Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 21, 2010

Rubem Fonseca. Feliz año nuevo.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:40 pm
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Alfaguara, 1977. 204 páginas.
Tit. Or. Feliz Ano Novo. Trad. Pablo del Barco.

Rubem Fonseca, Feliz año nuevo
Nuevo mundo

Es triste descubrir en 2008 con uno de sus últimos libros -Secreciones, excreciones y desatinos- a quien ya en 1977 publicaba un libro como éste. Más vale tarde que nunca.

Un libro que incluye los siguientes relatos:

Feliz Año Nuevo
Corazones solitarios
Abril, en Río, en 1970
O todo o nada
Paseo nocturno
Día de los enamorados
El otro
Amarguras de un joven escritor
La petición
El campeonato
Ñau Catrineta
Entrevista
74 grados
Intestino grueso

El primero de ellos narra un suceso truculento, un robo con violencia desde el punto de vista de los atracadores. Este tipo de historias son las que le han dado notoriedad al autor, ya que al haber sido policía conoce bien de lo que habla. Pero su verdadero talento está en la prosa, y en la forma de narrar. El relato que cierra el libro -una entrevista a un Autor- puede tomarse como una declaración de intenciones:

Estos escritores piensan que lo saben todo -dije irritado.

Por eso son peligrosos- dijo el Editor.

Rubem Fonseca ya está en mi lista de fijos. Seguiré comentando por aquí sus libros.

Descárgalo gratis (no es el aquí comentado pero les gustará):

Fonseca, Rubem – Los mejores relatos.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Entonces vi el billete en la mesilla de cabecera, junto con el frasquito vacío de pildoras tranquilizantes: José, adiós, sin ti no puedo vivir, no te culpo de nada, te perdono; quiera Dios que te tornes un día un buen escritor, pero me parece difícil; viviría contigo, aunque impotente, pero tampoco de eso tienes culpa, pobre infeliz. Ligia Castelo Branco. Sacudí a Ligia con fuerza, pero estaba en coma. Intenté telefonear, pero mi teléfono estaba estropeado, zut, zut, Gustave, le mot juste, bajé las escaleras corriendo, cuando llegué a la cabina, vi que no tenía ficha para el aparato y a aquella hora estaba todo cerrado. Y de repente, ¡infiernos!, surgió un asaltante, ¡rayos!, ¡maldita desgracia!, pero no, no, ahí reconocí al asaltante, era el mismo negro al que yo había disparado, ¡estaba vivo! El también me reconoció y salió corriendo tal vez con miedo de llevar otro tiro. Corrí detrás de él gritando, ¡eh! ¡eh! ¿tienes una ficha de teléfono?, mi mujer lo está pasando mal, necesito llamar a la Casa de Socorro y corrimos unos mil metros hasta que él paró, respirando con dificultad, estaba desnutrido y enfermo, y mal consiguió decir jadeante, por favor, no me des un tiro, soy casado y tengo hijos que sustentar. Dije, quiero una ficha de teléfono. Tenía una ficha para prestarme, atada a un hilo de nylon. Llamé a la Casa de Socorro, tiré de la ficha para arriba y la entregué al ladrón preguntando si no quería ir hasta mi casa, a darme apoyo moral. Fuimos, y el ladrón, que se llamaba Eneas, hizo café para los dos mientras yo me lamentaba de la vida. No lo tomes a mal, dijo Eneas, pero creo que tu mujer estiró la pata, está fría como una lagartija. La Casa de Socorro llegó, el médico examinó a Ligia y dijo, voy a tener que avisar a la policía, no toques nada, esos casos de suicidio tienen que ser comunicados, y me miró extrañado, ¿habría leído todo el billete? Al oír la palabra policía, Eneas dijo que era la hora de retirarse, sabes cómo es, lo siento mucho, amigo, y se marchó, dejándome solo con el cadáver. Lloré un poco, a decir verdad muy poco, no por falta de sentimiento, pero es que mi cabeza estaba en otras cosas. Me senté a la máquina: José, mi gran amor, adiós. No puedo obligarte a amarme con el mismo amor que yo te dedico. Tengo celos de todas las bellas mujeres que viven a tu alrededor intentando seducirte; tengo celos de las horas que pasas escribiendo tu importante novela. Oh, sí, amor de mi vida, sé que el escritor necesita de soledad para crear, pero esta alma mezquina mía de mujer apasionada no se conforma en compartirte con otra persona o cosa. Mi querido amante, ¡fueron momentos maravillosos los que pasamos juntos! Siento tanto no poder ver terminado ese libro que será sin duda una obra maestra. ¡Adiós! ¡Adiós!, quiéreme mucho, acuérdate de mí, perdóname, pon una rosa en mi sepultura el día de los Difuntos. Tu Ligia Castelo Branco. Firmé, haciendo la letra redondita de Ligia, y coloqué la carta en la mesilla de cabecera, después cogí la carta que ella había escrito, la rompí, puse fuego a los pedacitos y tiré las cenizas en la taza del sanitario. Impotente y mal escritor —¡mierda!, ¿qué hice yo para tratarme ella así?—; yo era gentil, apasionado, ¿no? —mientras pensaba eso fui a la nevera y cogí una cerveza—, trataba a Ligia con consideración y dignidad, ¿no?, si alguien mandaba en alguien, era ella la que mandaba en mí, ella era una persona libre, yo era quien estaba obligado a hacer gimnasia,- dieta, dejar de beber —me levanté y cogí otra cerveza—, y ahora ella decía que era difícil convertirme yo en un gran escritor;

mayo 19, 2010

Max Aub. Campo Cerrado.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:59 am
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Editorial Alfaguara, 1944, 1997. 252 páginas.

Max Aub, Campo Cerrado
Empieza la guerra

La única ventaja de reseñar los libros mucho tiempo después de haberlos leído se da en casos como éste. Leídos los seis libros que componen el laberinto mágico puedo decir que el que más me ha gustado y que creo que es el mejor es éste.

Centrado en los años previos a la guerra civil se va definiendo la estructura que seguirán los libros de la saga. Multitud de personajes, de los que se nos cuenta su historia aunque apenas contribuyan al esquema general, fluidez en los diálogos y un minucioso retrato de la época.

Pero en su primer libro se nota un esfuerzo extra en el lenguaje, la prosa está muy depurada, y aunque a veces cae en un barroquismo excesivo la calidad de las imágenes que encuentra no se repiten en los libros posteriores, dónde se decanta más por la crónica con un abandono del estilo. No soy de los de subrayar con lápiz, pero en este libro más de una vez me asaltó la tentación (en cambio, martirizaba a mi mujer leyéndole fragmentos). Un ejemplo:

Cada año, con la vendimia, nace un crío. A veces se muere, otras no. Entonces se va alzando, sucio, con costras, granos, ulcerillas y lagañas, sin conocer lo que es el frío ni el hambre, porque son su aire y su alimento. Crecen renegridos, escuetos v duros, muy hechos a hacer lo suyo y a no importarles un comino los demás, como no sea, muy luego, el sexo de sus hembras, que tienen en mucho, y las caballerías, que aprecian otro tanto: lo atestiguan dichos y canciones: todavía llegan allí los zorongos y las jotas; se las oye por montes y campos.

Tras haber leído gran parte de la obra de Aub coincido con lo que dice Santiago Fernández:

Para quien esto firma el lugar que ocupa Aub es el justo. Es el de un escritor reconocido y admirado por muchos, pero que nunca podrá considerarse un clásico de nuestras letras.

Pero recomiendo vivamente la lectura de este libro.

Descárgalo gratis:

Campo Cerrado

(Descarga directa)


Extracto:[-]

Rafael les ve a todos la cara boba, los sentimientos idos, el ánimo suspenso; vivos los ojos, amansado el oído, olvidado el resto; sin tiempo, ni más espacio que los cinco o seis metros de la embocadura del teatrillo; dales la luz de las candilejas de refilón y de frente; quién entreabre los labios como pez a punto de picar, quién mira como escondido; corre por todos cierta beatífica candidez y tranquilidad; distendidos, un poco con su cara de muertos, más el calor que lo vivifica todo.
Ya se corre el telón para el último número. Ya sale tocada con plumas de avestruz y con ropa de tisú de oro la artista de más nombre.

El día que yo me vaya de este pequeño salón ya no romperán los hombres por delante el pantalón.
Ya toca la orquesta la marcha que delimita el principio del cabaret.

—El público satisfecho se va por donde ha venido —dice uno de los que venían con Luis Salomar.

—La marcha de los cabritos —comenta uno que pasa.

Fuera hace luna.

—Vamos a dar una vuelta.

Dar una vuelta consiste en ir de taberna en taberna con tal de acabar en cualquiera de ellas de dos a tres de la madrugada, ante un velador, botellas de Priorato a la mano; sopa de pescado, tortilla, aceitunas, queso o huevos fritos por delante, borrachos como unas cubas, pero muy serios, discutiendo del porvenir de España, entrecortado por algún bárbaro: ¡ijujú! lanzado por Salomar, a quien se le saltan de vivos los ojos.

—¿Dónde hay corderos como los españoles, ni poeta como Fray Luis, aunque fuese algo judío?
—Lo que quieras, pero siempre haremos las cosas en el último momento y de cualquier manera. Lo grande es que a veces salen bien. La improvisación es un arma española.

—No sabéis prevenir. Y trabajarr a rratos. Pequeños ratos.

—Ni falta que nos hace.

Con Luis Salomar y Rafael Serrador están un suizo y un joven catalán, profesor éste de una vaga arqueología o algo así: zangón, aristocrático venido a mucho menos, de maneras remilgadas, emparentado con familias de renombre mercantil, que no saca, pero que no deja de citar si viene a cuento; Viena y Londres en la boca a cada paso, con cierto aire marica, sin serlo, y procurando demostrárselo en toda ocasión a la peor pintada, lo que no le salva en los locales de taxis-girl, a los que es muy aficionado, de producir diálogos como el que se trae aquí a cuenta:

—¡Te digo que lo es!

—Chica, lo que tú quieras, pero te aseguro que no lo es.

—¡Para ti la perra gorda!


—¡Eres un bárbaro! —dice el socialista.

—Ni bárbaro, ni no bárbaro.

Vuelve a intervenir el viejo:

—Siempre puede uno colocarse por encima de los partidos.

—Entonces el partido eres tú —dice Bosch—. El que quiere abarcar equitativamente el bien y el mal se queda en regular, aguachirle, café con leche, nada entre dos platos, animal híbrido sin posibilidad de descendencia, en mulo.

—¡Para la burra, sobrino!

—No hay gran escritor sin cárcel o destierro —sigue Salomar—, o poltrona ministerial. Digo escritor y no poeta. Los poetas son bichos que lo mismo cantan en invernaderos que en muladares.

—¿Y Lope? —añade el profesor de buen lomo.

—¿No era Lope poeta? —se extraña Salomar.

—¿Y el lameculismo una política? —arguye Lledó—. Y no es cuestión de repetir lo dicho, pero ¿cree que los niños de Cambó no hacen política? Recuerde dedicatorias antiguas y modernas. No tienen el genio de Lope.

—Un novelista pacato escribe novelas pacatas —triunfa Salomar—. A veces me pregunto si Blasco no será tan mal novelista como creo… Vosotros, los catalanes, pensáis resolver los problemas creando premios y repartiendo flores. ¡Así os va! Mejor haríais metiéndolos a todos en la cárcel. Y los poetas, sueltos.

El profesor catalán, un poco fachenda con su voz abaritonada, sus nalgas rimbombantes y su listeza boba, no sabe a qué carta quedarse, si defender a sus conterráneos o pasarse vergonzosamente al enemigo. Lo que él quiere es una cátedra en Madrid.

—Mire usted, Luis —acaba diciendo—: creo que debiera ponerse usted a escribir un libro sobre los místicos y dejarse de tonterías.

—La tontería es suya, profesor —dice Salomar, soliviantado—, y lo de escribir, esas son mis cebollas, que dicen los gabachos. Escribir, para mí, es luchar contra la muerte. Y lo mismo lucho de una manera que de otra.

—Comprendería tu posición si estuvieses del otro lado de la barricada —comentó Lledó—. Pero tu actitud política, pesimista…

—Lo uno no empece a lo otro. En este terreno no quedan huellas. Me salvaré a brazo partido o por la fuerza de las palabras. ¡Tanto monta! Un hombre a quien no le interesa la política no es hombre; puede ser un sabio, una especie de sabandija que se roe las entrañas. ¡Pero el que toma el aire, o ve colores, o husmea campo o calle…! A lo sumo, los que piensan salvar la humanidad a fuerza de microbios, y eso a mí no me interesa, ni creo que a nadie tampoco; habría que estar en el secreto…
Hizo una pausa, acabaron de tomar café.

—Frente a la vida —continuó— no hay más que dos posiciones: mandar u obedecer. ¡Inventar una tercera: la ignorancia? Babia, es cosa de maricas. El purgatorio, una traición. Todo esto es esquelético y primario, pero España es un país de esqueletos y por nada nos matamos más a gusto que por sofismas. Y como, por añadidura, comemos mal, nos importa tres pitos la vida.

—Querrás decir —intervino Rafael— que los que comen mal son los obreros.

—Los obreros comen mal y los demás no saben comer —respondió Lledó—. Siempre les ha importado más la otra vida que ésta a católicos y anarquistas. ¡Y son unos cuantos!

mayo 17, 2010

Alberto Moravia. Los indiferentes.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:19 am
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Editorial DeBols!llo, 2005. 316 páginas.
Tit. Or. Gli indifferenti. Trad. R. Coll Robert.

Alberto Moravia, Los indiferentes
Apatía

Tras leer mucho y bueno sobre Alberto Moravia me dije que ya era hora de ponerme manos a la obra. Sobretodo habiendo, como hay, producción suya de saldo. Este libro, nuevecito y envuelto en celofán, creo que me costó dos euros.

El argumento, tal como lo explica la contraportada, parece un culebrón:

La madre, Mariagrazia, se aferra a su aburrido y poco escrupuloso amante, Leo, quien codicia sexualmente a la hija de Mariagrazia, Carla, aunque los celos de la madre se concentran en su amiga Lisa, quien a su vez persigue al hijo de Mariagrazia, Michele, verdadero protagonista de esta compleja trama de deseos, cuyas reacciones arrastrarán el drama hasta su desenlace.

¿Como se combina con la frase que va antes que la considera la primera novela existencialista? Porque todos estos amoríos no son sino el trasfondo que utiliza Moravia para exponer la apatía de los protagonistas. Carla y Michele cederán a las pretensiones de quienes los desean pero por desidia, por aburrimiento, porque algo cambie en sus vidas. Pese a tener la ruina económica encima de sus cabezas. El siguiente extracto ilustra muy bien sus sentimientos:

—Esto es lo que quisiera saber —repitió—: si es posible seguir así cada día, con este aburrimiento; no cambiar nunca, no dejar nunca estas miserias, y regodearnos con todas estas estupideces que nos pasan por la cabeza; discutir y pelear siempre por las mismas razones; no elevarnos nunca del suelo, ni siquiera así —alzó la palma de la mano sobre la mesa. Sus ojos airados se llenaron de lágrimas. Temblaba—. Ahora —añadió irguiéndose—, quisiera que me dijeses si todo esto es agradable… Tú no te das cuenta, pero deberías mirarte en un espejo mientras estás hablando, mientras discutes. Entonces te avergonzarías de ti misma y comprenderías hasta dónde pueden hacernos llegar este hastío y este cansancio, y cómo se puede llegar a desear una nueva vida completamente distinta de esta… —Se detuvo con la cara encendida y llorosa. Sin saber lo que hacía, se sirvió del plato que la doncella le ofrecía.

Mientras los jóvenes languidecen, los adultos demuestran pasiones, pero no muy positivas. La madre es una celosa histérica y malpensada que siempre está montando escenas, ciega al drama que se desarrolla a su alrededor. Leo es un comerciante sin escrúpulos que no duda en estafar a quien fue su amante, a la vez que seduce a su hija. La pobre Lisa, la persona más normal del cuadro, sólo busca desesperadamente amor cuando los años se le vienen encima.

Moravia tenía 22 años cuando se publicó esta novela. Sorprende el dominio de la prosa, el ojo clínico para diseccionar a la alta burguesía, de una manera cruda y sin juicios morales. Los personajes se retratan ellos mismos por sus actos. También su modernidad, porque se adelantó al existencialismo y por el hincapié que hace en la psicología de los actos más que en los enredos de la trama. Aunque me ha parecido ver algún eco de Pirandello ya se ve que el autor tiene voz y estilo propios.

Muy bueno.


Extracto:[-]

—Entonces, ¿sabe lo que le digo? —respondió Leo con calma—. Que la venda a cualquiera, y verá no solo que se queda sin las treinta mil liras, sino que además no podrá pagarme lo que me debe. Con la crisis que hay, es un mal momento. Nadie compra. Todos quieren vender. Basta mirar la página de anuncios de cualquier periódico. Además, como la villa está situada fuera de la ciudad, es difícil encontrar a alguien a quien le interese venir a vivir aquí… Pero haga lo que le plazca. Por nada del mundo quisiera haberle aconsejado mal.

—Yo aceptaría las condiciones de Merumeci —dijo Carla—. Por mi parte, solo deseo dejar esta villa e ir a vivir a cualquier otra parte, aunque sea a un lugar más humilde.

La madre hizo un gesto de exasperación.

—¡Cállate! —exclamó.

Siguió un silencio consternado. Mariagrazia veía ante sí la miseria; Carla, la destrucción de su vida pasada; Michele no veía nada, y era el más desesperado de los tres.

—De todos modos —añadió Leo—, aún hay tiempo. Vaya pasado mañana a mi despacho, señora, y así podremos discutir con más tranquilidad.

La madre asintió con una especie de ávido y doloroso entusiasmo.

—Pasado mañana…, pasado mañana por la tarde.

—Por la tarde, perfectamente.

Guardaron silencio durante un momento. Luego, tras una frase de invitación de Mariagrazia, pasaron los cuatro al comedor.

La mesa estaba preparada con solemnidad y refinamiento; plata y cristal, la mejor vajilla de la familia brillaba sobre el blanco mantel a la blanca luz del comedor. La madre se sentó a la cabecera de la mesa, y a pesar de que los sitios eran los mismos que los del día anterior, los distribuyó: «Merumeci, aquí; allí, Carla; allá, Michele», no se sabe si para hacer resaltar la importancia del banquete o por la antigua costumbre de tener más invitados en semejantes ocasiones.

[...]

—Quisiera saber —insistió Carla, y su voz se iba haciendo más alta, más vibrante; sus labios temblaban— si todo esto debería estar permitido. —Inclinó levemente la cabeza y miró a su madre a los ojos, de un modo extraño, de abajo arriba.

Por un instante reinó el silencio. Los otros tres se miraban asombrados y sin comprender. Tal vez solo Leo tuvo en aquel momento la vaga percepción del estado de ánimo de Carla. Ella se había ladeado un poco para mirar mejor a su madre. Estaba semiarrodillada en la silla de altísimo respaldo. Sus delicados hombros parecían todavía más estrechos, su cabeza más grande. Parecía a punto de saltar. «Parece una pequeña furia —pensó Leo observándola—. Ahora se arrojará sobre Mariagrazia y le arañará el rostro.» Pero estas catastróficas predicciones no se realizaron. Carla no hizo más que levantar la cabeza.

—Esto es lo que quisiera saber —repitió—: si es posible seguir así cada día, con este aburrimiento; no cambiar nunca, no dejar nunca estas miserias, y regodearnos con todas estas estupideces que nos pasan por la cabeza; discutir y pelear siempre por las mismas razones; no elevarnos nunca del suelo, ni siquiera así —alzó la palma de la mano sobre la mesa. Sus ojos airados se llenaron de lágrimas. Temblaba—. Ahora —añadió irguiéndose—, quisiera que me dijeses si todo esto es agradable… Tú no te das cuenta, pero deberías mirarte en un espejo mientras estás hablando, mientras discutes. Entonces te avergonzarías de ti misma y comprenderías hasta dónde pueden hacernos llegar este hastío y este cansancio, y cómo se puede llegar a desear una nueva vida completamente distinta de esta… —Se detuvo con la cara encendida y llorosa. Sin saber lo que hacía, se sirvió del plato que la doncella le ofrecía.

Al fin, su madre salió de su estupor.

—¡Oh, esto es el colmo! —exclamó—. ¿Es que desde ahora tendré que pedir permiso a mi hija para poder hablar? Al escucharte me parecía estar soñando… ¡Es el colmo!

—Yo creo —dijo Michele tranquilamente— que Carla solo ha rozado la verdad. Todo esto es más que aburrido: es asqueroso. Pero protestar no sirve de nada; es mejor acostumbrarse.

—No exageremos —dijo Leo, conciliador—. Carla no ha querido decir eso.

—¡Vaya, vaya! —le contestó la madre—. Conozco a mis polluelos. ¿Sabe lo que son tanto Carla como Michele? Unos egoístas. Esa es la verdad. Unos verdaderos egoístas, que si pudieran me dejarían completamente sola.

Su voz y sus labios temblaban. Todos se marcharían, Leo y los demás, y ella se quedaría sola. Carla la miró. Ahora se arrepentía de haber hablado. Al fin y al cabo, ¿de qué servía? No se seca el mar con un vaso. Su madre seguiría siendo como era: incomprensiva, ridicula, perdida en la oscuridad. Ni un milagro podría hacerla cambiar. No se ganaba nada pataleando en su contra. Era mucho mejor actuar. «Irme de veras —pensó la muchacha mirando la cara congestionada y tranquila de Leo—, irme hoy mismo y no volver más.» Pero, ahogando su desagrado, se dispuso a reconciliarse con ella.

—Mamá, por favor, mi intención no era ofenderte —dijo con mansedumbre—. Solo quería hacerte una pregunta. Ya que, como tú misma has dicho, hoy es mi cumpleaños, olvidemos nuestras diferencias y…
—Y alegrémonos, sinceramente —concluyó Michele haciendo una mueca.

—Eso es —asintió Carla con seriedad—. Alegrémonos. —Pero al ver la cara estúpida, descontenta e indecisa de su madre, sintió deseos de gritar: «Alegrarnos, ¿de qué? ¿De ser como somos?». Luego continuó—: Dime, mamá, ¿verdad que no te has enfadado?

—Yo no me enfado nunca —respondió Mariagrazia con dignidad—. Solo creo que no era ese el modo más adecuado de hablarle a una madre.

—Tienes razón, mamá —insistió Carla cada vez más conciliadora—, mucha razón. Pero ahora olvidémoslo todo. Pensemos en cosas más alegres.

mayo 14, 2010

Frases célebres de niños.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 12:36 pm
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Santillana, 2007. 142 páginas.

Frases célebres de niños
Frescura

No soy seguidor de Pablo Motos; vi un par de veces El hormiguero y prefiero seguir con mi Buenafuente. Pero la idea de este libro me encanta. Recopilar las frases que dicen los niños y que muchas veces tienen la gracia del mejor chiste, o la profundidad de una sabiduría extraña.

Una vez leí un blog de alguien que iba poniendo las frases de sus hijas, pero le perdí la pista. Así que este libro -que fue un regalo- me ha hecho disfrutar de la primera a la última página. Los beneficios de las ventas van a la asociación contra la Fibrosis Quística. Aquí tienen algunas perlas escogidas al azar:

Un día su madre le preguntó que qué quería ser de mayor y el contestó ‘Yo, adulto’

Natalia, ¿qué tienen los niños? Pene ¿Y las niñas? Pena.

A la hora de comer había macarrones con tomate. Carlos se quedó pensando y dijo: ‘Espera mamá. Me voy a cambiar de ropa porque presiento una mancha’

Andrea actuó en un baile con unas amigas y su padre fue a verla bailar. Cuando terminó, su padre le dijo ‘Eras la más guapa bailando’ Y Andrea le respondió ‘Y tú eras el más guapo aplaudiendo’

El padre de Eva le preguntó: ‘¿Tienes ganas de que empiece el colegio?’. La niña le respondió: ‘No’. ‘¿Y por qué?’, insistió su padre.Y Eva le dijo: ‘Porque nos ponen deberes y luego ni nos pagan ni nada’.

La frescura de sus ocurrencias te captura desde la primera página.

Descárgalo gratis:

Frases Célebres de Niños [El Hormiguero].pdf

Motos, Pablo – Frases célebres de niños II.pdf

(Te hará falta el programa EMule)

mayo 13, 2010

Amarillismo sobrenatural

Filed under: Noticias — Palimp @ 8:57 am
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Soy escéptico. No creo en los OVNIs, la homeopatía, la comunicación con el más allá, el Feng Shui y mucho menos en las propiedades curativas de hologramas en pulseras. No hay ninguna prueba convincente de la realidad de estos fenómenos y, por no haber, no hay ni una duda razonable.

Me parece muy bien que existan personas que sí crean en estas cosas, que a ellas les ha funcionado o que algo tiene que haber. Todos tenemos el derecho a estar equivocados, y ¿quién sabe? puede que el equivocado sea yo.

Pero hay una cosa que me molesta. Los vendedores de misterios. Sujetos que se ganan la vida engañando a la gente. Distorsionando los hechos, exagerando o directamente diciendo mentiras. No me molestan porque afirmen que tienen fotos de fantasmas en un cementerio, me molestan porque actuan como la peor prensa del corazón. Dando por buenos rumores sin confirmar y anunciándolos como verdades contrastadas.

Cuando uno piensa que lo ha visto todo, consiguen sorprenderte. La noticia es antigua, pero no quería dejarla pasar. Según leo y veo en Magonia, Iker JIménez llena de fantasmas el holocausto. Se dedicó a hacer psicofonías en Dachau. Lean el artículo anterior, que lo explica muy bien:

Lo realmente indignante, para mí, es que una cadena como Cuatro haga de lo que pasó en Dachau un número circense.

Se enlaza el siguiente comentario de F de Felipe, que tampoco tiene desperdicio:

SiEstoEsUnPeriodista

¿Se puede caer más bajo? Diría que no, pero seguro que lo consiguen.

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