Francisco Casavella. Un enano español se suicida en Las Vegas.
DeBols!llo, 2007. 270 páginas.
Después de lo que me gustó Lo que sé de los vampiros me he lanzado a buscar otras obras del autor. Por suerte hay mucho editado en bolsillo y la primera lectura ha sido este libro de sugerente título.
Los padres de Ignacio ganaron la lotería y su vida cambió de repente. Eso y unas inversiones acertadas los han llevado a disfrutar de una vida acomodada. Pero su hermano mayor Carlos sigue con su vida de calavera al margen de la bonanza y ha desaparecido durante años. Un encuentro casual con su hermano arrastrará a Ignacio a un submundo desconocido para él pero con el atractivo de la aventura y el riesgo.
Bien escrita, aunque quizás por debajo de los vampiros y con una trama que -aunque pueda llegar a sospecharse- es tan atractiva que fue llevada al cine con el título de Volverás (no he visto la película). La narración desde el punto de vista del hermano ingénuo permite ir revelando poco a poco los detalles de la intriga y jugar con el suspense.
El retrato de las clases adineradas de Barcelona permite hacer una suave crítica a la alta burguesía, y la descripción de los bajos fondos pone de relieve una división entre dos Barcelonas que parecen no conocerse, pero que conviven. Cada vez que paso por el barrio del Raval -antiguo barrio chino-, y lo hago cada día, me acuerdo de esta novela.
Lectura asequible y recomendable.
Extracto:[-]
—Éstos son mis amigos. Jóvenes al filo de los treinta años, convertidos en la patética muestra de lo que se cachondearon hace unos años. «Pero a mí me da igual», dicen, y luego se aplauden como focas. «Y por qué, y para qué, y con qué fin y yo si sé…» A algunos les tengo mucho aprecio y, en general, o al menos eso creo, algunos tienen un buen concepto de mí. Eso pasa en los días buenos. Hoy es un mal día y pienso lo que nunca debo pensar: un buen amigo tiene su momento y el brillo de la amistad es el recuerdo de un tiempo más claro y más ancho que, desde luego, no tiene nada que ver con el afecto, sino con la presión arterial…: cuando te reconoces en ellos, empieza el temor. Cada día tengo más amigos, no sé si buenos. Desde hace unos años el aburrimiento me ha dado un barniz de fatalidad que parece invitar a la confesión, suelo escuchar y no doy consejos. Cuando me cuentan su vida no salgo corriendo. No sé por qué. Se me olvidaba: desde que saben de mi marcha a Estados Unidos, los que no han ido me quieren más, y los que han pasado por allí me ofrecen mucha información y hablan con nostalgia de atardeceres, de coches, de chicas y de comida mejicana. No salgo corriendo. No sé por qué.
»Mis amigos, ellos y ellas, se pueden dividir en varios grupos. El formal, a los que frecuento. Todos, salvo vigorosos regresos alguna víspera de festivo, han dado por finalizada su época de inconsciencia; tienen carrera y una visión nítida de los años venideros. Guardan sus temores en una caja y la caja en un altillo del cuarto trastero; lo que explican cuando se emborrachan es otra historia, la convención de una duda.”Si yo te contara…”, suele ser la frase que inicia en las fiestas su única conversación ajena al trabajo. La verdad es que no tienen nada que contar que no sepa o haya escuchado cientos de veces a través de la zigzagueante malicia de un tercer amigo. De no ser hoy el cumpleaños deVicky no habrían venido; eso no les impide bostezar y señalar impacientes el reloj, mientras miran a sus novias. ¿Quieres un ejemplo? Ahí tienes a Juan, el que adoctrina sobre controles de audiencia a Pablo, el de la mirada extraviada, del que enseguida te hablaré. Juan trabaja en la. tele, pronto será un pez gordo. Juan no sabe que Montse, su novia (dos operaciones de nariz, una de busto, ninguna de laringe) se acuesta con Pablo. Juan nos da a todos mucha pena. En el grupo formal se integran casi todas las chicas; en honor a la verdad, llevan con mayor dignidad y convicción la asunción de responsabilidades y el asco que les dan sus antiguos amigos. Luego están los dicharacheros, los tiravasos de última hora; se quedan hasta el final y hay que echarlos con esa sonrisa plástica del que arrastra una dolencia irreversible y pide compasión. No encontraron ningún sentido a los estudios, ni tuvieron ni se inventaron una vocación y se han decidido a trabajar con un familiar cercano. Entre ellos destaca Pablo. Está alcoholizado, lo que al parecer no le impide acostarse con Montse. Trabaja en la tele. A todo el mundo le da mucha pena. Luego existe un tercer grupo que no suele salir del lavabo. Casi nunca se les ve.



