Punto de lectura, 2007. 830 páginas.
Tit. Or. Os libros arden mal. Trad. Dolores Vilavedra.

El pueblo
¿He dicho ya que me encanta Manuel Rivas? Pues lo repito. Que novela, madre. Más de 800 páginas que acaban sabiendo a poco. Que enganchan, pero no como los superventas -con tácticas tramposas e intrÃngulis rebuscados- sino hablando bajito, directamente al alma.
Muchas historias conviven en este libro, como es habitual en el autor. No quiero llamarla novela coral, aunque este compuesta de muchas voces que cuentan lo suyo, a saltos, para que sea el lector el que reuna el puzzle y contemple el paisaje. El amor a los libros, a la cultura y al pueblo y la amargura contra quienes comenzaron una victoria quemando libros. Pero es difÃcil quemar un libro porque
No es tan fácil mantener a raya a las palabras. Son como cucarachas, como ratas. Andan por el subsuelo, por las alcantarillas, entre las tumbas. Son como insectos. Como bacterias. A los hombres es fácil pararles los pies, pero no es tan fácil ponerles lÃmites a las palabras. Los silencios, las pausas, son parte del lenguaje. Un hombre en silencio, si está Ãntegro, es un peligro. DeberÃas haberte censurado, Dez.
¿Defensa de la lectura? Más claro el agua
¿Te gusta leer? Eso es lo mejor que te puede pasar en la vida. Escribir tiene otras implicaciones.
Porque no sólo de pan vive el hombre y no sólo van a comer cultura los ricos:
Es como una comida pantagruélica.
¿Y qué lleva esa comida tan retórica?
CurtÃs no sabÃa con exactitud a qué se referÃa Piolando. Pero le habÃa gustado la expresión y habÃa entendido lo que querÃa decir, no sólo por la cara rubicunda de Holando cuando la usó, sino por la palabra en sÃ, que era pródiga, y que llevaba con alegrÃa el significado encima de las letras.
Pantagruélica es pantagruélica, como su nombre indica.
¿Hasta hartar?
Seguro.
Pues ponedlo asà en el papel, que se entienda. ¡En cristiano!
Lo del bufé es por cultura. ¿A que sÃ, CurtÃs?
SÃ, por cultura. También va a haber conferencias.
¿Conferencias? ¡Hummm! No espantéis a la gente. Una fiesta es una fiesta.
Son antes de comer. Abren mucho el apetito.
Eso está bien. No sólo van a comer cultura los ricos.
Los Caneiros era un fiesta, apuntó alguien, a la que hasta los muertos irÃan, si pudiesen.
SÃ, confirmó CurtÃs, yo puedo conseguir los billetes. Este año hay un tren especial. SÃ, un tren especial. Le gustaba repetirlo, porque le parecÃa que con su información escuchaba ya el silbido de la salida y ese voluntarioso optimismo de la locomotora al arrancar. Y cómo luego se subÃan a las barcas, la marea atlántica devolviendo el rÃo hacia las fuentes, y el gaitero Polca que en la popa tocaba una alborada.
Un libro tierno y sincero como la vida misma. Ya lo dice Polca La vida es asÃ, compañero, tiene vocación de cuento. Se que hay tipos duros que además de no bailar consideran cursi a Manuel Rivas. A mÃ, que soy blando como chocolate al sol, sus historias me calientan el corazoncito.
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Extracto:[-]
La leche en polvo llegó en sacos que mandaron los norteamericanos. Al principio, al ver tantos sacos, se acercaron algunos pobres de los de pedir por las puertas, pero después no volvieron. No les gustó nada el sabor. O el color, quizá fue el color. Por eso pienso que, a veces, de ser pobre, lo mejor casi es ser pobre del todo, porque uno tiene esa libertad de no tener nada de nada. Y de no aceptar lo que no le gusta. Por ejemplo, el sabor amarillo pálido. Y nadie los obligó a volver a la escuela. Pues si no os gusta, hay que beberÃa igual. Eso fue lo que dijo la maestra los primeros dÃas, aunque, a decir verdad, tampoco muy convencida. DeberÃan haber enviado otra cosa. Por ejemplo, Coca-Cola. Porque la gente no podÃa entender que la leche fuese en polvo. HabÃa buena disposición a recibir cosas. La gente abrÃa los brazos. Pero una cosa es la cortesÃa y otra tomar leche en polvo, viendo como veÃamos tantas vacas. Cuando pasaban los primeros aviones nosotros gritábamos: ¡Caramelos, caramelos! La gente mayor recelaba de los aviones, pero nosotros confiábamos en ellos. TenÃamos mucha fe en la aviación. Luego dijeron que la peste de la patata habÃa venido por el aire. No como una plaga bÃblica, en forma de nube insana, sino traÃda a propósito, por avionetas. Asà que, según eso, cuando nosotros estábamos pidiendo caramelos con las manos extendidas hacia el cielo, lo que caÃan eran escarabajos. Y son lindos los escarabajos, a mà me parecen bonitos incluso los escarabajos de la peste de la patata, dorados y con listas negras. Parecen minúsculos juguetes de finÃsima hoja de lata. Tienen cuerda mientras roen. Y después mueren de esa manera tan moderna, a montones, a base de insecticida.
¿Qué? ¿Nadie piensa morirse? ¡No dais ni un duro de ganancia!
Eso era lo que decÃa Polca cuando pasaba ante la taberna A Pena do Cuco. Sus bromas de enterrador parroquial animaban mucho a la gente a vivir. A veces, cambiaba de estribillo y decÃa desde la puerta:
¿Nadie quiere una recomendación?
Y desde el mostrador le llamaban: Ante la muerte, el mejor remedio es abrir la boca. ¡Venga un vino, Polca!
Eso sà lo tenÃa seguro. La invitación a la ronda de vino. Pero también se la ganaba a pulso. Polca no sabÃa beber solo. Hay muchos bebedores solitarios. A Polca no le gustaba ese vino de la soledad. Un vino se merecÃa una historia, un hablar. Del Más Acá, y del Más Allá, en opinión de la gente, sabÃa más que el cura, que se limitaba a la información oficial. HabÃa cuestiones que no se comentaban en presencia del párroco, no por otra cosa sino por su incompetencia en esas materias. Por ejemplo, Polca, dinos, ¿quién manda en la Santa Compaña, en la procesión de los difuntos? El que pone en marcha la Santa Compaña, según tengo entendido, es el enterrador más antiguo. ¿Y quién es ese comandante? Y será Adán* digo yo. ¿Y quién enterró a Adán, Polca? ¿Lo enterro Eva? No, fue un hijo, un tercer hijo del que casi no se habla y que debÃa de ser el de mejor madera. Aquà se llevan toda la fama CaÃn y Abel. El tercer hombre no debÃa de querer ninguna publicidad. Pero fue él, Set, quien enterró a su padre. Y en la tierra que cubre a ese primer muerto hinca un olivo. De ese olivo es del que sale el madero de la Santa Cruz.
Ésa es mucha casualidad, Polca.
La vida es asÃ, compañero, tiene vocación de cuento. Y si no entiendes eso, no entiendes nada. Es de suponer que será Adán, por orden de antigüedad, quien llama a los otros: ¡Levantaos, difuntos, y salid todos juntos! A mà me parece un detalle importante. Lo de que decidan salir juntos, sin distinciones.
Polca a Ó: Tú no les tengas miedo a los muertos. Con quien hay que tener cuidado es con los vivos que te destrozan la vida. A esos que odian la vida los viejos los llamaban los de la Sociedad del Hueso. Lo de sembrar el terror es una cosa muy antigua y muy moderna al mismo tiempo. Lo que hacÃan éstos era arrojar de noche un hueso contra aquella ventana que viesen iluminada. Ésa era la manera de señalar a la vÃctima. Pero los muertos también saben devolverlas. Eso es lo que ignoran los matones. Que los muertos buscan la forma de defenderse. Los viejos hablan de la bofetada frÃa, que es la bofetada de los muertos que están mal enterrados. Yo conozco muchos casos. Muchos casos de asesinos que nunca han sido juzgados. Peor que eso. Los asesinos impartiendo Justicia, haciendo las leyes. Pero a muchos de ellos tamben les ha ido llegando la bofetada frÃa de los muertos, asesinos que se han vuelto locos.
¿Te gusta leer? Eso es lo mejor que te puede pasar en la vida. Escribir tiene otras implicaciones. Otra palabra, mi preferida. Escrúpulo. De scrupulus. Era el nombre que se le daba a una piedrecilla puntiaguda. PodÃa hacer las veces de cambio en los trueques. Pero después vino el significado que tú conoces. Más que saber lo que es, el escrúpulo se siente, ¿a que sÃ? Scrupulum injeci homini. He puesto al hombre sobre aviso. Es curioso. Sigue siendo una piedrecilla con aguijón. Lo que pasa es que ahora está dentro del cuerpo. ¿Cuál es la tuya? Una que te guste. Rápido. Ya.
Gabriel dudó por un instante si decir su palabra. Pero el hombre parecÃa cordial y, por otra parte, decirla le producÃa el gozo de quien le gasta una broma a un sabio. AcetilsalicÃlico, señor. No está mal.
De vez en cuando, el juez Samos se referÃa a Alfonso Sulfe como uno de los hombres más talentosos del paÃs. Una lástima que se encerrase tanto en su cubil. Se veÃa que gozaba con sus expediciones etimológicas. Cuéntenos, Sulfe, el origen de la palabra chaqueta. OfrecÃa entonces la sabidurÃa del amigo como una atracción en el cÃrculo de la Cripta. Alfonso Sulfe se ruborizaba al principio, pero después se dejaba llevar a unos minutos de gloria.
PodrÃamos decir que la palabra chaqueta procede del Camino de Santiago. En Francia, Saint-Jacques. Ese es el huevo de la palabra. Jacques.