Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

septiembre 26, 2011

Álvaro Pombo. El héroe de las mansardas de Mansard.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:01 am
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Anagrama, 1983.
Álvaro Pombo, El héroe de las mansardas de Mansard
Educación sentimental

Tenía ganas de leer algo de Pombo, convertido en personaje mediático -aunque no le siga por la tele. Encontrar de saldo este libro, que es el primer premio Herralde de novela, ahora todo un clásico, ha sido una suerte como lector y como bibliófilo.

En las mansardas de una casa bien se van desarrollando las múltiples historias que conforman este fresco de la alta burguesía de la posguerra. Su tía Eugenia sobrelleva como puede su juventud perdida en la carne pero no en el espíritu, Julián, contratado como criado pero que esconde un turbio pasado de sexualidad incierta, y frente a todo, Kus-Kus, el niño de la casa que sufrirá una acelerada educación sentimental.

Muy buen retrato, impecable escritura, sólidos personajes, y aún así me dejó un poco frío. Me ha mejorado en el recuerdo, pero me sigue sabiendo a poco.

Aunque al principio se me hizo un poco aburrido, remonta el vuelo y además de un estupendo retrato social nos dibuja unos personajes esclavos de sus pasiones que son intemporales, y que en un ambiente opresivo de represión moral malviven como pueden.

Agridulce y tierno.

Para compensar mi escaso comentario tampoco hay nada en la red. Algo aquí: Anika entre libros y aquí: Lecturalia

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (26/365)


Extracto:[-]

Una vez solo, Kus-Kús se encaminó a las dos salas de estar que tía Eugenia utilizaba. Era en realidad una única pieza, dispuesta extrañamente como en ángulo agudo, atestada de sillones, flores y almohadones, con las paredes cubiertas, sin dejar resquicio, de toda clase de fotografías y de cuadros. Y mesitas y escritorios donde figuraban los objetos más heterogéneos, que Kus-Kús conocía uno por uno. Se hablaba siempre de dos salas, aparte de por razón de la pronunciada angularidad de la habitación, porque tía Eugenia había interpuesto un par de grandes biombos de laca verdosa con dragones rojos y amarillos entre un lado y otro de la estancia… Y luego había la luz, sencillamente la luz desmesurada que parecían multiplicar los cristales de las litografías y grabados, de los espejos, las superficies pulimentadas y resbaladizas de los biombos y estanterías y mesitas y adornos, hasta convertir el lugar en una auténtica cueva de tesoros visuales, de zafiros… Kus-Kús se hundió en uno de los sofás, un sofá de terciopelo color crema, casi una cama, y donde, de hecho, él y su tía habían echado más de una vez la siesta en otros tiempos, cuando Kus-Kús todavía era un niño.

La señorita Eugenia —pensaba Kus-Kús, mientras esperaba que su tía entrara con el carrito del té— no tenía servicio y no tenía tampoco, en la cocina, buena fama. Se decía que recibía visitas siempre de hombres, .siempre sola, y al dependiente de ultramarinos «La Cubana» (un chico de ojos del más arrebatado terciopelo, pantalones ajustados, cinturón ancho y camisa blanca que traía a mal traer a todas las Josefas, sobre todo porque era reticente y según la Josefa de Kus-Kús, «muy suyo», que no soltaba prenda y nunca se sabía qué era qué para aquel chico ni si a la hora de la verdad era partidario de lo uno o de lo otro), a ese, precisamente, se decía que para recibirle tía Eugenia, cuando venía por la mañana prontito con el pedido, se ponía un camisón de seda negra con aberturas a los lados. Sí, de tía Eugenia, iba recordando Kus-Kús, se decía de todo: que si no fuera porque eran quienes eran sus parientes, sería una perdida, que si era natural con la educación que había tenido porque su padre fue republicano y se murió en un chalecito con jardín en las afueras de Toulouse, negándose a rezar el Padrenuestro… Que si todo provenía de que la picaba donde la picaba, como a todas, no iba a ser ella especial y que lo que hubiera debido hacer, cuando había tiempo —que ya no lo tenía—, era casarse y que ahora se había puesto así de gorda de comer y comer sin verse harta para consolarse de la falta de lo otro… Porque el caso era que tía Eugenia de joven tuvo un novio. Se enamoró de ella un chico altísimo, moreno, de ojos verdes, riquísimo además, un indiano, que pidió su mano por todo lo alto al mes y medio de salir con ella. Y ella estaba loca enamorada, tía Eugenia, de este chico. Llamaban la atención en todas partes. Y, lo que es la vida, el padre —que luego acabó como acabó— se cerró en banda y mandó al indiano a freír espárragos. Dicen que decía a voz en grito que antes de ver a una hija suya apareada con un medio mestizo y un negrero que le olía el aliento a sangre humana, prefería verla muerta o monja. Y claro, monja, sabiendo todo el mundo lo descreído y volteriano que era el padre de tía Eugenia, ya se sabe lo que significa. Y se pasó agosto y llegó el barco, el transatlántico, con lo cual el padre parece ser que ya contaba porque, para más señas, un mes antes de la petición de mano se le había visto yendo mucho a las oficinas de la Compañía Transatlántica y leyendo, como un zorro, la tabla de mareas del tablón de anuncios del Club de Regatas, mirar lo cual no servía para nada en ese caso. El barco hacía una escala de tres días, cuatro días como mucho, con lo cual parece ser que el padre no contaba, porque siendo más bien de tierra adentro —de Guadalajara, aunque notario, por oposición, de la plaza, donde casó con la que había de ser madre de tía Eugenia, al mes y medio de salir con ella; aquí el paralelismo espeluznante del cronometraje de los dos noviazgos, sobrecogía a todo bien nacido— creía que los barcos van y vienen por los mares con tanto desenfado como las tartanas o los trenes por La Mancha.

septiembre 25, 2011

Carme Pollina. Lesbianarium.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:58 am
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Hooked, 2011. 210 páginas.

Las señoras de la casa

En esta ocasión este libro electrónico ha venido por cauces legales y encima gratis; me encargué de la maquetación en formato Amazon para la editorial. Y ha sido un placer tener que revisarlo y de paso leerlo entero.

Una colección de cuentos cuyas protagonistas, como avanza el título, son lesbianas. La lista es la siguiente:

Invisibles
La señora de la casa
Las santas inocentes
La mujer invisible

Al enemigo, ni agua
Cita en Fnac
Diálogo de besugos
Bacalao de Islandia
Infiltradas

Haciendo amigos
De mala leche
De mala leche (entre bastidores)
Hetero friendly
Gay friendly

La familia y una más
Espejito, espejito trágico…
Lo malo de ser buena
Lesbianarium
A martillazos
Madre… ¿no hay más que una?
Franca Navidad

Desvaríos varios
A ver, María
Am-putada
Abducción fatal

Aunque la sociedad actual no es tan homófoba como hace años, todavía hay quien se extraña cuando se encuentra una pareja de dos mujeres (La señora de la casa, que puede leerse aquí en pdf). Algunos, incluso, se lo toman a mal, y el mejor ejemplo es De mala leche (entre bastidores), intercambio de correos entre la autora y el editor de un cuento, en el que se leen perlas como la siguiente:

A ver si me explico, Ingenua. Una cosa es lo que a alguien le gustaría, y otra bien distinta es la cruda realidad. Quizá a ti te gustaría que el término “mujer” pudiera designar con normalidad a un cónyuge de sexo femenino, fuera cual fuera su orientación sexual (es decir, ya fuera heterosexual u homosexual). Y, de hecho, a efectos legales lo designa, ciertamente. La ley actual reconoce a todos los efectos que una mujer puede ser “mujer” de otra. De acuerdo, pero piensa que la gran mayoría de la gente todavía no se ha habituado a usar este término en el sentido que quieres darle. A lo mejor dentro de cinco, diez, quince, veinte años será completamente normal usar el término “mujer” para referirse a las cónyuges homosexuales, pero actualmente la gente está todavía un poco “verde” en este sentido.

Puede que la gente esté un poco verde, pero eso no es razón para que la protagonista de un cuento no pueda llamar a su pareja mi mujer, más bien al contrario. Lo que es patético es esconder tus prejuicios personales con el sentir de la sociedad.

Temática aparte es un libro fresco y divertido que me ha arrancado muchas sonrisas y alguna que otra carcajada. Lo cual, en estos tiempos, ya es mucho. Pueden comprarlo aquí: Lesbianarium; historias afiladas de mujeres agudas

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (25/365)

Extracto:

La Madre Superiora, visiblemente azorada y con las mejillas ardiendo, no acaba de dar crédito a lo que está oyendo.
―Entonces, Sor Tija, ¿vos también os acostáis completamente desnuda?
―Por supuesto. La pureza de la desnudez es del todo necesaria para que la virtud de la Santa fluya a través del cuerpo de Ana hacia el mío, inundándome con su beatitud en forma de fuertes oleadas de deleite que sacuden mis sentidos. Cuanto más cerca nuestros cuerpos, tanto mayor es el santo goce, y si se da el caso de amanecer enroscadas la una a la otra, eso es señal inequívoca de que la Santa nos ha querido unidas, fundidas, totalmente abandonadas a su voluntad durante la noche.
―Vaya… una experiencia… realmente mística… sin duda… y… ¿cuál es la segunda regla de vuestra orden?…
―La segunda regla de las Hijas de Ana consiste en reconocer la importancia capital de Santa Ana en nuestra fe.
―¿Y cómo hacéis tal cosa?
―Teniéndola siempre presente en nuestros rezos, por medio de un epílogo que añadimos a todas nuestras oraciones. Es lo que llamamos “Epílogo Anal”, entendiéndose por “anal” que está dedicado a Santa Ana y a todas las mujeres que se llaman Ana.
―¿Debo entender que añadís una coletilla a vuestras oraciones, dedicada exclusivamente a Santa Ana?
―Exactamente. El Epílogo Anal es una expresión de etimología latina formada por tres partículas que adquieren significado al pronunciarse conjuntamente. Con él queremos expresar, por una parte, que dirigimos nuestra oración a todas las Anas, y por eso utilizamos el pronombre “les-”, que significa “a ellas”. La segunda partícula del epílogo está formada por el infijo “-bi-”, que significa “dos veces”. Con él queremos indicar que, aunque recemos la oración una única vez, al añadir el epílogo es como si la pronunciáramos por duplicado para dedicársela a Santa Ana. Por último, la tercera partícula es el nombre de nuestra patrona, “Ana”.
―“Les-Bi-Ana”: “A ellas, dos veces, en nombre de Ana”. ¿Es así?
―Eso es, Hermana Caridad, pero debéis pronunciar el epílogo con mayor cadencia y con contundencia, como si fuera una sola palabra, en ningún caso de manera entrecortada. Así: lesbiana. ¿Queréis probar?
―Por supuesto, a ver cómo me sale: lesbiana.
―¡Muy bien, Madre Superiora! Aprendéis deprisa, sin duda. Ahora, si os parece bien, vamos a practicar la aplicación del Epílogo Anal, pongamos por caso, al Padre Nuestro. Si os parece, yo recito las últimas líneas de la oración, y vos añadís la coletilla. ¿Sí?
―¡Sí, Sor Tija, sí!
―Allá vamos, pues: “… no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.”.
―Lesbiana.

septiembre 24, 2011

Winston Groom. Forrest Gump.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:55 am
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RBA 1994. 260 páginas.
Tit. Or. Forrest Gump. Trad. Camila Batlles.
Winston Groom, Forrest Gump
Sabio idiota

Cuando todos mis amigos inteligentes criticaban esta película, fui solo al cine para verla. No me defraudó, me encanta esta palabra tan de moda ahora: serendipia. Cuando vi este libro de saldo (está en muchos sitios) pensé que si la película era buena el libro sería mejor.

El Forrest del libro no se parece mucho al de la película; también sufre una discapacidad, pero pertenece más a la categoría del idiota sabio. En un momento del libro está a punto de ganar un importante campeonato de ajedrez. Comparten las aventuras causadas por casualidades y la habilidad de meterse en fregados, en el libro incluso es astronauta y aterriza en una aldea de África. El Forrest del libro también tiene la suerte de gozar de una vida sexual más activa e incluso del amor de la chica.

Cuando lo leí, hace ya mucho tiempo, me dejó un sabor agridulce el final, teniendo presente el final feliz de la película. Ahora, tantos años después, me han vuelto a conmover las aventuras de Forrest, incluyendo su conclusión. Seguramente dentro de diez años vuelva a releerlo.

Calificación: Muy bueno.

Un día,un libro (24/365)

Extracto:
Durante esa semana ocurrió otro hecho importante en mi vida. Teníamos en casa una huésped, una señora qué trabajaba de telefonista en la compañía telefónica. Se llamaba señorita French. Era una señora muy amable y discreta, pero una noche que hacía un calor asfixiante y esta*] lió una tormenta, ésta asomó la cabeza por la puerta de sil habitación en el momento en que yo pasaba y dijo:
—He comprado unos pastelitos de crema. ¿Te apetece uno, Forrest?
Yo dije que sí y la señorita French me invitó a pasar a su habitación. Sobre la cómoda había una caja de pastelitos de crema y, tras ofrecerme uno, me dijo que cogiera otro y que me sentara en la cama. Calculo que me zampé unos quince pastelitos de crema, que estaban riquísimos, mientras seguía cayendo un chaparrón acompañado de rayos y truenos. Al cabo de un rato la señorita French me dio un empujoncito, haciendo que me tendiera en la cama, y empezó a acariciarme de forma bastante íntima.
—Cierra los ojos —me dijo— y no te preocupes.
Al cabo de unos momentos me di cuenta de que estaba sucediendo algo que nunca me había sucedido. No sé explicarlo, porque tenía los ojos cerrados, y porque mi madre me habría matado si llega a enterarse. Sólo sé que esa experiencia me abrió unas perspectivas totalmente desconocidas para mí.
El problema era que aunque la señorita French era muy simpática y amable, las cosas que me hizo esa noche yo habría preferido que me las hiciera Jenny Curran. Sin embargo, no tenía muchas posibilidades de conseguirlo, ya que, dada mi forma de ser, no me resulta muy fácil pedirle a una chica que salga conmigo. Por decirlo suavemente.
No obstante, tras mi nueva experiencia conseguí reunir el valor suficiente para preguntar a mi madre qué debía hacer para salir con Jenny, aunque no dije una palabra de lo que había sucedido entre la señorita French y yo. Mi madre respondió que no me preocupara, que ella misma llamaría a la madre de Jenny para explicarle la situación. Al día siguiente, por la tarde, va y se presenta Jenny Curran en mi casa.

septiembre 23, 2011

Honoré de Balzac. La casa Nucingen.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:53 am
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Bruguera, 1969. 170 páginas.
Trad. M. carmen Vila.
Honoré de Balzac, Eugenia Grandet, César Birotteau, La casa Nucingen
Altas finanzas

Estoy buscando como loco por internet y no encuentro reseñas de esta obra… está visto que los clásicos se leen poco y se reseñan menos. Intentaremos remediarlo.

Este relato es, en teoría, una conversación escuchada por azar de unos grandes magnates de las finanzas. Ambientada en el mismo entorno que César Birotteau intenta explicar algo que estaba empezando a existir en ese momento: los mercados financieros. En esta época de crisis da pavor ver que estamos pagando algo que ya en su momento fue devastador, y es difícil no darse cuenta de que hay algo mál en el sistema -aunque no se sea marxista.

Hace ya más de cien años ya se sabía lo siguiente:

—En pequeña escala —dijo Blondet—, el asunto puede parecer extraño; pero en grande es la alta finanza. Hay actos arbitrarios que son criminales de individuo a individuo, y que no llegan a nada cuando se extienden a una multitud cualquiera, como una gota de acides prúsico resulta inocente en un barreño de agua. Matáis a un hombre y se os guillotina, pero con una convicción gubernamental cualquiera matáis a quinientos y se respeta vuestro crimen político. Robáis cinco mil francos de mi secreter, y vais a presidio. Pero con el cebo de una ganancia cualquiera, puesto hábilmente en la boca de mil bolsistas, les obligaréis a tomar los valores de cualquier república o monarquía en quiebra, emitidos, como dice Couture, para pagar los intereses de estos mismos valores: nadie puede quejarse. ¡He aquí los verdaderos principios de la edad de oro en que vivimos!

O lo que es lo mismo: si robas cien euros eres un ladrón. Si robas cien millones, un financiero.

Empezaba entonces el culto al beneficio:

Un primer ministro que roba cien millones y que hace a Francia grande y feliz, ¿no es preferible a un ministro’ enterrado a expensas del Estado, pero que ha arruinado a su país? Entre Richelieu, Mazarino, Potemkin, dueños cada uno en su respectiva época de trescientos millones, y el virtuoso Roberto Lindet, que no supo sacar partido de las contribuciones ni de los bienes nacionales, o los imbéciles virtuosos que perdieron a Luis XVI, ¿vacilaríais?

Aunque el lenguaje está algo anticuado la novela es corta y merece la pena leerse. A veces se te ponen los pelos de punta porque si en el siglo XIX eran así las cosas ¿Qué no estarán haciendo ahora?

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (23/365)

septiembre 22, 2011

Joan Lindsay. Picnic en Hanging Rock.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:34 am
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Impedimenta, 2010. 310 páginas.
Tit. Or. Picnic at Hanging Rock. Trad.: Pilar Adón.

Joan Lindsay, Picnic en Hanging Rock
Desaparición misteriosa

La contraportada la define como novela de culto, pero yo no tenía ninguna noticia de la autora ni de la película que se inspiró en el libro y que tuvo bastante fama.

En el año 1900 desaparecen de una manera misteriosa tres niñas y una profesora durante un picnic. Posteriormente aparece una de las desaparecidas, pero no recuerda nada de lo que sucedió. Con ese misterio de fondo asistimos a los efectos que en la vida del colegio y alrededores provoca el hecho.

La novela no está mal, engancha aunque adivinas que al igual que en Perdidos el misterio no se resolverá, y algunos personajes están muy bien construidos. El lenguaje se adecua a la época, y en ocasiones suena un poco avejentado, pero se lee con gusto.

Lo que no se entiende es que a la que buscas en google por ahí aparezcan tantas páginas que lo muestran como un misterio real. Aunque la autora dijera que en el libro se conjugan realidad y ficción, y que da indicios de que lo sucedido tiene algún componente sobrenatural (los relojes se paran a las 12), no deja de ser una novela.

Una lectura recomendable pero no deslumbrante.

Me lo recomendaron aquí: Picnic en Hanging Rock, Joan Lindsay

Un día, un libro (22/365)


Extracto:[-]

Resultaba innecesario consultar el reloj. La exquisita languidez de la tarde le informaba de que se hallaban en esa hora en que la gente, ya cansada de sus actividades rutinarias, tiende a adormilarse y a soñar, como estaba haciendo ella en ese instante. En el colegio Appleyard, durante las últimas clases de la tarde, era necesario recordarles una y otra vez a las alumnas que debían sentarse con la espalda recta y continuar con sus lecciones. Tras abrir un ojo, pudo ver cómo las dos aplicadas hermanas que se habían sentado cerca de la charca habían guardado sus cuadernos de bocetos y se habían quedado dormidas. Rosamund daba cabezadas sobre su bordado. Y Mademoiselle, haciendo gala de una enorme fuerza de voluntad, se obligó a contar una a una a las diecinueve niñas que tenía a su cargo. Podía verlas a todas, excepto a Edith y a las tres mayores, y todas podrían escuchar su voz. Tras cerrar los ojos, se permitió el lujo de prolongar unos minutos más su sueño interrumpido.

Mientras tanto, las cuatro chicas seguían rastreando corriente arriba el sinuoso curso del arroyo. Tras nacer al pie de la Roca, en algún lugar oculto en medio de una maraña de heléchos y de cornejos, el riachuelo se extendía hasta la planicie en que se situaba la zona dedicada al picnic, donde se convertía en poco más que un invisible hilito de agua que, de pronto, y tras apenas cien metros, se hacía más profundo y rotundo hasta alcanzar una velocidad considerable sobre las suaves piedras. En el lugar en que se encontraban las niñas había una pequeña charca rodeada de hierba de un brillante y acuoso color verde que, sin duda, había atraído la atención del grupo que llevaba la carreta, dado que se habían instalado cerca de allí para almorzar. Un hombre corpulento y bigotudo de edad avanzada, que llevaba un salacot para proteger del sol su enorme y colorado rostro, yacía boca arriba profundamente dormido, con las manos cruzadas sobre un estómago cubierto con una faja de esmoquin color escarlata. A su lado, sentada, estaba una mujer pequeña que llevaba un complicado vestido de seda y que se apoyaba, con los ojos cerrados, contra un árbol, junto al que había una pila de cojines que debían de haber sacado de la carreta. Ahora se daba aire con una hoja de palma, que hacía las veces de abanico. A su lado, un joven delgado y rubio (un muchachito, en realidad), con sus pantalones de montar de estilo inglés, leía absorto una revista, mientras que otro de aproximadamente la misma edad, o tal vez un poco mayor, y con un semblante tan fuerte y moreno como delicado y sonrosado era el del primero, se dedicaba a enjuagar las copas de champán al borde de la charca. Había tirado de cualquier manera sobre un montón de juncos su gorra de cochero y una chaqueta azul oscuro con botones plateados, con lo que había dejado al descubierto una mata de grueso pelo oscuro y un par de fuertes brazos de tono cobrizo, profusamente tatuados con imágenes de sirenas.

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