Cuchitril Literario

Julio 11, 2008

Neal Stephenson. Azogue I, II y III

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Ediciones B, 2006. 550 páginas cada uno.
Tit. Or. Quicksilver. Trad. Pedro Jorge Romero.

Neal Stephenson, Azogue
Ciencia ficción histórica

Como me gustó el Criptonomicón -aunque me gustó más La era del diamante- cuando salió en bolsillo Azogue me compré los tres volúmenes. Tres en la edición española, porque en realidad es un sólo libro que forma parte de una trilogía, El ciclo barroco -pongan cinco libros más a la serie.

El ciclo es una especie de continuación hacia atrás del Criptonomicón. Una precuela mucho más larga que el original y con una serie de secundarios de lujo, puesto que en sus páginas aparecen todos los científicos famosos de la época: Newton, Leibniz, Hooke, Boyle… También aparecen los antepasados de los protagonistas del Criptonomicon y Enoch Root, así que o este hombre es inmortal o el nombre se lo van pasando de generación en generación.

Al relatar sucesos históricos -y ser fiel- el libro podría ser considerado más como novela histórica que de ciencia ficción, y lo cierto es que me ha gustado bastante menos que otras obras del autor. Mi preferido es el segundo volumen, en el que se narran las aventuras de Jack Shaftoe -el personaje que más me ha gustado de la serie.

La gente dice que hay que leerlo entero para poder apreciarlo bien, y aunque no me haya entusiasmado no está tan mal como para no dejarse leer. Cuando salga el resto de la trilogía en bolsillo, les cuento como sigue la cosa.

Escuchando: Psychopatha. Alan Vega.


Extracto:[-]

¿Qué tenía yo en Leipzig que tanto deseaban un apotecario de Grantham y un montón de cortesanos sentados en París esperando a que Cromwell envejeciese y muriese de causas naturales?

—¿Algo relacionado con la Royal Society? —Es la suposición de Ben.

—Buen intento. Casi aciertas. Pero eso sucedió en una época anterior a la Royal Society, en realidad antes de la filosofía natural tal y como la conocemos. Oh, hubo unos pocos, Francis Bacon, Galileo, Descartes, que vieron la luz y habían hecho todo lo posible por que los demás le prestasen atención. Pero en aquella época, la mayoría de los que sentían curiosidad por el funcionamiento del mundo se sentían cautivados por una aproximación muy diferente llamada «alquimia».

—¡Mi papi odia a los alquimistas! —anuncia God-ffey… muy orgulloso de su papi.

—Creo saber por qué. Pero estamos en 1713. Han cambiado muchas cosas. En la era de la que hablo, era alquimia o nada. Conocía a muchos alquimistas. Les vendía lo que precisaban. Algunos de esos caballeros ingleses se habían entretenido con el arte. Era algo muy caballeroso. Incluso el rey en exilio disponía de un laboratorio. Después de que Cromwell les hubiese dado una paliza y los hubiese expulsado a Francia, se encontraron con nada para pasar los años excepto… —y aquí, si hubiese estado relatando la historia a adultos, Enoch hubiese detallado algunas de las formas que tenían de pasar el tiempo.

—¿Excepto qué, señor Root?

—Estudiar las leyes ocultas de la creación divina. Algunos de ellos, en especial John Comstock y Thomas More Anglesey, se acercaron a monsieur LeFebure, que era apotecario de la corte francesa. Dedicaban bastante tiempo a la alquimia.

—Pero ¿no era la alquimia un montón de estupideces, basura, porquería y memeces criminales y fraudulentas?

—Godfrey, eres la prueba viviente de que la manzana no cae demasiado lejos del árbol. ¿Quién soy yo para discutir tales cuestiones con tu padre? Sí. Era todo una tontería.

—Entonces, ¿por qué ir a París?

—En parte, si he de decir la verdad, deseaba ver la coronación del rey francés.

—¿Cuál? —pregunta Godfrey.

—¡El mismo de ahora! —dice Ben, molesto por tener que malgastar tiempo en tales preguntas.

—El importante —dice Enoch—, el rey. Luis XTV. Su coronación formal se produjo en 1654. Le ungieron con bálsamo de ángel de mil años de antigüedad.

—¡Puag, debía de apestar!

—Difícil saberlo en Francia.

—¿De dónde sacaron semejante cosa?

—No importa. Me estoy acercando a responder la pregunta de cuándo. Pero ésa no era mi razón completa. En realidad se trataba de que sucedía algo. Huygens, un joven brillante de una gran familia de La Haya, trabajaba en un reloj de péndulo realmente asombroso. Evidentemente, los péndulos eran una idea antigua, ¡pero él hizo algo simple y hermoso que los ajustaba de forma que indicasen el tiempo! Vi el prototipo, agitándose en su espléndida casa, donde la luz del atardecer penetraba desde el Plein, una especie de plaza cerca del palacio de la Dutch Court. Y luego en París, donde Comstock y Anglesey jugaban con, tenías razón, tonterías estúpidas. Realmente querían aprender. Pero carecían del genio de un Huygens, la audacia de inventar toda una nueva disciplina.

Junio 20, 2008

Neil Gaiman. Neverwhere.

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Editorial Norma, 1996. 240 páginas.
Tit. Or. Neverwhere. Trad. Olinda Cordukes.

Gaiman, Neverwhere
Mundo subterráneo

Yo también soy un admirador de Gaiman. La serie de cómics The sandman es una obra maestra, y algunos de sus números son de lo mejor del género. En Observatorio lo incluyen dentro de las obras de arte: Sandman.

No es la primera vez que hablamos de sus incursiones en la narrativa. Su colaboración con Pratchett dio como resultado Buenos presagios y ya en solitario comentamos Los hijos de Anansi. Pero nada comparado con Neverwhere.

La familia de Puerta ha sido asesinada y la persiguen dos implacables asesinos que quieren acabar con ella. En un intento desesperado por escapar y gracias a sus habilidades aparece frente a Richard Mayhew y su novia. Buena elección. Richard le ayuda al ver el mal estado en que se encuentra, a pesar de los reproches de su pareja. Pero cuando Puerta se va, agradecida, Richard descubre que se ha vuelto invisible para la gente. Para solucionar su problema tendrá que viajar al Londres de abajo…

Crear un mundo de la nada, como hace Gaiman, es impresionante. La cantidad de personajes y localizaciones que conforman ese submundo, ese espejo deformante de Londres, es interminable. En la wikipedia hay una lista: Neverwhere. El Mercado Flotante, de difícil acceso. Los Dominicos, que custodian la llave y sólo la entregarán a quien sobreviva a la ordalía. Los asesinos Croup y Valdemar. Y, por supuesto, el Marqués de Carabás, verdadero talento en la sombra.

Además de ese derroche imaginativo se describe todo un viaje iniciático, el del joven Richard, que sin tener ningún talento especial acompañará a Puerta y al Marqués en su periplo, y será determinante para el éxito de la aventura. Una historia que conmueve mi alma reblandecida de abuela.

Las críticas que he leído por ahí no son excesivamente entusiastas: Archivo de Nessus y Ciencia ficción. En Normalizado le dedicaron un especial dentro de su club de lectura: Neverwhere. Tampoco esperen grandes ejercicios de prosa -aunque tampoco les dolerán los ojos.

Pero yo no puedo ser objetivo: es un libro que me encanta. De los que relees una y otra vez y no te cansan. Mi preferido de Gaiman. No dejo de preguntarme que si cada ciudad tiene su contrapartida subterránea ¿Que habrá en la Barcelona de abajo?


Extracto:[-]

Tres años en Londres no habían cambiado a Richard, aunque sí su forma de ver la ciudad. Al principio. Richard se había imaginado Londres como una ciudad gris, incluso negra, por las fotos que había visto, y le sorprendió que estuviera llena de color. Era una ciudad de ladrillo rojo y piedra blanca, de autobuses rojos y grandes taxis negros, de buzones rojo intenso y de parques y cementerios verdes y cubiertos de hierba.

Era una ciudad donde lo muy antiguo y lo nuevo y poco elegante se imponían a empujones, no de forma incómoda, pero sin respeto; una ciudad de tiendas y oficinas y restaurantes y hogares, de parques e iglesias, de monumentos ignorados y palacios increíblemente poco palaciegos; una ciudad de cientos de distritos con nombres raros —Crouch End, Chalk Farm, Earl ’s Court, Marble Arch—, e identidades extrañamente bien diferenciadas; una ciudad ruidosa, sucia, alegre, aquejada de problemas, que se alimentaba de turistas, los necesitaba tanto como los despreciaba; donde la velocidad media del transporte urbano no había aumentado en trescientos años, después de quinientos años de ensanchamiento intermíteme de carreteras y torpes compromisos entre las necesidades de los peatones y las necesidades del tráfico, ya fuera tirado por caballos o, más recientemente, motorizado; una ciudad habitada por y abarrotada de gente de todos los colores y estilos y clases.

Cuando llegó, Londres le pareció enorme, peculiar, esencialmente incomprensible, un lugar en el que sólo el mapa del metro, esa exposición topográfica elegante y multicolor de líneas y estaciones de ferrocarril subterráneas, le daba una apariencia de orden. Poco a poco, se dio cuenta de que el mapa del metro era una ficción práctica que hacía que la vida fuera más fácil pero que no tenía el más remoto parecido con la realidad de la forma de la ciudad de arriba. Era como pertenecer a un partido político, pensó una vez, con orgullo, y luego, tras haber intentado explicar el parecido entre el mapa del metro y la política, en una fiesta, a un grupo de extranjeros desconcertados, decidió que en el futuro dejaría los comentarios políticos para otras personas.
Siguió, lentamente, por un proceso de osmosis y sabiduría blanca (que es como el ruido blanco, pero más útil), comprendiendo la ciudad, un proceso que se aceleró cuando se dio cuenta de que la City de Londres propiamente dicha no medía más de un kilómetro y medio cuadrado y se extendía desde Aldgate al este hasta Fleet Street y los tribunales de Oíd Bailey al oeste, un municipio diminuto que ahora era el centro de las entidades financieras de Londres, y de que era allí donde todo había empezado.

Dos mil años antes. Londres había sido un pueblecillo celta en la costa norte del Támesis. con el que los romanos se habían topado y en el que luego se habían establecido. Londres había crecido, despacio, hasta que, más o menos unos mil años después, se encontró con la diminuta Royal City de Westminster justo al oeste y, una vez construido el Puente de Londres, llegó a la ciudad de Southwark justo al otro lado del río; y continuó creciendo, campos y bosques y pantanos desapareciendo lentamente bajo la próspera ciudad, y continuó su expansión, encontrándose con otros pueblecitos y aldeas a medida que crecía, como Whitechapel y Deptford al este, Hammersmith y Shepherd’s Bush al oeste, Camden e Islíngton al norte, Battersea y Lambeth al otro lado del Támesis al sur, absorbiéndolos todos, exactamente igual que un charco de mercurio encuentra e incorpora perlas más pequeñas de mercurio, y dejando sólo sus nombres.
Londres se convirtió en algo enorme y contradictorio. Era un buen lugar y una ciudad excelente, pero se tiene que pagar un precio por todos los lugares buenos y es un precio que todos los lugares buenos tienen que pagar.

Después de un tiempo, Richard se dio cuenta de que daba Londres por sentado; con el tiempo, empezó a enorgullecerse de no haber visitado ninguno de los lugares de interés (excepto la Torre de Londres, cuando su tía Maude vino a la ciudad para un fin de semana, y Richard se vio convertido, a regañadientes, en su acompañante).

Sin embargo, Jessica lo cambió todo. Richard se encontró los fines de semana, que, por lo demás, eran aceptables, acompañándola a sitios como la National Gallery y la Tate Gallery, donde aprendió que pasearse por museos demasiado tiempo hace que a uno le duelan los pies; que después de un rato, todos los grandes tesoros artísticos del mundo se desdibujan, mezclándose los unos con los otros; y que está casi más allá de la capacidad humana de dar crédito a algo aceptar lo que las cafeterías de los museos tienen el descaro de cobrar por un trozo de pastel y una taza de té.

Abril 30, 2008

Joao Barreiro. La verdadera guerra de los mundos.

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Editorial Bibliópolis, 1993. 224 páginas.
Tit. Or. Não estamos divertidos, A verdadeira invasão dos marcianos y Disney no céu entre os dumbos. Trad. Antonio Rivas y Jesús Gómez.

Joao Barreiro, La verdadera guerra de los mundos
Wells revisitado

Teniendo que visitar Portugal dentro del recorrido del reto 2008 quise evitar los tópicos y encontré esta novela de ciencia ficción de un autor para mí desconocido. Todo libro del género que no proviene de los USA está siempre bajo sospecha, un prejuicio que deberíamos ir exterminando e incluso darle la vuelta. Últimamente parece que es al revés.

El libro se compone de tres novelas cortas. Las dos primeras están relacionadas entre sí, aunque pueden leerse independientemente. Los títulos son los siguientes:

No nos complace

La invasión marciana ha ocurrido como en la novela de Wells, aunque este todavía no la había escrito. Aprovechando la tecnología marciana la humanidad alcanza marte. En uno de los desembarcos viaja como tripulación Wells, Verne, Edgar Rice Burroughs y dos personajes literarios, Moreau y John Carter. Encontrarán más de una sorpresa.

La verdadera invasión marciana

La humanidad vive un periodo de tranquilidad y bonanza gracias a la tecnología y el gobierno de sociedades extraterrestres. Pero Herbert Goodfellow no cree en la perfección de esta sociedad, en la que no puede leer libros que no estén aprobados por las autoridades e intentará cambiar el estado de las cosas.

Disney en el cielo entre los dumbos

El centro de la galaxia está estallando y todas las razas huyen a la periferia. Los DUmbos, una extraña especie alienígena que se alimenta de recuerdos se ha enfrentado con la humanidad. En una solitaria estación espacial un hombre recibe la visita de un Dumbo muy peculiar.

En la ficha de Bibliopolis, La verdadera guerra de los mundos hay enlaces a muchas reseñas. A mí es un libro que me ha encantado, pero entiendo lo que dice el autor en el epílogo, que los editores no se atrevían con su producto. Es ciencia ficción de la buena, pero con calidad literaria. Es posible que al aficionado medio le resulte extraño por su lenguaje y al no aficionado por su tema.

En cualquier caso, un libro excepcional. Uno quisiera más ciencia ficción de este estilo.

Reto 2008: Portugal.

Escuchando: El Uno Por Cien. Rosendo.


Extracto:[-]

Fuera chasquean los paneles de cavorita, mientras se abren y cierran en busca de apoyo en la Luna distante, esforzándose por frenar la caída contra la curvatura planetaria, por hacer que la nave acompañe al resto del enjambre. Pero nada. En las situaciones de este tipo es Murphy quien manda. Un rayo de calor procedente de las estaciones de defensa marcianas, de aquéllas que aún funcionan a base de muelles, relojería y baterías eléctricas, dotadas de dispositivos de hombre muerto —disculpemos la expresión—, barre e¡ cielo una, dos, tres veces, hasta que se le descargan las baterías. Y qué es lo que va a acertar en esa descarga inútil, si no es el módulo en el que viajan Wells, Julio, dos soldados y el piloto que ahora lucha, frenético, contra las docenas de botones, manivelas y palancas que constituyen la base móvil de las placas de cavorita. El paracaídas ardió, como acostumbran a arder los artefactos de este tipo cuando son forzados más allá del límite. Algunos paneles se bloquearon, con las clavijas carbonizadas. Otros, al estropearse los rodillos que los retenían en su lugar, se amontonaron unos sobre otros provocando movimientos descontrolados en los giroscopios del aparato. El vector de impacto se redujo, pero no desapareció por completo y se volvió aleatorio. El módulo se separó de sus compañeros, pasó sobre el ecuador e inició un descenso descontrolado rumbo a las mesetas del sur. Wells tiene el visor de un periscopio sobre la cabeza y le bastaría con alzar las manos y mirar, pero, ¿qué incauto se arriesgaría a perder un ojo por culpa de ¡as sacudidas del cilindro? La esfera de plástico rellena de gel que protegía su sueño durante el viaje se abrió, como se suponía que debía hacer; parte del líquido fue reabsorbido por el sistema de drenaje, y el resto, dado que nada funciona como es debido, se encharcaba en un extremo del módulo junto a los restos de gel de los demás cilindros. »Ciel, del, del», es el murmullo que parece salir de la gran barba del viejo Julio, pero Wells no se atreve a volver la cabeza; no es cosa de romperse el cuello antes de estrellarse contra el desierto de Marte. El viejo estafermo le martirizó el seso durante todo el viaje hasta el acelerador magnético del Congo, lo aburrió con detalles de crítica literaria, lo acusó de inventar, de no ser científicamente riguroso; como si el carcamal hubiera sido todo aquello que escribió, como si bastase un cañón para llegar a la Luna. Al joven Wells le encantaría tener otros compañeros de viaje, aunque fueran socialistas o librepensadores. Pero no; la dotación era reducida y quien subvencionó este módulo fue una editorial de noveluchas francesa. A causa de eso aquí está él: el creador de la novela científica codo con codo con el famoso escritor de Viajes extraordinarios, junto a unos cuantos soldados indispuestos que acaban de vomitar hasta la comida de hace un año y contribuyen así, con un poco de sí mismos, al caos de ese módulo extraviado. Otra sacudida. Rechinar de las juntas. La sensación de que el estómago quiere salir por la boca e ir de viaje muy lejos de allí, qu’est-ce que c’est ça, y el piloto que explica desde la proa:

—Estamos salvados. El paracaídas de emergencia se ha abierto…

No; a Wells no le complace nada de nada. Un reportaje no debería terminar así. Pero fíate de la tecnología robada a un pulpo, aunque se haya perfeccionado en las fábricas del Kaiser Guillermo. Si es que aún sobreviven algunas de estas criaturas pensantes, en las orillas de los canales casi secos. Si es que este planeta horrible aún consigue mantener un ecosistema capaz de maravillar a Charles Darwin. Wells lo duda. Duda que funcionen los sistemas de seguridad del módulo, que las placas de cavorita que quedan puedan mantener la nave de una pieza, que el piloto consiga abrir las hélices de frenado. Wells insistió un sinnúmero de veces en que un sistema de autogiro no sería funcional en una atmósfera menos densa, pero, ¿quién escuchó? Desde luego, no el froggy de Julio, que sostenía que no habría ningún problema por abrir una escotilla en pleno vacío.

Wells entrelaza los dedos tras la nuca, suspira, encomienda su alma a un creador cuya existencia siempre puso en duda, confía en que su estómago se dé cuenta de que la tráquea no es el lugar que le corresponde, se recuesta en el asiento que se le ajusta solícito a la columna, cierra los ojos pensando en que le apetecería fumarse una última pipa y, a continuación, llega un estruendo, y otro, y otro más. Las puertas de los compartimentos de carga se abren y vomitan su contenido: cascos, fusiles, comida seca y botellas de agua. «Ciel, del», insiste el gabacho. Los soldados dicen cosas peores: maldiciones que no es conveniente repetir delante de las damas. El cilindro rebota una vez, dos, tres; hace carambola contra un peñasco y desciende, rodando, por una pendiente que parece que no va a acabarse nunca, hasta que, por fin, se detiene.

Sorprendido, Wells descubre que aún sigue vivo. Que ha llegado a Marte. Él, y el piloto, los dos soldados y el viejo Julio, que seguro que está ya esbozando uno más de los insoportables pastiches que se venden allá en su tierra como rosquillas.

Wells sigue vivo, pero la situación no le complace en absoluto.

Abril 16, 2008

Bob Shaw. Periplo Nocturno.

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Ediciones Orbis, 1986. 224 páginas.
Tit. Or. Night walk. Trad. José María Aroca.

Bob Shaw, Periplo Nocturno
Los ciegos guiarán

Bob Shaw es conocido por su invención del vidrio lento, un concepto en mi opinión sobrevalorado. Pero es el autor de la desternillante ¿Quién anda ahí?, novela que no me canso de releer y siempre consigue hacerme reir. También es conocida su trilogía de los astronautas harapientos.

Periplo nocturno fue su primera novela, y no está nada mal para empezar. Un espía terrestre se ve acorralado en el planeta Emm Lutero -regido por un gobierno ultrareligioso-. En su mente está uno de los secretos más importantes del universo: la posición de un planeta completamente habitable. La humanidad se ha esparcido por el cosmos, pero el viaje intergaláctico sólo puede hacerse a través de unos portales que pasan por el espacio cero, cuya geometría nadie ha conseguido descifrar salvo por ensayo y error. Al capturarlo uno de sus perseguidores lo deja ciego y es encarcelado. Su fuga parece completamente imposible, a menos que…

Me ha recordado -vagamente- a Tigre, tigre, también hay una sorpresa final que puede cambiar el mundo. Novela de entretenimiento, bien escrita, con tecnología quizás inverosímil pero que no defrauda. A veces es más placentero una obra menor redonda que una obra maestra fallida. Éste es uno de esos casos.

Reto 2008: Irlanda.

Escuchando: Mama Cita. Blonde Redhead.


Extracto:[-]

Tallon abrió los ojos. La habitación estaba llena de hombres con los uniformes grises de la fuerza de seguridad civil P.S.E.L. Portaban pequeñas armas, la mayoría de ellas con las embocaduras en forma de abanico de las pistolas-avispa, pero Tallon vio varias bocas circulares pertenecientes a un tipo de arma más tradicional. Los rostros de aquellos hombres reflejaban diversión y desden, y algunos de ellos aparecían marcados aún con leves líneas sonrosadas dejadas por las máscaras que les protegían del gas psiconeural. Su estómago eructaba ruidosamente con cada movimiento respiratorio, pero Tallon encontró la náusea física insignificante comparada con el torbellino emocional que todavía sacudía sus sentidos. El shock físico estaba mezclado con una insoportable sensación de ultraje, de haber sido invadido, abierto en canal y clavado a la mesa de disección como un ejemplar de laboratorio. Myra, amor mío… lo siento. Oh, bastardos, sonrientes y asquerosos…
Se tensó por un instante, dispuesto a saltar hacia adelante, y luego se dio cuenta de que estaba reaccionando tal como se esperaba que lo hiciera. Por eso habían utilizado un derivado del LSD en vez de un simple gas anestesiante. Tallon se obligó a sí mismo a relajarse; podía encajar todo lo que Kreuger, Cherkassky o Zepperitz pudieran darle, y lo demostraría. Viviría, en un razonable estado de salud, aunque sólo fuera para leer todos los libros de la biblioteca de alguna prisión.

—Muy bien, Tallon —dijo una voz—. El autocontrol es muy importante en su profesión.

El que había hablado se situó en el campo visual de Tallon. Era un hombre enjuto, de rostro chupado, que llevaba la chaqueta negra y la golilla blanca de un funcionario del gobierno de Emm Lutero. Tallon reconoció el afilado rostro, el cuello verticalmente arrugado y la incongruente ondulada cabellera de Lorin Cherkassky, número dos en la jerarquía de los servicios de seguridad.

Tallon asintió impasiblemente.

— Buenas tardes. Me preguntaba…

—Hágale callar —interrumpió un rubio de hombros muy anchos que llevaba los galones de sargento.

—No se preocupe, sargento —dijo Cherkassky, haciendo señal al joven para que se apartara—. No debemos desalentar al señor Tallon si desea mostrarse comunicativo. Durante los próximos días tendrá que contarnos un montón de cosas.

—Me alegrará contarles todo lo que sé, desde luego —dijo Tallon rápidamente—. ¿De qué serviría tratar de ocultarlo?— ¡Exactamente! —La voz de Cherkassky fue un excitado aullido, que le recordó a Tallon la notoria inestabilidad del hombre-. ¿De qué serviría? Me satisface que lo vea de ese modo. Ahora, señor Tallon, ¿contestará a una pregunta inmediatamente?

— ¿De qué se trata? Sí.

Cherkassky se dirigió hacia la cómoda, moviendo la cabeza sobre el largo cuello como un pavo real a cada paso, y sacó la vacía pistola automática de uno de los cajones.

— ¿Dónde está la munición para esta arma?

—Allí. La tiré al cubo de la basura.

—Comprendo —dijo Cherkassky, agachándose para recuperar el cargador—. La ocultó usted en el cubo de la basura.

Tallon se removió en su asiento, inquieto. La cosa era demasiado infantil para ser cierta.

—La tiré al cubo de la basura. No la quería. No quería causar problemas —afirmó, sin levantar la voz.

Cherkassky asintió con una sonrisa.

—Eso es lo que yo diría si estuviera en su situación. Sí, es casi lo mejor que podría decir—. Deslizó el cargador en la culata de la pistola y se la entregó al sargento—. No pierda esto, sargento. Es una prueba.

Tallon abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla bruscamente. El mismo infantilismo de los procedimientos era una parte importante de la técnica. No hay nada más irritante, más frustatorio, que verse obligado a actuar como un adulto mientras todo el mundo a nuestro alrededor se comporta con una malicia juvenil. Pero él lo encajaría todo sin derrumbarse.

Siguió un largo silencio durante el cual Cherkassky le observó atentamente. Tallon permaneció completamente inmóvil, tratando de rechazar las ráfagas de brillantes recuerdos que le asaltaban ocasionalmente, imágenes de Myra llena de vida, con su piel blanca y sus ojos color whisky. Adquirió consciencia de los barrotes del asiento hundiéndose en la parte posterior de sus piernas, y se preguntó si cualquier movimiento por su parte provocaría el impacto múltiple de una pistola-avispa. La mayoría de las autoridades la consideraban como un arma humanitaria, pero Tallon había interceptado en cierta ocasión y accidentalmente una carga entera de los diminutos dardos llenos de droga, y la subsiguiente parálisis le había causado treinta minutos de agonía.

Abril 4, 2008

Karel Capek. La Guerra de las Salamandras.

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Ediciones Gigamesh, 2003. 240 páginas.
Tit. Or. Vàlka s Mloky. Trad. Ana Falbrová.

Karel Capek, La Guerra de las Salamandras
Esclavos marítimos

Conocía a Karel Capek por ser el inventor de la palabra Robot -aunque parece que no fue él, sino su hermano. Desde entonces tenía ganas de leer algo suyo; sabía que tenía como obras famosas R.U.R. y esta Guerra de las salamandras, pero lo primero que encontré de él fue una edición en catalán de Contes de una butxaca. Muy buenos.

Como el libro que traigo aquí hoy, reeditado por Gigamesh y escrito en una fecha tan temprana como 1936. Un marino descubre en una isla a una especie anfibia, bípeda y que parece tener inteligencia. Los lugareños los consideran demonios pero el marino considera que podrían ser de mucha ayuda para buscar perlas. Consigue que un industrial apoye su idea y traslada ejemplares por todo el mundo: será el comienzo de una nueva época.

La historia de las salamandras es una excusa para realizar una fina crítica a la sociedad. Desde el esclavismo con el que se trata a las salamandras, que por otro lado han dado muestras de ser inteligentes, hasta el camino hasta el desastre que nadie es capaz de evitar, pasando por la frivolidad de las masas. Los defectos que retrata todavía pueden verse en nuestros días, así que mantiene totalmente su vigencia.

Aprovechen la reedición -lo he visto en varias librerías- para leer a un autor que les sorprenderá.

Dos reseñas -mejores que la mía-: La guerra de las salamandras (sitio de ciencia ficción) y La guerra de las salamandras (en pjorge)

Reto 2008: República Checa.

Escuchando: Um Girassol Da Cor De Seu Cabelo. Milton Nascimento & Lô Borges.


Extracto:[-]

Si busca usted en el mapa la islita de Tana Masa, la encontrará exactamente en el Ecuador, un poco al oeste de Sumatra. Pero si pregunta al capitán J. van Toch, a bordo del Kandong Bandoeng, qué es esa Tana Masa ante la cual acaba de echar anclas, maldecirá un rato y, después, le dirá que es el agujero más sucio de toda esta zona de los Estrechos, aún más miserable que Tana Bala y al menos tan maldito como Pinos o Banka; que el único hombre, con perdón, que vive allí, —sin contar, desde luego, a los piojosos batacos—, es un agente comercial borracho, un mestizo de cubano y portuguesa, y más ladrón, pagano y guarro que el cubano y la blanca juntos; y que si en el mundo hay algo maldito, señores, es la maldita vida en esa maldita Tana Masa. Después de lo cual, probablemente, le preguntará usted por qué, entonces, echó en ese lugar las malditas anclas, como si pensara quedarse tres malditos días, y Van Toch refunfuñará irritado y murmurará algo parecido a esto: que «el Kandong Bandoeng no navegaría hasta aquí solamente por la maldita copra o por aceite de palma, eso es fácil de entender y, además, a ustedes no les importa y hagan el favor, señores, de ocuparse de sus propios asuntos». Y maldecirá con tanta fluidez y amplitud como corresponde a un viejo capitán de barco, bien conservado para su edad.

Pero si en vez de hacerle preguntas impertinentes, deja usted al capitán van Toch jurar y maldecir para sí, acabará enterándose de muchas más cosas. ¿Acaso no se le nota que necesita desahogarse? ¡Déjelo en paz! Su amargura acabará encontrando, por sí sola, una vía de escape.

—Fíjese usted, señor —exclama el capitán—, a aquella gente nuestra de Amsterdam, a aquellos malditos judíos de allá arriba, se les ocurre de pronto: «¡Perlas, hombre! Averigüe dónde puede haber perlas.» Te dicen que la gente anda loca por las perlas y ¡nada más!

Aquí el capitán escupe asqueado.

—Está claro, ¡quieren invertir su dinero en perlas! Eso ocurre porque ustedes, todo el mundo, están pensando siempre en alguna de esas guerras o lo que sea… ¡El miedo del dinero!, eso es todo. ¡Y a esto le llaman crisis, señor mío!

El capitán van Toch duda un momento si ponerse a hablar con usted sobre cuestiones de economía política, porque, hoy en día, no se habla de otra cosa. Sólo que aquí, en Tana Masa, hace demasiado calor y uno se siente perezoso. El capitán van Toch hace un gesto con la mano y gruñe:

—¡Perlas! Es fácil decirlo, señor mío. En Ceilán las agotaron hace ya cinco años, en Formosa se ha prohibido pescarlas… Pero ellos… «…trate Vd., capitán van Toch, de encontrar nuevos bancos. Vaya usted a aquellas malditas islas, quizás encuentre en ellas algún criadero completo»…

El capitán se suena con desprecio en su pañuelo azul.

—Aquellas ratas europeas se imaginan que aquí se puede encontrar todavía algo desconocido por todo el mundo. ¡Dios mío! ¿Serán estúpidos? Como no quieran que les suene las narices a esos batacos, a ver si echan perlas… ¿Nuevos bancos? En Padang hay un nuevo burdel, eso sí, pero ¿nuevos bancos de perlas? Señores, yo conozco estas islas mejor que mis propios pantalones, desde Ceilán hasta esa maldita isla de Cliperton… Si alguien piensa que aquí se puede encontrar aún algo que proporcione alguna ganancia, pues ¡feliz viaje, señor mío! Treinta años hace que navego por estos mares y ahora quieren esos idiotas que les descubra todavía algo…

El capitán van Toch casi se ahoga de rabia al pensar en tan ofensiva exigencia.

—¡Que manden aquí a algún novato y les descubrirá tantas cosas que se quedarán boquiabiertos! Pero pedirle eso a uno que conoce el lugar como el capitán van Toch… ¡Compréndalo, señor! En Europa podrían descubrirse quién sabe cuántas cosas, pero, ¿aquí? Aquí la gente viene solamente a husmear lo que se puede zampar y, ¡ni siquiera zampar! Lo que se puede comprar y vender. Señor mío, si en estos malditos trópicos quedara todavía algo que tuviese algún precio, habría ya tres agentes, gesticulando y haciendo señas con sus sucios pañuelos a los barcos de siete naciones para que se detuvieran. Así es la cosa, señor. Yo esto lo conozco mejor que los empleados del Ministerio de Colonias de S.M. la reina… con perdón.

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