Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

octubre 31, 2011

Sergio Parra. Jitanjáfora (Desencanto).

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AJEC, 2011. 334 páginas.
Sergio Parra, Jitanjáfora (Desencanto)
Temperando

Hace ya cuatro años que reseñé Jitanjáfora. En ese tiempo sólo había leído los artículos que Sergio cuelga en Papel en Blanco, bitácora que sigo por haber colaborado en ella y, en gran medida, por los susodichos artículos. Aunque muchas veces no estoy de acuerdo con el autor, siempre es interesante leer sus reflexiones, y siempre he pensado que tomar un café con él daría lugar a una conversación interminable.

Tenía ganas, pues, de leer esta segunda parte de la escuela de hechiceros. Si el primer libro era una parodia oscura de Harry Potter, aquí el personaje de Conrado ha madurado y, además de unos cuantos giros argumentales sorpresivos que no voy a desvelar, se embarca en una misión para descubrir qué se esconde detrás del ‘Huevo de Pascua’, un plan de los hechiceros de la luz. Pero eso sólo será la punta del iceberg…

La trama es trepidante -me enganchó desde el comienzo- e incluye unas cuantas escenas de acción dignas de la mejor película del género. Todo con un trasfondo mágico que incluye, además de los hechiceros de la luz y la oscuridad, a unas brujas cuya principal arma es la belleza y el sexo y al Directorio Caligari, duendes amantes del arte y los excesos, capaces de las más abyectas aberraciones para subvertir los sentidos.

Todo esto trufado de disquisiciones varias que demuestran una erudición en temas muy dispares, desde el origen de Una copita… de Ojé, hasta el valor de las predicciones de las masas de personas (Predictify). Excursos que, si bien he leído con agrado y en ocasiones poniendo a prueba mis propios conocimientos, creo que son excesivos. Y aquí hago como los críticos a los que se critica en la novela, que acusan de ‘excesiva adjetivación’ y nunca de lo contrario, pero me parece que una poda hubiera redundado en un texto mejor.

En cualquier caso una novela trepidante y muy diferente de la magia de moda.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (61/365)

Extracto:
Borges mantenía que sólo es posible contar cinco tipos de historias. Esto lo sabía Uriel porque sus tutores se lo habían explicado, pero no sabía que fue Borges quien lo mantuvo y que sus tutores se habían limitado a transmitirle el mensaje de Borges, convenientemente procesado y manipulado, como habían hecho con aquel libro de una sola página y un solo párrafo de Tolstoi. Tampoco sabía Uriel que su historia podía incluirse en el mismo conjunto borgiano a la que pertenecía Macbeth. Una historia de ambición.
Porque, aparte de sus tutores, profesores y otros habitantes de Mundo, que sumaban catorce ciudadanos, Uriel no conocía a nadie más, así que tampoco sabía que podía ambicionar el conocer a otras personas. En Mundo se podían contar catorce, así que en el mundo de Uriel también se contaban catorce. A su entender, ni siquiera era posible retroceder por el árbol genealógico más allá de los catorce habitantes de Mundo y los ciudadanos fallecidos pertenecientes a su segunda línea de consanguinidad. Porque Uriel también desconocía lo que era un manual de heráldica, que quizá le habría puesto en la pista de su verdadera naturaleza.
Aquella mañana, pues, ignorante de que pronto comenzaría su historia de ambición, ambición por otros mundos y por otras realidades, Uriel continuó con sus hábitos cotidianos. La mañana era soleada y tibia, algo poco corriente, así que Uriel, antes de acudir a sus clases, se permitió romper la rutina de Mundo lanzándose a plomo desde el mástil más alto de la estructura metálica. Su zambullida en el mar originó un penacho blanco que ascendió hasta que la gravedad le obligó a desplomarse sobre sí mismo como un edificio que ha sido demolido. Cuando la espuma se disolvió, la cabeza de Uriel emergió unos metros más allá, sólo unos metros, y por un instante a Uriel le asaltó el desafío de seguir nadando hacia el horizonte, muy lejos, hasta que Mundo se empequeñeciera por la distancia, hasta que Mundo, incluso, desapareciera de la vista. Pero Uriel siempre terminaba reaccionado de igual forma frente a aquel prurito de ambición: volvía a sumergirse para aclararse las ideas entre el borbolleo de los remolinos del agua, buceaba unas brazadas, rodeando siempre la estructura de Mundo al igual que lo haría un asno atado a una noria, y finalmente ascendía por la escalinata para regresar a cubierta.
El suelo de la cubierta era de metal, un piso recalentado por los rayos del sol matutino, así que las huellas que dejó Uriel en dirección a su camarote no tardaron en ir menguando hasta evaporarse del todo. El olor a hierro húmedo siempre le hacía sentir un sabor metálico en la boca, como si mascara a Mundo.
Se secó su aleonada mata de pelo negro con una toalla, que luego se enroscó al cuerpo para cubrir su desnudez pubescente, y se tumbó de nuevo en la cama para esperar que una de sus madres viniera a darle los buenos días y le acompañara a su primera clase, en la tercera planta. Disfrutaba sobremanera con las clases en la tercera planta, pues a menudo consistían en ejercicios físicos y no en ejercicios intelectuales, que tanto le abrumaban la mente. Aunque donde más a gusto se sentía Uriel era en su camarote. Con la puerta cerrada. Totalmente solo. Rodeado de sus cosas, en un pequeño mundo dentro de Mundo.
Era paradójico que por un lado anhelara marcharse bien lejos y por el otro necesitara refugiarse de vez en cuando en aquella pequeña madriguera de dos por tres metros, repleta de libros con una, dos o hasta tres páginas, con sus cuadros, con su música, con su escritorio de madera de nogal, con el espejo que creaba el efecto óptico de que la habitación era el doble de espaciosa, con sus pequeños fetiches, como aquel reloj de oro cuyo cuerpo estaba grabado con un boscaje de arabescos y que siempre había permanecido parado. Aunque, cuando más acogedor resultaba su camarote era cuando llovía, cuando llovía muy fuerte, y las ráfagas de viento lanzaban contra el ojo de buey una lluvia desabrida. Entonces se sentía protegido por Mundo y Mundo dejaba de ser opresivo.
Una de sus madres, Lizbeth, abrió la puerta de su camarote con su llave maestra. Le sonrió desde la jamba de la puerta al comprobar que ya estaba despierto. Le dijo que ya era hora de ir a la planta tercera, que hoy le esperaban muchos ejercicios cinestésicos, que iba a practicar con uno de sus padres, Asan, el ciudadano con la musculatura más poderosa de Mundo. Y antes de marcharse, Lizbeth le dejó en prenda de su ausencia aquella sonrisa que sólo Lizbeth era capaz de esbozar. Los labios de Uriel, sin embargo, no devolvieron la sonrisa sino que se adelgazaron en una fina línea de inquietud. Ante la perspectiva de una mañana consagrada a acendrados ejercicios impartidos por su padre Asan no tenía nada que objetar, pero por un segundo sintió que su vida no le pertenecía. Por fortuna, fue una sensación pasajera y Uriel no tardó en descender por la escalera interior de Mundo hasta la planta tercera.

octubre 30, 2011

Gilbert K. Chesterton. El club de los negocios raros.

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Edciones G.P., 1958. 182 páginas.
Gilbert K Chesterton, El club de los negocios raros
Emprendedores

Ando comprando las obras de Chesterton y me encuentro gratis este libro. La diosa fortuna me sonríe.

Bajo la excusa de un club de negocios extraños se esconden varias historias con el sello de Chesterton. Situaciones que parecen una cosa pero resultan ser otra y que la sagacidad de un juez retirado va adivinando. Así hay gente que se gana la vida siendo ‘retardadores profesionales’ y otros que se inventan lenguajes nuevos.

La primera de las historias, donde (ojo, que destripo el final) una agencia se dedica a proporcionar aventuras a sus clientes ya la recogió también Agatha Christie y una película famosa, The Game. Yo siempre he pensado que es una idea excelente de negocio, y aunque hay algunas empresas que se dedican a esto lo hacen siempre desde el espectáculo, el cliente sabe que es un montaje. Estaría bien una como la de la película, donde la víctima no supiera que se encuentra dentro de un guión.

La ternura, el buen humor y las situaciones originales y divertidas no faltan en esta colección.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (60/365)

Extracto:
— ¡Bueno! — exclamó sacando de los bolsillos las enguantadas manos y dando una palmada —. Por fin hemos llegado.
El viento gemía tristemente por encima de la inhospitalaria maleza. Dos olmos desolados se elevaban hacia el cielo sobre nosotros como nubes iníormes de color gris. En todo el lúgubre círculo del horizonte no se divisaba ningún vestigio de hombres o animales, y en medio de aquella desolación, Basilio Grant se hallaba parado frotándose las manos como un posadero junto a la puerta abierta.
— ¡ Cómo gusta volver a la civilización! — exclamó —. Eso de que la civilización no tiene nada de poético, es una falacia del hombre civilizado. No tiene uno más que esperar verse realmente perdido en plena Naturaleza entre los bosques endemoniados y las crueles flores. Entonces es cuando uno se da cuenta de que no hay ninguna estrella como la estrella roja que enciende el hombre en su hogar, ni río ninguno como el rojo río del hombre, ese buen vino rojo que usted, don Ruperto Grant, si mal no le conozco, estará degustando de aquí a dos o tres minutos en prodigiosas cantidades.
Ruperto y yo cruzamos miradas de espanto. En tanto, Basilio prosiguió cordialmente mientras el viento azotaba los tétricos árboles:
—Ya veréis cómo nuestro huésped es un hombre mucho más sencillo en su propia casa. Yo lo vi al visitarle cuando vivía en la cabana de Yarmouth, y después en el desván de un almacén de la ciudad. Podréis creer que es una bellísima persona. Pero la mayor de sus virtudes sigue siendo la que yo dije desde el primer momento.

octubre 29, 2011

Fernando Gómez. El misterio de la calle Poniente.

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Huerga y Fierro editores, 2008. 125 páginas.

Fernando Gómez, El misterio de la calle Poniente
La vampira del Raval

La primera vez que oí hablar de Enriqueta Martí fue en la bitácora de Absence: Enriqueta me está arrebatando. Ahora están de moda los asesinos en serie, pero ya existían en el pasado y los habí más sanguinarios que el famoso Jack el destripador.

En el caso de esta mujer se mezclan una serie de factores que conforman una historia digna de folletín, pero que son reales y están documentados. Enriqueta se dedicaba a secuestrar niños, los prostituía, y posteriormente los mataba. Sus clientes se contaban entre las clases altas de Barceona, lo que la libró cuando la policía descubrió su primer prostíbulo de menores en la calle Minerva. Pero la desaparición de Teresita se convirtió en un asunto nacional cuando estaban las aguas sociales muy revueltas. Cuando una vecina dio la pista a la policía y detuvieron a la asesina se dieron cuenta de que estaban ante algo más que un caso de prostitución. Se encontraron restos de huesos y otras atrocidades, ya que Enriqueta usaba la sangre y los cuerpos de los infantes para preparar remedios que vendía a la aristocracia. Se encontró un libro en clave con los nombres de los clientes. La culpable tuvo por fin su merecido, pero allí se detuvo la investigación.

El asunto, como ven, da mucho de sí. El libro es una novelización de los hechos, observados desde diferentes puntos de vista. Literariamente no es excesivament brillante -y hay algunos errores de acentos que ningún corrector ha solucionado- pero cumple su papel de mostrarnos la información disponible.

Con toda seguridad buscaré el resto de libros escritos sobre esta peculiar asesina. Cuantas veces he pasado -y sigo pasando- por el número 29 de la calle Joaquín Costa. Ahora, lo miro de otra manera.

Calificación: No es brillante pero sí informativo.

Un día, un libro (59/365)


Extracto:[-]

En un piso de la calle Tallers fueron descubiertas, ocultas debajo de una cama, dos cabelleras de niñas de entre dos y seis años, debieron ser arrancadas del cuero cabelludo, estaban manchadas de sangre y envueltas en papel de periódico. También aparecieron huesos de animales mezclados con restos humanos.

En la calle Jocs Floráis, se encontró un cráneo pequeño, posiblemente perteneciente a un niño. También fueron hallados varios huesos y un zapato de una talla pequeña.

En la calle Picalqués un falso tabique ocultaba un hueco dentro del cual aparecieron escondidos huesos, entre ellos las manos de un niño. Junto a los huesos fue encontrado un calcetín seguramente del mismo niño al que pertenecían las manos, un niño que debía pertenecer a una familia muy humilde, porque estaba zurcido y añadido desde la mitad con hilo de otro color.

En una torre de San Feliu de Llobregat sita en la calle Falgueras, y perteneciente al padre de Enriqueta Martí se hallaron libros de recetas de ediciones antiguas y nuevos frascos con sustancias desconocidas que actualmente están siendo analizadas en la Universidad de Medicina, posiblemente se trate de sebo de las víctimas.


La tienda de antigüedades iba de mal en peor, las deudas se hacían cada día mayores, el casero amenazaba con desahuciarlos. No entraban en el almacén nuevas mercancías, ningún ladrón se arriesgaba a ser detenido para después no cobrar. La lista de acreedores era interminable y nadie les fiaba por miedo a no poder recuperar lo prestado.
Una vez más discutió con Pújalo, quienes desde la calle oyeron la última discusión juraron que ella parecía una fiera por los gritos que daba. Fue tras ese enfrentamiento, después de cerrar la tienda de un portazo, cuando Enriqueta Martí decidió dar un giro a su vida, un giro dramático.

Enriqueta conocía el interior del universo de los ricos, había trabajado de criada en sus casas, conocía sus costumbres y sus vicios. Sabía que entre ellos había un cierto grupo de degenerados a los que no importaba pagar una fortuna por cumplir sus caprichos sin límite. Degenerados con dinero que demandaban niños para dar rienda suelta a sus más repugnantes vicios sin importarles el precio.

Empezó a raptar, alquilar y comprar niños a los dedicó a la mendicidad. Los distribuía en la puerta de las iglesias los días festivos siguiendo una teoría creada por ella, contra más grande la iglesia mas raquítico y enfermo debía ser el niño que mendigase en su puerta, en la Catedral colocaba al más tísico, descubriendo al recoger lo recaudado que su teoría era acertada. Así empezó a apreciar el tintineo de las monedas. Ese sonido metálico la arrastró a la segunda de sus equivocaciones convertirse en alcahueta.

Durante el día se vestía de mendiga y podía infiltrarse en los peores ambientes sin levantar sospechas y allí reclutaba a sus víctimas. Cuando caía la tarde se transformaba en una dama elegante y sofisticada que ofrecía los servicios de jóvenes de entre cinco y quince años a burgueses ansiosos de acariciar piel tierna.

Hace un par de años Enriqueta fue detenida en su domicilio de la calle Minerva y cuando registraron el piso descubrieron que lo había convertido en un prostíbulo de menores, no importaba el sexo de los niños tenía clientes de todo tipo. En una de las habitaciones los agentes sorprendieron a un cliente joven sodomizando a un chiquillo de no más de siete años. Tras detenerlo e interrogarle en los calabozos resultó ser hijo de una familia distinguida muy unida a altos cargos de la Diputación.

Aunque Enriqueta fue procesada la causa se perdió en los archivos y fue conmutada su condena, la familia del joven ejerció sus influencias para que su hijo y por extensión su linaje no fuera salpicado por el escándalo.
Enriqueta pronto fue conocida como la alcahueta más importante de Barcelona. Los aristócratas corruptos formaban cola para que les atendiera.

octubre 28, 2011

Gianni Rodari. Libro de la fantasía.

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Gianni Rodari, Libro de la fantasía

Ya decía ayer que saqué este libro de la biblioteca. En este caso no es uno, sino una recopilación de los siguientes:

Cuentos por teléfono
El Planeta de los árboles de Navidad
Cuentos escritos a máquina
Érase dos veces el Barón Lamberto
El juego de las cuatro esquinas.

Me he dado un atracón -saludable- de Rodari. Aunque me pasó lo que pasa con estos tochos; son de difícil manejo y para leer en la cama, imposible. Se te cansa el brazo.

Lo que dije ayer se puede aplicar aquí, el humor sigue presente, aunque destacaría el último libro, El juego de las cuatro esquinas, dirigido a un público más adulto y que contiene cuentos muy cercanos a la sensibilidad de Pere Calders. El cuento que da título al libro, con los reinos (animal, mineral, vegetal) jugando a las cuatro esquinas. O el que reproduzco al final, de una nostalgia demoledora y con un mensaje muy claro.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (58/365)

La canción de la verja

Un niño volvía siempre de la escuela por la misma calle. No conocía otra. Todavía tenía miedo de buscar calles nuevas. Pero un día cambió de calle. De pronto apareció ante su vista un enorme jardín, que una larga verja separaba de la acera.
—Qué bonito —dijo el niño.
E hizo lo que el noventa y nueve por ciento de los niños habría hecho en su lugar: sacó la regla de la cartera y echó a correr pasándola por los barrotes de hierro, hasta que el pilar de piedra de una cancela interrumpió su carrera. Entonces volvió atrás. Los barrotes respondían al rápido paso de la regla, emitiendo notas alegres y retozonas. Cuando el niño corría en un sentido, las notas formaban una escala en ascenso, lentamente desde las notas bajas hasta las más altas y agudas. Corriendo en sentido contrario, el niño oía una escala en descenso, progresivamente desde un agudo clin, clin hasta un profundo clon, e incluso hasta un oscuro clun, clun.
Al niño nunca se le había ocurrido, antes, jugar a aquel juego, por eso lo repitió más veces, recorriendo la acera arriba y abajo, de un extremo a otro de la verja, de los barrotes sonoros. Luego se detuvo a tomar aliento. Cuando volvió a empezar, ya no corría; andaba a pasitos cortos y pasaba la regla por los barrotes dando golpes muy espaciados sin saltarse ninguno y volvía atrás, a golpear de nuevo uno que había emitido un sonido particular. Se puede decir que ya no se trataba de un juego, sino que tocaba la verja, como se puede tocar un xilófono o un piano, buscando las teclas adecuadas para construir una
melodía.
—Qué bonito —volvió a decir el niño.
Esta vez había conseguido una extraña canción.
—La llamaré «la canción de la verja».
El campanario cercano dio las horas. El niño las contó, se dio cuenta de que era tarde y recordó que le estaban esperando en casa.
—Volveré mañana —dijo, acariciando por última vez la verja con la regla.
Volvió al día siguiente y muchos días más. Ahora siempre pasaba por la calle nueva y todas las veces se detenía a tocar la verja. Siempre inventaba nuevas canciones, golpeando rítmicamente los barrotes. Inventó una canción para cada uno de los árboles que veía en el jardín: el pino, el abeto, el cedro del Líbano, el delgado ciprés erguido como un dedo que quisiera hacer cosquillas a las nubes. Inventó una canción para la avenida que subía hacia la mansión, para los senderos que se adentraban en los verdes pasadizos bajo los árboles, para los matorrales y para los floridos arriates. Pero ni a sus padres, ni a la maestra, ni a sus compañeros dijo nada de su descubrimiento. La verja musical era su instrumento secreto. Todo el mundo tiene derecho a guardar algún secreto.
Un día, mientras ensayaba en los barrotes una nueva canción, salió de la mansión una voz irritada:
—Chico, ¿dejas de hacer eso de una vez, o qué? Llevas una hora rompiéndome los tímpanos con ese estúpido jueguecito.
El niño alzó los ojos. Las ventanas de la mansión estaban abiertas y el hecho, por contraste, le hizo recordar que antes habían estado siempre cerradas. Quizá los amos habían estado fuera y habían vuelto. En un balcón estaba un anciano en bata. En una mano tenía un libro y en la otra un par de gafas, que agitaba amenazadoramente.
—Ya has armado bastante bulla y no me has dejado leer. Ahora vete a casa y no lo vuelvas a hacer o llamaré a los guardias.
El niño ni siquiera intentó defenderse, explicando que no estaba armando bulla, sino inventando canciones en aquellos maravillosos barrotes. Metió la regla en la cartera y echó a correr asustado, mientras el anciano le seguía con su voz seca y hostil:
—Que no te vuelva a ver por aquí, ¿entendido?
En los días siguientes el niño, caminando por prudencia por la acera opuesta, pasó y volvió a pasar ante la mansión, pero siempre había alguna ventana abierta, o el propio anciano paseando por el jardín, o un perro durmiendo junto a la cancela. El niño tenía que conformarse con mirar amorosamente los barrotes prohibidos y luego corría a su casa, suspirando. Pero cuántas cosas dijo, mentalmente, a aquel odioso señor: «Realmente me sorprende que a una persona instruida como él, que lee continuamente gruesos libros encuadernados en negro, no le guste la música. ¿Por qué no ensaya él en la verja nuevas melodías y canciones? ¿Por qué es tan tonto? ¿Por qué odia a los niños?».
En esa época la madre del niño conoció a una señora que tocaba el piano. El niño, un día que acompañó a su madre a hacerle una visita, vio aquel extraordinario instrumento, e incluso le dieron permiso para tocar con los dedos sus milagrosas teclas. Tocó aquí y allá al azar, tratando de combinar los sonidos entre sí, mientras el corazón le latía dentro del pecho como un tambor.
—Me parece que este niño tiene disposición para la música —dijo la señora—. ¿Por qué no me lo manda alguna vez? Me gustaría darle alguna clase, por probar…
Pero la señora hablaba así, sólo por amabilidad. Además al día siguiente tenía que irse a París. Hablarían del asunto a la vuelta. Pero si volvió de París el niño no lo supo jamás. De aquella señora y su piano no volvió a tener noticias. Luego ocurrieron muchas cosas. Estalló la Segunda Guerra Mundial. El padre del niño fue llamado a filas. No se podía pensar en la música en esos momentos. Desgraciadamente los momentos se convirtieron en años.
El niño creció, estudió el bachillerato. Había olvidado la verja. La recordó un día en que, al pasar por casualidad ante la mansión, vio que la verja ya no estaba: la habían quitado, el hierro servía para hacer cañones. También habían quitado las campanas del campanario.
Muchos años después el niño se convirtió en empleado de banco. El trabajo no le disgustaba: cualquier trabajo es bueno si se gana para vivir. A veces, sin embargo, el empleado se preguntaba: «Quién sabe si hubiera podido, en otras condiciones, llegar a ser un buen músico…».
Pero no se lo preguntaba con demasiada frecuencia: quien tiene que trabajar para vivir, no tiene tiempo para perseguir viejos sueños.
El empleado ya no vivía desde hacía mucho tiempo en la pequeña ciudad de su infancia. Una vez tuvo que volver allí por encargo del banco. En las horas libres paseaba como hechizado por las viejas callecitas. Le parecía ser otra vez el niño que corría y cambiaba de calle entre su casa y la escuela para ver cosas nuevas, descubrir el mundo. Y ahora, de repente, estaba otra vez ante la mansión, el enorme jardín, que después de la guerra había recobrado su majestuosa cancela. Y ahí estaba la verja…
Los barrotes no son los mismos, probablemente. Pero todo parece haber vuelto a aquellos lejanos tiempos.
Por la esquina aparece un niño, balanceando la cartera. Se detiene. Mira la mansión: todas las ventanas están cerradas, señal de que los dueños están de viaje.
«Ahora la regla», pensó el empleado.
El niño, en efecto, sacó de la cartera una regla metálica y con ella empezó a golpear los barrotes, absorto, como siguiendo un ritmo interior. Clin, clin, clin, sonaban los barrotes.
«Qué extraño —pensó el empleado—, no noto diferencia alguna entre un sonido y otro. Por otra parte, pensándolo bien, es lógico que sea así. Los barrotes son todos de la misma longitud y del mismo espesor: ¿por qué iban a emitir notas diferentes?»
Pero el niño tocaba y golpeaba los barrotes según un misterioso designio.
—Hola —dijo el empleado cuando estuvo a su lado.
El niño se sobresaltó, como si le hubieran descubierto haciendo algo prohibido.
—No tengas miedo —dijo el empleado—, las ventanas están cerradas. El viejo no está en casa.
—¿Qué viejo? —preguntó el niño.
—El que se enfada cuando haces ruido con los barrotes.
—No es un viejo —dijo el niño—, es una ancianita sorda. No dice nada, porque no oye. La que se enfada es su criada.
«Claro —pensó el empleado—, aquel anciano se habrá muerto hace tiempo. Hay nuevos amos.»
—La criada dice —prosiguió el niño— que soy un male-ducado y que perturbo la paz. Pero no es verdad. Yo no hago ruido, sino música. ¿Quiere oír?
—Oigamos —dijo el empleado.
—Escuche —dijo el niño—, ésta es «la canción del castaño moribundo». ¿Ve ese árbol? Es un castaño. Está enfermo, como casi todos los castaños de Europa. Lo hemos estudiado en la escuela.
—Oigamos —repitió el empleado.

El niño se puso a golpear los barrotes con la regla. Tenía una expresión intensa, casi dolorosa. Tocaba unas veces este, otras aquel barrote, saltándose alguno, incluso cinco de una vez, como para obtener un intervalo especial.
Pero el empleado oía siempre la misma nota sorda: clin, clin, clin…
—¿Oye? —dijo el niño—, el castaño está enfermo, pero no está triste, porque los pájaros todavía hacen su nido entre sus ramas. ¿Comprende?
Pero el empleado oía solamente aquel sordo y monótono clin, clin, clin…
—Por esa razón —dijo el niño— la canción no debe acabar con una nota baja, como una campana que toca a muerto, sino con una nota alta y serena.
Clin, clin, oía el empleado.
Ahora comprendía por qué el anciano, aquella vez, le había gritado con tanta hosquedad. Un oído adulto ya no es capaz de oír la música que un niño hace en los barrotes con su regla y su fresca imaginación.
—¿Le ha gustado? —preguntó el niño.
—Mucho —dijo el empleado para no desilusionarle.
El campanario dio las cinco.
—Tengo que ir a casa a merendar —dijo el niño—. Buenas tardes.
—Adiós —dijo el empleado.
Y permaneció allí unos minutos más mirando el castaño en cuyas hojas jugaba el sol, antes de ponerse.

octubre 27, 2011

Gianni Rodari. Veinte historias más una.

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Ediciones SM, 2010. 252 páginas.
Tit. Or. Venti storie piú una. Trad. Consuelo Gallego. Il. Fran Collado.
Gianni Rodari, Veinte historias más una
Imaginación al poder

Soy admirador declarado de Gianni Rodari, y no podía dejar pasar dos libros que encontré en la biblioteca, un recopilatorio del que hablaré otro día, y estas veinte historias más una que son las siguientes:

1 Teresita «la-que-no-crece»
2 Pesa-de-más y Pesa-de-menos
3 Migas/ritas
4 El príncipe leñador
5 El príncipe Tonto
6 La princesa Alegría
7 El mago Garú
8 La estatua parlante
9 La guitarra del emperador
10 La armónica del soldado
11 Niño y Nina
12 La casa de Tres Botones
13 El rey Midas y el bandido Filomeno
14 El doctor de los espejos
15 El pastor y la fuente
16 La ancianita del belén
17 Llega el tío Blanco
18 El tío Blanco da la vuelta al mundo
19 La coronación de León X
20 Un rascacielos en el mar
+1 El príncipe ciego

Que demuestran que la imaginación y el talento de Rodari brilla en todas las distancias, y que tiene personajes tan simpáticos como Gustavo, un pícaro incorregible, o el tío Blanco, un oso polar muy viajero. Cuentos como la armónica del soldado invitan a la esperanza, y otros como La coronación de León X (reproducido al final) dan cuenta de como ha cambiado el mundo.

Pero todos, todos, rebosan imaginación, ternura, optimismo y buen humor.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (57/365)

Extracto:
La coronación de León X

HABÍA muerto Félix IV, luego León X debía ser coronado. La coronación de un león siempre es una ceremonia magnífica: carroza de oro, todos los regimientos con uniforme de gala, la corona cubierta de perlas sobre el cojín rojo y todos aquellos invitados venidos de todo el mundo; en fin, un espectáculo que deja corto al mejor circo del mundo. Algo para chuparse los dedos, y luego también los codos.
El maestro de ceremonias, el príncipe Leónidas, era el tío del joven rey. Pasó tres días y tres noches instruyéndole acerca de lo que tenía que hacer y sobre lo que no debía hacer: que si una reverencia a la reina madre por aquí, que si un saludo con la mano derecha a los notables por allá. Y sobre todo, que durante toda la ceremonia se abstuviera de llevarse a la boca el primer ratoncillo que cayera en sus garras.
-Durante la coronación no se come, ¿entendido?
-Primero, la enagua púrpura. Ahora, los zapatos con la hebilla. Luego, la casaca de damasco. Después, la capa de armiño. Veamos los guantes: ningún agujero, por suerte. Cuando vuestro padre fue coronado, nadie se acordó de inspeccionar los guantes, y resultó que, mientras saludaba a la multitud enardecida, se le salían las uñas por los agujeros.
A las nueve, en el patio interior del palacio real, se formó el cortejo de las carrozas de gala. A las nueve y cuarto, la primera carroza se dirigió hacia la verja, salió a la plaza… En este punto, el príncipe Leónidas comentó frunciendo el entrecejo:
-¿No hay aplausos? Qué raro. Lo habitual es que, cuando el cortejo sale del palacio real, estalle «un aplauso irrefrenable», como lo describen en los periódicos.
La sorpresa del príncipe Leónidas se tornó en doloroso estupor cuando la carroza en la que iba sentado, a la derecha de León X, franqueó la verja: la plaza estaba desierta. Vacía como una palangana sin agua. Ni un perro, ni un ratón.
-¡Cáspita! -exclamó el príncipe-. ¿Dónde están las multitudes entusiastas? ¿Dónde están los turistas que se agolpan para no perder ni un solo detalle del grandioso espectáculo? Por lo menos los niños, esos niños que corren detrás de la barandilla, ¿dónde están?
Ni siquiera había niños.
El cortejo atravesó la plaza y enfiló la avenida principal de la ciudad. ¡Qué festival de banderas, de pancartas de colores, de escudos ondeantes! Una visión formidable, verdaderamente. Pero en las aceras, detrás del cordón policial para mantener el orden, no había nadie. Nadie bajo los soportales. Nadie en las ventanas.
-¡Caramba! -exhaló el príncipe Leónidas-. ¿No hay nadie subido a los postes de las farolas para mirar? Y los curiosos sobre los tejados, ¿dónde están?
Sobre los tejados solamente había pajarillos aleteando, ocupados en sus cosas.
-Mis fieles subditos están en huelga -observó con tristeza el rey León X.
-No quiera el cielo -dijo el príncipe Leónidas con el corazón encogido- que estén haciendo la revolución.
-No creo -rebatió León X-. Si fuese la revolución, se verían las barricadas y la guillotina.
-Nunca se sabe -le advirtió su tío, el príncipe-. Ahora la gente ha inventado otras formas de hacer la revolución.
-Hace un día precioso -constató el soberano coronado-. Mi pueblo habrá salido a merendar al campo.
-¿Una merienda el día de la coronación? Eso es desde todo punto imposible. Hay pocas cosas más aburridas que una merienda. Ver pasar a un rey en su carroza es cien veces más divertido. Aunque solo sea para hacerle un gesto de desprecio a escondidas…
El cortejo real atravesó una tras otra todas las principales calles y plazas de la capital. Un espectáculo único, realmente. Pero no había nadie para admirarlo. Parecía atravesar una ciudad abandonada, aquel día de agosto.
-Podríamos aplazar la coronación -sugirió León X, que empezaba a sudar bajo la pesada vestimenta-. A mí lo que me apetece es ir a nadar un poco.
-¡Ni hablar! -le reprochó su tío el príncipe-. La coronación debe seguir su programa, pase lo que pase.
Y así fue. Pero no había nadie para aplaudir al rey recién coronado cuando salió de la catedral con la corona en la cabeza y el cetro en la mano derecha. El cortejo volvió tristemente hacia el palacio, recorriendo las calles y las plazas desiertas. El príncipe Leónidas estaba sentado inmóvil, con los brazos cruzados, a la derecha del rey, sin preocuparse por secar las lágrimas que le mojaban los bigotes. León X le miró de reojo y pensó: «Este es el momento».
Metió una mano bajo el asiento, extrajo la radio que había mandado esconder en ese lugar a un fiel servidor y se la pegó a la oreja.
-Aquí viene, aquí viene -declamaba una voz agitada, la voz para las grandes ocasiones-. El cortejo de la coronación está justo delante de la puerta del palacio real. El magnífico espectáculo está a punto de terminar. Primero, sin embargo, Su Majestad se asomará al balcón central para saludar a la multitud…
-Estás tú listo -sonrió León X- si esperas que de verdad me asome a saludar a las piedras y los postes de la plaza…
-Millones de personas han podido asistir a esta ceremonia incomparable, la más bella que jamás se ha visto desde los tiempos de León I, el fundador de la gloriosa dinastía…
-¿Millones de personas? -se preguntó León X-. ¡Será mentiroso!
-Millones de personas -continuó la voz-, con lágrimas en los ojos y con el corazón ardiente de amor patrio, han visto la coronación de nuestro queridísimo soberano en las pantallas de su televisor…
El rey dejó caer el aparato de radio en las rodillas.
-¡Que me aspen! -masculló-. Ahora lo entiendo todo. ESTABAN DELANTE DEL TELEVISOR, ¡ahí es donde estaban! Para disfrutar mejor del espectáculo, sin apretones, sin tener que trepar por encima de las cabezas de la gente. Qué listos son mis subditos. Además, yo también he preferido en muchas ocasiones ver el partido por televisión, en vez de ir a coger frío al estadio…
Y así es como sucedió. La gente se había aficionado tanto a la televisión, que una coronación vista en persona les habría parecido falsa: solo si la veían en la pantalla del televisor era una coronación «verdadera».
Cuando lo comprendió, León X comenzó a inclinarse y a sonreír a diestra y siniestra, mientras el príncipe Leónidas, que no había comprendido nada, murmuraba para sí:
-¡Pobrecillo, ha enloquecido de dolor! Míralo cómo saluda a las piedras y los postes…

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