Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Marzo 4, 2010

Crítica literaria en las cajas de ahorro

Archivado en: Noticias — Palimp @ 10:14 am
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Conversación real:

Palimp: Hola, me dejé ayer un libro en el cajero automático y venía a ver si por casualidad lo habían dejado aquí.
Amable cajero: Si, nos han dejado un libro ¿Es el Ulises?
P: No, otro. También me dejé dos revistas.
AC: Pues no, sólo tenemos el Ulises.
P: ¿El de Homero o el de Joyce?
AC: El de Joyce. Por eso se lo habrán dejado.

Marzo 3, 2010

Gonzalo Torrente Ballester. Los años indecisos.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:47 am
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Editorial Planeta 1997. 236 páginas.

Gonzalo Torrente Ballester, Los años indecisos
Primeros pasos

Creía tener devorado todo de mi admirado Torrente Ballester pero no; encontré por dos euros este libro que no recordaba haber leído y así era. Mirando en la wikipedia veo que hay otros que irán cayendo cuando las bibliotecas sean propicias.

Un joven que aún no tiene 20 años se inicia como escritor y periodista. Le han ofrecido un puesto mal pagado en Asturias y no acaba de decidirse, pero una conversación con su padre le anima a ello. De ahí viajará a Madrid, de vuelta a la casa materna y otra vez a Madrid, colaborando con mayor o menor fortuna en diarios de no mucho postín. En el camino, el retrato de una serie de personajes y de amores que se cruzan en su camino.

Algo tiene que haber de autobiográfico porque los pasos iniciales del aspirante a periodista coinciden con los del propio autor, pero no del todo, claro. No coincido con la contraportada que afirma que es uno de los más indiscutibles logros de su larga y brillantísima carrera, pero nunca hay que tomarse en serio estas cosas. No me ha parecido uno de sus mejores libros pero el oficio está, la historia tiene interés -me atrapó como lo hace un superventas- y es divertido imaginar que puede haber de cierto en las historias que cuenta.

Gonzalo Torrente Ballester no necesita recomendaciones, además de ser un escritor al que le tengo mucho cariño. Pero si no han leído nada de él, hay otros libros mejores por donde empezar.


Extracto:[-]

Conocí el Ateneo. Era un lugar agradable donde la gente leía y ponía los pies donde podía. No tuve tanta suerte con Fulano (Claudel) y Zutano (Cocteau): éste no figuraba en el catálogo; aquél sí, pero sólo con una pieza, L’Otage, que no me servía para nada porque era una pieza teatral. De todas maneras, apunté el número, por si acaso, y me puse a curiosear. Eché un vistazo a los periódicos del día. Me detuve más, como era lógico, en aquel donde yo iba a trabajar. Miré también los de Madrid, que acababan de llegar: traían lo de siempre, que si patatín, que si patatán, y un discurso completo de un diputado, o como se llamasen entonces, que no lo recuerdo. El discurso era una hermosa pieza retórica: no decía nada, pero usaba, eso sí, las más bellas palabras. Daba gusto leerlo, aun a sabiendas de su vacuidad. El discurso lo repetían los tres diarios de la mañana; es de suponer que también vendría en los de la tarde.

Domínguez me esperaba paseando. Di pronto con él. Le dije de dónde venía y que no había encontrado nada que me sirviese de Fulano y de Zutano. Entonces, él se echó a reír y me dijo:
—No tenía usted que haber hecho caso a lo que le dijeron aquellos de anoche: son de lo más distinguido de esta intelectualidad, pero le puedo asegurar que ninguno de ellos ha leído los autores que han citado, Fulano y Zutano principalmente. Quizá haya sido a mí a quien oyeron esos nombres, quizá haya sido a otro, pero le puedo asegurar que no los han leído por la sencilla razón de que ninguno de los cuatro lee el francés. Usted lo lee, ¿verdad?

—Y lo hablo —le respondí.

—Pues no lo diga usted a nadie. Que no lo sepa nadie, sobre todo en el periódico donde va usted a trabajar: le cargarían con todas las tareas de traducción, y si viene por aquí cualquier franchute tendrá usted que acompañarlo, emborracharse con él e ir de putas, cosa que no le recomiendo, lo de emborracharse, porque aquí es difícil beber el vino tinto que se bebe en otras partes. Aquí todo el mundo va a la sidra, que es lo más rico y lo más barato, pero la borrachera de sidra no es buena. En cuanto a lo otro, además de feas, están enfermas, y si quiere usted agarrarse una mierda para toda la vida, no tiene usted más que ir con una de ellas. Hágame caso. Aquí no viene más que lo que sobra en Santander y en Gijón, dos puertos de mar que saben lo que hacen: echan para aquí lo que les sobra, lo que no les sirve, y aquí el género nos lo dejan peor los mineros, que tienen más dinero que nosotros. Hágame caso y, por todo lo que le dije, calle lo del francés, pero no deje usted de cultivarlo, de leer lo que pueda, sobre todo si son novelas o poemas. Esos de ayer, que a usted le recomendaron a Fulano y a Zutano, son discípulos de Valéry, pero de segunda o de tercera mano a través de sus imitadores españoles. Escúchelos, pero no les haga caso.

Marzo 1, 2010

Andrea Camilleri. Ardores de agosto.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:11 am
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Ediciones Salamandra, 2009. 254 páginas.
Tit. Or. La vampa d’agosto. Trad. Maria Antonioa Menini Pagés.

Andrea Camilleri, Ardores de agosto
Comisario a la parrilla

Ya me habían presentado -y fue un placer- al comisario Montalbano (el nombre es un homenaje a Manuel Vazquez Montalbán). Mina me regaló éste junto con otros y reitero mi agradecimiento.

En pleno agosto, con un calor insoportable, lo último que apetece es investigar un asesinato. Por suerte en verano no hay crímenes; el problema es si un crimen cometido en octubre de hace seis años se descubre ahora. Y precisamente en una casa alquilada por los amigos de su novia Livia. El encuentro del cadáver provocará la marcha de los inquilinos, un enfado de su novia y la puesta en marcha de una investigación bajo el sol abrasador de Sicilia.

Engancha. Como que esta mañana viniendo más temprano de lo habitual al trabajo he ido leyéndolo por la calle (el barrio gótico a las seis y media de la mañana es cuando está más tranquilo; puedo asegurarlo). El carácter vitalista socarrón y melancólico de Montalbano hace que le cojas cariño y la trama está bien construída. Mi olfato de lector de novelas policiacas apuntaba a una pista, se iba acabando el libro y parecía que me equivocaba, pero no: estaba en lo cierto. No les diré sobre qué porque a nadie le gusta que le digan que el asesino es el mayordomo.

Un apunte sobre la traducción. Hay personajes que hablan diferente, supongo que porque utilizan dialectos del italiano. En castellano también hablan diferente. No soy quien para saber si con acierto o no; pero siempre he defendido que hay que intentar este tipo de cosas.

Novela negra de muy agradable lectura.


Extracto:[-]

—Rumores.
—¿O sea?
—Le gustan mucho las menores de edad.
—¿Un pedófilo?
—Dottore, no sé cómo se le puede llamar, el caso es que le gustan las chávalas de entre catorce y quince años.
—¿Y las de dieciséis no?
—No; le parecen un poco pasadas.
—Será de esos que van a menudo al extranjero, que practican el turismo sexual.
—Sí, señor, pero aquí también encuentra. Dinero no le falta. Dicen en el pueblo que una vez los padres de una chica querían denunciarlo, pero él les soltó una millonada y salió bien librado. Otra vez, por haber desvirgado a otra chica, pagó con un apartamento.
—¿Y dónde encuentra gente dispuesta a venderle a la hija?
—Dottore, ¿ahora no tenemos libre mercado? ¿Y el libre mercado no es signo de democracia, libertad y progreso?
Montalbano lo miró estupefacto.
—¿Por qué me mira así, dottore?
—Porque eso que has dicho habría tenido que decirlo yo…


Los otros huevos le dieron uno en la frente y dos en el pecho.
Montalbano se quedó ciego. Se llevó el pañuelo a los ojos para limpiárselos, y cuando estuvo en condiciones de ver de nuevo entre los pegajosos párpados, descubrió que el campesino lo estaba apuntando directamente con el fusil de caza.
—¡Fuera de mi casa, policía de mierda!
Montalbano salió corriendo.
¡Sus compañeros se las habrían hecho pasar moradas a aquel desgraciado! Las manchas de la camisa eran tan grandes que por delante la prenda parecía de un color y por detrás de otro. Tuvo que regresar a Marinella para cambiarse. Y allí encontró a Adelina, fregando el suelo.
—Dutturi, ¿con huevos le han dado?
—Sí, un pobre hombre. Voy a cambiarme.
Se lavó con el agua caliente que salía de la cañería y se puso una camisa limpia.
—Me marcho, Adeli.
—Dutturi, li quería decir que mañana no podré vinir.
—¿Por qué?
—Voy a ver a mi hijo mayor, que istá en la cárcel de Montelusa.
—¿Y el pequeño?
—Ése también istá en la cárcel, pero en Palermu.
Adelina tenía dos hijos, ambos delincuentes que se pasaban la vida entrando y saliendo de la cárcel.
Montalbano también los había puesto a la sombra algunas veces. Pero los chicos siempre le habían mostrado aprecio. Incluso era padrino del hijo de uno de ellos.
—Dale recuerdos.

Febrero 26, 2010

Ana María Matute. Primera memoria

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:21 am
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Ediciones Orbis, 1982. 224 páginas.

Ana María Matute, Primera memoria
Adios a la infancia

La crítica que hice de Olvidado Rey Gudú no fue muy buena por una razón. Si Ana María Matute es capaz de escribir libros como éste nos acostumbra mal y luego nos quejamos cuando baja la guardia.

La protagonista del libro es una pre-adolescente atrapada durante la guerra civil en las islas baleares (si da indicaciones precisas de la ubicación no la recuerdo). En un ambiente asfixiante vivirá los odios que hay en el pueblo desde su mundo, el mundo de los niños que están a punto de dejar de serlo.

¿Podré decir prosa sabrosa? No, pero lo es. Un lenguaje acorde con el ambiente y los personajes que pueblan el libro. Lo que se cuenta ya es bastante explícito (el chantaje al preceptor por parte de Borja, la fascinación que provoca Jorge, la oveja negra de la familia, ya mayor y retirado, el odio a la familia de rojos) pero se lee todavía más.

Que quien lo cuenta sea ya una persona mayor que mira con distancia lo sucedido le añada otra dimensión más. Un libro para paladear.

Descárgalo gratis:

Matute, Ana Maria – Primera Memoria.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Tenían un perro que aullaba a la luna, al mar, a todo, y que enseñaba los dientes desde que los Taronjí se llevaron a José, el padre, de madrugada. Ellos eran como otra isla, sí, en la tierra de mi abuela; una isla con su casa, su pozo, la verdura con que alimentarse y las flores moradas, amarillas, negras, donde zumbaban los mosquitos y las abejas y la luz parecía de miel. Yo vi a Manuel inclinado al suelo, descalzo, pero Manuel no era un campesino. Su padre, José, fue el administrador del señor de Son Major, y luego se casó con Malene. Sa Malene estaba muy mal vista en el pueblo —lo decía Antonia— y el señor de Son Major les regaló la casa y la tierra.) Y otra vez sin comprender cómo, ni por qué, y tan rápidamente como en un soplo, recordé: «José Taronjí tenía las listas», dijo Antonia a la abuela. La abuela la escuchaba mientras dos mariposas de oro se pegaban ávidamente al tubo de la lámpara de cristal, se morían temblando y caían al suelo como un despojo de ceniza. Lauro lo explicó más detalladamente. «Lo tenían todo muy bien organizado: se repartieron Son Major y él lo distribuyó muy bien: quiénes iban a vivir en la planta, quiénes en el piso de arriba… Y ésta su casa también, doña Práxedes…» Era la misma voz de cuando decía: «En un pueblo de Extremadura han rociado con gasolina y han quemado vivos a dos seminaristas que se habían escondido en un pajar. Los han quemado vivos, malditos… malditos. Están matando a toda la gente decente, están llenando de Mártires y Mártires el país…» (El Chino y los Mártires, las vidrieras de Santa María con sus hermanos muertos allí arriba, y detrás el sol feroz y maligno empujando con su fulgor el rojo rubí, el esmeralda, el cálido amarillo de oro. Y el Chino continuaba como un sonámbulo: «Tendremos altares cubiertos de sangre y en
nuevas vidrieras veremos los rostros de tantos y tantos hermanos nuestros…»)

Era el padre de Manuel a quien se llevaron los Taronjí, los de las altas botas de jinetes que no montaban jamás a caballo. Manuel dejó el convento donde vivía, y estaba allí, en el huerto, trabajando para ellos porque nadie del pueblos les ayudaba. Y otra vez recordé la voz del Chino, que decía: «Pues como antes, que iban los leprosos con campanillas a la puerta de David, y se retiraban los hombres puros al oírlos, así debían ir por donde pasan con la peste de sus ideas…» Era Manuel el muchacho que salía detrás de la barca, no cabía duda; era aquella su espalda inclinada al suelo, vista por nosotros al otro lado de la puerta corroída por el aire del mar; era su nuca de oscuro color moreno, del bronco color del sol sobre el sudor, no del dorado suave de Borja’Y, también, había sol en el color de su pelo quemado, seco por su fuego, en franjas como de cobre. «Pelirrojo como todos ellos —dijo Borja, entonces — . Pelirrojo. Chueta asqueroso.»

Febrero 24, 2010

Julio Cortázar, La otra orilla

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 6:52 am
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RBA, 2008. 90 páginas.

Julio Cortázar, Obras Completas
Orígenes

Tal y como se puede leer en Lecturalia:

Escritos entre 1937 y 1945, los cuentos que componen La otra orilla constituyen la primera incursión de Cortázar en el relato. Escritor modelo de autoexigencia, se negó a publicar casi todos ellos; cincuenta años después la crítica los aclamó como un muestrario impresionante que anticipaba las capcidadades del argentino.

Pero como leí en una bitácora (que no recuerdo y no puedo encontrar) con los papeles que tienen los genios en los cajones otros pueden alcanzar la fama. Los cuentos que aparecen en esta recopilación son los siguientes:

Plagios y traducciones
I. El hijo del vampiro
II. Las manos que crecen
III. Llama el teléfono, Delia
IV. Profunda siesta de Remi
V. Puzzle
Historias de Gabriel Medrano
I. Retorno de la noche
II. Bruja
III. Mudanza
IV. Distante espejo
Prolegómenos a la Astronomía
I. De la simetría interplanetaria
II. Los limpiadores de estrellas
III. Breve curso de Oceanografía
IV. Estación de la mano

Y si bien no están a la altura de sus posteriores creaciones la causa está en que la altura de los cuentos de Cortázar es de difícil alcance, incluso por el mismo en horas bajas. Por lo demás, a muchos les gustaría haberlos firmado.

Se anticipan modos y maneras de su producción posterior: un cuidado especial por el nelguaje y una elección de temas rozando lo fantástico, en ocasiones con finales impactantes (pienso, por ejemplo, en Las manos que crecen).

Pueden leerlo completo aquí:

Julio Cortázar – La otra orilla

No puedo dejar de recomendarlo.


Extracto:[-]

II. Las manos que crecen
Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además
un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en
esta vida.
Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que
Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una
velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz,
en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack
golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario.
Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea
como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al
compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que
sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary,
él sentía el corazón lleno de júbilo.
Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
—Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.
Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que
conducía lejanamente a la calle.
Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante
para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se
habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como
cualquiera.
El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en
recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles
de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos…? No existía en el
mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por
el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió
profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las
muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía
quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después
de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de
Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de
decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo

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