Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

junio 14, 2010

Ronaldo Menéndez. De modo que esto es la muerte.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 8:37 am
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Lengua de trapo, 2002. 125 páginas.

Ronaldo Menendez, De modo que esto es la muerte
Islas y hambre

Acostumbrado a que los libros de la editorial Lengua de trapo que he leído tengan siempre un aire humorístico entre socarrón y surrealista me ha sorprendido la seriedad de esta colección de cuentos de Ronaldo Menéndez. El libro incluye los siguientes:

Primera parte: Hambre
Carne
Últimas escenas conyugales
ABC diario
Cerdos y hombres o El extraño caso de A

Segunda parte: La isla de Pascalí
La verticalidad de las cosas
La isla de Pascalí
Eguereguá, la potencia
De modo que esto es la muerte

Hambre y muerte aparecen más o menos directamente en todos los relatos, algunos -como el primero- de una crudeza extraordinaria. La calidad media de los relatos es alta, lo suficiente para haber ya comprado otro libro del autor. Recomendable.


Extracto:[-]

Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, pude haber pensado. Y eso que Yeni pertenecía al oriente de la isla, donde la sinceridad ortogonal del sol y la irresponsable costumbre de no aplicarse cremas (pues no las hay) garantizan cierta condición apergaminada de la piel. Imagino que Yeni tenía algo de mulata, aunque no se notara a simple vista. Para percibirlo se necesitaba una mirada activa, es decir, cerrar los ojos, desnudarse y hacer contacto con su carne. Con la brutalidad de las maniobras de su carne. En honor a la verdad, no puedo afirmar que aquella noche troté el mejor de los caminos, ni siquiera que mi potra era de nácar (pues ya se sabe que tenía algo de mulata), ni siquiera que se trató de algo extraordinario. Peculiar. Esa es la palabra exacta. Llegamos a su cubículo, donde un interruptor quebró la penumbra con una luz que parecía gastada como una ropa vieja. Ella enseguida tiró su ropa, que no era más que aquel vestido a cuadros, pues mi vista cayó al instante en la mancha de su sexo sin ropa interior. Nunca hubiera imaginado este atrevimiento. Sacarse la ropa de un solo golpe contra la luz de mi vista, casi fríamente. Andar por las calles con un vestido que la mantenía descubierta. Fue necesario apagar la luz para que las otras internas no saltaran del sueño aburrido a la fruición gratuita de un sex show. Aunque de show hubo muy poco: Yeni ardía sobre la cama, pero sólo eso. Yo estaba acostumbrado al sexo sofisticado de las muchachas de una Escuela Superior, filósofas del amor libre, barrocas en el preludio, cubistas durante el recorrido, y en el climax puro expresionismo abstracto. Lo de Yeni tenía más que ver con el realismo limpio. Apenas nos acariciamos levemente en vertical, ella cayó sobre la cama como si se tratara más bien de un examen clínico, hecha un temblor de carne, y se hizo penetrar.

junio 11, 2010

Pere Calders, Invasió subtil i altres contes.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 8:54 am
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Ediciones 62, 1991. 114 páginas.

Pere Calders, Invasió subtil i altres contes
Surrealismo sutil

Sigo comprando todo lo que encuentro a buen precio de Calders (hay bastante, por suerte)(Actualización: Hace poco compré sus cuentos completos en edición de bolsillo; todo un lujazo que estoy leyendo ahora mismo). Este es un libro pequeño con una selección de sus cuentos que la mayoría ya estaban en otras recopilaciones que he ido comprando. Lo mejor, la sección de microcuentos del final de la que les dejo estos extractos:

NOTA BIOGRÀFICA

Em dic Pere i dos cognoms més. Vaig néixer abans d’ahir i ja som demà passat. Ara només penso com passaré el cap de setmana.

OBCECACIÓ

Entre anar al cel o quedar-se a casa, va preferir això darrer, a desgrat del poder de la propaganda contrària, i del fet que a casa seva hi havia goteres i moltes i molt variades privacions.

L’EXPRÉS

Ningú no volia dír-li a quina hora passaria el tren. El veien tan carregat de maletes, que els feia pena explicar-li que allí no hi havien hagut mai ni vies ni estació.

COPYRIGHT

Algú m’ha fet a mi i he estat venut. Mai no he pogut saber qui ha cobrat els drets ni si he estat un bon o un mal negoci.

HISTÒRIA CASTRENSE

Si els hagués manat de saltar per la finestra, ho haurien fet gairebé amb alegria, perquè hi confiaven cegament.
Fins que un dia els ordenà que saltessin per la finestra, i aleshores desertaren tots, perquè un home que disposa coses així no és de fiar.

CONFESSIÓ

La meva estimada em va dir que un pit sí, però que 1 altre no, perquè el tenia emparaulat. Geniüt i egoista vaig perdre l’únic que quedava disponible.

DISCRECIÓ

Van convidar-lo a pensar i digué que no volia donar molèsties, que ja pensaria a casa.

Bonus track: No se pierdan la entrevista publicada en Paper de vidre: Entrevista a Pere Calders, de 1985. No tiene desperdicio y rescato este fragmento a propósito de este libro:

JV. ¿Saps que a la universitat de Nova York es fa servir el teu conte Invasió subtil com a mostra –agafa’t fort—de literatura antiracista no pamfletària?

PC. Sí que ho sabia.

junio 9, 2010

Lorenzo Silva. El alquimista impaciente.

Filed under: Novela — Palimp @ 1:25 pm
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Planeta-DeAgostini, 2000. 282 páginas.

Lorenzo Silva, El alquimista impaciente
Buscando a la víctima

No es la primera vez que hablo aquí de Lorenzo Silva. Me metió el gusanillo JJ y mi hermano acabó de rematarlo regalándome dos libros suyos. Éste se lo he robado a mi suegra.

Ha aparecido un cadaver sin violencia en un hotel de carretera, en una postura comprometida. No se sabe si ha sido una muerte accidental en un juego sexual o si se trata de un asesinato. El muerto trabajaba en una central nuclear de las cercanías. Desvelar este misterio requerirá de la paciencia de los alquimistas.

De momento este me parece el libro más redondo del autor y no es de extrañar que se haya realizado una adaptación cinematográfica. La historia engancha y la resolución es original sin ser rebuscada, algo que le va muy bien a la pareja de protagonistas. Pueden leer un análisis más denso aquí, El alquimista impaciente.

Descárgalo gratis:

Silva, Lorenzo – El Alquimista Impaciente.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Aquel mediodía nos reunimos a comer con Marche-na y su gente. El almuerzo, en la propia casa-cuartel, lo aprovechamos para ponernos recíprocamente al corriente de nuestros respectivos avances, suponiendo que merecieran tan benévolo nombre. Después de la entrevista con la viuda, la sensación que teníamos Chamorro y yo era más bien desastrosa.

Marchena y sus hombres, por su parte, se habían entregado a buscar con ahínco a algún testigo que pudiera dar razón de los últimos movimientos del difunto. Conforme a las instrucciones del comandante, que yo les había transmitido obedientemente, habían puesto especial celo en tratar de conseguir alguna información acerca de la dichosa rubia.

De acuerdo con los datos que obraban en nuestro poder, los últimos que habían visto con vida a Trinidad, sin contar al recepcionista del motel, eran los de seguridad de la central, que le habían levantado la barrera para dejarle salir a las 18.05. Blanca Diez aseguraba que esa tarde no había vuelto por casa, así que el agujero negro se extendía desde entonces hasta las 0.15, hora aproximada de su llegada al motel, según el testimonio del recepcionista. Nuestros compañeros se habían empleado a fondo para tratar de rellenar ese hueco, pero todos sus esfuerzos habían resultado baldíos.
-Nadie le vio en esas seis horas -concluyó Marchena-. Ni en este pueblo ni el otro, donde vivía. Casi hemos ido puerta por puerta preguntando. Y en cuanto al asunto de la rubia, lo único que hemos conseguido es que se nos descojonaran todos. Cono, uno ochenta; ya lo creo que me acordaría. Te aseguro que al cuarto chistoso se te quitan las ganas de insistir.

-Ya me hago cargo -dije, mirando al techo.

La situación era comprometida. Allí estábamos, con la cabeza caliente y los pies fríos, sin saber muy bien a dónde apuntar. Había llegado al fin el momento temible, ése en el que uno se da cuenta de que la caja de cerillas está vacía y se pregunta con qué demonios va a prender la lumbre. El silencio que se apoderó de la habitación, y que se prolongó durante unos segundos interminables, era la mejor expresión de nuestra zozobra.

-Lo que yo tengo claro -acabó saltando Marchena-, es que esa tarde debió de irse de la comarca. A Guada-lajara, o incluso a Madrid. Es una hora de ida y otra de vuelta. Le sobraron cuatro para hacer el granuja.

-Eso nos proporcionaría una explicación para la chica -reconocí.

-Y un problema pistonudo -juzgó Chamorro-. Aquí no habría donde esconderla, pero en Madrid ya podemos echarle un galgo.

Compartía el disgusto de Chamorro. Ser un policía rural presenta sus inconvenientes, por ejemplo una indudable falta de glamour en muchas de las faenas que uno se tiene que echar a la cara. Sólo hay que fijarse en esas peleas a escopetazos que se organizan en algunos pueblos de vez en cuando. Pero por otro lado tiene la ventaja de que uno se mueve por ámbitos reducidos, donde nadie pasa desapercibido jamás.

junio 7, 2010

John Updike. Corre Conejo.

Filed under: Novela — Palimp @ 10:54 am
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Seix Barral, 1984. 350 páginas.
Tit. Or. Rabbit, run. Trad. Enrique Hegewick.

John Updike, Corre Conejo
Sin rumbo

Cuando murió John Updike la red se llenó de panegíricos y pensé que se imponía una lectura urgente. Una modesta manera de rendir homenaje al escritor.

Harry Conejo Angstrom no es precisamente un modelo de virtudes. Fue una estrella del baloncesto en el instituto, pero ahora tiene un hijo y está casado con una mujer a la que no quiere, embarazada. Así que se monta en el coche y huye de su vida.

La primera sorpresa de este libro fue lo bien escrito que está. Naturalismo del siglo XX. Después la historia, la otra cara del sueño americano. Hoy ya la conocemos bien, pero supongo que en su época debió sorprender bastante. Como dice en Volando vengo:

Reflejó como pocos (en eso me recuerda a Carver, Raymond) el sueño del sueño americano. Es decir, las miserias, la doble moral y la mediocridad yankee. Dibujó un hombre en calzoncillos, recién levantado, saliendo de la fábrica, jugando a baloncesto en la calle, emborrachándose en un bar… Elevó el adulterio y los problemas de pareja al grado de alta literatura.

A JJ no le gustó porque ningún personaje se le hizo simpático. Pero creo que, precisamente, esa era la intención del autor. Porque así somos en realidad; muchos defectos, pocas virtudes y, en definitiva, bastante mediocridad.

Descárgalo gratis:

Updike, John – Corre Conejo.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

—¿No quiere que le lleve a donde está su esposa?

—No. Demonio, no. Quiero decir que me parece que no serviría de nada, ¿no cree?

Durante un largo rato parece como si el otro hombre no le hubiera oído; su limpio y cansado perfil mira a través del parabrisas mientras el coche avanza con un sordo zumbido a una velocidad lenta, constante. Harry acaba de tomar aliento para repetir su última frase cuando Eccles dice:

—Si usted no quiere que sirva, no servirá de nada.

Parece que así, sin más complicaciones, ha quedado zanjada la cuestión. Bajan por Potter Avenue hacia la carretera. En las calles soleadas no hay más que niños, algunos de los cuales todavía llevan puesta la ropa de ir a la escuela dominical. Las niñas llevan vestidos color rosa que se abren como una campana a partir de la cintura. Las cintas hacen juego con los calcetines.

—¿Qué hizo ella para que usted se fuera? —pregunta Eccles.

—Me pidió que le comprara un paquete de cigarrillos.

Eccles, contra lo que Conejo había esperado, no se ríe; parece ignorar la frase como si se tratara de algo impúdico, como si se hubiera pasado de la raya. Pero ésa era la verdad.

—Es la verdad. Daba la sensación de que toda nuestra vida consistía en hacer recados y favores, era como si estuviera dedicándome todo el tiempo a tratar de arreglar los líos que ella armaba continuamente. No sé, me pareció que estaba pegado a un montón de juguetes despedazados y vasos vacíos y televisores enchufados y comidas a deshora, y no hubiera modo de salir de allí. Entonces comprendí de pronto lo fácil que era salir, salir andando, simplemente, y, maldita sea, bien cierto que era fácil de verdad.

—Lo ha sido durante menos de dos días.

—Oh. Ya sé que la ley…

—No pensaba en eso. Fue lo primero en lo que pensó su suegra, pero su esposa y el señor Springer
están firmemente en contra de tal recurso. Imagino que no lo están por las mismas razones. Su esposa parece estar casi paralizada; no quiere que nadie haga nada

—Pobrecilla. Es tan boba.

—¿Por qué está usted aquí?

—Porque usted me cazó.

—Quiero decir que por qué estaba delante de su casa.

—Regresé a buscar alguna ropa limpia.

—¿Tanto le importa la ropa limpia? ¿Por qué se aferra usted a cosas tan exteriores cuando no se lo piensa dos veces antes de pisotear a la gente?

Ahora Conejo advierte el peligro; no debería hablar; sus palabras se vuelven contra él como pequeños anzuelos y trampas.

—También he vuelto para devolverle el coche.

—¿Por qué? ¿No lo necesita para huir?

—Pensé simplemente que era lógico que se lo quedara ella. Su padre nos lo vendió rebajado. Además, no me servía de nada.

-¿No?

Eccles apaga su cigarrillo aplastándolo en el cenicero del coche y se mete la mano en un bolsillo de la chaqueta para coger otro. Están rodeando la montaña en el punto más elevado de la carretera. La pendiente de subida y la de bajada son demasiado pronunciadas para que en este punto quepa una casa o una gasolinera. El ríe brilla oscuramente abajo.

—Pues, si yo tuviera verdaderamente intención de abandonar a mi esposa —dice Eccles—, cogería un coche y me alejaría mil kilómetros.

Parece casi como un conejo que le fuera dirigido desde encima del cuello blanco.

—¡ Eso fue lo que hice! —exclama Conejo, encantado por lo mucho que tienen en común—. Me fui hasta West Virginia. Luego pensé que al infierno con todo y regresé.

junio 2, 2010

José Carlos Somoza. La caverna de las ideas.

Filed under: Novela — Palimp @ 9:08 am
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Suma de letras, 2002. 412 páginas.

José Carlos Somoza, La caverna de las ideas
Investigador clásico

Por algún comentario tenía a José Carlos Somoza por escritor de bestsellers, pero una buena crítica de César Mallorquí me ha animado a leerlo. Como siempre, en el mercado de San Antonio estaba este libro a buen precio.

Heracles Póntor es un descifrador de enigmas, encargado de adivinar el sentido de los oráculos. Pero también es un trasunto de Hércules Poirot, y encarna a un peculiar detective en la grecia clásica. Cuando se descubre un cuerpo mutilado observa algo raro en el cadáver y pagado por Diágoras de Medonte se encargará de resolver el crimen.

La primera virtud: engancha. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Segunda: hallazgos interesantes, como la eidesis. Un procedimiento literario inventado por el autor consistente en descripciones que aparecen en el texto pero que los personajes no perciben, al igual que no perciben la puntuación o los párrafos del texto. Tercera: la búsqueda de la clave, con solución final. No la pondré aquí, por supuesto, pero tiene que ver con la ciencia ficción. De paso aprovecha para poner en boca de sus personajes reflexiones muy atinadas.

En el libro se establece un diálogo entre los personajes y la figura del traductor, que aparece en los pies de página. Este original recurso me chirrió un poco al principio, pero después se revela bastante productivo.

Concluyendo: calidad aceptable, buen ritmo, lectura agradable y una construcción cuidada. Recomendable.

Descárgalo gratis:

Somoza, José Carlos – La caverna de las ideas.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

—¿Y a qué se debió la derrota? ¡A nuestro absurdo sistema democrático! Si nos hubiéramos dejado gobernar por los mejores en lugar de por el pueblo, ahora poseeríamos un imperio…

—Prefiero una pequeña asamblea donde poder gritar a un vasto imperio donde tuviera que callarme —dijo Heracles, y de repente lamentó no disponer de ningún escriba a mano, pues le parecía que la frase le había quedado muy bien.

—¿Y por qué tendrías que callarte? Si estuvieras entre los mejores, podrías hablar,.y si no, ¿por qué no dedicarte primero a estar entre los mejores?

—Porque no quiero estar entre los mejores, pero quiero hablar.

—Pero no se trata de lo que tú quieras o no, Heracles, sino del bienestar de la Ciudad. ¿A quién dejarías el gobierno de un barco, por ejemplo? ¿A la mayoría de los marineros o a aquel que más conociera el arte de la navegación?

—A este último, desde luego —dijo Heracles. Y añadió, tras una pausa—: Pero siempre y cuando se me permitiera hablar durante la travesía.

—¡Hablar! ¡Hablar! —se exasperó Diágoras—. ¿De qué te sirve a ti el privilegio de hablar, si apenas lo pones en práctica?

—Te olvidas de que el privilegio de hablar consiste, entre otras cosas, en el privilegio de callar cuando nos apetece. Y déjame que ponga en práctica este privilegio, Diágoras, y zanje aquí nuestra conversación, pues lo que menos soporto en este mundo es la pérdida de tiempo


—Y ensalzado por ti. Me pregunto cómo te las arreglabas con los celos. Imagino que a Trámaco y a Eunío no les agradaría demasiado esta ostensible inclinación tuya por su compañero…

Por un instante, entre las notas del cincel, pareció que Menecmo jadeaba con fuerza: pero al volver el rostro, Heracles y Diágoras descubrieron que sonreía.

—Por Zeus, ¿crees que yo les importaba mucho?

—Sí, puesto que accedían a ser tus modelos y actuar en tus obras, desobedeciendo así los sagrados preceptos que recibían en la Academia. Creo que te admiraban, Menecmo: que, por ti, posaban desnudos o vestidos de mujer, y que, cuando el trabajo finalizaba, empleaban sus desnudeces o sus vestimentas andróginas para tu deleite… y se arriesgaban, de este modo, a ser descubiertos y deshonrar a sus familias…

Menecmo, sin dejar de sonreír, exclamó:

—¡Por Atenea! ¿Crees de veras que valgo tanto como artista y como hombre, Heracles Póntor?

Heracles replicó:

—Para los espíritus jóvenes, que, al igual que tus esculturas, se hallan aún inacabados, cualquier tierra es buena para echar raíces, Menecmo de Carisio. Y mejor que ninguna, la que abunda en estiércol…

Menecmo no pareció escucharle: se dedicaba en aquel momento, con gran concentración, a esculpir ciertos pliegues de la ropa del hombre. ¡Cling! ¡Cling! De repente empezó a hablar, pero era como si se dirigiera al mármol. Su áspera y desigual voz ensuciaba de ecos las paredes del taller.

—Yo soy un guía para muchos efebos, sí… ¿Piensas que nuestra juventud no necesita de guías, Heracles? ¿Acaso… —y parecía emplear su creciente irritación en aumentar la fuerza del golpe: ¡Cling!— … acaso el mundo que van a heredar es agradable? ¡Mira a tu alrededor!… Nuestro arte ateniense… ¿Qué arte?… ¡Antes, las figuras estaban llenas de poder: imitábamos a los egipcios, que siempre han sido mucho más sabios!… —¡Cling!—. Y ahora, ¿qué hacemos? ¡Diseñar formas geométricas, siluetas que siguen estrictamente el Canon!… ¡Hemos perdido espontaneidad, fuerza, belleza!… —¡Cling! ¡Cling!—. Dices que dejo inacabadas mis obras, y es cierto… Pero ¿adivinas por qué?… ¡Porque soy incapaz de crear nada de acuerdo con el Canon!…

Heracles quiso interrumpirle, pero el limpio comienzo de su intervención quedó sumido en el lodazal de golpes y exclamaciones de Menecmo.

—¡Y el teatro!… ¡En otra época, el teatro era una orgía donde aun los dioses participaban!… Pero con Eurípides, ¿en qué se convirtió?… ¡En dialéctica barata a gusto de las nobles mentes de Atenas!… —¡Cling!—. ¡Un teatro que es meditación reflexiva en vez de fiesta sagrada!… ¡El propio Eurípides, ya viejo, lo reconoció al final de sus días! —interrumpió el trabajo y se volvió hacia Heracles, sonriendo—. Y cambió de opinión radicalmente..

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