Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

septiembre 30, 2011

La muerte en la esquina

Filed under: Noticias — Palimp @ 4:23 pm
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Ayer, cuando llegué al trabajo, había un cordón policial a la vuelta de la esquina. Curioso que es uno, quise acercarme a preguntar, pero pensé no sería nada importante, lo dejé de lado.

Hoy me entero de que asesinaron al poeta Salvador Iborra, lo he leído aquí:

Muere acuchillado en Barcelona el poeta Salvador Iborra
Dos detenidos por el crimen del poeta valenciano Iborra

Y aunque no lo conocía de nada me estremece la noticia. Que la tierra le sea leve.

Gemma Pellicer y Fernando Valls (Ed). Siglo XXI, Los nuevos nombres del cuento español actual.

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Menoscuarto, 2010. 620 páginas.
Gemma Pellicer y Fernando Valls (Ed), Siglo XXI, Los nuevos nombres del cuento español actual

Después de leer este año varias antologías, por fin encuentro una con cara y ojos, sin altibajos. La lista es la siguiente:

Carlos Castán, El pozo
Ángel Zapata, Mientras dicen adiós
Javier Sáez de Ibarra, Una ventana en Via Speranzella
Ángel Olgoso, Gabinete de maravillas
Hipólito G. Navarro, ¿El tren para Irún, por favor?
Berta Vías Mahou, El demonio vive en Lisboa
Cristina Grande, Arañas e insectos
Manuel Moyano, Hojas amarillas
Esther García Llovet, Cañón
Pablo Andrés Escapa, Cielo distante
Pepe Cervera, Como un hombre que sobrevuela el mar
Ernesto Calabuig, Una nueva manera de mirar
Juan Carlos Márquez, Carniceros, prostitutas (otra vez) y tenientes
Víctor García Antón, Un tigre de Bengala
Ismael Grasa, Mecedoras
Jesús Ortega, El zurdo
Julián Rodríguez, Muerte
Berta Marsé, Gran Noche de Gala
Fernando Clemot, Levante
Miguel Ángel Muñoz, Ambulancias
Cristina Cerrada, El efecto Coriolis
Ricardo Menéndez Salmón, La vida en llamas
Pilar Adón, La porción de tarta
Óscar Esquivias, Miedo
Ignacio Ferrando, Roger Lévy y sus reflejos
Jon Bilbao, Después de nosotros, el diluvio
Patricia Esteban Erlés, Línea 40
Juan Jacinto Muñoz Rengel, El sueño del monstruo
Andrés Neuman, El pulso
Miguel Serrano Larraz, Shaman’s Blues
Irene Jiménez, En la calle
Elvira Navarro, Expiación
Lara Moreno, Recuerdos para Olga
Daniel Gascón, El abuelo
Matías Candeira, La soledad de los ventrílocuos

Variedad y buen gusto: no todos los relatos son excelentes, pero no hay ninguno malo, y el preferir uno u otro es más cuestión de gustos que otra cosa. Hay otras antologías con más fama, pero de peor calidad. Uno no entiende mucho de entresijos editoriales. Ignoro si cuando un antologista prepara una selección debe pagar el peaje de ser de tal o cual grupo editorial. Pero en este caso da la sensación de haber tenido una libertad total.

Si quieren conocer como está el panorama actual del cuento, éste es su libro.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (30/365)

Extracto:
Criterios para armar una antología
Toda selección de textos literarios, si resulta bien armada, debería aspirar a recoger un conjunto de voces distintas capaces de componer una cierta melodía de época que, además, fuera pluritonal; llegar a presentar formas y variaciones de imágenes y pensamientos posibles en torno al momento en que nos ha tocado vivir; de discursos que se solaparan y complementasen, alentándonos a plantear una cierta visión e interpretación del presente.
El título y subtítulo de esta recopilación de relatos alude, por tanto, al momento actual en el que los autores han realizado la mayor parte de su obra, y además se propone llamar la atención, no sin cierto énfasis, en torno a los cambios y novedades dentro del género que haya podido acarrear consigo la nueva centuria, tanto con respecto a la nómina de escritores, como a las posibilidades expresivas de abordar la materia narrativa. Nos ocupamos en estas páginas sólo de aquellos autores españoles que escriben en castellano, lo que nos ha llevado a incluir con absoluta naturalidad a Andrés Neuman, nacido argentino, nacionalizado español y vecino de Granada, donde se ha formado como persona y escritor. Estamos convencidos de que habría que empezar a borrar definitivamente las barreras nacionales e ir pensando en elaborar una historia literaria que estuviera sustentada en la lengua. Aun así, esta empresa debería apoyarse en un empeño común que se extendiera de Estados Unidos y México a la Argentina y España; alentándose, en suma, desde todos los países de habla hispana. Hoy por hoy, sin embargo, no parece que se trate, en la práctica, de una idea predominante.2
Así las cosas, lo primero que percibirá el lector es que no nos hemos propuesto realizar una antología generacional, ni que tampoco se trataba de ofrecer una muestra de autores jóvenes, pues el más veterano, Carlos Castán, nació en 1960, mien-
tras que Matías Candeira, el benjamín, llegó al mundo en 1984. Antes bien, quisimos proporcionarle al lector un estado de la cuestión, un panorama acerca de los nuevos nombres del relato español actual. Quizá se entienda mejor nuestra propuesta si se considera que toma como punto de partida la recopilación que Juan Antonio Masoliver Rodenas elaborara junto con Fernando Valls (ios cuentos que cuentan, Anagrama, Barcelona, 1998), aunque también hayamos tenido en cuenta la aportación de Andrés Neuman (Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español, Páginas de Espuma, Madrid, 2002), acaso por ser la que nos parecía más representativa y lograda de entre las muchas que se han ido publicando en lo que llevamos de siglo. En definitiva, hemos intentado partir de ellas y continuarlas, a la vez que procurábamos alejarnos de los autores y piezas allí representadas, e incluso de algunos de sus criterios de selección, tal y como podrá apreciarse. Si, además, repasamos otras compilaciones publicadas durante las tres últimas décadas, aquellas que en particular parecen haber tenido una mayor incidencia con el paso de los años, como las de Ángeles Encinar y Anthony Percival (Cuento español contemporáneo, Cátedra, 1993), Fernando Valls (Son cuentos. Antología del relato breve español. 1975-1993, Espasa-Calpe, Austral, Madrid, 1993) y José María Merino (Cien años de cuentos. 1898-1998. Antología del cuento español en castellano, Alfaguara, Madrid, 1998), puede observarse un cultivo constante y una continuidad dentro de la narrativa breve; aunque también una cierta renuncia, pues no resulta infrecuente que narradores bien dotados para el relato abandonen el género para dedicarse en exclusiva al cultivo de la novela.
En Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual hemos incluido la obra de autores que, al menos, hubieran publicado un libro de relatos.[...]

septiembre 29, 2011

Mihura, Poncela y otros. Cuentos Divertidos.

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Editorial Popular, 1998. 94 páginas.

Mihura, Poncela y otros, Cuentos Divertidos

Una recopilación de autores cómicos con más o menos acierto, y en letra grande, así que dirigida a un público más bien mayor. Es una segunda edición, y no se entiende como el índice está a la mitad. Los cuentos incluidos son los siguientes:

La madre de Lucifer, Hijos noruegos
Miguel Mihura

El extraño suceso del auto «Rosa Liberty», Un amor oculto, La momia analfabeta
Enrique Jardiel Poncela

Amor y límites de velocidad, Papeleo y siniestros en Chichitowa College
Juan Pablo Ortega

Cuidado con los prisioneros
Angel Palomino

Las paredes y las barbas
Père Calders

El probador de señoras
Antonio Gómez Rufo

Mihura, Calders y Poncela nunca defraudan. El resto, pasable. Les dejo una muestra.

Calificación: Algunos buenos, otros olvidables.

Un día, un libro (29/365)

Hijos Noruegos
Nadie sabe lo espantosamente triste que es casarse y tener ocho hijos noruegos.
Sólo lo sabía aquel honrado matrimonio de Albacete, que jamás había salido de Albacete y cuyos antepasados, aun los más podridos antepasados de todos, no habían pisado tampoco un palmo de terreno más allá de la campiña de Albacete. Aquel honrado matrimonio de Albacete era el único que sabía lo espantosamente triste que es casarse y tener ocho hijos y que los ocho les salgan noruegos en vez de salirles de Albacete. Pero no noruegos dudosos o de mentira, como otros noruegos que andan por ahí falsificados. No. Estos eran hijos noruegos auténticos, que solamente hablaban en danés y que tenían el pelo rubio, rubio, como las llamas de lumbre de los hogares sencillos de Noruega.
Cuando tuvieron así, noruego, el primer hijo, no le dieron demasiada importancia. No se apuraron excesivamente.
—Después de todo —pensaron—, el primero no nos va a salir ya bien. No nos va a salir de Albacete y todo, como nosotros, y hasta con su naricita parecida a nuestras naricitas. Esto no es tan fácil como parece. Hay que tener más costumbre. Para conseguir uno normal, antes tendremos que desperdiciar cuatro o cinco lo menos. Es lógico.
Pero también el segundo fue noruego. Y el tercero también. Y el cuarto. Y así hasta el octavo, que, además de ser noruego, era blanco con manchas de café.
—Yo creo que esto ya no es natural —dijo la madre con franca melancolía—. A nadie le ocurre esto, Señor. Es demasiada torpeza ya…
Y fueron a consultar a un médico de barba blanca que pintaba marinas con una maquinita de retratar.
Y el médico les dijo, después de oírles sus lamentos: —Le dan ustedes a esto una importancia que no
tiene. La cosa es bien natural. No tiene nada de extraño. Comprendan ustedes que en alguna parte tienen que nacer los niños noruegos.
—¡Es verdad! —exclamó el matrimonio—. Realmente en alguna parte tienen que nacer los niños noruegos, tiene usted razón.
Y se marcharon a su casa un poco más convencidos y más alegres.
Pero esta alegría duró poco, porque los honrados padres sufrían mucho con aquellos niños noruegos, que alejados siempre de ellos, hablaban en su idioma, escondidos en un rincón, bebiendo ginebra en vasos grandes y cantando canciones de marineros que, traducidas al castellano, querían decir esto, poco más o menos:
La luna se bebe toda el agua del mar durante el
día…
y por la noche la vomita como si fuera leche.
Y es una maravilla el efecto en el mar…
—Antes que así, hubiese preferido tener hijos huer-fanitos —decía la pobre madre con frecuencia.
Y lloraba mucho, una hora, antes o después de merendar.
Y un día, cuando los niños noruegos eran ya noruegos gordos con bigotes, aquel matrimonio recibió una carta del amo de Noruega, diciéndoles que se había enterado de que tenían ocho hijos noruegos, y que hicieran el favor de mandarlos enseguida a Noruega, pues eso era una trampa y no valía hacer eso. Que eso no estaba permitido y que como lo hiciesen otra vez ya verían las consecuencias. Y que a ver si hacían el favor de mandarlos pronto. . .
Y el honrado matrimonio contestó que no se los mandaba. Que ya les habían tomado cariño y que no se separarían jamás de ellos. Y que, además, no eran ocho sino que eran siete, pues el blanco con manchas café tenía mala la barriguita y no servía.
Entonces, el amo de Noruega vino desde allí a hacerles una visita, en su carroza de caballos blancos, que parecían palomas grises, y les habló muy conmovido, con su corona de diamantes torcida por el temblor.
—Es preciso que ustedes me den estos chicos noruegos —dijo—. Me hacen falta a mí. Los necesito yo. En Noruega no nace apenas nadie. No me queda ya casi ninguno. Parece que no, pero hacer noruegos es bastante difícil. Ustedes que viven en España lo notarán. Verán muchos franceses, abundantes ingleses, colonias enteras de alemanes, comerciantes chinos, rusos a montones… Pero noruegos verán pocos. Es lo más difícil. A mí me costó mucho dinero reunir mil o dos mil para formar Noruega. Al principio nacían bien allí y con facilidad. Dios me ayudaba. Pero después la cosa fue mal. La gente de allí dice que no quiere tener hijos noruegos. Que es más fácil tenerlos franceses o rusos. Y, en parte, tienen razón. Y yo estoy desesperado, caballeros. Si ustedes, que los tienen fácilmente, no me los quieren vender, no tendré más remedio que cerrar Noruega. Y esto será mi ruina. Vengan ustedes conmigo. Yo les daré lo que necesiten. Allí pondrán ustedes una tienda de niños noruegos y ganarán todo el oro que quieran.
Pero el honrado matrimonio de Albacete no aceptó.
Pensó que ya que tenían aquella mina, aquel manantial inagotable de niños noruegos y rubios, serían necios si lo vendiesen a otro.
Y compraron un campo muy grande que había tirado en el suelo allí, cerca de Albacete. Y allí tuvieron más hijos noruegos. Muchos más hijos noruegos, auténticos como los primeros. Y los hijos se casaron. Y se formó
un gran pueblo. Un pueblo noruego de verdad.
Y la Noruega antigua se arruinaba con la competencia que le hacía aquella Noruega moderna acabada de fabricar, aún caliente, que estaba más cerca de todos los sitios y en donde no hacía el frío helado de aquel Océano Glacial. Y la Noruega antigua se arruinó por completo.
Y el matrimonio de Albacete hizo un buen negocio; y cuando hubo ganado lo necesario para pasar una vejez tranquila, cerró Noruega, vendió todo y se fueron a vivir a un chalet de las afueras con sus dos millones de hijos noruegos con bigotazos rubios.
Y como recuerdo de aquella aventura sólo conservaron una postal con la vista de una calle principal de Cristianía.

Un Amor oculto

La emoción apenas me dejaba tomar el helado de chocolate que había pedido el camarero. Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, volví a darle cuerda, le consulté de nuevo, le di cuerda nuevamente y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en el fieltro de mi sombrero; sacudí otras motitas que aparecían en mi traje, revisé dieciocho
veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos, sin enterarme de nada de lo que decían; medité, moví la cabeza, alejando meditaciones, y luego volví a meditar; rectifiqué repetidamente mi peinado y la raya de los pantalones; hice fiestas a un perro, propiedad de un parroquiano finísimo, calculé los kilos de cacahuetes que se comen al año los niños madrileños e hice girar la cuerda del reloj hasta darme cuenta de que estaba rota y de que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas durante un mes entero. ¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi ¡excepcional Leocadia! Su dulce amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas.
Sí. Estaba muy enamorado de Leocadia Sus cartas, llenas de esa gracia tierna, elegante e inconfundible que ponen en sus escritos las personas de verdadero talento, habían sido el lugar geométrico de todos mis besos. A fuerza de hablar con ella sólo por escrito, había llegado a temer que nunca le hablaría vis-a-vis. Sabía por varios retratos que me envió que era hermosa como una mujer hermosa, y elegante como una mujer elegante.
Pero en el libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Leocadia y yo nos veríamos al fin frente a frente, y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno —donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta— me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la derecha.
Un «taxi» se detuvo a la puerta del café. Ágilmente —es muy difícil hacerlo ágilmente- bajó de él Leocadia. Otro cualquiera se hubiera apresurado a salir y a pagar al chófer; pero yo soy un hombre de mi tiempo y no suelo ocuparme en bagatelas. Además, si todo el que espera a alguien tuviera que pagar el «taxi» en que viniera ese alguien, todos nuestros amigos acudirían en «taxi» a las citas, y la buena circulación de vehículos por la capital perdería mucho con ello.
Leocadia entró en el café levantando al pasar, por obra de su acabada hermosura, una oleada de requiebros y de resoplidos masculinos.
Leocadia llegó junto a mí, me tendió sus manos con la sonrisa más celestial que hayan visto ojos humanos y se dejó caer en el diván con un chic indiscutible.
Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser, de lo que ya me amaba…
—También yo te quiero con toda mi alma —le dije, porque verdaderamente era así, pues hasta entonces no había tropezado con una mujer que tuviese menos defectos que ella.
—¿Qué dices? —me preguntó.
—Que yo te quiero también con toda mi alma.
—¿Qué?
Vi la horrible verdad. Leocadia era sorda.
—¿Qué? —me apremiaba.
—¡Que también te quiero con toda mi alma! —repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.
—¿De verdad que me quieres? —preguntó ella, con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida—. ¡Júramelo!
—Lo juro.
—¿Qué?
—¡Lo juro!
—Pero dime que me juras que me quieres…
—¡¡Juro que te quiero!! —vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
—¡Qué idiota! —susurró uno de ellos—. Eso se llama amar de viva voz.
—Entonces —siguió mi amada, ajena a aquella tormenta— ¿no te arrepientes de que haya venido a Madrid?
—¡De ninguna manera! —grité, decidido a arrostrarlo todo, porque me parecía estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablan del Gobierno.
—¿Y te gusto?
—¡Mucho!
—En tus cartas decías que mis ojos eran muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?
—¡Sí —grité, como si estuviera dando una conferencia en la Plaza de Toros—. ¡Tus ojos son muy melancólicos!
—¿Y mis pestañas?
—¡Tus pestañas, rizadísimas!
—¿Y mi figura?
—¡¡Muy elegante!!
Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y sólo a mí se oía. En las cristaleras empezaron a verse transeúntes curiosos que contemplaban la escena.
—¿Mi amor te hace dichoso?
—¡Muy dichoso! ¡Dichosísimo!
—¿Y cuando puedas abrazarme?…
—¡¡Cuando pueda abrazarte creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
—¿Y cuando me beses?…
—¡¡Cuando te bese creeré que he hallado un manantial en el que fluirán confundidas las aguas más puras y dulces de todos los manantiales!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena.
Sé, que al final, se me acercó un guardia.
—Haga el favor de no escandalizar —me dijo—. Le ruego que usted y la señorita se vayan del local.
Me volví a Leocadia.
—Nos echan por escándalo.
—¡Por escándalo! —dijo ella, estupefacta—. Pues si estábamos en un rinconcito del café, contándonos en voz baja nuestros secretos…
Cuando atravesamos el salón para irnos, murmuró un parroquiano:
—¿Habéis escuchado lo que dijo ella? ¡Qué enormidad! ¡Habrá que oírles lo que gritarán en su casa, cuando estén solos y nadie pueda entrar a hacerles que se callen!…
Un mes más tarde nos conocía todo Madrid. Lo mismo nos sucedió en Burdeos, en París, en Marsella y en Londres.
Hace quince días que estamos en Buenos Aires, y ya planeamos el traslado a México.

septiembre 28, 2011

Torgny Lindgren. Agua y otros cuentos.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:07 am
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Nórdica libros, 2008. 210 páginas.
Tit. Or. Berättelserna. Trad. Marina Torres y Francisco J. Uriz.

Torgny Lindgren, Agua y otros cuentos
Ternura bajo hielo

A la única Lindgren que conocía era a Astrid Lingdren, la autora de Pipi Calzaslargas, pero Nórdica libros y Solo de libros me han descubierto a este autor, cuyos cuentos incluidos aquí son los siguientes:

Agua
El verdadero amor
Las palabras mayores
La hermosura de Merab
Rut y Signar
La patata de cinco dedos
Alfred Krummes
Lot y su esposa
El árbol
El apóstol Santiago
Freja Y Rungner
Los jugadores de poquer
DasLied von derEnde
Buda y la paloma
El pase atrás
Zorn
Selma y Verner
El entierro de Thomas Mann
La escalera

Cuya mejor baza es un lenguaje en apariencia desabrido, pero lleno de ternura y lirismo, como un gigante sueco que hablara con los ojos y las manos. Los dos primeros relatos Agua y El verdadero amor son los que más me han gustado -y emocionado- y, como me va pasando últimamente, me han opacado al resto.

Pese a que esta sensibilidad extraña me ha conmovido, y que está muy bien escrito, no todos los relatos me han parecido redondos, a veces me he encontrado sin saber qué es exactamente qué quería el autor decir. En cualquier caso, merece la pena leerlo.

Calificación: algunos muy buenos.

Un día, un libro (28/365)


Extracto:[-]

Y Vendía no decía nada, era como si no oyera, se había levantado la falda un poco por encima de las rodillas, de vez en cuando se tomaba un bombón.
Así que tú crees que Hitler puede interesarse por nosotros, dije yo. Para qué iba a querer apoderarse de Suecia.
Entonces él se quedó en silencio un rato pensando.
Pues ahí lo ves, dijo luego señalando el bosque y las montañas y el río Vindelálven.
Quién no iba a querer un país así, dijo.
Y claro que era verdad.
Ya te advertí al principio que iba a escribir una carta larga. Y ya lo ves.
Pero a nosotros no nos tocará, dije yo. Para qué iba a querer un sanatorio.
Y sobre eso Arne no dijo nada al principio. Huirá de nosotros como de la peste, dije yo. Pero entonces dijo Arne:
Nos matará como a todos los demás.
Y entonces me di cuenta de que verdaderamente daba pena. Pero qué iba a hacer yo.
Hitler nos matará, no va a hacer ninguna diferencia, dijo.
Tienes miedo, dije yo. Tienes miedo de verdad.
Sí, dijo él. Tengo un miedo horrible. Y lo peor es por las noches.
Y dijo que Vendía había dicho que a ella le pasaba igual, aunque ahora estaba sentada sin decir nada, ni siquiera estoy seguro de que oyera, no decía nada. Te acordarás de que a mí siempre me ha ido mal con las personas que tienen miedo. Las personas que tienen miedo me asustan.
De qué íbamos a tener miedo nosotros, dije. Si nosotros vivimos en el filo de una navaja. El filo de un cuchillo, dijo él.
Con esta enfermedad, dije yo. Estas vidas nuestras pueden cortarse de repente. En cualquier momento. Así que por qué habíamos de tener miedo.
Así que según tú si uno está tísico no tiene por qué temer a Hitler, dijo él.
Era difícil contestar a esa pregunta así que pensé un rato.
Primero se acostumbra uno al miedo, traté de decir. Se lo toma uno como se puede tomar el sabor de un agua que uno tiene que beber todos los días. Y luego uno se acostumbra a llamarlo miedo. Y entonces se transforma y se convierte en una especie de confianza.
Aunque eso no era exactamente lo que yo quería decir. Yo hubiera querido decirlo mucho mejor, sobre todo porque Vendía estaba escuchando. Se había echado de espaldas y tenía una pajita en la boca.
De modo que el miedo y la confianza resultarían entonces como una misma cosa, dijo Arne y se notaba que le parecía que me había metido en profundidades y que él me llevaba ventaja.
Si uno tiene miedo no hace más que estar buscando salvarse todo el tiempo, dije yo. Como el que va a ahogarse, como si no hubiera nada a lo que agarrarse más que a la salvación. Y no se tiene tiempo de agarrar la propia vida.
Y luego dije esto, esto que nunca debía haber dicho:
Yo celebro mis bodas con la vida cada día.
Esas fueron las palabras que Arne no soportó oír, eran demasiado fuertes para él, cayeron sobre él como un martillazo, empezó a toser y luego ya no nos dijo ni una palabra en todo el día.

septiembre 27, 2011

Vernor Vinge. El monstruo de las galletas.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 6:03 am
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AJEC 2007. 212 páginas. Trad. Claudia de Bella.
Vernor Vinge, El monstruo de las galletas

Es una recopilación de dos novelas cortas, El monstruo de las galletas que es la que da título al libro y Acelerados en el Instituto Fairmont. En la primera Dixie Mae, que trabaja como teleoperadora, recibe un correo obsceno. Al investigar su origen descubre que su trabajo no es lo que parece, y que hay una conspiración en marcha. Las ‘galletas’ (cookies) serán claves para descubrir lo que pasa.

En la segunda un grupo de chavales de instituto hace su trabajo conjunto. Algo rutinario, pero que en la época en la que transcurre la acción implica tener un talento que hoy tendrían pocos… y es que la tecnología ha avanzado mucho, y las capacidades de los niños, también.

Me han gustado ambas, aunque más la primera; no sé si es muy creíble ese aumento de la inteligencia, por mucho que se avance en la tecnología. Pero Vinge crea dos ambientes muy creíbles, repletos de sugerencias.

Mejores reseñas aquí: De leyenda y aquí: Axxon.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (27/365)

Extracto:
Mientras la seguía por el corredor, Juan reinició sus ropas informáticas. Las paredes se volvieron más bonitas, cubiertas con tapices de seda. Vio que tenía privilegios de visitante en el sistema hogareño de los Gu, pero no pudo descubrir ninguna otra vía de comunicación en el edificio. Todo su equipo funcionaba bien, incluidos los pequeños adicionales, como la visión periférica de 360° y la buena audición. ¿Y qué habían sido esos estallidos, ese calor? El equipo de otra persona. Como un estúpido, Juan había estado caminando por todos lados con un cartel de patéame en la espalda. En realidad, peor que eso. Recordó haberle asegurado a su madre que ella vería a cualquier amigo que él trajera a casa. Alguien había convertido esa afirmación en una mentira. Fairmont tenía su cuota de bromistas nada chistosos, pero esto ya era asqueroso. ¿Quién haría semejante cosa… sí, quién?
Juan salió del corredor e ingresó en una sala de techo alto. Junto a una chimenea genuina había un asiático regordete, de cabellera cortada a cepillo.
Juan reconoció su rostro de una de las pocas fotos que tenía del sujeto. Era William Gu, el padre de Miriam, no el Idiota. Aparentemente, ambos tenían el mismo nombre de pila.
Miriam bailó delante de él. Ahora estaba sonriendo.
— Bill, me gustaría presentarte a Juan Orozco. Juan y yo haremos juntos el proyecto local. Juan, te presento a mi padre.
¿Bill? Juan no podía imaginarse llamando a su padre por su nombre. Esta gente era extraña.
—Encantado de conocerte, Juan — el apretón de Gu era firme; su expresión, gentil e ilegible—. ¿Estás disfrutando de los exámenes finales hasta ahora?
¿Disfrutando?
—Sí, señor.
Miri ya les había dado la espalda.
— ¿Alice, tienes un minuto? Me gustaría presentarte a…
Una voz de mujer:
—Sí, querida. Un momento —no pasaron más de dos segundos y entró una señora de agradable rostro redondo. Juan también la reconoció… salvo por la ropa: esta noche, Alice Gu llevaba el uniforme de Teniente Coronel de medio tiempo de los Marines de los EE.UU. Mientras Miri hacía las presentaciones, Juan advirtió que el Sr. Gu estaba tamborileando su cinturón con los dedos—. Oh, disculpen —abruptamente, el uniforme del Cuerpo de Marines de Alice Gu fue reemplazado por un traje de negocios—. Oh, Dios —y el traje de negocios se metamorfoseó en el vestido de matrona que Juan recordaba de las fotos. Cuando ella le estrechó la mano, se veía completamente inocente y maternal— . Me he enterado de que tú y Miriam tenéis un proyecto local muy interesante.

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