Cuchitril Literario

Febrero 11, 2008

Imre Kertész. Sin Destino.

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Acantilado, 2001. 264 páginas.
Tit. Or. Roman eines Schicksallosen(Sorstalanság). Trad. Judith Xantus.

Imre Kertész, Sin Destino
En el infierno

Internet, que gran invento. Antes alguien como yo totalmente desconectado del mundillo literario elegía sus lecturas al azar. Ahora buenas amistades como Magda te descubren a autores más que buenos: imprescindibles. Gracias Magda por descubrirme a Imre Kertész.

En Sin destino vemos como cambia la vida de un adolescente húngaro al que de repente transportan primero al campo de concentración de Auschwitz y después a Buchenwald. En primera persona narra sus experiencias y su progresiva degradación física fruto de unas condiciones infrahumanas.

No se imaginen un drama; el estilo es frío, desapasionado; como bien dicen en la contracubierta, con la fría objetividad del entomólogo. Tiene la falsa sencillez de un monólogo adolescente. Por eso todavía impacta más. Lees y piensas Gracias por no haber tenido que sufrir todo esto. Cuando por fin lo liberan no es un final feliz, la experiencia ya lo ha cambiado para siempre. Al llegar a la ciudad todo el mundo le parece un niñato. Como lectores, también nos sentimos así.

El protagonista es casi un niño y cuando llega a Auschwitz ni siquiera sabe donde está. Bromea y se burla de los presos del campo. Algunos les preguntan a él y sus amigos su edad y les contestan que tienen catorce o quince años, según. Los presos intentan convencerles de que digan dieciséis y ellos, casi riendo, al final les prometen que así lo dirán. Cuando pasan la entrevista los dividen en dos grupos: aptos y no aptos. Los menores de dieciséis van al grupo de no aptos y el grupo de los no aptos va directo a las cámaras de gas.

Hay libros que te transforman. Éste es uno de ellos. Vuelvo a remitirme a la sobrecubierta:

Sin Destino es, por encima de todo, gran literatura, y una de las mejores novelas del siglo XX, capaz de dejar una huella profunda e imperecedera en el lector

Así es.

P.D. Es posible que hagan una adaptación al cine: Sin destino

Algunas reseñas de Magda:

Sin destino
Un relato policíaco
Liquidación

Escuchando: Rock And Roll Boogie Beat. Sammy Marshall & The Party Crashers


Extracto:[-]

No vi nada. El alba era fresca y perfumada, los extensos campos estaban cubiertos por una niebla gris. De repente percibí por detrás de mí, de una manera inesperada pero aguda y bien definida, como si sonara una trompeta, un fino rayo rojo; comprendí que era el sol que se levantaba. Aquél me pareció un momento magnífico: en casa a estas horas todavía estaría durmiendo. También vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación, pequeña o grande, todavía no podía saberlo, pero una estación ferroviaria. Resultó ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas, y aquel techo ridiculamente escarpado que había visto el día anterior por aquellos parajes. En la niebla matinal, el edificio iba cobrando una forma cada vez más definida delante de mis ojos, su color se iba transformando de gris a violeta, y las ventanas se iluminaron de repente con los primeros rayos de la luz roja del sol. Otros también vieron el edificio, y yo se lo conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: «Auschwitz-Birkenau», eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Traté en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos. Me senté, pues tenía que ceder el esto a otro y; como todavía era temprano y tenía sueño, pronto me volví a dormir.

Más tarde, me despertaron los movimientos y el alboroto de los demás. Fuera, el sol brillaba ya con toda su fuerza y el tren avanzaba. Les pregunté a los muchachos dónde estábamos y me respondieron que en el mismo sitio, que el tren se acababa de poner en marcha: me habría despertado por eso. Delante de nosotros se veían fábricas, junto a otros edificios. Un minuto después, los que estaban al lado de las ventanas nos comunicaron que estábamos pasando por debajo de un arco o portón, lo cual era evidente por el cambio de luz. Al cabo de otro minuto, el tren se detuvo, y entonces nos dijeron, muy excitados, que ahora podía verse una estación con soldados y con más gente. Muchos empezaron a recoger inmediatamente sus cosas, a abrocharse las camisas; las mujeres a peinarse, asearse como podían, ponerse guapas. Desde fuera, se oían golpes, puertas que se abrían, ruidos de la gente que bajaba de los vagones; tuve que reconocerlo porque no había la menor duda: habíamos llegado a nuestro destino. Estaba contento, por supuesto que sí, pero sentía que mi alegría habría sido distinta si hubiéramos llegado la víspera o el día anterior. Luego, se oyó un golpe seco de algún instrumento que se accionaba en la puerta de nuestro vagón y alguien o más bien algunos descorrieron la enorme y pesada puerta. Primero oí unas voces, en alemán u otro idioma similar; parecía que todos hablaran a la vez. Por lo que entendí querían que bajáramos. Sin embargo, eran ellos los que subían o eso me parecía, porque no había forma de ver nada. Se corrió la voz de que teníamos que dejar todas nuestras pertenencias. Más tarde, como nos explicaron, nos las devolverían, pero desinfectadas y sólo después de la ducha que nos esperaba. «Ya era hora», pensé.

Entonces, en medio de aquella masa humana, vi por primera vez a los hombres que se encontraban allí. Me sorprendió mucho, puesto que era la primera vez en mi vida que veía yo, por lo menos desde tan cerca, unos presos de verdad, con el típico uniforme a rayas de los delincuentes, el gorrito redondo y la cabeza afeitada. Mi primera reacción natural fue retroceder. Algunos de ellos respondían a las preguntas de la gente, otros examinaban el vagón y empezaban a desalojar el equipaje con la experiencia de mozos de carga profesionales y con una rapidez extraña, típica de los zorros. Todos ellos llevaban en el pecho, al lado del número típico de los presos, un triángulo amarillo; aunque no tuve dificultades para descifrar el significado de aquel color, de repente tomé conciencia de que durante el viaje casi me había olvidado de ese asunto. Sus caras tampoco inspiraban mucha confianza: orejas separadas, narices aguileñas, ojos pequeños, hundidos y picaros. Según todos los indicios, parecían judíos. A mí todos me parecieron sospechosos o, cuanto menos, extraños. Cuando nos vieron a nosotros, a los muchachos, su excitación fue evidente. Empezaron a susurrar frases rápidas, y entonces descubrí que los judíos no sólo teníamos el idioma hebreo, como yo había creído: «Reds dijiddish, reds dijiddish?» [¿Hablas yiddish?], preguntaban. Por nuestra parte sólo respondimos: «Nein» [No], lo que no les puso muy contentos. Entonces, lo comprendí fácilmente en alemán, querían saber cuántos años teníamos. Les dijimos: «Vierzehn, fünfzehn» [Catorce, quince], según el caso. Protestaron enseguida, gesticulando con manos y cabezas, moviendo todo el cuerpo: «Sechzain» [Dieciséis], nos susurraron por todas partes, «Sechzain». Eso me sorprendió y les pregunté: «Warum?» [¿Por qué?]. «Willst di arbeiten?» [¿Quieres trabajar?], preguntó uno de ellos, clavando su mirada vacía y cansada en la mía. Le respondí: «Natürlich» [Naturalmente], para eso estaba allí. Después él me agarró del brazo con sus manos amarillentas, huesudas y duras, y me sacudió diciéndo-me: «Sechzain… Verstaist di?… Sechzain!…» [Dieciséis… ¿Lo entiendes?… Dieciséis…]. Al ver que estaba enojado y que le daba tanta importancia a la cuestión, nos pusimos de acuerdo entre los muchachos, y entre bromas le prometí: «Bueno, pues tengo dieciséis años.» Y que no hubiera entre nosotros—dijeran lo que dijeran, no tendría nada que ver con la realidad—hermanos, y menos—qué raro— gemelos o mellizos, y sobre todo: «Jeder arbeiten, nit ka mide, nit ka krenk» [Todos trabajan. No hay que cansarse, no hay que enfermarse].

Julio 23, 2007

Jorge Herralde. Para Roberto Bolaño.

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El acantilado, 2005. 94 páginas.

Jorge Herralde, Para Roberto Bolaño
Homenaje

Se queja Antonio Jiménez Morato de que editoriales como Anagrama se limitan a vivir del prestigio adquirido. Puede ser. Pero aunque sólo sea por haber editado a Roberto Bolaño -cuando todas las editoriales le cerraban las puertas- Jorge Herralde tiene toda mi admiración.

Este es un librito breve -se lee apenas en media hora- que recoge el texto que leyó Herralde en el funeral de Bolaño, dos intervenciones en sendos homenajes, un artículo aparecido en la revista Turia sobre datos editoriales de 2666 y las respuestas a tres cuestionaros de periódicos. Como ven, apenas nada, un ejercicio de nostalgia y homenaje para los que como yo son incondicionales del escritor chileno.

Un apunte; Isabel Allende, a quien Bolaño llamó escribidora se despachó así en una entrevista:

No me dolió mayormente porque él hablaba mal de todo el mundo. Es una persona que nunca dijo nada bueno de nadie. El hecho que está muerto no lo hace a mi juicio mejor persona. Era un señor bien desagradable.

Juzguen ustedes quien es más desagradable.

Otro apunte; los datos de ventas de los libros de Bolaño. Estrella distante, pese a sus buenas críticas, sólo vendió 951 ejemplares el primer año. Llamadas telefónicas, aún más elogiada -crónica en el País de Vila-Matas incluída- y Premio Municipal de Literatura 1988 de Chile vendió 2651 ejemplares. Quizás tenía razón Neus Arqués al opinar que las buenas críticas no influyen en las ventas. Sin embargo de 2666 se vendieron 30.000 ejemplares en cinco ediciones. Saquen sus propias conclusiones.

Último apunte -fotográfico-, Bolaño con los poetas infrarealistas:

Poetas Infrarealistas

Escuchando: No Water In My Eyes. Les Reines Prochaines.


Extracto:[-]

En dicha antología, a cargo de Roberto Bolaño, figuran tres infrarrealistas: el propio Bolaño y Mario Santiago —es decir, el Arturo Belano y el Ulises Lima de Los detectives salvajes— y también Bruno Montana, el aún más joven poeta chileno —que aparece en la novela como Felipe Müller—. El origen de la palabra infrarrealismo proviene, claro está, de Francia. Emmanuel Berl la atribuye al surrealista (sobrerrea-ista) Philippe Soupault: él y sus amigos «habían fundado un club de la desesperanza, una literatura de la desesperanza». El infrarrealismo (o real visceralismo en la novela) fue un movimiento sin manifiesto, una especie de «Dada a la mexicana» (en palabras de Bolaño), cuyos componentes irrumpían en los actos literarios boicoteándolos, incluso los del mismísimo Octavio Paz. En una conversación con Roberto, Carmen Boullosa le cuenta su pavor, antes de dar una lectura poética, de que aparecieran los temibles «infras»: «Eran el terror del mundo literario», afirma Boullosa. Temibles pero desesperados, marginados.

En uno de los poemas, Bolaño escribe: «Los verdaderos poetas tiernísimos / metiéndose siempre en los cataclismos más atroces, / más maravillosos / sin importarles / quemar su inspiración / sino donándola / sino regalándola / como quien tira piedras y flores. / Oye, poeta, le dicen, / enchufa el amanecer.»

Y en otro poema: «Algo inevitable, / como enamorarse 100 veces de la misma / muchacha.»

Y finalmente en otro: «La certeza de una muerte esbelta y temprana.»

O sea, en esas estrofas, un concentrado, una pildora de la vida y muerte de Roberto Bolaño.

En la antología brilla el talento de Mario Santiago, quien, después de Bolaño, es el mejor poeta. Cabe subrayar un poema titulado «Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger», un título que Bolaño parafraseará en su primera novela, escrita con Antonio G. Porta, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. En dicho poema, dedicado a «Roberto Bolaño y Kyra GaWán camaradas & poetas», Mario Santiago escribe: «el Azar: ese otro antipoeta & vago insobornable» y también constata «unas ganas despeinadas de morder & ser mordido».

En ambos poetas ya figura, pues, un homenaje al maestro Nicanor Parra y su vocación de perros románticos, a menudo perros rabiosos, y desde luego perros apaleados.

Mayo 7, 2007

Arthur Schnitzler. Apuesta al amanecer.

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El acantilado, 2000. 148 páginas.
Tit. Or. Spiel im Morgengrauen. Trad. Miguel Sáenz.

SchnitzlerApuesta
Deudas de juego

Los que compramos de saldo estamos sujetos a lo que el azar nos dispone. Mucho clásico y ocasionales joyas. Pero cuando se nos mete en la cabeza algún autor, la única manera de sacarse el gusanillo sin arruinarnos son las bibliotecas. El descubrimiento de Schnitzler me ha hecho bucear en mi nueva biblioteca para ver que tenían y he encontrado dos nuevas perlas más.

El alférez Kasda recibe una visita inesperada. Un antiguo amigo, que fue expulsado del ejército, está en apuros. Ha ido sustrayendo dinero de la empresa donde trabaja y al día siguiente tiene una inspección. Si no restituye los mil florines lo pasará mal. Pero Kasda tampoco tiene esa suma, apenas le quedan 120. La solución pasa por arriesgarlos en una partida de cartas, para ver si es capaz de ganar lo que falta. Y gana. Pero el mismo azar que lo ha favorecido impide su partida -pierde el tren, no encuentra a unos conocidos- y vuelve a sentarse a la mesa de juego…

Lo empecé a leer antes de ir a dormir y casi lo dejo: me estaba poniendo nervioso. Uno empatiza con el protagonista y sus sucesivas rachas de buena y mala suerte te alteran también. El desenlace de la historia también tiene su miga.

No es el libro que más me ha gustado de Schnitzler, quizá porque el tema del jugador se ha tocado muchas veces, pero no cabe duda de que está muy bien escrito, que los personajes están muy bien dibujados y que se disfruta -o se sufre-. Se te quitan las ganas de jugar a las cartas.

Escuchando: La Lola. Café Quijano.

Extracto:[-]

Desde una columna de anuncios lo contemplaba un gran cartel amarillo de carreras y pensó en que, en aquellos momentos, Bogner debía de estar ya en Freudenau, en las carreras, y tal vez incluso ganando por sí mismo la suma salvadora. ¿Y qué pasaría si Bogner se callaba su suerte, para asegurarse además los mil florines que Willi, entretanto, ganaría a las cartas al cónsul Schnabel o a Tugut, el médico del regimiento? Bueno, cuando uno ha caído tan bajo como para meter la mano en una caja ajena… Dentro de unos meses o unas semanas, Bogner estaría otra vez probablemente en la misma situación que hoy. ¿Y entonces, qué?

Una música llegaba hasta él. Era alguna obertura italiana de un género semidesaparecido, como las que sólo tocan ya las orquestas de los balnearios. Willi, sin embargo, la conocía bien. Hacía muchos años se la había oído tocar a cuatro manos a su madre en Timisoara, con alguna pariente lejana. Él mismo nunca había llegado a poder acompañar a su madre al piano y, cuando ella había muerto ocho años antes, tampoco había tomado ya lecciones como hacía a veces, cuando los días de fiesta iba a casa desde la academia militar. A través del aire trémulo de la primavera, las notas sonaban suaves y un tanto conmovedoras.

Por un pequeño puente atravesó el turbio arroyo de Schwechat y, después de dar unos pasos, se encontró ya ante la terraza espaciosa y dominical-mente abarrotada del Café Schopf. Cerca de la calle, en una mesita, estaban sentados el alférez Greising, el enfermo, pálido y malicioso, y con él Weiss, el grueso secretario del teatro, con un traje de franela amarillo canario y algo arrugado y, como siempre, con una flor en el ojal. No sin esfuerzo, Willi se abrió paso hacia ellos entre mesas y sillas.

—Estamos hoy sentados de un modo muy disperso—dijo, tendiéndoles la mano. Y le resultó un alivio pensar que, quizá, no habría partida de cartas. Sin embargo, Greising le explicó que los dos, el secretario del teatro y él, sólo se habían sentado al aire libre para reunir fuerzas para el «trabajo». Los otros estaban ya dentro, sentados a la mesa de juego; también el cónsul Schnabel, que por lo demás había llegado de Viena, como siempre, en coche de punto.

Willi encargó una limonada fría; Greising le preguntó dónde se había acalorado tanto como para necesitar ya una bebida refrescante, y observó, sin transición, que las chicas de Badén eran guapas y de mucho temperamento. Luego contó, con expresiones no especialmente escogidas, una aventurilla que había iniciado la tarde anterior en el parque del balneario y aquella misma noche había llegado a su deseado final. Willi bebía lentamente su limonada y Greising, que se dio cuenta de lo que podía estar pasándole por la mente, dijo, como para responderle, con una carcajada breve:

—Así es la vida y hay que aceptarlo.

El teniente Wimmer de intendencia, que los ignorantes tomaban a menudo por oficial de caballería, apareció de pronto a sus espaldas:

—¿Qué se imaginan, señores, que vamos a bregar solos con el cónsul?—y tendió la mano a Willi que, a su estilo, aunque no se encontraba de servicio, había saludado marcialmente a su compañero de rango superior.

—¿Cómo van las cosas ahí dentro?—preguntó Greising desconfiada y desabridamente.

—Despacio, despacio—respondió Wimmer—. El cónsul se ha echado sobre su dinero como un dragón y también, por desgracia, sobre el mío. Así pues, al ruedo, señores toreros.

Los otros se levantaron.

—Tengo una invitación—observó Willi, mientras encendía un cigarrillo con fingida indiferencia— Sólo miraré un cuarto de hora.

— ¡Ja!—se rió Wimmer—. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones…

Marzo 27, 2007

Arthur Schnitzler. Relato soñado.

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Arthur Schnitzler. Relato soñado.
El Acantilado (Quaderns crema), 1999. 132 páginas.
Tit. Or. Traumnovelle. Trad. Miguel Sáenz.

SchnitzlerRelatoSoñado
Carnaval, te quiero

Descubrí a Schnitzler cuando leí La ronda. Me sorprendió la calidad y la modernidad de un autor a caballo entre el siglo XIX y el XX. Me dejó con ganas de leer más y he tenido la suerte de encontrar este libro. A medida que iba leyéndolo me di cuenta de que es el libro en el que está basado Eyes Wide Shut.

La trama empieza cuando Fridolin y su esposa, regresando de un baile de carnaval, intercambian confidencias. Ella le hubiera sido infiel con un oficial, él estuvo a punto de hacerlo con una joven…los relatos se interrumpen porque debe salir para atender a un enfermo. Durante la noche el médico se verá envuelto en una extraña aventura dentro de una sociedad secreta.

Me quito el sombrero, señores. Que pedazo de libro -nada que ver con la película, de la que nos ocuparemos en nuestra nueva sección audiovisuales. La trama es sencilla pero sugerente. Las inquietudes psicológicas de los protagonistas son sexualmente turbadoras, pese a que ni son infieles ni en ninguna parte del libro hay sexo. La historia de la sociedad a la que le lleva su amigo Nachtigall le da el punto de fantasía suficiente para que la ficción sea más interesante. Las historias de la hija del enfermo y la joven prostituta, tentaciones en el camino del protagonista, están narradas con mano maestra.

Olvídense del pelanas de Cruise, compren el libro y disfruten.

Escuchando: Sentencias. Traidores.


Extracto:[-]
Albertine, que acaso fuera la más impaciente, la más franca o más buena de los dos, fue la primera en encontrar valor para hablar abiertamente; y, con voz un tanto indecisa, le preguntó a Fridolin si recordaba a un joven que, el pasado verano, en la playa danesa, estaba sentado una noche, con dos oficiales, a una mesa cercana, recibió un telegrama mientras cenaba y al punto se despidió apresuradamente de sus amigos.

Fridolin asintió.

—¿Quién era? —preguntó.

—Lo había visto ya por la mañana—respondió Albertine—, en el momento en que él subía deprisa las escaleras del hotel con su bolsa amarilla. Me miró fugazmente, pero sólo unos escalones más arriba se detuvo, se volvió hacia mí y nuestras miradas se encontraron. No me sonrió; de hecho, más bien me pareció que su rostro se ensombrecía, y sin duda a mí me ocurrió lo mismo, porque me sentí conmovida como nunca. Durante todo el día permanecí echada en la playa, perdida en mis sueños. Si me hubiera llamado (pensaba saber), no hubiera podido resistirme. Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca. Precisamente esa tarde, te acordarás aún, ocurrió que hablamos con toda confianza de mil cosas, también de nuestro futuro común y también de la niña, como desde hacía tiempo no hablábamos. A la puesta de sol estábamos sentados en el balcón, tú y yo, y él pasó abajo por la playa, sin levantar la vista, y me sentí feliz al verlo. A ti, sin embargo, te acaricié la frente y te besé el cabello, y en ese amor mío por ti había al mismo tiempo mucha compasión dolorosa. Aquella noche yo estaba muy guapa, tú mismo me lo dijiste, y llevaba una rosa blanca en el talle. Tal vez no fuera casualidad que el extraño y sus amigos se sentaran cerca de nosotros. No me miraba, pero yo jugaba con la idea de aproximarme a su mesa y decirle: aquí estoy, mi esperado, mi amado… llévame contigo. En ese instante le trajeron el telegrama, lo leyó, palideció, susurró unas palabras al más joven de los oficiales y, rozándome con una mirada enigmática, abandonó la sala.

—¿Y luego? —preguntó Fridolin secamente, cuando ella se quedó en silencio.

—Nada más. Sólo sé que, a la mañana siguiente, me desperté con cierta angustia. Qué era lo que me angustiaba (que él se hubiera ido o que pudiera estar aún allí) no lo sé, y tampoco Ib sabía entonces. Sin embargo, cuando, al mediodía, siguió ausente, respiré aliviada. No me preguntes más, Fridolin, te he dicho toda la verdad… Y también tú tuviste en esa playa una experiencia parecida… lo sé.

Fridolin se levantó, recorrió la habitación varias veces de un lado a otro y dijo luego:

—Tienes razón. —Estaba de pie junto a la ventana, con el rostro en la oscuridad. —De mañana— comenzó a decir con voz velada, un tanto hostil—, a veces muy temprano aún, antes de que tú te levantaras, solía caminar a lo largo de la orilla, saliendo del pueblo; y, aunque era tan pronto, el sol lucía ya claro y fuerte sobre el mar. Allí en la playa, como sabes, había pequeñas villas que se alzaban como pequeños mundos independientes, algunas con jardines rodeados de vallas, otras sólo rodeadas de bosque, y las casetas de baño estaban separadas de las casas por la carretera y por un trozo de playa. Rara vez encontraba a nadie a esa hora tan temprana; y bañistas no se veía a ninguno. Una mañana, sin embargo, divisé de pronto una figura femenina que, hacía un momento invisible todavía, estaba de pie en la pequeña terraza de una de las casetas de baño le

Enero 4, 2006

[*] Lázaro Covadlo. Criaturas de la noche.

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Acantilado, 2004. 176 páginas.

Pulga mefistotelíca

Ya he comentado en esta página que soy un admirador de Lázaro Covadlo. Cuando tuve la oportunidad de comer con él me prometí que releería algún libro suyo para reseñarlo. Me hubiera gustado hacerlo con ‘Agujeros negros’ (del que tengo dos ediciones) o con ‘Animalitos de Dios’, sendos libros de relatos que dan cuenta del talento narrativo de Covadlo. Pero los tres han pasado a formar parte de de mi ‘librería itinerante’, quizá porque siempre tiendo a prestar los libros que más me gustan. La suerte le ha tocado, pues, a ‘Criaturas de la noche’, premio Café Gijón 2004, una obra no menos talentosa y, por desgracia, la única que no está descatalogada.

La historia es original. Dionisio Kauffmann, un hombre sin demasiado éxito en la vida, y con un talento innato para meter la pata, recibirá por azar un huesped extraordinario: una pulga milenaria y parlanchina. Alojada en su oreja, y nutriéndose de su sangre, irá aconsejando a nuestro protagonista y lo lanzará a un ascenso vertiginoso en la sociedad. Un éxito que tendrá un precio.

Más cercana a ‘Conversación con el monstruo’ que a sus relatos tiene toda la frescura y la calidad de su peculiar estilo narrativo. Como definió el jurado del premio Café Gijón: ‘Una fábula moderna, extraordinariamente escrita, y además original’. Imposible de olvidar a esa pulga de voz aguda, hambrienta de exhudaciones, que afirma haber estado tras el genio de Leonardo da Vinci y la maldad de Erzebeth Bathory.

Espero que disfruten de su lectura como yo he disfrutado de su relectura. Porque no van a perdérselo ¿Verdad?

(Un día, un libro 268/365)
Escuchando: You are the oscillator. Bent.