Nueva Dimensión 25
Ediciones Dronte, 1971. 152 páginas.

Como siempre saco la información de aquí: Nueva Dimensión 25:
El Método Suave, Kenneth Bulmer
Enigma, Colin Kapp
Mark Elf, Cordwainer Smith
Mercenario, Agustín A. Córdoba
Arenas Muertas, Francis Carsac
El Empleo, Francisco Ruíz Gisbert
Otro Verano sin Fresas, Alfonso Bengoechea Miravalles
Entorno, Chester S. Geier
Interludio Marciano, Gene Hunter
Las Piedras Blancas, Adalberto Cersosimo
La Solución Final, R.W. Mackelworth
Un Tal Gibson, Jean-Raoul Pasquier
La Ventana Entablada, Ambrose Bierce
Un número que tiene poco que destacar: el clásico de Bierce, el ahora clásico de Cordwainer Smith y el Mercenario, que reproduzco al final si no viene nadie a pedirme derechos de autor.
Calificación: Bueno.
Un día, un libro (36/365)
El mercenario
—Mátela —la palabra restalló seca y terminante a la vez que su autor quitaba la vista de los papeles que sostenían sus manos velludas y regordetas, y la posaba sobre la figura vacilante que tenía enfrente.
El hombrecito esmirriado, de apariencia servil y sumisa, quiso protestar tímidamente, pero las frases no llegaban a su boca, se sacudían vanamente en la garganta constreñida, en el intento frustrado de nacer. Una mirada taladrante y autoritaria del hombre de las manos velludas lo hizo renunciar, y las palabras nonatas cayeron y se ahogaron desagradablemente en su estómago. Sintió que era muy pequeño y que toda la habitación se abalanzaba sobre él.
La imagen de su interlocutor también se agigantó, y más aún cuando éste se le-
vantó y apoyó los puños sobre el borde del escritorio.
—¿Deseaba agregar algo, señor Ojeda? —gruñó socarronamente el hombrón.
—No… no. Sólo pensé que… que sería una lástima que…
—Una lástima nada. Ya tiene sus órdenes —trató de ser amable cuando asentó su manaza sobre el hombro escuálido del hombrecito— y usted sabe que estas órdenes no se discuten, Ojeda. Vaya… y hágalo como sólo usted lo puede hacer… y rápido.
El hombre pequeño se atusó los bigotes finos e hirsutos con afectada solicitud; luego de saludar, giró sobre sus talones y salió del despacho con inusitada presteza. El hombrón sonrió satisfecho mientras lo miraba irse.
El cerebro de Ojeda funcionaba a régimen forzado mientras se deslizaba hasta su mesa de trabajo: «¡Matarla justo ahora, que todo se desarrollaba tan bien! Algo muy importante debe estar por pasar para que me impartan semejante orden», pensó.
«¡Matarla!» «¡Matarla!» La palabra resonaba con cada movimiento del cuerpo, con cada latido; la palabra que secretamente había esperado y había llegado al fin, como un mandato irrevocable. Después de todo, se había llegado a encariñar con ella. Pero debía eliminarla indefectiblemente: «como sólo usted lo puede hacer», le habían dicho; se sintió animado pensando en el cumplido que había merecido rato antes.
Abrió la tapa de la caja y acarició el metal frío; sonrió al pensar: «He aquí el arma».
Depositó con cuidado el habano en un cenicero de ónix con una mano, mientras que con la otra descolgaba el tubo del teléfono. La mano gruesa, que antes aprisionara entre sus dedos el fino cigarro, disco pausadamente, como prolongando un dulce placer que fenecería al marcar el último de los números.
—Clave OK-73. Comunicación interferi-ble —pronunció cuidadosamente cuando atendieron al llamado.
Una voz deferente y metálica lo invitó a esperar unos instantes. A los pocos segundos la actitud grosera y tonante del hombrón se deshizo en humildad, cuando escuchó al que le hablaba con autoridad desde el otro lado de la línea.
—Sí, Excelencia, he cumplido la orden. En este momento, Ojeda, nuestro mejor elemento y además, partidario incondicional del régimen, ha puesto manos a la obra… Sí… Sí, Excelencia. Le aseguro
que lo hará muy bien, será un trabajo muy fino… Es un especialista, Excelencia.
La voz del teléfono parloteó un rato más mientras el hombrón escuchaba con recatada atención.
—No, Excelencia, desde luego que mantenemos el más absoluto secreto. Algunos pocos individuos insensibles (el número de los mismos no sobrepasa la cifras estadísticas previstas) suelen quejarse de vez en cuando del resplandor que despide la pantalla en los momentos de la emisión, pero a ninguno se le ocurió atribuirnos la responsabilidad de esa supuesta anomalía. Le garantizamos total eficacia, Excelencia.
La máquina tableteó sordamente al contacto de los dedos ágiles y profesionales de Ojeda. Fue una labor limpia, sin interrupciones, y cuando el tartajeo cesó, el hecho quedó consumado.
Fue muy duro para Ojeda, la había llegado a a apreciar sinceramente después de esos meses de convivencia.
Había llegado la hora de rendir los informes pertinentes.
Cuando entró al despacho del Director General de Canales de Televisión, éste colgaba displicentemente el tubo de teléfono y chupaba con avidez la punta de un cigarro de larga ceniza.
—¿Ya terminó, Ojeda? —el humo hizo estornudar estrepitosamente al hombrecito, que le alargó un fajo ordenado de papeles impresos. El Director se abocó inmediatamente a la lectura.
—Humm… Muy bien… ¡Muy bien! Tal como lo desea el Presidente, Ojeda. Mañana todo el país asistirá conmovido a la muerte injusta y cruel del tierno e inocen-
te personaje de la Telenovela Oficial (me gustaría un poco más de sangre en la escena del asesinato ¡eh!) —el modo del Director se tornó menos rígido—. ¿Se imagina cuando el Opositor del Presidente, media hora después, pronuncie sus palabras al pueblo?… ja, ja (cuide que el actor que hace de asesino se parezca levemente al Opositor ¡eh!; es un detalle muy importante) ¿No le parece que la transmisión de televisión por ondas hipnomo-tivadoras es un invento fabuloso de poder, Ojeda?
—Ya lo creo, señor Director; ni siquiera yo, que escribo los libretos a diario, puedo dejar de verla —respondió Ojeda ruborizándose.



octubre 11th, 2011 at 12:22 am
Yo creo que tú tienes una fuente secreta para este tipo de libro extinguido y no la quieres revelar
Saludos
octubre 11th, 2011 at 10:08 am
La tengo; se llama Mercado de San Antonio, y de vez en cuando, encuentras tesoros.
enero 16th, 2012 at 2:58 pm
llevo años intentando encontrar ese número, 25 de Nueva Dimensión,porque me interesaría leer “otro verano sin fresas” de Alfonso Bengoechea Miravalles. ¿Podrías transcribirlo?. Gracias