Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

octubre 27, 2010

Ramón del Valle-Inclán. La corte de los milagros.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:53 pm
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Espasa-Calpe, Austral, 1961. 250 páginas.

Ramón del Valle-Inclán, La corte de los milagros
Retablo barroco

Sigo deslumbrándome con Valle-Inclán. Compré esta edición típica de Austral por cuatro duros y me he quedado con la boca abierta.

Ambientada en la corte de Isabel II el argumento es la sucesión de historias y ambientes que se van trazando. Desde las interioridades de la corte, hasta la historia de un secuestro por parte de los típicos bandidos andaluces, pasando por las calaveradas de unos jóvenes bien a quienes sus papaítos consienten incluso el asesinato -siempre que se trate de un don nadie. De fondo, la preocupación por la muerte del general Narváez y los cambios que pueda ocasionar en una época tan convulsa.

Valle-Inclán pinta al aguafuerte. Los personajes no son esperpentos, pero dibuja una realidad tan cruda que pueden parecerlo. Lo mejor, el lenguaje. Rico en vocabulario, que recorre diferentes capas de la sociedad y en sintaxis, próxima a la poesía.

Es lo bueno que tiene ser un inculto. Te permite descubrir la sopa de ajo y caer rendido ante su sabor. Ni que decir tiene que seguiré con el resto del ruedo ibérico.

Aquí tienen unos fragmentos escogidos:

Ante el asesinato de un guardia por un pimpollo:

¿- Querido papá, debes comprender que ha sido una fatalidad y que me estás desesperando. El espectro del guardia no se aparta de mis ojos. ¡Acabaré por pegarme un tiro!
— ¡No lo tomes tan por lo trágico!
Y todo el flaccido sentimiento paternal del repintado vejestorio se desbarató en una fuga de gallos. Gonzalón hacía la escena como los actores sin facultades, en un tono medio de monólogo y aparte, con un gesto aguado y una acción desarmónica, puesto ante el espejo, para ladearse el calañés. Asomó Toñete:
—El Inspector volverá dentro de dos horas, pero dejó guardias en el zaguán.
Suspiró el Marqués:
— ¿Se les podrá cegar?
Se mostró docto en el humano saber el criado:
—Cuestión de guita.
Se lanzó afligido el Marqués:
— ¿Con mil duros será bastante?
Le miró el criado como a un doctrino:
— ¡Y con veinte!
Se conmovió el vejete:
— ¡Pobrecitos! Veinte no es nada. Si lo arreglas con veinte, dales cincuenta.
— ¡A quien habrá que arreglar con algunos miles será a la viuda del cadáver!
Todos comprendían que debía costar algunas pesetas el consuelo de aquella mujer ronca y desconocida, que acaso clamaba maldiciones en un barrio lejano, ante el cadáver del guardia.

Las desigualdades:

— La Ley de Dios es la igualdad entre los hombres. ¡Vaí diferencia del robo que supone la riqueza, sustentándose sobre el trabajo del pobre, y la justicia qué nosotros hacemos rebajando caudales!
T-¡Ésa es la chachipé!
La sombra del tullido se alargaba. Proseguía el Viroque: I
— Yo he rodado por todos los cortijos de esta tierra, y en todos ellos roban al trabajador, que deja la vida en los campos y no come.
El cachicán molía su sonrisa de viejo cazurro en un rincón de la boca:
— El trabajador, hoy en día, tiene hasta vicio. Yo conozco! lo que pasa, sin que ello valga para contradecir que haya mucha avaricia en el señorío. Por eso, nuestra obligación es, atender a la rebaja de caudales.
—El mundo está muy descompuesto, y hay que arreglad ¡Unos tanto y otros tan poco, no está bien!
— ¿Qué méritos pone el que hereda?
— Ser hijo de su padre.
— ¡Y muchas veces no serlo!
— Un mundo bien gobernado no permitiría herencias. A1M todos a ganarse la vida, cada cual en su industria. ¡Ya subirían los más despiertos! Dende que se acabase la herencia( se acababan las injusticias del mundo. Y como el dinero agencia el gobernar, los ricos que truenan en lo alto, todo lo amañan mirando su provecho, y hacen de la ley un cuchillo contra nosotros y una ciudadela para su defensa. ¡Si a lo»
ricos no les alcanza nunca el escarmiento, por fuerza tienen que ser más delincuentes que nosotros! ¡Con la salvaguardia de su riqueza se arriesgan adonde nosotros no podemos! Confirmó la tuerta:
— ¡Y cuando se puede es por algún padrino que nos asegura!
Clavó su aguijón el tullido:
<-Se puede robar un monte y no se puede robar un pan. i ¡Eso es la España! Y el caso aconteció en Doña Ximena: Tío Belona, cuando fue alcalde, se quedó con el monte de Peral-vülo. ¡Sembrado de olivar lo tiene!

Típico final de capítulo:

Toñete asintió pasando la navaja por el cordobán. Eran palabras mayores, palabras escandidas con una claridad tipográfica de libro escolar, redondeadas, pulimentadas en un fluir de conceptos y deberes, intuidas con la palmeta del dómine. El ayuda de cámara’sentía la retórica como un papanatas.

La muerte a través del ataud de la difunta:

— Te pondremos a dormir en ella. Retrucó el jayán:
— Puede usted revenderla o rifarla. Encapotóse el viejo:
— O esperar a morir, que a mis años no será muy larga la espera.
—Tío Juanes, si usted la rifa, yo le tomo una papeleta, que| estoy viendo cómo se nos va la güela.
Murmuró el cachicán, perdido en adusta cavilación: —Niño, échala a cuestas, que llegado el caso lo trataremos. • Las voces agorinaban esparcidas en la niebla crepuscular. Silbaba en su olivo el mochuelo. El ataúd vacío navegaba bajo la luna, en el alterno rumor de las voces:
— ¡Pagó con la suya!
— ¡Es el camino de todos!
— ¡Ninguno se excusa!
— ¡Así es! Nacimiento dice muerte.
— ¡Desgracia de aquel a quien no quiere la muerte!
— ¿ Por qué desgracia ? i |
— Se cansará de ver duelos.
— ¿Y si le esperaba suerte más negra? Por muy grandes que sean los trabajos de esta vida, nunca se igualan con los trabajos del infierno.
—El pobre, por lo tanto, como aquí pena, tiene ganada la Gloria de Dios. Si así no fuese, sería cosa de matar en una noche a todos los ricos.
— ¡Pues tarda ese tiempo!
— ¡Están anunciadas revoluciones!
— ¿Y coníeremos los pobres?
— ¡Si no comemos, bailaremos!
—Acuérdate del canto: Baila y no,, cenes, verás a la mañana qué cuerpo tienes.
— ¿Sabes que hedía la difunta?
— ¿ Y qué extrañeza ? ¿ Cuántos días estuvo la finada sin recibir tierra, Tío Juanes?
—Pues, hijo, lo que va de un sábado a un viernes. —Siete días.
— ¡Justamente! Y de tener sabido que a la fin iría con soguilla, no habríamos tardado ese tiempo.
__¡Así es! Poca dura tuvo la puente.
__¡Y tan poca! Dos años. Ya andaba la difunta con su mal. __¡No le tocó pasar la puente ni de viva ni de muerta! .-¡Chascos del mundo! ¿Por cuántos años estaremos sin
¡Por siempre jamás!
— ¿Quiere decirse que todos tendremos Soguilla?
— ¡Y qué te importa si no lo sientes!
ge oía remoto el trote de cuatro muías. Brillaban a lo lejos, rasgando el olivar, los faroles de un coche, y los cascabeles ¿el atalaje despertaban los ecos del campo como una encendida orquesta de grillos.

La política, siempre igual:

— ¿ Parece ser que en esta tierra abundan los partidarios! de Don Carlos?
— No falta gente de buenas ideas, pero también hay algunos republicanos. Esta tierra es a tenor del resto de España. Negros y blancos que se guían de sus principios, y los cucos, que comen y roban al amparo de todos los Gobiernos.

Descárga las obras de Valle-Inclán aquí:

Obras de Valle-Inclán

2 Responses to “Ramón del Valle-Inclán. La corte de los milagros.”

  1. 1
    Novedades literarias Says:

    Este autor español es una deuda pendiente en mi recorrido de lectora. Gracias pr convidarnos con algunos párrafos!!!

  2. 2
    Diego Says:

    Que curiosa coincidencia, como todas. Ayer dando un paseo por Madrid me encontré con dos hitos referentes a Don Ramón.

    Una iglesia con una placa que indicaba que allí se casó.

    Otra placa en la Plaza del Sol donde indica que “por allí pasó Max Estrella”.

    Un saludo

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