Cuchitril Literario

Octubre 15, 2008

Manuel Lozano Leyva. Los hilos de Ariadna.

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Editorial Debate, septiembre, octubre 2007. 522 páginas.

Manuel Lozano Leyva, Los hilos de Ariadna
Nuevas visiones

Uno de los libros que más me gustó del 2007 fue De Arquímedes a Einstein, divulgación científica de la que se encuentra pocas veces. No debo ser el único al que le gustó el libro y gracias a eso podemos disfrutar de Los hilos de Ariadna, parecido pero diferente.

En esta ocasión no son los mejores experimentos científicos los que vertebran el libro, sino los diez descubrimientos que, en opinión del autor, han cambiado más nuestra imagen del mundo. Aunque es una selección personal y como tal podríamos opinar sobre si sobra o falta algo, no cabe duda de que los descubrimientos que aquí aparecen cambiaron la visión del mundo. La lista es la siguiente:

Las galaxias (Los ladrillos del universo)
Los átomos (Los pilares de la materia)
La simetría en el microcosmos (La belleza íntima del mundo)
La tectónica de placas (Continentes a la deriva)
La piedra Rosetta (La civilización misteriosa)
La circulación de la sangre (La ciencia cruel)
La evolución selecta (La irreverencia de la ciencia)
Los genes (La evolución discreta)
Los microorganismos (El mundo invisible)
Del cero al infinitésimo (La diferencia entre nada y un poco)

De lo más grande (galaxias) a lo más pequeño (átomos) pasando por la dinámica terrestre, incluyendo las leyes que gobiernan el universo y un vistazo sobre las matemáticas. Sobre el mundo vivo una explicación de la evolución, los genes, los organismos más pequeños, el funcionamiento del cuerpo humano y el funcionamiento de las civilizaciones.

Al no estar centrado en un único experimento, cada capítulo abarca una extensión mayor de la historia de la ciencia. Pero no se pierde en profundidad porque la extensión del libro es mayor que en De Arquímedes a Einstein. Los datos biográficos que aporta de cada científico siguen siendo novedosos e interesantes, y la prosa no ha perdido nada de su gracia. Sigue transmitiendo el mismo amor por la ciencia y mi mayor pena es que lo he cogido en la biblioteca y lo tengo que devolver.

Una anécdota de Pauli:

Hablaremos de Pauli, un físico genial pero de un humor de perros.Ya he dicho, para zaherir cariñosamente a mis colegas químicos más que nada, que cuando el estudio del, átomo empezó a tomar seriedad tuvo que pasar de manos de los químicos a las de los físicos. Esta inofensiva rivalidad quizá fuera Pauli el que la introdujo, porque su mujer, seguramente cargada de razones, lo abandonó y se fue con un profesor de química. La reacción del genio fue montar en cólera y clamar: «¡Con un simple químico! ¡Si al menos se hubiera ido con un torero español…!».

Una dedicatoria de Medeliev, del que no sabía nada y me he quedado enamorado:

Esta investigación está dedicada a la memoria de una madre por su hijo menor. Ella lo educó por sus propios medios mientras dirigía una fabrica. Lo instruyó con el ejemplo, lo corrigió con amor, y, para hacer que se dedicara a la ciencia, dejó Siberia con él gastando sus últimos recursos y fuerzas. En su lecho de muerte, ella le dijo: «Refrena las quimeras, insiste en el trabajo y no en las palabras, busca pacientemente las verdades científica y divina». Ella comprendió que los métodos dialécticos engañan muy a menudo; cuánto queda por aprender y cómo, con la ayuda de la ciencia sin violencia, con amor pero con firmeza, se eliminan toda superstición, mentira y error, porque la ciencia conlleva la certeza de verdades aún no descubiertas, libertad de futuros desarrollos, bienestar general y felicidad íntima. Dmitri Mendeléiev considera sagradas las palabras de su madre moribunda.

Medeleiev decía que su educación se basaba en tres pilares: Todo en el mundo es ciencia, según su cuñado Bessargin, Todo en el mundo es arte, según el soplador de vidrio Timofei y Todo en el mundo es amor, según su madre María. Para enmarcarlas.

Un autor que les hará enamorarse de la ciencia.

Escuchando: Protection. 08001.


Extracto:[-]

Y ya tenemos al norteamericano alto y guapo en el Queen College de Oxford, donde lo primero que hizo fue adoptar el acento vernáculo de aquella insigne universidad. Pero lo hizo de forma tan exagerada que se convirtió en el hazmerreír de todos: oxonienses y colegas norteamericanos. A los primeros les divertían los fallos tan graciosos que cometía; los segundos encontraban inexplicable que Edwin adoptara un acento que ellos evitaban que se les contagiara, como si de la peste se tratara, al considerarlo una auténtica mamarrachada.Tanto le impresionó Oxford a Hubble que inmediatamente solicitó el ingreso en el equipo de remo. Lo obtuvo, remó como un loco y terminó lesionado, por lo que al fin se pudo dedicar a estudiar leyes, nada de astronomía, porque no era cuestión de enemistarse con su padre, aunque poco a poco fue asistiendo a algunos cursos de astronomía.

Un norteamericano en la Europa de la primera década del siglo xx con dólares en el bolsillo era un personaje fuera a donde fuera. Por ejemplo, en Alemania. Allí el joven Hubble quedó gratamente impresionado. ¡Qué eficiencia, qué poderío militar! El deporte que eligió practicar durante su larga estancia en Alemania no podía ser más apropiado a su sentimiento: esgrima, pero la esgrima que se practicaba en los duelos de honor, si bien no participó en ninguno de verdad.

Cuando Edwin regresó a Estados Unidos, concretamente a Kentucky, donde se había mudado su familia después de la reciente muerte del padre, causó sensación. O estupefacción, lo dejo a la imaginación del lector, porque se presentó vistiendo pantalones bombachos, un reloj de pulsera (una excentricidad como la anterior en aquel lugar y en aquella época), un anillo en cada dedo meñique, un sombrerito de paja, una capa y un bastón de caña.Y, encima, hablando de aquella manera que al principio no se le entendía y después provocaba la risa tonta.

El mejor empleo que encontró Hubble fue de profesor de instituto. Enseñaba ciencias y, curiosamente, español. Tenía a los chavales fascinados, porque, por una parte, lo consideraban amanerado hasta el ridículo, pero, por otra, era un maestro del baloncesto. Tanto fue así que como entrenador llevó al equipo del colegio hasta el tercer puesto del campeonato estatal.Y ya estamos en el infausto 1914, año en que empezó la Gran Guerra.Y la guerra, cosa que a poquísima gente le pasa, fue para Hubble una bendición.

Harto del instituto, solicitó plaza en los observatorios astronómicos. Era un momento muy apropiado porque se estaban construyendo nuevos telescopios por todo el país. Las respuestas por carta eran lacónicas, pero en cuanto le hacían una entrevista personal, quienquiera que se la hiciera caía presa de los encantos del atlético y simpático astrónomo. Empezó en el Observatorio Yerkes de la Universidad de Chicago, que estaba a unos cien kilómetros de la ciudad. Hubble inició allí un periodo de cuarenta años mirando al cielo nocturno. Corría el año 1915. Comenzó a observar lo que entonces se llamaban nebulosas tenues. A continuación, paso a hacer una breve digresión para que el lector no se líe con los términos antiguos y modernos.

Lo que Hubble estudiaba era lo que hoy llamamos galaxias: conjuntos de centenares de miles de millones de estrellas, polvo estelar y muchas más cosas de las que todavía no sabemos nada, y que muy pronto las describiremos más adecuadamente. La palabra «galaxia» era la preferida por Shapley, curiosamente porque él no creía que hubiera más que una, aunque pronto se convenció de su abundancia. Así pues, y para más ironía, Hubble dedicó su vida profesional a estudiar objetos que casi se podían considerar bautizados por el que sería su enemigo mortal: el propio Shapley. La palabra nebulosa se utiliza hoy día para designar no las manchas tenues con las que Húbole comenzó su carrera de astrónomo, sino a las* nubes de polvo que vagan por nuestra galaxia y que son remanentes de explosiones su-pernovas, o sea, los restos de las estrellas muertas. Los cúmulos globulares son parecidos a lo que se suponía antiguamente: inmensas agrupaciones de estrellas (entre miles y centenares de miles) más o menos esféricas y que están situadas normalmente por encima y por debajo del disco galáctico de estrellas.

Setiembre 29, 2008

Horace Freeland Juson. Anatomía del fraude científico.

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Editorial Crítica, 2006. 500 páginas.
Tit. Or. The great betrayal fraud in science. Trad. David León.

Horace Freeland Juson, Anatomía del fraude científico
Científicos deshonestos

En la actualidad la ciencia no tiene el prestigio de que disfrutaba a mediados del siglo XX. La labor de los científicos tampoco parece resultar muy bien parada tras los varios casos de fraude que han salido en los últimos tiempos. No hace mucho del caso de la falsa clonación de un embrión humano por parte del biólogo coreano Hwang Woo Suk.

No es una situación nueva. Ya en el XIX Charles Babbage -considerado el inventor de la primera computadora- clasificaba el fraude científico bajo cuatro epígrafes: embuste, fingimiento, amaño y falseamiento. El embuste consiste en inventarse completamente los datos de una investigación, y ponía como ejemplo la descripción de un molusco con todo lujo de detalles, incluída una descripción de su locomción. El problema es que tal animal no existía. Aunque parezca exagerado, hay casos así. El más famoso fue el protagonizado por Sir Cyril Burt, que realizó muchos estudios con gemelos para averiguar la influencia del ambiente sobre la educación y el desarrollo. Pero ni existían lo gemelos, ni la investigación, ni siquiera algunas de las ayudantes que aparecían como colaboradoras. Una invención de principio a fin.

El fingimiento es algo parecido, con la diferencia de que la intención es hacer creer a otros en el embuste, para que luego, cuando se descubra la verdad, reciban escarnio público. Tal cosa sucedió con el hombre de Piltdown, engaño que desprestigió a Smith Woodward, y todavía no está muy claro quien organizó la trampa.

El amaño y el falseamiento son variantes de lo que ahora se considera falsificación. Básicamente consiste en ocultar observaciones que contradigan la teoría o de un juego de observaciones elegir con que más concuerden con el valor de lo que se quiere obtener. Este tipo de fraude puede realizarse a veces de forma inconsciente, ya que el científico puede pensar que ha habido un error en el aparato, o que no había preparado bien la muestra.

Que los científicos no son unos santos buscadores de la verdad nos lo prueba la historia. Los diarios de Pasteur demostraron que sus investigaciones no iban siempre acordes a la publicidad que hacía de ellas, y que en ocasiones daba como probados métodos que todavía estaba experimentando. Los datos de los experimentos de Millikan sobre la masa del electrón estaban seleccionados. El padre de la genética, Mendel, tenía una suerte bárbara. De todos los rasgos de los guisantes escogió los que se transmitían de una manera sencilla y además sus resultados experimentales son tan perfectos que no pudieron ser reales. Hay casos peores: Freud basó sus teorías en muy pocos casos y además, controvertidos.

En la actualidad las cosas no han mejorado, todo lo contrario. La obligación de publicar, el tener que luchar por los presupuestos y la mucha competencia llevan a los científicos a practicas poco honrosas. Además, en muchos casos las unniversidades intentan tapar los casos de fraude en vez de perseguirlos publicamente, para no dañar su imagen. En Estados Unidos fue muy famoso el caso de Baltimore, porque estaba implicado David Baltimore, todo un premio Nobel que firmó -como es costumbre- como colaborador de un estudio que había realizado Thereza Imanishi-Kari y que se descubrió inventado. El libro da más ejemplos e ignoro si aquí también existirán casos famosos o si nuestras universidades no tienen suficiente nivel como para hacer fraudes.

Otros problemas que aquejan a la comunidad científica son lo casos de plagio, difíciles de descubrir entre tantas publicaciones -aunque en la actualidad internet puede empezar a solucionar esto-. También que para publicar y obtener subvenciones el único mecanismo de revisión es la evaluación entre iguales. En muchas ocasiones es un trabajo inmenso para los científicos competentes revisar propuestas de investigación, y en no pocos casos se han plagiado artículos.

Visto lo visto ¿podemos confiar en la ciencia? Que no cunda el pánico. Todos estos desmanes pertenecen al ámbito de la investigación, no a sus resultados. Ante un experimento polémico basta con replicarlo. Así pasó con la tan publicitada fusión fría, que al final quedó en nada. En el propio libro, aunque no se centra en el tema, lo deja bien claro con la respuesta de Klaus Rajewsky ante el caso Baltimore: He de reconocer que nunca he llegado a entender el alboroto que se creó en torno a ese artículo: no creo que haya nadie dispuesto a tomar en serio lo que publicó Imanishi-Kari. Al menos, nadie que yo conozca..

El libro está escrito más con enfoque periodístico que científico y señala con el dedo los principales defectos de instituciones, revistas, universidades y programas de investigación. Aunque en este país las instituciones funcionan de manera bastante diferente, muchos problemas son universales y no está de más intentar ponerles remedio. La ciencia cada vez es más compleja y necesita de más recursos. Es fundamental que estos estén bien repartidos. En el libro dan un ejemplo: un tipo especial de becas que se otorgan no a una investigación concreta, sino a estudiantes con talento para que investiguen en el campo que prefieran.

De lectura obligada para todo tipo de gestores universitarios.

Escuchando: A Hall Of Fame Award. William Leblanc.


Extracto:[-]

Los dos científicos mencionados estaban investigando diversos casos de mala conducta, no por encomienda oficial, sino movidos por una simple curiosidad particular que acabó por convertirse en pasión.

La primera impresión que recibió quien esto escribe al conocer a Walter Stewart fue la de la viveza jovial de su voz y su recibimiento, y acto seguido, la velocidad de su discurso y el modo como brotaban, en todas direcciones, unas,palabras tras otras cuando hacía hincapié en un punto concreto relacionado con la ciencia o el fraude. Aquel hombre de cabello oscuro y espeso, piel pálida, frente baja, mandíbula recia, boca amplia y labios gruesos se había licenciado en Harvard con la calificación de summa cum laude y había comenzado a trabajar en la Universidad Rockefeller antes de trasladarse a los NIH, sin llegar jamás a obtener el doctorado. En su época de sabueso de fraudes, era normal encontrarlo pasando el tiempo en el laboratorio —dotado de aire acondicionado—, vestido con pantalones cortos, camisa ajustada y sandalias, practicando con un manipulador telegráfico el alfabeto morse —útilísimo código en cuyo manejo estaba tratando de adiestrar a sus hijos mientras los enseñaba a leer—. Si alguna vez llevaba chaqueta y corbata, le resultaba imposible escapar a cierto aire de hombre de Neandertal trajeado. Ni siquiera los científicos que lo detestaban y aborrecían su obra ponían en duda su elevada capacidad intelectual, y aun sus amigos y aliados habían de reconocer su excentricidad y una buena dosis de fanatismo contumaz.

Ned Feder era —amén de 18 años mayor— más delgado, alto y tranquilo que él. Era de los que no lo tienen difícil para confundirse con la multitud. Había nacido en Minneapolis, y se había licenciado en química orgánica por Harvard. Tras culminar también la carrera de medicina, ejerció de profesor en su escuela, si bien en lugar de hacerse fijo se trasladó, en 1967, a los NIH. Stewart había sido alumno suyo —un estudiante «bueno e insólito», según lo definió—.

Julio 28, 2008

Carl Sagan. El Mundo y sus Demonios.

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Editorial Planeta, 2000. 504 páginas.
Tit. Or. The Demond-haunted Worid. Trad. Dolors Udina.

Carl Sagan, El Mundo y sus Demonios
Una luz en la oscuridad

Si son seguidores habituales de esta bitácora no hará falta que les diga que soy escéptico. Dar una definición del escepticismo sería un poco largo, así que baste decir que no creo en OVNIS, fantasmas, medicinas alternativas, extraños poderes mentales y un largo etcétera de afirmaciones extraordinarias. El propio Carl Sagan lo definió muy bien:

¿Qué es el escepticismo? No es nada esotérico. Nos lo encontramos a diario. Cuando compramos un coche usado, si tenemos el mínimo de sensatez, emplearemos algunas habilidades escépticas residuales (las que nos haya dejado nuestra educación). Podrías decir: “Este tipo es de apariencia honesta. Aceptaré lo que me ofrezca.” O podrías decir: “Bueno, he oído que de vez en cuando hay pequeños engaños relacionados con la venta de coches usados, quizá involuntarios por parte del vendedor”, y luego hacer algo. Le das unas pataditas a los neumáticos, abres las puertas, miras debajo del capó. (Podrías valorar cómo anda el coche aunque no supieses lo que se supone que tendría que haber debajo del capó, o podrías traerte a un amigo aficionado a la mecánica.) Sabes que se requiere algo de escepticismo, y comprendes por qué. Es desagradable que tengas que estar en desacuerdo con el vendedor de coches usados, o que tengas que hacerle algunas preguntas a las que es reacio a contestar. Hay al menos un pequeño grado de confrontación personal relacionado con la compra de un coche usado y nadie afirma que sea especialmente agradable. Pero existe un buen motivo para ello, porque si no empleas un mínimo de escepticismo, si posees una credulidad absolutamente destrabada, probablemente tendrás que pagar un precio tarde o temprano. Entonces desearás haber hecho una pequeña inversión de escepticismo con anterioridad.

Este libro es una excelente exposición de por qué la razón es la luz que puede librarnos de la oscuridad de las supersticiones. Pone en evidencia la falsedad de muchos misterios de una manera elegante, sin críticas ni burlas. No hacen falta porque la verdad, aunque le pese a los defensores del relativismo, no tiene más que un camino.

Pueden encontrar una buena reseña de éste y otros libros de Sagan en la página Cerebros no lavados. También tiene su entrada en la wikipedia: El mundo y sus demonios.

En un mundo en el que las seudociencias y los vendedores de falsos misterios campan a sus anchas no deberíamos olvidar la lección de uno de los más importantes divulgadores científicos de la historia, que ya anticipó Goya: el sueño de la razón produce monstruos.

Escuchando: Oracle. Jana Hunter.


Extracto:[-]

En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los maestros dogmáticos de la siguiente generación servil.

La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera en su mejor momento. La reina Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del siglo XVII se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los mejores cuidados médicos que se podían comprar con dinero.

Las trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número incontable de bebés y niños se han ido reduciendo progresivamente y se curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios, por la idea de que médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran sus instrumentos, mediante la nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias, los antibióticos, fármacos, vacunas, el descubrimiento de la estructura molecular del ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia genética. Al menos en el mundo desarrollado, los padres tienen muchas más posibilidades de ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que tenía la heredera al trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo XVII. La viruela ha desaparecido del mundo. El área de nuestro planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza de vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumentando progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tierra pueda alimentar a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos cuantos miles de años.

Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que darles antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: Pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los secadores del pelo y los coches rápidos.

En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del año 1870.

Llegó a cincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa, sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología médica. La longevidad quizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida.

Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y tratamientos, sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una investigación básica.

Si queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil millones de personas en el planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios seguros y más eficientes de cultivar alimentos, con el consiguiente abastecimiento de semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?

Julio 16, 2008

M. Dolors Madrenas. Va de broma?

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Edicions 62, 1999. 254 páginas.

VadeBroma
Aproximación a la parodia literaria

La parodia es un género que me encanta, la famosa Guía del Dragonstopista Galáctico al Campo de Batalla Estelar de Covenant en el Límite de Dune: Odisea Dos me arrancó muchísimas carcajadas, y me confieso seguidor de películas como Hot shots. Series como Los Simpson o Futurama recurren con gran acierto a ella en muchos de sus episodios.

Por eso un libro que trate el tema de la parodia literaria me resultaba tremendamente atractivo pero ¡oh sorpresa! más que un ensayo es un libro de texto, con breves reflexiones iniciales y muchos ejercicios para el alumnado. Para un profesor resultará muy útil, pero para un lector como yo ha resultado decepcionante.

Aún así el libro abarca un campo considerable (novela, cuento popular, poesía, teatro, crítica…) y los pocos ejemplos son suficientes para arrancar unas carcajadas y para pedir encarecidamente que alguien escriba un buen tratado sobre el tema. Si es posible, con muchos ejemplos.

Escuchando: La Farlopa Del Cajón. El gitano de Balaguer.


Extracto:[-]

Bueno, y aquí estoy yo con mi primer trabajito interviuvista; porque es lo que yo me he dicho: planchas, no. Antes de llevarlo al periódico quiero leérselo a unos cuantos amigos, y mejores amigos que ustedes…

Claro que ya habrán ustedes supuesto con quién he simulado mi primer interviú: he interviuvado a nuestro padre Adán. Yo quería que mi primer trabajo fuese un trabajo de verdadera altura, y me dije: mayor altura que el Paraíso… (Ríe.)

Me río, porque yo le pregunto a Adán en la interviú.

—¿Cuándo nació usted?

Y él me contesta:

—Yo nací a los veintitrés años.

Y esto es una verdad como una mezquita. Adán nació a los veintitrés años. No sé si esto lo dice el Pentateuco, pero si no lo dice el Pentateuco, lo digo yo, y es de una lógica que lamina, porque ¡caramba! Si Adán nace como un crío cual quiera, figúrense ustedes qué espanto. Sin madre, sin nodriza, sin una persona que le diese los indispensables biberones… ¡Un horror! Y con la de animales que había en el Paraíso. Porque hoy día, y gracias a los medios de comunicación, los animales están más repartidos, y hay animales en todas partes; pero entonces…
Pero lo más interesante de la interviú es cuando yo le digo a Adán: “Hábleme usted de Eva”, y coge Adán una silla para pegarme un silletazo. Porque, ustedes no me crear1′ pero yo juraría que la causa de todas las desgracias que llovieron sobre el pobre Adán la tuvo la socia que le impusieron a la trágala.
[…]

—¿Cuándo vio usted a Eva por primera vez, amigo Adán?

—Verá usted: yo me había dormido a la sombra de un guindo, y cuando abrí los ojos vi que, como a dos metros, había una señora metida en carnes, con las manos en el cogote y bailando esa danza que llaman de la cadera.

—¡Caracoles, qué raro!

—Yo me dije al verla: “Esta tía está loca”; y me levanté como para irme, y va ella y se me pone delante y me dice guiñándome un ojo: “¿Te la digo^resalao?” Aquello me hizo gracia, y como yo, en realidad, necesitaba una doméstica, le dije: “Bueno, mujer, quédate.” Pero bien me pesó, ¡bien!

—Sí, ¿eh?

—Calle usted, hombre. No tiene usted una idea de los disgustos que me proporcionó. Sisaba; hacía rabiara los perros; andaba siempre detrás de los pollos; metía los toros en el gallinero para asustar a los gallos; coqueteaba con los elefantes, y me engañaba de una manera que no había derecho. Casi todas las tardes me decía que me había guisado un carnero, y luego me daba cada mico…

—Bueno; pero lo de la manzana…

—¿Qué manzana?

—¿Eh? ¿Pero a ustedes no les echaron del Paraíso porque comieron de las manzanas prohibidas?

—No, señor; si la fruta prohibida no era la manzana; era el coco.

—¿El coco?

—Sí, señor. ¡Anda! Y poco miedo que le tenía yo al coco.

—¡Caramba! ¿ Y por qué lo comió usted?

—Porque no hay que darle vueltas, caballero; como una mujer se empeñe en una cosa… En fin ya usted las conoce. Eva se levantó una mañana diciendo: “Este tío prueba el coco”, y probé el coco, y además me gustó muchísimo el coco; cada cosa en su sitio.

Julio 9, 2008

P.A. Balcells. Autoretrato de Mozart.

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El acantilado, 2000. 458 páginas.

P.A. Balcells, Autoretrato de Mozart
Epistolario de un genio

Mozart fue todo un personaje. Pese a morir muy joven, con apenas 35 años, nos ha dejado una obra de innegable talento. Además fue un virtuoso, algo que demostró desde muy tierna edad; por suerte para él no fue tan sólo un niño prodigio. Por desgracia su genio musical estaba unido a un carácter infantil que le trajo no pocos disgustos.

Este libro construye su biografía y carácter a través de una selección de sus cartas. Cuando empecé el libro pensé ¡Horror! Una aburrida recopilación epistolar. Pero nada de eso; tenía que confiar en el buen juicio de la editorial Acantilado. El autor nos presenta una semblanza espléndida de Mozart, apoyado por las propias palabras del autor. El resultado es un retrato fidedigno y muy entretenido.

Además nos ofrece, de propina, una visión de la época a través de los ojos del músico. ¿Sabían que la venta de gafas de sol para ver eclipses ya estaba de moda en la antigüedad?

Decididamente, los necios no son inteligentes en ninguna parte. En apariencia, de París está desterrada toda superstición, e incluso llegan a considerar supersticiosos muchos mandamientos eclesiásticos. Y, figuraos: ¡un eclipse puede » convertirse en París en motivo de alarma general! Desde hace 14 días, los vidrieros de París han ido recogiendo todos los trozos de cristales rotos que han encontrado, […] los han hecho teñir de azul, o más bien de negro, les han decorado los bordes con papeJ dorado y los han puesto a la venta […]. Esto no es todavía ninguna superstición—pero que la gente corriera por la mañana temprano a las iglesias para encontrar protección segura contra el envenenamiento del aire que había de provocar este eclipse, que todo el mundo dijera y creyera que, a causa de esto, a las 9 habría la última misa porque después serían cerradas todas las iglesias, que este eclipse sería tan grave que había que temer en el futuro una peste, que durante tres horas enteras sería tan oscuro que la gente tendría que usar candelabros, y cien cosas más, eso sí que son sin duda vulgares supersticiones. […]. Los vidrieros , no han hecho sus vidrios en vano; pero los compradores han gastado en vano su dinero. Ha habido una fuerte tempestad, e incluso así no estaba más oscuro que cuando empieza a caer la tarde.

Aunque Mozart tuviera facilidad para el piano, dedicaba muchas horas a practicar:

Miró inmóvil mis dedos cuando toqué para él. Después no paraba de repetir: «¡Dios mío! Los esfuerzos que debo hacer yo, y los sudores que me cuestan, y no obstante no obtengo ningún éxito, y para vos, amigo mío, parece que todo sea un juego.» «Sí—dije—, yo también tuve que esforzarme, para no tener ahora que esforzarme más.»

Un libro que me ha resultado tan ilustrativo como instructivo. Muy bueno.

Escuchando: Something Beautiful. Clem Snide.


Extracto:[-]

Despedirse de la primita también resultaba a veces trabajoso:

Adiós Basle. Soy, era, sería, he sido, fui, hubiera sido, ¡oh!, si yo fuera, ¡oh!, si yo pudiera ser, Dios quisiera que yo fuera, llegaría a ser, seré, si tuviera que ser, ¡oh!, si pudiera llegar a ser, habría sido, habré sido, ¡oh!, si hubiera sido, ¡oh!, como me hubiera gustado ser, quisiera Dios que yo hubiera sido, ¿qué?—un monigote.

Era otra de las bufonescas maneras que tenía de autocalificarse, usada en este caso para defraudar burlescamente la tan solicitada solidaridad del lector. Pero no siempre se trataba de fingidas lamentaciones, sino a veces incluso de vehementes protestas. Entonces la repetición servía para revestir de forma exuberante el impulso de la blasfemia:

¡Rayos y truenos de mil sacristías, croatas de miseria, diablos, brujas, harpías, batallones de cruzados sin fin, maldición de elementos, aire, agua, tierra, fuego, Europa, Asia, África y América, jesuitas, agustinos, benedictinos, capuchinos, minoristas, franciscanos, dominicanos, cartujos y caballeros de la Santa Cruz, canónigos regulares e irregulares, y todos los haraganes, miserables, canallas, verdugos y cabritos uno encima del otro, asnos, búfalos, bueyes, locos, estúpidos y cretinos! ¿Qué son estas maneras, 4 soldados y 3 bandoleras?—¿un paquete así y ningún retrato?—ya estaba lleno de ansia—creía que con seguridad—ya que vos misma me escribisteis no hace mucho que muy pronto, sí, muy pronto, lo recibiría […]. Bien pues, os lo pido, enviádmelo, y cuanto antes mejor. Espero que sea como yo lo pedí, es decir, en vestido francés.

Mozart quería el retrato de su primita en indumentaria francesa porque consideraba que, vestida así, su aspecto mejoraba, y no se puede decir que tuviera una idea borrosa de la medida de esta mejora; tres semanas antes había escrito a su padre:

Mi primita, para darme gusto, se ha vestido a la francesa. De esta manera está un 5 por ciento más guapa.

Podemos imaginar que el porcentaje al cual añadir este 5 por ciento debía de ser ya notablemente jugoso como para justificar, con la suma, tan irascible decepción. Más adelante no dejará de aparecer alguna otra muestra de su curiosa manera de «ligar»; de momento, la colección de truculencias lingüísticas continúa, y además de forma acumulada. Ya ha quedado bien de manifiesto el gusto por repetir, o por remover y revolver una misma idea. Ahora, al despedirse de su hermana, parece que por momentos vuelva a patinar, pero consigue restablecer el equilibrio. A continuación introduce los nuevos motivos de farsa:

No me tomaré a mal que mi insignificante amigo no me haya respondido; tan pronto como tenga tiempo, ciertamente, por cierto, sin duda, seguro y puntualmente me responderá. Mis cumplidos a todos los buenos amigos y amigas. Beso la mano de mamá. Dios a, y novéame pronto alguna escribidura. La Alemania del correo todavía no ha llegado.
Oidda
Siempre como soy
MOZART WOLFGANG
Milano ne, 2771 ed noviembre ed 12

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