Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 17, 2010

Juan García Ponce. Imagen primera.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 4:53 pm
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Editorial Bruguera, 1978. 124 páginas.

Juan García Ponce, Imagen primera
Lirismo silencioso

Después de leer durante tanto tiempo la bitácora de mi amiga Magda es imposible no sentir curiosidad por Juan García Ponce. Su generosidad ya me permitió concer su labor crítica: Apariciones, pero quería leer algo de su narrativa. No ha sido fácil, pero encontré este volumen de cuentos que contiene los siguientes:

Feria al anochecer
El café
Después de la cita
Cariátides
Reunión de familia
Imagen primera

Ordenados en mi modesta opinión en calidad creciente. Se nota que el autor es admirador de Musil, pero sorprende esta prosa que nos presenta de una manera aparentemente casual y con trazos breves las profundidades psicológicas de los personajes. En Imagen primera poco se nos dice de los sentimientos de los hermanos protagonistas, pero el lector va adivinando profundidades que se insinuan. Reunión de familia , mi preferido del libro, hace un retrato magistral de una reunión de intelectuales y artistas varios.

Mi falta de tiempo me impide hacer una crítica como se debiera, pero les remito a Apostillas literarias. Y lo recomiendo tanto como me lo recomiendo a mí mismo. Es hora de buscar más libros del autor.


Extracto:[-]

La puerta de la casa se abría a una estancia cuyas dimensiones hacían parecer insuficientes los innumerables sofás, sillones y mesitas, las lámparas, los oscuros cuadros coloniales y retratos de familia, los santos de madera policromada y los biombos que aspiraban a vencer la sensación de vacío y crear una cierta intimidad. Sin embargo, su misma desproporción acentuaba su carácter de verdadero centro de la casa. De ella salía la escalera que conducía al segundo piso, construido a su alrededor, y por ella se entraba por un lado al comedor, cuya enorme mesa ya nunca se utilizaba y en cuyos recios aparadores se exhibía la vajilla de la familia, y por el otro, la biblioteca de lujosos volúmenes empastados, antiguo despacho del padre de Inés, y a la sala de juego, donde los paños de las dos mesas de billar iban perdiendo el color sin que la dueña de la casa permitiera que los cubrieran, a pesar de que ya nadie jugaba en ellas. En esa sala, Enrique pasó muchas tardes con Inés, viendo cómo poco a poco la noche convertía en manchas oscuras los macizos de flores, mientras en la estancia la madre se ocupaba siempre de que la puerta se quedara abierta y conversaba en voz baja con el padre Anselmo.

En el segundo piso, dos de las habitaciones estaban cerradas siempre; Inés ni siquiera recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había entrado a ellas. En las demás estaban los dormitorios de los tres últimos miembros de la familia y una absurda mezcla de costurero

y cuarto de música, sobre cuyo piano se amontonaban las sábanas y manteles que la madre bordaba todo el tiempo. En ella estaba también el retrato al óleo del padre, que la madre había descolgado de la sala y llevado ahí para tenerlo más cerca, aunque sobre todas las mesas también era posible encontrar innumerables fotografías suyas solo, con su mujer y con sus hijos, que demasiado pequeños todavía aparecían siempre en sus brazos o sentados sobre sus piernas.

La misma profusión de retratos, enriquecidos con la presencia de hermanos y hermanas, primos y sobrinos, reaparecían en el cuarto de la madre sobre el tocador y las dos mesas de noche colocadas a los lados de la estrecha cama de soltera que había sustituido a la matrimonial desde la muerte del padre. En la otra ala, las habitaciones de Inés y Fernando estaban separadas por un baño con el que las dos piezas se comunicaban directamente. La mayor parte de los objetos de éste habían sido trasladados por él al estudio, así que su habitación parecía totalmente impersonal, con la cama pegada a la pared y un enorme ropero antiguo por todo mobiliario. En cambio, Inés conservaba en la suya todas sus muñecas y juguetes de niña, cuidadosamente acomodados sobre dos tarimas que cubrían la totalidad de la pared izquierda. Frente a ellas, sobre la cama, descansaba siempre un perro de peluche, regalo de Fernando, que Inés colocaba en el sillón del lado todas las noches antes de acostarse.

febrero 16, 2010

Vasco Pratolini. Metello.

Filed under: Novela — Palimp @ 7:02 am
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Edicions 62, 1978. 302 páginas.
Tit. Or. Metello. Trad. Maria Aurèlia Capmany.

Vasco Pratolini, Metello
Obreros en lucha

Me impactó la ternura de Crónica familiar (le debo una relectura) y desde entonces leo lo que encuentro de Pratolini (que no es mucho). Me salió al paso este Metello con el que cumplo la lectura de sus tres obras más importantes.

Metello Salani se queda huérfano y le cuidan unos campesinos. Pero por unos líos con la justicia la familia que le acoge decide emigrar y el, al no tener permiso, se queda en la granja. Decide volver a Florencia y ganarse la vida como pueda. Un anarquista amigo de su padre le acoge, le impulsa a buscar un oficio -será paleta- y empezará una vida dura marcada por la lucha para conseguir unas condiciones de trabajo más justas.

En este tipo de libros las cualidades literarias -que están- pasan a un segundo plano. Lo importante es, además de la toma de postura ideológica, el retrato de una lucha sindical en los comienzos del despertar de la conciencia de clase. Siendo mi padre, como los protagonistas, albañil y sindicalista el tema me tocaba muy de cerca -aunque las condiciones no son, ni de lejos, las mismas.

Si hay un libro que tenga una portada clara es éste, no puede ser otra que el cuadro El cuarto estado de Giuseppe Pellizza da Volpedo:

cuartoestado
E incluso así se da a entender en el libro (negritas mías):

Així havien saludat Tacte de clemència que els tornava a fer fruir dels drets civils. Hauria bastat un «Visca!» oun «Mori!» per poder-los empresonar de nou. Però s’havien tornat astuts, eren florentins, toscans, que havien après la lliçó. Gent com ells, encara que més perillosa i decidida que ells, a la Romanya, on la sang és calenta i els entusiasmes estan sempre encesos, n’hi havia que es deixaven endur a moure brega i a la rebel·lió; i amb els seus semblants de la Baixa Itàlia, ignorants, i sens dubte més afamats que ells, els bastava poc per a fer transgredir el Codi a la primera sortida. Però aquests de Rifredi, de San Niccolò de Ponte a Ema, i aquells pagesos de Galluzo, de l’Impruneta de Cotea, que no tenint més terra i no volent treballarJa s’havien posat a treballar a la mola i amb la calç, eren, si és possible, més astuts, més «evolucionats i conscients», com deien els obrers de Milà i de Torí. Quan preparaven una vaga, i l’engegaven, la policia s’havia de limitar a voltar la fàbrica i les obres. Mentre no torbaven l’ordre públic i no atemptaven a la seguretat de l’Estat, no podien fer altra cosa. De fet, ells ja eren un Estat; no sols ho proclamaven ells, sinó que el Govern ho havia declarat podríem dir: Giolitti, que era ministre de Policia, expressament i voluntàriament, lligava les mans no a ells, sinó al prefecte i al governador. Un pintor famós els havia pintats, amb el gec a üespatlla, el barret a la nuca, les dones als costats, que caminaven endavant com un eixam d’abelles, en falca com la proa d’una nau, i sa Majestat s’havia congratulat amb l’artista.

Un gran acierto es que no es un libro épico. No hay héroes ni gandes gestas, porque la lucha obrera es una lucha colectiva, lenta y sin golpes de efecto. La solidaridad existe, pero tiene su límite:

Tot el que es podia esprémer havia estat espremut. Els obrers de les fàbriques i les cigarreres i els ceramistes ja no els podien ajudar. La solidaritat de classe és l’onzè manament però després de l’entusiasme ve l’habitud. És com quan tenim un parent moribund, i la seva malaltia no es resol, sinó que s’allarga en una lenta agonia. La seva presència, a la qual cada vegada és més difícil de prestar ajuda, acaba essent, fins i tot moralment, pesada. La seva sobrevivència pot ja només confiar en les seves pròpies energies, en la seva sang. De ciutat o del camp havien convingut d’esperar fins al pròxim dijous, després es declaraven «decidits a tot». Però ja, així com la seva desesperació, la seva ira, s’acoloria de resignació. S’alimentaven ja només de «galeta», que normalment serveix per al berenar de les criatures, i ajuda a beure i estimula la gana: pa esmicolat, i pastat amb aigua, vinagre i sal, i una mica d’alfàbrega. Era un miracle poder-ne omplir la sopera una vegada al dia, per sopar.

El protagonista no es un proletario convencido que llama a grito a al rebelión. Está concienciado porque su padre fue anarquista y si está al frente no es por decisión propia, sino por no eludir responsabilidades. Como ser humano, tiene sus defectos. Pero el mundo estaba cambiando, ahora lo sabemos y entonces lo adivinaban:

—Aquesta, mestre, és una altra generació —va dir—. Permeti’m que li digui dues paraules. Quan jo era jove, els amos com vostè enviaven els capatassos a llogar-nos. Nosaltres ens posàvem en fila davant els porxos de Piaz-za delia Segnoria, on hi havia la reunió, i ens esperàvem. Com les putes, igual. Portàvem encara el davantal lligat a la cintura, se’n recorda? Era el nostre uniforme de treball… I sempre hi havia qui s’oferia per menys, i ens robàvem la feina l’un a l’altre. —Va semblar que es commovia a si mateix i s’hi rebel·lava, de sobte va concloure—: Aquesta és una altra generació. Ho he entès jo que no sé ni llegir ni escriure, com és possible que no ho hagi entès vostè que ha estudiat?

Por suerte el mundo ha cambiado mucho desde entonces. Un breve apunte sobre los anarquistas:

—Amb tu no es pot discutir. Vosaltres, els anarquistes, sou poetes.

Eren poetes, no gent com nosaltres, que potser tenim el cervell petit però el sabem fer servir. Al treball, si els tenies com amics, s’haurien fet a trossos per ensenyar-te a col·locar els maons, i, com Betto, la camisa t’haurien donat en un cas de necessitat. Agafats d’un a un, eren d’un altre món, «poetes», es repetia Metello. Espantaven una mosca quan hauria estat més fàcil esclafar-la, i al mateix temps no s’hi haurien pensat dues vegades, si es presentava l’ocasió, de posar una bomba i fer una carnisseria: predicaven el robatori i eren les persones més honrades que mai no havia trobat. I en trobava cada vegada més poques.

En estos tiempos en los que hemos puesto en un altar al dinero y en el que la crisis pone al descubierto las debilidades del sistema capitalista, no deberíamos olvidar que gran parte de los derechos que tienen hoy los trabajadores se consiguieron con mucho esfuerzo, y no se deberían perder con facilidad.

febrero 15, 2010

Ramón Galí. Hypatia y la eternidad.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 7:39 am
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Es ediciones, 2009. 380 páginas.

Ramón Galí, Hypatia y la eternidad
La antorcha del progreso

Me llegó un ejemplar por cortesía del autor y me enfrasqué en su lectura esperando una biografía de Hypatia al rebufo de Ágora. Nada de eso. La novela comienza con la muerte de Hypatia, pero a partir de aquí su espíritu empieza a vagar libre recorriendo las mentes de personajes claves en la historia de la humanidad.

Pero no es la historia a la que estamos acostumbrados. No sabía si etiquetar al libro como ucronía pero el autor me tranquiliza denominándola precisamente así. ¿Y qué es una ucronía? Una especie de ¿qué hubiera pasado si…?. En este caso ¿Qué hubiera pasado si la biblioteca de Alejandría no se hubiera quemado?

El libro recorre las vidas de genios como Leonardo Da Vinci, Isaac Newton o Albert Einstein, pero en este mundo alternativo sus descubrimientos siempre van uno o dos pasos por delante de los que hicieron en nuestro mundo. Es un ejercicio intentar reconocer a los modelos antes de que al autor revele todas las pistas, y es divertido imaginar qué hubieran descubierto estos talentos si el mundo hubiera tenido apenas un poco más de suerte.

También lo reseña JJ y destaca su valor educativo. Si consigue despertar curiosidad por los personajes que aparecen, énhorabuena. Yo por mi parte agradezco la parte de ucronía porque las novelas históricas nunca han acabado de convencerme.


Extracto:[-]

DESDE LA PERSPECTIVA del vulgo, una mujer encaramada a la élite intelectual y económica, la que me proporcionaban mis alumnos, no generaba especiales simpatías. Así que la masa anónima no movió un dedo. «A quienes Dios quiere destruir, primero los enloquece» decía el bueno de Eurípides. Y para mí es un loco aquel que mira para otro lado cuando se desmorona el mundo a su alrededor.

El escenario de tan atroz deshonor, el antiguo templo de culto del emperador, y la fecha elegida parecían unirme por un hilo invisible con otro personaje histórico, mucho más conspicuo que yo: ni Julio César ni una servidora supimos guardarnos de los idus de Marzo. La suerte que corrí ya es conocida. El hecho de mi desaparición física acaeció tal y como fue trazado en mis sueños.

Los monjes me desnudaron por completo o, para ser exacta, me arrancaron la ropa con violencia en una fuente ya dentro del antiguo templo. Luego me dejaron unos minutos de pie, con el agua llegándome a las rodillas, convertida en el epicentro de todas las miradas. Una vez allí, la conjunción de la luz que se filtraba por las vidrieras iridiscentes, mi serenidad, los nenúfares que cubrían parte de mi piel y la brisa de violetas que siempre me precedía, me hicieron sentirme más bella y segura que nunca. Algunos monjes parecían desconcertados ante la que luego describirían, amplificando la realidad, como la «casi mitológica fuerza de su imagen».

Me ruboriza más relatar la escena que otrora vivirla, así que parafrasearé a un buen cronista de lo sucedido, advirtiendo no obstante la carga de exageración poética que tienen sus palabras. De todos los textos, reconozco, este es el que más alimenta mi ego por épico, algo que necesito en mi situación actual: la soledad más absoluta y demoledora que puede sentir cualquier ser pensante. Solo añadiré un dato al escribiente: Mi dolor de cabeza había desaparecido por completo.

febrero 13, 2010

Benito Pérez Galdós. Theros.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:30 am
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Editorial RBA, 2005. 102 páginas.

Benito Pérez Galdós, Obras completas
Verano

Otra novela corta también de carácter fantástico. En esta ocasión el protagonista encontrará una hermosa mujer que incluso se atreverá a desnudarse delante suyo. En un viaje en tren con descripciones minuciosas del paisaje:

Más allá, arroyos y lagunas, en cuyo espejo se miran hileras de chopos, anuncian la frescura de próximos montes cuyas primeras estribaciones acomete el tren sin que le estorben rocas ni pantanos. Venciendo las grandes masas de la cordillera, que convidan a la ascensión, el tren se empeña en subir a Reinosa, la encapotada vecina de las nubes, y lo consigue.

Más allá un monte huraño se empeña en detenernos el paso. ¡Pueril terquedad! En castigo de su impertinencia es atravesado de parte a parte, y el tren pasa como la aguja por la tela. Después todo es fragosidad, aspereza, bosques en declive que se agarran a la tierra y a las rocas con sus torcidas raíces: arroyos que se precipitan gritando como chicos que salen de la escuela. Pero antes vimos el Pisuerga, un miserable hilo de agua, que describiendo más curvas que un borracho se dirige al Sur, y el Ebro, un niño que pronto será hombre, y marcha hacia Levante.

Nosotros marchamos con las aguas que van hacia el Norte. A poco de salir de aquel largo túnel, que parece una pesadilla, se nos presenta a la derecha un chicuelo juguetón que marcha a nuestro lado brincando, haciendo cabriolas, riendo y echando bromitas a todas las piedras y troncos que en su camino encuentra. Es el Besaya, un modesto río que nos acompañará gran trecho.

Mientras descendemos con no poco trabajo la gigantesca escalera de Cantabria, el píllete, en vez de trazar curvas como nosotros de monte a monte, baja a saltos, y le vemos en la hondura, riendo y jugando. Pero no quiere abandonarnos, y en Barcena de Pie de Concha se nos pone al lado izquierdo, y por todos aquellos valles y cañadas nos va dando conversación con mucha cortesía y sosegado estilo.

Se entremezclarán momentos en los que la hermosa mujer demostrará su carácter alegórico. Las dos primeras novelas con las que empiezo me animan mucho a seguir.

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febrero 12, 2010

Benito Pérez Galdós. Celín.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:33 am
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Editorial RBA, 2005. 94 páginas.

Benito Pérez Galdós, Obras completas
Fantasía onírica

Dentro de la colección de RBA están casi todas las novelas de Benito Pérez Galdós, autor bastante prolífico, y va siendo hora de empezar con ellas. Algunas ya las tenía leídas y siempre me ha parecido bastante entretenido.

La primera sorpresa es que siempre lo había tenido por escritor realista y resulta que también se soltaba la melena. Celín está ambientada en una ciudad con unas características especiales:

Hay que hacer ahora una aclaración de carácter geográfico, que sorprenderá mucho al lector, y en la cual insiste mucho el cronista, asegurando en forma de juramento, que el día en que escribió esta parte de su relación no cometió exceso antes ni después de la cena. Pues ello es un fenómeno físico, peculiar de la ciudad de Turris, y que en ninguna otra parte del globo se ha manifestado nunca, como sienten Estrabón y dos graves autores más. La ciudad de Turris se mueve. No se trata de terremotos, no: es que la ciudad anda, por declinación misteriosa del suelo, y sus extensos barrios cambian de sitio sin que los edificios sientan la más ligera oscilación, ni puedan los turriotas apreciar el movimiento misterioso que de una parte a otra les lleva. Se parece, según feliz expresión del cronista, a un gran animal que hoy estira una calle y mañana enrosca un paseo. A veces la calle que anocheció curva, amanece recta, sin que se pueda fijar el momento del cambio. Los barrios del Norte se trasladan inopinadamente al Sur. Los turriotas, al levantarse todas las mañanas, tienen que enterarse de las variaciones topográficas ocurridas durante la noche, pues a lo mejor aparece el Tribunal de Cuentas al lado de la Plaza de toros, y el Congreso frente al Depósito de caballos padres.

El centro de la ciudad se mueve poco y rara vez. Los radios son los que van de aquí para allí con movimiento tan inapreciable a los sentidos, directamente, cual la rotación cósmica del planeta. Las arterias radiales de la ciudad y sus extremidades son las que se revuelven, se cruzan y se enroscan como los rejos del pulpo. Lo más particular es que las líneas de tranvías sufren poco o nada, pues sus carriles se acomodan a la dirección del movimiento. El inaudito fenómeno se verifica casi siempre de noche. El Municipio tiene pregoneros que salen por las mañanas voceando la nueva topografía, y se ponen carteles diciendo, por ejemplo: «La cárcel se ha corrido al Oeste. Hay tendencias en el Senado a derivar hacia los Pozos de nieve. La Bolsa firme (quiere decir que no se ha movido). El convento de Padres Capuchinos Agonizantes, unido a la Dirección de Infantería y al Hotel de Bagdad, marcha, costeando el barrio de los judíos, hacia la Fábrica del gas». Cierto que este fenómeno, único en el globo, tiene sus inconvenientes, porque no se sabe nunca, en tal ciudad, de quién es uno vecino y de quién no; pero hay que reconocer que no carece de ventajas, pues cuando un turriota sale, a altas horas de la noche, de una francachela, con la cabeza un poco mareada, no necesita fatigarse para ir a su casa, sino que se está quietecito, arrimado a un guardacantón, esperando a que pase la puerta de su vivienda para meterse en ella tan tranquilo.

Una ciudad móvil que me ha recordado a Castroforte del Baralla en la que la protagonista intentará sucidarse guiada por un chaval un tanto peculiar, Celín. Lo que se van encontrando se sale un tanto de lo común:

Respondió el chico que el Alcana estaba un poquito lejos, y guió por torcida calle, en la cual había una imagen alumbrada por macilento farol. Pasaron por junto al cuartel de la Santa Hermandad, establecido en el desamortizado convento del Buen Fin. En la puerta estaba de centinela un cuadrillero con tricornio y capote. Dejaron atrás la Casa de locos y un barrio de gitanos. Costeando luego la inmensa mole de la Casa de los Jesuítas, rodeada de sombras, entraron en una plaza enorme con muchísimas horcas, de las cuales pendían los ajusticiados de aquel día. Eran salteadores de caminos, periodistas que habían hablado mal del Gobierno, un judaizante, un brujo y un cajero de fondos municipales, autor de varios chanchullos. Apretaron el paso, y al salir a un lugar más abierto, entre campo y ciudad, notó Diana que la obscuridad menguaba.

Todo aquel gentío iba a gozar las fiestas de la ciudad, y pasaban también diligencias atestadas de viajeros alegres que cantaban y reían; el tren silbaba a lo lejos. En las primeras casas de una aldea próxima vieron enormes carteles fijados por las empresas de ferrocarriles. Celín y Diana se pararon a leerlos, ella apoyada en el hombro del mancebo, él marcando las letras con una ramita que en la mano llevaba. Decían así: «Espléndidos Autos de fe en Turris, los días 2 y 5 brumario. Sesenta víctimas a la parrilla. Toros el 3, de la ganadería de Polvoranca. Congreso de la Sociedad de la Continencia. Juegos Florales. Torneo. Velada con Manifiesto en el Ateneo. Regatas. Iluminación y Tinieblas. Gran Rosario de la Aurora, con antorchas, por las principales calles, etc., etc.».

El final explicará muchas cosas, pero no se lo voy a chafar; es una historia tan corta que se lee sin darse cuenta y deja buen sabor de boca. Lo interesante está en los detalles.

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