Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

marzo 26, 2010

Noche de pasión (cuentos eróticos)

Filed under: Noticias — Palimp @ 8:12 pm
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Mañana sábado 27 de marzo de 2010 a las 20:30 cuento cuentos eróticos con mi grupo Bocabadats en el Harlem Jazz Club. Se puede encontrar más información aquí: Nit de passió al Harlem Jazz Club y aquí: Nit de passió.

Si quieren empezar el sábado noche con fiebre (y altas temperaturas), les estaremos esperando.

Nit de Passió (contes erótics)

marzo 25, 2010

Ramón el acumulador

Filed under: Noticias — Palimp @ 7:10 am
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Me ha costado mucho dejar de acumular cosas inservibles -y no lo he dejado del todo-, para acabar casándome con alguien igual que yo. Me ha sorprendido saber que Ramón Gómez de la Serna tenía el mismo vicio. Lo cuentan muy bien en (maquinaria de la nube):

El aleph de ramón

En la propia entrada encontrarán enlaces a los diferentes inventarios, verdadero trabajo de investigación sobre las imágenes que el escritor recortaba compulsivamente y pegaba en sus paredes. ¿Qué hubiera hecho en la época actual? ¿Comprar decenas de discos duros?

Visto en PUÑOLinks

marzo 24, 2010

Esther Tusquets. Confesiones de una editora poco mentirosa.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 7:17 am
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RqueR Editorial, 2005. 200 páginas.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa

Última parte de la serie. Sobre Umberto Eco, y respiro aliviado al ver que es tal y como me lo había imaginado:

En el curso de los años siguientes fuimos publicando con éxito todos los libros de ensayo de Umberto Eco. A él le traté bastante, y nos caíamos bien. Es una de las personas por las que siento —y no son muchas— un profundo respeto. Y no sólo por su inteligencia y por su cultura, por su talento “como novelista y como pensador. También por su humanidad (en cierta ocasión me telefoneó desde Milán para decirme que su hijo de unos dieciocho años venía a España con un amigo, que estaba un poco inquieto por él y que me agradecería que yo vigilara un poco la situación; el hijo pasó a verme por la editorial, estuvo muy amable, dijo que seguiríamos en contacto, y, como es lógico, ni supe más de él, ni le ocurrió nada malo, pero me resultó entrañable que Umberto se preocupara, que me lo pidiera, y sobre todo que creyera me iba a ser posible controlar a un chaval espabilado de dieciocho años; en otra ocasión, estando con Esteban en Milán, comentamos ante él, por pura casualidad, que una amiga común, que estoy segura no le interesaba lo más mínimo, iba a pasar sola el Fin de Año, y, ante nuestro asombro, la telefoneó de inmediato para invitarla a compartir con su familia las lentejas que allí se cenan esa noche), por la lealtad que guarda a sus amigos, por lo que se ocupa y preocupa por sus alumnos, por su generosidad, por su sentido del humor. Y sobre todo porque quedan pocas personas en el mundo que nos sirvan como punto de referencia, que —puedan o no alguna vez equivocarse— nos marquen una pauta a seguir. Eco toma posición ante los problemas que se plantean en el mundo, una posición comprometida, honesta e inteligente. Creo que ésta es tal vez la función más importante del intelectual, el máximo servicio que puede prestar a la sociedad en la que vive.

Carmen Martín Gaite, una escritora a la que da gusto escuchar, y que pasó momentos muy duros:

Poco antes de que apareciera el primero de ellos, también en Lumen, murió su hija, laTorci a quien había dedicado El castillo de las tres murallas, en plena juventud y de una terrible enfermedad. Carmina había tenido otro hijo, un niño que vivió sólo dos o tres años. Me escribe el 3 de julio del 87 que irá a Cadaqués, donde Andreu Teixidor le ha cedido un apartamento, que espera que tengamos ocasión de vernos y hablar largamente, y añade: «Contra todas las apariencias que puedan derivarse de mi imagen pública (nunca me ha ido profesionalmen-te mejor que ahora), este verano estoy padeciendo más que nunca la ausencia de mi hija, y tantas otras cosas que se derivan de ella. Hace falta una moral de caballo para seguir teniendo ganas de vivir, y yo misma no entiendo de dónde saco las fuerzas. Es un milagro (que hace ella). Espero que estés bien y que tus hijos estén sanos y alegres. Disfruta de ellos lo más que puedas. No apreciamos las cosas hasta que las perdemos».

Dudo que creyera en la existencia de otra vida después de la muerte, pero acariciaba la idea, y de ahí sacaba parte de las fuerzas para seguir —la otra parte la sacaba de su trabajo, y no estoy segura de que no fuera ligada a la primera—, de que en algún modo su hija estaba presente. Y cada vez que me hablaba así de mis propios hijos, yo me sentía avergonzada y culpable —absurdamente avergonzada, irrazonablemente culpable— de que estuvieran sanos y alegres, de que estuvieran vivos.

La manera de funcionar de una editorial grande. Lo que importan son las ventas, no el producto:

Había siempre excursiones turístico-cultura-les y algún esparcimiento para interrumpir las sesiones de trabajo. En éstas, los distintos editores exponíamos los títulos que íbamos a sacar y esgrimíamos nuestros argumentos de venta, o sea, cuáles teníamos la suerte o al menos la esperanza de que se llevaran al cine y cuáles procedían o estaban de algún modo relacionados o habían aparecido en televisión, y éramos a veces vituperados desde el público —«¡nos los vendéis como pura sangres y luego resultan burros de carga!», «en lugar de un autor que decís es igual que Vázquez Montalbán, ¿por qué no nos dais un libro del propio Vázquez Montalbán?», «¡eso no le interesa a nadie!», (a Dios pongo por testigo de que oí estos comentarios tal como los cito)—, porque aquello no tenía nada que ver con Distribuciones de Enlace, de espíritu de cruzada ni asomo, y los editores, lejos de ser objeto de veneración, éramos unos infelices ineptos que no colmábamos sus aspiraciones, únicos responsables de cualquier fracaso.

La respuesta de los directivos era contundente. Sesión cumbre de la convención. Entra el gran jefe. Tiene un aspecto impresionante, sombrío, se parece más a Lenin que nunca. Cruza la sala, sube al estrado, levanta con gesto brusco y dramático el paño que cubre una pizarra. Leemos, escrito en trazos enérgicos y con muchos subrayados y signos de admiración, algo parecido a: «El golpe ha sido duro. Estamos gravemente heridos. Pero seguimos vivos. Nos recuperaremos.Venceremos». El «venceremos» subrayado tres veces y con triple signo de admiración. Sigue un largo silencio, para darnos tiempo a que asimilemos el mensaje. Después, en una pantalla, listas de prensa en que figuran los libros más vendidos. «¿Cuáles son los libros que se venden? ¿Lo veis? ¡Los de autores españoles! Y ¿qué lugar ocupamos nosotros en la lista de ventas? ¿Cuántos libros aparecen de nuestro grupo entre los más vendidos? Queda claro, ¿no?»

Una foto de antología; Jorge Herralde, Esther Tusquets y Óscar Tusquets:

Tusquets

marzo 23, 2010

Esther Tusquets. Confesiones de una editora poco mentirosa.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 7:11 am
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RqueR Editorial, 2005. 200 páginas.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa

Seguimos con los fragmentos de este libro. Los agentes literarios y, en particular, Carmen Balcells:

A Carmen la he tratado mucho y creo conocerla bien. La dmiro, la quiero, la he odiado a ratos. (Sospecho que también sus sentimientos hacia mí son ambivalentes.) Es contradictoria y desmesurada. Entrañable a menudo, y brutal en ocasiones, pórque posee en grado extremo la máxima característica de los que detentan y aman el poder: la arbitrariedad. Desde luego, es única e irrepetible. No hay ni habrá otro agente literario que pueda comparársele.

Cuando yo empecé a editar en los años 60, la posición de muchos escritores ante el editor era en general penosa. Los contratos se extendían por un plazo de tiempo ilimitado, incluían los derechos secundarios, comprometían los futuros libros que escribiera el autor. Este no tenía el menor control de la cantidad de ejemplares que se imprimían y vendían, ni de la honestidad de las liquidaciones que anualmente debían presentársele y abonársele. Pocos, poquísimos autores, vivían de sus libros, y apenas ninguno se hacía rico. Gracias a Carmen Balcells, son muchos los escritores que han ganado unas cantidades de dinero y han accedido a un nivel de vida que no podían ni soñar, lo cual ha repercutido, como es lógico, también en aquellos que son de su agencia. Hay que reconocer que esto supone el fin de una situación abusiva e injusta, que es un cambio importante y que se explica que la mayor parte de sus autores —a los que ha resuelto a menudo la vida en más de un sentido y no sólo el económico— la adoren. No creo que haya nadie a quien haya dedicado más libros que a Carmen Balcells. Me escribió en cierta ocasión Mario Vargas Llosa: «Yo soy de una nulidad total, de una incapacidad casi ontológica, para las negociares comerciales, y por eso he llegado a un acuerdo con Carmen, para que en adelante ella se ocupe de todo lo relativo a las ediciones de mis libros, y decida sobre cláusulas, opciones, regalías, etcétera. No tiene por qué resentirte que Carmen trate de obtener para el autor las mejores condiciones; es lo lógico (en la jungla en que vivimos), como lo es también que el editor defienda a brazo partido lo que más le conviene. Ya sé que es feo plantear las cosas con esa crudeza, pero desgraciadamente no veo otra alternativa: donde vuelvo la cara, compruebo que las cosas son así». Perfectamente explicado. Supongo que es el sentir de la mayor parte de escritores, y no les falta parte de razón.

Aunque quedaban entonces —supongo que ahora menos— algunas excepciones, como la fidelidad de Miguel Delibes a Vergés y Ediciones Destino, o la relación de Jeróme Lindon —tal vez el mejor ejemplo de editor independiente, vocacional, descubridor de nuevos talentos— con muchos de los autores de Les Éditions de Minuit. Lindon me contó que, en un momento en que tuvo dificultades económicas, Samuel Beckett le firmó un talón en blanco, y de Lindon recibí una lección de elegancia y buenos modales que todavía me avergüenza. Lumen estaba editando a Beckett —que no compraba ni leía nadie— cuando le dieron inesperadamente el Nobel de Literatura. Habituada a «la jungla en que vivimos», di por descontado que ahora muchos otros editores de lengua castellana querrían las obras que no habíamos contratado todavía nosotros, y mandé un telegrama a Lindon, felicitándole por el premio y añadiendo que, fueran cuales fueran ahora los anticipos, estábamos dispuestos a pagarlos y a competir para conseguir los derechos. Me contestó que no entendía a qué me estaba yo refiriendo, que Beckett era el mismo antes y después del Nobel, y que naturalmente las condiciones de los contratos eran aquellas de las que habíamos estado hablando hasta entonces. No hay en la jungla muchos Samuel Beckett ni muchos Jeróme Lindon, pero reconforta que haya algunos y la hace un poco más habitable.

Un itinerario con Neruda por Barcelona que muchos hubiéramos querido poder hacer:

Porque sí se trataba de Pablo Neruda —acompañado, como siempre que le vi, por Matilde Urrutia— y sí fue aquella tarde memorable. Neruda, como tantos otros, había jurado, y lo había manifestado repetidas veces en público, no regresar a España mientras siguiera Franco en el poder. Y a pesar de que, como para tantos otros, la espera se prolongaba más de lo esperado, lo había cumplido hasta entonces. Ahora aprovechaba la circunstancia de que, si viajas en barco, puedes desembarcar en los puertos donde hace escala con un simple pase que te entregan al bajar y devuelves a tu regreso —sin que quede constancia en el pasaporte ni en ningún otro documento, sin que legalmente hayas entrado en el país—, para pasar tres o cuatro horas en una Barcelona para él entrañable y llena de recuerdos, donde había estado en tiempos de guerra.

Siguiendo el itinerario que marcaba el hilo de su memoria, nos guió a través de gran parte de la Barcelona vieja, desde el ayuntamiento, el barrio gótico y la catedral hasta Santa María del Mar y la Plaza Real. A lo largo de este recorrido nostálgico, el poeta habló casi sin cesar. Evocó con su voz ronca, rota, personalísima —la voz con la que leía sus versos en las calles, las plazas, las escuelas, los teatros de Chile— tantas horas intensas y apasionadas, tantas esperanzas frustradas, tantos sueños rotos, tantos buenos amigos y camaradas desaparecidos para siempre en el curso de una guerra que finalmente se perdió y que no se podía perder. Fue un monólogo inolvidable. Esteban y yo escuchábamos absortos, Matilde sonreía, Maspons nos sacaba un montón de fotos.

A veces los premios no son importante por el dinero, sino por el prestigio:

Ya he dicho que un pequeño editor no puede andar a la caza de best sellers convocando premios millonarios para obras escritas en español, firmando cheques en blanco o pujando en las subastas internacionales por títulos que se supone —sólo se supone— van a ser de gran venta. Creo recordar que, al menos en un principio, Carlos Barral entregaba únicamente una medalla al ganador del prestigioso premio de narrativa Biblioteca Breve, y en ningún momento ha pretendido Jorge Herralde competir a nivel económico, en el premio que lleva su nombre y de cuyo jurado formo parte, con los premios de las grandes editoriales. Aprovecho la ocasión para comentar que la enorme profusión de premios, algunos espléndidamente dotados, a libros inéditos que se da en España, y que obedece en la mayoría de casos al propósito de facilitar la promoción, cuando no de hacerse con un autor que pertenece a otro sello, me parece un despropósito y no existe en ningún otro país.

Mañana la tercera parte y fotos.

marzo 22, 2010

Esther Tusquets. Confesiones de una editora poco mentirosa.

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RqueR Editorial, 2005. 200 páginas.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa
Cotilleos literarios

Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle. Como yo este libro. Y si wrailito encuentra gangas por veinte céntimos, esto merece categoría especial. ¿Cómo llamar a encontrarse gratis un libro que tenías pensado comprar?

Nos gusta el cotilleo, está en nuestra naturaleza (y alguna vez escribiréuna entrada sobre esto). Si no conoces quien es Belén Esteban pero sí Umberto Eco no te gustará ver la televisión, pero no le harás asco a quien te cuente como es tu escritor favorito en la intimidad.

Esther Tusquets fue editora de Lumen, hasta que la absorbió Mondadori. Una editorial original a la que no le preocupaba tanto los beneficios como publicar lo que les gustara. Publicaron mucho y bueno, y en este libro se recoge parte de la historia detrás de los libros.

Desde el nacimiento reconvirtiendo una editorial franquista, sus inicios con libros infantiles diferentes, sus uniones de texto e imágenes, hasta acabar en una multinacional en la que ya no tenía que hacer. Por el camino, el trato con muchos escritores y datos discretos -no es prensa rosa- pero bastante jugosos.

Tengo tantos fragmentos seleccionados que, como en otras ocasiones, los pondré en tres partes. Empecemos con su visión de por qué una editorial no es un negocio como cualquier otro (las negritas son mías):

De hecho, hubiéramos podido intentar, al menos en dos ocasiones —con Mafalda y con las novelas de Umberto Eco—, dar el salto y convertirnos en una empresa mucho mayor. Pero, si me ha llevado tiempo estar segura de poseer una auténtica vocación de editora —debido en parte a que no fue una profesión elegida por mí y en parte a que no he terminado nunca de sentirme a gusto en el papel de empre-saria—, sí he estado por el contrario absolutamente segura de que nada podía seducirme menos que dirigir una gran editorial, una gran industria con multitud de empleados, mucho capital enjuego y cientos de títulos al año. Esto último, además, en un país donde se produce un extraño fenómeno, que debió de tener su origen hace un montón de años: la oferta no se ajusta en absoluto a la demanda, y se editan muchísimos más títulos de los que va a ser posible vender, lo cual abona mis sospechas de que, si bien la edición es, qué duda cabe, otro negocio más dentro del sistema económico general, no deja de ser, incluso para los ejecutivos más eficaces y menos propensos a veleidades románticas o de cualquier otro tipo, un negocio algo especial, y de que, contrariamente a lo que en ocasiones han asegurado, fabricar libros no es para nadie, o para casi nadie, lo mismo que fabricar otro producto cualquiera.

La fascinación con los libros, en la que tantos nos vemos reflejados:

Siempre, desde muy pequeña, me habían gustado apasionadamente los libros. Quizás sería más exacto decir que siempre, hasta donde alcanza mi memoria, me había apasionado que me contaran historias: los fantásticos cuentos que relataban mi madre y sus hermanas, unas narradoras de excepción, las truculentas historias que nunca terminaba de entender del todo que se chismorreaban en la cocina y en el cuarto de la plancha, los inefables seriales de la radio de los años cuarenta, la fascinación del cine, pero sobre todo los libros. Leía, desde que aprendí a leer, a todas horas y en todas partes, con una pasión que no he recuperado con igual intensidad en ninguna otra etapa de mi vida. Decían que era como la niña de una película, creo que de Capra, que ni para contestar al teléfono soltaba el libro que tenía entre las manos.

Cela, una persona con dos caras:

Sin embargo, no sólo se firmó poco después un contrato para tres libros, y salieron en Palabra e Imagen dos, sino que nos hicimos amigos, o estuvimos al menos muy a punto de hacernos amigos. Me constaba que su trayectoria política era turbia y estaba sujeta a todo tipo de sospechas; que era un tipo ególatra y desconsiderado; me molestaba su deliberada grosería, su vanidad, su grandilocuencia, su afán por acumular premios y honores, su obsesión —para mí ridicula— por el Nobel, y su afán —para mí, desmesurado— de dinero; me sacaba de quicio el modo en que trataba a los camareros y a los dependientes y a los taxistas, y en ocasiones a todo dios. Pero, sorprendentemente, no sólo me divertía, sino que me caía bien. En gran parte, porque le consideraba, y le considero, un buenísimo escritor. No un gran constructor de tramas novelescas, pero sí un autor capaz de textos —como los que escribió para mí— impecables, en los que no sobra un adjetivo ni falta una coma, en los que no hay nada que corregir y en los que él, una vez entregados, no solía modificar nada. Y esto no es fácil, ni se da con frecuencia.

El otro título de Cela, Toreo de salón, partía de las fotos que había sacado Maspons a unos pobres rapaces que soñaban con llegar a toreros y se entrenaban en el parque de Montjuic.Aquí sí, más que en el libro de las putas, eran los textos ofensivos y groseros, demoledores.Y, si Colom había sacado las fotos a hurtadillas, Maspons se había hecho amigo de aquellos chicos. Pedimos, pues, a Cela, que eHminara los términos más sangrante de dos de los textos.

Respuesta: «Culpo a Oriol Maspons —y a vosotros subsidiariamente— de no haber trabajado con seriedad. A mí se me dieron unas fotos tópicas para que, sobre ellas, escribiera un texto literario, cosa que hice. Me esforcé en mi tarea, puse mis cinco sentidos al servicio del texto —como siempre procuro hacer— y ahora me encuentro con que mi labor requiere una poda cuyo origen es la frivolidad ajena. Si Puer Tarraconensis es amigo de Oriol Maspons, ¿por qué éste no se acordó a tiempo? Es demasiado cómodo esperar a que el prójimo trabaje para después, sobre el trabajo del prójimo, hacer objeciones amistosas o pintorescas o legales. Además de cómoda, esa actitud no es propia de un profesional y hiede a amateurismo y a improvisación».

Cela propuso que Maspons hiciera firmar a los torerillos un papel que nos cubriera legalmente.Y creo que así se hizo. Me avergüenzo todavía hoy de haberme prestado a ello.

Mi amistad con Cela siguió, aunque deteriorada, todavía un tiempo. Hasta que él participó en una nueva editorial, Alfaguara, y quiso publicar toda su obra en ella. Con Lumen tenía firmado un contrato para tres títulos, de modo que nos debía uno. Lo reconocía así, pero nos advirtió que se acogería al pretexto legal de que habíamos incumplido nosotros el contrato —al no haber inscrito los dos títulos ya editados en el registro de la propiedad intelectual— para no tener que escribir el tercero. A mí me daba casi lo mismo ese tercer libro -—nunca, en cuarenta años, he editado a un autor que no quisiera editar conmigo—, y hubiera entendido y aceptado sin problemas que prefiriera publicar en su propia empresa, pero el modo de plantearlo era burdo y feo, y las cartas donde lo exponía no eran las cartas que se escribe a un amigo.

Así pues, no protesté, ni recurrí, ni me quejé. No dije nada. Tampoco dejé de tratarle en público. Pero cuando me citó, en su próximo viaje a Barcelona, tal día y a tal hora, en el Colón, decliné la invitación. No hubo más recados mañaneros en mi coche, ni almuerzos en el restaurante del hotel, ni gloriosas y disparatadas veladas en su suite. Ni siquiera fui a visitar la fastuosa mansión, llena de obras de arte, que se* había construido en Palma.

Era un buen escritor, pero detrás de la aparatosa fachada no había —dijeran lo que dijeran Alós y Matute, y por mucho que le gustaran los animales y que fraternizara con los jóvenes poetas aún no prostituidos por la vida— un ser que humanamente pudiera interesarme.

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