Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 10, 2012

Grandes poetas de hispanoamérica

Filed under: Poesía — Palimp @ 6:28 am
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Grandes poetas de hispanoamérica
Salvat, 1972. 196 páginas.

Si ya soy un negado para apreciar la poesía mucho más para reseñar un libro. Una recopilación de los mejores poetas de hispanoamérica, supongo que bien escogida, aunque pocas han sido de mi gusto. Seguramente porque la mayoría son antiguas y demasiado carrinclosas para mí. Con todo hay poemas que me han gustado y los modernos mucho más.

A continuación la selección:

Canción
Hermosa flor eres tú,
Punzante espina soy yo.
Tú eres ventura hecha vida
Pensar que cunde soy yo.
Tú eres virginal paloma,
Odiosa mosca soy yo.
Luna de nieve eres tú,
Noche de pena soy yo.
Tú eres el árbol frutecido,
Carcomido tronco yo.
Tú eres mi sol, mi sol eres,
Noche de pesar soy yo.
Tú eres vida de mi vida,
Eres amor de amor.
Alfombra a tus pies tendida
Seré eternamente yo.
Blando helecho que despliega
Su traje de verde nuevo;
Vestida de blanco, eres
La estrella de mi mañana.
Blanca nube, la más leve,
Clara fuente de agua pura,
Tu serás mi dulce engaño,
Yo seré tu oscura sombra.

Juan Zorrilla de San Martín
IX

Cayó la flor al río.
Se ha marchitado, ha muerto.
Ha brotado, en las grietas del sepulcro,
un lirio amarillento.
La madre ya ha sentido
mucho frío en los huesos;
La madre tiene, en torno de los ojos,
amoratado cerco;

Y en el alma la angustia,
y el temblor en los miembros,
y en los brazos el niño, que sonríe,
y en los labios el ruego.

Duerme hijo mío. Mira: entre las ramas
está dormido el viento;
el tigre en el flotante camalote,
y en el nido los pájaros pequeños …

¿Sentís la risa? Caracé, el cacique
ha vuelto ebrio, muy ebrio.
Su esclava estaba pálida, muy pálida…
Hijo y madre ya duermen los dos sueños.

Los párpados del niño se cerraban.
Las sonrisas entre ellos
asomaban apenas, como asoman
las últimas estrellas a lo lejos.

Los párpados caían de la madre,
que, con esfuerzo lento,
pugnaba en vano porque no llegaran
de su pupila al agrandado hueco.

Pugnaba por mirar el indio niño
una vez más al menos;
pero el niño, para ella, poco a poco,
en un nimbo sutil se iba perdiendo.

Parecía alejarse, desprenderse,
resbalar de sus brazos, y, por verlo,
las pupilas inertes de la madre
se dilataban en supremo esfuerzo.

Jose Asuncion Silva

EL MAL DEL SIGLO

El paciente:

Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano… un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis…

El médico:

—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!…

Leopoldo Lugones
Historia de mi muerte

Soñé la muerte y era muy sencillo;
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo,
con una vuelta menos me ceñía
y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte era muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por solo un cabo entre los dedos…
Cuando de pronto te pusiste fría
y ya no me besaste…
y solté el cabo, y se me fue la vida.

Cesar Vallejo

Un hombre pasa con un pan al hombro

Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

Nicolás Guillén
LA MURALLA

Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
Los negros, su manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—Una rosa y un clavel…
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El sable del coronel…
—¡Cierra la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—La paloma y el laurel…
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El alacrán y el ciempiés…
—¡Cierra la muralla!
Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla…
Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte…

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (253/365)

mayo 9, 2012

Héctor Tizón. Shakespeare.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:59 pm
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Shakespeare
Urbion, 1984. 252 páginas.

Tengo unas cuantas biografías de padre casi desconocido, porque el autor de ésta estaba escondido en los datos de edición. Una biografía de encargo sin ninguna pretensión.

Como afirma el autor que no hay muchos datos sobre Shakespeare, tampoco la biografía ocupa mucho. Hay contexto histórico y análisis somero de sus principales obras. En conjunto decente, pero le falta profundidad.

Lo empecé pensando si me merece la pena leer este tipo de libros existiendo otros mejores en el mercado. La respuesta -en mi caso- es que no. Dejan la sensación de haber rascado sólo la superficie. Tengo más de otros personajes, pero se van a quedar en la estantería.

Calificación: Pasable.

Un día, un libro (252/365)

Extracto:
El termómetro del público
La mayor de las ventajas de Shakespeare —aparte de su genio, claro— sobre sus contemporáneos (Nashe, Lodge, Green, Kyd, y aun Marlowe) fue que, además de autor, era precisamente actor — «excelente», al decir de Henry Chettle, un conocido editor de obras dramáticas de aquellos días—, profesión que ejerció durante casi toda su vida, y a la cual nunca renunció.
Como ya hemos visto, los demás dramaturgos vendían sus obras en manuscritos a los actores, y muchas veces las escribían por encargo de éstos, o de una compañía teatral, y desde entonces ya no les pertenecían y se desinteresaban de ellas a tal punto que muchas veces ni siquiera asistían a su representación. Esto les alejaba de todo ese importante contexto de la actividad teatral, lleno de vida; de su clima y sutiles secretos que les permitieran valorarlos con mayor exactitud o corregir lo que no se ajustaba a ese contexto. Shakespeare, en cambio, era autor y actor de su propia obra; conocía así las reacciones de su público; tenía siempre entre manos una cosa viva, y dominaba hasta el menor detalle de la puesta en escena de sus piezas. Sutil, inteligente, con una gran intuición psicológica, dúctil y aun modesto, todo le era útil y de todo sacaba partido y experiencia; tenía al público al alcance de la mano; conocía todas las exigencias de la escena.
William Shakespeare no nació dramaturgo genial, ni todo lo que tocaba se convertía en obra maestra; sus comienzos como autor fueron mejor que lo mediano, pero igualmente modestos. El traía virtudes propias, pero alcanzó la maestría escribiendo, con ahínco, esfuerzo y sacrificios. Nadie como él, gracias a esa modestia y habilidad de mezclarse íntimamente con el drama y su interpretación, sacó mayor partido; ni nadie tuvo mayor correspondencia con su público (esa «necia y chiflada multitud», al decir de los otros). En esto no tiene parangón. Por eso Shakespeare es Shakespeare y su propio pueblo. De ahí también su perdurabilidad.
Pero ello le atrajo asimismo la envidia, el encono, el ataque de aquellos de sus contemporáneos que se creyeron rivales (y cuyos nombres perduran hoy sólo gracias él), por ejemplo, Green.

mayo 8, 2012

Fernando Gutiérrez. Antología de los cuentos de Pere Calders.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 8:51 pm
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Ediciones Polígrafa, 1969. 230 páginas.

Antología de los cuentos de Pere Calders
Incertidumbre

Descubierta la calidad de Pere Calders he ido acumulando libros suyos hasta culminar en la monumental edición de La Butxaca de todos sus cuentos, que iré leyendo de a poco para no morirme. Esta antología incluye los siguientes cuentos:

El primer arlequín
El desierto
La raya y el deseo
La conciencia, visitadora social
La ciencia y la medida
La Virgen de las vías
Reportaje del esbozo de la muerte
Mañana a las tres de la madrugada
El sistema Robert Hein
El batallón perdido

Muchos de los cuales ya había leído. Como curiosidad señalar que se trata de una edición bilingüe castellano/catalán, ideal para aquellos que se estén iniciando en la lengua. Destacables El desierto, La Virgen de las vías y El batallón perdido, pero todos valen la pena.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (251/365)


Extracto:[-]

Una hora después, el médico de la familia escucha su relato con una fría atención. Está cansado, cansado de tantas historias de enfermos, y va diciendo que sí con la cabeza, formulando a intervalos preguntas y más preguntas porque sí:

—¿Toses por las noches? ¿Has tenido la difteria?

Y otras igualmente impregnadas de misterio. Al final opina que se trata de un trastorno de tipo alérgico, prescribe un plan de alimentación y, además, aplica a Espol 500.000 U.I. de penicilina. A punto de acabar la visita, habla de una escuela suiza para incapacitados parciales, donde se enseña a escribir con la mano izquierda en un período aproximado de seis meses.

De nuevo en la calle, Espol se siente poseído por el encanto de una nueva importancia que lo reviste. Se dirige a casa de su prometida y se lo cuenta todo. Ella tiene al principio un rasgo de solicitud maternal; se emperra en aplicar paños calientes a la mano cerrada y, ante la negativa de Espol, le dice que aquella venda es horrible y que le tejerá para el puño un guante sin dedos. La chica se entusiasma con la idea y se desentiende de su presencia. Llama a su madre y le dice:

—Mira: a Enrique se le escapaba la vida y tuvo tiempo de agarrarla con la mano. Ahora ha de llevar la mano siempre cerrada para que no se le escape definitivamente.

—¡Ah!

—Y yo decía que podíamos hacerle una bolsa de punto de color suave, para que no tenga que llevar esa gasa.
La madre se toma un interés discreto.

—Sí —opina—, como lo que le hicimos a la «Violeta» cuando se rompió la pata.

Madre e hija inician un aparte. Espol, abandonado, se va y lo acompaña hasta la puerta el rumor de unas palabras:

—¿Punto de arroz? No. Ojo de perdiz… Tantos puntos y menguar, tantos puntos y menguar…

mayo 7, 2012

Leopoldo Alas “Clarín”. Doña Berta. Cuervo. Supercheria.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 3:47 pm
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RBA 2008. 60 páginas
Leopoldo Alas "Clarín", Obras completas
Tesón recompensado

Leopoldo Alas Clarín gustaba de escribir novelas cortas. Le molestaba que a diferencia de en otras lenguas el castellano no tuviera una palabra para designar este género, a diferencia del francés o el inglés.

Doñ Berta tuvo amores con un capitán que le prometió matrimonio. No pudo cumplirlo por morir en la batalla, y Doña Berta tuvo un hijo que su familia entregó a unos mercenarios diciéndole que había muerto. Pero uno de sus hermanos le revela en el lecho de muerte que su hijo está vivo, y más tarde hablando con un pintor cree que éste pudo pintar a su hijo. Encontrar y comprar el cuadro se convierte en su obsesión.

Ángel Cuervo es un habitual de los velorios y la novela ofrece una visión diferente de la muerte y de como los humanos nos enfrentamos a las pérdidas. En Superchería un encuentro ocasional y olvidado harán creer al protagonista en los poderes de una adivinadora.

Las tres son una muestra del talento del autor en este formato. Un al autor al que siempre volver.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (250/365)


Extracto:[-]

Hay un lugar en el norte de España adonde no llegaron nunca ni los romanos ni los moros; y si doña Berta de Rondaliego, propietaria de este escondite verde y silencioso, supiera algo más de historia, juraría que jamás Agripa,* ni Augusto,* ni Muza, ni Tarick* habían puesto la osada planta sobre el suelo, mullido siempre con tupida hierba fresca, jugosa, oscura, aterciopelada y reluciente, de aquel rincón suyo, todo suyo, sordo, como ella, a los rumores del mundo, empaquetado en verdura espesa de árboles infinitos y de lozanos prados, como ella lo está en franela amarilla, por culpa de sus achaques.

Pertenece el rincón de hojas y hierbas de doña Berta a la parroquia de Pie del Oro, concejo de Carreño, partido judicial de Gijón; y dentro de la parroquia. se distingue el barrio de doña Berta con el nombre de Zaornín, y dentro del barrio se llama Susacasa la hondonada* frondosa, en medio de la cual hay un gran prado que tiene por nombre Aren. Al extremo noroeste del prado pasa un arroyo orlado* de altos álamos, abedules y cónicos humeros* de hoja oscura que comienza a rodear en espiral el tronco desde el suelo, tropezando con la hierba y con las flores de las márgenes del agua.

El arroyo no tiene allí nombre, ni lo merece, ni apenas agua para el bautizo; pero la vanidad geográfica de los dueños de Susacasa lo llamó desde siglos atrás el río, y los vecinos de otros lugares del mismo barrio, por desprecio al señorío* de Rondaliego, llaman al tal río el regatu,* y lo humillan cuanto pueden, manteniendo incólumes capciosas servidumbres* que atraviesan la corriente del cristalino huésped fugitivo del Aren y de la llosa;* y la atraviesan ¡oh sarcasmo! sin necesidad de puentes, no ya romanos, pues queda dicho que por allí los romanos no anduvieron; ni siquiera con puentes que fueran troncos huecos y medio podridos de verdores redivivos* al contacto de la tierra húmeda de las orillas. De estas servidumbres tiranas, de ignorado y sospechoso origen, democráticas victorias sancionadas por el tiempo,* se queja amargamente doña Berta, no tanto porque humillen el río, cruzándole sin puente (sin más que una piedra grande en medio del cauce, islote de sílice, gastado por el roce secular de pies desnudos y zapatos con tachuelas), cuanto porque marchitan las más lozanas* flores campestres y matan, al brotar, la más fresca hierba del Aren fecundo, señalando su verdura inmaculada con cicatrices que lo cruzan como bandas un pecho; cicatrices hechas a patadas. Pero dejando estas tristezas para luego, seguiré diciendo que más allá y más arriba, pues aquí empieza la cuesta, más allá del río que se salta sin puentes ni vados,* está la llosa, nombre genérico de las vegas de maíz que reúnen tales y cuales condiciones, que no hay para qué puntualizar ahora; ello es que cuando las cañas crecen, y sus hojas, lanzas flexibles, se columpian ya sobre el tallo, inclinadas en graciosa curva, parece la llosa verde mar agitado por las brisas. Pues a la otra orilla de ese mar está el palacio, una casa blanca, no muy grande, solariega de los Rondaliegos, y ella y su corral, quintana,* y sus dependencias, que son: capilla, pegada al palacio, lagar (hoy con vertido en pajar), hórreo* de castaño con pies de piedra, pegollos,* y un palomar blanco y cuadrado, todo aquello junto, más una cabaña con honores de casa de labranza, que hay en la misma falda de la loma en que se apoya el palacio, a treinta pasos del mismo; todo eso, digo, se llama Posadorio.

mayo 6, 2012

Robert Louis Stevenson. El diablo de la botella y otros cuentos.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 3:44 pm
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Alianza Editorial, 1984. 240 páginas.
Trad. José Luis López Muñoz.

Robert Louis Stevenson, El diablo de la botella y otros cuentos
Presencias sobrenaturales

Comenta mi amigo Nevermore que lo mejor del 2009 fue descubrir a Stevenson… ¡Menudo placer! Nunca es tarde si la dicha es buena y comparto con él la sorpresa de redescubrir a los clásicos, no digamos si son de la talla de Stevenson.

Es éste un libro con los siguientes relatos:

Los ladrones de cadáveres
Markheim
Olalla
El diablo de la botella
La playa de Falesá

Olalla ya lo había leído en una antología y no me gustó demasiado ni entonces ni ahora, pero la redención en Markheim y el triunfo del amor en El diablo de la botella y La playa de Falesá merecen el calificativo de grandes. Cuando un buen narrador nos cuenta una gran historia uno escucha embelesado; no en vano Stevenson se ganó un sobrenombre que muchos querrían: Tusitala (el que cuenta historias).

Mondadori acaba de sacar una edición de sus cuentos completos. Un poco cara para mi bolsillo, pero que espero encontrar algún día en la biblioteca.

Descárgalo gratis:

Obras de Robert Louis Stevenson en castellano

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (249/365)

Obras de Robert Louis Stevenson en inglés (Proyecto Gutenberg)


Extracto:[-]

Uma me echó los brazos al cuello, se acercó más a mí y apretó su rostro contra el mío, que es la manera de besar en la isla, de manera que me mojó con sus lágrimas y mi corazón se entregó a ella por completo. Nunca había tenido nada tan cercano a mí como aquella pizca de muchacha. Y es que además hubo muchas cosas que se unieron para hacerme perder lá cabeza. Era tan bonita que daban ganas de comérsela y parecía ser mi único amigo en aquel lugar tan extraño; yo estaba avergonzado de haberle hablado con rudeza: y Uma era una mujer, y mi esposa y además una especie de niñita que me daba lástima; y tenía en la boca la sal de sus lágrimas. Y me olvidé de Case y de los nativos; y me olvidé de que no sabía nada de toda aquella historia o sólo lo recordé para borrarlo de mi mente; y me olvidé de que no iba a conseguir copra y que por tanto no sería capaz de ganarme la vida; y me olvidé de mis jefes en la compañía y del flaco servicio que les hacía prefiriendo mis gustos a sus negocios; y me olvidé incluso de que Uma no era realmente mi mujer, sino una doncella engañada y de la manera más mezquina. Pero eso es ir demasiado lejos. Ya hablaré de ello a su debido tiempo.


—Yo pensar —dijo luego, muy solemne; y en seguida—: Victoria, ¿ser gran jefe?

—¡No te quepa la menor duda! —dije yo.

—¿Querer ti mucho? —preguntó de nuevo.

Le dije con una sonrisa que estaba convencido de que la anciana señora me tenía en gran aprecio.

—Muy bien —dijo ella—. Victoria gran jefe, querer ti mucho. No poder ayudar ti en Falesá; no poder hacer nada…, demasiado lejos. Maea, jefe pequeño, pero vivir aquí. Si él querer ti, todo marchar bien. Igual Dios y Tiapolo. Dios, gran jefe…, demasiado trabajo. Tiapolo, jefe pequeño…, querer llamar la atención, trabajar mucho.

—Voy a tener que devolverte a Mr. Tarleton —dije—. Tu teología está completamente desquiciada, Urna.

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