Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 24, 2011

Lord Byron. El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 11:33 am
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Espasa-Calpe, Austral, 1940, 1943, 1944, 1946, 1950, 1958, 1969, 1976. 144 páginas.

Lord Byron, El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.
Héroes románticos

Si quieres leer a los clásicos, nada como las librerías de viejo. Siempre encuentras algo a buen precio, yla colección Austral es todo un referente. Tenía ganas de hincarle el diente a Lord Byron, al que conocía de oídas.

Son cuatro historias repletas de hazañas bélicas heróicas, de personajes desgarrados, de venganzas temibles, de amores pasionales, de traiciones, de misterio… el romanticismo, en resumen. De la valentía de ese corsario noble al origen de la habilidad para cabalgar de Mazeppa, los personajes que agitan estas páginas son todo menos aburridos.

La prosa también es exquisita, y muy adecuada para las acciones que describen. Pero si tengo que ser sincero tanta batalla y sentimiento exarcebado me han cansado un poco. La experiencia ha estado bien, pero no creo que repita. Será que no soy un romántico.


Extracto:[-]

VIII

En el momento le distingue en lo fuerte de la pelea, rodeado de cadáveres sangrientos, separado de los suyos, vendiendo cara su derrota, perdiendo su sangre por las heridas que ha recibido, no pudiendo encontrar la muerte, y finalmente, prisionero para expiar todos los males que había hecho.

Se le conserva la vida; pero es para hacerle padecer, mientras que la venganza invente horribles tormentos: se detiene su sangre, pero es para hacérsela derramar después gota a gota, porque Selde quisiera verle siempre moribundo. ¿Era éste el hombre que ahora poco marchaba triunfante, y que se hacía obedecer con solo un movimiento de su mano ensangrentada? El mismo es, desarmado, pero no abatido, sintiendo solamente haber conservado la vida. Sus heridas-son demasiado leves, aunque hubiera besado con mucho gusto la mano que se las hubiera hecho mortales. ¿Es posible que ningún golpe haya terminado sus días, cuando todos los que él ha dado han causado la muerte? ¡Ah!, ¡con cuánta amargura siente los rigores de su inconstante fortuna, cuando las amenazas del vencedor anuncian los suplicios espantosos en los cuales van a expiarse sus crímenes!; pero el orgullo que ha guiado su brazo le ayuda a disimular. La feroz compostura de su rostro le da más bien el aire de vencedor que el de cautivo. Sin embargo, de haber agotado sus fuerzas por los trabajos de la jornada y por la sangre que ha perdido, hay muy pocos entre los que le rodean, cuyas miradas manifiestan tanta tranquilidad como demostraban las suyas. Aquellos a quienes su brazo había contenido empezaron a animarse y a hacer oír sus cobardes clamores; pero los valientes que lo han visto de cerca no insultan al que les ha hecho temblar, y los guardias feroces que lo conducen le admiran en silencio, penetrados de un terror secreto.

IX

Se hace venir un médico, pero no es la piedad la que lo llama; se quiere saber lo que podrá resistir la vida de que goza todavía Conrado. Se le encuentran bastantes fuerzas para cargarle de hierro y para esperar que no será insensible a los dolores. Mañana, si, mañana debe ser al ponerse el sol cuando se dará principio al suplicio del palo, y al regreso de la aurora sus verdugos irán a ver el efecto de sus tormentos; se escogió el más largo y el más cruel, el que reúne a todas las angustias, la de una sed que la muerte retarda en apagar, mientras que los cuervos hambrientos revolotean alrededor de la estaca fatal. “¡Agua!, ¡agua!”, exclama el desgraciado. El odio se la niega, porque si bebe muere al momento.

Ésta es la muerte que se prepara al arrogante Conrado. El médico y los guardias le han dejado solo con sus cadenas.

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