis. Infiltrado.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:48 am
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Libros del atril, 2006. 96 páginas.
Tit. Or. Inside Job. Trad. Pedro Jorge Romero.

Connie Willis, Infiltrado
Paradoja escéptica

Los lectores habituales ya saben que soy un gran admirador de Connie Willis y que soy de talante escéptico; es decir, no creo en cosas sobrenaturales, ovnis ni medicinas alternativas. Por eso empecé con alegría un libro que juntara estas dos cosas.

Creo que es el primer libro de ficción que se puede calificar de escéptico. El protagonista es el editor de una revista El ojo cínico que se dedica a investigar y desenmascarar a videntes, sanadores y otra fauna pseudomística que pulula por Hollywood y alrededores. Cuando su ayudante le insiste en asistir a una sesión de Ariaura, una canalizadora que habla por boca de Isus, un sabio de siglos pasados, se muestra renuente. Los canalizadores son difíciles de desenmascarar porque ¿Quién sabe lo que dijo o pudo dejar de decir un sabio que vivió en Lemuria? Pero no es la sabiduría mística de segunda mano lo que resulta ser interesante: Ariaura canaliza -aparentemente sin control- a una de las grandes figuras del escepticismo: Henry Louis Mencken

La autora retrata con mano firme y gran sentido del humor al público de estos videntes, y consigue escenas muy divertidas cuando el espíritu se dedica a ponerlas de vuelta y media. El protagonista investiga el caso con un rigor envidiable, pero no se libra de la paradoja central ¿Cómo puede el espíritu de un escéptico demostrar que no es cierto lo que realmente está haciendo?

No nos asustemos; en la ficción puede ocurrir cualquier cosa y con esto juega la autora. No quiero dar mas detalles de la trama para no aguar la fiesta a futuros lectores, pero al acabar no pude dejar de pensar en que es lo que pasaría si una legión de espíritus escépticos se dedicaran a copar los canales místicos y a criticar a los videntes. Sería un espectáculo digno de verse.

Visto el resultado, a uno le gustaría que hubiesen más libros de este estilo. Imprescindible para cualquier biblioteca escéptica.

Descárgalo gratis:

Willis Connie – Infiltrado.doc

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Y había presenciado a muchos. En el cénit de su popularidad —y antes de que yo aprendiese por las malas—, El ojo cínico había publicado una serie en seis partes sobre ellos, empezando con M. Z. Lord y pasando por Joye Wildde, Todd Phoenix y Taryn Kryme, cuya «entidad» era un niño de seis años muy risueño de la Atlántida. Fueron los seis meses más largos de mi vida. Y no tuvo ni el más mínimo impacto en sus actividades. Lo que dio punto y final a la moda fueron las acusaciones de evasión de impuestos y fraude postal, no mis certeras revelaciones.

Ariaura Keller no tenía pasado delictivo —al menos, no con ese nombre—, y no había muchos artículos que hablasen de ella. Y no se mencionaba ningún reclamo. «El asombroso y eléctrico Isus comparte su sabiduría espiritual y te ayuda a encontrar tu propia centralidad interior y el despliegue de tu alma.» Nada nuevo.

Bien, el sábado descubriría qué había interesado a Kildy. Mientras tanto, tenía que escribir un artículo sobre Charles Fred para el número de diciembre, reseñar un libro sobre diseño inteligente —la última treta para expulsar a la evolución de las escuelas y meter al creacionismo—, y un quiropráctico de vidas pasadas al que visitar. Afirmaba que los dolores de espalda de sus pacientes se debían a cargar con bloques de piedra en Stonehenge y/o las Pirámides. (Las pirámides sí que habían sido una obra inmensa, pero durante tres años de actividad, les había dicho a dos mil pacientes que sus hernias se debían a Stonehenge, en cada uno de los casos tras colocar en su sitio la piedra del altar.)
Y la verdad es que era creíble comparado con Charles Fred, que tenía un éxito asombroso transmitiendo mensajes muy específicos de los muertos a sus tristes familiares. Yo estaba convencido de que hacía algo más que la habitual lectura en frío y soplos para ganar los millones que se embolsaba, pero hasta entonces no había conseguido descubrir qué era, y ninguna pista llevaba a ninguna parte.
No volví a pensar en el «asombroso y eléctrico Isus» hasta no encontrarme el sábado conduciendo al Hilton. Entonces se me ocurrió que no había sabido nada de Kildy desde su llamada de teléfono. Normalmente se deja caer por la oficina todos los días, y si vamos a algún sitio llama tres o cuatro veces para reconfirmar la hora y el lugar de encuentro. Me pregunté si el seminario se realizaría o si se habría olvidado por completo. O de pronto se había cansado de ser una desenmascaradora y había vuelto al negocio del cine.

Llevaba esperando que algo así pasara desde el día, ocho meses atrás, cuando, como una dama espléndida en una película de Bogart, entró en mi oficina y me pidió trabajo.

Hay tres reglas cardinales en el negocio del escepticismo. La primera es «Afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias» y la segunda es «Si parece demasiado bueno para ser cierto, probablemente lo sea». Y si hay algo demasiado bueno para ser cierto, es Kildy. No es sólo rica y hermosa como una estrella de cine, sino inteligente y, al contrario que el resto de Hollywood, una escéptica total, a pesar de que, como me contó ese primer día, Shirley MacLaine la sentó en sus rodillas y su madre se creería cualquier cosa «por ridicula que sea, lo que probablemente explica por qué estuvo casi seis años casada con mi padre».

Ahora iba por la madrastra número cuatro, que le había conseguido el papel en esa película taquillera sorpresa:

—Que recaudó casi tanto dinero como El señor de los anillos y me permitió tomarme la jubilación anticipada.

—¿Jubilación? —dije—. ¿Por qué ibae a querer jubilarte? ¿Podrías…?

—Haber protagonizado Hulk III —dijo—, y haber aparecido en la portada de Globe con Ben Affleck. O con mi abogado, delante de una clínica de desintoxicación. Lo sé, fue duro renunciar a todo eso.

Tenía sentido, aunque no explicaba por qué quería ir a trabajar para una revista que apenas daba dinero como El ojo cínico. O simplemente, por qué quería trabajar.

febrero 18, 2010

Iban Zaldua. Porvenir.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 7:40 am
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Lengua de trapo, 2005. 190 páginas.
Tit. Or. Etorkizuna. Trad. Iban Zaldua.

Iban Zaldua, Porvenir
Futuro inamovible

Leí Si Sabino viviría y aunque me gustó no me pareció para tanto. Lo seguí leyendo (Mentiras, mentiras, mentiras) un poco a la contra pero he acabado cogiéndole cariño. Con este libro ha acabado de convencerme.

Publicado en euskera originalmente el propio autor se ha encargado de traducir los siguientes relatos:

El sofá
La cosa no tiene remedio
La Bella Durmiente: una historia económica
La fábrica, o a, e, i, o, u
Adulterio
Lo único que cambia
El Gargantúa
Siete cosas
La Mancha
La solución al problema de la vivienda
Viaje de verano
Gusanos de seda
El doctor Iriarte
Primero de mayo
Rostro
Porvenir
Unidos por dos temas; la imposibilidad de cambiar el futuro -o el pasado- con incursiones en la ciencia ficción y la ruptura de las parejas. Combinados dan un tono sombrío y desesperanzado al conjunto.

El sofá o La Mancha nos hablan de crisis de parejas. La Bella Durmiente: una historia económica da una vuelta de tuerda al cuento clásico en tiempos de crisis. La solución al problema de la vivienda mezcla elementos de ciencia ficción con la dureza de un divorcio. Si La cosa no tiene remedio explora la posibiildad de cambiar el pasado, en Rostro se nos habla de lo inexorable del futuro.

Además, tiene una característica que me gusta en un libro. Sus cuentos te siguen viniendo a la cabeza después de leídos, te acuerdas de ellos. Señal de que en algún sitio de tu cabeza han encontrado aposento.

Otra particularidad. En la contraportada aparece el siguiente texto:

« Y tú… ¿de dónde has salido?». «Vengo del porvenir para matarte». «Pero. .. ¿quién eres?». «Soy tu nieto, que no ha nacido aún». «¿Y por qué quieres matarme?». «Porque eres un criminal de guerra». «¿No te das cuenta de la paradoja? Si me matas tú nunca llegarás a nacer». «Ya lo sé: de hecho, hace tiempo que tomé la decisión de suicidarme». «Espera…». «No queda tiempo…». Disparo dos veces y el cuerpo del oficial, mi abuelo, se desploma sobre el barro. Pero no me he desvanecido. El fragor de los cañonazos resuena cada vez más cerca. Me siento en el fondo de la trinchera y pienso en la extraña manera que he tenido de saber que el abuelo no era, en realidad, el padre de mi padre.

Que imaginaba fragmento de cuento. Pero no aparece en todo el libro, así que tenemos que considerarlo un microcuento independiente.


Extracto:[-]

Érase una vez, en un reino muy lejano, un rey y una reina que veían pasar los días con gran tristeza porque no lograban tener descendencia. Finalmente, después de mucho rogar a los cielos, su deseo se vio cumplido y la reina dio a luz a una hermosa niña. Los monarcas, entonces, organizaron una gran fiesta para celebrar el acontecimiento y llamaron a todas las hadas del reino para que amadrinaran a la recién nacida. Siguiendo la costumbre, cada una de las hadas concedería un precioso don a la criatura, pero en el transcurso de la ceremonia hizo su aparición una anciana hada a la que se habían olvidado de invitar, la cual, enfurecida, en lugar de otorgarle una gracia le lanzó una terrible maldición: «Al cumplir los dieciséis años se clavará en el dedo el huso de una rueca y morirá»; por fortuna, una joven hada que aún no le había ofrecido su regalo a la pequeña, pudo añadir sin demora: «No morirá; la princesa se quedará dormida durante varios años y el beso de amor de un príncipe la despertará».

El rey, pese a todo, quiso proteger a su hija de la desgracia y publicó un edicto ordenando la destrucción de todas y cada una de las ruecas que hubiera en el reino. Las protestas de los gremios de los hilanderos, de los tejedores, de los pelaires y de las guildas de mercaderes fueron infructuosas: quien conservara una rueca perdería la cabeza, y sólo quien voluntariamente entregara las suyas podría acceder a la compensación monetaria prometida por la corona.

Las consecuencias de la medida se dejaron sentir inmediatamente: mientras la princesa crecía alegre y feliz, la pañeríadel reino, famosa en toda la cristiandad, se sumió en una gran decadencia. Los hilados de lino, algodón y lana tuvieron que importarse de otros lugares, lo que elevó los costos de producción y dañó gravemente la competitividad de los paños fabricados en el reino. Tras la práctica desaparición del oficio de hilandero, los telares fueron parándose uno a uno; los productos extranjeros, más baratos, invadieron el país, y el paro y la mendicidad crecieron sin tasa en las ciudades.
La hacienda del reino sufrió pronto las consecuencias: por una parte, la recaudación de los impuestos sobre la producción artesanal se desplomó, tanto que el aumento de los ingresos por los aranceles sobre la importación fue incapaz de compensar las pérdidas; y, por otra, las ayudas pecuniarias solicitadas por todos los hilanderos, tejedores, pelaires, bataneros, tintoreros, arrieros, tenderos y trabajadores de otros tantos oficios que habían caído en el paro —y que, conforme a lo que magnánimamente había prometido el rey, se concedieron sin dilación— vaciaron en poco tiempo las arcas reales. El estado tuvo que recurrir a préstamos y asientos de los grandes banqueros de Genova, Augsburgo y Amberes, pero eso no hizo sino agravar el desequilibrio financiero del reino: como garantía del pago de los intereses, tuvo que recurrirse a la exportación masiva de lana, mineral y otras primeras materias, aumentando la dependencia exterior de la economía nacional y, en un segundo momento, a instancias de los acreedores, se suspendieron los subsidios concedidos a todos los afectados por la orden de destruir las ruecas; a la mañana siguiente estalló una revuelta en el distrito de los menestrales de la capital, la primera de las muchas que prenderían los siguientes años. La princesa, entre tanto, había cumplido ya los quince años y, un día, aprovechando que el rey se había ausentado para aplastar un alboroto en alguna región del reino, decidió explorar un ala del palacio que no conocía. Allí, en una habitación abandonada y llena de polvo, encontró a una anciana sorda que no sabía nada de la prohibición del rey, sentada frente a una extraña máquina que no reconoció: la princesa no podía saber que se trataba de una rueca, porque jamás había visto una, y en cuanto, impulsada por la curiosidad, la tocó, se pinchó en un dedo con un extremo del huso y cayó al suelo profundamente dormida. Aquel sueño extraño no restó ni brillo ni color, sin embargo, a las mejillas de la princesa.

Al saber aquello, el hada que acertó en atenuar la maldición dejó su morada y se dirigió hacia el palacio real, con la intención de encantar y adormecer todo el reino, para que así, al romperse la maldición, la princesa encontrara todo tal y como lo había dejado. Pero no pudo cumplir su designio: los representantes del Fondo Monetario Internacional y la junta de acreedores, del estado no podían admitir, en aquella situación, que la actividad económica del reino se detuviera ni siquiera por un instante, y ordenaron deportar al hada. Es más, previendo que la Bella Durmiente podría llegar a convertirse en una excelente atracción turística, en pocos meses se llevó a cabo la construcción de un parque temático alrededor de la cúpula de cristal que protegía a la princesa. Pero los ingresos de dicho parque tampoco fueron suficientes para disminuir el monto de la deuda externa del reino. Lo cierto es que ocurrió justamente lo contrario, tal y como continúa ocurriendo hoy en día.

Han pasado muchos siglos desde entonces, y allí sigue la princesa, siempre dispuesta a ser visitada. Hace poco que he estado, y puedo jurar que, como afirman los prospectos turísticos, los colores de su rostro siguen siendo tan vivos como el primer día.

La Bella Durmiente sigue esperando el beso de amor de un príncipe. Pero no parece que haya en el mundo nadie que sueñe con convertirse en rey consorte de un país tan en decadencia como este.

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