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	<title>Cuchitril Literario</title>
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	<description>Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos</description>
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		<title>Lo mejor de Por favor 7: Forges en el oeste</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Feb 2012 04:12:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Audiovisual]]></category>
<category>Forges</category>
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		<description><![CDATA[Punch ediciones, 1975. Forges es un genio. No hay más que decir. La cantidad y calidad de sus viñetas es insuperable. Ojo, no soy un admirador suyo, me gusta, aunque prefiero otros humoristas gráficos. Pero alguien que es capaz de producir tanto y tan bueno se merece algún premio. Y sigue en activo, el tío. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/139312601/" title="Varios, Lo Mejor de Por Favor by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm1.staticflickr.com/51/139312601_60ef4a2d56_m.jpg" width="169" height="240" alt="Varios, Lo Mejor de Por Favor" align="right" hspace="15"></a><br />
Punch ediciones, 1975.</p>
<p>Forges es un genio. No hay más que decir. La cantidad y calidad de sus viñetas es insuperable. Ojo, no soy un admirador suyo, me gusta, aunque prefiero otros humoristas gráficos. Pero alguien que es capaz de producir tanto y tan bueno se merece algún premio. Y sigue en activo, el tío. Un monstruo.</p>
<p><a href="http://lepisma.liblit.com/wp-content/uploads/forges2.jpg"><img src="http://lepisma.liblit.com/wp-content/uploads/forges2-724x1024.jpg" alt="" title="forges2" width="724" height="1024" class="alignright size-large wp-image-3610" /></a></p>
<p>Calificación: Muy bueno.</p>
<p><i>Un día, un libro (157/365)</i></p>
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		<title>Alejo Carpentier. Guerra del tiempo.</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Feb 2012 04:04:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
<category>Alejo Carpentier</category><category>RBA</category>
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		<description><![CDATA[Recodos del tiempo En esta edición bajo el título de Guerra del tiempo parecen los siguientes relatos: Viaje a la semilla Semejante a la noche . El Camino de Santiago El acoso Todos tienen algo que ver con el tiempo. En Viaje a la semilla el tiempo transcurre hacia atrás y en Semejante a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/998007505/" title="Alejo Carpentier, Obras completas by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm2.staticflickr.com/1167/998007505_62ef84b6aa_m.jpg" width="176" height="240" alt="Alejo Carpentier, Obras completas" align="right" hspace="15"></a><br />
<b>Recodos del tiempo</b></p>
<p>En esta edición bajo el título de <b>Guerra del tiempo</b> parecen los siguientes relatos:</p>
<p>Viaje a la semilla<br />
Semejante a la noche   .<br />
El Camino de Santiago<br />
El acoso</p>
<p>Todos tienen algo que ver con el tiempo. En <i>Viaje a la semilla</i> el tiempo transcurre hacia atrás y en <i>Semejante a la noche</i> dos situaciones distantes en el tiempo resultan ser idéntica.</p>
<p>Pero la joya es <b>El Camino de Santiago</b> donde el tiempo parece circular (no daré detalles para no estropear ninguna sorpresa). Es un de los mejores cuentos que he leído en mi vida y lo habré leído diez o doce veces siempre con placer. Esto es una recomendación en toda regla.</p>
<p>Calificación: Muy bueno.</p>
<p><i>Un día, un libro (156/365)</i></p>
<p>Extracto:<br />
<i>Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel atardecer le repicaba quedo en el parche mal abrigado por el ala del sombrero, todo había de parecerle un tanto aneblado —aneblado como lo estaba ya por el aguardiente y la cerveza del vivandero amigo, cuyo carro humeaba por todos los hornillos, un poco más abajo, cerca de la iglesia luterana que habían transformado en caballerizas. Sin embargo, aquel barco traía una tal tristeza entre las bordas, que la bruma de los canales parecía salirle de adentro, como un aliento de mala suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas viejas, de colores mohosos; tenía pelos en los cordajes, musgos en las vergas, y de los flancos sin carenar le colgaban andrajos de algas muertas. Un caracol, aquí, allá, pintaba una estrella, una rosa gris, una moneda de yeso, en aquella vegetación de otros mares, que acababa de podrirse, en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas dormidas entre paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de pómulos hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera sufrido el mal de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una faluca que les había arrastrado hasta el muelle, con gestos que no expresaban, siquiera, el contento de ver encenderse las luces de las tabernas. La nave y los hombres parecían envueltos en un mismo remordimiento, como si hubiesen blasfemado el Santo Nombre en alguna tempestad, y los que ahora estaban enrollando cuerdas y plegando el trapío, lo hacían con el desgano de condenados a no poner más el pie en tierra. Pero, de pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el sol iluminara el crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de un sollado, aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas, plantados en medios toneles que empezaron a formar una olorosa avenida en la cubierta. Ante la salida de aquellos árboles vestidos de suntuosas cáscaras quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos, a pimienta, a canela, hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el tambor cargado en el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era cierto, pues, lo de los amores del Duque con lo que decían de los suntuarios caprichos de su dueña, ganosa siempre de los presentes que sólo un Alba, por mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las Especias, de los Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos naranjos, tan pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda, en alguna huerta de moros bautizados —que nadie los aventajaba en eso de hacer portentos con las matas—, antes de desafiar tormentas y bajeles enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el palacio de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos polvos de coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban a pedir, en aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no les bastaban ya los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos, sino que pedían invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia y esencia de flores nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo indiano que dice insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban ya con el gozque cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza de grifos, o animales con bastante lana para trasquilarlos de modo que tuvieran una melena berberisca donde prender lazos de color. Así, cuando el aguardiente del vivandero zamorano se subía a la cabeza de los soldados, había siempre quien se soltara la lengua, afirmando que si el Duque permanecía tanto tiempo en Amberes, con unos cuarteles de invierno que ya pasaban de cuarteles de primavera, era porque no acababa de resolverse a dejar de escuchar una voz que sonaba, sobre el mástil del laúd, como sonarían las voces de las sirenas, mentadas por los antiguos. &#8220;¿Sirenas?&#8221;—había gritado poco antes la moza fregona, gran trasegadora de aguardiente, que venía zapateando desde Nápoles, tras de la tropa. &#8220;¿Sirenas? ¡Digan mejor que más tiran dos tetas que dos carretas!&#8221; Juan no había oído el resto, en el revuelo de soldados que se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo comido ni bebido, por temor a que algún criado del Duque anduviese por allí y denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos que eran llevados a tierra, bajo la custodia de un alferez recién llegado, le volvían las palabras de la moza, subrayadas por un espeso trazo de evidencia. Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros entoldados que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el repentino deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca, Juan volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba a tierra una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta de pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que le quedaba libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había detenido al llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una ciudad desconocida se pregunta dónde están las casas. Al sentir el rebote de un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para irse al agua del canal, la rata echó a correr hacia la casa de los predicadores quemados, donde se tenía el almacén del forraje. Sin pensar más en esto, Juan regresó hacia el carro del vivandero zamorano. Allí, por amoscar a la fregona, los soldados de la compañía coreaban unas coplas que ponían a las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de cuernos y alcahuetas. Pero, en eso pasaron los carros cargados de naranjos enanos, y hubo un repentino silencio, roto tan sólo por un gruñido de la moza, y el relincho de un garañón que sonó en la nave de los luteranos como la misma risa de Belcebú.</i></p>
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		<title>James Ellroy. L.A. Confidential.</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Feb 2012 04:53:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Novela]]></category>
<category>El Mundo</category><category>James Ellroy</category>
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		<description><![CDATA[Biblioteca El Mundo, 2002. 350 y 254 páginas. Tit. Or. L.A. Confidential. Trad. Carlos Gardini. Corrupción en Hollywood El caso es que yo tenía la sensación de haber visto la película basada en este libro, pero ni leyéndolo me ha venido la historia a la cabeza. No sé si es que no la he visto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/3303483183/" title="James Ellroy, LA Confidential by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm4.staticflickr.com/3319/3303483183_b91ced80d3_m.jpg" width="142" height="240" alt="James Ellroy, LA Confidential" align="right" hspace="15"></a><br />
Biblioteca El Mundo, 2002. 350 y 254 páginas.<br />
Tit. Or. L.A. Confidential. Trad. Carlos Gardini.<br />
<b>Corrupción en Hollywood</b></p>
<p>El caso es que yo tenía la sensación de haber visto la película basada en este libro, pero ni leyéndolo me ha venido la historia a la cabeza. No sé si es que no la he visto o mi memoria es peor de lo que pensaba.</p>
<p>A través de los ojos de tres policías completamente diferentes entre sí (uno que intenta superar a su padre y que oculta una cobardía de guerra, otro que intenta superar una adicción y al que le gusta figurar y el último un poli duro obsesionado con el maltrato a las mujeres) iremos descubriendo los trapos sucios de una ciudad famosa por ser la fábrica de sueños.</p>
<p>Líbreme dios de criticar a un clásico del género negro, pero a mis ojos esta novela tiene bastantes fallos y no es el menor lo enrevesado de la trama, que cuesta en ocasiones seguir y no porque de la impresión de ser un recurso narrativo, sino por falta de capacidad del autor.</p>
<p>Sin embargo en la segunda parte -esta edición está dividida en dos volúmenes- la cosa se animó, la personalidad de los protagonistas se fija un poco, y en general, acabó gustándome. No es que crea que está exenta de errores, sino que los aciertos los compensan y el balance, para mí, es positivo.</p>
<p>Pueden encontrar una buena reseña aquí: <a href="http://lecturaserrantes.blogspot.com/2011/03/l-confidential-de-james-ellroy.html">L.A. Confidential</a>.</p>
<p>Calificación: Bueno.</p>
<p><i>Un día, un libro (155/365)</i></p>
<p>Extracto:<br />
<i>El sargento Exley ordenó a White que lo dejara; White ignoró la orden; el sargento Exley sintió alivio cuando el prisionero se escabulló eliminando la necesidad de nuevas confrontaciones.<br />
Ed torció la cara, siguió escribiendo: 25/12/51, los abusos de fuerza en los calabozos de la Central descritos con detalle. Probable intervención de un gran jurado, juntas interdepartamentales, la ruina del prestigio del jefe Parker. Una hoja nueva, observaciones sobre los presos que habían sido testigos, la mayoría encerrados por ebriedad. El hecho de que casi todos los policías habían bebido en exceso. Ellos eran testigos interesados; él estaba sobrio, era imparcial, había intentado dominar la situación. Necesitaba una salida ágil; el Departamento tenía que salvar su prestigio; las autoridades sentirían gratitud hacia el hombre que intentaba evitar la mala prensa, que había tenido la previsión de anticiparse a las consecuencias. Escribió la versión número dos.<br />
Una digresión sobre la número uno; la acción concentrada en la responsabilidad de unos pocos: Stensland, Johnny Brownell, Bud White y un puñado de hombres que ya habían ganado su pensión o estaban por ganarla: Krug-man, Tucker, Heineke, Huff, Disbrow, Doherty. Carnada para arrojar a la Fiscalía si subía la fiebre acusatoria. Un punto de vista subjetivo, adaptado para coincidir con lo que habían visto los borrachos prisioneros, los atacantes que intentaban huir de su bloque para liberar a otros internos. La verdad apenas distorsionada: imposible que otros testigos la negaran. Ed firmó, escuchó por el conducto preparándose para la versión número tres.<br />
Llegó lentamente. Voces urgiendo a Stensland a «despertarse para otra sesión»; White se marchó de las celdas, mascullando que era un desperdicio. Krugman y Tucker aulla-<br />
ron insultos; les respondieron gimoteos. No más sonidos de White o Johnny Brownell; Lentz, Huff, Doherty recorriendo el pasillo. Sollozos y lamentos en español, una y otra vez.<br />
6.14 de la mañana.<br />
Ed escribió la versión número tres: ningún gimoteo, ningún «madre mía», los mexicanos incitando a otros internos. Se preguntó cómo calificaría su padre esos delitos: colegas atacados, los atacantes aporreados. ¿Cuál exigía justicia absoluta?<br />
El ruido disminuyó; Ed intentó dormir pero no pudo; metieron una llave en la cerradura.<br />
El teniente Frieling, pálido, temblando. Ed lo apartó, caminó por el corredor.<br />
Seis celdas abiertas de par en par, las paredes embadurnadas de sangre. Juan Carbijal en su litera, una camisa empapada de sangre bajo la cabeza. Clinton Valupeyk enjugándose la sangre de la cara con agua del retrete. Reyes Chasco, una contusión gigante; Dennis Rice tratando de mover los dedos: hinchados, rotos. Dinardo Sánchez y Eze-kiel García acurrucados junto a la celda de los borrachos.<br />
Ed pidió ambulancias. Las palabras «Hospital del Condado» casi le hicieron vomitar.</i></p>
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		<title>Varios autores. Cuentos eróticos de navidad.</title>
		<link>http://lepisma.liblit.com/2012/02/01/varios-autores-cuentos-eroticos-de-navidad/</link>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 04:27:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
<category>Tusquets</category>
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		<description><![CDATA[Tusquets, 1999. 208 páginas. Navidades calentitas Lo tomé prestado de la bilioteca por el título, a ver si encontraba cuentos para mis sesiones de temática erótica o navideña, sin mayores expectativas. Pero me ha sorprendido la calidad de la selección, que incluye los siguientes relatos: Prólogo, de Luis García Berlanga Dorso de diamante, Mayra Montero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/6731934693/" title="Varios autores, Cuentos eróticos de navidad by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm8.staticflickr.com/7164/6731934693_b6f94a83e4_m.jpg" width="160" height="240" alt="Varios autores, Cuentos eróticos de navidad" align="right" hspace="15"></a><br />
Tusquets, 1999. 208 páginas.<br />
<b>Navidades calentitas</b></p>
<p>Lo tomé prestado de la bilioteca por el título, a ver si encontraba cuentos para mis sesiones de temática erótica o navideña, sin mayores expectativas. Pero me ha sorprendido la calidad de la selección, que incluye los siguientes relatos:</p>
<p>Prólogo, de Luis García Berlanga</p>
<p>Dorso de diamante, Mayra Montero<br />
Sola esta noche, Manuel Talens<br />
Ideogramas húmedos, Mercedes Abad<br />
Nochebuena con nieve, Leonardo Padura Fuentes<br />
La amiga de mamá, Javier Cercas<br />
Dulces sueños, Eduardo Mendicutti<br />
El niño y la sirena, José María Álvarez<br />
El sabor, Felipe Benítez Reyes<br />
Un árbol en el jardín, Ana María Moix<br />
Otra Navidad en familia, Luis Antonio de Villena<br />
El hogar del fuego, Andrés de Luna<br />
Tres reyes, Abilio Estévez<br />
Perro negro, Irene González Frei</p>
<p>La anodina y fea portada no me hizo sospechar la alta calidad literaria del contenido. Además dos de los cuento ya los había oído a otros narradores que debieron pensar lo mismo que yo. En ocasiones el erotismo te hace subir la temperatura, en otras es la ternura o el humor lo que te atrae, pero casi todos los cuentos me han gustado mucho. Tanto que me apena tener que devolverlo a la biblioteca.</p>
<p>El único pero es que la relación del cuento con la navidad es muchas veces circunstancial, podrían transcurrir en semana santa o un día de cada día. Por eso los que están realmente unidos a la navidad tienen más valor.</p>
<p>Calificación: Muy bueno.</p>
<p><i>Un día, un libro (154/365)</i></p>
<p>Extracto:<br />
<i>En la bulliciosa ciudad de Istahad había una vez un joven talabartero, de nombre Asrum, que, nada más dar término a sus faenas, cerraba su taller y se iba por las huertas anochecidas a robar fruta, pues era mucha la afición que a su dulzor le había cogido y era mucho el dinero que esa afición le costaría si no le diese satisfacción mediante el hurto.<br />
Le gustaban a Asrum los dátiles, sí, y los célebres nísperos de las tierras de Játuba, y los carnales damascos; cualquier fruta le gustaba en realidad, pero de todas ellas sentía predilección por los frutos morados de la higuera breval, y a cestas los robaba él cuando era temporada.<br />
Un día de tantos, aunque especialmente caluroso, se hallaba Asrum sentado a la puerta de su taller, repujando pellejos, cuando oyó casualmente una conversación entre dos vecinos: «Escucha lo que voy a decirte, Karim Al-Hahchah: si los higos de las mujeres tuviesen el mismo sabor que los higos que dan las higueras de Egipto, ellas serían felices por comidas y nosotros dichosos por glotones. Ten en cuenta, además, que si el higo de las mortales tuviese sabor a higo verdadero, más nos valdría prevenirnos de imaginar siquiera qué sabor habrían de tener los higos de las huríes que nos esperan impacientes en el Paraíso», y ambos vecinos rompieron a reír.<br />
Tras oír este descabellado parlamento, Asrum dejó la gubia en su regazo y se puso a meditar: «Creo que en esa obscenidad que acabo de oír se esconde la llave de mi buenaventura: sólo lograré ser feliz si encuentro a una mujer cuyo sexo tenga sabor a higo de higuera breval, pues ése es el sabor que más me gusta». Y no es que Asrum tuviera la razón extraviada, según pudiera desprenderse de esta insensata conclusión, sino que de repente se había acordado de la enseñanza que le ofreció una vez un mago hambriento y errante, natural de Catay, a cambio de una torta de avena: «El sabor de tu vida dependerá del sabor de la fruta que comas. Si comes frutas acidas, acida será tu vida. Si dulces, dulces serán tus días sobre la Tierra. Si insípidas, serán insípidas tus horas. Todo depende de la fruta que elijas morder en la vida. Y, por raro que parezca, se puede elegir en muchos casos». En su día, Asrum, como es natural, atribuyó este consejo a la afición legendaria de los de Catay a la alegoría y a la parábola, pues de suyo son las gentes de allí muy aficionadas a componer guirnaldas de lotos y de alas de mariposa con el más inconsútil de los pensamientos, pero de pronto, al recordarlo, se le reveló aquel consejo con la contundencia de un dogma: «El sabor. Todo depende del sabor», se dijo Asrum, «y a mí me gusta, más que cualquier otra, la fruta que da la higuera breval, de modo que si quiero ser feliz, debo encontrar a una mujer que me respete y que tenga sabor a breva, y espero que Alá no me confunda en esa búsqueda, sino que, por el contrario, me ilumine en ella, pues ha de resultarme sin duda fatigosa», pensó Asrum, meditabundo, y prosiguió: «He oído a los hombres contar muchas cosas sobre los cuerpos de las mujeres, pero jamás he oído a nadie decir que alguna de ellas tuviera en la parte más secreta de sí el sabor de la breva. La textura sí, pero no el sabor».</i></p>
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		<item>
		<title>Connie Willis. Lo mejor de Connie Willis II.</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Jan 2012 04:07:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ci-Fi]]></category>
<category>Connie Willis</category><category>Ediciones B</category>
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		<description><![CDATA[Ediciones B, 2010. 413 páginas. Tit. Or. The Winds of Marble Arch an Other Stories. Trad. Pedro Jorge Romero. Acabo de ver que entre la publicación de los dos tomos pasaron casi dos años, siendo como son dos partes del mismo libro. Algo no va bien en el mercado editorial. Los relatos aquí son los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/4592707113/" title="Connie Willis, Lo mejor de Connie Willis II by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm4.staticflickr.com/3393/4592707113_89ca3308d4_m.jpg" width="161" height="240" alt="Connie Willis, Lo mejor de COnnie Willis II" align="right" hspace="15"></a><br />
Ediciones B, 2010. 413 páginas.<br />
Tit. Or. The Winds of Marble Arch an Other Stories. Trad. Pedro Jorge Romero.</p>
<p>Acabo de ver que entre la publicación de los dos tomos pasaron casi dos años, siendo como son dos partes del mismo libro. Algo no va bien en el mercado editorial. Los relatos aquí son los siguientes:</p>
<p><strong>Realeza</strong><br />
La maldición de los reyes<br />
Incluso la reina<br />
Posada   </p>
<p><strong>Cuestiones de vida o muerte</strong><br />
Samaritano<br />
Cultivo comercial<br />
Jack<br />
La última autocaravana</p>
<p><strong>Y posteriormente</strong><br />
Rito para el entierro de los muertos<br />
El alma escoge su propia compañía</p>
<p><strong>Epifanías</strong><br />
Azar<br />
En el Rialto<br />
Epifanía </p>
<p>Algunos de los mejores son, como decía ayer, los incluídos también en <a h ref="http://lepisma.liblit.com/2009/07/06/connie-willis-el-espiritu-de-la-navidad/">El espíritu de la navidad</a>. Pero de aquí destacaría <i>La última autocaravana</i> y <i>En el rialto</i>. Me ha gustado más esta segunda parte.</p>
<p>Una reseña mejor aquí: <a href="http://www.bemonline.com/portal/index.php/resefondo-37/1390-lo-mejor-de-connie-willis-ii-por-cwillis">Lo mejor de Connie Willis II</a>. Que yo ando con prisas.</p>
<p>Calificación: Muy bueno.</p>
<p><i>Un día, un libro (153/365)</i></p>
<p>Extracto:<br />
<i>—Porque quiero que llegues a Tempe con vida. Han retrasado la conferencia del gobernador a la una, así que no tendrás problemas. ¿Ya has usado la Eisenstadt?<br />
—Ya te digo que acabo de llegar. Ni siquiera la he encendido.<br />
—No la enciendes, se activa sola cuando la colocas sobre una superficie horizontal.<br />
Genial. Probablemente de camino ya hubiese disparado todo el cartucho de cien fotos.<br />
—Bien, si no la usas con la Winnebago, asegúrate de usarla en la rueda de prensa del gobernador. Por cierto, ¿te has pensado lo del traslado a investigación?<br />
Era por eso que la Sun-Con estaba tan interesada en la Eisenstadt. Habría sido más fácil enviar un fotógrafo capaz de escribir que enviar a un fotógrafo y a un periodista, sobre todo en los pequeños Hitori de un solo asiento que pedían ahora, que fue como me había convertido en reportero gráfico. Y como eso había salido tan bien, ya puestos, ¿por qué mandar a nadie? Envía una Eisenstadt y una grabadora y ya no necesitas un Hitori ni crédito de carretera para llegar hasta donde sea. Puedes mandarlo por correo. La Eisenstadt puede estar colocada sin llamar la atención sobre la vieja mesa del gobernador y, al cabo de un rato, alguien viajar en un solo asiento, alguien que no tiene necesariamente que ser fotógrafo ni reportero, que entre a escondidas y la recupere. Ésa y una docena más.<br />
—No —dije, mirando colina arriba. El anciano le dio un último repaso al guardabarros delantero y luego caminó hasta uno de los viejos maceteros bordeados de piedra del zoo y vació el cubo sobre una mezcolanza de chumberas que probablemente se lo tomarían por una lluvia de primavera y florecerían antes de que yo llegase arriba—. Mira, si debo hacer las fotos antes de que lleguen los turistas, mejor te dejo.<br />
—Me gustaría que te lo pensaras. Y esta vez usa la Eisenstadt. Te gustará si la pruebas. Incluso olvidarás que es una cámara.<br />
—Ya me lo imagino —dije.</i></p>
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		<title>Connie Willis. Lo mejor de Connie Willis I.</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jan 2012 11:47:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ci-Fi]]></category>
<category>Connie Willis</category><category>Ediciones B</category>
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		<description><![CDATA[Ediciones B, 2008. 363 páginas. Tit. Or. The Winds of Marble Arch an Other Stories. Trad. Pedro Jorge Romero. Dada mi admiración por Connie Willis fue ver el título y empezar a salivar. Pero no se fien, es la exageración típica de las editoriales de aquí, lo correcto hubiera diso &#8216;Los vientos de Marble Arch [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/3100631932/" title="Connie Willis, Lo mejor de Connie Willis by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm4.staticflickr.com/3087/3100631932_7f1b5761fa_m.jpg" width="158" height="240" alt="Connie Willis, Lo mejor de Connie Willis" align="right" hspace="15"></a><br />
Ediciones B, 2008. 363 páginas.<br />
Tit. Or. The Winds of Marble Arch an Other Stories. Trad. Pedro Jorge Romero.</p>
<p>Dada mi admiración por <a href="http://lepisma.liblit.com/tags/Connie_Willis/">Connie Willis</a> fue ver el título y empezar a salivar. Pero no se fien, es la exageración típica de las editoriales de aquí, lo correcto hubiera diso &#8216;Los vientos de Marble Arch y otras historias&#8217;. Se incluyen en esta primera parte los relatos siguientes:</p>
<p><strong>Informes meteorológicos</strong><br />
Los vientos de Marble Arch<br />
Luna azul<br />
Igual que aquellas que solíamos tener<br />
Daisy, al sol </p>
<p><strong>Correspondencia</strong><br />
Una carta de los Cleary<br />
Carta de Navidad</p>
<p><strong>Guías de viajes</strong><br />
Brigada de incendios<br />
Directos a Portales</p>
<p><strong>Multas de aparcamiento y otras infracciones</strong><br />
Ruido<br />
Todas mis queridas hijas<br />
A finales del Cretácico</p>
<p>Pueden encontrar un buen resumen aquí: <a href="http://www.bemonline.com/portal/index.php/resefondo-37/1392-lo-mejor-de-connie-willis-i-por-cwillis">Lo mejor de Connie Willis I</a>. Por mi parte decir que me pareció mucho mejor en su conjunto <a h ref="http://lepisma.liblit.com/2009/07/06/connie-willis-el-espiritu-de-la-navidad/">El espíritu de la navidad</a>, pero que a mí Willis nunca me defrauda.</p>
<p>Calificación: Bueno.</p>
<p><i>Un día, un libro (152/365)</i></p>
<p>Extracto:<br />
<i>El Blitz. Por supuesto. Eso explicaba el olor a pólvora o lo que fuese. Y la sacudida. Una bomba de gran potencia explosiva.<br />
Pero el Blitz se había producido hacía más de cincuenta años. ¿Era posible que el aire de las bombas hubiese permanecido en el metro durante tanto tiempo, sin disiparse?<br />
Había una forma de descubrirlo. A la mañana siguiente fui en metro a Tottenham Court Road, a una calle llena de librerías, y pedí un libro sobre la historia del metro durante el Blitz.<br />
—¿El metro? —dijo vagamente la chica de Foyle&#8217;s, la tercera librería que visitaba—. Quizás en el Museo del Metro haya algo.<br />
—¿Dónde está eso? —pregunté.<br />
No lo sabía, y tampoco lo sabía el vendedor de billetes de la estación de metro, pero recordé haber visto un cartel en el andén de Oxford Circus durante mis idas y venidas del día anterior. Consulté el plano del metro, tomé el tren hasta Victoria y cambié para Oxford Circus, donde tuve que mirar en cinco andenes hasta encontrarlo.<br />
Covent Garden. El Museo del Transporte de Londres. Volví a mirar el plano, tomé la línea Central hasta Holborn, cambié a Picca-dilly y fui a Covent Garden.<br />
Y aparentemente también había sido bombardeada, porque una ráfaga que me quemaba la cara me golpeó antes de haber recorrido un tercio del túnel. Pero no hubo olor a explosivos, ni a azufre, ni a polvo. Sólo ceniza, fuego y desesperación absoluta, eso era todo, todo ardiendo.<br />
El olor todavía me acompañaba cuando me apresuré escaleras arriba y salí al mercado, mientras pasé entre los carritos de venta de camisetas, postales y buses dobles de juguete, hasta que llegué al Museo del Transporte.<br />
También estaba repleto de camisetas y postales, todas con el símbolo del metro o con reproducciones del plano del metro.<br />
—Necesito un libro sobre el metro durante el Blitz —dije a un joven que estaba al otro lado de un mostrador lleno de salvamanteles con la frase «Cuidado con el desnivel» y barajas de cartas.<br />
—¿El Blitz? —repitió, sin saber muy bien de qué le hablaba.<br />
—La Segunda Guerra Mundial. —Lo que tampoco provocó ninguna reacción.<br />
Agitó la mano más o menos hacia la derecha.<br />
—Los libros están por ahí.</p>
<p>No estaban. Estaban al otro lado, tras un expositor de pósteres de anuncios del metro de los años veinte y treinta, y la mayoría de los libros que tenían eran sobre trenes. Pero al fin di con dos historias del metro y un libro de bolsillo llamado Londres durante la guerra. Lo compré todo y también un cuaderno con el plano del metro en la portada.<br />
El Museo del Transporte tenía bar. Me senté a una mesa de plástico y me puse a tomar notas. Casi todas las estaciones de metro se habían usado como refugio, y muchas habían sido bombardeadas: Euston, Aldwych, Monument. «Tras el bombardeo, por todas partes se apreciaba el olor acre del polvo de ladrillo y la cordita», decía el libro de bolsillo. Cordita. Eso era lo que había olido.<br />
Marble Arch había recibido un impacto directo. La bomba había explotado como una granada en uno de los pasillos, arrancando azulejos de las paredes, lanzándolos como cuchillos contra la gente allí refugiada. Lo que explicaba el olor a sangre. Y la ausencia de calor. Había sido una implosión.<br />
Miré Holborn. Había varias referencias a que se había usado como refugio, pero en ninguna parte decía que hubiese recibido un impacto.<br />
Charing Cross sí, dos veces. Había recibido el impacto de una bomba de gran potencia y luego el de una V-2. La bomba había roto las conducciones de agua y había liberado una avalancha de tierra a la zona donde estaban las escaleras. Ahí tenía el olor a tierra húmeda que había percibido: barro al derrumbarse el techo.<br />
Casi una docena de estaciones habían sido bombardeadas la noche del 10 de mayo de 1941: Cannon Street, Paddington, Black-friars, Liverpool Street&#8230;<br />
Covent Garden no aparecía en la lista. La busqué en el libro de bolsillo. La estación no había recibido el impacto de ninguna bomba, pero las incendiarias habían caído a su alrededor y la zona entera había ardido. Lo que implicaba que Holborn tenía que haber recibido un impacto directo. Podía haber habido una bomba cercana, con muchos muertos, que fuese responsable del olor a osario de Holborn. Y el hecho de que hubiese habido incendios alrededor de Covent Garden encajaba con el hecho de que no hubiese habido azufre ni conmoción.<br />
</i></p>
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		<title>Jennifer Ouellette. Cuerpos negros y gatos cuánticos.</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jan 2012 14:01:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
<category>Belacqua</category><category>Jennifer Ouellette</category>
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		<description><![CDATA[La física al alcance de todos Belacqua, 2008. 392 páginas. Tit.Or. Black bodies and quantum cats. Trad. Luz Freire. Me llevé prestado este libro de la biblioteca con mucho entusiasmo; la divulgación científica me encanta y últimamente me engancha más que un superventas. Pero el prólogo me dejó un poco frío. La autora no es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/6731932599/" title="Jennifer Ouellette, Cuerpos negros y gatos cuánticos by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm8.staticflickr.com/7145/6731932599_cd07023aa8_m.jpg" width="164" height="240" alt="Jennifer Ouellette, Cuerpos negros y gatos cuánticos" align="right" hspace="15"></a><br />
<b>La física al alcance de todos</b><br />
Belacqua, 2008. 392 páginas.<br />
Tit.Or. Black bodies and quantum cats. Trad. Luz Freire.</p>
<p>Me llevé prestado este libro de la biblioteca con mucho entusiasmo; la divulgación científica me encanta y últimamente me engancha más que un superventas. Pero el prólogo me dejó un poco frío. La autora no es física y se disculpa de antemano de los errores que pueda cometer. Malo, porque si los expertos ya se equivocan a veces, un profano hablando de mecánica cuántica puede <i>liarla parda</i>.</p>
<p>Pero no, me equivocaba por completo. El rigor es absoluto, no se dice nada incorrecto y la autora no sólo es amena y clara, también tiene talento. La prueba es que aunque la mayor parte de las cosas que aquí explica ya las sabía, he disfrutado mucho con su lectura. </p>
<p>El libro es una serie de artículos sobre diferentes descubrimientos e inventos científicos, cronológicamente ordenados. Para explicar conceptos utiliza comparaciones con elementos de la cultura popular, películas, personajes de cómics, etcétera. Además tienen <i>sabor</i>; la autora sabe como tocar la fibra del lector.</p>
<p>Entre los temas, además de los clásicos teoremas o descubrimientos científicos, se incluyen inventos como las montañas rusas, que servirán de entretenimiento tanto a los lectores no acostumbrados a la divulgación, como a los que sí, por la novedad. A mi me han resultado muy interesantes.</p>
<p>Si uno posee una cultura científica básica es probable que este libro no le diga nada nuevo, pero lo que dice lo dice muy bien y merece la pena leerlo. Y si no la posee es un excelente medio para adquirirla.</p>
<p>Calificación: Muy bueno.</p>
<p><i>Un día, un libro (151/365)</i></p>
<p>Extractos:<br />
<i>La mayor parte de las primeras críticas a su obra provinieron de colegas en astronomía como Tycho Brahe, un noble danés nacido en 1546. La vida de Brahe está marcada por dos extraños incidentes. Llevaba atada a la cabeza una nariz falsa de plata, pues había perdido parte de su propia nariz cuando le fue cortada en un duelo. También sufrió una muerte muy rara. Dice la leyenda que mientras cenaba con el emperador de Dinamarca, Brahe sintió la necesidad de orinar, pero hubiera sido un acto muy grosero levantarse de la mesa antes que el rey. Así pues, se le reventó la vejiga y falleció unos días después; quizá la única persona en la historia que murió a causa de la buena educación.</p>
<hr/>
<p>Se cree que el pintor holandés Jan Vermeer (1632-1675) utilizó la cámara oscura. El dibujante y litógrafo estadounidense Joseph Pennell ya había especulado sobre esta posibilidad en 1891, y a modo de prueba mencionó la «perspectiva fotográfica» de algunos cuadros de Vermeer. Otros observadores han notado que Vermeer parece reproducir ciertos efectos «fuera de foco», como en su tratamiento de los toques de luz: la reflexión de la luz en superficies brillantes. Acerca de dónde pudo haber aprendido óptica, se sabe que su contemporáneo Antoni van Leeuwenhoek, experto en microscopios, vivía en Delft, a unas pocas calles de la casa de Vermeer. Algunos estudiosos han sugerido incluso que Leeuwenhoek sirvió de modelo para dos cuadros de Vermeer de temas científicos: El astrónomo y El geógrafo. En ambos, el modelo se parece de modo singular a retratos conocidos de Leeuwenhoek.</p>
<hr/>
<p>Era un acto muy convincente, pero a la larga Mesmer despertó las sospechas del rey Luis XVI; quizá irritado por el apego servil de su mujer hacia el médico, nombró una comisión especial en 1784 para investigar los métodos de Mesmer. La comisión incluía a Ben-jamin Franklin (por entonces el experto más reconocido en electricidad), Antoine Lavoisier (descubridor del oxígeno) y al notorio doctor Guillotin, que al final perdería su propia cabeza en el aparato que lleva su nombre. (Los revolucionarios franceses no carecían del sentido de la ironía.) Uno de los discípulos más importantes de Mesmer llevó a cabo varias «demostraciones» del magnetismo animal en la casa de Franklin en París, con resultados catastróficos para Mesmer. Con los ojos vendados, los pacientes no podían determinar siquiera si el «mesmerizador» estaba presente, y la comisión resolvió que las «curas» de Mesmer eran el resultado de una impresionante teatralidad unida a la imaginación del paciente. Después del enorme desprestigio, Mesmer se recluyó en Suiza, donde vivió en la sombra.</p>
<hr/>
<p>Babbage era una de esas personas que la gente ama o detesta. Entre sus seguidores estaban Charles Darwin y Ada Lovelace, hija del poeta romántico Lord Byron, que comprendió la importancia de las «máquinas pensantes» aun cuando sus contemporáneos lo ridiculizaban. Entre los detractores, estaban la madre de Ada y el poeta Thomas Carlyle, que en una oportunidad describió a Babbage como «una mezcla de sapo y víbora». Es cierto que Babbage podía ser fastidioso, e incluso pomposo a veces, y tenía el don de pro-mocionarse a sí mismo de modo solapado, pero también podía ser encantador cuando quería. Amaba los números y le fascinaban hasta el cansancio los detalles insignificantes, y reunió una colección de «libros de chistes» para analizar científicamente la «causa del ingenio». Imagínense al comediante Jerry Seinfeld interrumpiendo su monólogo a cada minuto para explicarle al público por qué fue gracioso un chiste. Babbage no podía evitarlo. En Cambridge, había cofundado la Sociedad Analítica —en esencia, el primer club de matemáticas colegiado— y una vez, como «diversión», ideó una serie de tablas de mortalidad, que constituyen hoy en día un instrumento básico de las industrias aseguradoras modernas. («Un hombre con tanto talento para los números e inclinación por el halago estaba destinado a terminar en seguros de vida», dijo en son de burla el historiador Benjamín Woolley en La novia de la ciencia?) Babbage incluso descifró el código «Vigenere» alrededor de 1854, lo que se creía imposible; muchos historiadores consideran esta hazaña como el descubrimiento más importante en criptoanalisis desde el siglo ix. De todos modos, éstas eran meras fruslerías. Su verdadero interés estaba en otra parte.</i></p>
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		<title>Números (casi) redondos</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jan 2012 07:53:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Empecé esto como un diario de lecturas casi privado, no me visitaba nadie e iba apuntando lo que leía básicamente para tener una mínima información de los libros. Hoy, casi ocho años después, me doy cuenta de que poco a poco se va haciendo mucho, y aquí están las cifras. Con el nacimiento de mi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Empecé esto como un diario de lecturas casi privado, no me visitaba nadie e iba apuntando lo que leía básicamente para tener una mínima información de los libros. Hoy, casi ocho años después, me doy cuenta de que poco a poco se va haciendo mucho, y aquí están las cifras.</p>
<p>Con el nacimiento de mi segundo hijo se me acumularon las reseñas, así que decidí volver a poner en marcha <i>Un libro al día</i>, poner una reseña diaria. Ayer llegué a las <b>150</b>, y aunque la calidad ha bajado (y no es que antes fuera muy buena) y a veces llego por los pelos, lo llevo al día.</p>
<p>He superado el millar de reseñas, en concreto <b>1043</b>. He esperado a superar las mil porque algunas son de colaboradores y otras (muy pocas) pertenecen a dos categorías. Ahora estoy seguro de haber publicado más de mil, repartidas de la siguiente manera:</p>
<p>Novela: 331<br />
Ensayo:201<br />
Cuentos:190<br />
Ciencia Ficción: 168<br />
Teatro:141<br />
Poesía: 12</p>
<p>Por último visitas. Según Google adsense, estrictos vigilantes por la cuenta que les trae, esta bitácora ha tenido un total de <b>2.033.118</b> visitas. Cifra que es modesta comparada con la de los <i>grandes</i> que en un par de meses superan con creces esa cifra, pero inmensa para mí, que jamás imaginé que las tonterías que iba a escribir las viera tanta gente.</p>
<p>Mantener una bitácora lleva mucho tiempo. Pero personalmente me ha compensado con creces. No por estos números, sino por la gran cantidad de personas que he conocido, lectores que se han transformado en amigos. Gracias a todos.</p>
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		<title>David Safier. Maldito karma.</title>
		<link>http://lepisma.liblit.com/2012/01/28/david-safier-maldito-karma/</link>
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		<pubDate>Sat, 28 Jan 2012 14:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Novela]]></category>
<category>David Safier</category><category>Seix-Barral</category>
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		<description><![CDATA[Seix-Barral, 2010. 314 páginas. Tit. Or. Mieses Karma. Trad. Lidia Álvarez Grifoll. Reencarnación Mi cuñada me recomendó este libro y a las dos semanas lo vi gratis en el sitio de intercambio. Yo empeñado en no comprar más libros y el destino poniéndolos delante. La protagonista es una presentadora de televisión de éxito que, sin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/6071296426/" title="David Safier, Maldito karma by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm7.staticflickr.com/6187/6071296426_ca8bbcfea5_m.jpg" width="143" height="240" alt="David Safier, Maldito karma" align="right" hspace="15"></a><br />
Seix-Barral, 2010. 314 páginas.<br />
Tit. Or. Mieses Karma. Trad. Lidia Álvarez Grifoll.<br />
<b>Reencarnación</b></p>
<p>Mi cuñada me recomendó este libro y a las dos semanas lo vi gratis en el sitio de intercambio. Yo empeñado en no comprar más libros y el destino poniéndolos delante.</p>
<p>La protagonista es una presentadora de televisión de éxito que, sin embargo, ha descuidado mucho a su familia y ha llegado hasta donde está a base de pisar muchas cabezas. Cuando muere de una manera un tanto absurda se verá reencarnada en una hormiga. Si quiere volver a ser humana tendrá que acumular buen karma.</p>
<p>Un libro entretenido que me leí en un plis-plas. Eso es bueno y malo: bueno porque la trama me enganchó, malo porque cuando algo lo lees tan rápido es porque mucha densidad literaria tampoco tiene. Los personajes son muy básicos y el final es un tanto flojo. Pero no me quejo, pasé el rato y aunque no solté ninguna carcajada, si bastantes sonrisas. Auguro película.</p>
<p>Aquí otra reseña: <a href="http://blog.metropolislibros.com/narrativa/maldito-karma-de-david-safier/">Maldito karma</a> con un buen resumen, y otra: <a href="http://www.cargadadelibros.com/2010/02/16/maldito-karma-david-safier/">Maldito karma</a> con la que estoy bastante de acuerdo.</p>
<p>Calificación: Para pasar el rato.</p>
<p><i>Un día, un libro (150/365)</i></p>
<p>Extracto:<br />
<i>En mi primera noche en Venecia, Nina hizo en la playa lo que mejor sabía hacer: volver locos a los italianos con sus angelicales rizos rubios. Yo, en cambio, me dedicaba a matar mosquitos a destajo y a preguntarme cómo se puede ser tan tonto para construir media ciudad en el agua. Mientras tanto, mantenía a distancia a los italianos impregnados de hormonas que Nina cazaba para mí. Uno de ellos se llamaba Salvatore. Sólo llevaba abrochados los dos botones inferiores de su camisa blanca, olía a masaje de afeitar barato y se tomaba mis «¡No, no!» como una invitación a meterme mano por debajo de la blusa. Me defendí con una bofetada y un «Stronzo!». No sabía qué significaba la palabra, sólo se la había oído decir a un gondolero que renegaba, pero hizo que Salvatore se pusiera increíblemente furioso. Me amenazó con golpearme si no cerraba la boca.<br />
No dije nada más.<br />
Me metió mano por debajo de la blusa. Me subió una oleada de pánico y asco. Pero no podía hacer nada. Estaba como paralizada de miedo.<br />
Justo cuando iba a ponerme la mano en un pecho, Alex lo detuvo. Surgió de la nada. Como un caballero en un cuento de amor, en los que yo no creía gracias a mi padre. Salvatore se le encaró con una navaja. Dijo algún disparate en italiano y, aunque no entendí ni una palabra, la cantinela estaba clara: si Alex no se largaba de inmediato, se convertiría en la estrella de su propia versión de Amenaza en la sombra. Alex, que había practicado el jujit-su durante años, le quitó la navaja de la mano de una pa-<br />
tada, con tanta fuerza que Salvatore decidió irse con el rabo entre las piernas, en el sentido literal de la palabra.<br />
Mientras Nina pasaba la noche perdiendo la virginidad, Alex y yo estuvimos sentados a orillas de la laguna, hablando y hablando. Nos gustaban las mismas películas (Con faldas y a lo loco, Agárralo como puedas, La guerra de las galaxias), nos gustaban las mismas lecturas (El señor de los anillos, los cuentos de El pequeño rey y las tiras de Calvin y Hobbes) y odiábamos las mismas cosas (profesores).<br />
Cuando el sol volvió a salir en Venecia le dije: «Creo que somos almas gemelas.» Y Alex contestó: «Yo no lo creo, lo sé.»<br />
¡Cuánto nos equivocábamos!<br />
Volví a guardar el móvil en el bolso y, de repente, me sentí sola en la blanda cama de mi habitación en un hotel de lujo. Terriblemente sola. Tenía que ser mi gran día, pero Alex no lo compartía conmigo. Y yo no quería llamarlo.<br />
Lo tenía definitivamente claro: ya no nos queríamos. Ni siquiera un poco.<br />
Y ese instante ocupó el puesto número tres de los peores momentos del día.</i></p>
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		<title>Gonzalo Torrente Ballester. La Saga-Fuga de JB.</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Jan 2012 04:39:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Palimp</dc:creator>
				<category><![CDATA[Novela]]></category>
<category>Círculo de lectores</category><category>Gonzalo Torrente Ballester</category>
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		<description><![CDATA[Círculo de lectores, 1988. 568 páginas. Obra maestra Ni sé las veces que había leído, prestado y regalado este libro. Decidí volver a regalárselo a mi mujer, ya que no tenía ningún ejemplar en la biblitoeca familiar. Ya de paso, me lo releo. El mejor resumen es el que hay en la wikipedia, por el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/34782241@N00/5204721605/" title="Gonzalo Torrente Ballester, La Saga-Fuga de JB by Liblit, on Flickr"><img src="http://farm5.staticflickr.com/4092/5204721605_ed6b4d090a_m.jpg" width="151" height="240" alt="Gonzalo Torrente Ballester, La Saga-Fuga de JB" align="right" hspace="15"></a><br />
Círculo de lectores, 1988. 568 páginas.<br />
<b>Obra maestra</b></p>
<p>Ni sé las veces que había leído, prestado y regalado este libro. Decidí volver a regalárselo a mi mujer, ya que no tenía ningún ejemplar en la biblitoeca familiar. Ya de paso, me lo releo. El mejor resumen es el que hay en la <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/La_saga/fuga_de_J._B.">wikipedia</a>, por el censor:</p>
<p><i>    «De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo Santo que apareció en el agua, y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto, y alguna palabrota para seguir la actual corriente literaria.<br />
    Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación, y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el SILENCIO ADMINISTRATIVO.</i></p>
<p>¡Cuan equivocado el infausto censor! La recordaba buena, pero me ha resultado aún mejor. Alguna vez le he racaneado a Torrente Ballester la categoría de grande, aún siendo uno de mis escritores preferidos. Me desdigo. Alguien capaz de escribir este libro merece el más alto calificativo.</p>
<p>Me ha sorprendido el lenguaje, lo recordaba más asequible y no lo es tanto. A eso se debe, seguramente. que a pesar de haberla regalado tanto se ha leído tan poco. Pero merece la pena el esfuerzo. Además, es una novela tremendamente divertida. Una joya.</p>
<p>En <a href="http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2005/03/la-sagafuga-de-jb-de-torrente.html">el lamento de Portnoy</a> también gusta, y en <a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/saga/fuga/J/B/elpepicul/20050501elpepicul_4/Tes">El País</a> la ofrecieron por un euro. Bien para encontrar este libro imprescindible de saldo.</p>
<p>Calificación: Brillante.</p>
<p><i>Un día, un libro (149/365)</i></p>
<p>Extractos:<br />
<i>A veces, pensaba; a veces, imaginaba. Permanecía en su mente el ritmo del soneto, aunque sin acomodarse al de los pulsos, ruidosos, ni al de la lluvia, redoblando ya en las tejas. Confundidos, peleaban, querían imponerse, armaban un alboroto interior del que salió poco a poco un ritmo nuevo, aunque también endecasílabo: un ritmo que era como una orden, a cuya voz los acentos se desplazaban:<br />
hacia atrás, una sílaba, dos sílabas hacia delante. Y todas las del verso fueron acometidas de una prisa tremenda por cambiar de lugar, por debilitarse o fortificarse:<br />
los prefijos se constituían en desinencias; los semantemas, desconyuntados, buscaban afinidades<br />
nuevas o se emparejaban a otros que les arrebataban la significación o se la trocaban. Verso a verso,<br />
como en una pantalla<br />
— espantado, estupefacto<br />
—, Bastida veía surgir<br />
insultos, crecer blasfemias,<br />
afirmarse desprecios. La piedad y la tristeza se mudaban en crueldad y sarcasmo. ¡Aquel verso final, capaz de<br />
avergonzar al hombre más infame!, «diclo rodí, feniltriclo, roetano». Jamás se hubiera atrevido a pensarlo; menos que nadie, de Julia. Y, sin embargo, allí estaba, con los otros del soneto. Acusándole.</p>
<hr/>
<p>Quienes dicen que<br />
todas las mujeres son iguales, enuncian una de esas tonterías<br />
que ninguna mente medianamente racional, ninguna sensibilidad<br />
medianamente educada, pueden soportar sin alterarse y<br />
sin reconocer a continuación que el número de imbéciles coincide<br />
aproximadamente con el de arenas del mar.</p>
<hr/>
<p>Cogió el Corregidor la lámpara, y la elevó por encima de su<br />
cabeza: mi sombra se volvió hacia el lugar ahora iluminado.<br />
«Mire en aquel rincón: ése que encubre la sábana, es un cuerpo<br />
en salmuera.» El Deán acudió inmediatamente a mi sorpresa.<br />
«No un cuerpo cualquiera, señor Canónigo: no podíamos<br />
inferir a la Santa tal ofensa. Es de una mujer virgen y, en<br />
cierto modo, mártir. ¿Lo quiere contemplar vuesamerced? Lleva<br />
ahí tres días, ni uno más. Y no lo hemos robado, sino comprado:<br />
estaba destinado al descuartizamiento, y el verdugo<br />
que se dejó sobornar nos lo hubiera dado gratis, de pena que<br />
le daba.» Yo me acerqué al rincón, alcé la sábana y contemplé<br />
el cuerpo joven, bellísimo, de una mujer. Mi sombra, asomada<br />
por encima del hombro, lo contempló también, y, cuando me<br />
di vuelta, se arrojó encima de él y empezó a examinarlo. «Esas<br />
señales en las muñecas y en los tobillos me recuerdan el po-<br />
cuerpo<br />
murió en la cárcel del Santo Oficio.» «¿Bruja o hereje?<br />
¿O acaso cristiana nueva?» «Una cristiana excelente, pero se<br />
bañaba los sábados, y a don Asterisco le pareció costumbre<br />
propia de paganos. La detuvieron, la examinaron, la interrogaron,<br />
la torturaron, y la pobre expiró en el potro como un jilguerito.<br />
» A mí me sacudió esa ira que no puedo dominar cuando<br />
me encuentro ante cualquier barbaridad oscurantista. «¡Qué<br />
idea tendrá ese bestia de lo que es un pagano y de la utilidad<br />
de los baños semanales!» Adopté un tono profético, y mi sombra<br />
extendió un brazo que apuntaba al futuro. «¡Día vendrá<br />
en que los hombres y las mujeres se bañen todos los días por<br />
meras razones de limpieza!» «¿Cómo los moros?», preguntó,<br />
aterrado, el Corregidor; y, pisándole las palabras, doña Lilaila<br />
salió de la penumbra en que había permanecido, y del mutismo.<br />
«¿Y no será pecado&#8230;?» Me eché a reír. «¡Eso, sólo don Asterisco<br />
puede decirlo!»</i></p>
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