Cuchitril Literario

Julio 23, 2008

Eloy Tizon. Labia.

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Editorial Anagrama, 2001. 229 páginas.

Eloy Tizon, Labia
Mano maestra

Ya dije en la reseña de Velocidad de los jardines que la prosa de Tizón me dejó boquiabierto. No tardé en comprar este libro, nuevo -y los seguidores habituales de la bitácora saben que casi nunca compro nada nuevo. Aún así, en vez de leerlo enseguida lo fui dejando, como un caramelo que se deja para el final.

El libro consta de los siguientes capítulos:

Ejercicios de línea
Naturaleza muerta
Apuntes del natural
Artes gráficas

Que son historias diferentes pero relacionadas. Quizá no sea tan perfecto como Velocidad… pero tiene páginas de gran maestría. El lirismo, la juventud, la búsqueda de la vida. Las palabras.

El protagonista aprende a dibujar con las famosas láminas de Emilio Freizas, lo que le lleva a una papelería con tres hermanas, y una de ellas le contará historias increíbles sobre Carlomagno. También recibirá clases de dibujo en un piso surrealista, donde deberá tomar un cafe con leche con mosca dentro. La hermana de la papelería tuvo un novio escultor perdido en París, y conoceremos por qué. Todo acabará frente a las torres de alta tensión. Novela-cuento sobre lo que más nos marca: el amor y la pérdida.

Suele decirse que la narrativa está en crisis. Leyendo a Eloy Tizón es difícil no mostrarse escéptico. Un pedazo de escritor.

Escuchando: El tipo más perezoso de la ciudad. Daniel Higiénico.


Extracto:[-]

Las urracas son hermanas de la luna. La princesa Mármara tenía una urraca amaestrada que hacía de mensajera entre el emperador y ella. La urraca iba y venía de un torreón al otro surcando el cielo y sujetaba con el pico aquel amor carolingio. La urraca entraba por la ventana, se posaba en una percha, se sacudía el plumaje, graznaba, y de su pico caían las palabras del idilio: tres palabras, dos o ninguna, dependiendo de los días.

Carlomagno hablaba poco. Prefería ahorrar las palabras, no malgastarlas, reservar una porción sin usar para cuando rnás adelante, con la edad, le fuesen imprescindibles. Pensaba que en la vejez se necesitan palabras; en su juventud él, en cambio, se conformaba con hechos. Decía que las palabras no le sabían a nada, como alimentos sin sal. Porque las frases no curan. Los adjetivos no sacian. La palabra silla no sirve para sentarse. La palabra vaca no da leche. Los discursos de los hombres le ofrecían, para calmar su fatiga, una silla mental o una vaca imaginaria. Eso pensaba él de joven.

Pero llega cierta edad en que los hechos no bastan. Para cubrir la insuficiencia de los hechos, para salvarse en el crepúsculo de la vida, se necesitaba abrir el pecho y soltar aquellas novelas. Saber contar una historia creía el emperador que era tan importante o más que vivirla. Por eso los mejores narradores de su tiempo, pensaba el emperador, eran viejos. Los viejos sabían contar. Y cuanto más viejos fueran y más rotos estuviesen, más luz tenían sus frases y mejor sabor sus historias. Los años perfeccionan la escritura hasta cuajarla en el mito. Lo único que se requiere es paciencia. Cuando llegase la hora de la muerte y estuviese al borde de la tumba, él lo sabía, la historia sería perfecta.

Cada noche al acostarse Carlomagno hacía balance: arrojaba sus redes al mar y recogía palabras. Repasaba los vocablos que no había pronunciado durante el curso del día y si veía que eran muchos, el emperador se alegraba. Pues notaba que su provisión de palabras aumentaba y que su pesca era rica.

El emperador tenía un biógrafo que se llamaba Eginardo. Este Eginardo iba a todas partes detrás del emperador, de puntillas, armado de tinta y papel, muy tieso, y levantaba acta de todo cuanto el hijo del rey Pipino hiciese o dijese para tenerlo apuntado y que no se le olvidase y dejar constancia de ello. Tomaba nota de todo. Hizo esto y dijo esto otro. Eginardo puso en limpio la vida del emperador Carlomagno sin omitir una coma; sólo dejó sin cubrir algunos trozos en blanco, por tratarse de episodios demasiado tristes o íntimos. Y cuando el emperador quería consultar por ejemplo qué aconteció tal verano, en que el rosal floreció fuera de época, en lugar de acudir a su memoria, que era frágil y voluble, Carlomagno buscaba en los archivos de Eginardo y allí al borde de la página se le ofrecía, tembloroso, el verano y su perfume.

«El arte», pensaba el emperador «es el intento de reparar los errores del tiempo, que te da la espina pero no te da la rosa.»

El emperador no era sabio, pero supo rodearse de sabios. De la península en forma de bota mandó venir a la corte a Pablo Diácono; de la lejana York logró atraer al monje Alcuino, que era el que mejores historias contaba, y hablaba y no paraba con su vocecilla de elfo de la Roca del Destino, que grita cuando el que se sienta encima de ella es el rey legítimo de Irlanda; o de una tribu pagana que dejaba sin bautizar el brazo derecho de sus hijos para que el freno de la religión no les impidiese en el futuro dar fuertes golpes de espada. Hablaba del ave Roe, que volaba para atrás y ponía sus huevos en el viento. Estos hombres geniales inventaron la letra minúscula, gracias a la cual se hicieron legibles los documentos, la gente aprendió a leer y circularon relatos.

En ésas estaban cuando a la princesa acatarrada se le ocurrió un día de repente una idea: servirle una droga al malvado Zwingo, en una copa de vino, aprovechando el banquete de Navidad, no para asesinarle, eso no, sólo para dejarle sin sentido de la vista el tiempo suficiente para que ellos dos pudiesen escapar del torreón de ajedrez a través de los pasillos, esquivar al fantasma Gumo, saltar por la ventana y descolgarse por una cuerda hasta posarse en la silla de montar del corcel blanco salvaje del emperador que los estaría esperando al pie de la torre de ajedrez sin relinchar y conociendo su nombre.

El otro no se dio por aludido. Ni se inmutó. Por lo menos en el sueño anterior eran más educados. El escultor renunció al tabaco. Al considerar que estaba vivo, recuperó el buen humor. Pensó para distraerse en la peligrosidad de París. Le vino a la cabeza aquella anécdota atribuida al escultor Giacometti cuando una vez, en París, sufrió un atropello leve, y él desde el suelo exclamó, agradecido, por fin, por fin me pasa algo, anécdota mil veces repetida en tertulias de café y mil veces desmentida, entre otros, por el propio interesado. Y Barthes. Qué me dices de Barthes. Semiótica aplicada a la cultura de masas. Me parece recordar que también Roland Barthes murió atropellado en París, a la salida de clase, por el camión de reparto de una lavandería. Una muerte limpia, podríamos decir. Perdón por la paradoja. Pero es que la muerte, en París, ya se sabe, no respeta a nadie. Ni siquiera a los semióticos. Uno sale tan tranquilo de dar clase, de explicar, pongamos por caso, la fenomenología del referente, suponiendo que algo asi pueda explicarse, o cualquier otro tema igual de absurdo,

y al minuto siguiente se encuentra tirado en la calle con la columna vertebral partida bajo las llantas de un coche. Son cosas de París.

-Me están viniendo arcadas.

Para no hablar de Camus, quien también perdió la vida en un accidente de tráfico. No es lo mismo pero casi. Si se hiciese una estadística se vería que la proporción de genios atropellados en París, por metro cuadrado, entre escultores, semióticos y existencialistas, alcanza cifras espeluznantes. Como no lleguemos pronto, a donde sea, voy a dejar el coche perdido.

El escultor percibió, con cierta alarma, que estaban detenidos. El vehículo no avanzaba. No se movían. Pronto supo por qué. Las puertas de la ambulancia se abrieron y dieron paso a una segunda camilla, ocupada por un bulto inerte cubierto por una sábana. Vaya, pensó el escultor, ésta debe de ser la noche* de las recogidas. Resulta que ahora tengo un compañero de ruta. No le dio tiempo a seguir porque la ambulancia aceleró con un chillido de ruedas, se puso en marcha llevando al nuevo ocupante, el tubo volvió a aspirarlos y la noche de París se descompuso en una serie de brillantes añicos giratorios, de viñetas coloreadas de verde, de modo que el escultor pudo ver proyectado en el techo del furgón el carrusel de su vida doméstica dando vueltas, vio a sus padres ancianos, su novia en la papelería despachando lapiceros, su casa, el pasillo de su casa de Madrid con el papel pintado a base de papagayos rojos y negros que visto de cerca angustiaba.

Junio 11, 2008

Imre Kertész. Un Relato Policiaco.

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Acantilado, 2005. 105 páginas.
Tit. Or. Detektívtörténet. Trad. Adan Kovacsics.

Imre Kertész, Un Relato Policiaco
Caso resuelto

Leyendo la reseña de este libro en Apostillas literarias fue como Magda me dirigió a Imre Kertész. Un libro pensado como relleno de El buscador de Huellas. Si así son los rellenos de este hombre, imaginen como son los platos fuertes.

Antonio Rojas Martens es un criminal que ha confesado varios asesinatos y ha pedido a su abogado que le proporcione material para escribir en su celda. Quiere contar su historia. La historia que contará será su participación en el caso Salinas y a través de esa narración descubriremos el mundo de la tortura policial bajo una dictadura.

El título llama a engaño. Uno imagina una historia de detectives, a la vieja escuela. Pero la policía del libro es la peor clase de policía: la encargada de obtener, mediante torturas, información de los desafectos al régimen, de células de la oposición. Policía política que el autor debía conocer bien en Europa y que trasladó sin problemas a un imaginario país latinoamericano.

El segundo engaño es la presentación del protagonista, criminal confeso, una especie de monstruo. Uno de los verdugos, sí, que torturó y asesinó a mucha gente, pero el único incapaz de entender la lógica de sus actos. Escribe la historia por su necesidad de encontrar una explicación, y contrasta con la frialdad de su jefe, capaz de realizar los actos más horrendos sin preocuparse.

Las víctimas se van presentando a través de los informes del protagonista y de los extractos del diario de la víctima, que aquél consiguió comprar. A la mitad de la historia uno ya tiene las claves para saber lo que va a pasar, y al final sí resulta ser una historia de detectives, cuya solución puede adivinarse. Pero aquí nadie va a decir Elemental, querido Watson, porque en una dictadura poco importa cual sea la verdad.

Escuchando: Blackout. British Sea Power


Extracto:[-]

En una palabra: nuestros archivos ya sabían que tarde o temprano Enrique cometería algo. En nuestra casa, su destino estaba sellado. El, sin embargo, aún no había tomado ninguna decisión. Dudaba; estiraba el tiempo. Deambulaba por las calles o escribía su diario, conducía a toda velocidad su Alfa Romeo de dos plazas, se reunía con amigos o se metía en la cama con una gatita de piel sedosa cuando le daba la gana. Enrique Salinas era un joven de apenas veintidós años, de pelo largo, bigote y una barbi-ta, lo cual ya lo volvía sospechoso para nosotros. Reflexionaba, iba y venía y hacía el amor. Pasaba poco tiempo en casa. María, sin embargo, se ponía junto a la ventana y lo esperaba. No es que viera mucho desde el decimoctavo piso del palacio de los Salinas. Visto desde allí, el interminable tráfico de la Gran Avenida parecía el trajín de las hormigas. Aun así, por aquellas fechas María, María de Salinas, la madre de Enrique, pasaba todo el tiempo detrás de la ventana.

Allí la encontraba Salinas cuando, de regreso de la oficina, atravesaba las lujosas habitaciones de la vivienda en busca de María. Se detenía a sus espaldas sin decir palabra.

—Tengo miedo—oye decir a María al cabo de un rato.

—No tenemos motivos para el miedo, María—responde él. Ambos callan.

—Hernández ha desaparecido. Martín ha sido ejecutado. A Vera se la llevaron de su casa—enumera María sin darse la vuelta.

—Nosotros no somos de aquellos a los que se llevan— dice Salinas, abrazándola por los hombros.

María se calma un poco. Los brazos de Salinas transmiten fuerza. Fuerza, superioridad y seguridad. Salinas era un viejo zorro, curtido en mil batallas, aunque no deben ustedes imaginarlo como un anciano. Incluso parecía más joven de lo que era. Tenía cincuenta años. En cierto sentido, la flor de la edad.

—Mira—vuelve a oír la voz nerviosa de María—, ¡mira eso, Federico!—dice ella señalando la calle. Debió de ver una limusina negra, un cocjie cerrado, uno de los pertenecientes a nuestro departamento. Ocurría a veces que nos tocaba trabajar en la Gran Avenida.

—¡Apártate de la ventana, María!—dice Salinas con tono decidido.

No crean ustedes que me invento estos diálogos. No estaba allí, claro que no, ¿cómo iba a estarlo? Ellos, sin embargo, pasaron por mi despacho. Los vi y los oí. Los miré y los interrogué. Llevaba un registro de sus palabras. Hasta que los registros empezaron a llevarme a mí.

También interrogamos a María, cómo no. Por deseo expreso de Díaz, por cierto. Me resistí porque no le veía ningún sentido. Díaz, sin embargo, insistió, así que la interrogué. No sólo una, sino varias veces, tal como.Díaz deseaba.

Junio 4, 2008

Agustín Fernández Mallo. Nocilla Dream.

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Editorial Candaya, 2007. 220 páginas.

Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream
¡Que merendilla!

Hay libros que arman tanto revuelo mediático, que no queda más remedio que leerlos. Aunque el mismo ruido generado impide realizar una lectura virgen del texto. En general, todo han sido elogios para Nocilla Dream, salvo esta entrada en el lamento de Portnoy, y estas reflexiones de Antonio Jiménez Morato sobre la generación Nocilla.

En la carretera entre Ely y Carson City, más o menos a mitad de camino, hay un álamo. De sus ramas cuelgan, atados por los cordones, innumerables zapatos. Alrededor de este árbol se teje una red de microhistorias levemente conectadas, donde los ancianos chinos pueden revelarse como excelentes surfistas y algunas personas son ciudadanos de micronaciones.

Ahora toca dar la opinión. El libro me ha gustado. La mezcla de elementos reales y ficticios -docuficción, lo llaman- y el estilo fragmentado -como un blog, dicen-, combina bien con el aire poético -poesía postpoética, afirman-. Además las historias son interesantes.

Pero ¿tiene razón de ser tanto revuelo? Eso es lo que no entiendo. El libro no es especialmente novedoso ni en el fondo ni en la forma. Se arriesga, sí, y se aparta de lo que va siendo típico en la prosa actual, pero no ha hecho nada que no se hubiera hecho antes.

Los grandes titulares que ha provocado el libro nos sirven como diagnóstico. Si esto es lo más rompedor que tiene la prosa de este país, es que el resto está por los suelos. Todos los libros tendrían que tener como punto de partida algo de riesgo, de experimentación. Este libro tendría que ser un mínimo, y no un máximo.

¡Mamá, más! Más innovación, más valentía, más esfuerzo. La moraleja del libro es que hay muchos que deberían hacer sus deberes.

Escuchando: Feeling Beside Myself. Buddy Raye


Extracto:[-]

Hubo una ocasión en la que Sherry se quedó como única chica disponible en el Honey Route. Así, la afluencia de clientes habituales se vio mermada y reducida a los de paso que, una vez dentro y con la cerveza en la mano, ya no se echaban atrás. Como cada lunes, llegó un transportista llamado Clark, el habitual de los licores. Hacía tiempo que le decía, En un momento haces la maleta, total no tienes nada, y te vienes en el camión conmigo. Los repartidores hacen la ronda antes del amanecer, así que antes de un amanecer de marzo Sherry metió en el camión su maleta, y Clark ya abrió una cerveza. Él le fue contando que tenía un amigo argentino en las afueras de Las Vegas, en un apartahotel y que podría conseguirle trabajo a ella en la ciudad de pornostar, pues este amigo trabajaba en un club, y que a él ya vería de qué. Fue en ese momento la primera vez que él tuvo intención de besarla; pero no. Sherry había estado en vela casi toda la noche y se fue a la parte de atrás del camión a tumbarse, hojeó un libro que encontró entre unas latas de cerveza, y leyó para sí antes de tirarlo de nuevo, de cuantos libros he entregado a la imprenta ninguno, creo, es tan personal como esta colectiva y desordenada colección de textos. J. L. Borges. Buenos Aires, 31 de octubre, 1960. El sol ya estaba alto y Clark abrió otra cerveza, que le pasó a Sherry, y después otra y así hasta la octava con la que, buscando descanso, se pararon debajo de un álamo cargado de zapatos. Sherry había oído hablar mucho del árbol, y del supuesto origen extraterrestre de unas marcas que había en el lado en que al amanecer hay sombra, pero jamás había llegado a verlo. Quizá tanto zapato sea una ofrenda a esos extraterrestres, dijo Sherry dando un salto de la cabina al suelo, De aquí a California no hay más que sectas, en el Honey Route una vez pararon unos que follaban sin follar, era muy raro, sólo me miraban, pero ellos aseguraban que lo estaban haciendo, y me tuvieron así horas, no lo entendí pero pagaron. Se han tumbado debajo del árbol, él la abraza enganchándola por el voluminoso pecho que el silencio y la cerveza hacen aún más voluminoso, pero tampoco la besa aún. Después, con visible emoción, le habla de un libro de Jorge Luis Borges que su amigo argentino le regaló. Lo tengo en la parte de atrás del camión, dice, luego te lo enseño, se titula El Hacedor.

Mayo 9, 2008

Ladislav Mnacko. Invierno en Praga.

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Editorial Noguer, 1971. 236 páginas.
Tit. Or. Verspätete Reportagen. Trad. Gemma Strittmatter.

Ladislav Mnacko, Invierno en Praga
Días grises

El título original de este libro sería Reportajes tardíos; la traducción supongo que vendrá por la Primavera de Praga. Se supone que lo que ocurrió antes debería ser el invierno.

Estos reportajes son historias -supongo que en muchos casos reales o casi- sobre la Eslovaquia comunista. Los títulos son los siguientes:

En el cementerio
Monólogo nocturno
El mercado de los escándalos
Dos camaradas
Historia de una filiación
Las vías del tren
El vaporcito de recreo
Clara
La sonrisa
La agenda
La fiesta
El testigo
El doctor

Todas tratan de temas parecidos: el paraíso comunista resultó no ser tal. A estas alturas del siglo XXI es algo sabido, pero en su momento la cosa no estaba tan clara. Se denuncia la incompetencia y la mala fe de un sistema que no cumplió lo que prometía.

Así, héroes de guerra, auténticos luchadores contra el fascismo se ven perseguidos y encarcelados. Comunistas convencidos que sacrifican todo por hacer realidad un sueño se enfrentan a trabas burocráticas y al destierro. Ingenieros competentes tienen que trabajar a las órdenes de ignorantes y chapuceros. La ineficiencia campa por sus respetos y los inocentes se ven encarcelados cuando es conveniente.

Todos estos males, dice uno de los personajes, no son hechos aislados. Provienen del sistema. Un sistema que promueve a los mediocres siempre y cuando cumplan las consignas del partido y ataca a cualquiera que tenga pensamiento propio. Con estos mimbres poca cosa se puede hacer.

El autor afirma en el prólogo:

Soy comunista, amo a mi partido

Porque lo que transmiten estas historias no es un ataque vengativo al comunismo. Es la crítica de alguien que ama una idea y no le gusta que se pervierta y se transforme en lo que no es. No es un libro fácil de conseguir, pero creo que merece la pena.

Reto 2008: Eslovaquia.

Escuchando: Vengo de Lavapiés. La Cabra Mecánica.


Extracto:[-]

Pasaron meses, meses que no eran vida ni muerte, meses de rosada esperanza y negra resignación, en cuyas largas noches, junto a la escasa lumbre que escocía sus ojos, supieron uno de otro todo cuanto un ser humano puede saber de su semejante. Él empezaba ya a valerse por sí mismo y también podía ayudarla un poco, arrastrándose por la cueva, sus pies envueltos en trapos, aunque el peso y la responsabilidad de su vida, de sus dos vidas, seguía cargando sobre ella sola. Ella fue la que mató un corzo —¡qué pena le dio verlo tendido a sus pies!—; ella misma lo destripó, sin poder contener las lágrimas, lo arrastró hasta la cueva, lo despedazó y lo colocó cuidadosamente en una oquedad helada, próxima a la suya. En todo tenía que pensar, y este todo era mucho, muchísimo.

Hasta que, por fin, alguna vez tenía que ser verdad, los rusos llegaron efectivamente muy cerca, sólo a un par de jornadas de donde estaban ellos, y un buen día regresó ella de la aldea en el trineo tirado por un caballo, y con ella dos soldados con una estrella roja en la boina, provistos con una botella de aguardiente explosivo que olía a demonios pero sabía a gloria. Los rusos prodigaron cordiales palmaditas al hombro, vot molodec, nu mo-lodec, y el mundo, reducido a la cueva y al lecho de paja, abrióse para ellos y les pareció inmenso, maravilloso. En Bratislava, los médicos hicieron por sus pies cuanto estuvo a su alcance, los especialistas le confeccionaron dos pares de zapatos ortopédicos, y pudo andar, siempre con bastón, pero andar al fin…

Aún no estaba del todo recuperado, aún le fallaban un poco sus fuerzas, cuando llegáronse a él apremiándole. Comandante, héroe, comunista, no te duermas en tus laureles, es preciso poner manos a la obra; muchísimo nos queda por hacer; tenemos que luchar de firme. ¿Quién debe empeñarse en esta batalla sino tú y tus camaradas? Asume un cargo, acepta la dirección de algún negociado; lo que no ocupemos nosotros, lo ocupará la reacción; hemos de apresurarnos, porque ésos empiezan a organizarse, extienden ya sus tentáculos y enseñan sus dientes.

Aceptó el cargo, asumió la dirección de un negociado, en condiciones económicas tan miserables cuanto más importantes eran sus atribuciones. Otros ocuparon administraciones públicas, restaurantes, casas, residencias, siempre alardeando de su historial, de sus hazañas patrióticas, al tiempo que buscaban bajo el revoque de las viviendas, por si hubiera allí oro escondido; buscaban oro alemán, oro húngaro, carreras, sinecuras, coches, chóferes, secretarias. Él iba siempre a pie, caminando lentamente, apoyado en su bastón, puntual y escrupulosamente presentábase en su negocio, desarrollaba un ingente e importante trabajo. Al atardecer daba un paseo por el parque con su mujercita coja.

No se apropió de ninguna de las residencias anteriormente propiedad de alemanes o húngaros; ocuparon una pequeña vivienda en la que instalaron lo más indispensable, dos catres de campaña, algunas sillas viejas, una mesa de patas desniveladas… ¡un tipo raro! ¡Si a lo menos hiciera ostentación de su sencillez!, pero no, ni siquiera le daba importancia; a nadie cuidó de explicarle cuan satisfecho se sentía con lo poco que le era dado poseer, a nadie dijo lo que un catre de campaña significaba para él, acostumbrado a dormir sobre la paja en el fondo de una cueva helada… Él no deseaba tener más que lo permitido por sus menguados ingresos…

Ella se incorporó .otra vez a su trabajo del hospital, siempre solícita, siempre con su habitual buen humor. Todos la querían, los pacientes recibían de ella mucho más que medicinas, más que vendajes y apositos, porque tenía el don de transmitirles su propia alegría, su sola presencia obraba más curaciones que cualquier terapéutica. Más tarde le nació un niño y dos años después, una niña, dos criaturas sanas y hermosas. ¿Eran felices? Sí, el mutilado jefe de partisanos y su mujer, su pequeña cojita, se consideraban muy felices. Las calamidades sufridas uno junto a otro les unieron estrechamente y luego compartieron ambos la misma esperanza, igual perspectiva de una vida nueva, realmente nueva, con una moral nueva, nuevas relaciones humanas, nueva dignidad del hombre…

Mayo 8, 2008

Jaan Kross. El loco del Zar.

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Editorial Anagrama, 1992. 414 páginas.
Tit. Or. Keisri Hull. Trad. Joaquín Jordá con la colaboración de Jüri Talbet.

Jaan Kross, el loco del Zar
Decir la verdad al poder

No sabía nada sobre Jaan Kross, pero resulta que estuvo nominado varias veces al premio Nobel. Fue el más importante escritor estonio contemporáneo, y esta novela es su obra más famosa.

Timotheus von Bock fue un aristócrata de ideas peculiares. Se casó con una mujer del pueblo -hasta el punto que tuvo que comprar su libertad y la de su familia, pues eran siervos. Era el brazo derecho del emperador Alejandro I, pero tras enviarle un escrito es encarcelado durante nueve años y sólo es puesto en libertad tras calificarle de loco. Su cuñado Jakob lleva un diario en el que además de detalles de su propia vida nos desvela las claves para entender el comportamiento de Timo.

Por lo que se cuenta en el epílogo la mayor parte de los hechos narrados en el libro son históricamente ciertos. El libro gira alrededor de las consecuencias que tiene para Timo haber sido sincero consigo mismo y con el emperador. Pero también hay espacio para la historia personal de Jakob; un hombre de orígenes humildes que se ve de repente transportado a un estatus diferente y que no acaba de pertenecer a ninguno de los dos mundos, y cuya vida sentimental acaba siendo influida por las desventuras de su cuñado.

Esta muy bien escrito y los temas que trata resultan atractivos, pero no es enteramente de mi estilo.

Reto 2008: Estonia.

Escuchando: Den little floyten. Sinikka Langeland.


Extracto:[-]

—Vamos, el amor es más fuerte que cualquier otra cosa. Lo que te da tu fuerza, Eeva, es el amor, lo sé, te he observado a fondo. Y eso sobre lo que tú, Timo, te apoyas, también es el amor. Sí, el amor. Pero no es lo único. No acabo de saber muy bien qué es la otra cosa sobre la que te apoyas. Probablemente la filosofía. En fin, en su nombre también se ha ido a la hoguera. Qué pueden significar para ti los guiños y los murmullos de los queridos amigos de tu clase… Para hablar con la lengua del pueblo: ¡una mierda! -soltó una carcajada-. Siempre que tengáis confianza el uno en el otro. No sólo así, de manera general y superficial, sino a fondo, completamente, ¡en todo! Con una confianza total podéis retiraros al abrigo de todos los rumores… igual que…, ¡igual que en una concha completamente redonda! ¿Qué puede hacerle la tempestad por fuerte que sea…? Sólo acunarla cariñosamente…

En cuanto al silbido de las serpientes de la calumnia y a la absoluta necesidad de una confianza mutua, ya habían llegado algunas cosas a mis oídos. Las intenciones matrimoniales de Timo y de Eeva ya eran conocidas por unos cuantos. En San Peters-burgo, algunos buenos amigos habían comentado a Timo (y de manera, claro está, que no pudiera provocar a nadie en duelo) que Eeva, por aburrimiento, se había arrojado, según parece, a los brazos tanto de von Adlerberg de Uue-Varstu como a los del guapo paleto de Johannson, el sacristán de Viru-Nigula. Y varias damas bien informadas, de visita en casa de los Masing, habían contado, procurando ser oídas por Eeva, que en San Petersburgo el señor von Bock había pedido la mano, sí, nada menos que de la señorita Narychkina, la misma a la que el emperador, como era bien sabido, concedía una paternal atención… Que estando así las cosas, el afecto que el emperador sentía por el señor von Bock no había sido evidentemente tan profundo como para que Su Majestad llegara a ordenar a la señorita que aceptara la petición de matrimonio. No. ¡La señorita Narychkina había dado calabazas al señor Bock! No era extraño que se acordara después de su Cenicienta, ji, ji, ji, ji…

Aún no habían llegado los últimos días de septiembre cuando Timo y Eeva regresaron de San Petersburgo. Se habían casado según el rito ortodoxo. De acuerdo con sus documentos, Eeva incluso se llamaba ahora Catalina. Catalina von Bock. En un primer momento, me forcé a creer y a sentir que este nombre sólo podía designar a una persona totalmente extraña… Tanto más cuanto que su mirada me parecía ahora a veces más velada y otras más brillante que antes y a la seguridad de sus movimientos se había mezclado una cierta desenvoltura orgullosa que, sin embargo, tenía algo de inconveniente.

Pero después ella me explicó que los dos, Timo y ella, partían inmediatamente en dirección a Voisiku, que al principio vivirían allí y que, naturalmente, yo les acompañaría; sentí, pese a todo, que no tenía otra elección, que no podía hacer otra cosa.

La verdad es que, en cuatro años, yo había engullido tanta inteligencia libresca como puede contener un liceo; llegado a una edad en la que no sólo se está despierto sino que se es adulto (¡veintisiete años!), había adquirido también, debido a mi situación especial, una considerable comprensión de la vida y de los hombres. Pero no sabía qué hacer con ese saber. Salvo que, después de haber adquirido cierta experiencia práctica, lo utilizara para encargarme en Voisiku de la administración de la finca y serles más útil a los dos. Ocuparía el puesto de Klarfeldt, el intendente de entonces, del que Timo llevaba tiempo observando cómo a sus espaldas, hábilmente y poco a poco, se llenaba los bolsillos. Son muy escasos los intendentes a sueldo que no hacen lo mismo.

Así es como los cuatro (a Kásper, el lacayo, se le había ordenado que viniera a buscarnos a Aksi), cruzando los bellos paisajes secos y dorados por el otoño de las cercanías de Puurmani y Póltsamaa, llegamos aquí. Un viaje realizado enteramente en compañía de Timo y de Eeva. O, mejor dicho, de Timo y de Kitty —para dar a mi hermana el nombre con que su marido, mientras tanto, había comenzado a llamarla, a la inglesa.

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