Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 27, 2012

Gonzalo Torrente Ballester. La Saga-Fuga de JB.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:39 am
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Gonzalo Torrente Ballester, La Saga-Fuga de JB
Círculo de lectores, 1988. 568 páginas.
Obra maestra

Ni sé las veces que había leído, prestado y regalado este libro. Decidí volver a regalárselo a mi mujer, ya que no tenía ningún ejemplar en la biblitoeca familiar. Ya de paso, me lo releo. El mejor resumen es el que hay en la wikipedia, por el censor:

«De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo Santo que apareció en el agua, y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto, y alguna palabrota para seguir la actual corriente literaria.
Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación, y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el SILENCIO ADMINISTRATIVO.

¡Cuan equivocado el infausto censor! La recordaba buena, pero me ha resultado aún mejor. Alguna vez le he racaneado a Torrente Ballester la categoría de grande, aún siendo uno de mis escritores preferidos. Me desdigo. Alguien capaz de escribir este libro merece el más alto calificativo.

Me ha sorprendido el lenguaje, lo recordaba más asequible y no lo es tanto. A eso se debe, seguramente. que a pesar de haberla regalado tanto se ha leído tan poco. Pero merece la pena el esfuerzo. Además, es una novela tremendamente divertida. Una joya.

En el lamento de Portnoy también gusta, y en El País la ofrecieron por un euro. Bien para encontrar este libro imprescindible de saldo.

Calificación: Brillante.

Un día, un libro (149/365)

Extractos:
A veces, pensaba; a veces, imaginaba. Permanecía en su mente el ritmo del soneto, aunque sin acomodarse al de los pulsos, ruidosos, ni al de la lluvia, redoblando ya en las tejas. Confundidos, peleaban, querían imponerse, armaban un alboroto interior del que salió poco a poco un ritmo nuevo, aunque también endecasílabo: un ritmo que era como una orden, a cuya voz los acentos se desplazaban:
hacia atrás, una sílaba, dos sílabas hacia delante. Y todas las del verso fueron acometidas de una prisa tremenda por cambiar de lugar, por debilitarse o fortificarse:
los prefijos se constituían en desinencias; los semantemas, desconyuntados, buscaban afinidades
nuevas o se emparejaban a otros que les arrebataban la significación o se la trocaban. Verso a verso,
como en una pantalla
— espantado, estupefacto
—, Bastida veía surgir
insultos, crecer blasfemias,
afirmarse desprecios. La piedad y la tristeza se mudaban en crueldad y sarcasmo. ¡Aquel verso final, capaz de
avergonzar al hombre más infame!, «diclo rodí, feniltriclo, roetano». Jamás se hubiera atrevido a pensarlo; menos que nadie, de Julia. Y, sin embargo, allí estaba, con los otros del soneto. Acusándole.


Quienes dicen que
todas las mujeres son iguales, enuncian una de esas tonterías
que ninguna mente medianamente racional, ninguna sensibilidad
medianamente educada, pueden soportar sin alterarse y
sin reconocer a continuación que el número de imbéciles coincide
aproximadamente con el de arenas del mar.


Cogió el Corregidor la lámpara, y la elevó por encima de su
cabeza: mi sombra se volvió hacia el lugar ahora iluminado.
«Mire en aquel rincón: ése que encubre la sábana, es un cuerpo
en salmuera.» El Deán acudió inmediatamente a mi sorpresa.
«No un cuerpo cualquiera, señor Canónigo: no podíamos
inferir a la Santa tal ofensa. Es de una mujer virgen y, en
cierto modo, mártir. ¿Lo quiere contemplar vuesamerced? Lleva
ahí tres días, ni uno más. Y no lo hemos robado, sino comprado:
estaba destinado al descuartizamiento, y el verdugo
que se dejó sobornar nos lo hubiera dado gratis, de pena que
le daba.» Yo me acerqué al rincón, alcé la sábana y contemplé
el cuerpo joven, bellísimo, de una mujer. Mi sombra, asomada
por encima del hombro, lo contempló también, y, cuando me
di vuelta, se arrojó encima de él y empezó a examinarlo. «Esas
señales en las muñecas y en los tobillos me recuerdan el po-
cuerpo
murió en la cárcel del Santo Oficio.» «¿Bruja o hereje?
¿O acaso cristiana nueva?» «Una cristiana excelente, pero se
bañaba los sábados, y a don Asterisco le pareció costumbre
propia de paganos. La detuvieron, la examinaron, la interrogaron,
la torturaron, y la pobre expiró en el potro como un jilguerito.
» A mí me sacudió esa ira que no puedo dominar cuando
me encuentro ante cualquier barbaridad oscurantista. «¡Qué
idea tendrá ese bestia de lo que es un pagano y de la utilidad
de los baños semanales!» Adopté un tono profético, y mi sombra
extendió un brazo que apuntaba al futuro. «¡Día vendrá
en que los hombres y las mujeres se bañen todos los días por
meras razones de limpieza!» «¿Cómo los moros?», preguntó,
aterrado, el Corregidor; y, pisándole las palabras, doña Lilaila
salió de la penumbra en que había permanecido, y del mutismo.
«¿Y no será pecado…?» Me eché a reír. «¡Eso, sólo don Asterisco
puede decirlo!»

enero 26, 2012

Arthur Miller. Panorama desde el puente.

Filed under: Teatro — Palimp @ 6:29 am
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Arthur Miller, Panorama desde el puente
Tusquets, 2003. 122 páginas.
Tit. Or. A view from the bridge. Trad. Eduardo Mendoza.
Chivato

Muerte de un viajante me encantó, pero esta obra creo que no está a la altura. Menos mal que me salió gratis.

Eddie trabaja en el puerto y tiene alojada a una sobrina por la que siente un cariño paternal -o quizás algo más. El conflicto aparecerá cuando tenga en su casa a unos primos de su mujer, inmigrantes ilegales, y uno de ellos pretenda casarse con la sobrina.

El retrato de la inmigración sigue teniendo validez hoy en día. Las pasiones ocultas y en ocasiones prohibidas son típicas del teatro norteamericano de los 50. Con todo, no es que esté mal, pero no ha acabado de gustarme.

Calificación: Bueno, pero no tanto.

Un día, un libro (148/365)

Extracto:
(Entra Catherine con platos, tenedores.)
beatrice: Que ha encontrado trabajo.
(Pausa. Eddie mira a Catherine, luego a Beatrice.)
eddie: ¿Qué trabajo? Si aún no ha acabado los estudios…
beatrice: Eddie, no te lo vas a creer…
eddie: No…, no, tú a acabar los estudios. ¿Qué clase de trabajo?, ¿a qué viene esto? De repente te…
beatrice: Escucha un segundo, que es algo fenomenal.
eddie: No es fenomenal. Si no acabas los estudios no llegarás a ninguna parte. No puedes ponerte a trabajar. ¿Por qué no me has consultado antes de aceptar ese empleo?
beatrice: Te lo pregunta ahora. Y aún no ha aceptado nada.
catherine: ¡Escucha un momento! Esta mañana estaba en la escuela y el director me ha hecho salir de la clase, ¿vale? Que vaya a su despacho…
eddie: ¿Y?
catherine: Y voy y me dice que ha estado viendo mi expediente, ¿vale?, y que hay una empresa que necesita una chica, ya. No exactamente una secretaria, vale; al principio, una mecanógrafa, pero ense-
guida te hacen secretaria. Y dice que soy la mejor estudiante de toda la clase…
beatrice: ¿Qué te parece?
eddie: Bueno, ¿y por qué no? Por supuesto que es la mejor.
catherine: Que soy la mejor estudiante, dice, y que si quiero, que coja el trabajo y que al final del curso me dejará examinar y me dará el certificado. ¡Así que me ahorraré prácticamente un año!
eddie (extrañamente nervioso): ¿Y dónde es este trabajo? ¿En qué empresa?
catherine: En una grande, de instalaciones, en Nos-trand Avenue.
eddie: ¿Nostrand Avenue y qué?
catherine: Pues por ahí, cerca de los astilleros.
beatrice: Cincuenta dólares a la semana, Eddie.
eddie (a Catherine, sorprendido): ¿Cincuenta?
catherine: Te lo juro.

enero 25, 2012

Isaac Asimov (sel.). La Edad de oro de la Ciencia Ficción II.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 7:25 pm
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Varios, La Edad de oro de la Ciencia Ficción II
Orbis, 1986. 216 páginas.
Tit. Or. Before the golden age. Trad. Horacio González Trejo.

Segundo tomo de la colección que tengo y acabo de descubrir que hay dos más. En este enlace están todos los títulos, incluyendo sinopsis de todos los cuentos:

La edad de oro de la ciencia ficción

La lista es la siguiente:

Tumithak de los corredores (Tumithak of the corridors, 1932 Charles R. Tanner).
La era de la Luna (The moon era, 1932, Jack Williamson).
El hombre que despertó (The man who awoke, 1933, Lawrence Manning).
Tumithak en Shawn (Tumithak in Shawn, 1933, Charles R. Tanner).

Leyéndolos uno entiende porque pudieron gustar al joven Asimov, especialmente los de Tumithak. Aventuras, peleas, una lucha por la supervivencia de la humanidad… Leídos ahora algo de encanto conservan, pero vamos, que no son para tirar cohetes. Se me ha hecho más legible que el anterior, pero no pasa de curiosidad.

Sin embargo Asimov es más magro contándonos su vida, lo que es una pena.

Calificación: Más curioso que bueno.

Un día, un libro (147/365)

Extracto:
Tumithak permaneció un rato inmóvil, reflexionando. Se pregunto! por qué no lo habían asesinado, adivinando a medias que los salvajes no se dispondrían a sacrificar la víctima sino después de pre-:i parar el banquete. Porque aquellos salvajes no conocerían la síntesis química de los alimentos; debían vivir a expensas de Yakra y otras ciudades más pequeñas, muy alejadas en el sistema de los i corredores. Reducidos a tan terribles apuros, toda materia comestible devenía alimento. Eran caníbales desde hacía muchos siglos.
Poco después, Tumithak se puso en pie. Le había resultado fácil deshacer los nudos de la tela con que lo habían atado; aquellos salvajes no sabían mucho de nudos, y al looriano le costó menos de una hora desatarse. Se puso a palpar con precaución las paredes del I cubículo, tratando de averiguar la disposición de su cárcel. Medía poco más de diez metros cuadrados, y la única salida daba al corredor. Tumithak intentó salir, pero fue inmediatamente detenido por un gruñido feroz; un bulto de pelo áspero empujó sus piernas, obligándolo a regresar al habitáculo. Los salvajes habían dejado a los perros vigilando su prisión.
Tumithak regresó al calabozo y, al hacerlo, su pie chocó con uní objeto que echó a rodar por el suelo. Recordó el objeto metálico que habían arrojado a su lado y se preguntó qué sería. Lo buscó a tientas y comprobó con júbilo que era su lámpara. No pudo entender por qué la habían dejado allí los salvajes y supuso que para sus | mentes supersticiosas sería un objeto temible. Tal vez pensaron que lo mejor era encarcelar juntos a los dos factores de peligro. De todos modos, allí estaba, y Tumithak no pedía otra cosa.
Encendió su lámpara y miró a su alrededor. No se había equivocado en cuanto a las dimensiones y disposición del lugar. Ofrecía i pocas posibilidades de escapar o, mejor dicho, ninguna, pues era j necesario salir por entre aquellas fieras. A la luz, Tumithak vio que | los salvajes no le daban oportunidades de huir: había más de veinte perros en el corredor, deslumbrados por la súbita claridad.
Tumithak observó el pasadizo desde una distancia prudencial, advirtiendo que no había nadie. Se dijo que sin duda los salvajes descansaban, y comprendió que no tendría mejor oportunidad de huir que aquélla. Sentado en el suelo del cubículo, reflexionó febrilmente. En su mente germinaba una idea, una como convicción de que poseía medios para ahuyentar a los animales. Se puso en pie y los contempló, amontonados en el pasadizo como para cubrirse de los molestos rayos de su lámpara. Se volvió hacia el cuarto, pero, evidentemente, allí no había nada que pudiera servirle, ¡La inspiración acudió de repente! Rebuscó en la bolsa que llevaba al cinto. Tomando un objeto, lo arrojó en medio de la jauría después de sacarle un pasador y se echó de bruces al suelo.
Era la bomba, el segundo regalo de su padre. Cayó al lado opuesto del corredor y estalló con ensordecedor estampido. En el espacio cerrado del pasillo, los gases de expansión actuaron con fuerza terrible. Aunque se había tumbado en el suelo, Tumithak se vio levantado y proyectado con violencia contra la pared opuesta del habitáculo. En cuanto a las bestias, quedaron prácticamente destrozadas. Miembros descuartizados volaron en todas direcciones, y pocos minutos después, cuando un Tumithak herido y conmocionado salió al pasillo, no halló ni rastros de vida. La escena era caótica; había sangre y cuerpos destrozados en todas partes.
Alterado por aquel espectáculo de sangre y muerte, Tumithak se apresuró a poner la mayor distancia posible entre él y la espantosa carnicería. Corrió hendiendo el aire cargado de humo hasta que la atmósfera se aclaró y pudo olvidar los horrores de la escena. No vio a los salvajes, aunque por dos veces oyó un gemido que salía de uno de los nichos. Adivinó que alguien estaba agazapado allí, en la oscuridad, presa del pánico. Los salvajes de los corredores tenebrosos tardarían en olvidar al enemigo que había sembrado tal destrucción entre ellos.
Tumithak reanudaba su marcha hacia la Superficie. Por primera vez desde que se puso en camino, retrocedió, pero con un propósito definido. Llegó al escenario de su lucha con los perros y recogió su espada, que encontró sin dificultad, advirtiendo con satisfacción que no había sufrido daños. Entonces volvió sobre sus pasos, siempre hacia la Superficie, y anduvo largo rato sin hallar nada que fuese motivo de alarma. Cuando llegó a la conclusión de que ya había pasado la parte peligrosa de los corredores, entró en un habitáculo y se dispuso a tomarse el descanso que tanto necesitaba…

enero 24, 2012

Varios autores. Habrá una vez.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 9:01 am
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Habrá una vez
Alfaguara, 2002. 542 páginas.
Selección, traducción y prólogo: Juan Fernando Merino.
Antología del cuento joven norteamericano

Con una rebajilla en una librería de viejo me hicieron un buen regalo de reyes mis suegros. Los lectores somos muy fáciles de contentar. Una antología que reúne los siguientes cuentos:

La punta, Charles D’Ambrosio
El amor no es pera en dulce, Amy Bloom
Incursión nocturna, Brady Udall
Brownsville, Tom Piazza
Una cuestión temporal, Jhumpa Lahiri
Frenillo, John Fulton
El bar de nuestra desdicha reciente, Elizabeth McCracken
Terapia, Elissa Wald
Nada, Judith Ortiz Cofer
Entre la piscina y las gardeni, Edwidge Danticat
En la costa de los arándanos, Michael Byers
Turbulencia, Joshua Henkin
El ancho mar, Tony Earley
El circo, Maggie Estep
Frente unificado, Antonya Nelson
Pejerrojo, Rick Bass
El enemigo, Josip Novakovich
Una banca en el parque, Judy Budnitz
Aserrín, Chris Offutt
Navidad, Jamaica Plain
Melante, Rae Thon
En un día como éste, Gish Jen
Lenguaje corporal, Diane Schoemperlen
El aparador Sutton, Pinckney Benedict
Algunos dicen que el mundo, Susan Perabo
Mejorando mi promedio, Kate Wheeler

En esta reseña: Habrá una vez se habla en profundidad del libro, y estoy bastante de acuerdo con lo que dice.

La calidad técnica de los relatos es muy alta, debido, parece ser, a los diferentes talleres de escritura que allí se imparten. Hay una calidad mínima que se cumple en todos los casos.

Pero no todos los relatos son igual de buenos. Destaca, con mucho, Una cuestión temporal, de Jhumpa Lahiri, posiblemente porque junto a la buena prosa también se cuenta una historia conmovedora.

Por otro lado no sé si es cosa del seleccionador o de las tendencias, pero todos los relatos son bastante realistas. Aquí no vemos morirse a ninguna nevera. Me cuesta creer que no haya algún autor que despegue los pies de la tierra.

Calificación: Bueno, y algunos muy buenos.

Un día, un libro (146/365)

Extracto:
El aviso les informaba de que era una cuestión temporal: durante cinco días habría un corte de energía a partir de las ocho de la noche. Una línea se había estropeado con la última tormenta de nieve y los técnicos de la compañía eléctrica iban a aprovechar el clima más benigno de principios de la noche para repararla. El trabajo afectaría solamente a las casas en la apacible y arborizada calle —a muy corta distancia de una hilera de tiendas con fachada de ladrillo y un paradero del tranvía— en la cual Shoba y Shukumar vivían desde hacía tres años.
—Al menos tienen la gentileza de avisarnos —reconoció Shoba después de leer el aviso en voz alta, dirigiéndose más a sí misma que a su marido. Permitió que la correa de su bolso de cuero, rebosante de carpetas, se deslizara desde sus hombros, y dejó el bolso en el vestíbulo mientras caminaba hacia la cocina. Vestía un impermeable azul marino de popelina, pantalones de sudadera de color gris y unas zapatillas blancas de tenis, y a sus treinta y tres años presentaba un aspecto muy cercano al tipo de mujer al que, según había asegurado alguna vez, no se parecería jamás.
Acababa de llegar del gimnasio. El lápiz labial sabor de arándano resultaba visible sólo en las comisuras y el delineador le había dejado manchones de carboncillo debajo de las pestañas.

enero 23, 2012

Carlo Collodi. Pipeto, el monito rosado.

Filed under: Novela — Palimp @ 5:24 pm
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Carlo Collodi, Pipeto, el monito rosado
Sm, 1984. 112 páginas.
Monito de palabra

Después de leer las aventuras de Pinocho me quedé con ganas de más, y gratis me lo encontré de intercambio.

Pipeto es un omnito que quiere comportarse como un hombre, y puede tener la suerte de conseguirlo, aunque por goloso y no cumplir sus promesas se meterá en más de un lío.

El esquema es muy parecido al de Pinocho: monito que quiere ser humano, hada que puede concedérselo, pero antes deberá portarse bien. En este caso el pecado es faltar a la palabra dada. Aunque no sea excesivamente original y Pinocho sea superior, las aventuras de este simpático monito me han resultado muy entretenidas.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro(145/365)

Extracto:
Pipeto no se parecía en nada a sus hermanos ni a los otros monitos de la vecindad.
Tenía un hociquillo nervioso e inteligente; un par de ojos picaros, que no se estaban quietos ni un instante; una boca que se reía siempre, y un tipillo garboso y flexible como una vara de junco. En una palabra, que era un mono, como suele decirse, hecho que ni pintado.
Viéndolo así, a primera vista, se le podía, casi, confundir con un niño de ocho o nueve años, por la sencilla razón de que Pipeto alborotaba y jugaba como un niño: corría tras las mariposas y buscaba nidos, igual que los niños; le gustaban a rabiar las frutas verdes, igual que a los niños; comía cualquier cosa y comía siempre, igual que los niños; y después de comer se limpiaba la boca con las manos, como hacen los niños; especialmente los niños un poco mal educados.
Pero… ¿sabéis cuál era la auténtica pasión de Pipeto?
Pues imitar todo lo que veía hacer a los hombres.
Un día, mientras andaba por el bosque cazando chicharras y grillos, vio a poca distancia, sentado al pie de un árbol, a un muchacho que estaba fumándose tranquilamente una pipa. Al verlo, abrió los ojos de par en par y se quedó como alelado.
«¡Oh, si yo tuviese una pipa! —decía para sí—. ¡Oh, si yo pudiese echar por la boca unas nubes de humo tan bonitas como ésas! ¡Oh, si yo pudiese volver a casa así, como si estuviese ardiendo! ¡Habría que ver con qué ojos de envidia me mirarían mis cuatro hermanos…!».
Mientras al monito le corrían por la cabeza estas lindas ideas, mira por dónde, el muchacho, un poco por cansancio y otro poco por el gran calor que hacía, dio dos sonoros bostezos y, dejando la pipa sobre la hierba, se quedó dormido.
¿Y qué hizo entonces el tunante de Pipeto? Se acercó despacio, despacio, de puntillas, hasta el muchacho que dormía, y, conteniendo el aliento, alargó poco a poco una mano, agarró con increíble velocidad la pipa que se hallaba sobre la hierba, y luego…, ¡hala!, ¡a correr como el viento…!
Apenas llegado a casa, llamó enseguida, contentísimo, a papá, mamá y a sus hermanos. Ante ellos se metió la pipa en la boca y empezó a fumar con el mismísimo garbo y la mismísima naturalidad con que lo habría hecho un viejo lobo de mar.
Su mamá y sus hermanos, al ver salir de su boca aquellas nubes de humo, se echaron a reír como locos. Pero su papá, que era un mono lleno de juicio y de experiencia de mundo, le dijo en tono de reproche, por su bien:
—¡Cuidado, Pipeto! A fuerza de imitar a los hombres, un día u otro te vas a convertir en hombre. Y entonces… ¡entonces te pesará muy amargamente, pero ya será demasiado tarde!

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