Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Marzo 16, 2010

M. I. Finley. Aspectos de la antigüedad.

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Editorial Ariel, 1975. 300 páginas.
Tit. Or. Aspects of antiquity. Trad. Antonio Pérez-Ramos.

M I Finley, Aspectos de la antigüedad
Seguimos con fragmentos de esta obra.

El origen del cosmopolitismo con Diógenes:

Pero a continuación viene el punto que Diógenes acometió con demasiada energía y en el que llegó demasiado lejos. Al preguntarle de dónde era, respondió. Yo soy un ciudadano del mundo, lo que en lengua griega se expresa con un solo vocablo: Kosmopolités. Diógenes acuñó tal palabra y, con ello, volvió la espalda a siglos enteros de historia helena. Había sido un axioma entre los griegos que su superioridad descansaba en el hecho de ser ciudadanos de ciudades libres, ya fuera de Atenas, Corinto, Tebas o Siracusa. Sócrates prefirió morir antes que abandonar su polis. Platón aborrecía el modo en el que Atenas se gobernaba y proponía reformas radicales, pero todas ellas iban dirigidas a una ciudad aislada y autónoma. Incluso Aristóteles, a pesar de las conquistas de su discípulo Alejandro, afirmó que ninguna polis estaría bien gobernada si sus ciudadanos eran tan numerosos que no se conocían entre sí, o su tamaño tal que la voz del heraldo no «podía oírse de un lado a otro. Diógenes dio al traste con todo esto, juzgando que la ciudad no era también sino algo externo e innecesario, al igual que la riqueza o el matrimonio.

¿Qué hubiera pensado el filósofo cínico del Cosmopolitan?

La paradoja de la doctrina cínica, de arrabalera a respetable:

Pero, sea cual fuere la correcta, lo importante es que Diógenes se conquistó sus secuaces entre los heatniks de la Grecia del siglo iv, y era inevitable que las gentes respetables de entonces pensasen que se trataba de perros. La manera cínica de vivir, visible a todo el que quisiera mirar (por cuanto que aquéllos vivían y predicaban en lugares públicos, al aire libre y no en cafés o clubs especiales), tenía todas las trazas de una interpretación demasiado literal de las analogías con los brutos, favorita de Diógenes. Sólo podemos hacer conjeturas en cuanto a qué es lo que atraía individualmente a sus discípulos, aunque los motivos variasen desde, en algunos casos, una insatisfacción legítima y comprensible con las ideologías y creencias al uso, hasta el fracaso personal, la decadencia y el puro vicio en otros. No es difícil encontrar paralelismos en todo lo que viene durando la historia, y también en nuestro propio tiempo.

Lo que, sin embargo, no se presagiaba inevitable era el éxito a largo plazo de los cínicos y su pronta ascensión a la perfecta respetabilidad. Los estoicos, por ejemplo, los reivindicaron como antecesores directos suyos. El principal discípulo de Diógenes, Crates, un acaudalado tebano que voluntariamente abandonó sus riquezas y adoptó el modo cínico de vivir, fue el maestro de Zenón, el fundador del estoicismo. No se hizo ningún esfuerzo por ocultar tal vínculo ni por pedir excusas por él. Por el contrario, es en los escritos de estoicos posteriores, de hombres como Dion Crisós-tomo y Epicteto, en donde podemos leer las más extensas y favorables exposiciones de la filosofía de Dio-genes. Y el estoicismo fue, en la baja Antigüedad, ‘a filosofía comme il faut por excelencia, didáctica, intensamente moral, y, al fin y a la postre, la más elegante de todas las filosofías. Entre los principales estoicos romanos se cuentan hombres como Séneca y el emperador Marco Aurelio. Incluso en el siglo rv d. de C, Juliano el Apóstata, el último emperador pagano, un notable intelectual de fuerte vena estoica, aún cantaba las alabanzas de Diógenes. Aristócratas romanos de menor inclinación filosófica tenían en los jardines de sus villae estatuas marmóreas de los primeros sabios cínicos, junto con sus retratos y los de los emperadores y dioses.

Así pues, se da aquí una paradoja: las generaciones posteriores de maestros cínicos no se convirtieron personalmente a la respetabilidad. Lo que sí se tornó respetable fue la doctrina cínica, si puede llamarse así, mientras que los cínicos practicantes seguían siendo beatniks y chiflados, groseros predicadores y embaucadores taumaturgos.

Otra paradoja ¿Es revolucionaria la actitud de Diógenes (y de paso la actitud de muchos jóvenes)?:

Diógenes no fue, en ningún sentido, un político revolucionario. Los beatniks raramente lo son. Su rechazo de los valores sociales se extiende a lo político en todas sus formas, ya se trate de los gobiernos o sistemas existentes o de cualesquiera otros. En consecuencia, aunque los guardianes de la moralidad pública quizá los consideren una molestia, el caso es que no constituyen un peligro para la sociedad en el sentido en el que incluso el más insignificante de los revolucionarios puede ser juzgado una amenaza. Por el contrario, aquéllos sirven, en ocasiones, como una fácil válvula de seguridad, canalizando resentimientos e insatisfacciones reprimidas hacia individuos probablemente desagradables pero fundamentalmente inocuos. Los hombres que prefieren los toneles a las casas, la mendicidad al trabajo, la moralidad “natural” de los brutos a las normas de conducta establecidas por los dioses, podrán escandalizar a la burguesía, pero nunca desposeerla.

La rígida y sexista sociedad romana:

Un paterfamilias romano ni siquiera necesitaba ser padre: se trataba de un término legal y se aplicaba a cualquier jefe de una casa. Sus hijos ilegítimos eran a menudo excluidos, incluso cuando su paternidad se reconocía abiertamente, y, al mismo tiempo, su hijo y heredero podría ser un extraño al que había adoptado de acuerdo con las correctas formalidades de la ley. En teoría, este poder —sobre la esposa, sobre hijos e hijas y sobre las mujeres e hijos de sus hijos, sobre sus esclavos y su propiedad— era absoluto y escapaba a todo control, concluyendo únicamente a su muerte o bien por un acto voluntario de “emancipación” previa de sus hijos. Aún en el siglo rv d. de C. un edicto de Constantino, el primer emperador cristiano, seguía definiendo tal poder como derecho “sobre vida y muerte”. Se trataba de una exageración, pero la verdad no andaba lejos.

Salvo excepciones relativamente menores, una mujer estaba siempre en poder de algún varón: de su paterfamilias, de su marido o de algún tutor. En los tiempos más antiguos el matrimonio comprendía una ceremonia formal en la que la novia le era entregada al esposo de manos del paterfamilias: éste la “expulsaba” del hogar en sentido literal. Después, cuando los llamados matrimonios “libres” se tornaron cada vez más corrientes —libres de las antiguas formalidades, y no en el sentido de que marido o mujer hubiesen realizado una elección libre de su cónyuge—, la mujer siguió estando legalmente sometida al paterfamilias. El divorcio, la viudedad y las segundas nupcias produjeron más complicaciones y requirieron más reglas. ¿En quién descansaban los derechos de dote y herencia?

La esclavitud en el mundo antiguo es un problema más complejo de lo que se cree, y los vendedores de esclavos no estaban muy bien vistos:

Séneca era uno de los hombres más acaudalados de su tiempo, y ello en una época (él siglo i d. de C.) de fortunas enormes y lujosos trenes de vida, y, por supuesto, era poseedor de su lote de esclavos. En una de sus Epístolas Morales (la XLVII) insiste en que el esclavo tiene un alma igual que cualquier hombre libre; como tú y como yo, afirma. De aquí concluye que con ellos se debiera vivir como en familia, comer en su compañía, conversar con ellos, inspirarles respeto y no temor —todo menos liberarlos—.

Séneca era romano, pero su actitud es más helena que romana. Para los griegos, como Nietzsche hizo notar de manera epigramática en una ocasión, tanto el trabajo como la esclavitud eran “una desgracia nece¬saria de la que uno se avergüenza, a la vez como desgracia y como necesidad”. Sería más correcto decir que la vergüenza era por lo general inconsciente; uno de los signos de ello es el casi completo silencio de los autores contemporáneos hacia lo que seguramente era la cara más repugnante de la institución, a saber, el comercio de esclavos propiamente dicho. La excepción fortuita por lo general le da un sesgo especial a este extremo. Así Heródoto nos cuenta un relato sobre un traficante de Quíos llamado Panionion, que se especializaba en hermosos mancebos a los que castraba y a continuación vendía, a través de los mercados de Sardis y Éíeso, a la corte de los persas y a otros clientes orientales. Una de sus víctimas se convirtió en el eunuco favorito del rey Jerjes; cuando la oportunidad se le presentó, aquél se tomó la venganza apropiada sobre Panionion y sus cuatro hijos. Heródoto le aplaude, porque, en su opinión, “Panionion se ganaba la vida con la más impía de las ocupaciones”, palabras que no designan el tráfico de esclavos como tal, sino la trata de eunucos.

Marzo 15, 2010

M. I. Finley. Aspectos de la antigüedad.

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Editorial Ariel, 1975. 300 páginas.
Tit. Or. Aspects of antiquity. Trad. Antonio Pérez-Ramos.

M I Finley, Aspectos de la antigüedad
El mundo antiguo

Segundo libro que leo de Finley, autor que cada vez me gusta más. Si La grecia antigua a pesar de su tono divulgativo abordaba aspectos relativamente técnicos en este libro los artículos son más generales y en consecuencia -al menos para mí- más disfrutables.

Ha sido un libro que me ha dado pena acabar y que me reafirma en seguir leyendo las obras del autor. He seleccionado multitud de fragmentos, que voy a publicar en dos partes. Empezamos con la afirmación de que la tradición funciona en los dos sentidos:

Podríase, se sostiene, compartir parte de la experiència de un publico ateniense del siglo v que asistiese a una representación del Edipo, incluso si no se cree, hablando con rigor, en los oràculos o en “la perversidad divina que satura la tragèdia helena”. Las diferencias ideológicas, sin embargo, no agotan nuestras dificultades. Leemos (o vemos) a Sófocles, después de haber leído (o visto) a Shakespeare, y miramos una escultura arcaica griega con ojos y mentes que tienen experiència de Miguel Àngel y de Henry Moore. La gran tradición comporta dos direcciones. Como dice el doctor Leavis a propósito de Jané Austin: “esta crea la tradición que nosotros vemos remitiéndonos a ella. Su obra, como la obra de todos los grandes escritores· creativos, da significado al pretérito”. El problema de verdad crucial consiste en saber si podemos dar marcha atràs al reloj y leer a Richardson como si Jané Austin no hubiera escrito jamàs, o reaccionar ante Edipo u Orestes como si no hubiese existido Hamlet.

Intentando dar respuesta a la pregunta de ¿podemos entender a los griegos (o en general a los antiguos)? Pese a las dificultades, creo que es posible.

El comienzo de la historia moderna, con Tucídides:

Además, desde el mismo comienzo, Tucídides hizo suya otra actitud extraordinaria. La historia de los hombres, decidió, era un asunto estrictamente humano, susceptible de ser analizado y comprendido solamente en términos de modelos conocidos de conducta humana, sin la intervención de lo sobrenatural. Es imposible decidir cuáles eran sus creencias religiosas, excepto en cosas tales como que odiaba a los adivinos y agoreros que eran plaga de la Atenas en guerra: como historiador constata su existencia en varios comentarios breves y terriblemente desdeñosos. Además, aparte de algunas referencias a la Fortuna (Tyché) —referencias que no resultan fácilmente explicables— su Historia se desarrolla sin dioses, oráculos o agüeros. También aquí los escritos hipocráticos nos proporcionan el único paralelismo y, en este nivel, resulta casi increíble que Tucídides y Heródoto fueran por un tiempo contemporáneos.

Los problemas de la democracia primitiva y el precio de la libertad, o por qué no se deberían añorar los estados totalitarios:

Los elementos de esa inseguridad eran, en la Atenas del siglo v, a la vez fuertes y numerosos. Estaba la pobreza crónica de los recursos, con la sempiterna amenaza del hambre; estaba la interminable guerra contra Esparta; estaba el hecho de que, por definición, libertad y democracia eran el privilegio de una minoría y excluían a los esclavos y a los numerosos forasteros; y estaban extendidos la superstición y el irracio-nalismo. También hay que contar con una debilidad técnica del sistema. Los miembros del jurado tenían excesivas prerrogativas, en el sentido de que podían no sólo decidir si un hombre era culpable o no, sino también definir el delito que había cometido. Cuando la impiedad —y esto es sólo un ejemplo— es una suerte de cepo no hay nadie que esté seguro.

Esto es lo que puede concedérsele al mito en su versión moderna, pero nada más. La ejecución de Sócrates es un hecho y uno de los que nos revelan que la democracia ateniense no era un instrumento perfecto. De igual modo es un hecho, que tanto antiguos como modernos defensores del mito dejan convenientemente a un lado, que el proceso de Sócrates fue un caso aislado en su época. Para esto ningún testigo mejor que el propio Platón. Fue en Atenas donde éste trabajó y pensó, libre y a salvo, por la mayor parte de su larga vida; y lo que enseñó fue hostil, hasta las mismas raíces, a mucho de lo que los atenienses creían y amaban Sin embargo, nadie le amenazó ni le puso cortapisas’ Los atenienses merecen que su historia se juzgue íntegramente por las dos centurias que vivieron bajo e régimen democrático y no sólo por sus errores. Juzgad así, tal historia es admirable, un argumento para un sociedad libre. Irónicamente tanto Platón como Jenofonte (y algunos historiadores modernos) idealizaron Esparta, oponiéndola a Atenas. Esparta era, en Grecia, la sociedad cerrada por excelencia. En ella Sócrates jamás hubiera podido comenzar a enseñar, y ni a pensar tan siquiera.

Sobre la república ideal de Platón y en general de cualquier estado ideal:

Contemplando las cosas como él lo hizo, desde tan vasta distancia metafísica, a Platón le era imposible darse cuenta de diferencias importantes. Para él, la Atenas anterior, la de Milcíades o la de Pericles, ya era irredimible, porque —como escribió en el Gorgias (505 E-519 D), para apuro de sus apologistas, antiguos y modernos— incluso aquellos tan admirados caudillos no valían más que pasteleros que cebaban el cuerpo glotón de los ciudadanos con golosinas. En cuanto análisis político o testimonio histórico, tal suerte de observación es, sencillamente, nula.

Por supuesto que resulta esencial para la salud de la comunidad que haya alguien que nos recuerde que el hombre no vive sólo de golosinas. La crítica radical de los valores es una función del filósofo político, como del científico político, del historiador y del sociólogo. Pero si tal crítica ha de tener alguna validez en cuanto medida o piedra de toque de la acción práctica, y no ha de conducir al nihilismo y la abdicación de la responsabilidad social, será menester que en algún momento descienda de su estratosfera metafísica. Además, como dijo Aristóteles (Política IV, 1.295a), también “tendrá que ocuparse del modo de vida que la mayoría de los hombres pueden compartir y de la suerte de constitución que a la mayor parte de los Estados les es dable disfrutar”. De cara a tal asunto no vale de nada, continúa Aristóteles, emplear “un criterio de excelencia que esté por encima del alcance de los hombres ordinarios … o el criterio de una constitución que llegue a la altura ideal”.

Marzo 5, 2010

Andrés Amorós. La Zarzuela de cerca.

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Editorial Espasa Calpe, 1987. 284 páginas.

Andrés Amorós, La Zarzuela de cerca
Acercando el género

Releo este libro porque no recordaba nada de su contenido. Raro, porque me gusta la Zarzuela. La relectura me ha aclarado la razón de mi amnesia. No es un ensayo de Andrés Amorós, sino una colección de ensayos o tesis de alumnas suyas de un curso.

La recopilación es bastante desigual, y si bien hay algunos son interesantes, otros son bastante flojos y se limitan a transcribir con comentarios superficiales libretos de zarzuela. También, al estar escrita por manos diferentes, se repite mucha información que resulta redundante y en ocasiones cansina. Pero es lo que hay porque como se afirma en el libro:

La crítica en general ha tratado con parquedad el tema de la zarzuela. Con este trabajo pretendemos facilitar al interesado en la zarzuela un material bibliográfico que reunido, por primera vez, y comentado, pueda orientar la selección previa de fuentes que toda investigación requiere. Con este propósito se recogen aquí, si no exhaustivamente por las razones que enseguida veremos, sí en su gran mayoría, los libros, ensayos, trabajos, artículos, conferencias, etcétera, que se han escrito sobre el tema.

Al comenzar la labor de recogida de materiales para llevar a cabo nuestro objetivo, las dificultades fueron haciéndose patentes. En primer lugar, nos sorprendía la escasez de estudios monográficos sobre el tema; muchos, como se verá, sólo aluden a la zarzuela de modo tangencial, porque conviene en el momento de ocuparse de otros géneros teatrales o formas musicales; en segundo lugar, ha resultado en ocasiones difícil encontrar algunos libros, ya antiguos, de los que se hicieron tiradas muy pequeñas, o que pasaron casi inadvertidos en el momento de su publicación, o bien se trata de artículos que salieron en revistas de vida efímera o en folletos sueltos que no se han considerado dignos de pasar a la custodia de las bibliotecas españolas.

Supongo que algo habrá mejorado desde el 87, pero la Zarzuela siempre ha sido un patito feo, más desde que se asocia con un españolismo rancio con el que no tiene nada que ver. Porque el género chico compartía cartel con espectáculos como el de la Bella Chiquita, que provocó la indignación de los padres de familia de entonces:

»Ésta cree haber cumplido sus deberes morales retirando del cartel a aquella hermosa joven los días de moda, por ser éstos los de abono. (…) Pero no ha accedido a rescindir el contrato con la hermosa chiquilla, porque entiende que las funciones en que el público puede aceptar o no el espectáculo que se anuncia, sería ridículo imponerle la moralidad que pretenden los “señores padres de familia”.

»Y hace bien la empresa. Porque el que no quiera, o no pueda, o no deba presenciar escenas que lastiman la pureza de sus delicados sentimientos, que no vaya al Circo. Así de fácil.»

Seguidamente, dice que igual o mayor inmoralidad hay «en los vestidos escotados que lucen damas distinguidas en las funciones de nuestro Teatro Real.
»Porque, como tentación, es para mí mucho más irresistible la de una mujer
con el seno mal guardado a los ojos de un galán,
que todas las contorsiones y los movimientos lascivos de la Bella Chiquita.»

Destaco en negrita un consejo que se puede aplicar a los moralistas de todo pelaje y en todo tiempo. Si te parece inmoral, no vayas a verlo. He hablado de género chico que ¡ojo! no es lo mismo que zarzuela. Es una zarzuela corta y, normalmente, de temas más populares, pensada para representarse en los teatros por horas:

En la década de 1890 a 1900 son mayoría los teatros dedicados a funciones por horas con la obligada limitación del sistema con la reducción de la obra a un acto. Este teatro, que por sus dimensiones fue calificado de «teatro chico» o «género chico», y que comprendía obras en un acto con o sin música, fue enfrentado tenazmente por la crítica al «teatro grande» (obras ofrecidas en «función completa» y de dos» o más actos). Se acusó a los teatros por horas de la decadencia del teatro grande. Los defensores y los enemigos de uno y de otro desencadenarán una encarnizada polémica en la prensa y escritos de la época que durará décadas y que finalizará, aunque sin que cejen las protestas, con el definitivo triunfo del teatro chico en la última década del siglo pasado.

Que solían tener cuatro espectáculos de una hora de duración, en el que el último solía ser el de más éxito. Para acabar esta entrada en la que copio el defecto de alguna de las tesis de repetir con comentarios de poca enjundia fragmentos del libro les pongo aquí la adaptación de un cuento de Ariosto por Benavente para la zarzuela La copa encantada. En ella se reafirma la máxima ojos que no ven, corazón que no siente. Porque no siempre nos aprovecha conocer la verdad:

Interesante tesis la que se deduce de la pieza de Benavente, y que pensamos debió de causar bastante escándalo en la época. La alternativa planteada es el conocimiento de la verdad («la verdad siempre, la verdad sobre todo» [Esc. II]), que prefiere Leonato, a la felicidad («los únicos felices son los engañados») que supone el ignorar «ciertas verdades». La filosofía de los personajes Sempronio y Bartolo, que se resume en la frase de éste «Hay ciertas cosas que no adelanta nada conocerlas» (Esc. X), supone un duro golpe al sentido del honor entendido en la sociedad española del momento, y especialmente oreado en el teatro neorromántico de Echegaray. Ambos personajes, Sempronio, y todavía más Bartolo, encarnan el antihonor, la postura contraria a la que se esperaba en todo marido «ultrajado»: preferir ignorar «su deshonra», o lo que es más sorprendente para la moral de la época, no darle importancia. Así, cuando Leonato pregunta a Sempronio: «¿Habéis visto nada más ridículo que un marido engañado?», contesta Sempronio: «Eso es como todo. Hay algunos que lo sobrellevan con tanta dignidad, con tanta grandeza, que no pueden por menos de inspirar respeto…» (Esc. Ip> postura ésta que se aproxima a la tolerancia y perdón que van apareciendo en el nuevo teatro realista, tanto de Benavente como de Galdós.

Bartolo, hombre sencillo de origen humilde, se niega rotundamente a beber en la copa para compro-bar si su mujer Dorotea le engaña o no: «No soy tan necio como estos otros y como el señor Leonato, nunca entendí que a los maridos importe tanto que su mujer les engañe, siendo así que es la única falta
que ellas han de ocultarle, y así ocultarán las demás que son muchas y más molestas…» (Esc. IX), y termina Bartolo su discurso con la nota de humor que subyace en todo su alegato en defensa de la mujer, que, aunque engaña a su marido, procura por ello darle gusto en todo «para que no tenga tropiezo en qué reparar» (Esc. IX): «…Yo ahora os digo que el ser engañado no quita salud ni apetito, ni salta ojo, ni quiebra pierna ni brazo…, que eso del honor nadie sabe a punto fijo dónde cae ni a dónde para, y es mal de locos quejarse de lo que no duele.» Los caballeros que lo escuchan piensan que es un villano y un ruin, pero Maese Sempronio le apoya: «Hablas como un sabio, Bartolo, y tu filosofía es la verdadera.» Estas palabras suponen la censura definitiva al concepto del honor que había regido desde siempre en el teatro español, y desde luego una intención de quitarle trascendencia.

Febrero 22, 2010

Andreu Buenafuente. Sense Llibre.

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Editorial Planeta, 1999. 240 páginas.

Andreu Buenafuente, Sense Llibre
Orígenes

El primer programa de Buenafuente se llamaba Sense Títol y aunque yo nunca llegué a verlo algo debía tener porque fue el comienzo de una brillante carrera. Así que tocaba sacar un libro mediático explicando interioridades del programa y sucesos varios.

Normalmente este tipo de libros no suele valer mucho, pero este cumple con nota. Además de información útil para los admiradores de Buenafuente y su equipo contiene una serie de reflexiones generales que son interesantes de leer. Incluyendo la cita de Perich que inicia el libro:

¡Que maravilla, la tele! Te permite no hablar en casa y te da temas de conversación para hablar fuera de casa

La numeración de las páginas empieza por el final, originialidad que me ha gustado y que te permite saber en todo momento cuanto te falta para acabar. Algunas de las cosas que comenta Buenafuente se han mantenido a lo largo de los años, e incluso en algunas ha sido profeta. Por ejemplo, su admiración por Chiquito de la Calzada sigue incólume:

Fa molts mesos que dic «Sil» en lloc de «Sí», i «Nor» per dir que no. I el que és més preocupant: no trobo cap motiu raonable per deixar de fer-ho. Chiquito és únic. A la taula del despatx hi tinc emmarcada la postal que em va dedicar quan va venir al «Sense Títol». Doncs bé: faig com els toreros, sempre li reso una pregària abans d’afrontar una reunió important. Sé que el Gran Pare Espiritual de tota una generació d’humoristes ens observa les vint-i-quatre hores del dia i ens ajuda sempre que pot. Ja ho va dir en una entrevista: «Después de la muerte no sé si hay vida, però seguro que hay Fanta y Coca-Cola.» Això només ho pot dir un visionari. L’Església catòlica s’hauria de plantejar seriosament la beatificació de Chiquito. Però beatificar-lo en vida, eh? No fo-tem. La imatge del papa Joan Pau II al balcó de la plaça de Sant Pere, acompanyat d’un senyor baixet i calb, amb camisa estampada, esdevindria una de les imatges clau del segle xx, comparable a la caiguda del mur de Berlín, l’arribada de l’home a la Lluna o la compareixença als jutjats de Ruiz Mateos disfressat de Superman.

¿Por qué hacer un programa en directo? Porque es más fresco, el público lo disfruta más… así que aventura lo siguiente:

Assistiríem a un nou gènere anomenat «enregistrament en directe» que, potser, qualsevol dia veiem en alguna cadena. Si s’espatlla una camera en directe, continues amb una camera menys i surts del pas com pots. No hi ha cap altre remei. Normalment, fas una mica de broma, comentes el problema i a tothom li fa molta gràcia veure com un pobre home se’n surt d’aquell fangar de despropòsits. Tot queda «molt fresc i molt humà» i, si afegeixes allò de «són les coses del directe», tothom té la sensació d’haver-ho viscut abans. En canvi, si estàs enregistrant-ho, tens garantida mitja hora d’espera fins que el problema se soluciona. I la feinada més important és tractar de mantenir un clima de festa i emoció al plató. És evident que al públic no li agrada esperar, per molt que els mentalitzin abans d’entrar amb un entrepà en una mà i un refresc a l’altra. Quan vam enregistrar el programa especial de cap d’any de 1997, a Molins de Rei, vam batre tots els rècords coneguts fins aleshores. El públic va entrar al teatre cap a les quatre de la tarda i no el va abandonar fins passada la mitjanit. A la porta del teatre s’hauria de construir un monument que recordés per sempre aquelles víctimes: una estàtua dedicada a l’espectador desconegut, de mida real, amb el cul quadrat i aspecte d’estar patint una deshidratació.

Que es precisamente lo que hacer ahora: un programa en directo grabado. ¿Se puede competir con un Madrid-Barça? Pues no:

És com si el Rodríguez Picó ens fes una predicció catastròfica. Sabem que hi haurà tempesta i que «perdrem» abans de baixar de l’autobús. I és aleshores quan recordem allò que quasi havíem oblidat: que nosaltres no fem el programa per l’audiència —només faltaria!—, sinó per passar-ho bé. No tan sols tornem a dir mentides, sinó que ens les creiem; estem convençuts que, a pesar de tot, «sempre ens quedarà París, o sigui, el públic fidel del programa». Mireu: recordo un «Sense Títol» gloriós en què vam pretendre desafiar un partit del Barca pel Canal 33. Érem joves i inexperts. Més joves i més inexperts que ara, vull dir. Suposo que teníem l’autoestima més alta del que és recomanable, perquè vaig insistir al cap de programes, l’Albert Rubio: «Tu confia en mi, ja veuràs com no te’n penediràs.» Ell va provar de convènce’m, és clar; va dir que la parròquia del programa, per molt fidel que fos, miraria el futbol i passaria de nosaltres. Però jo no m’ho volia creure. «Et miraran a tu, et miraran a tu», em repetia davant del mirall del camerino. M’havia dutxat i el mirall era ple de baf; suposo que això m’impedia veure la meva pròpia imatge des-collonant-se de riure. El convidat era Gabino Diego, el programa pintava bé i no s’intuïa cap núvol de tempesta a l’horitzó. Bé: suposo que no veia cap núvol, ni res, perquè m’havia tret les ulleres abans de dutxar-me; això explica aquell atac de miopia estratègica que fins i tot un nen de sis anys hauria detectat.

Pero ahora, con las descargas y el streaming no hay esos problemas. La gente puede que no vea el programa, pero lo verá mañana en la web o se lo descargará (la mayor parte de los programas de Buenafuente se encuentran en el eMule).

Un libro de agradable lectura, aunque lo veo difícil de encontrar (yo mismo lo encontré en la calle).

Incluye una sección de fotos entre las que se pueden encontrar joyas como estas (click para ampliar):

Buenafuente Buenafuente2

Febrero 10, 2010

Michael White. Lenguas viperinas y soñadores tranquilos.

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Espasa Calpe, 2002. 460 páginas.
Tit. Or. Acid tongues and tranquil dreamers. Trad. Hugo Romero.

Michael White, Lenguas viperinas y soñadores tranquilos
Genios con mal genio

Cuando me paso por la biblioteca de la Sagrada Familia siempre aprovecho para llevarme algunos libros de divulgación científica, de los que no están mal surtidos. Éste me llamó la atención, basado en la premisa de que el enfrentamiento puede ser un buen motor del progreso científico.

Analiza los casos de Newton contra Leibniz por la prioridad del cálculo infinitesimal, el de Lavoisier y Priestley en los orígenes de la química moderna, la defensa de la teoría de la evolución por parte de Darwin y la oposición de Owen (el que acuñó la palabra dinosaurio), la lucha entre Edison y Tesla por el método adecuado de instalación eléctrica (alterna o contínua), la carrera por la bomba atómica (que no fue tal, porque alemania iba muy retrasada), el desciframiento del ADN, en el que triunfaron Watson y Crick frente al imponente Pauling, la carrera espacial entre rusos y americanos y, por último, el enfrentamiento entre Bill Gates y Larry Ellison, de Oracle (hoy sería con Steve Jobs o con Google).

El estilo periodístico del libro me chirriaba un poco al tratar de los grandes clásicos de la ciencia, pero no quedaba mal en los enfrentamientos modernos. No sé si la tesis del autor se cumple y podemos considerar la rivalidad como un acicate de la investigación, pero no cabe duda de que en algunos casos ha sido así.

Contiene una serie de datos interesantes. Por ejemplo, que el sentido de la frase a hombros de gigantes podría tener un sentido diferente:

Aunque Newton y Hooke se odiaban, mantuvieron una fingida caballerosidad en su correspondencia y en sus encuentros en la Royal Society de Londres, pero ambos adornaban sus comentarios hacia el otro con dardos envenenados. El más famoso de estos es aquel que Newton dirigió a Hooke con pretendida inocencia: «Si puedo ver más allá es porque estoy subido a hombros de gigantes». Hooke era un enano deforme.

Siempre había considerado a Tesla un iluminado, pero después de las veces que le robó la compañía de Edison le he cogido un tremendo cariño nacido de la solidaridad. Además, en la batalla de las corrientes Edison no jugó limpio:

Brown escribió un libro financiado por Edison y titulado El peligro comparativo para la vida de la corriente alterna y directa (The Comparative Danger to Life of the Alternating and Continuous Current). Era poco más que una colección de artículos de periódicos, discursos y descripciones de sus demostraciones con animales a la que había añadido informes de una serie de fuentes terriblemente espurias que condenaban el uso doméstico de la AC. A principios de 1889 escribió un panfleto, de nuevo financiado por Edison, que fue enviado a cada alcalde, político, agente de seguros y hombre de negocios prominente de cualquier población norteamericana con una población superior a 5.000 habitantes.

«Me dirijo a usted por un asunto de VIDA O MUERTE, que puede afectarle personalmente en cualquier momento», comenzaba la declaración de Brown. Continuaba menospreciando los métodos de Tesla y Westinghouse, afirmando que estaban únicamente guiados por intereses comerciales, e informaba sin verificación, de las espantosas muertes de inocentes usuarios de AC. Después de llamar a la AC «esa CORRIENTE ASESINA», Brown concluía su diatriba con el ruego a sus lectores de que hicieran todo lo que pudieran para prohibir el uso de cualquier corriente por encima de los 300 voltios en sus pueblos y ciudades, algo que ayudase a prevenir que el sistema de Westinghouse operase porque los transformadores debían estar cerca de las zonas habitadas.

Sin contar con las simpatías espiritistas de Edison:

Edison también era excéntrico en sus inclinaciones espirituales. En 1878, mientras ganaba fama como inventor, se convirtió en un activo miembro del movimiento de la teosofía, una fantástica reunión seudointelectual de místicos y ocultistas que había establecido en Nueva York Madame Helena Blavatsky en 1875. Los miembros del movimiento creían en fuerzas ocultas y entes etéreos que supuestamente guiaban a la humanidad hacia un curso predeterminado, y proponían que la raza humana estaba colocada ante el umbral de un estado divino.
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Hacia el final de su vida, Edison incluso hablaba de una máquina que proclamaba que había diseñado y que permitiría a los vivos oír las voces de los muertos. «He estado trabajando durante algún tiempo en la construcción de un aparato para ver si es posible que las personalidades que han dejado esta tierra se comuniquen con nosotros», dijo a un periodista.

Durante la segunda guerra mundial se produjo un incidente que pocos conocen. Heisenberg estuvo a punto de morir asesinado:

El hombre es Morris Berg, un antiguo campeón de béisbol, ahora agente secreto de la Office of Strategic Service (OSS, un cuerpo de inteligencia norteamericano precursor de la CÍA). Su misión es determinar, a partir de la conferencia de Heisenberg, si los científicos alemanes han descifrado el secreto para construir armas atómicas. Si concluye que los alemanes están cerca de poder crear algo semejante, delante de los científicos reunidos sacará su pistola y disparará a Heisenberg entre los ojos.

No obstante, para Berg la charla se ha convertido en una cascada de palabras sin sentido; lo. escrito en la pizarra se asemeja a jeroglíficos borrosos. Comienza a sentirse nervioso. ¿Qué está diciendo Heisenberg? ¿Qué significan los símbolos? Siente cómo las palmas de sus manos se vuelven pegajosas. ¿Puede realmente matar a ese hombre a sangre fría? Si lo hiciera, sin duda sería capturado y ejecutado, y ¿para qué? Quizá este hombre es inocente. Aunque los conocimientos físicos de Berg son extremadamente limitados, es un magnífico lingüista; aun así, la mayor parte de lo que oye no tiene sentido; podrían ser las palabras de un culpable o las de un inocente.

Berg se calma poco a poco. Lentamente saca la mano del bolsillo. No puede continuar con el asesinato, no tiene ninguna evidencia, ninguna razón real, y no puede acabar con la vida de un hombre inocente sin una prueba definitiva. Al concluir Heisenberg su exposición, Berg se levanta con los demás, intercambia unas pocas palabras con los que están junto a él y se marcha tranquilamente.

Una defensa de los gastos en investigación espacial, que tanta tecnología nos han dado:

Mucha gente sigue diciendo que los programas espaciales soviético y estadounidense representaron y siguen representando un gasto exagerado de dinero y recursos humanos. Esto es un error. Indudablemente, la carrera hacia la Luna influyó de forma directa en la tecnología actual tanto como la gran batalla de Tesla y Edison, la construcción de la bomba atómica o la química radical de Lavoisier.

En la informática el tiempo pasa muy rápido. Cuando se escribió este libro estábamos ante el lanzamiento del Windos 95 ¡Que tiempos!:

Este es un momento emocionante para Bill Gates y Microsoft. La compañía acaba de lanzar Windows 95 y unas semanas más tarde anuncia que la venta media del nuevo producto es de un millón de copias a la semana. A pesar de las numerosas críticas, muchas de las cuales acusan a Gates de amasar la mayor fortuna del mundo revendiendo al público un producto que ya tenían, es fácil intuir que el líder de Microsoft puede estar contento. «He tenido más suerte que la mayoría», admite, e inclinándose hacia delante, añade despacio: «Este es uno de los momentos más excitantes de la historia para hacer lo que yo hago. La gente dice que vivo en el futuro, pero no es verdad; estoy enganchado con lo que está ocurriendo ahora».

Para aprender alguna cosa más.

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