Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 9, 2012

Varias autoras. Damas del crimen.

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Damas del crimen
Comunicación y Publicaciones, 1998. 126 páginas.

Una recopilación de relatos de género negro escritos por mujeres. La lista es la siguiente:

Modelados en barro, Alicia Giménez-Bartlett
Casi humanos, Ruth Rendell
Testigo de cargo, Agatha Christie
Lo que trajo el gato, Patricia Highsmith
El asesinato de Santa Claus, P.D. James

El de Alicia me anima a leer alguna novela de Petra Delicado, el de Ruth Rendell me encantó, Patricia Highsmith me confirma su gran talento y el de Agatha Christie y P.D. James son simpáticos. Una buena selección.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (162/365)

Extracto:
Lo más cerca que había estado Garzón de un modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de Yves Saint-Laurent. El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por lo que levantó ampollas nuestra designación. Todos los compañeros acusaron al comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes, todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos, y camisas de marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier otro quehacer. Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir denostando al Capital. En tiempos del subinspector…, bueno imagino que con tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse feliz.

febrero 3, 2012

Alejo Carpentier. Guerra del tiempo.

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Alejo Carpentier, Obras completas
Recodos del tiempo

En esta edición bajo el título de Guerra del tiempo parecen los siguientes relatos:

Viaje a la semilla
Semejante a la noche .
El Camino de Santiago
El acoso

Todos tienen algo que ver con el tiempo. En Viaje a la semilla el tiempo transcurre hacia atrás y en Semejante a la noche dos situaciones distantes en el tiempo resultan ser idéntica.

Pero la joya es El Camino de Santiago donde el tiempo parece circular (no daré detalles para no estropear ninguna sorpresa). Es un de los mejores cuentos que he leído en mi vida y lo habré leído diez o doce veces siempre con placer. Esto es una recomendación en toda regla.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (156/365)

Extracto:
Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel atardecer le repicaba quedo en el parche mal abrigado por el ala del sombrero, todo había de parecerle un tanto aneblado —aneblado como lo estaba ya por el aguardiente y la cerveza del vivandero amigo, cuyo carro humeaba por todos los hornillos, un poco más abajo, cerca de la iglesia luterana que habían transformado en caballerizas. Sin embargo, aquel barco traía una tal tristeza entre las bordas, que la bruma de los canales parecía salirle de adentro, como un aliento de mala suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas viejas, de colores mohosos; tenía pelos en los cordajes, musgos en las vergas, y de los flancos sin carenar le colgaban andrajos de algas muertas. Un caracol, aquí, allá, pintaba una estrella, una rosa gris, una moneda de yeso, en aquella vegetación de otros mares, que acababa de podrirse, en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas dormidas entre paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de pómulos hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera sufrido el mal de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una faluca que les había arrastrado hasta el muelle, con gestos que no expresaban, siquiera, el contento de ver encenderse las luces de las tabernas. La nave y los hombres parecían envueltos en un mismo remordimiento, como si hubiesen blasfemado el Santo Nombre en alguna tempestad, y los que ahora estaban enrollando cuerdas y plegando el trapío, lo hacían con el desgano de condenados a no poner más el pie en tierra. Pero, de pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el sol iluminara el crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de un sollado, aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas, plantados en medios toneles que empezaron a formar una olorosa avenida en la cubierta. Ante la salida de aquellos árboles vestidos de suntuosas cáscaras quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos, a pimienta, a canela, hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el tambor cargado en el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era cierto, pues, lo de los amores del Duque con lo que decían de los suntuarios caprichos de su dueña, ganosa siempre de los presentes que sólo un Alba, por mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las Especias, de los Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos naranjos, tan pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda, en alguna huerta de moros bautizados —que nadie los aventajaba en eso de hacer portentos con las matas—, antes de desafiar tormentas y bajeles enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el palacio de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos polvos de coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban a pedir, en aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no les bastaban ya los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos, sino que pedían invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia y esencia de flores nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo indiano que dice insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban ya con el gozque cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza de grifos, o animales con bastante lana para trasquilarlos de modo que tuvieran una melena berberisca donde prender lazos de color. Así, cuando el aguardiente del vivandero zamorano se subía a la cabeza de los soldados, había siempre quien se soltara la lengua, afirmando que si el Duque permanecía tanto tiempo en Amberes, con unos cuarteles de invierno que ya pasaban de cuarteles de primavera, era porque no acababa de resolverse a dejar de escuchar una voz que sonaba, sobre el mástil del laúd, como sonarían las voces de las sirenas, mentadas por los antiguos. “¿Sirenas?”—había gritado poco antes la moza fregona, gran trasegadora de aguardiente, que venía zapateando desde Nápoles, tras de la tropa. “¿Sirenas? ¡Digan mejor que más tiran dos tetas que dos carretas!” Juan no había oído el resto, en el revuelo de soldados que se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo comido ni bebido, por temor a que algún criado del Duque anduviese por allí y denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos que eran llevados a tierra, bajo la custodia de un alferez recién llegado, le volvían las palabras de la moza, subrayadas por un espeso trazo de evidencia. Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros entoldados que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el repentino deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca, Juan volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba a tierra una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta de pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que le quedaba libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había detenido al llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una ciudad desconocida se pregunta dónde están las casas. Al sentir el rebote de un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para irse al agua del canal, la rata echó a correr hacia la casa de los predicadores quemados, donde se tenía el almacén del forraje. Sin pensar más en esto, Juan regresó hacia el carro del vivandero zamorano. Allí, por amoscar a la fregona, los soldados de la compañía coreaban unas coplas que ponían a las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de cuernos y alcahuetas. Pero, en eso pasaron los carros cargados de naranjos enanos, y hubo un repentino silencio, roto tan sólo por un gruñido de la moza, y el relincho de un garañón que sonó en la nave de los luteranos como la misma risa de Belcebú.

febrero 1, 2012

Varios autores. Cuentos eróticos de navidad.

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Varios autores, Cuentos eróticos de navidad
Tusquets, 1999. 208 páginas.
Navidades calentitas

Lo tomé prestado de la bilioteca por el título, a ver si encontraba cuentos para mis sesiones de temática erótica o navideña, sin mayores expectativas. Pero me ha sorprendido la calidad de la selección, que incluye los siguientes relatos:

Prólogo, de Luis García Berlanga

Dorso de diamante, Mayra Montero
Sola esta noche, Manuel Talens
Ideogramas húmedos, Mercedes Abad
Nochebuena con nieve, Leonardo Padura Fuentes
La amiga de mamá, Javier Cercas
Dulces sueños, Eduardo Mendicutti
El niño y la sirena, José María Álvarez
El sabor, Felipe Benítez Reyes
Un árbol en el jardín, Ana María Moix
Otra Navidad en familia, Luis Antonio de Villena
El hogar del fuego, Andrés de Luna
Tres reyes, Abilio Estévez
Perro negro, Irene González Frei

La anodina y fea portada no me hizo sospechar la alta calidad literaria del contenido. Además dos de los cuento ya los había oído a otros narradores que debieron pensar lo mismo que yo. En ocasiones el erotismo te hace subir la temperatura, en otras es la ternura o el humor lo que te atrae, pero casi todos los cuentos me han gustado mucho. Tanto que me apena tener que devolverlo a la biblioteca.

El único pero es que la relación del cuento con la navidad es muchas veces circunstancial, podrían transcurrir en semana santa o un día de cada día. Por eso los que están realmente unidos a la navidad tienen más valor.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (154/365)

Extracto:
En la bulliciosa ciudad de Istahad había una vez un joven talabartero, de nombre Asrum, que, nada más dar término a sus faenas, cerraba su taller y se iba por las huertas anochecidas a robar fruta, pues era mucha la afición que a su dulzor le había cogido y era mucho el dinero que esa afición le costaría si no le diese satisfacción mediante el hurto.
Le gustaban a Asrum los dátiles, sí, y los célebres nísperos de las tierras de Játuba, y los carnales damascos; cualquier fruta le gustaba en realidad, pero de todas ellas sentía predilección por los frutos morados de la higuera breval, y a cestas los robaba él cuando era temporada.
Un día de tantos, aunque especialmente caluroso, se hallaba Asrum sentado a la puerta de su taller, repujando pellejos, cuando oyó casualmente una conversación entre dos vecinos: «Escucha lo que voy a decirte, Karim Al-Hahchah: si los higos de las mujeres tuviesen el mismo sabor que los higos que dan las higueras de Egipto, ellas serían felices por comidas y nosotros dichosos por glotones. Ten en cuenta, además, que si el higo de las mortales tuviese sabor a higo verdadero, más nos valdría prevenirnos de imaginar siquiera qué sabor habrían de tener los higos de las huríes que nos esperan impacientes en el Paraíso», y ambos vecinos rompieron a reír.
Tras oír este descabellado parlamento, Asrum dejó la gubia en su regazo y se puso a meditar: «Creo que en esa obscenidad que acabo de oír se esconde la llave de mi buenaventura: sólo lograré ser feliz si encuentro a una mujer cuyo sexo tenga sabor a higo de higuera breval, pues ése es el sabor que más me gusta». Y no es que Asrum tuviera la razón extraviada, según pudiera desprenderse de esta insensata conclusión, sino que de repente se había acordado de la enseñanza que le ofreció una vez un mago hambriento y errante, natural de Catay, a cambio de una torta de avena: «El sabor de tu vida dependerá del sabor de la fruta que comas. Si comes frutas acidas, acida será tu vida. Si dulces, dulces serán tus días sobre la Tierra. Si insípidas, serán insípidas tus horas. Todo depende de la fruta que elijas morder en la vida. Y, por raro que parezca, se puede elegir en muchos casos». En su día, Asrum, como es natural, atribuyó este consejo a la afición legendaria de los de Catay a la alegoría y a la parábola, pues de suyo son las gentes de allí muy aficionadas a componer guirnaldas de lotos y de alas de mariposa con el más inconsútil de los pensamientos, pero de pronto, al recordarlo, se le reveló aquel consejo con la contundencia de un dogma: «El sabor. Todo depende del sabor», se dijo Asrum, «y a mí me gusta, más que cualquier otra, la fruta que da la higuera breval, de modo que si quiero ser feliz, debo encontrar a una mujer que me respete y que tenga sabor a breva, y espero que Alá no me confunda en esa búsqueda, sino que, por el contrario, me ilumine en ella, pues ha de resultarme sin duda fatigosa», pensó Asrum, meditabundo, y prosiguió: «He oído a los hombres contar muchas cosas sobre los cuerpos de las mujeres, pero jamás he oído a nadie decir que alguna de ellas tuviera en la parte más secreta de sí el sabor de la breva. La textura sí, pero no el sabor».

enero 24, 2012

Varios autores. Habrá una vez.

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Habrá una vez
Alfaguara, 2002. 542 páginas.
Selección, traducción y prólogo: Juan Fernando Merino.
Antología del cuento joven norteamericano

Con una rebajilla en una librería de viejo me hicieron un buen regalo de reyes mis suegros. Los lectores somos muy fáciles de contentar. Una antología que reúne los siguientes cuentos:

La punta, Charles D’Ambrosio
El amor no es pera en dulce, Amy Bloom
Incursión nocturna, Brady Udall
Brownsville, Tom Piazza
Una cuestión temporal, Jhumpa Lahiri
Frenillo, John Fulton
El bar de nuestra desdicha reciente, Elizabeth McCracken
Terapia, Elissa Wald
Nada, Judith Ortiz Cofer
Entre la piscina y las gardeni, Edwidge Danticat
En la costa de los arándanos, Michael Byers
Turbulencia, Joshua Henkin
El ancho mar, Tony Earley
El circo, Maggie Estep
Frente unificado, Antonya Nelson
Pejerrojo, Rick Bass
El enemigo, Josip Novakovich
Una banca en el parque, Judy Budnitz
Aserrín, Chris Offutt
Navidad, Jamaica Plain
Melante, Rae Thon
En un día como éste, Gish Jen
Lenguaje corporal, Diane Schoemperlen
El aparador Sutton, Pinckney Benedict
Algunos dicen que el mundo, Susan Perabo
Mejorando mi promedio, Kate Wheeler

En esta reseña: Habrá una vez se habla en profundidad del libro, y estoy bastante de acuerdo con lo que dice.

La calidad técnica de los relatos es muy alta, debido, parece ser, a los diferentes talleres de escritura que allí se imparten. Hay una calidad mínima que se cumple en todos los casos.

Pero no todos los relatos son igual de buenos. Destaca, con mucho, Una cuestión temporal, de Jhumpa Lahiri, posiblemente porque junto a la buena prosa también se cuenta una historia conmovedora.

Por otro lado no sé si es cosa del seleccionador o de las tendencias, pero todos los relatos son bastante realistas. Aquí no vemos morirse a ninguna nevera. Me cuesta creer que no haya algún autor que despegue los pies de la tierra.

Calificación: Bueno, y algunos muy buenos.

Un día, un libro (146/365)

Extracto:
El aviso les informaba de que era una cuestión temporal: durante cinco días habría un corte de energía a partir de las ocho de la noche. Una línea se había estropeado con la última tormenta de nieve y los técnicos de la compañía eléctrica iban a aprovechar el clima más benigno de principios de la noche para repararla. El trabajo afectaría solamente a las casas en la apacible y arborizada calle —a muy corta distancia de una hilera de tiendas con fachada de ladrillo y un paradero del tranvía— en la cual Shoba y Shukumar vivían desde hacía tres años.
—Al menos tienen la gentileza de avisarnos —reconoció Shoba después de leer el aviso en voz alta, dirigiéndose más a sí misma que a su marido. Permitió que la correa de su bolso de cuero, rebosante de carpetas, se deslizara desde sus hombros, y dejó el bolso en el vestíbulo mientras caminaba hacia la cocina. Vestía un impermeable azul marino de popelina, pantalones de sudadera de color gris y unas zapatillas blancas de tenis, y a sus treinta y tres años presentaba un aspecto muy cercano al tipo de mujer al que, según había asegurado alguna vez, no se parecería jamás.
Acababa de llegar del gimnasio. El lápiz labial sabor de arándano resultaba visible sólo en las comisuras y el delineador le había dejado manchones de carboncillo debajo de las pestañas.

enero 22, 2012

Sergi Bellver (ed). Chéjov comentado.

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Sergi Bellver (ed), Chéjov comentado
Nevsky Prospects, 2001. 312 páginas.
Trad. James y Marian Womack.
De lujo

Este libro es la antítesis de lo que acostumbro, ediciones de clásicos de cualquier manera en baja calidad. Aquí encontramos una edición cuidada, portada de lujo, traducción impecable y acompañada de comentarios de los nuevos nombres de la narrativa actual.

Chéjov sigue figurando como influencia principal en los escritores de cuentos, así que el libro funciona también como homenaje a una figura ilustre que tal vez no tiene toda la fama que se merece. La lista de cuentos es la siguiente (debajo el título del comentario y el autor):

Las bellas (1888)
Et uera incessu patuit dea, Luis Alberto de Cuenca
El misterio (1887)
Déjenme en paz, Ignacio Ferrando
Casa con mezzanina (1896)
Pinceladas o sílabas, Eloy Tizón
Quiero dormir (1888)
Niños jugando en el techo, Eduardo Halfon
El hombre enfundado (1898)
El veterinario Iván Ivánich, Salvador Luis
El violín de Rothschild (1894)
El alma de Yákov, Marta Rebón
En Moscú (1891)
Temblad, filisteos, Óscar Esquivias
Tristeza (1886)
La ciudad precipitada, Víctor García Antón
Enemigos (1887)
Apoteosis del conflicto, Ricardo Menéndez Salmón
Desdicha (1885)
Bajo la superficie, Jon Bilbao
Incidente ocurrido a un médico (1898)
La grandeza de lo nimio, Care Santos
Grisha (1886)
Nuestro sótano, Matías Candeira
Confesión, u Olía, Zhenia, Zoia (1882)
Contra Chéjov, Paul Viejo
Pequeneces (1886)
Razones poco literarias, Elvira Navarro
El amanuense (1886)
Fábula humana, Juan Carlos Márquez
Ostras (1884)
Pequeños tesoros, Hipólito G. Navarro

Es difícil explicar lo que he disfrutado con este libro. No sé si será por la traducción, pero cuentos que ya había leído me han causado más impresión. Quiero dormir me dejó mal cuerpo. En este aspecto, un diez.

Aunque no suelo juzgar el continente hay que reconocer que la estética de Nevsky Prospects es muy cuidada y que al libro le viene al pelo. O sea, que además hace bonito en la biblioteca.

Los comentarios, un poco de todo. Hay gente que no deben tener mucha costumbre y se limitan a salir del paso. Otros comentan su experiencia con el autor y es interesante. Algunos iluminan el texto, con lo que se enriquece. Y otros, como Oscar Esquivias, se inventan una historia que por si sola ya merece la pena.

Para poner en un lugar de honor en la estantería.

Calificación: Chejov es imprescindible, así editado, todavía más.

Un día, un libro (144/365)

Extracto:
Como una cosa es lo que uno piensa y otra lo que hace, reconozco que la invitación para participar en «aGGiornare tHe clAsicosü!» me hizo ilusión. Cuando recibí el correo electrónico sentí algo parecido al orgullo y hasta al patriotismo. La Comisión Europea encargaba a un escritor de cada país de la Unión y a un ruso la «demolición» (empleaban esa palabra) de un clásico de su literatura para después reconstruirlo «desde una mirada rabiosamente actual, postpostmoderna» (el logotipo del programa era un retrato de Ibsen disfrazado de drag queen, con eso está dicho todo). Alguien en Bruselas (seguramente un funcionario con un sueldazo, dedicado a la inverosímil labor de repartir alpiste entre los artistas) había decidido que los ojos rabiosos de esa postpostmodernidad en España eran los míos, con mis dioptrías, mis gafas de pasta y mi ligero estrabismo. Este gentil funcionario me asignó El príncipe constante de Calderón, obra ignota para mí: el título me sonaba vagamente, pero nunca la había leído, ni visto representada, y ni siquiera sabía de qué iba. Aún así, acepté al instante, no fuera que buscaran a otro dramaturgo más joven, más alternativo y más estrábico que yo: al fin y al cabo, se trataba de demoler a Calderón, así que poco importaba lo que el viejales barroco hubiera escrito, yo sólo tenía que aplicarme con la piqueta. La oportunidad era maravillosa: mi versión la representaría primero (y bajo mi dirección) la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Madrid y después, traducida al ruso, el Teatro-Taller de Piotr Fomenko en Moscú, durante un gran festival en el que programarían todas las obras de «aGGiornare tHe clAsicos!!!»: por allí desfilarán, como en la cabalgata del Orgullo Gay, Goldoni, Schiller, Moliere, Shakespeare, Mrozek, Ionesco, Chéjov y unlargoetcétera (los otros supuestos clásicos sólo los conocen en su pueblo y no me acuerdo de sus nombres). Por supuesto, me pagaban una millonada, aparte de la estancia en Moscú durante los ensayos y las representaciones, así que ¡vivan la postpostmodernidad y la Unión Europea!
Antes de leer el texto de Calderón ya había decidido que el príncipe fuera princesa y que apareciera caracterizada como Le PetitPrince de Saint-Exupéry, pero sin pantalones, con la vulva peluda al aire para simbolizar la obsesión por la honra de nuestros autores del Siglo de Oro (que a mí me parece más bien el Siglo de Plomo: me aburren a muerte esas comedias llenas de labradores, comendadores, maestres de Calatrava, criados bufos, ripios baratos y moralina santurrona). Calderón resultó un hueso duro de roer y no se dejó tumbar así como así. El príncipe constante trata sobre el largo cautiverio de un príncipe cristiano ultranacionalista, que prefiere permanecer preso de los moros antes de que lo canjeen por la ciudad de Ceuta. Es un hombre aparentemente asexuado: durante todo su encarcelamiento no añora a ningún amor, no se hace pajas… Eso lo arreglé yo en mi versión, por supuesto. Mi princesa no deja de masturbarse mientras recita fríamente sus monólogos. Por su parte, todo el reparto masculino aparece completamente desnudo, con prótesis de penes erectos (por experiencia sé que los actores son incapaces de aguantar una erección en escena, salvo los profesionales del porno, que son carísimos de contratar y se les da mal hablar en verso y hablar en general). Las murallas de Fez y Tánger (que es donde se ambienta la obra) están simuladas por decenas de aparatos de televisión apilados donde se emiten de forma continua primeros planos de penetraciones anales, alternadas con imágenes de las familias reales europeas actualmente reinantes. Todo esto para subrayar que el gran tema subterráneo de la obra, lo que de verdad le interesaba a Calderón —y nos interesa a los espectadores del siglo xxi—, es el sexo.

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